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sábado, 28 de abril de 2007

CARTAS AL DIABLO // CUENTO

Cartas al Diablo


Simplemente un cuento


Querido Satán :
No se por qué estoy haciendo esto, lo único que tengo claro es que me apetece, me sale de dentro, así que vas a tener que escucharme.
Los años pasan, ¿Té das cuenta ? Poco a poco, casi ni te enteras, pero un buen día te paras a pensarlo y te percatas de que ya no eres aquel niño, (¿recuerdas ? ese que decía tantas tonterías) ; y de que las cosas se van complicando. Bueno, esto no es del todo cierto : siempre han sido difíciles, pero de niño no las entiendes y por lo tanto no te preocupan. Y entonces llega ese día y al hacer balance ves que se te han acumulado un montón de preguntas sin respuesta, de consecuencias sin causa, y de causas sin sentido. Y sabes que tienes que seguir creciendo con todo eso, porque es evidente que no vas a encontrar las soluciones a esos cabos sueltos, y tampoco te las va a decir nadie. (Probablemente porque no existen). Y así es como llegamos a un punto en que esta cosa redonda que flota en el espacio, se encuentra de pronto llena de gente a la que parece importarle una mierda que nos estemos matando unos a otros, que otros miembros de la especie no tengan ni para malvivir o que estemos roiendo poco a poco el mismo suelo que nos aguanta.
Por eso creo que Dios ha muerto.
Pero a alguien habrá que echarle la culpa, así que yo me he decidido por volcar mi odio sobre el resto de su obscena creación. Sí, creación con minúsculas, porque no es más que una pequeña chapuza a la que dio cuerda para luego olvidarse de ella mientras él se sentaba a agonizar.
Odio, luego existo ; odio a los responsables de mi existencia ; y a todos los que se atreven a crear más máquinas de sufrir ; y odio a todo lo creado, incluidos tú y yo. ¿O es que creías estar por encima de toda esta mierda ? Tú, al igual que yo, no eres nada por ti mismo, y eso, querido Satán, es lo que nos corroe por dentro. ¿No es verdad ?
Claro que sí.
Espero que te haya agradado que alguien se haya acordado de ti en serio, sin tanta chorrada de película barata, pero por hoy esto se ha acabado. Ya volveré a contarte más cosas, después de todo somos almas gemelas.
Hasta pronto.
Caín.
* * *

Su mirada se deslizó sobre las últimas palabras y, al finalizar, apagó el ordenador. Tenía diecinueve años, el pelo castaño y largo y los ojos negros. Pero no tenía nombre.
Se dejó caer sobre la cama de su habitación, los brazos extendidos y los ojos perdidos en la nada. No es que estuviera cansado, y ni siquiera estaba pensando : simplemente estaba ahí, disfrutando del silencio. Al fin y al cabo eran pocas las ocasiones en las que la casa estaba vacía, sin padres ni hermanos, sin la necesidad de subir el volumen de la música para ahogar sus voces y para fingir que estaba sólo, y que no había nadie cerca de él.
Decidió que sería mejor salir de casa antes de que llegara alguien, así que se levantó, se puso la cazadora y se enchufó el walkman : pronto, la música de Emperor amenazaba su cerebro a una velocidad que expresaba a la perfección la rabia que sentía.
Tras bajar seis pisos por las escaleras, (odiaba el ascensor), el aire frío de la calle inundando sus pulmones le sentó como una bofetada en la cara.
Aquí estás. Y estás vivo, ¿recuerdas ?
No era un típico día de invierno : el cielo estaba despejado y, aunque soplaba un suave aire fresco, la temperatura era agradable.
Cuando salió de Rekalde a Autonomía, se le ocurrió que hacía mucho que no visitaba el parque de los patos , y como le pareció que el tiempo era propicio, empezó a bajar por Gregorio de la Revilla caminando como un cuerpo sin mente : la mirada perdida, ajeno al ruido del tráfico y de la gente, aislado de todo como si fuera simplemente la proyección de un ser que no es de este mundo y al que todos pueden ver aunque él no vea a los demás.
Pasear por el parque era como hacerlo en algún lugar a miles de kilómetros de Bilbao, no tenía nada que ver con la ciudad. Se notaba la ausencia de esa rutina callejera de todos los días de la que él trataba de huir : sin furgonetas descargando en los almacenes, ni gente que va y viene del trabajo o la escuela, sin las voces más que conocidas de los mecánicos del taller sobre el que vivía y, sobretodo, sin ruidos de motores ni cláxons. Era como ese tómate un respiro que decía el anuncio de televisión.
Pulsó el botón de stop en el walkman y encontró el silencio casi perfecto. Sólo le molestaban las voces de dos niños que jugaban junto a un estanque. Niños inocentes, como lo fue él tiempo atrás.
Debería estar vacío. Debería ser todo para mi.
Pero los niños seguían allí, felices, sin saber que molestaban a alguien. Y seguramente tampoco se habrían preocupado de haberlo sabido.
Él se sentó en un banco y encendió un cigarro. Entonces recordó algo, se llevó la mano al bolsillo y sacó de el un papel doblado varias veces. Empezó a leer.
* * *
Querido Satán :
Ya te dije que volvería, ¿o es que pensabas que rechazaría la tentación de desahogarme contigo ? Ya ves que no.
Hace poco te conté lo que pienso de esta mierda de existencia, y también te hablé del profundo odio que siento contra nada en concreto, y todo en general : este era el contenido de mi primera carta. ¿Te gustó ? Me pregunto si en realidad te interesa, si te das cuenta de que me estoy dirigiendo a ti, si sabes quien soy yo. ¿Sabes mi nombre ? Seguro que sí. Yo lo odio. Los que me conocen saben que no deben llamarme por mi nombre, porque me pongo muy nervioso, y esa gente que dicen ser mis amigos, simplemente se dirigen a mí como Tú . Pero me gusta firmar como Caín, el asesino de su hermano. ¿No es perfecto para mí ? Yo, que tanto odio siento para los que son como yo. Yo, Caín.
Si estás leyendo esto, ya te habrás dado cuenta de que soy diferente de las demás personas. ¿Tengo yo la culpa de ello ? Pero ya estoy presuponiendo que hay un culpable y eso no es cierto : ser diferente no es malo, aunque haya tantos que lo crean. Esa gente atada a su actitud convencional, moral convencional y aspecto convencional, solo tiene miedo de que se pueda cambiar aquello en lo que han creído firmemente durante toda su vida. Algunos se refugian en la iglesia y rezan. A la mierda con la Iglesia, a la mierda con el Papa. No pueden hacer volver a Dios por mucho que quieran, y desde luego no con esos argumentos : ¿qué es eso de que iré al infierno si me pongo una goma ? Seguro que el infierno está vacío, ¿a qué si ? Por que ya no hay dios que mande a nadie allí. La iglesia no tiene poder sin un respeto irracional hacia un Dios muerto de quien cada vez más gente se ríe a la cara. Aunque también están los típicos curas curas progres que con sus sermones parecen decir : JESUCRISTO S.A., este es mi negocio .
A la mierda con todos ellos, y a la mierda contigo también, querido Satán, ¿o es que creías que ibas a venderme tu propio producto ?
Ah, bueno.
¿Sabes ? Cada día que pasa estoy un poco más orgulloso de lo que soy, de lo que he hecho de mi mismo. Y lo que más me gusta es sentirme alejado de todo lo que detesto, aunque la mayoría de la humanidad no tiene el suficiente cerebro para entenderlo, o más bien la suficiente personalidad. Una personalidad propia, quiero decir. Porque lo que poseen es una personalidad común, compartida : visten lo que viste la mayoría, escuchan lo que escucha la mayoría, y en general les gusta lo que a la mayoría le gusta : el convenio secreto de los borregos. ¿Secreto ? No. En realidad es un acuerdo obvio, pero reconocerlo sería absurdo.
Bueno, creo que por hoy es suficiente. Con todas las cosas que te estoy contando ya te iras haciendo una idea sobre mi. No sé si te caeré bien o no, pero no hay nadie más a quien pueda hablarle de estas cosas y sé que tu eres el único que me entiende
Hasta la próxima.
Caín.
* * *
Al terminar, se quedó un tiempo pensando sobre lo que había leído, como alelado. Después reaccionó y se dio cuenta de que había perdido la noción del tiempo : ya casi no había luz diurna y, al mirar a su alrededor, vio que los niños se habían ido ; estaba solo.
Dobló la hoja de papel y la guardó de nuevo en el bolsillo, tras lo cual, volvió la vista hacia arriba sin saber muy bien por qué.
Se levantó sin ganas, porque en realidad no le apetecía abandonar aquella quietud, pero tenía hambre, así que comenzó a subir lentamente para meterse en las calles una vez más. Mientras abandonaba la soledad del parque, la oscuridad sonora de Anathema inyectaba un sentimiento de angustia a través de sus tímpanos, así que en cierto modo se sintió aliviado al mezclarse con la gente en la Gran Vía, no por su compañía, (que en realidad no deseaba), sino por saber que existían más seres a parte de él capaces de sufrir : el problema era que la mayor parte del tiempo no se acordaban.
¿Por qué no sentís el dolor del hombre, de la creación ?
¿Por qué ?
De pronto sintió un acceso de rabia, y como si pensara que con su enfado podría hacer entrar en razón a la humanidad, se paró de improviso ante un hombre de cincuenta y muchos años, rechoncho y con aspecto de transportista, que sujetaba un palillo entre los dientes. El hombre al principio se quedó quieto delante del joven que le estaba cortando el paso, aguardando a que este le preguntase la hora o alguna indicación.
-¿Sabe que le escribo cartas al diablo ?
Los ojos del interrogado se abrieron en un gesto de sorpresa.
-¿Lo sabe ? -insistió.
Los ojos del interrogado se entrecerraron en un gesto de desconfianza, y su expresión pasó de la incomprensión al enfado.
-Pero que dices
-Digo que le escribo cartas al diablo y no sirve de nada.
El otro no esperó a ver que más le contaba : con la furia de alguien a quien se le ha tomado el pelo, se alejó del lugar convencido de haber sido víctima de las burlas de un gamberro.
Te vas a reír de tu puta madre .
Él siguió su camino como si nada hubiera ocurrido, deslizándose entre los transeúntes mientras sus pasos se aceleraban a medida que sus pensamientos hacían lo propio al ritmo de su desesperación, inconsciente de que sus dientes estaban prietos al igual que sus puños. La gente con la que se cruzaba se alejaba perceptiblemente cuando llegaba a su altura hasta que, finalmente, su frenética carrera se detuvo en la Plaza Circular. Al volver la vista a un lado, se encontró con dos individuos trajeados junto a un stand ubicado frente a la fuente. Ellos a su vez se encontraron con un joven de aspecto informal que les observaba con los ojos muy abiertos de un loco, pero no dijeron nada. Se acercó un poco más y observó que el stand estaba decorado con imágenes religiosas. Cuando ya llevaba casi un minuto mirando las ilustraciones, uno de los otros dos se dirigió a él con una sonrisa en el rostro mientras el otro no le quitaba el ojo de encima con un gesto de suspicacia.
-Hola, -me llamo Diego.
Diego tenía gafas, un rostro amable y un acento que no supo identificar, aunque supuso que era americano.
-Hola, -respondió.
-¿Te interesa ? -preguntó mientras señalaba los dibujos con un movimiento de su cabeza.
-Pues no lo sé.
-¿Sabes quienes somos ?
-No estoy seguro.
-Somos miembros de la Iglesia de los Santos del Último Día.
El silencio del joven resultó significativo.
-Tal vez nos conozcas como Mormones -explicó Diego en un tono igual de afable que antes, aunque ahora su expresión era de resignación.
-Ah, sí ¿y qué haceis ?
-Le hablamos de Dios a la gente, no tratamos de convencer a nadie de nada, simplemente hablamos de Dios.
-Ya pues yo creo que dios ha muerto.
-¿Por qué piensas eso ? -se interesó Diego.
-Porque le maté yo -sentenció.
Tras decir esto no esperó a ver la cara de su interlocutor, simplemente se alejó de allí sin demasiada prisa.
* * *
Era de noche y caminaba sin rumbo. Pronto, se encontró en medio de la calzada de una callejuela sombría, triste y completamente vacía en la zona de Atxuri. Solo había una farola que parpadeaba constantemente, pero sin seguir ningún ritmo concreto. Desde que había salido de casa había soplado un suave aire fresco, pero en aquel lugar no había la más mínima brisa, como si el tiempo se hubiera detenido. Mientras pensaba esto, la iluminación se apagó del todo durante un intervalo, más largo de lo normal, y cuando volvió a encenderse, la escena le pareció grotesca : frente a él, también en el centro de la calle, y a unos ocho metros de distancia, había un hombre viejo y gordo con barba, vestido con ropa gastada y sucia, como un vagabundo. Sujetaba con una correa uno de esos perros pequeños y cursis a los que se puede matar de una patada. Ambos se miraron fijamente, sin moverse del lugar en el que estaban, como si se tratara de la escena del duelo en una película del oeste. El silencio continuó durante unos tensos segundos hasta que el joven se decidió a abrir las hostilidades.
-Hola -dijo él.
-Hola -dijo el viejo.
-Hola -dijo el perro.
De nuevo volvió la calma en un tiempo en el que los rostros de los tres contertulios estaban completamente impasibles mientras tres pares de ojos se movían como si estuvieran tratando sin palabras sobre algún asunto mortalmente serio.
-Hijo mío -empezó el viejo-, ¿sabes que el mundo está mal montado ?
-¿Lo sabes ? -preguntó el perro.
-Lo sé -afirmó él.
-Lo sabe -concluyó el perro.
El viejo asintió con la cabeza y luego se despidió.
-Adiós.
-Adiós.
-Adiós.
La farola se apagó una vez más y esta vez no volvió a encenderse. Dio media vuelta y empezó a desandar sus pasos mientras pensaba en que llevaba toda la tarde con la intención de comer algo, pero sorprendentemente se había limitado a vagar a la deriva por Bilbao.
* * *
No llevaba el reloj, así que no sabía que hora, era pero tampoco le importaba. En su casa se habían acostumbrado a verle aparecer y desaparecer como si el tiempo no significase nada para él, y así era : odiaba tener que depender de horario alguno, por lo que pronto se había hecho a la rutina de encontrarse sólo ante su plato ya frío sobre la mesa, y su familia se había resignado a verle poco o nada al cabo del día, ya que invertía casi todo su tiempo encerrado en su habitación, enredando con el ordenador y escuchando música. Hoy no sería diferente : para cuando llegara estarían todos dormidos, devoraría la cena helada y después se sumergería en la tenebrosa atmósfera de Blood Divine hasta cerca del amanecer. Quizás se despertaría para la hora de comer.
De tanto pensar en la comida, el hambre que sentía se había intensificado considerablemente y supo que no podía ignorar la petición que su estómago le hacía. No aguantaría hasta llegar a casa, de ninguna manera.
El bar le pareció tan bueno como cualquier otro para comer un par de pinchos de tortilla. Para él era tan importante lo que veía como lo que oía, y lo que oía era Rock de los 60 : The Doors . Sintió que era justo lo que le apetecía, así que no se lo pensó dos veces y entró mientras Jim Morrison berreaba en una versión en vivo del Rodhouse Blues . Al mismo tiempo que avanzaba hacia la barra sus ojos danzaron examinando cada ejemplar de la escasa clientela. Lo primero que le sorprendió fue ver a Diego, el mormón, que no levantaba los ojos de su plato combinado, a la vez que engullía su contenido sin dar señales de haberse percatado de su presencia. En otra mesa había una pareja que bebía cerveza, el le susurraba algo al oído y ella le sonreía de forma empalagosa.
-Ponme uno de esos y una coca-cola .
La camarera no tenía precisamente unas medidas perfectas, pero su rostro la hacía parecer una persona agradable. Con su pelo rizado castaño oscuro le recordaba mucho a una chica que había estudiado en su clase. Iba a preguntarle como se llamaba, pero luego decidió que no le importaba.
-Hoy te toca cerrar a ti -dijo un tipo de treinta y tantos que salió de pronto de la cocina.
-Ya se Oye, acuérdate de decirle a David lo de las cintas.
-Tranquila, me lo he apuntado en la mano, ¿ves ?
-Eres el mejor. Bueno, hasta mañana -se despidió ella.
-Que va, mañana libro, ¿recuerdas ?
-Es verdad Pues nada, hasta el sábado.
-Venga
El hombre salió del local sin notar que uno de los clientes le seguía con la vista. No le había gustado el hecho de saber que había habido alguien tan cerca de él sin que se hubiera dado cuenta : le hacía sentirse inseguro. No, no le había gustado nada.
Pero le encantaba cuando el ritmo se aceleraba repentinamente en The end , esa parte siempre le ponía la carne de gallina, no podía evitarlo.
Iba a pedir algo más de comer, pero cambió de idea : sacó el Smith & Weason y disparó contra la camarera, cuyo cuerpo fue proyectado contra la pared. La sangre y la materia gris se dispersaron sobre las botellas alineadas en las baldas justo antes de que cayeran al suelo estrepitosamente, arrastradas por el cuerpo de la chica que se desplomaba. Quedó tendida en el suelo con la cabeza vuelta hacia a un lado, de manera que no podía verle el rostro desde donde él estaba, y eso le ponía nervioso porque ansiaba ver que cara se le había quedado : el reflejo de su último pensamiento.
Entonces se acordó de los demás y se volvió lentamente. Nadie había osado hacer un movimiento mientras él examinaba su obra, y ahora ellos seguían allí como si se tratara de una imagen congelada. Diego aún tenía el tenedor en la mano y la boca llena de comida que ni siquiera se atrevía a masticar. La chica estaba como en shock, su mirada estaba diciendo a gritos que su mente ya no se encontraba allí, mientras su novio era demasiado consciente de lo que estaba ocurriendo : la mandíbula le temblaba y sus ojos iban de aquí para allá, como buscando la salida más próxima. Así que a él no le sorprendió mucho cuando se levantó precipitadamente de su silla corriendo hacia la puerta. Levantó el revólver y apuntó. La bala le dio en el muslo y debió romper alguna arteria, porque la sangre empezó a manar a borbotones.
A Diego se le cayó el tenedor y el ruido llegó a sus oídos aunque en su mente se reprodujo muy lentamente, como si proviniera de un cassette al que se le acaban las pilas.
En el suelo se estaba formando un charco que parecía estar ayudando al herido a seguir arrastrándose hacia la calle, usando los brazos y la pierna sana, dejando un rastro marcado por las huellas rojas que dejaban sus manos sobre el suelo. El joven caminó tranquilamente hacia su víctima para detener su patético avance colocándole la bota sobre la herida. El otro no pudo reprimir un grito que se apagó en seco cuando sintió el cañón del arma sobre su nuca. Fue lo último que sintió.
Estaba un poco molesto, porque se había puesto demasiado cerca y le había salpicado. No parecía contento cuando se sentó a la mesa de Diego, dejando la pistola sobre esta. Con dos dedos y un gesto de repugnancia empezó a despegarse despreocupadamente pedacitos viscosos de la cazadora.
-Qué, Diego -dijo sin dejar de examinar la operación que estaba realizando-. ¿Cómo está tu dios ?
-Diosestámuertodiosestámuertodiosestá
-Oh, vaya. Cuanto lo siento. El otro día parecía tan sano
Diego no abrió la boca.
-¿Pero qué pasa contigo ?¿Es que no tienes personalidad ? ¿Vas a renegar de tu dios solo porque he matado a dos personas ? -hizo una pausa-. Mira, ¿sabes por qué lo he dejado encima de la mesa ?
Diego se limitó a mover la cabeza hacia los lados.
-CONTÉSTAME -gritó-, ¿SABES POR QUÉ LO HE DEJADO ENCIMA DE LA MESA ?
-No.
-PORQUE QUIERO QUE LO COJAS.
Diego tomó torpemente el revólver entre sus manos, sin saber cómo sostenerlo, y el otro pareció calmarse casi al instante.
-Ahora vamos a ver si tu puta fe en tu puta religión es tan fuerte como le dices a la gente. Coloca el dedo en el gatillo y apúntame.
Hizo lo que se le ordenaba.
-Dispara.
No sucedió nada.
-He dicho que dispares. Si tu no me matas yo te mataré a ti.
La otra superviviente pareció salir de su trance y se puso a gritarle al hijo de puta imbécil que apretase el gatillo de una vez .
-DISPARA -ordenó el asesino una vez más.
Y disparó.
Disparó tres veces con los ojos cerrados, y los abrió la cuarta y la quinta porque un sonido metálico le indicó que se había quedado sin balas. Pero tres veces fueron suficiente : cuando se atrevió a mirar vio que el psicópata estaba en el suelo y sus ropas se teñían de rojo muy rápidamente. Mientras agonizaba, se llevó una mano temblorosa al bolsillo y a duras penas consiguió sacar de este un papel que manchó en seguida con su sangre. Lo desdobló y se obligó a si mismo a levantar la cabeza que hasta entonces había estado mirando al techo.
Comenzó a leer.
A medida que avanzaba, lentamente, palabra a palabra, en su faz iba apareciendo una mueca que revelaba el horror que sentía.
Cuando terminó dejó caer la cabeza, y murió con un trozo de papel en la mano y un hilillo rojizo que manaba de su boca.
* * *
Querido Caín :
Ha sido un placer tratar contigo, es evidente que tenemos muchas cosas en común. Comparto contigo esa opinión sobre esa desidiosa despreocupación de la que el Creador hace gala ante todo lo que se refiere a su Obra, y asimismo, también estoy de acuerdo en eso que me decías sobre la hipocresía de la Iglesia.
Sin embargo también expones un par de ideas en las que no puedo evitar mostrar mi desacuerdo.
En primer lugar, te diré que no eres el único que se acuerda de mi, aunque si uno de los pocos que lo hace de una forma tan directa. Si no me crees, no tienes más que pensar una vez más en todos esos desastres de la humanidad que describes en tu primera carta : hambres, guerras, destrucción del planeta ¿O no son estos males causados por el hombre ? Y permíteme que ponga énfasis en lo de MAL y en lo de HOMBRE.
Por otra parte, disculpa que te discuta eso de que no voy a venderte mi propio producto : no puedo menos que sentirme ofendido leyendo cómo me comparas con un vulgar vendedor de seguros. Espero que me entiendas bien si te digo que yo no necesito venderte nada. Digamos que se trata de un regalo que tú ya habías aceptado.
En cuanto a esas chorradas de película barata a las que te refieres, voy a decirte que si bien las viejas tradiciones se están perdiendo, un par de velas negras y un ritual de invocación tienen su encanto y nunca están de más.
Y sin más me despido, después de todo pronto podremos debatir largo y tendido sobre estos temas y tú podrás comprobar qué quizás el infierno no está tan vacío como piensas.
Hasta ahora mismo.
Ya Sabes Quien.

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