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jueves, 21 de febrero de 2013

H. P. Lovecraft EL VIEJO TERRIBLE




H. P. Lovecraft
EL VIEJO TERRIBLE
Fue una ocurrencia de Angelo Ricci y Joe Czanek y Manuel Silva el pasar visita al
Viejo Terrible. Este anciano vivía solo en una casa realmente antigua de Water Street, cerca
del mar, y tenía fama de ser sumamente rico y sumamente achacoso, lo que resultaba una
situación de lo más atractiva para los señores Ricci, Czanek y Silva, ya que su profesión no
era ni más ni menos que la del latrocinio.
Los habitantes de Kingsport dicen y piensan muchas cosas sobre el Viejo Terrible que
suelen ocultar al conocimiento de gentes como el señor Rice¡ y sus colegas, a pesar del hecho
casi probado de que guarda una fortuna de magnitud indefinida en algún lugar de su mohosa
y venerable morada. Se trata, verdaderamente, de un personaje muy extraño, al que se supone
que fue en su día capitán de los clipers de las Indias Orientales, tan viejo que nadie puede
recordar ya cuándo fue joven, y tan taciturno que pocos conocen su verdadero nombre. Entre
los nudosos árboles del patio delantero de su vetusta y abandonada morada, alberga una
extraña colección de grandes piedras, curiosamente agrupadas y pintadas de tal forma que
recuerdan a los ídolos de algún oscuro templo oriental. Esta colección ahuyenta a los
muchachos, que acostumbran a burlarse del Viejo Terrible a causa de sus largos cabellos y
barbas blancas, o a romper las ventanas hechas de pequeños cuadrados de cristal de su casa
con sus crueles proyectiles; pero hay otra cosa que espanta a personas más viejas y curiosas,
que a veces rondan la casa para atisbar a través de los cristales polvorientos. Esas personas
dicen que, en una mesa, en una habitación desnuda, en la planta baja, se halla una multitud de
curiosas botellas, cada una con un trozo de plomo suspendido de un cordel en su interior, a
manera de péndulos. Y dicen que el Viejo Terrible habla con esas botellas dirigiéndose a ellas
por nombres tales como Jack, Cara Marcada, Long Tom, Spanish Joe, Peter y Oficial Ellis, y
que cada vez que habla con una botella el pequeño péndulo del interior oscila claramente a
modo de respuesta. Aquellos que han visto al Viejo Terrible, alto y enjuto, en esos peculiares
diálogos, no han vuelto a espiarle. Pero Angelo Ricci, Joe Czanek y Manuel Silva no tenían
sangre de Kingsport; pertenecían a ese contingente nuevo y forastero que vive fuera del
encantado círculo de la vida y tradiciones de Nueva Inglaterra, y en el Viejo Terrible tan sólo
veían a un carcamal tambaleante y casi indefenso, que no podía dar un paso sin ayuda de su
nudoso bastón, y cuyas manos enflaquecidas y debilitadas temblaban de forma patética. A su
manera, se compadecían sinceramente de aquel viejo solitario e impopular, al que todos
evitaban y a quien los perros ladraban de una forma especial. Pero el negocio es el negocio, y
para un ladrón de casta resulta una tentación y un reto un tipo tan viejo y débil, que no tiene
cuenta en el banco y que paga sus pocos gastos en el almacén del pueblo con plata y oro
españoles acuñados dos siglos antes.
Los señores Ricci, Czanek y Silva eligieron la noche del 11 de abril para girar su
visita. El señor Ricci y el señor Silva cambiarían unas palabras con el desdichado y anciano
caballero mientras el señor Czanek esperaba por ellos y por su presumible cargamento en
metálico en un coche cubierto, en Ship Street, junto a la puerta del muro trasero de la finca de
su anfitrión. El deseo de no tener que dar innecesarias explicaciones en caso de una
inesperada intrusión policial aceleró los preparativos de una retirada tranquila y discreta.
Como habían planeado, los tres aventureros obraron por separado para evitarse
posteriores sospechas maliciosas. Los señores Ricci y Silva se reunieron en Water Street,
frente a la puerta del anciano, y aunque les disgustó la forma en que la luna iluminaba las
piedras pintadas a través de las ramas de los nudosos árboles, cubiertas de brotes, tenían
cosas más importantes en que pensar que en simples supersticiones ociosas. Temían que el
desatar la lengua del Viejo Terrible acerca de su provisión de oro y plata les resultase una
faena desagradable, ya que los viejos capitanes de barco son notablemente testarudos y
perversos. Pero, aun así, él estaba muy viejo y achacoso, y ellos eran dos a visitarle. Los
señores Ricci y Silva eran expertos en doblegar la voluntad de gentes poco dispuestas, y los
gritos de un hombre tan excepcionalmente débil y venerable podían ser fácilmente
silenciados. Así que se allegaron a una ventana iluminada y escucharon al Viejo Terrible
hablar de manera pueril con sus botellas de péndulos. Entonces se enmascararon y llamaron
cortésmente a la deslucida puerta de roble.
La espera resultó muy larga para el señor Czanek mientras se removía inquieto en el
coche cubierto, junto a la puerta trasera del Viejo Terrible, en Ship Street. Era más aprensivo
de lo ordinario, y no le habían gustado los espantosos gritos que había oído en la vieja casa
momentos después de la hora fijada para el asalto. ¿No les había dicho a sus colegas que
fueran lo más considerados que pudieran con el patético y anciano capitán? Observó muy
nervioso la estrecha puerta de roble en el muro alto y cubierto de hiedra. Con frecuencia
consultaba el reloj, extrañado por el retraso. ¿Había muerto el viejo sin revelar el escondrijo
de su tesoro, obligando a una búsqueda exhaustiva? Al señor Czanek no le gustaba esperar
tanto tiempo en la oscuridad en un sitio así. Entonces sintió un ruido amortiguado de pasos o
un tabaleo en el sendero tras la puerta, escuchó un leve manipular del herrumbroso pestillo y
vio cómo la puerta pesada y angosta se abría. Y al pálido resplandor de una única y débil
lámpara callejera aguzó la vista para distinguir qué habían logrado sus colegas en esa casa
siniestra que parecía amenazarle tan de cerca. Pero cuando vio algo, no fue lo que esperaba;
ya- que sus colegas no estaban allí, sino sólo el Viejo Terrible, apoyado tranquilamente en su
nudoso bastón y sonriendo de forma horrible. El señor Czanek, que no se había fijado nunca
antes en el color de ojos de ese hombre, vio ahora que eran amarillos.
Los pequeños incidentes despiertan considerable revuelo en las poblaciones pequeñas,
por lo que la gente de Kingsport habló toda la primavera y el verano sobre los tres cuerpos
imposibles de identificar que la marea había arrojado a la costa; horriblemente acuchillados,
como por multitud de cortes, y horriblemente destrozados, como pateados por multitud de
tacones. Y algunos aún comentaban sucesos tan triviales como el coche abandonado,
descubierto en Ship Street, o sobre ciertos gritos especialmente inhumanos, probablemente de
algún animal perdido o un pájaro migratorio, escuchados durante la noche por algunos
ciudadanos insomnes. Pero el Viejo Terrible no prestaba ninguna atención a todo este ocioso
chismorreo pueblerino. Era de natural reservado, y, cuando uno es viejo y enfermizo, la
reserva se hace aún mayor. Además, un capitán tan anciano debía haber asistido a montones
de cosas mucho más interesantes en los lejanos días de su olvidada juventud.

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