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miércoles, 18 de abril de 2007

TOXICOMANIA Y PSICOANALISIS

Toxicomanía y psicoanálisis.
Del goce globalizado a la ética de la diferencia


(UN ARTICULO SOBRE LA DROGADICCION EN ESPAÑA, RESPECTO AL PSICOANALISIS, ES UNA COSA, DIGAMOS "NO MUY NATURAL", PUES AUNQUE UNA PERSONA TOXICOMANA ESTANDO COMPROMETIDAMENTE PSICOTICAMENTE, "PARA LOS MEDICOS ESPECIALISTAS HOY EN DIA, ES COMO DICEN ELLOS UN TERRENO VEDADO", MUY POCOS PSICOANALISTAS, ENTRAN EN EL MUNDO DE LAS TOXICOMANIAS, Y NO ES PORQUE LA "PERSONA TOXICOMANA" NO NECESITE DE ELLO, SINO PORQUE EN VERDAD LOS PSICOANALISTAS , NO ESTAN PREPARADOS MEDICAMENTE PARA ELLO, Y ES MAS FACIL DECIR QUE ELLOS NO TRABAJAN CON TOXICOS, QUE TRABAJAR CON ELLOS. ESTO ADEMAS DE SABERLO DE PRIMERA MANO, ES UNA COSA COMUN; LOS UNICOS PSICOANALISTAS QUE ATIENDEN A ESTOS "PACIENTES", SON DE ONG, O EN POCOS CASOS, PERSONAS QUE SE DEDICAN A DESINTOSICACIONES, PERO SI LOS PACIENTES, SE PRESENTAN A REHABILITACION, O SI NO, NO.
ESTO CHOCA CON LOS GRANDES PSICOANALISTAS, QUE DE ALGUNA MANERA, SOBRE SUS ESTUDIOS SE RELACIONA EL PSICOANALISIS, Y LO QUE NO CUENTAN NUNCAN, ES QUE ESTOS ANALISTAS, ERAN TOXICOMANOS, EN VERDAD, ES UNA GRAN CONTRADICCION.


Los grandes cambios operados por los procesos de globalización de lo que se ha dado en llamar posmodernismo han transformado el espacio simbólico cultural donde la subjetividad se estructura y se conforma en función de su propia dimensión existencial, ética y social. Esta radicalización de las consecuencias de la modernidad tardía engendra una nueva sociabilidad que depende del mercado, en razón del violento avance de las posiciones neoliberales a partir de la reestructuración de la economía. El nuevo malestar de la cultura es el corolario de la ficción de que todo padecimiento, angustia o dolor pueden ser resueltos con objetos, rindiendo culto a la omnipotencia de la ciencia de modificar y controlar la naturaleza: el nacimiento, la vida, la vejez, la enfermedad y la muerte. La reivindicación del sujeto adicto a acallar el malestar de esa forma aparece legitimada en nuestra sociedad hedonista, replegándose al ámbito privado.
Avanzar en la dimensión ética, en el interior de la práctica psicoanalítica lleva a ubicar el tema en el contexto de las condiciones de la subjetividad de la época. Esto es particularmente relevante en el campo de las adicciones, dado que el desborde de estas prácticas constituye un síntoma social que denuncia, además de un padecimiento personal, las condiciones del malestar en nuestra cultura.
Ante la degradación de los intercambios promovida por un nuevo modernismo social donde debe preceder la felicidad individual por objetos adaptados a necesidades, todos somos adictos en potencia, y a todo. Las sustancias “generadoras” de adicción revisten todos los tópicos de la vida humana desde los más “licenciosos” hasta los más “virtuosos”: alcohol, sexo, drogas, hidratos de carbono, pero también trabajo y actividad informática. Más que en ningún otro fenómeno, estas patologías nos introducen subrepticiamente en los huecos infernales que el progreso va dejando, arrastrando un tratamiento del dolor y el sufrimiento que más se parece a una sustancialización de los problemas que a la búsqueda de su causa. Todo parece esperarse del objeto, nada del sujeto. Sujeto compelido a elegir, a reconocer no su deseo, sino objetos para su deseo. La pregunta ya no es ¿por qué algunos sujetos se tornan consumidores y otros no?, sino: ¿por qué algunos consumidores se tornan adictos y otros no?
No es abusivo ni erróneo mencionar una coincidencia entre la degradación del discurso político, como el que se vuelve hacia el objetivo de una sociedad donde deben borrarse las dificultades y las asperezas, y la proliferación del discurso publicitario basado en el bienestar obtenido por el objeto adecuado a las necesidades en un medio ambiente que se pretende afable y “armónico”. En este sentido, el toxicómano está a la vanguardia de una sociedad idealmente concebida para satisfacer el principio de placer con la evitación de lo real. Creencia en una realidad ideal sin afecto, sin frustración, sin rechazo, sin diferencias, y en la cual los desórdenes de este mundo sólo son imputables a negligencias o a malevolencias.
En el actual paisaje político social, se habla bastante de la decadencia de la autoridad y el predominio de lo individual sobre lo colectivo, como da cuenta la proliferación de asociaciones, ejes de nuevos vínculos sociales cuyo único objetivo es hacer valer un dolo con reparaciones. El adicto ya no es un contestatario social, sino el símbolo de la hiperadaptación, casi de la normalidad. Las toxicomanías tienen un sentido diferente del que tenían a principios de siglo. Están al servicio de la técnica, de la incorporación del sujeto al sistema de la eficacia productiva. No es problema del drogadicto ejecutivo que puede pagar su droga, o el ama de casa que toma antidepresivos y puede continuar con sus actividades cotidianas. Las adicciones son un problema social cuando el yo se descontrola y pierde el dominio de sus objetos: aparece entonces el exceso, el problemático toxicómano; la homeostasis del mercado se ha roto y debe intervenir la fuerza social reparadora. Cuando estos problemas sobrevienen, la sociedad se encuentra con el síntoma.

Droga y Masoquismo
Toda cultura favorece la emergencia de patologías vinculadas a la sobreadaptación, es decir, la adecuación acrítica y absoluta a los modelos culturales predominantes. Los rasgos esperables del prototipo “sano” de la época se sustentan en el supuesto, de que el consumo sería la vía regia para el “acceso a la satisfacción”. Las drogas, sobre todo, son propicias para metaforizar la creencia en el encuentro del objeto adecuado. Por lo que no pueden sorprender los extremos de bulimias consumistas y compulsividad impostergable que son parte de esta cultura adictiva. A este propósito se le permitirá jerarquizar el interés propio y bordear situaciones transgresoras y formas diversas de corrupción. De este modo, aquello que el psicoanálisis considera modalidad perversa, ligada a la renegación de la castración, adquiere cierto consenso social e impregna el concepto de “normalidad”.
Cuando un adicto consume, no está consumiendo una sustancia, sino un espacio imaginario de posibilidades. Lo que importa, más allá de su catálogo biológico (estimulantes, depresores o alucinógenos), es lo que se deposita en ellas creyendo que con eso se lo obtiene. Por eso, toda campaña de prevención fracasa. Unos buscarán la droga para potenciar su relación en el sexo, en el trabajo, en el deporte, creativamente, intelectualmente. Las drogas, no importa cuál, aparecen cubriendo todo lo que entra en el imaginario del que consume.
Se admite que la toxicomanía generalmente ha producido sobre el deseo sexual, sobre todo en los varones, los efectos más nefastos, la experiencia lo patentiza de modo incuestionable. Para el psicoanálisis lacaniano este hecho meramente empírico cobra su sentido cuando se lo inscribe en la distinción entre el disfrute sexual o goce fálico, y lo que Lacan llama goce del Otro.
El goce fálico siempre es limitado. Su restricción va más allá de las normas explícitas de las prohibiciones generalmente reconocidas, nos recuerda que hay limitaciones que se habrán de imponer pronto o tarde y no atañen a razones puramente fisiológicas.
Es el goce que Lacan sitúa como limitado por el significante. En el Seminario XXdice: “El goce fálico es el obstáculo por el cual el hombre no llega, diría yo, a gozar del cuerpo de la mujer, precisamente porque de lo que goza es del goce del órgano.” Pero el problema se agudiza cuando se encuentra con la detumescencia del órgano sexual. En la esperanza de ir más lejos, de retroceder esos limites, al toxicómano le es necesario, en paralelo, alcanzar otras formas de goce. En este sentido, las prácticas sadomasoquistas se presentan como una tentativa de síntesis entre dos virtualidades: por un lado, la anulación o desaparición de la voluntad que supone el abandono del sujeto al goce del Otro; y por el otro, la búsqueda de un nuevo goce que supere en grado sumo a una sexualidad más “convencional”, al que el par sadismo-masoquismo vendría entonces a dar respuesta, en tanto pone en juego la posibilidad de gozar ya no desde la aproximación limitada y provisional de órganos particulares sino desde un cuerpo que goza y esto está más presente en el masoquismo que en el acto sexual más “convencional”.
Sin embargo, la droga como recurso a la estabilidad encuentra su límite en el hecho mismo de ser una oferta de goce y que, por lo tanto, estará siempre marcada por la temporalidad y la finitud. Es la promesa, el flash y la caída. Esperanza rápidamente decepcionada porque rechaza la finitud, correlato de la castración. Lacan lo dice en estos términos: "el superyó tal como lo señalé antes con el ¡Goza! es correlato de la castración, que es el signo con que se adereza la confesión de que el goce del Otro, del cuerpo del Otro, sólo lo promueve la infinitud."
Más aún en los tiempos que corren que a falta de investidura del Padre, otro padre, el superyó tiene rienda suelta y hace, aún, más de las suyas.

Los nuevos oropeles identificatorios
Lo que llamamos nuevos síntomas obedece sobre todo a que el psicoanálisis se apodera de nuevos datos, se extiende. En gran medida somos responsables de los nuevos síntomas, lo que supone sin duda un consentimiento social a la extensión psicoanalítica del síntoma. Vemos entonces hasta qué punto estamos en una situación diferente de la que describe Freud en “El malestar en la cultura”, donde señala como rasgo notable la represión, tanto que se pensó en hacer de los diques sociales el principio mismo de esta. Se creyó que una sociedad permisiva, terminaría con la represión en el sentido psicoanalítico. Sin embargo, la experiencia histórica pasada le permite a Lacan sostener que no ocurre así, que es más bien la represión como tal la que engendra la coerción social y que es vano esperar de una sociedad permisiva la desaparición de la represión.
Con el concepto de cultura Freud apunta al rasgo victoriano de una sociedad que prohíbe hablar, lo que explica el efecto prodigioso del permiso de hablar que encarna el personaje del analista. Freud logró de entrada grandes resultados con este permiso. Pero hoy sucede que si hay un rasgo para destacar, y que nos causa problemas, es que la sociedad está empujada a hablar y que desde el marco social contemporáneo le llegan al sujeto etiquetas que alienan su ser.
Ser ahora anoréxico, bulímico, adicto, no es más que una respuesta eficaz para detener un tiempo la verdadera pregunta por la existencia que, a veces se revela como angustia. Dichos nombres tienden a reforzar la creencia de la existencia de un consumo normal, un poder controlarse, confundiendo el control con el cuidado de sí y el descontrol con el exceso de consumo. De acuerdo a esto, un adicto no es aquél que ha perdido el control en el consumo, ni aquél que ha perdido la voluntad, sino un sujeto que ha renunciado a responder por las consecuencias de sus actos, que ha renunciado a preguntarse si existe otra voluntad que no sea la de obedecer el deber de consumir –como la cultura le pide-.“Soy adicto”, entonces, es un enunciado común para consolidar la evasión de la pregunta por el ser. La toxicomanía maquilla dicha cuestión enarbolando una identidad supuesta que posee sólo el valor de una máscara, la que deberá caer para que las verdaderas preguntas del sujeto se hagan oír.

Del isomorfismo de las nomenclaturas diagnósticas
Al referirnos a las toxicomanías o a las adicciones, desde una perspectiva psicoanalítica, cabe precisar que no estamos frente a una estructura clínica particular, o en presencia de unas sustancias específicas que conduzcan a una alteración de la "personalidad", o ante una modalidad delictiva particular; categorizaciones, estas, que arrasan con el vector de la diferencia que exige del contrapeso prudente del caso por caso; y con la idea de estructuras subjetivas. La incidencia actual de las clasificaciones de la psiquiatría americana tan difundidas en nuestro medio, nos imponen como analistas establecer al menos algunas elucidaciones en cuanto a estas cuestiones. La diferencia queda así planteada al establecer algunas precisiones entre la idea médica del trastorno, difuncionamiento o disorder
[2], con lo que nuestra praxis psicoanalítica convoca a la hora de conducir al sujeto a descifrar la letra en que su deseo inconsciente encripta.
El psicoanálisis toma en cuenta para el diagnóstico tres estructuras: las neurosis, las psicosis y las perversiones. No hace de las toxicomanías, o más aun de las adicciones, una estructura clínica. Lo que cuenta es la posibilidad de que los tóxicos se jueguen en las diferentes estructuras y tengan una función diversa, no sólo en las mismas, sino en cada sujeto en particular.
Una dificultad que presenta la elaboración de un diagnóstico diferencial en la clínica con sujetos que consumen drogas reside en el carácter de velamiento de la estructura. En la actualidad no es raro encontrar personas donde aparecen fenómenos elementales y diagnósticos ciertos de psicosis cuando se los priva de su adicción, incluso cuando se los priva de un tratamiento sustitutivo. Muchas veces estos sujetos nos testimonian que su adicción encubría trastornos pertenecientes al campo de la psicosis pero sin un desencadenamiento típico, es decir que estos sujetos habrían permanecido asintomáticos durante el período de su toxicomanía.
Sabemos que incluso el alcoholismo puede llevar hasta el delirium tremens, es frecuente que el uso del alcohol esté acompañado de celos que pueden confundirse con un caso de paranoia. Con un síntoma que puede resultar como consecuencia del consumo y con un cuadro delirante no alcanza para efectuar un diagnóstico de estructura. El consumo de sustancias habitualmente trae aparejado elementos persecutorios, los pacientes incluso hablan de sus “paranoias”, esto tampoco es suficiente para diagnosticar una psicosis paranoica. En la clínica psicoanalítica los síntomas no constituyen un factor fundamental,si bien esto no es privativo de la clínica con pacientes adictos, la histeria, por ejemplo, suele presentar síntomas donde la identificación ocupa un lugar central en la etiología y puede desplegar a su vez síntomas obsesivos, rasgos de perversión o cuadros delirantes. Para el diagnóstico, el psicoanálisis toma en cuenta cómo el sujeto está concernido por el lenguaje, cómo es su relación al deseo, al goce, al Otro.
Por otra parte, sabemos que además de los efectos ansiolíticos, neurolépticos, euforizantes, y psicodislépticos de la sustancia, esta produce el taponamiento de la división subjetiva, agregándose a ello el oropel identificatorio que el mismo significante “toxicómano” aporta para orientarse en el Otro social.

Entre el disfuncionamiento y el síntoma
No basta con diagnosticar un disfuncionamiento para que se tenga un síntoma. A veces el toxicómano puede constituir un síntoma social en la medida en que como la droga está prohibida ingresa en los circuitos de la clandestinidad y para financiar ese goce se ve conducido a entregarse a conductas delictivas; en otras palabras, es posible ser agente de un síntoma social sin verificar un síntoma subjetivo. Y aquí se introduce una dimensión esencial para Lacan: es preciso creer en él para que haya síntoma; se necesita creer que se trata de un fenómeno que hay que descifrar, un fenómeno en el que hay que leer algo, eventualmente una causalidad, orígenes, un sentido.
Lacan pasó, además, de acentuar el borramiento del saber del inconsciente, de la articulación del lenguaje en la toxicomanía a destacar el borramiento del goce sexual, que supone separarse de la relación con el pene, definido como partenaire. Por eso, me parece muy justificado hacerlo entrar en el registro de la relación del sujeto moderno con el objeto de consumo. El acento moderno que indica Lacan es que el modo de gozar actual, contemporáneo, depende esencialmente del plus de gozar. De modo que lo contemporáneo se define por el divorcio del ideal; se puede prescindir del ideal y de las personas, se puede prescindir del Otro, de los ideales y escenarios que propone por un cortocircuito que libra directamente el plus de gozar. Esto participa de lo que Peter Sloterdijk
[1] llamó el cinismo contemporáneo, el permiso de prescindir de la sublimación y de obtener en la soledad un goce directo. Se sabe que las sociedades que valorizaron por el contrario la relación con el ideal, como la sociedad victoriana, llevaban adelante una lucha que hoy casi nos parece alucinada contra el acto masturbatorio, actividad cínica por excelencia que permite aislarse de todo el escenario social. Hoy, sin embargo, no existe el mismo tabú sobre la masturbación y el empuje al consumo implica precisamente la relación intensa con el plus de gozar.
El significante, el ideal, el gran Otro le sirven al sujeto toxicómano par justificar el porqué de la droga, hacen de esta la causa de lo que les sucede y utilizan toda la panoplia significante para justificar esa posición y asegurar su lugar como toxicómanos. Lo difícil es desalojarlos de ese lugar. Resulta bastante difícil concebir que se pueda conducir al sujeto a perder su oropel identificatorio, este soy toxicómano que le permite orientarse en el Otro social en una institución para toxicómanos. Se trata de una operación paradójica que demanda subvertir desde el interior el lugar ofrecido. En este sentido, podría distinguirse lo que se obtiene desde esta óptica en el lugar de segregación que se propone a esto, y en el consultorio del analista, que es en este sentido un lugar desegregativo y donde la estructura misma del análisis va en contra del consumo, sin necesidad de proponer la abstinencia al sujeto como una condición de entrada. El análisis lleva a que el sujeto se haga responsable de su goce y de su deseo, que es precisamente el reverso de la salida del toxicómano.
El tóxico vela lo real que espanta y deja al sujeto en un sin decir que no es silencio sino suspenso. Se detienen las asociaciones verbales dejando al sujeto en una actuación sin palabra, presa de la ausencia de los predicados. Restaurar una escena en medio del desnudo de un personaje sin disfraz inmerso en la mudez, sin escritura, será posible no sin una escucha que lo instaure en las leyes de la palabra, historizándolo; será posible no sin una decisión que exige la convicción en el inconsciente.

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