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miércoles, 29 de mayo de 2013

Las Mejores Historias De Terror - Karl Edward Wagner

Las Mejores Historias De
Terror 
Karl Edward Wagner
(Recopilador)


El camión del tío Otto
Stephen King
Stephen King es probablemente el escritor del género más conocido, gracias a
un impresionante número de novelas de éxito: Carrie, Salem’s Lot, The Shining
(El resplandor), The Stand (La danza de la muerte), The Dead Zone (La zona
muerta), Firestarter (Ojos de fuego), Cujo, Christine, Pet Sematary..., muchas
de las cuales han sido llevadas al cine.
De todas formas, la suerte tardó en llegarle; King empezó a escribir a los doce
años, y ya por aquel entonces intentaba vender sus relatos breves. En su
época universitaria sus dos primeras ventas le proporcionaron un total de 65
dólares. Mientras trabajaba en una lavandería por 60 dólares a la semana —
antes de su empleo como profesor en una escuela superior por 6.400 dólares
al año—, King vendía relatos a revistas masculinas, sobre todo a Cavalier. Los
cheques eran de poco valor y espaciados, pero como King recuerda: «Un
cheque significaba la posibilidad de que mi esposa y yo pudiésemos comprar
antibióticos para el oído enfermo de nuestra hija». Determinación —y talento—
prevalecieron. Desde la publicación de Carrie en 1974 King puede mantener a
su familia, y a sí mismo, con la escritura.
Nacido el 21 de septiembre de 1946 en Portland, Maine, King ha resistido todas
las tentaciones de abandonar el estado que más ama, y en el que vive
habitualmente con su esposa Tabitha —también escritora— y con sus hijos, en
una enorme casa de estilo Victoriano en Bangor. A los amantes de los relatos
breves de King les alegrará saber que está reuniendo una colección con sus
relatos de terror más recientes, y que se titulará Skeleton Crew. El camión del
tío Otto refleja una reciente historia que aconteció a King en el condado de
Maine. Y puntualiza asimismo el hecho de que King se está convirtiendo en un
importante narrador regionalista.
Para mí representa un gran esfuerzo, y al mismo tiempo un desahogo, el poder
transcribir todo esto.
Desde que encontré a mi tío Otto muerto no he podido dormir, e incluso ha
habido días en que creí que me había vuelto loco. Y por otro lado, todo sería
más agradable de no haber tenido este objeto aquí, en mi estudio, donde
puedo observarlo, cogerlo o estrujarlo, si así lo deseo. No, no quiero hacerlo;
no quiero tocarlo. Pero a veces uno actúa en contra de su deseo.
Si no lo hubiese sacado de aquella casita de una sola habitación al huir de allí,
podría convencerme de que todo había sido una alucinación, el reflejo de un
cerebro agotado y sobreexcitado. Pero está aquí. Interfiere la luz. Tiene peso.
Puede ser sostenido en la mano.
Todo sucedió de verdad, ¿sabéis?
La mayoría de los que leéis estas memorias no os las creeréis, a no ser que os
suceda algo parecido.
Todo cuento de intriga debe tener un origen ignoto, o un secreto. Éste tiene
ambos. Permitidme, ante todo, que empiece relatándoos cómo mi tío Otto, que
había sido distinguido con la insignia Castle County, llegó a pasar los últimos
veinte años de su vida en una casita de una sola pieza, sin agua corriente, a
las afueras de un pueblo pequeño.
Otto nació en el año 1905, y era el mayor de cinco hermanos. Mi padre era el
más joven de los hijos de los Schenk, y había nacido en 1920; por eso mi tío
Otto siempre me pareció muy viejo, especialmente porque yo era el más joven
de los cuatro hijos de mis padres; nací en 1955.
Al igual que muchos otros industriales alemanes, mis abuelos llegaron a los
Estados Unidos con algún dinero. A mi abuelo, que se estableció en Derry a
causa de la industria maderera, de la cual entendía algo, le fue muy bien, y sus
hijos nacieron en circunstancias favorables.
Mi abuelo murió en 1925. El tío Otto, que entonces tenía veinte años, fue el
único heredero. Se mudó a Castle Rock y empezó a especular a lo grande. En
los cinco años siguientes hizo una gran fortuna, negociando con las tierras y
con la madera. Se compró una gran casa en Castle Hill, tenía criados, y gozaba
de la envidiable situación de ser un joven relativamente atractivo (el calificativo
de «relativamente» era a causa de sus gafas) y además el soltero más
solicitado del pueblo. Se conservó soltero toda su vida.
La quiebra del mercado maderero en 1929 le afectó muy seriamente. Conservó
la casa en Castle Hill hasta 1933, y luego la vendió; una gran extensión de
terreno boscoso había salido a la venta y él quería comprarla a toda costa. El
terreno pertenecía a la New England Paper Company.
La compañía New England Paper todavía existe en la actualidad, y si
deseaseis adquirir acciones de esta empresa os diría: «¡Adelante!». Pero en
1933 la compañía ofrecía grandes extensiones de terreno a precios de
liquidación por incendio, en un último intento para permanecer a flote.
¿Cuánto terreno quería mi tío? El acuerdo original, el hecho fabuloso, se ha
perdido, y las cuentas difieren, pero en todos los documentos se habla de más
de dieciséis millones de metros cuadrados, la mayoría de los cuales se
hallaban en Castle Road, pero en su totalidad se extendían desde Waterford
hasta Sweden. Cuando el trato fue roto, la New England Paper ofrecía el
terreno a seis dólares los mil metros cuadrados si —y aquí estaba el truco— el
comprador lo adquiría todo.
Eso suponía un total de casi cien mil dólares. El tío Otto no los tenía, y aceptó
un socio, un yanqui llamado George McCutcheon. Hoy en día los apellidos
Schenk y McCutcheon son bien conocidos en las ciudades de Nueva Inglaterra,
y la compañía Schenk and McCutcheon extiende sus dominios desde Central
Falls hasta Derry.
McCutcheon era un hombre fornido, con una gran barba negra, y como mi tío,
también llevaba gafas. Su padre y mi abuelo habían sido grandes amigos; el tío
Otto había conocido a McCutcheon como resultado de esa amistad. Y al igual
que mi tío, su socio había heredado una gran fortuna. Debió de ser una
respetable cantidad, puesto que él y el tío Otto pudieron realizar juntos la
compra de los dieciséis millones de metros cuadrados, sin ningún problema. Su
asociación duró veintidós años —hasta el año en que yo nací—, y durante ese
período todo lo que el negocio les deparó fue prosperidad.
Sin embargo, todo empezó con la compra de los dieciséis millones de metros
cuadrados, que se extendían a lo largo de tres municipios al oeste de Maine.
Ambos se dedicaron a explorar esa inmensidad en el camión de McCutcheon.
Cruzaban las pistas forestales y los senderos para los camiones madereros,
avanzando en primera la mayor parte del tiempo, superando vaguadas y
remontando obstáculos. Ambos se turnaban al volante. Dos hombres jóvenes
se habían convertido en terratenientes, en las oscuras simas de la gran
depresión.
No estoy seguro de dónde había conseguido McCutcheon su camión; tampoco
importa demasiado. Era un Cresswell, una marca que ya no existe. Tema una
espaciosa cabina pintada de un rojo chillón, anchos estribos y arranque
eléctrico. Si fallaba el arranque eléctrico se podía utilizar la manivela, aunque
era muy fácil romperse un hombro al intentarlo, si no se tenía mucho cuidado,
pues la palanca solía retroceder bruscamente. La plataforma del vehículo tenía
ocho metros de largo, y llevaba barras a ambos lados. Pero lo que recuerdo
con mayor intensidad de aquel camión era su morro, que al igual que la cabina
era rojo como la sangre. Para acceder al motor había que extraer dos paneles
metálicos, uno a cada lado. El radiador era tan grande como el pecho de un
hombre vigoroso. Ciertamente, se trataba de un objeto monstruoso y
desagradable.
El camión de McCutcheon se estropeaba, y era reparado; se averiaba de
nuevo, y volvía a ser reparado. Pero cuando el Cresswell se estropeó
definitivamente, lo hizo de manera espectacular. Sucumbió como aquella
maravillosa calesa tirada por un caballo del poema de Holmes, de golpe.
McCutcheon ascendía, junto con el tío Otto, la carretera del Black Henry un día
del año 1953. Según admitió después mi tío, ambos estaban «absolutamente
borrachos». El tío Otto, que en aquel momento iba al volante, se dirigió hacia
las colinas Trinity. Ebrio como estaba, se olvidó de reducir la velocidad al
descender por el lado abrupto de la ladera. El viejo motor del Cresswell se
sobrecalentó. Ni el tío Otto ni McCutcheon vieron la aguja roja superar la zona
amarilla a la derecha del marcador. En la base de la colina hubo una explosión
tal que elevó los rojizos flancos del motor cual alas de dragón. El tapón del
radiador voló en el cielo estival. El vapor se elevaba en un potente chorro. El
aceite bullía empapando las juntas. Mi tío pisó el pedal del freno, pero el
Cresswell había desarrollado en el último año la mala costumbre de ir
perdiendo líquido de frenos, y el pedal se hundió hasta el suelo. No podía ver
por dónde iban, y se salió de la carretera. Al principio cayeron en una zanja, y
después fuera de ella. De haber estallado el Cresswell, todo habría estado
bien. Pero el motor siguió en marcha; primero explotó un pistón, y luego dos
más, igual que petardos el día de san Juan. Uno de ellos, según comentaba el
tío Otto, perforó la puerta de su lado, que se había abierto, dejando un agujero
por el que fácilmente podía pasar un puño. Acabaron en un campo de heno. De
no haber estado el parabrisas completamente cubierto de aceite, habrían
disfrutado de una espléndida vista de las White Mountains. Así acabó el
Cresswell; nunca más salió de aquel campo, por supuesto propiedad del tío
Otto y de George McCutcheon. Los dos hombres, considerablemente sobrios
tras la experiencia, salieron para examinar los desperfectos. Ninguno de ellos
era mecánico, pero no había necesidad de serlo para comprobar que la herida
era mortal. El tío Otto estaba consternado —o así se lo dijo a mi padre—, y se
ofreció a pagar el camión. George McCutcheon le contestó que no dijese
tonterías. De hecho, McCutcheon estaba en éxtasis. Había echado una mirada
en torno, al campo y a las montañas, y había decidido que aquél era el lugar
apropiado para construir su casa cuando se retirase. Así se lo contó al tío Otto,
en un tono normalmente reservado para las conversaciones religiosas.
Regresaron juntos a la carretera y de allí a Castle Rock en el camión de la
panadería Cushman, que pasó por allí casualmente.
McCutcheon le dijo a mi padre que había sido la voluntad de Dios; había
estado buscando un lugar apropiado donde asentarse definitivamente, y allí
había estado todo el tiempo, en la pradera que cruzaban tres o cuatro veces
por semana, sin echarle siquiera una ojeada. La voluntad divina, repitió,
ignorando que él mismo iba a morir en ese campo dos años más tarde, chafado
bajo el morro de su propio camión, que pasó a ser del tío Otto cuando George
murió.
McCutcheon pidió a Billy Dodd que le ayudara con su camión grúa para mover
el Cresswell y ponerlo de cara a la carretera. Así podría verlo, decía, cada vez
que pasase por allí. Y cuando fuese definitivamente retirado, haría que el
constructor excavase en el lugar que había ocupado el camión la bodega de su
futura casa. McCutcheon era algo sentimental, pero no era un hombre que
dejase que los sentimientos se interpusieran en el camino del dinero. Cuando
un especulador llamado Baker vino un año más tarde y le ofreció la compra de
las llantas y los neumáticos del Cresswell, aduciendo que teman la medida
correcta para reparar su vehículo, McCutcheon tomó sus 20 dólares como un
rayo. Y eso que, según recuerdo, tenía por aquellos tiempos una fortuna
cercana al millón de dólares. También le pidió a Baker que antes de llevarse las
ruedas construyera una plataforma elevada para el Cresswell. Decía que no le
agradaba la idea de pasar por allí y ver el camión en el suelo, hundido y
rodeado de heno, cual una ruina cualquiera. Baker así lo hizo.
Un año más tarde, el Cresswell se liberó de sus soportes y cayó, aplastando a
McCutcheon. Los viejos narradores cuentan la historia con cierto retintín.
Siempre la concluyen añadiendo que confían en que George McCutcheon
disfrutase los 20 dólares que recibió por aquellas ruedas.
Yo crecí en Castle Rock. Cuando nací, mi padre trabajaba para Schenk and
McCutcheon. El camión que había sido de George McCutcheon y acabó siendo
de mi tío Otto (al igual que el resto de sus pertenencias) suponía un hito en mi
vida. Mi madre era cliente de Warris, en Bridgton, y la carretera de Black Henry
era el camino para ir allí. Por lo tanto, cada vez que íbamos, allí estaba el
camión, con las White Mountains al fondo. Ya no se elevaba sobre una
plataforma —el tío Otto había dicho que con un accidente había suficiente—,
pero el simple recuerdo de lo acontecido bastaba para que un chico como yo,
de pantalones cortos, sintiese un escalofrío.
El camión permanecía siempre allí. En verano; en otoño, cuando los robles y
los olmos llameaban en los límites de los sembrados cual antorchas; en
invierno, cuando ráfagas de viento helado soplaban por la carretera y nubes de
polvo lo envolvían, y con sus faros como ojos saltones parecía un mastodonte
forcejeando en arenas movedizas; y en primavera, cuando los campos se
empapaban con las lluvias de marzo, y yo me preguntaba cómo no se hundía
en el lodazal. De no haber sido por la sólida base de roca que lo sustentaba,
seguramente habría desaparecido. Sin embargo, a lo largo de todas las
estaciones del año, allí permanecía.
Una vez, incluso llegué a subirme a él. Un día, mi padre se paró en el arcén,
cuando íbamos a la feria de Fryeburg, me tomó de la mano y me dejó en el
campo junto al camión, sin saber el mucho miedo que yo le tema. Yo había
leído las historias que contaban de cómo se había deslizado hacia delante cual
una silenciosa y peligrosa bestia y había aplastado al socio de mi tío. Había
oído esos cuentos sentado allí, en la barbería, callado como un ratón detrás de
un ejemplar de Life; había oído a los hombres narrar cómo había sido
aplastado, y decir que confiaban en que el viejo George hubiese disfrutado de
aquellos 20 dólares que recibió por las ruedas. Uno de ellos —debió de ser
Billy Dodd, el viejo loco padre de Frank— dijo que McCutcheon había quedado
«como una calabaza chafada por una rueda de tractor». Esta imagen frecuentó
mis sueños durante meses. Pero mi padre, por supuesto, no tenía ni idea de
ello. El pensaba que me gustaría entrar en la cabina de aquel viejo camión;
había notado la manera en que yo lo observaba cada vez que pasábamos por
el lugar, y confundió, supongo, mi temor con una admiración que yo estaba
lejos de sentir.
Recuerdo los dorados tallos del heno, su brillo pajizo al ser mecidos por las
brisas del mes de octubre. Recuerdo el sabor grisáceo del aire, un poco
amargo, algo áspero; y el tono plateado de la yerba muerta. Recuerdo el suisst
suisst de nuestros pasos. Pero lo que más recuerdo es su silueta creciendo y
creciendo, el radiador rugiendo feroz al mostrar los dientes, el color rojo sangre
de la pintura, la turbia mirada del parabrisas. También recuerdo aquel pánico
hasta entonces desconocido por mí, bañándome como una ola todavía más fría
y gris que el mismo aire, cuando mi padre, tomándome por las axilas, me
introdujo en la cabina, diciendo: «¡Condúcelo hasta Portland, Quentin!
¡Llévatelo!». Recuerdo el aire golpeándome en la cara mientras subía cada vez
más arriba; y entonces, el nítido sabor fue reemplazado por el olor del aceite
requemado, del cuero viejo y —lo juro— de la sangre. Recuerdo que trataba de
no llorar mientras mi padre permanecía allí, observándome, con una amplia
sonrisa cubriéndole el rostro, convencido de que me estaba proporcionando un
infierno de emoción (y así era, mas no como él pensaba). Tuve la certeza de
que si mi padre se alejaba, o simplemente me daba la espalda, aquel camión
me tragaría. ¡Me comería vivo! Y sólo quedaría de mí una masa masticada y
despedazada..., algo así como una calabaza chafada por una rueda de tractor.
Empecé a llorar, y mi padre, que era el mejor de los hombres, me bajó, me
calmó, y me llevó de regreso al coche. Me encaramó sobre sus hombros, y
desde allí observé al disminuido camión, rojo como la sangre, quieto, en el
campo; la enorme silueta del radiador; el oscuro agujero redondo donde el
cigüeñal parecía observarlo todo como un horripilante cuenco hueco, y quise
decirle a mi padre que había olido a sangre, que ésa era la razón de que
hubiese llorado. No encontré la manera de hacerlo. Supongo que, de todas
formas, él no me hubiese creído.
Como un niño de cinco años que todavía creía en Santa Claus, también creí
que la sensación de pánico que me había poseído cuando mi padre me
introdujo en la cabina del camión provenía del vehículo. Me llevó veinte años
darme cuenta de que el Cresswell no fue quien asesinó a George McCutcheon;
mi tío Otto lo hizo.
El Cresswell fue un hito en mi vida, pero no sólo en la mía. Estaba en la mente
de todo el mundo. Si explicabas a alguien cómo ir desde Bridgton hasta Castle
Rock, añadías que sabrían que iban por el camino apropiado si veían un
enorme y viejo camión rojo fuera de la carretera, en un campo de heno, a la
izquierda, a unos cuatro kilómetros más o menos después de dejar la nacional
302. Muy a menudo, se veían turistas aparcados en los blandos arcenes (a
veces, sus vehículos quedaban atrapados; era una buena ocasión para reírse),
tomando fotografías de las White Mountains, con el camión del tío Otto en
primer plano, como un detalle pintoresco. Durante mucho tiempo mi padre
llamó al lugar «La Colina del Camión Turístico», pero luego dejó de hacerlo.
Para entonces, la obsesión del tío Otto por el lugar se había convertido en algo
demasiado importante como para ser divertido.
¿Qué le había sucedido al tío Otto?
Hay muchas maneras de responder a esa pregunta. Todas ellas son
razonables; ninguna probable. Lo mejor será, pienso, que lo cuente todo: lo que
sospecho y lo que intuyo.
Que él mató a McCutcheon es algo de lo cual estoy absolutamente seguro. «Lo
aplastó como a una calabaza», habían dicho los enterados de la barbería. Uno
de ellos había añadido: «Apuesto a que estaba allí, a los pies del camión,
rezando, como uno de esos moros gordinflones que adoran a Alá. Me lo
imagino muy bien. Estaban majaras, los dos. Fijaros cómo ha acabado Otto
Schenk, si no me creéis. Al otro lado de la carretera, en aquella cabaña que él
creía que la ciudad iba a usar como escuela, tan loco como una rata chiflada».
Sus comentarios fueron unánimemente aceptados con cabeceos afirmativos y
miradas de reojo, pero ni uno de los enterados de la barbería consideró que
esa imagen —McCutcheon arrodillado «como uno de esos moros gordinflones»
a los pies del camión que se elevaba sobre unos soportes podridos— era tan
sospechosa como excéntrica.
Los chismorreos son siempre objetos candentes en una población pequeña;
cualquiera puede ser acusado de ladrón, adúltero, cazador furtivo, o timador,
con la más débil de las evidencias y las más salvajes deducciones. Creo que lo
que salva a este comportamiento de ser algo asqueroso es que los
comentarios en las barberías y los cuchicheos en los comercios suelen ser
obviamente ingenuos. Es como si la gente desease creer en hechos sin
importancia o faltos de entidad —los llegan a inventar si no existen— para que
la conciencia del mal quede más allá de sus vidas, aunque ésta flote delante de
ellos, bajo sus propias narices, como una maligna y mágica alfombra sacada
de uno de los bellos cuentos de esos moros gordinflones.
¿Cómo sé que él lo hizo? ¿Porque estaba con McCutcheon aquel día? No, lo
sé por el camión, por el Cresswell. Cuando su obsesión empezó a superarlo, el
tío Otto se fue a vivir allí cerca, en aquella casita, aunque en los últimos años
de su vida estuviese mortalmente asustado por la creencia de que el camión
cruzaría un día la carretera.
Supongo que el tío Otto se llevó a McCutcheon al campo donde el Cresswell
estaba encaramado sobre sus soportes, con la excusa de hablar sobre los
planes para la nueva casa. McCutcheon siempre estaba dispuesto a hablar de
la casa y de su próximo retiro. Una compañía muy importante —no menciono
su nombre, pues de hacerlo la podríais reconocer— había hecho a los socios la
oferta del siglo, y McCutcheon estaba muy interesado en aceptarla. Pero el tío
Otto no tenía el más mínimo interés. Se sabía que habían estado discutiendo
continuamente acerca de ello desde la primavera. Y pienso que este
desacuerdo fue la motivación primordial que impulsó al tío Otto a deshacerse
de su socio.
Creo que el plan de mi tío consistió en dos cosas: primero, debilitó la base de
los soportes que sostenían al camión; y segundo, depositó algo en el suelo,
justo delante del vehículo, de manera que McCutcheon pudiese verlo.
¿Qué clase de objeto? No lo sé. Algo brillante. ¿Un diamante? ¿Nada más que
un trozo de cristal roto? No importa. Brillaba y relucía con el sol. McCutcheon
debió de verlo. Si no, seguro que el tío Otto se lo señaló.
—¿Qué es eso? —preguntó, señalándolo.
—¡Cáspita! —dijo McCutcheon, y se acercó a mirar.
McCutcheon se dejó caer sobre las rodillas delante del Cresswell, «como uno
de esos moros gordinflones que adoran a Alá», intentando coger el objeto,
mientras mi tío se deslizaba de manera casual hacia la trasera del vehículo. Un
buen empujón, y éste se vino abajo, dejando a McCutcheon plano. Aplastado
como una calabaza.
Sospecho que debía de haber demasiado de pirata dentro de él para morir
inmediatamente. En mi imaginación, puedo verlo en el suelo, aprisionado bajo
el morro del Cresswell. Hilos de sangre le salen por la nariz, la boca y las
orejas; su cara está blanca como el papel; sus ojos negros le suplican a mi tío
que le ayude, que le ayude con urgencia. Lo imagino pidiéndole, suplicándole
ayuda y, finalmente, acusando a mi tío, prometiéndole que lo atraparía, que lo
mataría, que acabaría con él... Y mi tío permaneció allí, observando, hasta que
todo terminó.
Pienso que el temor y la angustia se apoderaron del tío Otto, un temor y una
angustia que fueron minando su salud.
Poco después de la muerte de McCutcheon mi tío empezó a hacer cosas que
en un principio fueron descritas, por los enterados de la barbería, como poco
comunes, luego como ridículas y, más tarde, como «lamentablemente
peculiares». Lo que por fin hizo que fuese descrito, en el hiriente argot de la
barbería, como «tan loco como una rata chiflada» quedó sumido en el olvido.
No obstante, entre los posibles motivos destaca, por supuesto, el que
construyese una casita frente al Cresswell, al otro lado de la carretera, y
después se fuese a vivir a ella. Sin embargo, nadie dudaba que sus
peculiaridades empezaron justo en la época en que George McCutcheon
murió.
En el año 1965 el tío Otto construyó una casita de una sola habitación, frente al
camión, al otro lado de la carretera. En el pueblo se hablaba constantemente
de los motivos que el viejo Otto Schenk podía tener para querer asentarse allí,
en el Black Henry, pero la sorpresa fue total cuando el tío Otto remató su obra
haciendo que Chuckie Barger le diese una capa de brillante pintura roja y
anunciando luego que el edificio era una donación que él hacía al pueblo, «una
bella y nueva escuela», dijo, y añadió que sólo pedía que le pusiesen el
nombre de su antiguo socio.
Las altas esferas de Castle Rock se quedaron estupefactas, al igual que el
resto del pueblo. La mayoría de ellos había ido a una escuela de ese tipo, de
una sola habitación (o pensaban que así había sido, lo que viene a ser lo
mismo). Pero en 1965 todas las escuelas de una sola habitación habían
desaparecido de Castle Rock. La última de ellas, la escuela Castle Ridge,
había sido cerrada el año anterior. La comunidad tenía ahora una escuela
primaria de vidrio y cemento en las afueras del pueblo y una bonita escuela
superior en la calle Carbine. Como resultado de su excéntrica oferta, el tío Otto
pasó de ser «un individuo singular» a ser «lamentablemente peculiar» de la
noche a la mañana.
Las altas esferas le hicieron llegar una carta (nadie se atrevía a visitarle en
persona) agradeciéndole amablemente el detalle, y deseando que tuviese
presente al pueblo en el futuro, pero declinaron el uso de la pequeña escuela,
aduciendo que las necesidades escolares de los niños del pueblo ya estaban
suficientemente cubiertas.
El tío Otto tuvo un ataque de ira. ¿Recordar al pueblo en el futuro? Los
recordaría —le comentó a mi padre—, claro que sí, pero no tal como ellos
creían. Él no se había caído de la cuna el día anterior. Él era duro de pelar. Y si
en el pueblo querían estar a malas con él, iban a aprender que sabía mear
como una mofeta que se hubiese bebido un barril de cerveza.
—¿Qué vas a hacer? —le preguntó mi padre.
Mi madre se había ido con sus lanas a seguir haciendo punto en el piso de
arriba. Solía decir que no le gustaba el tío Otto; decía que olía como un hombre
que no se daba un baño en meses, aunque le hiciese buena falta, «y él, ¡un
hombre rico!», solía añadir arrugando la nariz. Creo que su olor no la ofendía
en realidad, sino que le tenía miedo. Por entonces el tío Otto había llegado a
tener un aspecto lamentablemente peculiar, al igual que su comportamiento.
Llevaba unos pantalones de trabajo color verde, con tirantes, una camiseta
afelpada, y unas enormes botas de trabajo amarillas. Sus ojos giraban en
extrañas direcciones mientras hablaba.
—Te preguntaba qué ibas a hacer con la casita, ahora —le repitió mi padre.
—Vivir en la jodida casa —le espetó.
Y así lo hizo.
La historia de sus últimos años no necesita de muchas aclaraciones. Sufrió esa
oscura clase de locura que a menudo comentan las páginas de sucesos en los
periódicos sensacionalistas: «Millonario muerto de desnutrición en un
apartamento de los suburbios». «La mendiga poseía una fortuna, según revela
su cuenta bancaria.» «Viejo terrateniente muere recluido en su mansión.»
Se mudó a la casita roja —en los últimos años se tornó pardusca, de un rosa
aguado— a la semana siguiente. Nada de lo que mi padre le dijo pudo hacerle
cambiar de parecer. Un año más tarde liquidó el negocio que, según creo, le
había llevado a cometer un homicidio para conservarlo. Sus excentricidades se
habían multiplicado, pero su sentido de los negocios no le había abandonado, y
realizó la operación con muy buenas —«sustanciosas» sería de hecho una
expresión más adecuada— ganancias.
Así era mi tío Otto, con una fortuna de unos siete millones de dólares y viviendo
en aquella casita en la carretera del Black Henry. Su casa en el pueblo fue
cerrada. Por entonces había progresado de «lamentablemente peculiar» a «tan
loco como una rata chiflada». Su próximo avance le llevó a una descripción
más larga, menos colorista pero mucho más ominosa: «quizá peligroso», que
normalmente iba seguida de sospechas.
A su manera, el tío Otto se convirtió también en una referencia, como el camión
al otro lado de la carretera. Aunque dudo que ningún turista se parase a
tomarle una fotografía. Le había crecido una barba más amarilla que blanca,
teñida por la nicotina y el humo de los cigarrillos. Había engordado. Sus
mejillas cedieron en forma de colgajos de piel arrugada con grietas llenas de
suciedad. Los campesinos solían verlo de pie, en la puerta de su peculiar
casita, quieto, sin noción del tiempo, mirando a la carretera y al otro lado de
ésta. Mirando a su camión. Cuando el tío Otto dejó de ir al pueblo, mi padre fue
el único que se preocupó de que no se muriese de hambre. Le llevaba
alimentos cada semana, y los pagaba de su propio bolsillo, puesto que el tío
Otto nunca le reembolsaba los gastos; ni siquiera se le ocurrió, imagino. Papá
murió dos años antes que el tío Otto, cuyo dinero fue a parar a la universidad
del Departamento Forestal de Maine. Tengo entendido que quedaron
encantados. Teniendo en cuenta la cantidad, debieron de estarlo.
A partir de 1972, cuando obtuve mi carnet de conducir, solía ser yo quien le
llevase los alimentos. Al principio el tío Otto desconfiaba, y me observaba
detenidamente, pero con el tiempo llegó a tomarme confianza. Fue tres años
más tarde, en 1975, cuando me comentó por primera vez que el camión se
estaba arrastrando hacia la casa.
Por entonces yo iba a la universidad de Maine, pero pasaba el verano en casa,
y volví a adquirir el viejo hábito de llevarle los alimentos al tío Otto cada
semana. Él se sentaba ante su mesa, fumando, y me observaba sin perder
detalle mientras yo colocaba los alimentos en su sitio. Pensé que debía de
haber olvidado quién era yo; a veces así me lo parecía... o así lo aparentaba él.
Un día, incluso, me heló la sangre al gritar por la ventana: «¿Eres tú, George?»
cuando yo me acercaba a la casa.
Aquel día en particular, era el mes de junio de 1975, me interrumpió en mitad
de una conversación sin sentido y trivial, que yo estaba provocando, para
preguntarme abruptamente:
—¿Qué tienes que ver con el camión, Quentin?
Su actitud provocó una respuesta honesta por mi parte.
—Me mojé los pantalones dentro de la cabina cuando tenía cinco años —le
dije—. Creo que, de subirme de nuevo, volvería a mojármelos.
El tío Otto se rió con fuerza durante largo rato. Me volví y lo miré con
curiosidad. Era la primera vez que lo oía reír. Acabó atragantándose, y tosiendo
de tal manera que las mejillas se le enrojecieron vivamente.
Luego me miró con intensidad. Sus ojos relucían.
—Se está acercando, Quent —dijo.
—¿Cómo, tío Otto? —le pregunté.
Creí que se trataba de uno de sus incongruentes cambios de conversación, de
un tema a otro. Quizá se refería a que la Navidad estaba próxima; o el fin del
milenio; o el retomo de Cristo.
—Ese espantoso camión —dijo, mirándome con fijeza y de una manera
confidencial que no me agradaba en absoluto—. Más cerca cada año.
—¿De veras? —pregunté cautelosamente, pensando que una nueva y
desagradable idea le rondaba por la cabeza.
Eché una mirada al Cresswell, allí al otro lado de la carretera, rodeado de heno
y con las White Mountains detrás de él, a lo lejos, y por un instante de auténtica
locura me pareció que estaba más cerca. Entonces pestañeé y la ilusión se
esfumó. El camión, por supuesto, estaba donde siempre había estado.
—¡Sí, sí! —exclamó—. Se acerca un poco más cada año.
—Ya. Quizá necesites otras gafas, tío. Yo no noto ninguna diferencia.
—¡Por supuesto que no! —siseó—. Tampoco puedes ver la manecilla horaria
de tu reloj moviéndose. ¿O sí puedes? Hay cosas que se desplazan demasiado
despacio para que podamos apreciar su movimiento, a no ser que se las
observe detenidamente todo el tiempo. Tal como yo observo a ese camión.
Me guiñó un ojo y yo temblé.
—¿Por qué habría de moverse? —pregunté.
—Viene a por mí, ésa es la razón —dijo—. Me tiene entre ceja y ceja. Algún día
se presentará aquí mismo, y será el fin. Me chafará como hizo con George, y
será el fin.
Sus últimas palabras me atemorizaron; lo razonable de su tono fue lo que más
me impresionó. Y la forma más habitual de responder ante el terror, entre la
gente joven, es tomárselo a la ligera.
—Tienes que mudarte a tu casa del pueblo si eso te preocupa, tío Otto —le
aconsejé, y nadie habría dicho por el tono descuidado de mi voz que
incesantes escalofríos me recorrían la espalda.
Me miró. Observó el camión al otro lado de la carretera.
—No puedo, Quentin —me dijo—. A veces un hombre debe permanecer de
una pieza, y aguardar que venga hacia él.
—¿Que venga qué, tío Otto? —le pregunté, aunque sospechaba que debía de
referirse al camión.
—El destino —dijo, guiñándome de nuevo el ojo.
Pero esta vez parecía asustado.
Mi padre cayó enfermo de los riñones en 1979. La misma enfermedad que
pocos días antes parecía que estaba remitiendo acabó con él.
Entre visita y visita, de las muchas que acudieron al hospital en el otoño de
aquel año, mi padre y yo hablamos del tío Otto. Papá me dijo que tenía ciertas
sospechas acerca de lo que realmente había ocurrido en 1955, sospechas
leves, pero que fueron la base de mis sospechas posteriores, bastante más
serias.
Mi padre no tema idea de lo intensa y profunda que había llegado a ser la
obsesión del tío Otto por el camión. Yo sí. Se pasaba todo el día allí,
observándolo. Observándolo como lo haría un hombre que mirase su reloj,
esperando ver moverse la manecilla horaria. Creía que se le estaba acercando.
¿Acaso estos detalles no constituían una prueba de su sentimiento de
culpabilidad?
En 1981 el tío Otto había perdido lo poco que le quedaba de buenas maneras.
Un hombre más pobre habría sido desalojado tiempo atrás, pero los millones
en el banco pueden hacer olvidar muchas extravagancias en un pueblo
pequeño, sobre todo si la suficiente gente piensa que en el testamento del
individuo chiflado puede haber algo de provecho para el municipio. Aún así, en
1981 la gente empezó a comentar insistentemente la posibilidad de sacar al tío
Otto de sus pertenencias. La escueta frase «quizá peligroso» había ya
desbancado definitivamente a la anterior: «tan loco como una rata chiflada».
Había tomado por costumbre el ir a orinar al otro lado de la carretera, en lugar
de dar la vuelta a la casa e ir a la parte de atrás, donde tenía el excusado.
Algunas veces sacudía el puño ante el Cresswell mientras meaba, y en más de
una ocasión, algunas personas que pasaban en coche por la carretera
pensaron que lo sacudía ante ellas. El camión con las White Mountains al
fondo era una cosa; el tío Otto meando en el arcén, con los tirantes caídos
hasta las rodillas, era algo completamente diferente. Eso no era una atracción
turística.
Dado que por aquel entonces yo ya no iba a la universidad, seguía llevándole
los alimentos cada semana. Intenté convencerle para que dejase de hacer sus
necesidades en la carretera, al menos en el verano, cuando las gentes de
Michigan, Missouri o Florida que pasaban casualmente por allí podían verlo.
Nunca lo conseguí. Él no podía prestar atención a cosas tan banales, cuando
tema la preocupación que el camión le causaba. Su relación con el Cresswell
era ya obsesiva. Había llegado a proclamar que se hallaba en su lado de la
carretera, en su mismo terreno, de hecho.
—Me levanté la pasada noche alrededor de las tres y allí estaba, justo detrás
de la ventana —me dijo—. Lo vi, ahí mismo. La luna relucía sobre su
parabrisas, a menos de tres metros de donde yo me hallaba. Casi se me para
el corazón. Casi se me para, Quentin.
Salí con él al exterior y le señalé el Cresswell, diciéndole que seguía estando
donde siempre había estado, al otro lado de la carretera, donde McCutcheon
tenía pensado edificar.
No me hizo caso.
—Así es como tú lo ves, chico —dijo con salvaje e infinito desprecio, el
cigarrillo temblándole entre los dedos y sus ojos girando desbocados—. Así es
como tú lo ves.
—Tío Otto —le dije—, uno ve lo que quiere ver.
Como si no me hubiese oído, añadió siseante:
—Casi me atrapa.
Sentí un escalofrío. No parecía estar loco. Tenía un aspecto miserable, y
aterrado también. Pero no loco. Por un momento recordé a mi padre
alzándome al interior de la cabina, el olor del aceite, del cuero... y de la sangre.
—Casi me atrapa —repitió.
Murió tres semanas más tarde. Yo fui quien lo encontró. Era un miércoles por la
noche, y yo había salido con dos bolsas llenas de alimentos en el asiento
trasero, tal como hacía cada miércoles al anochecer.
Era una noche caliente y espesa. De vez en cuando se oía un trueno en la
lejanía. Recuerdo que me sentía muy nervioso mientras me deslizaba por la
carretera de Black Henry al volante de mi Pontiac. Una extraña sensación de
que algo iba a ocurrir me oprimía el pecho, y yo me empeñaba en
convencerme de que todo se debía a la baja presión atmosférica.
Giré el último recodo del camino y, por un momento, justo cuando la casita del
tío Otto apareció ante mi vista, creí ver al maldito camión parado allí, ante la
puerta de la casa, enorme y desafiante con su pintura roja y sus carcomidos
barrotes laterales. Traté de frenar, pero antes de que hubiese puesto el pie
sobre el pedal del freno pestañeé, y la visión desapareció. Sin embargo, de
alguna manera, supe que el tío Otto había muerto.
Me detuve ante la puerta de la casa y corrí hacia ella, olvidándome de los
alimentos.
—¡Tío Otto! —grité—. ¿Estás bien?
La puerta estaba abierta; él no la cerraba nunca. Una vez le había preguntado
el motivo de que no lo hiciese, y me respondió, con el mismo tono paciente que
se usa para explicar a un simple un detalle obvio, que el tener la puerta cerrada
no iba a mantener alejado al Cresswell.
Estaba tumbado en su cama, vestido con sus pantalones verdes y su camiseta
afelpada. Sus ojos denotaban calma. No creo que llevase muerto más de dos
horas. No había moscas ni olores, aunque había sido un día brutalmente
caluroso.
—¿Tío Otto?
Esta vez hablé más calmado. Ya no esperaba una respuesta. Uno no se queda
quieto en la cama, boca arriba, con los ojos abiertos, por el mero placer de
despertar sospechas. Si sentí algo, fue paz. Ya había acabado todo.
—¿Tío Otto? —Me acerqué a él—. ¿Tío?
Me callé, observando por primera vez cuan extrañamente desfigurada estaba la
parte inferior de su rostro, cuan hinchada y retorcida. También por primera vez
me di cuenta de cómo sus ojos miraban con ira desde sus cuencas. Pero no
miraban al techo o a la muerte, sino que estaban vueltos hacia la pequeña
ventana que había sobre la cama.
«Me levanté la pasada noche alrededor de las tres, y allí estaba, justo detrás
de la ventana, Quentin. Casi me atrapa.»
«Aplastado como una calabaza», había oído decir a uno de los enterados de la
barbería, mientras me refugiaba detrás de un ejemplar de Life, simulando leer,
y oliendo, mezclado con las voces, el aroma de las cremas y lociones.
«Casi me alcanza, Quentin.»
—¿Tío Otto? —susurré.
Y al acercarme lentamente a la cama donde yacía, tuve la impresión de estar
empequeñeciendo, no sólo en tamaño, sino también en edad... Tenía de nuevo
veinte años, quince, diez, ocho, seis y..., finalmente, cinco. Vi más que noté mi
manita temblorosa acercándose a su cara. Al tocarlo, levanté la vista y la
ventana se llenó con el destellante parabrisas del Cresswell. Aunque sólo duró
un instante, juraría con la mano sobre la Biblia que no fue una alucinación. El
Cresswell estaba allí, en la ventana, a menos de dos metros de donde yo me
hallaba.
Había cogido con la mano las mejillas del tío Otto, supongo que tratando de
examinar su extraña hinchazón. Cuando vi el camión en la ventana, mi mano
trató de cerrarse en un puño, olvidando que con ella sujetaba la parte inferior
del rostro del cadáver.
En ese preciso instante, el camión desapareció de la ventana como el humo, o
como el espíritu que supongo que era. Entonces oí un terrible sonido silbante.
Un líquido caliente me bañó la mano. Miré hacia abajo, a mi mano, pues no
sentía en ella precisamente el tacto de la carne húmeda, sino que notaba algo
duro y anguloso. Miré hacia abajo, y lo vi. Entonces empecé a gritar. De la boca
y la nariz de mi tío Otto manaba aceite, al igual que de sus ojos, de donde fluía
como lágrimas. Pero no era simplemente aceite; había algo más brotando de
su boca.
Seguía gritando, pero por unos instantes fui incapaz de moverme, incapaz de
apartar mi mano, llena de aceite, de su rostro; incapaz de apartar mis ojos de
aquella cosa enorme que estaba brotando de su boca, deformando de tal
manera el contorno de su rostro.
Por fin, mi agarrotamiento cedió y salí volando de la casita, todavía gritando.
Corrí hasta el Pontiac, me lancé a su interior, y me largué de allí. Las bolsas de
alimentos cayeron del asiento al suelo. Se rompieron los huevos.
No entiendo cómo no me maté en los primeros kilómetros; miré el
cuentakilómetros y vi que iba a más de cien. Aflojé la marcha y realicé unas
cuantas inspiraciones profundas, para poder recuperar algo el control. Empecé
a darme cuenta de que no podía dejar al tío Otto tal como lo había encontrado;
eso habría suscitado demasiadas preguntas. ¡Debía regresar!
Y también, tengo que admitirlo, me había dominado una cierta curiosidad, algo
malsana. Ahora desearía que no hubiese sido así. Pienso que debería haber
superado esa curiosidad demoníaca; pero no lo hice. Ojalá los hubiese dejado
solucionar sus propios problemas. Seguramente habrían creído que el grotesco
final del tío Otto había sido un triste suicidio. Pero regresé, y me entretuve unos
cinco minutos en el marco de la puerta. Me quedé en el mismo sitio y en la
misma posición en que él había pasado tanto tiempo en los últimos años de su
vida, mirando al camión. Permanecí allí y llegué a la conclusión de que el
camión, aunque de manera casi imperceptible, había modificado su posición.
Entonces entré.
Había, ahora sí, un ligero tufillo en la habitación, y las primeras moscas giraban
y zumbaban sobre su negruzco y oleoso rostro. Miré nerviosamente hacia la
ventana donde había visto aparecer al Cresswell y entonces avancé y abrí la
boca del tío Otto.
Lo que había estado vomitando era un pistón..., sucio, grasiento y muy, muy
viejo.
Me lo llevé conmigo. Ahora desearía no haberlo hecho pero, lamentablemente,
estaba bajo los efectos de un shock. Todo podía haber sido mucho más
agradable si no tuviese ese objeto aquí, en mi estudio, donde puedo mirarlo,
tocarlo y sopesarlo si así lo deseo. El pistón que saqué de su boca.
Si no lo hubiese sacado de aquella pequeña habitación en la que entré por
segunda vez, podría intentar convencerme de que todo lo sucedido —no sólo el
hecho de haber visto al Cresswell pegado a la ventana como un gran mastín
rojo, sino todo— había sido una alucinación. Pero está aquí. Intercepta la luz.
Es real. Tiene peso.
«El camión se está acercando cada año», decía mi tío, y al parecer tenía razón.
Pero ni siquiera tenía idea de cuánto podía llegar a aproximarse.
El veredicto del pueblo fue que el tío Otto se había suicidado tragando aceite.
Fue la comidilla de Castle Rock durante nueve días.
Carl Durkin, el enterrador, y no precisamente el más discreto de los vecinos,
comentó que cuando los forenses lo abrieron para hacerle la autopsia
encontraron más de tres cuartos de litro, pero no en su estómago, no; estaban
repartidos por todo su organismo.
Sin embargo, lo que más intrigó a los ciudadanos fue el hecho de que no se
pudo hallar ninguna lata. Ninguna. Ni botes, ni botellas, ningún recipiente.
Nada.
Tal como dije al principio, la mayoría de vosotros no os creeréis esta historia...,
al menos hasta que os suceda algo parecido.
Pero el camión sigue todavía allí, en su sitio... Y además es cierto: todo
sucedió.
Las 3.47 de la madrugada
David Langford
David Langford es mejor conocido, en los círculos de ciencia ficción, como
editor de una revista: Ansible. Nacido el año 1953 en el sur de Gales, Langford
se licenció en Física por el Brasenose College de Oxford, y trabajó como físico,
en el Atomic Weapons Research Establishment de Aldermaston, hasta 1980.
Desde entonces, y como autor free-lance, ha escrito sobre ciencia ficción,
divulgación científica, futurología, microcomputadores, etc. Entre su variada
obra destaca: War in 2080: A Book of Definitive Mistakes & Misguided
Predications (La guerra en 2080: Un libro sobre errores decisivos y pronósticos
desencaminados), escrito en colaboración con Chris Morgan, The
Necronomicon (con George Hay, Robert Turner y Colin Wilson, la novela The
Space Eater (El comedor de espacio) y una narración satírica de próxima
aparición, The Leaky Establishment (El establecimiento agrietado).
Langford vive con su mujer, Hazel, «en una enorme casa semiderruida, en
Reading, rodeado de 7.000 libros y de bastante carcoma». Langford, que no
suele escribir relatos de terror, ha conseguido con Las 3.47 de la madrugada la
elaboración de una de sus mejores pesadillas. Fue escrita para The Gruesome
Book (El libro horripilante), una antología de Ramsey Campbell, con cuentos
aterradores que conmocionan a los lectores jóvenes.
Dekker estaba soñando. En su sueño había nebulosas de brillantes colores,
una ladera de blanda hierba, una mujer cuyos ojos y sonrisa eran lo más
maravilloso del mundo... Pero el sueño se agrió. Espirales de tinta
mezclándose con agua clara; conocidos matices oscuros desparramando sus
tintes en el paisaje particular de Dekker. Sin transición, Dekker se quedó de
repente solo, mirando atónito el imprevisto espectáculo que ofrecía su brazo
desnudo. No sentía ningún tipo de dolor; sin embargo, un agujero redondo y
negro se le había abierto en la carne, y de él salían delgadísimos pelos; pelos
delgadísimos que eran antenas de insectos tanteando el aire. Se aprestó a
ponerse una venda, pero los bichos se sumergieron, agitándose, y de repente,
más agujeros pequeños se le fueron abriendo por las carnes. Contrajo las
mandíbulas y notó como sus dientes se quebraban con una desagradable
sensación: como si mascase barras de tiza o estuviese arañando con el rastrillo
la cazuela de barro que apareció un día en él jardín. Al igual que desde una
doble visión soñolienta, le parecía estar observando el próximo paso desde el
interior y el exterior de sus ojos al mismo tiempo; sus ojos, incluso los globos
oculares.
—¡No...!
De repente, el lejano rincón de la conciencia que sabía que todo era un sueño
tomó el control y su infierno particular se colapsó, apareciendo en una negra y
sofocante habitación con las piernas y los brazos agarrotados, y con un sabor
en la boca parecido al que habría dejado un animal que hubiese anidado allí
durante la noche, un animal de costumbres sucias y desagradables. Se frotó
los legañosos ojos y rodó penosamente hasta el otro extremo de la cama,
donde tenía el despertador.
De nuevo las 3.47 de la madrugada.
El corazón le latía desaforadamente; señales de terror recorrían sus venas. Los
riñones le urgían a realizar una excursión escalera abajo; pero Brian Dekker ya
había pasado antes por eso. A este tipo de sueños seguía siempre una
secuencia de terror en la cual la más terrible oscuridad le aguardaba en la
escalera; los escalones cubiertos con la blanda alfombra eran tan invitadores
como los desmoronados y legamosos peldaños que descienden hasta la cripta
de un mausoleo. Encender la luz no era una solución; eso simplemente alejaba
la oscuridad más allá de las puertas, al corredor y a la escalera, y en ese
corredor podía estar esperando, acechante, algo dispuesto a tirársele encima.
Mejor se quedaba en la cama.
Las 3.47 de la madrugada. Seguía temblando. Se quedó mirando los dígitos de
color rojo, esperando que saltase el 7. ¿Era la cuarta o la quinta vez?
El 3.47 no tenía nada de milagroso. Sólo que cuando uno conectaba aquel reloj
digital, algún mecanismo interno seleccionaba dicha hora de inmediato; y si se
quería ajustar correctamente el tiempo, había que manipular los mandos, que
estaban en la parte trasera; y si se producía un corte del fluido eléctrico, al
volver la luz el reloj se fijaba de nuevo en las 3.47. Fuera como fuese, siempre
la misma hora.
Dekker había comprado el nuevo despertador porque el ruido del viejo lo
mantenía despierto hasta que lo introducía dentro del cajón o lo ponía debajo
de la almohada, en cuyo caso la alarma sonaba demasiado débil como para
despertarlo a la mañana siguiente. El nuevo reloj electrónico tenía un zumbido
penetrante que despertaba a Dekker de inmediato, y además era bastante
silencioso; el único problema era su luminosidad roja: discreta durante el día,
pero escandalosa por la noche; se la podía ver incluso a través de los párpados
cerrados. Solucionó el problema durmiendo de espaldas al reloj; un triunfo
genuino, una victoria del hombre sobre la máquina. Ahora sólo le quedaba
superar la costumbre de despertarse tan temprano con un extraño jadeo
asmático, un jadeo cuya única excepcionalidad consistía en que lo despertaba
por completo antes de que hubiese podido aspirar el aire suficiente como para
emitir un grito.
Cinco noches ya. Cinco, una detrás de otra. Cinco veces, las cosas que más
odiaba en el mundo: antenas de insectos tocándole la piel, dientes
quebrándose y cayendo; odiaba a los dentistas. Y lo peor que podía sucederle
a nadie: ceguera y malformación; sus ojos podrían quedar...
No. Nada de pensarlo otra vez, en aquella tétrica oscuridad. «Concéntrate en
cosas reales —se dijo—, eventos tranquilizadores, hechos concretos, como en
las novelas de detectives.»
«Muy bien, inspector —pensó—, le contaré todo lo que sé. Sueño el mismo
sueño cada noche, desde hace cinco. Cinco días seguidos. El sueño es, es...
tal como ya se lo he descrito. Cada noche me despierto aterrado a las 3.47 de
la madrugada. Sí, demasiado asustado para salir de la cama. Ridículo, ¿eh?...
Por supuesto que lo he intentado con somníferos. No estoy loco, ¿sabe? Cada
noche, durante los últimos cinco días, he sido machacado por ese temor, un
temor millones de veces más fuerte que cualquier pastilla, cinco noches, una
detrás de otra...
»¿Cada noche desde que compré el despertador? ¿Por qué?... Ah sí. Es un
detalle importante. Estoy seguro.»
Luego se quedó dormido; los somníferos lo rescataron de la vigilia y lo
sumieron en una suave y cálida oscuridad, en la que no había ni sueños ni
pensamientos, únicamente una imagen fugaz de una mujer pálida y morena,
cuyos rasgos no se parecían a los de las indias o las pakistaníes que Dekker
solía encontrar en la ciudad o en el trabajo...
Por la mañana el reloj zumbó muy eficientemente, y Dekker se deslizó escalera
abajo tentando las paredes; un dolor de cabeza, que intuía era del tipo
provocado por una hemorragia cerebral, le hacía gruñir de rabia. Se tomó una,
dos, tres tabletas de paracetamol con el café del desayuno, y dejó que la
tercera se le deshiciese en la lengua, dejándole un sabor recio, como si
estuviese tragando chapas de metal. La treta psicológica de intentar relajarse,
cepillándose los dientes, lavándose y afeitándose, no le aportó ninguna
mejoría; pensó en el trabajo, en las facturas que debía revisar y las
declaraciones del impuesto sobre el valor añadido que estaba preparando, y el
estómago se le sacudió convulsivamente. Optó por usar el teléfono.
—Hola, ¿el despacho de Jenkins y Grey? Sí, bien. Soy Brian Dekker... ¿Podría
decirle al señor Grey que hoy no iré, que estoy enfermo? Gracias... Adiós.
El médico estuvo de acuerdo.
—Necesita un descanso. Ha estado trabajando en exceso.
—Tengo sueños terribles —empezó a contarle Dekker.
—Ha estado trabajando demasiado. Su ficha dice que no ha estado de baja en
los últimos tres años. Ridículo. Todos necesitamos un descanso de vez en
cuando.
—Me desvelo cada noche, a la misma hora...
—Le recetaré un tónico reconfortante. Tenga. Y aquí la baja para una semana.
Venga a verme dentro de siete días si no se encuentra mejor. ¡El siguiente!
—Sí, pero... ¿qué me dice de esas pesadillas?
—Tómeselo con calma. ¡El siguiente!
A Dekker no le daba mucha confianza el jarabe embotellado que le había
suministrado el farmacéutico a cambio de la receta. Y decidió tomar algunas
precauciones suplementarias por su cuenta. De vuelta a casa pasó por el
supermercado para hacerse con una botella de whisky, ni muy caro ni muy
barato.
El resto del día se lo pasó holgazaneando por la casa y leyendo novelas
policíacas o periódicos.
«NUEVA HUELGA EN MARCHA. CRISIS EN ORIENTE MEDIO. ESCÁNDALO
EN UNA FÁBRICA MALAYA», proclamaban los titulares, mientras en el piso de
arriba el despertador iba pasando sus lentos y luminosos dígitos de neón rojo.
Alrededor de las ocho de la tarde Dekker calentó en el horno un pastel de
verduras algo dudoso, y se lo comió con alubias cocidas.
A las nueve ya había limpiado los platos. Abrió la botella de whisky y se sirvió
una buena medida en un vaso alto. No tenía especial predilección por el
whisky, pero pensó que mejor si probaba a apurarlo con buen estilo. ¡Salud! Se
levantó, llevando consigo el vaso, llegó hasta la puerta de la sala y desde allí
avanzó en una oscuridad espesa y acechante.
Trató de recordar la letra de una canción que tenía en la punta de la lengua.
Intentaba emparejar las palabras con la melodía. ¿Cómo era? Tum, tummity
tum... Era divertido, no lograba recordar la melodía; y sin embargo la letra
estaba allí, danzando incansable en su cabeza.
Por entonces, el nivel de la botella de whisky había sufrido una seria mengua, y
Dekker, en un alarde de inmensa devoción, se fue en busca del tónico que le
recetase el doctor aquella misma mañana. Después de algunos intentos, poco
exitosos, de llenar con el jarabe una cucharilla de café, se largó un buen trago.
El sabor de la pócima le espoleó en busca de la botella de whisky.
A eso de las once tuvo de repente la desagradable sensación de estar
totalmente sobrio, y de que vientos helados le silbaban en la cabeza, mientras
que sus brazos y piernas no querían moverse apropiadamente. Las imágenes
afloraban a su cerebro con nítida claridad. Recordaba la agonía que sentía al
ver las antenas de los insectos agitándose sobre su piel con movimientos
intermitentes. Recordaba el doloroso terror de sentir sus dientes cuarteándose
y crujiendo como barras de tiza. Recordaba, aunque intentaba olvidarlo, la
sensación de notar su cabeza inflándose como un balón, sus globos oculares
hinchándose hasta que era incapaz de cerrar los párpados, aunque lo intentase
con todas sus fuerzas. Sus ojos hinchándose hasta...
—¡No, no, nooooo! —gimió, tratando de incorporarse y cayendo.
...estallar en pequeñas y húmedas explosiones gelatinosas, al igual que una
ebullición descontrolada; aquello goteaba por sus mejillas cual lentas y
enormes lágrimas, mientras restos desgarrados de los globos oculares pendían
de las cuencas...
Se las arregló para intentar servirse más whisky. Y acabó vertiendo más sobre
su regazo que en el vaso. Inclinó el vaso sobre sus ateridos labios, y derramó
el resto. Toda la habitación zumbaba y le daba vueltas. El vaso se le escurrió
de entre los dedos.
A las doce estaba inconsciente.
A las 3.47 de la madrugada estaba inconsciente.
A las 10.45 de la mañana siguiente se despertó.
Luego, tras haber vaciado su estómago un par de veces y dominado su dolor
de cabeza con algunas pastillas, Dekker volvió a reflexionar sobre su problema
con el sueño.
—No se trataba de una prueba, ni siquiera de un experimento realizado bajo
control —se dijo en voz alta—, pero quizás estando ebrio pueda mantenerme
alejado de las pesadillas... Ahora bien, si ese maldito despertador tiene algo
que ver con todo ello, puede que no haya tenido los sueños simplemente
porque ayer no llegué a subir al piso de arriba para dormir...
»Lo mejor sería que me desprendiera del despertador. Pero eso sería estúpido.
Pura superstición. No es la calavera de un ahorcado, ni un talismán diabólico
de Transilvania. Es únicamente un maldito despertador que sólo tiene un par
de meses; un par de semanas quizá...
Volvió a pasar otra tranquila pero dolorosa velada. Una fotografía en The Times
—otra vez información sobre una fábrica de componentes electrónicos en
Malaysia— captó su atención. La mujer que empaquetaba los aparatos de
radio por muy poco dinero al día porque no había ningún otro trabajo..., la
mujer de la fotografía, le resultó familiar por unos instantes, y después, al
mirarla de nuevo más cuidadosamente, no encontró ninguna referencia que le
resultase familiar. Ésa fue la única sensación en todo el día que alteró su
anodina monotonía.
Al anochecer todavía no se sentía completamente bien, pero una noche sin
pesadillas le había dado bastante confianza. Le sacó la lengua al despertador
cuando se introdujo en la cama, estiró las sábanas y dejó que la oscuridad lo
rodease amistosamente. Pronto se sumergió en el sueño.
Sin embargo, después de bastantes aventuras en extraños y ardientes países,
volvió a ser atrapado por el diabólico sueño. Vagaba delirante en la oscuridad,
dentro del difuminado espacio en el que cosas con patas brotaban de su piel,
donde los dientes mascaban arena y desaparecían, donde los ojos se
hinchaban cual balones horrendos...
Dekker se despertó jadeante con las últimas imágenes de terror martilleándole
en las sienes, para ver ante sí los dígitos 3.47 llameando en la noche. Pulsó el
interruptor de la luz tratando de alejar de sí la oscuridad, y quedó tumbado
sobre la cama, temblando y sudando. Su mente era un mapa vacío lleno de
temor, dentro del cual, sin que supiese de dónde venía, le bailaba en la
memoria la idea de que los sueños, incluso los más complejos, se supone que
sólo se desarrollan durante unos escasos segundos de tiempo real. En tan
poco espacio de tiempo se podían cebar muchas locuras angustiantes, pensó
mientras permanecía allí tumbado con un pánico infantil hacia la oscuridad y
trataba de contener su impulso de taparse la cabeza con las sábanas y las
mantas. Al igual que las imágenes de un calidoscopio, girando lentamente,
pasó del terror al agotamiento, y del agotamiento a la soñolencia; alejado de su
cuerpo, de la cama y de las 3.47, Dekker se sumergió en las nebulosas
márgenes de la duermevela. Allí, por un instante, una pálida mujer morena lo
miraba fijamente, con una sonrisa incómoda.
—No es nada personal, pero...
¿Había añadido algo más, sin palabras? Sus manos estaban ocupadas con un
reloj digital desmantelado.
Tenía la impresión de que le habían puesto un enchufe en la cabeza. A través
de la conexión le llegaba una ducha de chispas brillantes que lo conmocionó
hasta la rigidez. La noche se tomó informe, vacía de miedos y de pesadillas,
cuando conectó el familiar rostro de sus sueños (tan familiar que estaba seguro
de haberlo contemplado cada una de las noches en que soñó) con la foto de
The Times. Mujeres reunidas en asamblea. «ESCÁNDALO EN UNA FÁBRICA
MALAYA.»
Se sentó y alcanzó el despertador, que ahora señalaba las 3.50. El aparato
zumbó en su mano cuando lo alzó, como una cosa viva y cálida que temblara
de miedo y cuyo corazón latiera tan fuertemente que dejase oír un leve
zumbido. Lo había adquirido mediante uno de esos anuncios en la prensa que
promocionan aparatos a precios muy económicos. Se lo mandaron por correo.
No llevaba impresa ninguna marca. Pero recordaba que en el reverso, al darle
la vuelta, había visto, grabada en el frágil plástico, la inscripción: MALAYSIA.
Estuvo a punto de echarse a reír. Dejó el reloj sobre la mesita, apagó la luz, y
se dispuso a volver a conciliar el sueño.
Empezó a imaginarse una mujer malaya, explotada en una fábrica de
componentes electrónicos, que realiza su propio sabotaje industrial al incluir,
entre los circuitos que monta por tan poco dinero, una maldición. Sólo pensarlo
le causaba hilaridad, pero se le heló la sonrisa en los labios ante la posibilidad
de que su fantasía tuviese un origen verídico.
«Podría ser —pensó—. Pero ¿qué le he hecho yo a ella?
»Bueno —se respondió—, uno compra estas baratijas y con ello contribuye a
que la fábrica prospere.
»Sin embargo..., es ridículo. Quiero decir, ¿cómo se puede llegar a creer en
una maldición por motivaciones políticas? ¿Por el derecho al trabajo, por el
derecho a la huelga, por el derecho a clavar alfileres en figuras de cera?
»Y de todos modos, ¿por qué no?»
A la mañana siguiente alimentaba de nuevo otro dolor de cabeza. Dekker miró
los periódicos y se encontró con dos fotos de mujeres malayas oprimidas. Se
sintió agitado por la idea de que había cierta similitud entre las caras de la
fotografía y el rostro que veía en sus sueños; aunque ninguna de ellas tenía, en
realidad, ningún parecido con éste. Uno podría pensar que eso demostraba,
precisamente, que no era una imagen que se le había colado de rondón en la
mente al estudiar las fotos de The Times. Uno podría pensar, incluso, que eso
demostraba que era real.
Se comió el bacon (grasiento) y los huevos (quemados), y subió al piso de
arriba en busca del ajado ejemplar del libro sobre magia y religión que había
comprado hacía años. La rama dorada. Ese era. Apareció entre pilas de
antiguas revistas de ciencia ficción, en lo que los agentes inmobiliarios
denominaban el segundo dormitorio y que Dekker conocía como habitación de
los trastos.
En la versión abreviada de La rama dorada (por todos los demonios, la obra
completa llegaba a los doce volúmenes) se hablaba de los malayos en
numerosas ocasiones. Dekker las repasó todas. La primera de ellas trataba
sobre figuras de cera, y curiosamente comentaba: «... perfora el ojo de la
imagen, y tu enemigo quedará ciego».
Cerró el libro convulsivamente. No quería ni oír hablar de ojos.
Bien, si desmantelaba el reloj, ¿acaso iba a encontrar en su interior la imagen
de un cadáver moldeada en cera, acechándole entre los circuitos impresos?
Desafortunadamente, el objeto era una unidad precintada; abrirlo significaba
destruirlo. Lo cual no sería una mala idea; realmente era algo a tener presente.
Volvió a abrir el libro y en la página 105 encontró: «Los malayos tienen la
creencia de que un destello luminoso en el ocaso puede provocar fiebres a una
persona débil».
Entonces, ¿qué pensarían de los dígitos de neón, destellando fulgores rojizos
durante toda la noche?
Más adelante se leía: «Seguramente, en ningún otro lugar del mundo el arte de
arrebatar por la fuerza el alma a una persona es cultivado con mayor
dedicación —o llevado al más alto refinamiento— que en la península malaya».
Ningún comentario específico, nada acerca de antenas o dientes, nada que
indicase cómo una maldición podía reptar entre los circuitos impresos. ¿Qué
más se podía esperar de un libro editado en 1922? No había nada sobre la
significación esotérica de las 3.47 de la madrugada... «Todo mental, querido
Brian... No eres más que una persona débil a la que han provocado unas
fiebres. Los psicólogos farfullarían algo así como neurosis compulsivas. Te
despiertas con una pesadilla a las 3.47 y de algún modo eso hace que tu propio
despertador interior se conecte a esa hora, día tras día, pero sólo si duermes
cerca de ese despertador, puesto que el fondo psicológico de la cuestión está
encadenado a esos dígitos de neón rojo. Esos números que se pueden ver
resplandeciendo en la oscuridad, incluso con los ojos cerrados.
Durante el día Dekker se tragó muy concienzudamente su dosis del tónico
prescrito. Y por la tarde se le ocurrió otra idea, algo que podía romper el
maleficio y acabar de una vez por todas con el asunto. Antes de acostarse,
puso astutamente la alarma a las 3.30 de la madrugada.
Un zumbido gimiente le apartó de sus vagos e inocuos devaneos oníricos,
despertándolo con la misma gentileza que si le hubiesen lanzado un cubo de
agua helada sobre el estómago. Las 3.30 le observaban concienzudamente. En
la sorprendente oscuridad que le rodeaba, no había ni el más mínimo indicio de
amenaza u opresión. Dekker encendió la luz de la mesita y luego se incorporó
para encender la de la habitación.
«He roto el maleficio —se dijo con alivio—. Podré observar las 3.47 reluciendo
en el despertador sin ninguna pesadilla a la vista. ¡Y eso concierne, igualmente,
a las larvas que anidan en mi subconsciente!»
Aunque bien iluminada y cálida, la habitación tenía algo extraño, como si las
paredes fuesen meros tabiques en un vestíbulo enorme de cemento húmedo y
los ecos resonaran de un lado a otro hasta apagarse. «Son las primeras horas
de la madrugada las que provocan esa sensación —pensó Dekker—. El
espíritu humano está en su punto más bajo justo antes del amanecer... ¿No
dijo eso alguien?»
Las 3.42.
El único sonido en la habitación era el discreto zumbido del despertador. Se
sentó en la cama, dominado por sus temores, deseando que el reloj dejara de
avanzar.
Las 3.44.
Las 3.45.
Las 3.46.
La última cifra parecía estática, sin moverse durante horas. El tiempo subjetivo
se estiraba más y más, como plastilina, al igual que esas pesadillas eternas
contenidas en unos pocos segundos de sueño.
«Entre la medianoche y el alba, cuando el pasado es pura decepción...»
¿Dónde había leído esa frase?
Estaba con ese pensamiento en la cabeza cuando notó un cosquilleo sobre los
brazos, como si las antenas de unos insectos le estuviesen tanteando la piel.
«¡Dios mío —pensó—. Esto es histeria. No, no quiero mirarme debajo de las
mangas. No quiero. Es como esas beatas a las que les brotan llagas, como
estigmas, en los lugares apropiados. Sospecho que veré eso y los dientes y el
resto.
»Son sólo imaginaciones.»
Sin embargo, tenía la seguridad de que había algo bajo las mangas de su
pijama. Se negó a mirar. Apretó las mandíbulas y, con un crujido blando, se le
deshicieron los dientes hasta convertirse en polvo.
Sin embargo, esta vez la sensación no fue indolora como en sus pesadillas;
gritó salvajemente, y fragmentos diminutos le volaron entre los labios. Quiso
cerrar los ojos, pero éstos se habían hinchado ya de tal manera que no pudo
bajar los párpados; se le estaban dilatando dolorosamente.
«¡Histeria! ¡Alucinación! ¡Tiene que ser eso! ¡Por favor!» Una parte de su mente
sollozaba una y otra vez. Y en alguna otra parte de su exacerbada conciencia,
junto con sus llantos, el pálido rostro de una mujer morena le sonreía
amargamente.
La hinchazón de sus ojos era increíble. Se le nubló y distorsionó la visión. Se
postró sobre el lecho cuando criaturas de largas patas aparecieron sobre el
dorso de sus manos y más dientes se le partieron cual trozos de tiza. Se dejó
ir, ansiando desesperadamente refugiarse en el sueño que tenía antes de...
...las 3.47 de la madrugada.
Mistral
Jon Wynne-Tyson
Jon Wynne-Tyson nació en Gosport, Hampshire, en 1924. En sus primeros
tiempos trabajó como editor, vendedor de libros, periodista y en otras
actividades no tan vinculadas con la literatura, hasta que en 1954 fundó la
Centaur Press, en Sussex, y desde entonces ha seguido, siempre de forma
individual, al frente de la empresa. El mismo ha publicado ya siete libros, y ha
colaborado en los mejores periódicos y revistas de Inglaterra. Como detalle
anecdótico para los seguidores del notable autor M. P. Shiel, Wynne-Tyson
(con el nombre de Juan II) es el tercer monarca de una pequeña isla rocosa en
el Caribe, llamada Redonda, un lugar desolado e inhabitable que Shiel recibió
de su padre hace un siglo. En esta isla caribeña transcurre la acción de la
última novela de Wynne-Tyson: So Say Banana Bird (Eso dijo Banana Bird).
Actualmente Wynne-Tyson está buscando un productor para su obra
Marvellous Party (Fiesta maravillosa). Y aparte de su multifacético interés por
los libros, Wynne-Tyson es un gran practicante de todos los deportes de la
raqueta, aunque para sus momentos de tranquilidad prefiere una buena partida
de ajedrez.
Si ustedes conocen, el sur de Francia (lo que la mayor parte de la gente
entiende por sur de Francia, es decir la Costa Azul), deben conocer,
seguramente, Saint-Tropez. Aunque puede que no. Los habituales de la zona
conocida como la Riviera son extraordinariamente estrechos de miras. Incluso
con la autopista —quizá precisamente debido a ella—, la región al oeste de
Esterel es tan desconocida para los visitantes de la zona oriental como lo es
Perth para Penzance.
Yo no puedo decir lo mismo; he visto y recorrido todos los rincones que hay
desde Marsella hasta Mentón a lo largo de la costa francesa, y les doy Niza,
Montecarlo y todo el resto a cambio de una libra de té. No hay nada como
Saint-Trop.
Naturalmente, yo estoy influido en mi opinión; quizás, en parte, porque hoy día
gozar de la Costa Azul es un arte, y como tal no es algo que se pueda lograr
con facilidad, por el mero hecho de acercarse a una agencia de viajes. En
ningún lugar de esta costa tan cara resulta más esencial el dominio de este arte
como en la zona de Saint-Tropez. Si Cannes y Monaco tienen algo que ofrecer
durante la mayor parte del año, Saint-Trop requiere del visitante el
aproximamiento, la reverencia de un connoisseur.
En la alta temporada estival, por ejemplo —el período más popular y el menos
acogedor—, uno necesita ser un rabioso bon vivant para enfrentarse a la
masifícación humana, en una región que no ofrece recursos para la
sobreurbanifícación a la que ha sido sometida. Por otro lado, en el invierno,
sólo un masoquista misántropo impregnado de un singular interés por ver el
magnífico espectáculo de las mimosas en flor sería capaz de enfrentarse a las
inclemencias a que esta desolada villa de calles vacías se ve expuesta de la
mano del más desagradable de los variados dones de la naturaleza: el mistral.
«Desagradable» es, para la mayoría, una expresión suave. Algunos, los
puristas —esos que sostienen que la Riviera se extiende únicamente de Niza a
Genova—, dicen que más allá del Cap Ferrat resulta imposible permanecer en
esa época del año; tan terrible es ese frío viento que baja por los valles del
Ródano para derramar su furia sobre la Provenza, demostrando a los
incondicionales de la dolce vita que sólo la naturaleza es auténticamente
igualitaria. Otros, no tan histéricos, eligen invernar en Cannes y en Antibes.
Pero más al oeste, pasado Esterel, uno tiene que saber lo que está haciendo.
Allí hay que tener alguna razón especial para enfrentarse a la furia de los
elementos que tan inadecuadamente repele el Massif desMaures.
Una de esas razones es, por supuesto, el extraordinario encanto de Saint-Trop.
En ningún otro lugar de la costa hay muchachas en vacaciones tan bellas y
espléndidas, y afortunadamente, sólo aquí las chicas adquieren ese aire de
desinhibición tan agradable, sin recurrir a los gestos de autosuficiencia que
caracterizan a las qué recorren los lugares de moda en Cannes y Niza. Ningún
lugar como las limpias playas y aguas en mar abierto de Saint-Trop. No en
vano ha sido esta deliciosa villa, durante tanto tiempo, refugio de escritores,
artistas y de los menos pedantes entre la clase media.
Incluso unos pocos kilómetros más allá, a lo largo de la costa, en Port Grimaud
—ese suburbio marino seudoveneciano, lugar de retiro de funcionarios civiles y
directivos bancarios de Croydon y Saint-Cloud—, bellas adolescentes, todavía
fácilmente ensoñadoras, pasean sus pechos desnudos en yates y motoras.
Dada la temporada, si a alguien no esperaba encontrarme allí, en pleno mes de
junio, era a Ambrose. En junio, uno de los meses para los connoisseur, en la
antesala de la canícula, uno puede sentarse en las terrazas de los cafés de la
Place des Lices, disfrutando del frescor a la sombra de los enormes plátanos,
oyendo de vez en cuando el sonido de la petanca, y contemplando en las horas
tórridas del mediodía a los paseantes que, rehuyendo los sofisticados y caros
refrescos de Senequiers, se entretienen explorando las tranquilas calles y
plazas. En junio, antes de que los franceses se desborden inquietos como
ardillas hacia la costa, el tiempo puede ser exquisito. Sin embargo, en ningún
mes del año se puede tener la seguridad de estar a salvo del mistral.
Ambrose no me había visto. Iba cabizbajo, con la mirada perdida en el
polvoriento suelo de tierra de la plaza. Tenía los hombros mucho más caídos
de lo que yo recordaba, y su expresión denotaba cansancio y preocupación.
Teniendo en cuenta el hecho de que se hallaba acompañado por la más sexy
de las mujeres que yo había visto hasta entonces, su decaimiento no dejaba de
ser un contraste entre ellos.
—¡Eh! ¡Ambrose!—grité.
Él levantó la cabeza.
—Ah, hola. Charles —dijo.
Su voz, carente de animación, sólo demostró sorpresa. Nuestro último
encuentro podía haber sido tan sólo cinco días atrás, no cinco años.
—No sabía que ésta era tu temporada —le dije.
Él apretó los labios y contrajo el ceño. En verdad que parecía más viejo, pero
excepto por una cicatriz en el cuello que yo no recordaba, era el mismo hombre
menudo y apuesto, palmo y medio más bajo que yo.
—En realidad no lo es —dijo—, pero Angelina prefiere el calor.
Sonreí. Había llegado el momento de las presentaciones. En las esporádicas
ocasiones en que nos habíamos encontrado desde que saliéramos del colegio,
Ambrose siempre había estado acompañado de bellezas singulares; nunca se
había casado con ninguna de ellas, por lo que yo sabía. No lo conocía muy
bien —era demasiado mujeriego para eso—, y de no haber sido por la relación
escolar, no se hallaría entre el grupo de mis conocidos. Al igual que las novias,
los compañeros de la época escolar no siempre son las amistades que más
perduran.
—Bueno, os invito a un trago —dije.
Ambrose me presentó:
—Éste es Charles Massingham. Charles, te presento a Angelina.
No añadió el apellido.
Angelina me tendió su mano, suave y morena. Llevaba las muñecas adornadas
con finos brazaletes de oro, y sus uñas tenían el color oscuro de la sangre
seca. No me apretó la mano y, sin embargo, a través de sus dedos noté una
llamada de urgencia, la misma sensación que dejaban traslucir sus
movimientos. Su figura era perfecta, y su cuerpo extraordinariamente flexible.
Me pregunté si sería una bailarina. Llevaba un mono color oro viejo que se le
ceñía a la perfección, de tal manera que aún resaltaba más la incontenible, la
alertante salvajidad de su cuerpo. Sus largas piernas —pues al igual que yo,
era varios centímetros más alta que Ambrose— eran realzadas por unas
delicadas sandalias doradas de tacón alto que debían de haber costado una
fortuna. Llevaba el negro cabello recogido sobre la nuca, destacando los
contornos de un rostro más felino que humano, aunque exquisito en delicadeza
y proporciones. La única imperfección, si bien no reducía en nada su belleza,
era un labio inferior excesivamente prominente, que añadía a su manifiesta
sensualidad un toque de desafío. Me recordaba a uno de esos grandes felinos,
un leopardo, quizá. Esta impresión se veía reforzada por el detalle de una
cadena con correa que llevaba atada en la muñeca izquierda y cuyo extremo
era sostenido por Ambrose, por todos los diablos, como si estuviese paseando
un afgano.
Me abstuve de echarle un segundo vistazo a la correa. A Ambrose siempre le
habían hecho gracia las reacciones que la gente menos imaginativa y aguda
que él mostraba ante sus ideas u originalidades. Incluso en el colegio, cuando
yo andaba mucho más interesado en The Boys Own Paper (una revista
estudiantil) y en los hábitos de ciertos pájaros al desovar que en el helado filo
de las relaciones humanas, Ambrose ya era una leyenda viviente entre los
chicos de los cursos superiores. De hecho, su precocidad no aportó nada
positivo a su educación formal, ya que la mayor parte de su aprendizaje lo
realizó entre los arbustos con la singularmente bella ama de llaves del Saint
Bartholomew, lo que motivó su inmediata expulsión por el marido del ama de
llaves, que además resultaba ser el director. Así, jamás realizó los exámenes
que le hubieran encaminado hacia la universidad, un empleo solvente y, como
remate, a un estilo de vida más serio. Para empeorar las cosas, su padre murió
por aquella época, más o menos, dejándole propiedades y acciones tan
saneadas que tuvo solucionado el porvenir para el resto de su vida. Riqueza y
lujuria: una combinación explosiva a la que pocos pueden resistirse.
Por aquel entonces, yo había alcanzado una etapa de la vida en la que, ante un
encuentro con una mujer bella, podía tomarla o dejarla ir, por decirlo de alguna
manera. Bueno, más bien dejarla ir, sin haberla tomado. Supongo que ya
saben a qué me refiero. Pero tengo que admitir que Angelina era algo especial.
Estaba sentada cautelosamente, como si no estuviese acostumbrada a las
sillas; su postura me hacía pensar que a la menor provocación podía saltar por
encima de las ramas de los sicómoros, de no ser, por supuesto, por la cadena
de eslabones dorados. Sus ojos estaban al acecho, nunca quietos; siempre
alerta, intranquilos, buscando. Sí, pero ¿buscando qué?
—Bien —dije sin mucha imaginación—, esto es una auténtica sorpresa...
—La comparto —dijo Ambrose—. No suponía que aún te dejaras caer por aquí.
—Me halaga el hecho de que me hayas tenido presente —dije.
Compareció el camarero.
—¿Qué vais a tomar? —pregunté.
—Angelina quiere zumo de naranja natural. Y yo lo mismo.
Angelina dio la impresión de estar de acuerdo con su elección.
—¿Qué quieres en el zumo?—le pregunté a Ambrose.
—Nada. Lo tomaré tal cual.
Pestañeé. Jamás había visto a Ambrose beber algo que no fuese alcohólico.
Ya en el colegio era conocida su debilidad por los buenos vinos.
«Un buen clarete del Médoc, querido amigo —recuerdo que me dijo en una
ocasión—, ayuda a hacer la digestión.»
En aquellos tiempos estaba convencido de que la sofisticación de Ambrose era
innata.
—Muy bien —dije, y encargué las bebidas.
Angelina sujetó el brazo de Ambrose con su mano libre y le miró a los ojos.
Excepto por el murmullo de su «Hola» al ser presentados, no la había oído
hablar todavía.
—Tengo que ir a Hawai un momentito —dijo misteriosamente.
—De acuerdo —replicó Ambrose—, pero regresa de inmediato.
Ya me había llamado la atención la llavecita que Ambrose llevaba colgada del
cuello, prendida de una liviana cadena; ahora la usó para soltar el candado que
cerraba la cadena mediante la cual mantenía a Angelina unida a él. Ella se
deslizó silenciosamente de la silla y se desvaneció en las frescas sombras del
interior del café.
—¿Italiana? —pregunté.
—Húngara con algo de española.
—¡Menuda mezcla!
Apreté el puño, con el antebrazo rígido, y golpeé el aire, en un gesto familiar
entre hombres, pero que no había usado desde hacía años. Ambrose asintió
con la cabeza. Su antigua animación se había desvanecido por completo.
—Sé lo que estás pensando. Pero ella no es sólo cuerpo.
—¿No?
—No. Aunque no te lo creas, tiene una naturaleza encantadora. Muy tierna. No
le haría daño a una mosca. Ama a los animales. Ayer estuvimos con Brigitte.
—¿Bardot?
Volvió a asentir con la cabeza.
—También es inteligente. Toda una pensadora. Angelina, quiero decir.
—Bueno, uno nunca sabe —dije.
—Es extremadamente sensible por lo que respecta al medio ambiente.
—¿De veras? ¿Baja tecnología? ¿Energías alternativas?
—Control de la población, en particular. Opina que deberíamos reducir nuestro
número espectacularmente, hasta formar pequeñas comunidades que viviesen
en áreas climáticas adecuadas.
—No es el tipo de idea que un político desearía poner en práctica —dije.
El camarero trajo las bebidas.
—¿Estás seguro de no querer algo más fuerte? —pregunté—. Antes de que
regrese Angelina. ¿Un poco de ginebra, quizá?
Meneó la cabeza.
—He hecho un trato.
—¿Con quién? ¿Alcohólicos Anónimos?
—Con Angelina.
—No parece la clase de persona que ejerce influencias reformadoras.
—Tal como tú mismo has dicho, uno nunca sabe.
—De acuerdo —acepté—, probablemente no sea una mala idea vigilarse un
poco cuando uno tiene a la vista la cincuentena.
—Eso es lo que dice Angelina. Me quiere sano, o de ninguna manera.
—¿Y no te parece que en este clima, con una chica como ésa, y a tu edad..., tu
estilo de vida no es demasiado sano?
Ambrose gesticuló con impaciencia.
—Ante todo, se trata de una actitud mental. Charles. Tú has abandonado
demasiado pronto.
—Yo no diría que he abandonado exactamente —repliqué—. Todavía sigo
casado con Christine.
—Ahí lo tienes. Nosotros nos hacemos cada cual su cama.
Cambié de tema.
—¿Sigues yendo a Londres? —pregunté.
—Muy raramente. La última vez fue en el mes de julio del año pasado. Estuve
sólo dos semanas. Sin embargo, viajamos bastante; a Angelina no le gusta
pasar el invierno en Europa. Tiene que ser en el Caribe, las Seychelles...,
cosas así.
—Una chica cara.
—Pero vale la pena. Te lo puedo asegurar...
—Ya. Puede que yo ya haya abandonado, pero este calor le da a uno cierta
inspiración.
—Me alegra oírtelo decir —comentó Ambrose—. Angelina prospera con el
calor. Suele decir que hemos sido concebidos para temperaturas subtropicales.
Lo cierto es que tiene una mente muy observadora.
—Pero lo otro... —le pregunté—. Sin duda...
—Por supuesto. Eso también. Pero una moneda tiene dos caras, Charles. El
sexo no lo es todo.
—No —dije—, ciertamente no lo es todo.
La conversación estaba languideciendo. El camarero, muy solícito, me alcanzó
la carta. Miré mi reloj. Ambrose miró el suyo, luego observó el interior del café.
—No la veo —dijo.
—Ya vendrá —repliqué—. Oye, me encuentro a gusto aquí, ¿qué tal si
almorzamos en este lugar?
Ambrose echó una ojeada a la carta.
—No sé, no parece haber mucho para nosotros en esta carta.
—Carne. Un bistec de ternera. El pescado no está mal —sugerí.
—Nosotros... yo... ya no como así —dijo.
—¿Problemas?
Yo mismo había tenido algunos. Parte del proceso de envejecimiento. Las
setas y el maíz me sentaban fatal.
—No exactamente. Digamos una... reorientación.
—Podrías tomarte una tortilla.
—¿Harán buenas ensaladas?
—Estoy seguro —dije—. ¿Qué tal un plato combinado frío?
Ambrose fue explícito.
—No comemos carne.
Mi memoria me dijo que en el pasado él apenas comía otra cosa.
—Parece que ha habido algunos cambios —dije.
—Angelina opina que es lo mejor para nosotros. La carne no le complace. Está
a favor de los alimentos naturales, cereales integrales, fruta, verdura, frutos
secos... Dice que es tan importante que nos alimentemos correctamente como
que vivamos en climas cálidos.
—¿A qué viene tanta preocupación por el frío? ¿Os resfriáis fácilmente?
—No, pero Angelina está..., ¿cómo te diría?..., más aclimatada a los países
cálidos. Lo que ella necesita es calor y una dieta adecuada. El frío le hace
comer cosas que le sientan mal. Cuando sopla el mistral, nos quedamos en
casa.
—Todo eso me suena bastante restrictivo —dije.
Una sombra de preocupación cruzó por su rostro.
—Bueno, de hecho puede ser motivo de cierta tensión. Pero Angelina necesita
un estímulo constante para... ser ella misma.
—Un viento incómodo, el mistral —corroboré, sin saber qué decir exactamente
acerca de su último comentario—; se mete en los huesos. El siroco puede ser
desagradable también. Me han dicho que la gente enloquece con ese viento
que sopla en las cumbres de los Alpes.
—El föhn —dijo Ambrose—. Se enfría al alcanzar las cumbres, y luego,
secándose al descender por las laderas meridionales, va ganando temperatura.
—Nunca me lo habían descrito tan bien —dije.
—Lo cierto es que es un viento enfermizo. Angelina se sale de sus casillas
cuando sopla el mistral.
—¿De veras? —pregunté.
—Pese a todo, puedo apañármelas hasta que la temperatura se vuelve más
adecuada.
—Ahí viene —dije.
El escote del mono de Angelina estaba más abierto que antes, dejando a la
vista una deliciosa extensión de su piel morena, y lo justo de sus turgentes
senos para que..., bueno, dejémoslo; ya era la una, y hacía mucho calor. Se
aproximó lentamente, como un gato cauteloso que no quisiese llamar la
atención. Al sentarse extendió sumisamente el brazo ante Ambrose, quien
ajustó la cadena a su muñeca. Me pregunté qué pensarían de eso las
feministas. Las aletas de su nariz se dilataban y contraían visiblemente, como
un animal husmeando su presa. Aunque sólo había caminado unos pocos
pasos, su respiración era jadeante, y el extremo rosado de su lengua le
asomaba entre los labios. Era salvajemente bella, a pesar de su sumisión ante
Ambrose. Viejos y olvidados temores turbaron la tranquilidad de mi mente. Me
moví inquieto en la silla.
—Así, ¿cuánto tiempo más vas a permanecer aquí, Charles? —me preguntó
Ambrose, jugando con las eruditos que le había servido el camarero con una
prontitud que evidenciaba una preparación poco especial.
—Una semana. Julio y agosto resultan insoportables aquí. Y aparte de eso, no
quiero perderme el verano inglés en nuestra casita de campo. Los Downs
estarán pronto poblados de flores, con los colores más bellos que se pueda
imaginar. El maíz madurando, auténticos bosques para pasear...
—Tú siempre has estado a favor de la naturaleza —dijo Ambrose—, a tu modo.
—Bueno, aquí ya ha finalizado la temporada. La naturaleza está en reposo.
¿No echas de menos las primaveras y los veranos de Inglaterra? ¿Sus
alondras? ¿Sus prímulas?
—Supongo que sí. Sobre todo cuando veo prímulas...
—Me resulta imposible imaginar lo que se puede hacer aquí —dije—, cuando
todo se seca y los viajeros vienen como plaga de langostas.
—Me dedico a leer —dijo Ambrose.
—Pues eso es también un cambio en ti —le dije—. Antes estabas siempre
demasiado ocupado haciendo otras cosas...
—Uno madura.
—¿Y qué lees? ¿Aventuras de James Bond? ¿Agatha Christie?
—No, suelo leer obras sobre religiones orientales, la reencarnación...
—¡Válgame Dios! —exclamé.
Una repentina espiral de viento flotó por la Place des Lices, una alteración
agradable en la sólida atmósfera que nos rodeaba, aunque presagiase cosas
más desagradables. Levanté la vista de mi plato para contemplar a Angelina,
pues me había parecido oír un agudo suspiro. Ella estaba contemplando las
susurrantes hojas del sicómoro cuya sombra nos bañaba; su tenedor estaba
abandonado sobre el plato. Las aletas de su nariz se contraían y dilataban una
vez más, pero con más intensidad, todavía, que la vez anterior. Su comida
resultaba mísera: verduras crudas y un poco de queso cremoso.
—¿Nunca comes carne? —le pregunté.
Ella meneó la cabeza con lentitud.
—No la ha comido desde hace mucho tiempo —dijo Ambrose—.
Probablemente ahora no podría ni tragarla.
—¿Es eso cierto? —le pregunté a Angelina—. ¿Te daría náuseas?
Se encogió de hombros e hizo una mueca, una media sonrisa que aún resaltó
más su encanto.
—Toma —le dije—. Veamos si Ambrose tiene razón...
Corté un trozo de mi bistec y se lo ofrecí con la punta del tenedor. Estaba más
crudo de lo que a mí me gusta. Permitió que colocase el trocito entre sus labios
abiertos, y me llamó la atención lo agudos que eran sus dientes. Masticó
obedientemente, reflexivamente, y finalizó el bocado con más diligencia de lo
que yo esperaba. Le corté otro trozo.
—¿Más? —pregunté.
Lo tomó con premura. Luego otro más. Al quinto Ambrose estaba alarmado.
—Tranquila, ya es suficiente; sabes que no te sienta bien, Angelina.
Los ojos de ella fueron de los míos a los suyos, y su sonrisa desapareció. Le
increpó, rápido, en una lengua que intuí como húngara; sus ojos llameaban,
sus labios apenas se movieron.
—Continúa siendo apabullantemente tórrido el día —dije—. ¿Qué tal si nos
acercamos a mi villa para tomar café? Se está muy bien allá arriba, en Gassin.
Tengo un compromiso esta tarde en un palacete cerca del puerto, así os podré
traer de vuelta más tarde.
—De acuerdo —dijo Ambrose.
La inmediatez de su respuesta me sorprendió. Como he dicho, nunca fuimos
íntimos amigos, aunque ahora me daba la impresión de que se había alegrado
de nuestro encuentro. Angelina parecía menos encantada. Le cogió el brazo
con fuerza, mirándole a los ojos, hablándole con ellos más que con la voz,
aunque de su garganta surgió un extraño sonido suplicante, como un ronroneo.
Pero todo lo que él le dijo fue: «Sólo un ratito».
En el coche él empezó a hablar de la reencarnación, preguntándome sobre mis
propios puntos de vista acerca de la transmigración y el karma. Le contesté que
no había pensado mucho sobre ello, lo cual era verdad. Me llamó la atención
que su cicatriz enrojeciera cuando tocamos el tema.
La villa me la habían prestado unos amigos que huían de la Costa Azul desde
junio hasta septiembre. Estaba espléndidamente situada, al oeste del pueblo,
con una vista magnífica sobre la mayor parte del Massif. La terraza era un
masa de adelfas y geranios, sin nada más detrás que las amplias laderas
llenas de alcornoques, pinos y arbustos. La brisa era más fresca y respirable
que en el pueblo, pero no lo suficiente como para resultar confortable.
Acomodé a Ambrose y Angelina en los sillones cubiertos con cómodos cojines
y fui adentro para preparar el café.
Cuando reaparecí con la bandeja, las cosas no parecían estar del todo bien.
Estaban discutiendo en un tono elevado, y Angelina tiraba de la correa; sus
ojos volvían a llamear, y las aletas de su nariz eran más explícitas que sus
palabras, por otra parte ininteligibles.
—Charles, lo siento pero creo que nos tenemos que ir —dijo Ambrose—;
Angelina no se siente a gusto con este viento.
—Creí que os agradaría el frescor —dije.
—Ese es el problema. Por debajo de cierta temperatura, ella no se siente
tranquila, y el mistral requiere ciertas medidas... Creo que debemos regresar.
Nuestra villa está muy resguardada y la temperatura es cálida allí.
—Por supuesto —dije—, lamento esta dificultad.
—Y nosotros lamentamos lo de los cafés...
—Os diré qué podemos hacer —dije—. Coged mi coche. Tengo amigos en
Gassin que van a bajar a Saint-Trop esta tarde; les pediré que me lleven.
Tengo que hacer algunas compras antes de la fiesta, y así me dará tiempo. Si
aparcáis el coche en la Place des Lices, yo podré recogerlo luego. Os mostraré
dónde dejar las llaves.
Ambrose no soltó a Angelina de su correa, ni siquiera en el asiento del coche.
Dado que el volante de mi coche se halla en el lado derecho del vehículo,
tuvieron que cambiarse de mano la correa. Ambrose se cercioró de que la
puerta del pasajero estaba cerrada con el seguro y entonces hizo pasar a
Angelina por encima del asiento del conductor. Ella estaba muy intranquila, casi
furiosa, y hacía unos sonidos con la garganta que eran aún más
incomprensibles que los que realizase con anterioridad. Pude ver que Ambrose
estaba tenso y preocupado. Fue un alivio cuando los vi partir por el caminito
secundario hacia la nacional 98.
Tony y Janet Turner estuvieron encantados de llevarme en su coche. Tenían
sus propios problemas, basados mayormente en el no muy exitoso intento de
solucionar sus problemas conyugales cambiando asiduamente de lugar. Tenían
el suficiente dinero como para mantener cuatro residencias diferentes en
distintos lugares del planeta. Se pasaban unos tres meses en cada una de
ellas. La compañía de una tercera persona contribuía a mitigar sus altercados.
Mientras me conducían hacia Saint-Tropez, con el coche enfrentándose al
fuerte viento que ahora soplaba entre las colinas, les hice un comentario acerca
de Ambrose y Angelina.
—Creo que los conocemos —dijo Janet—. Sí, estoy segura, coincidimos en
Grimaud, en el Brothertons. Él es bajito, muy cortés.
—Un tanto mujeriego —añadió Tony—. Recuerdo a la chica que va con él.
¡Impresionante!
Janet resopló con desdén. Lo hacía muy a menudo.
—Eso depende del gusto de cada cual —dijo.
Yo estaba sentado detrás, adelantado y con la cabeza entre ambos; la mueca
de Tony me quedó muy cerca de la cara.
—Pienso que puede ser una buena compañía —dije.
—Mmmmm.
Tony dio su conformidad con cierta lascivia, y apretando el volante con la
suficiente energía como para que la sangre se ausentase de sus dedos.
—Hay algo... indómito en ella —continué.
Janet volvió a resoplar.
—Demasiado cercana a la jungla, diría yo.
En ese momento volví la cabeza y miré por la ventanilla.
—¡Dios mío! —exclamé—. ¡Pero si es mi coche!
La había sido, más bien. Lo que quedaba parecía destinado al desguace.
Estaba comprimido contra el muro de cemento que corría paralelo a la
carretera, en una curva desagradablemente cerrada.
Janet palideció.
—Quizá todavía se encuentren dentro del vehículo. Puede que nadie los haya
visto.
—Entonces debemos hacer algo —dijo Tony.
El coche estaba vacío, el volante doblado, el parabrisas astillado, la capota
arrugada. En el salpicadero y sobre los asientos aún se podían ver algunas
gotas de sangre fresca.
—De haber venido la policía o una ambulancia habrían dejado indicadores —
dije—. O alguien de guardia para prevenir cualquier eventualidad, antes de que
llegase la grúa.
—¿Y dónde están ellos? —preguntó Janet.
—¿Quién sabe? —dije—. Partieron hace sólo tres cuartos de hora. Lo siento,
pero creo que será mejor que continuéis sin mí. Debo ir a echar una ojeada.
Pueden estar heridos y deambulando ofuscados.
—Te ayudamos, por supuesto —dijo Tony.
—En ese caso, Janet debería quedarse en el coche; así, si alguien viene
podría pedirle que avisase —dije.
Los laterales de la carretera eran muy empinados, llenos de arbustos y
vegetación silvestre, con algún pino esparcido aquí y allá.
—No hay ningún lugar donde pueda tumbarse una persona herida —dijo
Tony—. Y menos con este maldito viento.
—Si tú recorres la zona hacia el sur —dije—, yo lo haré hacia el norte. Quizá si
recorremos el terreno en tiras paralelas...
Veinte minutos después encontré un trozo de camisa de Ambrose. Un poco
más allá se hallaba Ambrose. Lo reconocí por sus zapatos; eran de un precio
similar a los de Angelina. En el lugar que había ocupado su nariz sólo quedaba
una ciénaga de sangre y jirones de piel. La faltaba una oreja, y del orificio había
manado una abundante cantidad de sangre, que había teñido la pizarra del
hoyo donde se hallaba su cuerpo. Sus cortas extremidades habían
desaparecido. Su garganta no estaba donde hubiera debido estar; en su lugar
había una hendedura de carne rasgada junto a una protuberancia cartilaginosa,
que supuse era su nuez de Adán. No soy una persona remilgada, pero el
almuerzo inacabado que había tomado en la Places des Lices acabó al lado
izquierdo del cadáver. De Angelina y la correa no había ni rastro.
Nunca más se supo de ella. Desde entonces he pensado en aquel encuentro
muy a menudo, en lo que hubiese podido llegar a contarme Ambrose de haber
tenido la oportunidad de estar más tiempo juntos. Su conocimiento de las
filosofías orientales parecía profundo. Al igual que sus palabras acerca de los
extraños vientos que pueden trastornar a las personas. Y además estaba la
sospechosa animalidad de Angelina, ciertas apreciaciones que no son
susceptibles de ser explicadas con palabras.
Pero mi naturaleza no es amante de las complicaciones. Prefiero las
explicaciones racionales a la especulación imaginativa. Sin embargo, cuando
sopla el viento y me encuentro solo, lo que sucede muy a menudo ahora que
Christine ha muerto y vengo más a menudo a Gassin, salgo a la terraza y
escudriño las lejanas laderas del Massif des Maures. Algo me dice que salga y
recorra la vegetación en busca de Angelina, aunque sé muy bien que no es
posible que todavía permanezca allí. Y otra fuerza también interna, que
siempre gana, me insta a que entre, cierre las ventanas y eche los pestillos, y
me abstraiga en la lectura de mis libros, hasta que el mistral haya agotado sus
energías. Las ideas y pensamientos orientales me han absorbido, y
ocasionalmente, la reencarnación, el karma y cosas similares acaparan mi
atención. Por supuesto, desde un punto de vista puramente intelectual.
Allá en África
David Drake
David Drake es otro de los muchos autores que dio a conocer y promocionó el
desaparecido August Derleth, escritor él mismo así como editor de Arkham
House. Drake nació el 24 de septiembre de 1945 en Dubuque, lowa. Siendo
todavía un adolescente, fue atraído por los trabajos de Lovecraft, y empezó a
remitir relatos inspirados en este autor a Derleth, hasta que en 1967 consiguió
publicar el primero. En la década de los setenta sólo escribió narraciones
breves de terror —ahora ya lejos de la influencia lovecraftiana— y relatos
sangrientos de guerras galácticas, recogidos en el mejor conocido de sus
libros: Hammer's Slammers. En su narrativa, Drake hace un buen uso de su
doble especialización en historia y en literatura clásica, así como de su
experiencia en el Eleventh Armored Cavalry Regirnent en Vietnam, lo cual
también explica por qué sus últimos libros van de la realista novela artúrica,
The Dragón Lord (El señor del dragón), a una fría guerra entre espías narrada
con genuinos elementos de ciencia ficción, Skyripper, hasta una trama
interplanetaria con mercenarios espaciales, The Forlorn Hope (Destacamento
de asalto), incluyendo una colección con sus más recientes relatos de terror,
From the Heart of Darkness (Desde el fondo de la oscuridad). Graduado en
leyes por la Duke Law School, Drake trabajó durante algunos años como
auxiliar de justicia en Chapel Hill, Carolina del Norte. En 1980 abandonó la
carrera jurídica a fin de tener más tiempo para escribir, y tomó un empleo de
media jornada como conductor de autobuses. Desde 1981 escribe con plena
dedicación en su casa de Chapel Hill. Allá en África es uno de los relatos más
recientes de Drake; lo escribió a principios de los años setenta, y aparecía
publicado por vez primera en From the Heart of Darkness.
Cuarenta años de sol africano reluciendo sobre los cañones de la escopeta de
sir John Holbom habían decolorado sus ojos de tal manera que, incluso mucho
tiempo después de haberse retirado de la caza, tomaban el áspero tono gris de
las balas de plomo cuando la conversación lo sacaba de sus casillas. Pero el
frío de sus ojos se suavizó cuando, apartando la vista del rifle que había estado
sosteniendo entre sus manos, la posó sobre la figura de su sobrino nieto.
—¡Adelante! —exclamó perentorio sir John—. ¡Tómalo! Yo no era mucho
mayor que tú cuando cobré mi primer elefante.
Randall tomó cautelosamente el rifle de dos cañones, sacándolo de sus
soportes en la pared y, sosteniéndolo, exclamó a su vez:
—¡Es enorme!
Su tono de voz mostraba el alcance de su asombro.
Holbom rió entre dientes, tomando él mismo el arma.
—Tiene que ser grande, chico, si no el retroceso del rifle te rompería el
hombro.
Mientras sus pensamientos retrocedían al pasado, el viejo cazador deslizó su
mirada por la sala de trofeos. En la pared más lejana, una enorme cabeza de
elefante elevaba su trompa como si estuviese bramando enfurecido ante el
cazador. Holborn se acercó a ella y con aire ausente pero con decisión
introdujo la boca del arma en la del animal, allí donde un tiro alcanzaría
directamente el cerebro de la pieza. Riendo de nuevo, se volvió hacia el
muchacho, abriendo el doble cañón del rifle.
—Mira, chico —dijo—, es un agujero del ocho. Una bala redonda de plomo
para este cañón debe de pesar unos sesenta gramos. Y las balas cilíndricas
que yo solía usar eran bastante más pesadas. No se puede usar un rifle
pequeño con tamaña potencia.
—Pues mi padre caza elefantes —dijo Randall, dubitativo—, y su rifle no es tan
grande como éste.
—Sí, ya, tu padre dice que no hay ningún motivo para usar estos viejos
cañones desde que en mil ochocientos noventa se empezó a usar la nueva
pólvora nitrogenada —aceptó Holborn—. De acuerdo, quizá paso de moda
hace unos quince años; pero si tuviese que ir de nuevo a África, éste es el rifle
que llevaría conmigo. Puede que tu padre tenga razón al decir que su carabina
calibre 450 acabaría con cualquier bicho del continente. Sin embargo, yo me
pregunto si sería capaz de parar cualquier cosa, ésa es la auténtica cuestión.
Tu latín está más fresco que el mío. ¿Recuerdas aquel dicho acerca de
África...?
—«Siempre algo nuevo allá en África» —recordó el muchacho, traduciendo las
palabras de Plinio para el anciano.
—¡Exacto! —exclamó Holborn—. Y también es cierto que quien caza en África
no debe creer nunca que ya lo sabe todo acerca de ella. África acaba matando
a quien lo olvida.
—¿Por qué dejaste de cazar, tío John? —preguntó Randall con curiosidad,
contemplando maravillado los trofeos conseguidos en los cinco continentes, y
que pendían de las paredes a su alrededor.
—Hum —gruñó el viejo cazador, sosteniendo con naturalidad el rifle abierto en
el ángulo de su brazo izquierdo—. A algunos cazadores se les presenta una
vez en la vida la oportunidad de abatir una pieza única; después de esa
oportunidad, da lo mismo si se cobra la pieza o si ésta se escapa. Gordon-
Cummings tuvo la suya cuando abatió aquel rinoceronte cuyo cuerno medía un
metro y medio desde la base hasta la afilada punta. Meyerling falló un tiro fácil
a un elefante que, según juraba, llevaba en sus colmillos un cuarto de tonelada
de marfil. Una vez que has tenido la oportunidad de ese tiro, fallido o no, la
llama de la pasión por la caza se extingue, y ya nunca vuelve a ser lo mismo.
Yo la tuve; tuve esa oportunidad...
Randall notó cómo los pensamientos de su tío se remontaban al pasado.
—Cuéntamelo, tío John —le rogó.
—Quizá debería hacerlo, muchacho —le respondió Holbom—. No creo que me
queden muchos años más de vida, y no vale la pena seguir conservando esa
historia en secreto. Mi última cacería fue en el río Kagara, al noroeste del lago
Victoria. Aquella región es una inmensa ciénaga poblada de papiros.
—Pero ¿qué podías estar haciendo en una zona como ésa? —preguntó el
chico, intrigado.
—Cazar hipopótamos, muchacho —le respondió Holbom con una sonrisa—.
Hipopótamos un tanto politizados, no obstante. Era el año mil ochocientos
noventa y dos, ¿sabes?, y..., bueno, es una historia muy vieja, y no creo que
pueda importarle ya a nadie. Por aquel entonces nuestras relaciones con el
Kaiser eran bastante satisfactorias, y dado que en Londres y Berlín se
pensaba..., ciertas personalidades así lo creían, que el rey Leopoldo no se
estaba mostrando como una persona capacitada para controlar el Congo,
Inglaterra y Alemania creyeron conveniente tomar cartas en el asunto. De las
conversaciones que se mantuvieron sobre dicho tema no se sacó nada en
claro, por supuesto, pero las negociaciones llegaron a un punto en que el
Foreign Office pensó que lo mejor sería destinar un observador a la zona. Se
pusieron en contacto conmigo, puesto que sabían con certeza que nadie
pondría reparos al hecho de que sir John Holborn regresara a las sabanas. Y
allí me fui, al este de la zona alemana de África, donde convergían las fronteras
del Congo y Uganda.
»El río estaba lleno de hipopótamos. Y aunque no tuviese intención de
cazarlos, debía cubrir las apariencias que me presentaban, exclusivamente,
como cazador en la zona. La situación era difícil; ninguno de los hombres de
las aldeas de los alrededores tenía ni la más mínima intención de
acompañarme de cacería por los pantanos. Decían que le tenían miedo a los
jimpegwes que allí viven.
»Nunca antes había oído ese nombre, pero por la descripción que daban los
nativos, debía de ser un animal muy grande. Y por otro lado, en los pantanos
sólo vivían dos animales de gran tamaño: los jorobados y rápidos antílopes,
capaces de moverse por los márgenes de las aguas con sus anchas pezuñas;
y los hipopótamos que ramonean los tallos tiernos de las cañas, manteniendo
senderos abiertos entre la vegetación. Cuando los nativos me dijeron que el
jimpegwe era un animal de gran tamaño que comía cañas y se caracterizaba
por un comportamiento muy agresivo, tenían que estar refiriéndose a alguna
especie de hipopótamo.
»Alguna especie, ahí estaba la clave. Todos los nativos estaban de acuerdo en
que el jimpegwe era más grande que el imkoko, que es como ellos denominan
al hipopótamo. De hecho, me comentaron que llegaba a matar a los
hipopótamos que merodeaban por sus territorios. Cuando supe lo grande y
terrible que era el jimpegwe, empecé a acariciar la idea de sorprender al mundo
con una raza de hipopótamo mucho más grande que la conocida; igual que el
rinoceronte blanco es más grande que el negro. Estaría situado cerca de los
elefantes, dado su tamaño. Tras escuchar todas esas historias durante días,
mientras buscaba guías y porteadores, me fui haciendo a la idea de lo que
representaría introducirme en los pantanos acarreando mi propio equipo.
»Lo cual no estaba muy lejos de lo que iba a suceder al día siguiente. Los
nativos de la zona me acompañaron muy solícitamente hasta el extremo de los
pantanos, pero una vez allí, nada de lo que les ofrecí consiguió que aceptasen
dar un paso más allá. No podía censurarlos abiertamente. Ellos no tenían
ninguna razón para confiar en mi cañón del ocho, y los hipopótamos pueden
ser, en efecto, muy peligrosos. Yo había visto en una ocasión a un aborigen
partido en dos por uno de ellos que el nativo había alanceado. El hipopótamo
esparció por el terreno los restos del pobre cazador; su carne no entraba en la
dieta del animal.
»En definitiva, sólo los tres hombres que habían venido conmigo desde la costa
me acompañaron; me eran imprescindibles para abrir un sendero.
»Partí tan ligero de equipaje como la ocasión me permitía, llevando sólo
algunas galletas, botellas de agua, la brújula y los rifles. Pero aun así nos llevó
más de una hora el avanzar a través de las cañas hasta un claro junto a un
canal que zigzagueaba entre los cañaverales.
»El aspecto de aquella zona pantanosa era aterrador. Los papiros se elevaban
casi dos metros en el aire; sus tallos rectilíneos sostenían en lo alto cúmulos de
finas hojas. En los alrededores no había ningún árbol cuya altura sobrepasara
a la de las cañas y que nos pudiese servir de referencia; la vegetación de
recias varas crecía sobre las mismas aguas por todas partes. Con el paso de
los siglos habían creado un grueso piso de vegetación, debajo del cual el agua
podía tener hasta tres metros de profundidad. El temblor que sacudía a la base
fangosa en que nos asentábamos cada vez que la brisa mecía los tallos de los
papiros me hacía tener presente ese hecho. Incluso el canal estaba cubierto
por una tupida capa de la venenosa berza de los pantanos, tan amarga que
hasta los hipopótamos se negaban a comerla. El calor y los insectos eran igual
de molestos que en cualquier otro lugar de África, pero ese pantano tenía
además unas miasmas seculares que superaban con creces todo lo que hasta
entonces había conocido como molestias en la naturaleza africana. Después
de estar aguardando durante una hora, larga y monótona, tuve la impresión de
que aquellos pantanos habían permanecido igual desde que Keops hiciese
construir su pirámide. Incluso un millón de años antes de eso, la misma
ciénaga asentada allí como un cáncer en el corazón de África.
»No disimulaba su malignidad. También en el Nilo, las aguas donde crecen los
papiros se cobran sus víctimas, atrapándolas hasta que perecen ahogadas o
muertas de hambre... Pero el Nilo era una serpentina de colores comparado
con el Kagera.
»Aun así, ni a los porteadores ni a mí nos preocupaba en exceso el pantano en
sí. En el interior de la enmarañada trama de vegetación se oían gritos y
chasquidos, y era imposible adivinar a qué distancia se hallaba el animal que
los producía. Pero por el momento nada había aparecido al alcance de nuestra
vista. Los tallos de caña limitaban la visión más allá de donde nos hallábamos;
exceptuando el claro que se extendía sobre las aguas del canal, todo lo que
nos rodeaba era un enigma para nosotros. La misma sensación que había
sentido años atrás cuando perseguía a un búfalo herido por una pradera de alta
vegetación me dominó otra vez. A media tarde empecé a arrepentirme de
aquella expedición, y tomé la decisión de ocuparme de los asuntos políticos a
partir del día siguiente, olvidándome del maldito pantano.
»Uno de los hombres me tocó para atraer mi atención, pero yo ya había oído
los ruidos. Habíamos encontrado a nuestro jimpegwe; o él nos había
encontrado a nosotros. Algo realmente grande estaba ramoneando cerca del
sendero que habíamos abierto por la mañana, haciendo temblar el islote donde
nos hallábamos. Sus chapoteos nos llegaban muy cercanos, a sólo unos pocos
centenares de metros, y estábamos con el viento en contra. Todavía no me
sentía preocupado en exceso; ningún hipopótamo podía acercársenos
atravesando las matas de papiros. No importaba cuan irascible pudiera ser el
jimpegwe, tenía que aproximarse a través del claro abierto por el canal, donde
me sería fácil pegarle un tiro.
»El jimpegwe nos había olido, estaba claro. Se oyeron unos chapoteos
nerviosos y por encima de ellos un bramido como nunca antes escuchase.
Para mi espanto, me di cuenta de que un animal de cuerpo muy pesado se nos
estaba aproximando a través del estrecho margen, apenas un metro, de
vegetación entrelazada que llegaba hasta el claro, sin la menor opción de
visibilidad para apuntar con posibilidades de éxito. Los hombres y yo mismo
constatamos que, fuera lo que fuese un jimpegwe, no se trataba de un
hipopótamo.
»El pánico se apoderó de los porteadores e intentaron huir por el sendero
abierto aquella mañana. Cegados por el miedo, tropezaron entre la vegetación
y acabaron sumergidos en el fango hasta las caderas; se liberaban de él,
cubiertos de rojizas sanguijuelas que culebreaban sobre su piel, y de nuevo
volvían a hundirse.
»Me mantuve firme, aunque todo lo que podía ver eran los ondulantes tallos
meciéndose ante mí, a un palmo de mis narices. Sesenta años no es una
buena edad para huir por los pantanos. Y por otro lado, el intenso ruido que
producía el jimpegwe al aproximarse me confirmaba que la bestia sería mucho
más rápida que yo y me alcanzaría en mi huida.
»Los papiros se abrieron y entre sus penachos alcancé a vislumbrar al
jimpegwe: una enorme y ancha cabeza de un verde grisáceo se elevó y un ojo
inyectado en sangre se posó sobre mí. Al instante siguiente la bestia retrocedió
con una brutal sacudida, que volvió a agitar el barro bajo mis pies. El animal se
las había arreglado para encaramarse unos segundos sobre el inestable
sendero antes de ser vencido por su propio peso. El vistazo que le había dado
sirvió para confirmarme un detalle sobre los jimpegwes: la bestia se había
elevado por encima de los papiros; unos dos metros de vegetación no le
habían impedido observarme.
»Aunque ya no me quedaba tiempo para salir corriendo, tampoco podía
permanecer más a la espera. Mis cañones del ocho estaban preparados; lo
habían estado todo el día. Después de acariciar con mis dedos, en la mano
izquierda, las dos balas de repuesto, no me quedaba nada más que hacer.
Tenía el arma a punto, aguardando que el animal se dejara ver de nuevo lo
suficiente como para aventurar un buen tiro. Pero si se le ocurría venir directo
hacia mí a través de los tallos, no tendría la menor posibilidad de hacer un
buen disparo.
»A la escasa distancia de cinco metros, el jimpegwe mostró de nuevo su
cabezota. Apunté al centro de su ancha frente, pero de nuevo la aparición duró
sólo un instante. La pétrea corteza de su piel resultaba impenetrable desde ese
ángulo. No obstante, pude darme cuenta de que el jimpegwe tenía aspecto de
reptil. Su cabeza era similar a la de un varano, salvo en el tamaño, aunque se
unía al cuello en un ángulo recto, como si el animal anduviese a dos patas la
mayor parte del tiempo.
»Las cañas fueron sacudidas como un bote en una tormenta mientras el
jimpegwe cargaba hacia mí en los pocos metros que aún nos separaban. La
vegetación nos hacía invisibles el uno para el otro. El grito de espanto de los
porteadores fue silenciado por el crujido de la vegetación y el chapoteo violento
de la bestia aproximándose. Mi vista estaba fija en las cimbreantes cañas, a la
espera de vislumbrar un trozo de cuero verdegrisáceo entre ellas. Tenía miedo
de fallar el tiro; pánico de ser despedazado sin luchar. Llegué incluso a pensar
en la posibilidad de no dar en el blanco de la enorme masa oscilante y salir
volando tras mis hombres.
»Cuando estaba a tres metros, y yo todavía no tenía a la vista su cuerpo, el
jimpegwe lanzó un rugido silbante y apareció ante mí. Sus patas delanteras
levantadas mostraban un espolón córneo en el lugar que ocuparía el pulgar en
una mano humana. Tiré del gatillo derecho cuando la boca de mi arma se
hallaba a un palmo de su ojo rojizo y reluciente de ira, y a continuación
descargué el cañón izquierdo sobre la arrugada pulpa de su garganta.
»Aunque pude ver cómo su cabeza era despedida hacia atrás por la sacudida
de los impactos, abrí el arma y cargué. Curiosamente, recuerdo que mientras la
primera vaina cayó con un chasquido metálico entre las cañas, la segunda lo
hizo silenciosamente. La ciénaga se había silenciado momentáneamente bajo
el estampido de mis disparos. Y luego reverberó su sonoridad como un trueno
lejano, mientras el jimpegwe se estremecía fuera de mi vista. Cuando
reapareció por mi flanco derecho, vomitando rabia y sangre negruzca, le metí
los dos tiros en el cuello. Una de las balas debió de partirle el espinazo, pues el
jimpegwe se curvó como un arco y se dejó caer de espaldas sobre las aguas.
Sus enormes cuartos traseros se sacudieron en el aire, pero el animal ya había
sido abatido.
Randall había permanecido hechizado, de pie junto a la chimenea, durante
toda la narración del anciano. Entonces le dijo:
—¡Es maravilloso, tío John! Pero ¿por qué lo has mantenido todo este tiempo
en secreto? Han pasado casi quince años.
Los labios del cazador se contrajeron.
—Los científicos tienen sus propias creencias acerca de lo que es real y lo que
no lo es cuando se habla de África, muchacho —dijo—. Recuerda cuántas
barbaridades tuvo que oír Harry Johnston cuando intentaba hacerles creer la
existencia del okapi, una especie de jirafa que había en la selva Ituri y que por
entonces se consideraba extinguida. ¿Y qué clase de prueba podía haber
traído yo solo, de aquellos pantanos?
Resoplando, sir John se aproximó a un escritorio que había a sus espaldas y,
después de mirar entre una pila de papeles que había en una gaveta, alzó un
objeto en la mano.
—Mira, ¿sabes qué es esto?
Randall tomó el objeto con precaución. Era un cuerno negro de unos treinta
centímetros de largo. Tenía adheridos a su base colgajos secos de una carne
que pudo ser de un reptil.
—¡El espolón! —exclamó el muchacho—. ¡Se lo cortaste al jimpegwe!
—Que quede entre nosotros, muchacho, pero sí, eso es lo que hice —dijo el
anciano—. Sin embargo, cuando se lo mostré a un tipo muy culto de
Cambridge, todo lo que aceptó fue que podía tratarse de un cuerno malformado
de antílope; y es a él a quien creerían, ¿sabes?
No obstante, a pesar de la amargura de su voz, el rostro del cazador mostraba
esa expresión que caracteriza a los hombres que se han realizado en la vida.
El mural
Roger Jonson
Una vez, más se pone de manifiesto la personalidad de August Derleth, al
hablar de Roger Johnson, quien (al igual que David Drake) publicó algunos
trabajos en The Arkham Collector, una pequeña revista que Derleth editó en los
últimos años de su vida. Al contrario que la mayoría de los escritores
descubiertos por Derleth, Johnson no siguió el camino de los relatos de terror, y
es lamentable, porque El mural, el primer relato que Johnson publicó, supone
una esperanzante incursión en la tradición clásica de las historias inglesas de
fantasmas.
Nacido en 1947, Johnson ha pasado toda su vida en Chelmsford, Essex.
Apasionado seguidor del Gran Detective, escribe regularmente una columna en
el periódico de la London Sherlock Holmes Society.
El mural se publicó por vez primera en Saints and Relies (Santos y reliquias),
editado por Rosemary Pardoe, un libro de bolsillo navideño con cuentos sobre
fantasmas y que salió como complemento de su publicación anual estilo M. R.
James Ghosts & Scholars. Pardoe debería ser felicitada por haber recuperado
a Roger Johnson para el género, y sólo me resta desear que Roger no nos
haga esperar otra docena de años antes de dar a conocer otro de sus relatos.
—Deben entender que ésta no es mi propia historia —dijo Harry Foster,
mirándonos un tanto preocupado—. Quiero decir que espero que no piensen
que estoy aquí con falsas pretensiones...
Era un hombre corpulento, de rostro colorado, y todo él daba la impresión de
ser un zorro grande y amistoso. Me había sorprendido enormemente el saber
que era —y de hecho sigue siéndolo— un librero especializado en libros
antiguos, con locales en el West End y una casa en Upper Norwood.
—De acuerdo —dijo George Cobett—. Es la historia en sí misma lo que nos
interesa.
Y empezó a llenar su pipa a la espera de que nuestro visitante justificase su
viaje a Essex.
—Bien, bien. Llegó a mis manos al realizar el inventario de una casona. Como
ya sabrán, estoy especializado en libros deportivos; no obstante, guardo en las
estanterías una amplia variedad de materias, que normalmente llegan a mis
manos con ocasión de subastas o embargos. Este libro en particular llegó junto
con un lote que perteneció al propietario de una casa en Surrey. El dueño
había muerto, y sus herederos —parientes lejanos todos— vendieron la casa
con todas sus pertenencias. Les fue imposible añadir dato alguno sobre el libro,
y no logré averiguar cómo llegó a manos del anciano. Quizá nunca lo sepamos.
Sea como fuere, aquí está.
Depositó sobre la mesa un libro grande y con aspecto de ser un diario o un
libro de notas. Su estado de conservación era bastante lamentable, y sus
cubiertas azules se habían tomado grisáceas. Era posible que hubiese pasado
por las manos de un librero de viejo setenta u ochenta años atrás.
—El nombre que hay en el interior de la cubierta es el del reverendo Stephen
Gifford, vicario de Welford Saint Paúl, en Essex —dijo Harry—. El lugar me es
muy conocido, ya que un amigo mío posee una casita de campo cerca de allí, y
por esa razón sentí curiosidad de leerlo. Es algo, digamos, inusitado.
Se ajustó unas gafas con montura de concha y empezó a leer con voz
ligeramente ronca, pero rica.
La parroquia de Welford Saint Paúl es grande en extensión y pequeña en
parroquianos. A menudo, los visitantes se sorprenden de que la iglesia esté
dedicada a san Lorenzo, y me siento en la obligación de contarles que el
pueblo, al igual que muchos otros en Essex. obtuvo su nombre de los señores
de Manor —en este caso, del deán y capítulo de la catedral de Saint Paúl—,
quienes poseían, y siguen poseyendo, un buen trozo de tierra en este condado.
De hecho, muy bien pudiera ser la familia de terratenientes más antigua de
Inglaterra.
La iglesia es muy vieja. La mayoría de los edificios son normandos, pero las
paredes de la capilla y la pared norte del santuario fueron, evidentemente, obra
de los anglosajones, y como mínimo deben de tener unos mil años de
antigüedad. Lo cual es una edad muy respetable, incluso en este condado tan
antiguo. El edificio es pequeño y sencillo, sin ningún rasgo característico, y está
compuesto de capilla, nave y santuario, junto con una torre diminuta en su lado
oeste. No tiene naves laterales y, carente de toda pretenciosidad, el porche de
la cara sur fue construido por uno de mis predecesores, a principios del siglo
pasado. En el interior, las paredes están encaladas, y su blancura da al edificio
un aspecto sorprendentemente luminoso y espacioso.
En una de mis primeras inspecciones, no obstante, me di cuenta de que se
habían formado algunas grietas en las blancas paredes, y dado que mis
anteriores experiencias me sugerían que llamase a un técnico, así lo hice.
Como resultado de su visita, me comunicó lo que ya me temía: las dos paredes
norte, la de la nave y la de la capilla, estaban en muy mal estado. Con la
consiguiente llegada de los restauradores, empezó un período de actividad y
escándalo como esta pequeña iglesia no había conocido desde hacía siglos.
Al atardecer del cuarto día de obras, el cauto y paciente trabajo de los
restauradores descubrió, bajo la capa de cal que cubría toda esa pared del ala
norte del santuario, un pedazo de pared sobre el que se podía ver una capa de
brillante colorido. Me tomé la responsabilidad de cubrir esa pared y de llamar a
un especialista. Afortunadamente, conocía al hombre. Su nombre era Howard
Faragher, y había coincidido con él pocos meses atrás en la biblioteca de
Londres, cuando me hallaba allí visitando a mi amigo el auxiliar de bibliotecario.
No tenía su dirección, pero mi amigo nos podía poner en contacto. Llegó a
Welford Saint Paúl dos días más tarde. Era un hombre alto y correcto,
mediados los treinta, con el cabello totalmente desordenado y una amistosa y
anhelante expresión en el rostro.
—Bueno —dijo, después de haber examinado el fragmento de pintura verde y
roja—, ciertamente es una pintura medieval, y por los colores y la manera en
que han sido aplicados diría que se trata de una obra muy antigua,
posiblemente de finales del siglo doce.
—Pero ¡si está muy fresca! —protesté—. Yo creía que en los frescos...
Él me interrumpió.
—No todos los murales son frescos, como usted sabe, aunque todos los
frescos son murales. Esa técnica sólo es realmente posible en países con un
clima cálido y seco, lo que no es nuestro caso. No, esto es lo que llamamos
secco. Las pinturas solían estar compuestas de óxidos, y eran fijadas con
caseína, simple leche desnatada, a las paredes previamente encaladas. De
ese modo los colores se conservaban muy brillantes. Pero ahora, Gifford, voy a
necesitar varios días para descubrir el resto de esta pintura, que sin duda fue
cubierta durante la Reforma, y no pienso de ninguna manera esforzarme en
averiguar de qué se trata con exactitud hasta que haya finalizado, así que, por
favor, deje todas sus preguntas para entonces.
Estuvo trabajando durante una semana con cuidadosa meticulosidad,
conteniendo con suavidad y paciencia mi inquietud y curiosidad. Cada tarde
cubría la pintura con un trozo de tela y regresaba conmigo a la vicaría. Mis
impaciencias tropezaban siempre con una reserva gentil pero firme, y nuestras
conversaciones durante la cena solían versar sobre historia o música.
Sin embargo, al quinto día, después de cenar, retiró la servilleta de su cuello y
dijo abruptamente:
—He terminado. No, no vaya corriendo a verlo ahora. Es mejor que espere a
mañana y lo contemple a la luz del día; por otro lado, desearía tener un cambio
de impresiones con usted antes de que lo vea. Sugiero que nos acerquemos al
Axe and Compasses y charlemos con una jarra de cerveza en la mano. Me
parece que me merezco una cerveza.
No añadió palabra hasta que nos hallamos confortablemente sentados en
nuestra posada local. Entonces, después de un buen trago de cerveza, me
miró con expresión burlona y dijo:
—Creo que hemos encontrado a san Tosti.
Francamente, al principio no sabía de qué me estaba hablando. El nombre me
era absolutamente desconocido.
—¿Tosti? —dije—. ¿Un italiano?
—Está pensando en el compositor —dijo, acompañando sus palabras con una
risita—. No, no, el santo era inglés como usted y como yo, supongo. Al menos
seguro que era anglosajón; sin sangre normanda en sus venas. Creo que
nunca fue muy conocido, pero destacó en las primeras décadas del siglo once.
Empezaba a entender.
—Entonces vivió en una época demasiado tardía como para ser mencionado
en la Historia de Beda el Venerable...
—Exacto. Y demasiado pronto para haber conocido a los invasores
normandos. Pero es usted quien debería explicarme algo de él —dijo, otra vez
con su sonrisa irónica.
—¿Yo? Pero...
Me había quedado sin habla.
—No tiene ni idea, ¿no es así? Bien, el hecho es que su iglesia estuvo una vez
dedicada a san Tosti. No hay ninguna duda al respecto. De hecho, cuando nos
conocimos en la biblioteca de Londres me hallaba investigando la historia
eclesiástica de Tendring Hundred para un cliente, y ése fue precisamente uno
de los detalles que me llamó la atención. No obstante, la información relativa a
Tosti es escasa; algunos fragmentos en la biblioteca, un poco más en los
Archivos Diocesanos de Londres... y eso es todo. El nombre es ciertamente
anglosajón. Quizá recuerde que el rey Harold Godwinson tuvo un hermano
llamado Tosti o Tostig, que lo traicionó aliándose con Harold Hardrada.
—¡Pero es extraordinario! —exclamé—. No hay ninguna mención de ello en el
registro parroquial. Yo suponía que el tal Tosti era lo que podíamos llamar un
santo local, que no era reconocido por el Vaticano.
También era cierto que hasta el siglo trece el pontífice no se reservó el derecho
de canonizar. Antes de esa época hubo algunas irregularidades, que fueron
velozmente extirpadas con el nuevo decreto. El culto a san Tosti, al igual que
muchos otros, debió de ser visto desde un principio como superfluo y poco
ortodoxo dentro del cuerpo de la Iglesia.
—Esto explicaría por qué nunca había oído hablar de él. Además, muchos de
estos santos locales fueron posteriormente aceptados y gradualmente
canonizados. ¿Qué sucedió con este hombre?
—No lo sé realmente —dijo Faragher, encogiéndose de hombros—. Parece
que todo fue algo, digamos, dudoso. Las citas son escasas, como ya le he
dicho, y no tomé ningún apunte de ellas en particular, pero sí recuerdo que no
pude encontrar nada en la vida de ese hombre que me sugiriese santidad. Un
comentario escrito a finales del siglo doce, creo, ponía mucho énfasis sobre el
supuesto celibato que mantuvo a lo largo de su vida, pero allí donde uno
espera encontrar detalles confirmando el hecho de que el santo estaba
siguiendo el camino de Nuestro Señor, o de que se hallaba dentro del cuerpo
de la Iglesia, nada de nada. En realidad, más bien me dio la impresión de que
no tuvo mucho que ver con ella.
—Muy interesante en verdad. Pero entonces, ¿cuáles son las causas que
hicieron a la gente considerarlo como un santo?
—Hay algunas vagas referencias a ciertos milagros. Pero por ahora, Gifford,
tendrá que contentarse con eso. Ya sabe, la mayoría de las citas que he
encontrado hasta ahora son muy posteriores a la supuesta muerte de Tosti.
El alargado rostro de Faragher se iluminó de repente.
—Ah, sí —añadió—. Hay un detalle muy importante. Un cronista que escribió
alrededor del año mil ciento veinte dice que Tosti estaba dando directrices a
sus hermanos, ésa es la palabra que usa, cuando en medio del sermón,
simplemente, desapareció. La frase es inequívoca: no murió, sino que
desapareció. Ése es el único dato de que se dispone acerca del final de san
Tosti, y el cronista dice que lo obtuvo de un testigo presencial. Curioso, ¿eh?
—Mucho. ¿Y qué le hace pensar que el mural representa a este, más bien
dudoso, santo?
Mi compañero amagó un bostezo, y de repente me di cuenta de cuan cansado
se le veía.
—Prefiero responderle a esa pregunta mañana, cuando vea el mural. Luego,
quizá podríamos ir los dos a investigar más detalles en los Archivos de la
Archidiócesis. Pero ahora, si no le importa, cambiemos de tema. Me tomaría
gustoso otra cerveza, y entonces sí que estaré dispuesto para echar un buen
sueño nocturno.
Al día siguiente mi primera obligación era la de dirigir una breve eucaristía. El
servicio, en aquel día de la semana, era habitualmente muy poco concurrido. Y
me sentí muy gratificado por el hecho de ver a Faragher entre los asistentes.
En efecto, su presencia había incrementado el número de los congregados en
un cincuenta por ciento. Las sencillas y variadas frases del ritual, concebidas
por el espíritu de Dios y el espíritu de nuestros padres, absorbieron por
completo mi atención, y no fue hasta el final, tras pronunciar la bendición,
cuando mi curiosidad sobre aquel retrato volvió a despertarse. Howard
Faragher me estaba aguardando a la salida de la sacristía. Su inquietud por
mostrarme la pintura era tan grande como la mía por verla. Cruzamos el
santuario hasta donde se hallaba el trozo de tela colgada que tapaba el mural,
y cuyas dimensiones eran aproximadamente dos metros por uno veinte.
Faragher alzó la mano y, con gesto teatral, arrancó la tela de la pared.
Estoy seguro de que di un respingo. Me quedé atónito, en un principio ante la
pura belleza de aquella ignorada joya de la iglesia, pero acto seguido me
dominó otro sentimiento, de intranquilidad, engendrado por algo demasiado
sutil como para ser definido. ¿Era la impresión de orgullo que proporcionaba la
ascética expresión del hombre que teníamos, de tamaño natural, ante
nosotros? ¿Era el brillo extraordinario de aquellos ojos que nos contemplaban?
¿O más bien la extraña e incierta figura, como si fuese la sombra de un perro o
de un lobo, postrada a sus pies y medio camuflada entre sus ropas?
Todo el dibujo hacía unos noventa centímetros de ancho por casi dos metros
de alto. Los extremos estaban pintados con una imitación muy exacta y
detallista de los arcos románicos; las columnas no tenían más que unos cinco
centímetros. Entre ellas, sobre un fondo gris y por encima de un suelo verdoso,
estaba el santo. No cabía duda de que era considerado un santo; ¿qué otra
razón podía haber para que su imagen fuese guardada como un tesoro en una
iglesia cristiana? Sin embargo, había algo en su plácida y arrogante expresión
que sugería otra cosa. La figura era alta y delgada, desprovista de cabello y
con unas mandíbulas como de cascanueces; y sobre todo, tenía unos ojos
absolutamente llamativos. Al principio creí que los penetrantes iris eran de color
azul, pero una contemplación más detallada me hizo ver que eran más bien de
un gris indeterminado. Me hallaba divagando sobre ese detalle cuando
Faragher dijo:
—¿Se ha fijado en sus ojos? No hay ninguna duda de que eran azules, cosa
común entre los anglosajones... —Se tomó un respiro y resumió—: En los
tiempos de Tosti las diversas razas de los invasores, incluyendo a los
escandinavos, se mezclaron con los auténticos ingleses, por cuyas venas
también corría mucha sangre celta. Además, esta parte al noreste de Essex fue
siempre reclamada por los anglos y por los sajones asentados al este del país,
y no se puede decir con seguridad a cuál de ellos pertenecía el santo.
Hubo una larga pausa, en la que pareció que ponía en orden sus ideas.
—¡Ah! Sí, ojos azules —añadió—. Bien, azules del todo resulta difícil
encontrarlos en las pinturas medievales. Normalmente lo conseguían usando
azulita, cosa nada fácil. Por lo general, los artistas usaban, como en este caso,
una compleja mezcla de negro y cal, con un toque de rojo ocre. Cabe suponer
que el resultado sería una especie de marrón parduzco, pero no hay duda de
que lo que estamos observando intenta ser un azul. No hay ninguna duda.
Su voz perdió intensidad, y yo aparté con renuencia la vista de la figura
dibujada sobre la pared.
Su mano izquierda estaba alzada, como si estuviese bendiciendo, pero en
lugar de tener los dos dedos, el índice y el medio, elevados, como siempre
había visto hasta entonces, sólo tenía levantado el dedo índice, que señalaba
directamente a las alturas. Le comenté este detalle a mi compañero y éste,
retornando de sus propias ensoñaciones, replicó:
—Sí, muy interesante, en efecto. Y da credibilidad a la idea de que había algo
no del todo claro en la pretendida santidad de este hombre. Normalmente el
dedo índice extendido suele ser en este tipo de murales signo de
condenación... Y por otro lado, me llama igualmente la atención el hecho de
que sea la mano izquierda y no la derecha. Por cierto, ¿se ha fijado en lo que
sostiene con su mano derecha? Algo poco común, una especie de látigo de
nueve colas, ¿no es así? Este detalle en particular es el que me ha confirmado
que nuestro personaje debe de ser san Tosti. Pues en la mayoría de los
registros se menciona que llevó a sus enemigos ante sí con la ayuda de un
látigo. «Sus» enemigos, ¿Se da cuenta?, no los enemigos de Cristo.
—Entonces, ¿no es un símbolo de martirio?
—Ah, eso sólo se le podía ocurrir a usted. Está pensando en la parrilla
asociada a san Lorenzo. No, parece que no hay ninguna duda de que era Tosti
quien manejaba el látigo. Además, incluso Nuestro Señor expulsó a los
prestamistas del templo con la ayuda de un látigo, así que no deberíamos
pararnos en ese detalle mucho tiempo. Pero ahora dígame, ¿qué opina de
esto?
Y señaló a la curiosa figura semidifuminada a que me he referido
anteriormente. Se hallaba justo al lado del pie izquierdo del santo, y
parcialmente cubierta por el vuelo de su manto rojizo. Podía estar tendida en
cuclillas y alcanzaba más o menos la mitad de la altura del hombre. No se
podían distinguir sus rasgos y en realidad, cuando más la miraba, menos
seguro estaba de que la figura estuviese allí. Podía haber sido, meramente,
una mancha oscura sobre el fondo gris de la pintura. Sin embargo, era tal la
meticulosidad con que había sido representado el santo que me inclinaba a
pensar que no se trataba de una mancha.
—¿Puede ser un animal..., un perro o un lobo, quizás asociado a la leyenda de
san Tosti? —le pregunté a Faragher.
Su respuesta fue negativa.
—Y es más —añadió, tras pensarlo durante unos instantes—, un hecho, una
sugerencia me baila por la cabeza. —Hizo una áspera mueca—. Quizá lo
averigüemos al visitar los Archivos de la Archidiócesis. Y eso me recuerda que
el tiempo pasa. Si queremos hacer un buen trabajo en Colchester deberíamos
partir de inmediato.
Abandoné con renuencia la presencia del dubitativo y enigmático santo y me
escurrí hasta la sacristía para recoger mi abrigo y mi sombrero. Mientras me
alejaba, pude ver a Faragher observando intensamente una porción del retrato
y murmurando, casi para sus adentros: «¿Qué eres en realidad?; desearía que
te mostrases para saberlo con certeza».
El viaje hasta Colchester no es muy largo, y, normalmente, hecho por la
mañana a principios de la primavera, resulta particularmente agradable. No
obstante, mi impaciencia hizo que me pareciese bastante largo y tedioso. Por
fin, llegamos a la ciudad y nos dirigimos a los Archivos de la Archidiócesis.
Nuestra inquietud no fue cumplidamente satisfecha, pues la información sobre
san Tosti y los orígenes de Welford Saint Paúl era más bien escasa, tal como
suponía Faragher. Después de cerca de tres horas, sólo habíamos encontrado
unas pocas e inciertas referencias de acontecimientos milagrosos, y una
versión tardía —datada a mediados del siglo XIII—, comentando que san Tosti
había llevado ante sí a sus enemigos con la ayuda de un látigo. Aunque
también allí se podía leer la frase: «Los Hermanos de Tosti habían proclamado
en voz alta la magnificencia de Cristo», si bien probablemente se trataba de
una interpolación piadosa.
A las dos en punto el encargado de la Archidiócesis declaró con exacerbante
puntualidad que los Archivos estaban a nuestra entera disposición cualquier
otro día, por supuesto, pero que ahora tenía que cerrar. Y, la verdad, yo ya
empezaba a descartar la posibilidad de hallar alguna información válida,
cuando Howard Faragher lanzó un grito de alegría.
—¡Gifford!, escuche esto. Forma parte de un panfleto editado el año mil
seiscientos doce por el puritano Richard Fine. Se titula England, Rome and
Babylon, y me consta que Richard Fine fue un elemento importante en aquellos
tiempos tan intolerantes. Todas las copias fueron destruidas, exceptuando esta
página, que no obstante, tiene los bordes requemados...
—Pero ¿qué dice? —le apremié.
—Empieza en mitad de una frase: «... a su Señor mientras en Conversación
con sus Hermanos»; una referencia a la desaparición, creo. Y continúa: «Dicho
Tosti era conocido como asociado con un Ángel, como algunos dicen, u otros
que lo llaman un Espíritu y otras diferentes concepciones, no siendo una
Criatura Divina sino Diabólica». Y luego hay otro apartado, despotricando en
términos generales de la superstición papal.
El empleado, nada comprensivo, nos interrumpió con una discreta tos, y
Faragher se apresuró a devolver el viejo papel a su lugar.
—Le ruego nos disculpe —dijo—. No pretendíamos retrasarle. —Y mirando su
reloj añadió—: De todos modos, tenemos que partir ahora, si queremos
encontrar algún sitio donde almorzar.
Educada pero triunfalmente, me acompañó hasta la salida. Permaneció callado
durante unos instantes, pero en cuanto estuvimos alejados del acoso del
funcionario dijo con claridad:
—¿Qué piensa de todo esto, querido amigo?
Sólo tenía un pensamiento en la mente: la mortecina sombra que acompañaba
a la figura pintada del santo, tenía muy poco de angélica.
—Si no le importa —dijo Faragher, así que llegamos a Welford Saint Paúl—,
desearía permanecer aquí uno o dos días más. Este asunto se está volviendo
cada vez más interesante, y preferiría volver a tapar el mural, hasta que
estemos completamente seguros de qué se trata. Supongo que los
restauradores...
—No tiene de qué preocuparse —contesté—. Los restauradores sólo saben
que se ha descubierto una pintura y que está siendo examinada por un experto.
—¡Espléndido! Bien, ¿vamos a echarle otra ojeada, mientras queda algo de
luz?
La sombra que yacía a los pies de san Tosti seguía siendo tan enigmática e
indefinible como siempre. Tras contemplarla con detenimiento, Faragher dijo:
—Por favor, puede retirarse si así lo desea, Gifford. Voy a quedarme a ver si
puedo calcular con exactitud la antigüedad de esto. ¿Quién sabe? Quizá pueda
decirle incluso el nombre del artista que lo pintó —concluyó, mirándome con
una sonrisa.
Lo dejé solo, aunque dominado por unas sospechas imprecisas; fuera cual
fuese la verdad acerca de san Tosti, estaba seguro de que la pintura en sí
misma era impura. El orgullo en la cara del asceta, el perezoso y arrogante
gesto con que sostenía el látigo de maligna apariencia, la siniestra, casi
difuminada figura de su ignoto acompañante... ¡El acompañante! No hubiera
podido confirmarlo, pero estaba seguro de que la sombra se había desplazado
desde la última vez que la viéramos.
La luz casi se había ido ya cuando Faragher volvió a la vicaría. Parecía
preocupado. Dándose golpecitos en los labios con su largo índice en respuesta
a mi pregunta dijo:
—Pues no he avanzado mucho, me temo Mi apreciación original acerca de la
antigüedad del dibujo puede estar equivocada, ser demasiado tardía; puede
que corresponda a finales del siglo once. ¿Se ha fijado en los vuelos de las
vestiduras del santo? La meticulosidad con que están moldeados es un signo
inequívoco de antigüedad en este país. En efecto, los artistas posteriores
abandonaron las influencias que llegaban del continente y se concentraron
mucho más en la pureza esencial de sus obras. Incluso dudo que podamos
nunca llegar a averiguar quien pintó a Tosti para nosotros; simplemente, es
demasiado antiguo.
—Mañana —dijo más tarde, tras haber permanecido callado durante toda la
cena— creo que me acercaré a las Oficinas Diocesanas en Londres. No vale la
pena ir a Rochester o a St. Albans para consultar sus archivos y tratar de
encontrar más información; poca cosa más podrían aportarnos. Traeré mi
cámara a la vuelta y una bengala de magnesio. Trataré de tomarle algunas
fotografías decentes a nuestro misterioso santo.
Aquella noche me retiré pronto, dejando a Faragher con sus meditaciones.
Estaba muy cansado, pero no logré dormir nada bien; tuve unos sueños muy
inquietos. No fueron pesadillas, en el sentido de que no me produjeron terror,
aunque instintivamente sentí aislamiento y amenaza. Me hallaba en el patio de
la iglesia de Welford Saint Paúl, y a mi alrededor sólo se extendía una vaga
oscuridad grisácea. Ante mí estaba la iglesia; sus ventanales eran iluminados a
intervalos por las débiles llamas de las velas. Desde el edificio me llegaban los
sonidos de unos cánticos, aunque me era imposible, dada su suavidad —casi
etérea—, identificarlos e intentar recordar si la letra o la música me eran
conocidas. Caminé con desasosiego hasta el pórtico. Abrí las puertas y al
entrar en el edificio éste se oscureció repentinamente, aunque los cánticos
continuaron, tan débiles y atenuados como me sonasen con anterioridad. No fui
consciente de ello hasta que recordé el sueño por la mañana, pero el interior de
aquel edificio no tenía nada que ver con el de la iglesia de Welford. Tuve la
impresión de un vasto y casi infinito espacio; inmenso, oscuro y frío, sensación
que se veía reforzada, quizá, por la singular y distante cualidad de los cánticos
incorpóreos. Y según avanzaba, fui dominado por la sensación de que no era
bien recibido allí, ni nunca lo sería, aunque no podía decir el motivo. Algo
gigantesco, quizá el propio edificio, me era hostil, intranquilizadora y sutilmente
hostil. Es todo lo que recuerdo, pero es suficiente.
En el desayuno, Faragher, aunque continuaba abstraído, estuvo más
extravertido, y me saludó con una pregunta:
—¿Ha dormido bien? —Y sin esperar respuesta, continuó—: Yo no; he tenido
un sueño muy intranquilo.
Dejando a un lado mis propios recuerdos le dije:
—¡Cuéntemelo!
—Me hallaba caminando solo —dijo—, por un bosque o algo parecido. El cielo
estaba oscureciendo y sabía que debía alcanzar mi destino antes de que
anocheciera... No, no tengo idea de cuál era ese destino, ni siquiera el porqué
de tanta premura. Caminaba muy de prisa, y al hacerlo, me apercibí de que
algo me estaba acechando. No podía verlo, ni saber exactamente dónde se
hallaba, pero podía oír cómo se desplazaba, con espeluznante tranquilidad,
muy cerca de mí.
—Entonces, ¿era algo, y no alguien?
—No puedo estar seguro. ¡Ahí está el detalle malévolo! Yo sólo podía notar el
susurro de sus pasos al desplazarse casi a mi lado; oía las pisadas de sus
patas, muy largas. Creo que estuvo jugando conmigo, como el gato con el
ratón. Sí, tenía unas patas muy largas pero... me es imposible decirle cuántas...
Antes de que Faragher saliese hacia Colchester para coger el tren de Londres,
fuimos a mirar, una vez más, el dibujo del mural. Mi amigo permaneció callado,
aunque me observaba con inquietud, y de nuevo me dio la impresión de que la
difuminada figura que acompañaba a Tosti se había desplazado.
Estaba cruzando el patio de la iglesia después de los cantos de la tarde cuando
Faragher regresó de Londres. Sonriendo con tristeza me saludó con la mano y
luego empezó a descargar dos voluminosos paquetes del portaequipajes: uno
cuadrado y muy grande, que contenía su cámara y las placas; y una bolsa
alargada, como la de los jugadores de golf. Esta última contenía el trípode. Me
acerqué para ayudarle a transportarlo todo hasta la vicaría.
—Ante todo, vamos a cenar —dije—, luego me podrá contar todo lo que sepa.
—Hay poco que contar —contestó—. Un documento del siglo trece, escrito por
un clérigo de Saint Paúl, que se refiere crípticamente a reliqua Sancti Tostigii, y
un mandato episcopal del rey Eduardo VI dictaminando que un relicario fuese
destruido en la iglesia de Welford. Eso es todo. Nada que identificase a la
reliquia, y sólo la ausencia de otras pruebas me hace pensar que el relicario
estaba en relación con nuestro santo. Debió de haber contenido algún tipo de
reliquia, y muy bien pudo haber sido de Tosti.
Después de la cena llevamos el equipo fotográfico hasta el interior de la oscura
iglesia. Con la bengala de magnesio no era necesaria ninguna otra iluminación,
y media docena de velas fueron suficientes para alumbramos mientras
colocábamos el trípode y asegurábamos la cámara sobre él. Sólo entonces
volvimos a observar detalladamente la pintura. Al oír las siguientes palabras de
Faragher me dio un vuelco el corazón.
—La primera vez que examinamos esto ¿no estaba el acompañante de Tosti
parcialmente cubierto por las vestiduras de éste? —preguntó.
—En efecto —contesté vacilante—. Pero ahora hay un claro espacio entre
ambos. La sombra, definitivamente, se ha desplazado hacia un extremo del
mural.
El malsano pensamiento de que trataba de salirse de la pintura me sacudió.
Pero este detalle absolutamente imposible no hizo más que reforzar el interés
de mi amigo. Con premeditada calma, tomó tres fotografías del dibujo y luego
empezó a recoger su equipo, diciendo:
—Las revelaré por la mañana, y veremos qué secretos nos revelan.
Yo cargué con el trípode y Faragher tomó la cámara y las placas. Todavía no
había salido la luna, y unas gruesas nubes oscurecían el cielo. La oscuridad en
el patio de la iglesia era casi sobrenatural. No se veía ninguna luz en la vicaría;
el ama de llaves hacía tiempo que se había ido. Afortunadamente, el recorrido
era breve y en línea recta, así que no tuvimos dificultad en alcanzar la entrada
de la vicaría. Sin embargo, una vez allí, como hecho adrede, tropecé con el
escalón y me caí, torciéndome seriamente el tobillo. Dejé caer el pesado fardo,
pero Faragher lo recuperó ileso. Luego, cargando con los dos bultos, y
ayudándome mientras yo avanzaba a saltitos, alcanzamos la puerta de entrada
a la casa.
Tomé la llave y abrí la puerta, para que él pudiese entrar y encender las luces
antes de socorrerme. Noté, mejor que vi, cómo entraba palpando las paredes
en busca del interruptor eléctrico, que está al lado izquierdo de la puerta,
apenas se entra. Se oyó un apagado «clic», pero las luces no se encendieron.
Oí la voz de Faragher diciendo:
—Lo siento, pero parece que se ha fundido la bombilla. ¿Lo intento con la luz
del estudio?
—De acuerdo —le contesté—, hágalo, por favor. La puerta se halla a sólo unos
pocos metros más allá, en la misma dirección.
Poco después oí cómo se abría la puerta del estudio, y de nuevo sonó el
amortiguado «clic» en la oscuridad.
—Esto es irritante —dijo—. Tengo la impresión de que nos las tendremos que
apañar con velas por esta noche. Mañana ya intentaremos arreglar la
instalación.
Suspiré, por qué negarlo, con cierto mal humor.
—Muy bien. Las velas están en la cocina, en una bandeja debajo de la alacena.
La segunda puerta, seis metros a la derecha.
Oí cómo palpaba su itinerario a lo largo de la pared. El tiempo parecía estar
inmovilizado y, cuando me llegó de nuevo su voz, ésta parecía extrañamente
distante.
—¡Gifford! Ha dicho la segunda puerta a la derecha, ¿no? Pues ya he recorrido
los seis metros y todavía no he hallado la puerta.
Algo parecido al miedo me sacudió. No hacía mucho que vivía en la vicaría,
pero sí lo suficiente como para saber dónde se encontraban todas las
habitaciones.
De nuevo se oyó su voz, clara pero muy débil.
—Parece que hay un recodo en el pasillo. No recordaba ese detalle.
Tampoco lo recordaba yo; sabía que el pasillo cruzaba la casa en línea recta,
de un lado a otro, hasta llegar a la puerta que daba al jardín.
De repente, noté una nota histérica en la voz de Faragher cuando dijo:
—Lo intentaré por aquí; quizás encuentre la puerta por este lado.
Su débil voz me llegó de nuevo poco después.
—Aquí no hay ninguna puerta.
Hubo un silencio terriblemente largo, y cuando volví a oír la voz de mi amigo,
ésta parecía venir del infinito. Sus palabras fueron sencillas y, dadas las
circunstancias, terroríficas.
—¡Dios mío!
Su voz parecía percutir, como un eco, desde el vacío, como si reverberase en
el abismo; la oí durante varios minutos hasta que finalmente cesó.
Desesperado, me incorporé en la entrada, olvidando el dolor de mi tobillo, y
busqué a tientas el interruptor eléctrico. Lo hallé, lo accioné, y la luz brotó en la
oscuridad, para revelarme el recibidor, tal como siempre había estado. Corrí de
la entrada al otro extremo de la casa.
—Faragher —gritaba. Y de nuevo—: ¡Faragher!
Luego el dolor y la confusión me vencieron y caí al suelo desvanecido.
Me desperté en un alba grisácea. Me temblaba el cuerpo de frío y la cabeza
parecía que iba a estallarme. Desesperado y desesperanzado, me arrastré
cojeando a través de la casa, en busca de alguna señal de mi amigo. No
encontré nada. La puerta trasera estaba cerrada. También lo estaban las
ventanas, previsoramente, dado el relente nocturno, y aunque no podía jurar
que él no hubiera vuelto del interior de la casa en la oscuridad, pasando por
encima de mi cuerpo tendido en el suelo, sabía que no había sucedido así. La
respuesta no se hallaba en el exterior de la casa, ni tampoco dentro de ella.
Permanecí tumbado en el sofá de mi estudio por espacio de dos horas, con la
cabeza y el tobillo palpitándome incontenibles, y por fin concluí, tal como había
pensado desde el principio, que la respuesta se hallaba en el maldito mural,
con el falso santo y su infernal acompañante. Era una respuesta, pensé, que
ellos se guardarían para siempre.
En eso me equivocaba. Con la ayuda de un grueso bastón, crucé vacilando el
patio y entré en la iglesia, sin saber lo que iba a encontrar, pero lleno de temor.
En el santuario, el trozo de tela continuaba cubriendo la pintura, pero antes de
descubrirla, me arrodillé ante el altar, orando para comprender lo que debía
hacer, y pidiendo fortaleza para hacerlo. Fortalecido, pero no menos tranquilo,
avancé hasta la pared norte y tiré con energía del paño. Había suficiente luz
para poder ver la pintura con claridad, y cada detalle de ella se me quedó
grabado en la memoria. Quedé contemplándola durante varios minutos; una
sensación de malestar me fue empapando el espíritu, y entonces hice lo que
tenía que hacer. Bendiciendo la precaución que había tomado, al evitar que los
restauradores contemplasen la pintura, alcé el bastón y martillé con él la pared,
trozo a trozo, hasta que todas las partículas de yeso saltaron al suelo. Luego
pisoteé los trozos de yeso bajo mis pies; pronto sólo quedó una capa de polvo
sobre el suelo. No me iba a ser difícil idear alguna historia para satisfacer la
curiosidad de los restauradores. Por fin, sofocado y sollozando, me arrodillé de
nuevo ante el altar y oré por el alma de Howard Faragher.
El mural, en su último día, estaba tal como lo habíamos visto por primera vez,
excepto por un detalle. La delgada figura de san Tosti seguía de pie, sujetando
su látigo y apuntando con el dedo a las alturas, y la difuminada forma de su
acompañante volvía a estar semioculta bajo su manto, junto al pie izquierdo.
Pero ahora, los rasgos de la sombra eran distinguibles; débiles, pero muy
claros. Eran los rasgos de Howard Faragher.
Harry Foster dejó a un lado el libro y se quitó las gafas.
—Sólo hay que añadir un detalle —dijo—. Gifford dice que cuando reveló las
fotografías, sólo encontró la imagen de san Tosti. Ni rastro de una sombra o de
algún tipo de acompañante. Quemó las copias y las redujo a polvo.
Harry nos observó uno a uno con una sonrisa irónica y dijo:
—¿Y bien? ¿Qué conclusión sacan de todo ello, amigos?
—¿Ha hecho usted alguna averiguación en los archivos parroquiales, por
ejemplo? —pregunté dubitativamente—. ¿Y qué hay del tal Tosti?
Harry encendió un puro y le dio un par de chupadas antes de contestar.
—No he vuelto a ir a Welford Saint Paúl —dijo—, ni tengo intención de hacerlo.
Quizá porque temo que la historia pueda ser verdadera, y quizá porque temo
que no lo sea. Todo lo que puedo decirles es esto: hace un par de semanas
adquirí un directorio clerical de Crockford, una copia del año mil novecientos
diez, y hallé que un tal Stephen Gifford había sido el vicario de Welford Saint
Paúl desde el mes de febrero del año mil novecientos siete. —Se encogió de
hombros—. Dejémoslo así, ¿no les parece?
Dirigí una fugaz mirada a George Cobbett, que tenía los ojos fijos en la mesa
ante sí. Tenía la mandíbula contraída y los labios apretados. Y pude ver que
estaba pensando, al igual que yo: «¿Lo dejamos?».
El recuerdo
Vincent McHardy
Nacido el 26 de abril de 1955, el escritor canadiense Vincent McHardy reside
normalmente en Agincourt, Ontario. Después de tres años de estudios de
antropología en la universidad de York, McHardy estuvo viajando algún tiempo,
hasta que, recientemente, se decidió a escribir. Su entusiasmo desde
adolescente por la literatura fantástica (siendo joven leyó 35 libros Dark
Shadows y 76 Doc Savage, en un período de cuatro años, y dice haber leído
hasta quince veces desde que lo tuviese en sus manos por vez primera
Something Wicked This Way Comes [Algo perverso viene de allí], de Ray
Bradbury) ha dirigido sus pasos como escritor hacia la fantasía y el terror. Sus
relatos breves han aparecido en varias publicaciones: Reader's Choice, The
Horror Show, Moonscape, Damnations, y otras. El recuerdo fue publicado por
primera vez en una pequeña revista canadiense, Quarry, y también ha sido
vendido para su emisión por la radio canadiense. McHardy está ahora
buscando un editor para que le publique una colección de sus relatos de terror.
Si tiene muchos más tan espeluznantes como El recuerdo, seguro que recibirá
varías propuestas.
La señorita Brock tiró enérgicamente del cajón de su mesa. En su interior se
apilaban los tesoros confiscados entre los alumnos de la clase 402. Gomas de
mascar. Pistolas de agua vacías. Cómics. No era nada fácil enseñar a 32
estudiantes, pensó la señorita Brock. Era difícil que pasase un día sin que el
apetito del cajón de su mesa fuese saciado con algún nuevo juguete.
—William, trae eso aquí inmediatamente.
Will se enderezó en su silla. Cogido en falta, se quedó silencioso, esperando
que ella no hubiese visto lo que él sabía que sí había sido captado por su
mirada acechante.
—William, he dicho ahora.
«¿Por qué ahora? —pensó Will mientras se acercaba a la mesa—. ¿Por qué,
como siempre, todo tiene que ser ahora?»
—Venga, abre la mano. Veamos lo que escondes.
Conteniendo las lágrimas, Will mostró su mano abierta. Biffle, el payaso en
forma de laberinto, mostró sus ojos ciegos y huecos. Su boca abierta trataba de
captar las bolitas que iban de un lado a otro en el fondo del estuche.
—Vaya, un laberinto. Te buscas problemas por una baratija como ésta...
—Señorita Brock... —dijo.
—No creo que valga la pena castigarte. Pero no puedo hacer una excepción, ni
siquiera con un alumno favorito. Te quedas castigado hasta las cuatro.
Siéntate.
Mientras regresaba a su sitio, Will pudo oír el gemido sollozante de Biffle desde
el interior de la mesa de la maestra. Había quedado semicubierto por los
tebeos de Tommy Huspens sobre monstruos del cine. No tenía ninguna
oportunidad allí encerrado. Dentro, en la oscuridad. Ellos podrían...
—William, deja de sollozar —dijo la señorita Brock—. Ya conoces las normas.
No estáis aquí para jugar, sino para aprender. Todos los juguetes van al cajón.
—Luego añadió—: Ahora, chicos, sacad vuestros libros de geografía.
Will no se enteró de lo que la profesora había dicho; estaba preocupado a
causa de las serpientes que se estaban acercando a su pupitre. Habían
empezado a aparecer en el momento en que ella encerró a Biffle. Se habían
colado por la ventana en grupo compacto, atraídas por el olor de su miedo.
Solo, lejos de la protección de Biffle, tenía que actuar con diligencia.
Temblando, Will extrajo del bolsillo trasero de su pantalón cuatro plumas de
paloma y cuatro de estornino. Sin apartar la vista de la maestra, las dejó en el
suelo, suavemente, colocándolas alrededor de su silla. Una vez a salvo del
peligro que culebreaba por el suelo, se enderezó. Las serpientes trazaban
círculos alrededor del pupitre. Contenidas por el momento, buscaban un
resquicio para avanzar.
La señorita Brock permaneció de cara a la pizarra, dando a Will la oportunidad
de formular un último conjuro. Sacó del bolsillo de su camisa la piel seca de
una serpiente. Desmenuzándola hasta convertirla en un fino polvo, la esparció
por encima del pupitre. Humedeciéndose los dedos, escribió ocho veces la
palabra FUERA. Luego, hizo una pelotita con los residuos. Las serpientes
dejaron de moverse acechando. Sus lenguas colgaban lánguidas. Will se volvió
hacia la ventana y lanzó afuera la pelotita.
Estaba a salvo, pero ¿por cuánto tiempo? ¿Qué podía pasarle sin la protección
de Biffie? Él debía regresar. Era su única oportunidad. Biffle ya le había
demostrado su magia, desde la primera vez que apareció en la vida de Will.
Éste tenía cuatro años, y había ido a la ciudad a realizar las compras
navideñas con su hermano mayor. La luz del semáforo estaba en ámbar, y
John gritó: «Corre, lo conseguiremos». Fue entonces cuando Will vio a Biffle
sentado sobre un banco lleno de nieve. Él se paró y Biffie sonrió. John cruzó y
lo atropellaron. Biffie había salvado a Will y condenado a su hermano.
Su amistad había sido sellada con sangre. Nacida entre la sangre, debía
concluir con sangre.
¿Por qué había permitido que ella viese a Biffle? Falta de precaución era todo
lo que se le ocurría. Ella siempre se había portado muy bien con él. Nunca le
regañaba. Jamás le pegó, como hacían sus padres. Se había sentido seguro
en la escuela, y había bajado la guardia.
Tantos años de rapiña la habían vuelto avariciosa. No tenía suficiente con las
chucherías de los otros. Buscaba con avidez algo grande como postre. Lo
había olido. Lo había cogido, masticado y tragado. Biffle pudriéndose en la
oscuridad... Ella no estaría dispuesta a devolvérselo por las buenas, y él no
tema fuerza para obligarla. Podía intentar hacer un trato con ella, pero no
poseía nada factible para realizar un intercambio. ¿Qué hacer? Estaba perdido.
Había gastado todos sus recursos en mantener alejadas a las serpientes; ellas
no se habrían atrevido a sacar las cabezas si Biffle hubiese permanecido con
él. Solo, era débil, una hoja seca sacudida por la brisa más suave.
Desde su solitario observatorio, contempló a la señorita Brock desplegando su
magia. Su poder como bruja era incomprensible. Nunca la había visto usando
conjuros, marcas o movimientos con las manos. Pero sabía en cada momento
lo que estaba haciendo cada uno de ellos. Estando de espaldas, cogía en falta
a los truhanes y los castigaba con fría determinación. Nadie cuestionaba su
autoridad.
Will observó como una gota de sudor se le formaba a la maestra en la barbilla,
resbalaba y se le deslizaba por el cuello hasta perderse en las profundidades
del vestido.
La campana del recreo rescató a los alumnos de los misterios de la geografía.
Al igual que las cuentas de un collar roto, se desparramaron por el ardiente
asfalto del patio. Los juegos y charlas acapararon la actividad de los chicos. Se
formaron grupos. Algunos continuaban los debates interrumpidos el día
anterior. La actividad se adueñó de todos y cada uno de los muchachos,
excepto de Will. Observando y a la espera, se sentó a la sombra, apoyándose
en el muro de ladrillos opuesto al edificio del vigilante.
Podía llegar en cualquier instante, desde cualquier punto. Pero él estaba
preparado. Sin la protección de Biffle no se atrevía a darles alguna oportunidad
jugando como los otros muchachos. Su método de defensa era burdo; una
última solución a la desesperada. Se sentó dentro de un círculo trazado con
tiza, media circunferencia sobre el suelo y la otra media sobre la pared. Marcó
los cuatro puntos cardinales con las siglas B-I-F-F. Entre sus piernas abiertas
dibujó a Biffle. Puso color en sus tristes ojos vacíos, y le cerró la boca abierta
por el miedo. Norte, sur, este y oeste alrededor del dibujo: depositó cuatro
canicas transparentes. Por el momento, era todo lo que podía hacer.
Un nubarrón tapó el sol, y la temperatura descendió. Hojas de yerba seca
corrieron por el patio, confundiéndose con el alquitrán. Will se apercibió del
cambio y cerró las piernas. Henry Kenner y su banda dieron la vuelta a la
esquina y lo vieron. Will conocía a Henry, quien se había proclamado a sí
mismo cabecilla del recreo, y sabía que iba a tratar de sacar partido de esa
oportunidad.
—Vaya, vaya, mira a quién tenemos aquí —dijo Henry cuando se hubo
aproximado—. Pero si es el favorito de la profesora... ¿Qué te pasa? Pareces
enfermo. Deberías visitar al veterinario.
—Oye, éste puede servir —dijo Fred Bollo, el compinche de Henry—. ¿Por qué
no le muestras a él la fotografía? Quizá le levante la moral.
—Acabas de leerme los pensamientos, Fred. Toma, favorito, échale un vistazo
a tu señorita.
Henry se sacó del bolsillo de la chaqueta una fotografía arrugada y con un
gesto lleno de arrogancia se la plantó a Will delante de los ojos.
Will intentó mantenerlos cerrados, pero le fue imposible. Justo en el momento
en que lo intentó, supo que el círculo había sido violado. La intriga del mal
había derrumbado su única defensa. La húmeda mano de Henry sostenía un
retrato de la señorita Brock desnuda, abierta como un pez destripado. La
fotografía era una burda falsificación; la cabeza la habían recortado de un
panfleto de la Asociación de Padres y Maestros, y el cuerpo de una revista para
hombres. Sin embargo, el efecto sobre Will fue auténtico.
Will trató de apoderarse de la fotografía, incorporándose enérgicamente.
—¿Cómo os habéis atrevido, ignorantes? ¿Cómo osáis intentar arrebatarle el
alma? ¡Dadme eso!
Pero, anticipándose a sus movimientos, Henry le dio un empujón y lo aprisionó
contra la pared. Sus secuaces se adelantaron y sujetaron a Will, cogiéndolo por
los brazos.
—Eh, tú, no te lo tomes así. Te estoy haciendo un favor. Estás aquí para ser
educado, ¿no? Bien, ellos no te van a enseñar este tipo de cosas. Te estoy
mostrando lo que ellos no quieren que sepas, ¿entiendes? Estás en deuda
conmigo.
Henry alzó la arrugada fotografía y la pasó ante los rostros de su pandilla.
—Os digo que el favorito va a empezar a comprender quién manda aquí.
Risas de burla brotaron del corrillo.
Fred fue el primero en dejar de reír, apercibiéndose de lo que había en el lugar
donde Will había estado sentado.
—Will, mira esto. Alguien ha perdido sus canicas —dijo.
—Aja —rugió Henry—. Es una lástima lo poco que se preocupa la gente de sus
pertenencias. Las dejan por ahí tiradas, haciendo que se extravíen. Bueno,
deben aprender por el camino difícil.
De un violento puntapié, las mandó lejos de sus disposiciones alrededor de la
órbita.
—¡Pandilla! —gritó, abriéndose paso.
El grupo se alejó remoloneando; dudaban si debían darle a Will un toque
definitivo.
Relajándose, Will se dejó caer y empezó a llorar. A través de sus irritados ojos
pudo ver el rostro de Biffle pateado. Indagando en lo hondo de sus bolsillos,
Will extrajo dos monedas de plata. Se las colocó bajo la lengua, y se concentró
en sus lágrimas. Pestañeando, provocó que dos gruesos lagrimones se
deslizasen por sus mejillas. Cayeron sobre el rostro de Biffle, y éste pudo ver.
Tocándose la cara con un dedo, Will trasladó otra lágrima, y Biffle pudo hablar.
—Por ahora estamos a salvo. Esperemos y veamos. Tenemos tiempo —dijo.
Las clases de la tarde se convirtieron en una pesadilla. Will esperaba que
Henry fuese descubierto, su imagen vudú destruida, su maldición exterminada.
Pero la señorita Brock ignoró tal posibilidad. El poder de Henry había acabado
con la clarividencia interior de la maestra. El silencio se hizo en el aula, y
empezó la lección. Pronto se haría evidente que la señorita Brock estaba en
peligro.
La primera evidencia no tardó en acontecer. A los diez minutos de empezada la
clase, el trozo de tiza que ella estaba usando se partió en dos. Los trozos que
quedaron eran demasiado pequeños para escribir con comodidad. Cuando se
aproximaba a un armario próximo a su mesa en busca de otra barra, patinó, se
rompió el tacón del zapato y se dio un fuerte golpe en la espalda. Pasó el resto
de la jornada con constantes dolores.
Desde su posición, dos hileras más atrás, Will podía ver como Henry estaba
contemplando el retrato de ella. La señorita Brock estaba perdida; confundida,
iba de un desastre a otro. Ella debería tomar precauciones, formar una
defensa, lanzar un conjuro, incluso podía usar los tesoros que guardaba en su
mesa. Ni lo intentó. Se sentó y quedó prendida del mágico magnetismo que la
sonrisa de Henry tema.
El ataque final se produjo a las tres menos diez. La señorita Brock se acercó al
armario en busca de un mapa. Pasaron unos instantes y luego ella lanzó un
grito. Todos los ojos confluyeron sobre ella, que apareció totalmente cubierta
de pintura. Azul, rojo y amarillo, los colores le goteaban por el lado izquierdo de
su cara, y se esparcían sobre su frente. El estante que soportaba los potes de
pintura se había caído de sus soportes cuando ella intentó tirar del mapa.
Henry la tenía en la palma de la mano, pensó Will. Podía cerrar el puño y
estrujarla cuando él quisiese. Pero decidió aguardar y seguir jugando por un
rato. La muerte sería lenta y dolorosa.
No había nada que hacer. La señorita Brock dio por finalizada la clase antes de
la hora, y le dijo a Will que viniese una hora antes el día siguiente, para cumplir
con su castigo. Nunca antes había hecho esto. Su sentido del orden se había
debilitado. Estaba perdida. Y no tenía nadie en quien confiar.
Will se acordó de un roedor que había matado a tiros tiempo atrás. El animal se
quedó sentado tras recibir los tres impactos. Vomitaba sangre. Tenía la muerte
encima. Y enfrentándose al hecho de ser contemplado por la mirada llena de
satisfacción de Will y morir humillado ante él, el roedor usó sus últimas
energías para deslizarse debajo de unas piedras. Allí murió, comprimido entre
la fría tierra, solo.
La señorita Brock se iba a ir a su casa a morir. La gracia y la belleza de sus
enseñanzas se acabarían para siempre. El recuerdo de una gloria pasada, el
aula, una tumba era un lugar demasiado cruel para su memoria. La muerte era
una comunión privada. Y podía acontecerle esa noche, en su casa, a solas.
—Bien patanes. Fútbol —gritó Henry, abriéndose paso entre los muchachos.
La mayoría de ellos fue detrás de su líder hasta el campo. Will fue el último en
salir. Luego se quedó mirando cómo empezaba el partido.
—Mejor. Estará ocupado durante el encuentro. Me está otorgando el tiempo
suficiente —masculló Will.
Will cruzó el campo pensando en su historia favorita. En las horas de lectura
siempre se entretenía con la historia de David y Goliat. Le maravillaba cómo
David había vencido al gigante. En contra de todas las previsiones, intentó lo
imposible y lo consiguió. Will lo intentaría también.
El campo finalizaba en una torrentera que lo separaba de unos sembrados. Will
escogió una piedra del tamaño de su mano, y se escondió en la torrentera a la
espera de Henry. Éste nunca dejaba de coger ese atajo para ir a su casa. De
repente, empezó a llover. Will se escondió más todavía. El partido sería
interrumpido. Sobre la cresta de la ladera apareció la cabeza de Henry. Medio
deslizándose, medio tropezando, alcanzó el fondo. Empezó a trepar por la
pendiente opuesta, y estaba a medio camino cuando Will, saltando de su
escondite, le lanzó la piedra. Henry cayó de espaldas. Sus ojos quedaron en
blanco, vidriosos.
—Te han abandonado tus ejércitos. Goliat. Han salido corriendo. Y yo me voy a
asegurar de que nunca más te levantes. Will abrió su cuchillo de monte y
empezó su trabajo.
La señorita había pensado llamar al día siguiente por la mañana, excusando su
presencia por el resfriado que había cogido la tarde anterior. Aquel maldito
coche se negó a que le cerrasen la ventanilla, que permaneció abierta durante
todo el largo trayecto desde la escuela hasta su casa. Cuarenta kilómetros bajo
la lluvia y con el frío viento entrando con toda libertad en el coche.
Honestamente, el día anterior había sido el peor de toda su carrera como
profesora. Había estado a punto de tirar la toalla. Pero la devoción y su
optimismo la hicieron reconsiderar sus ideas. Si un caballo te tira, vuelve a
montarlo de inmediato, si no tendrás miedo el resto de tu vida, solía decir. Hoy
todo iría mejor.
Al entrar en el aula a las ocho menos cuarto se alegró de ver que Will ya
estaba allí, sentado en su pupitre, y a la espera de su castigo.
—William, ¿por qué has venido un cuarto de hora antes?
—Ya lo sé, pero estoy aquí desde mucho antes —le contestó Will,
enderezándose sobre su silla.
—¿De verdad? ¿Es eso cierto? ¿Qué razones tienes? La mayoría de
muchachos odian el venir y no pueden aguardar al momento de salir. ¿Qué
hace que tú seas diferente?
—Quería arreglar todo lo que ocurrió ayer, todas aquellas cosas terribles.
La señorita Brock sonrió burlonamente mientras ascendía el escalón de la
tarima. Sí, esa era la razón por la que no había tomado la baja.
—Oh, venga, William. Tampoco fui tan dura contigo. No quise serlo. Era la
primera vez que tenías un patinazo. Todos nos equivocamos alguna vez, y
tarde o temprano siempre pagamos por nuestros errores. No quería imponerte
ningún castigo. Pero tengo que dar ejemplo ante los otros muchachos. Si paso
por alto tus faltas, ¡Dios sabe qué acabarían haciendo los otros!
—Yo...
—¿Qué fue eso?
—¿Qué fue qué, señorita Brock?
—He oído un zumbido. Igual que... William, ¿qué fue eso?
Will bajó la vista hacia Biffle y lo sacudió un poco más.
—Oh, es tan sólo un amigo. La hemos estado esperando.
Sonrojándose de ira, tomó a Biffle. Will se quedó sentado.
—Pero si es igual que el de ayer. Has tenido la desvergüenza de traer otro
juguete estando castigado.
La señorita Brock pateó el suelo con sus tacones. Luego, arrepentida de su
debilidad, tomó a la mesa haciendo sonar fuertemente sus pasos.
—De acuerdo, William, te voy a dar la oportunidad de mostrarme cuántos
juguetes más tienes guardados. Te has ganado dos semanas de castigo.
—Está equivocada, señorita Brock —dijo Will levantándose—; sólo tengo un
Biffle. No existen más.
—¿Biffle? ¿Quién es Biffle? Te estoy hablando de ese pasatiempo. Yo...
A mitad de la frase se dio cuenta de que el cajón de su mesa había sido
forzado. La cerradura estaba rota, y trozos de astillas rasgadas emergían del
borde de la mesa.
—Pequeño vándalo. Lo has roto tú. Me has estado robando en el cajón.
Levantando su puño, lanzó con fuerza a Biffle por encima del pupitre de Will,
hasta que cayó al suelo despachurrándose. El zumbido finalizó. Las bolitas se
habían introducido en los agujeros de los ojos.
—Sucio ladrón. ¿Qué más has cogido?
Abrió el cajón con un tirón violento, y miró en él. Había cinco objetos. El retrato
estaba en el centro. Emplazados a su alrededor se hallaban dos ojos, una
lengua y una mano derecha.
Will la miró compasivo, tratando de hablar por encima de los alaridos de la
señorita Brock.
—Sabía que la estaban martirizando. Tenía que intentarlo. No quería que
muriese. Y estoy contento de haberlo cazado a tiempo. Tuve suerte de que no
me viese; era demasiado fuerte. Pero no se dio cuenta de que yo, un niño
pequeño, lo estaba aguardando, hasta que fue demasiado tarde para él.
»No se vaya. Ya no tiene nada que temer. Yo se lo he capturado. Se lo he
ofrecido junto con sus ojos que la contemplaban, junto con su lengua que
hablaba mal de usted, y con su mano que la tocaba. Usted está en el centro. Le
he devuelto el control.
»Señorita Brock, levántese. No se preocupe. Biffle dice que ahora está bien. Él
no es celoso. Puede quedarse con nosotros. A él le gusta usted.
»No se preocupe más. Nosotros la protegeremos.
Ecos
Lawrence C. Connoly
Escribir una historia completa en dos mil palabras o menos constituye una de
las metas más difíciles de conseguir para un escritor. Por otra parte, este tipo
de relatos son un subgénero dentro de la narrativa; debido a su brevedad,
suelen tener mayor difusión como poemas en prosa o chistes largos. Teniendo
en cuenta que los escritores suelen ser pagados por palabras, sólo los más
dedicados se toman la molestia de comprimir un relato en unas mil quinientas
palabras, ya que con el mismo esfuerzo podrían conseguir mejores ingresos,
dando al relato una mayor longitud. En Ecos, Lawrence C. Connolly nos da una
muestra de su capacidad de comunicarse en apenas mil palabras.
Connolly, que vive en Pittsburgh, ha trabajado como reportero, gerente de una
estampería, cantante folk y músico de estudio. Apareció en The Year's Best
Horror Stories: Series XI con la escalofriante narración Mrs. Halfbooger's
Basement (El sótano de la señora Halfhooger). También es poeta, y su novela
Circle of Friends (Círculo de amigos) estará pronto a la venta.
Marie se quedó de pie en la cocina, con la mirada fija en los pájaros imantados
que había sobre la puerta de la nevera. Poco después, Billy gritó desde la sala
reclamando leche para su hermano Paúl. Ella no contestó.
Paúl hacía tres meses que había muerto.
—¿Mami?
Miró a su alrededor, intentando recordar para qué había ido a la cocina.
—¡Mami! Paúl quiere leche. ¿Puedes traérsela?
El juego no podía continuar. Empezaba a ser aburrido. Billy ya era lo
suficientemente mayor como para comprender la muerte, para poder
comprender que era imposible que Paúl estuviese en la sala mirando la
televisión. Billy tenía seis años.
Paúl, de no haberse ido, tendría cinco.
Dio la vuelta para regresar a la sala y sintió el agudo e hiriente dolor en su
espalda, que el médico le había dicho que sentiría el resto de su vida. Marie
tenía veintinueve años. El resto de su vida... Eso era mucho tiempo si moría de
vieja y no de otro accidente. Se preguntó si alguna vez podría considerar el
dolor como algo normal.
La sala estaba a oscuras. Antes del desayuno había intentado correr las
pesadas cortinas azules pero Billy no le había dejado. Se había vuelto un chico
casero, y prefería las habitaciones oscuras antes que el mundo exterior.
Prefería la compañía de su hermano muerto antes que la de los niños vivos. Se
sentaba solo, apoyándose en el brazo del diván, con el cuerpo grácilmente
lacio. Era sorprendente la rapidez con que su joven cuerpo se había
recuperado. Los miedos habían desaparecido. Sus huesos rotos ya estaban
soldados. Observándolo, era difícil pensar que también él resultó afectado.
Un donut entero estaba sobre la mesita. Ella lo señaló y dijo:
—¿No te lo vas a comer?
Él negó con la cabeza.
—Se lo he dejado a Paúl, pero no se lo comerá si no le traes leche. Está
enfadado porque no le has preparado el desayuno.
Ella miró a la televisión y preguntó:
—¿Qué están dando?
—Edge of Night. Paúl quiere saber si...
—¿No hay ningún programa infantil?
—Sí, pero tú pusiste este canal. ¿Te acuerdas? Lo pusiste, y luego te fuiste a
la cocina. Paúl dice...
—Bueno, mejor lo quitamos. Tengo dolor de cabeza y...
—¿Por qué haces esto?
—¿Qué cosa?
—Hablar de otras cosas cuando yo hablo de Paúl.
—¿Qué quieres para almorzar?
—¿Mami?
Estaba a punto de llorar, y ella estuvo a punto de ceder, a punto de decirle
¡hola! al espacio vacío junto a Billy, a punto de ir a la cocina a por leche. Sería
fácil seguir el juego. Ella lo sabía. Ya lo había hecho antes. Y algunas veces se
había convencido a sí misma de que Paúl estaba allí...
—¿Mami?
Ella se dio la vuelta, conocedora de que, si la discusión continuaba, Billy saldría
ganando. Y ella no lo podía permitir. La noche pasada, Roger había regresado
pronto a casa y los había encontrado a los dos habiéndole a Paúl. Roger
entonces impuso su ley. Le había dicho que no era adecuada tal farsa. No lo
era para nadie.
Volvió a mirar hacia el diván, a su hijo mayor que volvía a ser un niño solitario,
y le dijo:
—Luego quiero que vayas al colmado. Nos estamos quedando sin mantequilla.
Billy empezó a mordisquear el donut intacto.
Marie se preguntó si lo estaba consiguiendo.
Más tarde, cuando la hueca tarde empezó a tomarse oscura, Roger se sirvió un
martini y le preguntó qué tal había ido el día. Ella le contestó que bien, y él,
tomando una silla, se sentó frente a ella, al otro extremo de la mesa de la
cocina. El ya no llevaba la escayola en el cuello, pero ella podía ver que el
dolor no mejoraba. El médico no quería que él trabajase la jornada completa,
pero Roger no era de los que aceptan órdenes. Seguramente se serviría dos
martinis más antes de cenar.
La televisión seguía conectada en la sala. Billy se había pasado todo el día
frente al aparato, mirando todo lo que habían puesto en el canal 4. El sonido
seguía estando demasiado alto. Roger miró por encima del hombro de Marie
hacia la sala, y algo en su expresión inquietó a su esposa.
Se temía lo que iba a venir.
—Marie —dijo él—. ¿Por qué está encendido el televisor?
—Por favor, Roger, deja al niño.
Ella se lo había insinuado. Seguro que sería suficiente. Pero miró hacia otro
lado cuando él se levantó de la mesa.
Él se acercó a la sala. La televisión quedó en silencio.
—No quiero que hagas esto —dijo él, regresando a la cocina—. No quiero que
sigas con ese juego en una sala vacía.
Ella gritó. Luego intentó contarle la conversación que había tenido con Billy
aquella mañana. Pero cada vez que ella empezaba, él le preguntaba por la
cena, o por sus labores, o por la señora Burke, su vecina.
Poco después, cuando pareció inútil insistir, ella se puso el abrigo y se acercó
al colmado a por mantequilla. Quedaba a cinco manzanas. El paseo era
doloroso, pero ella no quería conducir. Ya no se sentía segura en un coche.
Roger quedó atrás en la casa vacía. Se sirvió el segundo martini,
preguntándose si lo estaba consiguiendo.
La hija del ventrílocuo
Juleen Brantingham
Juleen Brantingham es algo reticente cuando se le pide alguna información
retrospectiva: «Nací en Ohio en 1942, y no hice nada interesante hasta 1977,
cuando llevé una primera entrega personal a Terry Carr para Universe 9. Había
publicado relatos en TZ, Asimov's y Shadows. Me agrada el horror a la
fantasía, especialmente los relatos breves —creo que las narraciones extensas
no producen el mismo tipo de impacto—, pero a pesar de mis preferencias me
hallo en la actualidad trabajando en lo que puede ser una novela de misterio y
suspense».
Brantingham podría haber añadido que ha publicado en gran cantidad fuera del
campo de la ciencia ficción/fantasía y que suele realizar una aportación regular
a las series antológicas de Charles L. Grant en Shadows. Igualmente confiesa
que la mayor parte de su trabajo es manuscrita, una práctica secreta en la
mayoría de los mejores escritores del género. Brantingham suele vivir en
Louisiana.
La hija del ventrílocuo sale del vehículo con dificultad, a cada movimiento sus
huesos protestan de dolor. Pronto pasará, se dice a sí misma. Todo su
desatino psicosomático desaparecerá ahora que el viejo bastardo se está
muriendo. Este es mi día más feliz, da un respingo al elevar la cabeza para
observar las polvorientas ventanas del piso superior. Por un instante las
lágrimas la ciegan.
El taxista no ha hablado desde que la recogió en la terminal de autobuses. Si
hubiese adivinado de quién se trataba, si la gente del lugar recordase todavía
quién solía vivir allí, él no tenía ni idea de ello. Pero cuando ella le hubo
pagado, miró a la casa y le dijo con el ceño fruncido:
—Señorita, ¿desea que la espere?
El no se atrevió a decir que probablemente no habría ningún teléfono por allí.
No era necesario. La abandonada imagen de la casa demostraba pobreza y
negligencia.
Ella negó con la cabeza y se alejó, esperando que él se apercibiese de la
insinuación y se fuera. Era un momento para la intimidad, y deseaba saborear
cada instante. No le importaba el hecho de que cuando hubiese finalizado lo
que había ido a hacer allí, ella tendría un largo paseo por delante. Por alguna
razón no podía verse haciendo ese camino, no podía imaginar ningún
«después». Había estado tramando su revancha durante años. A veces esa
había sido la única razón que la mantuvo viva, y había llegado a pensar en
«después» como pensaba en el cielo —una agradable hipótesis, pero sólo una
hipótesis, no teniendo absolutamente ninguna idea en relación con la vida,
como la que tenía que ser vivida.
Esperó, mirando a la casa, hasta que el sonido del vehículo se esfumó y se
fundió con el zumbido de los insectos en el atardecer veraniego. Luego,
dejando la maleta que había traído en el polvo del camino, anduvo el sendero y
subió los peldaños de la entrada. Su mano tanteó en busca del pomo de la
puerta, finalmente lo encontró un pie más bajo de donde su memoria lo tenía
emplazado. Era duro ver la casa como estaba ahora, cuando lo que fue había
sido mucho más real e importante.
El interior lucía algo mejor que el exterior. Él debía de haber pagado a alguien
para que entrase y limpiase la casa de vez en cuando. Quizás había estado
planeando regresar para una visita, antes de que esa última enfermedad le
hubiese hecho imposible el pensamiento de desplazarse más allá de unas
pocas manzanas.
Se paró en el recibidor, mirando a través del arco a la sala de estar. No había
pensado que esa parte de su idea iba a resultar tan difícil. Cuando partieron,
hacía 25 años, no se había llevado nada que no se pudiese llevar en las
maletas. De poder ignorar el dolor y que era algo más alta, todo estaría igual a
cuando solía correr a casa desde el autobús escolar para hallarlo a él
aguardándola, allí en aquel gran sillón a la sombra.
—¡Papi, estás en casa!
—Hola, Sookie. ¿Cómo fue hoy la escuela?
La escuela había sido terrible, como siempre, primero porque los había
separado y segundo porque los profesores y los otros niños eran extraños y
escandalosos, y a menudo hostiles. La gentil dulzura de su padre no la había
preparado para nada de eso. Se le mofaban de sus diferencias. Peor, ellos
decían cosas crueles acerca de él porque no trabajaba como otros padres y
permanecía en casa para cuidarla, viviendo de la herencia de la madre.
—Papi, hoy se han reído de mí.
Casi había tenido miedo de decírselo, temerosa de que se riese él también.
Pero entonces extendió sus brazos para auparla sobre sus rodillas y ella supo
que en ese lugar estaban a salvo de burlas, protegida por su amor.
—Ahora, ¿quién se reirá de mi Sookie?
—Estábamos estudiando el Middle East y la señorita Fredericks me dijo que
leyese parte de la lección. Tú sabes esas cosas, ¿ellos provocaban incendios?
El pensó unos instantes.
—Braziers.
—Sí, eso es. Bien.
La mujer sacudió la cabeza y abrió los ojos, alejando los recuerdos.
El no está aquí ahora. Está en el hospital y se está muriendo, Esto es lo más
divertido. El áspero sonido de su propia voz la asustó.
Se giró para cerrar la puerta de la calle y mientras lo hacía captó un reflejo de
aquel odiado rostro en el espejo. Rayos de sol relucían en el cabello rubio
platino de ella. Había dejado de teñírselo años atrás. De todas formas no
habría atraído a nadie.
¿Por qué? ¿No eres tú Sookie Nichols? Vi a tu padre en la televisión la otra
noche. No había reído tanto en años. ¡Ese hombre es un genio!
Este lugar no tiene buenos recuerdos para ella ahora. Él lo había arruinado
todo. Ella deseaba realizar lo que había ido a hacer allí, entonces podría irse
adonde no tuviese que verlo nunca más.
Moviéndose con lentitud para no agravar el dolor, se fue hacia el interior, pasó
por el recibidor y a través de la cocina. En el soportal que comunicaba la casa
con el taller donde nunca se le había permitido entrar, encontró algunos troncos
y el hacha que su padre usaba para partirlos. Hizo dos viajes, no sólo porque el
doctor le había prevenido contra los esfuerzos. Lo había planeado todo durante
mucho tiempo. No iba a permitir que se le precipitasen los momentos finales.
Cuando volvió a por el hacha, vaciló unos instantes ante la puerta del taller. El
lugar le había fascinado de niña. Deliciosas sorpresas habían salido de allí —
muñecas que golpeaban tambores de madera, un scooter, una flota de botes,
una casa de muñecas con un mobiliario que podía haber sido confeccionado
por duendes. Ella solía fastidiarlo o adularlo para que le dejase echar una
ojeada dentro; seguro que había algún tipo de magia dentro de aquellas
paredes.
Abandonó sin esfuerzo el marco de la puerta, despectiva ante los deslucidos
secretos del taller. Prendió un fuego en la enorme chimenea de la sala. La
madera estaba tan seca que prendió a la primera. Mientras lo hacía, fue
invadida por una sensación de premura. Él estaba muy lejos, en un hospital,
casi en estado de coma, pero podía recuperarse y preguntar por Sookie. Y de
hacerlo averiguaría lo que estaba haciendo, enviaría a alguien tras ella para
detenerla. Corrió afuera en busca de la maleta y para asegurarse de que no
había nadie subiendo por la carretera desde la ciudad. Por el momento la
carretera estaba vacía. Mas ¿por cuánto tiempo continuaría así? ¿Por cuánto
tiempo debería ella hacer lo que tenía que hacer?
El corazón le golpeaba intranquilo en el pecho. Siempre le sucedía en
momentos como ése. El especialista decía que no era un problema orgánico,
pero ¿cómo lo sabía? ¿Cómo podía nadie saber eso sin ninguna posibilidad de
error?
Hubo tiempos —cuando su marido la abandonase, cuando su hijo fue
arrestado—, tiempos en los que se había preguntado si era ella, también, un
producto del taller mágico de su padre, si tenía un corazón o no. Se sentía
irreal, manipulada por fuerzas externas pero que no la afectaban
profundamente. De alguna manera agradecía la intranquilidad, como una
prueba.
Dejó la maleta en la sala, se arrodilló a su lado para abrir los seguros. Le
temblaban las manos. Tenía que detenerse un momento para serenarse. Esa
era la parte más ardua. Pensó en lanzarla al fuego sin abrir, pero de hacerlo
nunca podría estar segura de que Sookie no regresaría para obsesionarla.
No, tenía que hacerlo de la forma correcta. Tenía que ser fuerte. Tenía que
ignorar el leve dolor que palpitaba en su pecho.
El cambio había empezado con Alfred. Dumb Alfred con la nariz gruesa,
sonrisa necia y el cabello pintado. La magia de papi había estado en sus
manos —sólo en sus manos, entonces— y con Alfred siempre había podido ver
sus labios moverse. Había hecho a Alfred como una sorpresa de cumpleaños,
aprendiendo ventriloquismo por sí mismo en los libros. Había estado encantado
con su propio regalo. Pero entonces era ya lo bastante mayor como para
sentirse protectora de ese gentil niño-hombre. Nunca se lo había dicho.
Quizá debería haberlo hecho. A lo mejor todo habría acabado allí.
Ella recordaba un día de febrero en el que había llegado a casa ansiosa por
hablarle de las fiestas y de los adornos; una tarjeta anónima, de enamorado,
había sido depositada sobre su escritorio. Al principio —¿había sido la primera
o simplemente se lo parecía?—, él no prestó atención, estaba demasiado
impaciente por subirla a su regazo. Se hallaba excitado por algún secreto
propio.
—He hecho una hermana para Alfred. He trabajado en ella durante meses para
conseguir hacerla. No puedo aguardar más para mostrártela. Siéntate aquí.
La empujó al pie de la silla, y corrió a través del recibidor hacia el taller.
Era molesto pero no dañino —no demasiado—. Estaba siempre excitado
cuando tenía una nueva sorpresa para mostrarle. Pero entonces la trajo, a ella,
a la otra.
Fue un shock el verse su propia cara tallada en un trozo de madera, los
mismos ojos azules con lo que él definió como un toque élfico, la nariz breve, e
incluso con un mechón de pelo auténtico, rubio platino como el suyo propio.
Luego se sentó y puso la muñeca sobre sus rodillas —en su sitio—, le giró la
cabeza y la observó.
—Hola. Me llamo Sookie.
Sus labios se movieron.
No era su nombre, no el auténtico, únicamente era uno de los apodos
cariñosos con los que él la llamaba. Esto lo empeoró, el que no pudiera
descartar un nombre cariñoso. Su cara. Su sitio próximo a él.
Intentó llorar, pero no pudo pues tenía un peso en el pecho que le impedía
respirar. Él vio sus lágrimas a punto de desbordarse de sus ojos y apartó la
muñeca, la tomó y le dijo:
—Encanto, ¿por qué estás tan disgustada? Mira. La hice porque te quiero
mucho.
Anonadada por la enormidad de su traición, no pudo hablar. Intentó con
esfuerzo creerse lo que le estaba diciendo. Ella quería creerle puesto que no
creerlo significaría que lo más importante de su vida había sido una mentira.
—Las niñas pequeñas tienen que crecer, y así puedo conservar una parte de tí,
siendo pequeña, para siempre; acércate.
Una insinuación de risa jocosa en su voz. ¿Siempre había permanecido allí?
¿Fue tan sencillo la primera vez que lo oyó?
Intentó creérselo, pretendiéndolo, forzó una sonrisa y notó como se
congestionaba su rostro cuando él tomó de nuevo la muñeca y reanudó su
estúpido jueguecito. Algo le había sido robado y algo muy distinto había
tomado su lugar. Dolor.
Aflojó los cordeles y sacó a Sookie de la caja. Sus labios se crisparon con
disgusto. La muñeca no parecía viva sin la magia de su papi para animarla. Le
colgaban los labios y las juntas crujían. Ahora se parecía más a un trasgo que
a un ser humano, pero parte de la culpa la podía tener la edad. Veinticinco
años era mucho tiempo para algo hecho de madera, para algo que había sido
llevado alrededor del mundo y tratado tan duramente.
Él había encontrado un nuevo oficio con Sookie. O sería más acertado decir
que él había encontrado un oficio, porque nadie excepto una niña podría
pensar que ser simplemente padre podía ser una ocupación para un hombre.
Al principio fue algo que él hizo para sorprenderla —o más bien a él mismo, ya
que ella se lo tomó muy mal. Así debía de ser un hobby, un entretenimiento
para los picnics en la iglesia y para las actividades navideñas de la escuela.
Más tarde descubrió que la gente quería pagarle para que trabajase en teatros,
y luego en la televisión.
En aquel entonces ella difícilmente se preocupaba por ello. Finalmente le había
visto ante audiencias y sus sentimientos para con él no pudieron ser ya los
mismos. Era un giro curioso. Sookie lo había manipulado, haciéndole mostrar
cuáles eran sus sentimientos con la hija de su propia carne y de su misma
sangre.
¿Carne y sangre? ¿De verdad? Debía ser cierto. ¿Podía un trozo de madera
sentir ese tipo de dolor?
Alcanzó el hacha, liberando su furia, sintiéndola crecer desde el oprimido nudo
que había conservado todos esos años en su interior. El se estaba muriendo,
sin ninguna ayuda. Esta vez no podría detenerla.
Al primer golpe, el primer hueso se astilló al golpear la odiada carne, y ella
estaba de nuevo allí en el teatro, la primera vez que ella había podido contener
sus nervios para poder verlo ante los espectadores. Le crecieron alas.
El dolor le hacía encogerse cada vez que levantaba los brazos, pero no podía
contenerse.
Lo vio sentado, poniendo a Sookie sobre sus rodillas, y alisándole el vestido.
Descendió el telón. La audiencia aplaudió. Papi sonreía y Sookie sonreía —por
supuesto, ella sonreía. Su expresión era permanente, pintada. ¿Cómo podía
decir la gente que parecía una niña de verdad?
Un fragmento azul rodó por el suelo.
—¡Hola, papi!
—Hola, Sookie. ¿Cómo fue hoy la escuela?
Trozos de cabello rubio volaron como plumas. Ella vislumbró la maldad en esa
sonrisa, la insinuación de una sonrisa reprimida. Él hizo hablar al mudo. Sonó
incluso como una niña de verdad, con su risa cantarina. Pero le hada decir
cosas estúpidas.
El dolor, el agudo dolor rojo en el pecho.
Provocan incendios...
Pareció que él pensaba por un instante.
—Tú quieres decir braziers.
—Creo que sí —dijo el mudo—. Pero creía que hablabas de sostenes.
Las risas fueron simplemente una ola posterior. No fue una explosión, una
aguda explosión roja. Cómo se había reído...
«Reído.»
Cómo se debía de haber reído él a cuenta de ella; secretamente, cuando se
sentaba sobre sus rodillas y le contaba sus problemas infantiles. Cómo la debía
de haber odiado, censurándole que lo requiriese cuando él deseaba salir.
Cómo mintió él más tarde.
—Cariño. Juro que no lo recuerdo. Simplemente fue algo que ideé para hacer
reír a la gente.
Sollozando, reunió los fragmentos y empezó a tirarlos al fuego. Astillas y
pedazos, un dedo, una rodilla, un zapato. El pelo era lo peor. Partes de él por el
suelo y por su boca. Tanto pelo. ¿De dónde habría sacado el pelo para la
peluca? ¿Dónde habría encontrado el tono exacto de su propio pelo?
—Nunca me reí de ti. Te quiero. Cuando hice a Sookie, puse algo de ese amor
dentro de ella, así podía tener una parte de mi propia niña cerca de mí. Ésa es
la razón por la que la gente lo disfruta tanto, por el amor. Las niñas tienen que
crecer.
Las llamas lamían los fragmentos cual lenguas, saboreándolos y
ennegreciéndolos. El dolor en su pecho se había tornado en llamas que se
extendían, lamiéndole los brazos, sus piernas, su cabeza. Había un rugido en
sus oídos.
Las niñas tienen que crecer.
—Pero papi, no puedo crecer. Tú también me quitaste eso cuando hiciste a
Sookie. Le diste mi cara y mi nombre. Le diste mi alma. Ésa es la razón por la
que he hecho tal barbaridad. Nadie se preocupa de mí, nada hay en mi vida,
sólo me quedaba esto.
Agudo, rojo, dolor ardiente.
Unos ojos muy viejos, unos ojos muy sabios y azules la miraban a través de la
cortina de llamas.
—¡Papi! ¡Papi!
Sookie no estaba segura de cuál de ellos había gritado. Ella sólo sabía que
ambos se estaban muriendo.
Ven a la fiesta
Frances Garfield
No estoy seguro de si los que tratan de ser escritores tienden a casarse con
gente que también escribe, o si el convivir con alguien que escribe hace que
uno adquiera la misma manía, quizá como medida preventiva; Francés
Garfield, cuyo marido también es escritor, constituye un ejemplo. Francés
Marita Obrist nació en Deaf Smith County, Texas, el día uno de diciembre de
1908. Siendo estudiante de música en la Universidad de Wichita, conoció a un
prometedor y joven escritor de ciencia ficción llamado Manly Wade Wellman.
Se casaron en 1930 y se mudaron a Nueva York, donde Wellman pronto
empezó a ser un colaborador asiduo de Weird Tales y de otras publicaciones
similares. La propia Francés publicó tres relatos en Weird Tales y uno más en
Amazing Stories en 1939 y 1940, pero el nacimiento de su hijo puso fin a su
breve carrera como escritora. Treinta años después, Francés Garfield volvió a
la literatura. En los últimos años ha publicado relatos breves en Whispers,
Fantasy Tales, Fantasy Book, Kadath, y ha colaborado en diversas antologías.
Desde 1951 ella y Wellman viven en Chapel Hill, Carolina del Norte, donde
siguen manteniendo ocupadas dos máquinas de escribir. Chapel Hill es
asimismo el lugar que inspiró la historia que nos narra en Ven a la fiesta.
El breve atardecer otoñal estaba dando rápidamente paso a la luz crepuscular.
Y Nora no sentía que estuviesen más cerca de la casa de campo de Steve
Thomas, de lo que estuvieran media hora antes. Se apretujó a Jeff en el
asiento trasero del coche, y trató de observar la ruta ante ellos. Las luces de
larga distancia luchaban por iluminar el camino, pero la oscuridad parecía
rodearlos por todas partes.
Willie, sentado en el asiento delantero al lado de Sam, tenía su cabeza
inclinada sobre un rústico mapa marcado con lápices de color, y que, los
cuatro, empezaban a pensar que estaba equivocado.
—Steve no tiene ni idea de cómo dibujar un mapa —Willie asintió a medias—.
Y nos prometió que pondría señales en el camino, indicándonos la entrada del
sendero privado que lleva a su casa. ¿Por qué se me ocurrió aceptar como
editor a un hombre que da sus fiestas en el último rincón del mundo?
—Pero, querida, ese editor se te ofreció —le recordó Sam al volante— cuando
al menos una docena habían rechazado tus ofertas...
—Por favor, ¡no me lo recuerdes! —le replicó Willie.
Pero él continuó.
—Ahí estaba Steve con su pequeña editorial de provincias, bastante alejada de
cualquier parte, en los confines del condado. Provinciano, y a la busca de un
relato rural para una novela provinciana que quiere colocar en el mercado
navideño. El tuyo le gustó muchísimo. Y aquí estamos, en el camino y
dispuestos a acompañarte, compartiendo tu alegría mientras firmas miles de
autógrafos.
Sam estaba muy enamorado de su mujer escritora, y lo daba a ver con sus
chanzas. Nora supo que él tenía en el rostro esa sonrisa suya tan especial: los
ojos azules casi cerrados y relucientes.
—Dijo que habría al menos una docena de invitados —protestó Willie—. Dijo
que invitaría a algunos amigos suyos muy especiales que gustarían de
comprarme algunos ejemplares del libro. Y que se lo dirían a sus amigos —que
también los comprarían para hacer sus regalos navideños. Un anuncio boca-aboca
lo llamó Steve.
—Sí, y más barato que hacer publicidad —remarcó Sam.
—Ahí está otra vez esa pequeña iglesia —dijo Jeff, tratando de parecer
despreocupado—. ¿Cuántas veces hemos pasado por aquí? ¿Tres? ¿O quizá
cuatro?
—Cuatro, estoy segura —puntualizó Nora—. Y ahí está la pequeña casa gris
que parece que nos venga siguiendo.
—Maldición —dijo Sam—. Esa curva de ahí enfrente me resulta terriblemente
familiar. Parece que estemos en órbita...
Un camión cargado hasta los topes y pintado grotescamente, apareció de
repente bajo el haz de luz de las largas de su coche, cruzando en el medio de
la ruta. Sam frenó y los neumáticos chirriaron. Dio un golpe de volante. El
coche continuó por el arcén de hierba, y adelantaron al impresionante camión.
Su conductor reía a carcajadas, mostrando su blanca dentadura rodeada de
una espesa barba negra. Cuando lo hubieron pasado, Sam volvió a la
carretera.
—Uauh —suspiró Willie—. Gracias a Dios que conduces tú. Sam, y no yo.
Nora se retiró la espesa mata de sus cabellos negros de delante de los ojos. Le
escocía la mano, allí donde Jeff la había estrujado con fuerza. Todavía tenía
presente aquel rostro obsesivo y áspero.
—Si alguna vez llegamos, puede ser una gran fiesta —dijo ella en un pobre
intento de resultar graciosa—. ¡Mirad! De nuevo esa iglesia.
—Me pregunto si alguien habrá encontrado el lugar —aventuró Willie.
—Pesimista —cloqueó Sam.
Le gustaba todo lo de Willie, incluida su novela que narraba la pasión de una
mujer por dos hombres: el marido y su cuñado. Nora había oído cómo una
vecina le preguntaba a Sam cuál de los dos personajes se suponía que era él.
«Un poco de ambos», le respondió él con su sonrisa característica, diminutos
ojos azules resplandeciendo como siempre.
—Habrá gente importante en la fiesta —prometió Jeff burlonamente—. Y Nora
y yo estamos aquí para darte apoyo moral, Willie.
Él también estaba orgulloso del libro, y había ayudado a Willie a corregir las
pruebas. Los cuatro eran amigos íntimos, siempre habían estado bien juntos;
jamás se habían disgustado.
—Ese camión está mejor detrás que delante nuestro —dijo Sam—. Quizá esté
perdido también él, dando vueltas y más vueltas. Lo que faltaba, se está
levantando la niebla.
Una lechuza ululó en la distancia, extrañamente diáfana por sobre el ruido del
motor. No había ninguna casa a la vista, sólo los retorcidos troncos de los
árboles que se apilaban a lo largo de la carretera.
Willie dio un repentino chillido de alegría.
—¡Mirad! Una mancha de pintura sobre ese tronco —gritó—. Ésa debe de ser
la señal de Steve.
—Y hay un sendero un poco más allá —dijo Sam, torciendo anhelante—. Otro
camino sin fin, parece.
Pasaron curvas, repechones y bajadas hasta dar de nuevo en la carretera. Una
impenetrable oscuridad los rodeaba. No se oía nada, solo el sonido del motor.
Nora se fijó en un extraño árbol que le recordaba un cedro del Líbano que
había visto en la Catedral de Winchester. Sobrenatural.
—Gira ahí —indicó Willie, señalando al frente.
Sam giró.
—Vaya, qué bien obedeces a Willie —rió Nora—. Algo que yo diga y Jeff que
hace lo contrario.
Jeff permaneció callado. Estaba indagando la oscuridad por la ventanilla, sus
labios aparecían fruncidos; sus mejillas mostraban una tensa arruga, allí donde
debería haber un hoyuelo.
El coche botó sobre las gruesas raíces de un enorme roble que sobresalían de
la tierra, y Sam lo detuvo entre la alta yerba. Ante ellos se elevaba una gran
casa, desolada y de color parduzco. Desde las altas ventanas, cimbreantes
haces de luz horadaban la oscuridad. Una enorme chimenea se elevaba sobre
el muro lateral. Altas columnas enmarcaban el amplio porche.
—Okay. —Jeff tomó a Nora por el hombro, y ella notó que su mano estaba
temblando—. ¿Entramos?
Willie atusó sus rubios bucles y se repasó los labios. Nora sacudió su larga
melena negra y salió tras Jeff.
—Curioso —dijo Nora—. No veo ningún otro coche.
—Se habrán ido todos ya —bromeó Sam, acercándose acompañado de
Willie—. Nos ha costado bastante encontrar el lugar.
Subieron los escalones. Ante ellos una oscura y pesada puerta. Sam golpeó el
pesado picaporte y la puerta se abrió.
—Adelante. Entren —dijo una voz lejana.
Entraron.
Tras la puerta había un hombre extraordinariamente atractivo, rubio y
estilizado, que vistiendo un esmoquin y una camisa prolíficamente bordada,
rezumaba confianza y cordialidad.
—Encantado de que hayan venido —les dijo.
—Tuvimos algunos problemas —dijo Nora—. ¿Dónde está Steve?
—Oh, no se preocupen de Steve. Mi nombre es Patrick. Entren y únanse a la
fiesta.
El tumulto en el interior era increíble. Nora tomó el abrigo de Jeff, buscando
dónde dejarlo. Aunque sin saber por qué lo hacía. Se hallaban en una enorme
sala completamente llena de gente. Había todo tipo de individuos: altos,
delgados, gordos; todos le eran absolutamente desconocidos. Quizá Willie
conociese a alguno de ellos, pensó Nora. Debían de formar parte de la editora
de Steve. Se quedó atrás, dejando que Willie tomase la iniciativa.
—Sigan recto —les dijo Patrick desde atrás. Era desvanecedoramente
atractivo, y Nora se preguntó por un momento si se habría hecho la
permanente—. La comida y las bebidas allá al fondo —dijo con una sonrisa—.
Seguramente encontrarán allí a algunos amigos.
—Sí, la clase de amigos que a mí me gustan. Ese es el lugar apropiado para
encontrarlos —dijo Jeff, riendo forzadamente.
Los cuatro se fueron introduciendo entre medio de compactos grupos de
personas. Todo el mundo estaba pendiente de las palabras de su interlocutor y
nadie reparó en ellos. Había un raquítico fuego sobre una plataforma al nivel
del suelo, que sin embargo, no parecía despedir ningún tipo de calor. Varios
hombres extremadamente delgados se hallaban en aquel lugar, prestando
atención a las palabras de un hombre groseramente obeso. Su cara estaba
cubierta de una espesa barba. Nora recordó el rostro de aquel conductor
suicida y su camión. Al otro lado, y tras una gran vidriera, se veía un balcón.
Desde el otro lado unas caras observaban el interior; probablemente eran caras
de niños. Había uno que raía lo que debió haber sido el ala de un pollo.
—Todo parece absolutamente irreal —le susurró Nora a Jeff.
Y así era; parecía que caminaban a través de la gente, o que la gente se
disolvía ante ellos.
—Mi imaginación está enloqueciendo —dijo ella, y apretó la mano de Jeff,
buscando confianza.
La brillante y rizada cabeza de Willie los orientó hasta un buffet frío. También
estaba rebosante de gente que llenaba sus platos con pollo asado, embutidos,
lonchas de queso. Por todas partes se veían bandejas llenas de frutos y
pasteles. Y en medio de todo ello, un gigantesco tazón de vidrio lleno de un
líquido rosa.
—Vino rosado —advirtió Sam, arrugando su nariz—. Del más barato.
Por un instante, les pareció que habían visto a la bellísima mujer de Steve
Thomas llevándose una bandeja vacía a través de una puerta, que supusieron
daba a la cocina.
—¡Eh, Florence! —gritó Willie. Pero quienquiera que fuese no se volvió. Se
desvaneció abruptamente, y les fue imposible asegurar si la habían visto o no.
Sam tomó un plato y lo llenó con ensalada y carne.
—Bueno, vamos a empezar —dijo—. Ese viaje le hubiese dado hambre a un
muerto. Incluso me atreveré con este lamentable vino, lo que por otra parte me
extraña de Steve; creo que en esto se ha equivocado.
Allí está Em Selden, cerca del fuego —dijo Nora a Jeff.
—¿Dónde?
—Nada, se ha ido. Quizá no era Em. De todas maneras permanezcamos
juntos. Vaya grupo de gente más rara.
Al hablar, le pareció que oía como si en algún lugar estuvieran cantando. Podía
ser la radio, o un disco. Pero el sonido se desvaneció y Nora se quedó
pensativa.
—Mirad —dijo Willie, dejando su píate—. Al final de la sala. Parece que es
Patrick llamándome. Me voy a acercar; tal vez ha llegado el momento de que
empiece a firmar algunos libros.
Vivamente se encaminó hacia el otro extremo de la sala. Sus pies se
desplazaban ágiles, calzados con sus sandalias de largas tiras anudadas por
encima de los tobillos, y su amplio vestido estampado ondeó tras ella.
Más allá se veía un pasillo lleno de sillas alineadas. Todas estaban cubiertas
de gruesos abrigos de pieles.
—Mmm —murmuró Willie al alejarse—. Ninguno de los autores de Steve puede
comprarse esas maravillas.
—Espero que venda suficientes libros como para que este viaje haya merecido
la pena —dijo Nora, masticando un trozo de salchicha con un sabor indefinido.
Su vista se posó en la figura de Willie a punto de ser absorbida por el largo
pasillo.
—¿Acaso no te estás divirtiendo? —preguntó Sam, preocupado.
—Lo cual significa que tú tampoco estás contento.
Nora fue mirando los platos uno a uno.
—¿Qué sucedió con las alas de pollo? Son mi bocado preferido.
—Si tuviese un par de alas de pollo, volaría de aquí —dijo Jeff.
Nora rió su broma, pero él no la acompañó.
La multitud había crecido en número; el tumulto también. La atmósfera se
había tornado húmeda y muy cargada; tenía un olor como a habitación llena de
ropas viejas.
Sam frunció el ceño y se alisó los blancos cabellos.
—Vamos a algún lado —dijo.
—¿Qué tal al balcón con los niños? —sugirió Nora.
Pero el balcón parecía vacío, como perdido en las sombras. Quizá se podían
ver unos movimientos, pero era difícil asegurarlo.
—¿Cuánto de este vinacho has bebido, Jeff? —preguntó Sam.
—Mucho menos de lo que podría. Sólo espero que Willie esté en su ambiente,
firmando libros.
—Me voy a echar un vistazo —dijo Sam.
Se encaminó hacia el pasillo por donde se había introducido Willie. La multitud
lo dejó pasar, pero no aparentaba apartarse;
—Al menos Steve ha tenido el sentido común de mantenerse alejado de su
propia fiesta —dijo Jeff—. Mira, allí en la esquina. ¿No son Genevieve y Joe?
—Acerquémonos —asintió Nora.
Se abrieron paso entre un grupo de gente que les dejó un pasillo por donde
pasar. Todos les eran desconocidos. Excepto alguien apoyado en la pared, allá
al fondo. ¿El barbudo conductor del camión? Las voces, todas siseantes y
todas muy altas, les dolían en los oídos. El aire se espesó, y les costaba
respirar.
—Ya hemos llegado —dijo Jeff, al llegar a la esquina.
Pero en el lugar no había nadie. Nadie. Sólo el resplandor de la chimenea, que
parecía no calentar.
—Voy a enloquecer —murmuró Jeff—. ¿Tenemos algún conocido en esta
fiesta?
Miraron alrededor. En el centro de la habitación vieron un rostro amarillento
atisbando por debajo del ala de un ajado sombrero de fieltro. El cuerpo parecía
difuminado en una niebla negruzca —se les ocurrió que parecía un largo caftán
negro—. Tras la figura, se veía el conductor barbudo.
—Jeff —dijo Nora—, esto no me gusta.
—Lo que te pasa es que no conoces a nadie —dijo Jeff. Pero no se le formó el
hoyuelo en las mejillas—. Pero tienes razón, todo esto resulta bastante
aburrido. Déjame ir en busca de Willie y Sam. Si nos reunimos, podremos
largamos pronto.
—De acuerdo —dijo Nora—. Ve en su busca.
—En seguida regreso.
El se alejó. Se le veía enorme entre los otros. Nora observó como se introducía
en el pasillo de las pieles. Vio como su negro pelo desaparecía. Y luego se
quedó sola. Nadie le prestaba atención, nadie le hablaba. Se sintió torpe y
confundida, igual que si flotase en una masa de gelatina caliente.
Una espesa bruma se extendía por la habitación. No olía a tabaco, ni tampoco
al familiar olor de la marihuana. Nora no pertenecía a ese ambiente. Y lo sabía.
No había sido invitada en realidad; ella y Jeff tan sólo habían venido
acompañando a los otros dos. Para darle un apoyo moral a Willie. Pero ahora
deseaba haberse quedado en casa. O haberse ido con Jeff en busca de Willie
y Sam.
«Voy tras ellos», se dijo a sí misma. Quizá ya estén listos para partir.
El pasillo le pareció muy estrecho al entrar en él. Lleno de aquellos abrigos de
pieles alrededor suyo. El pequeño conejo blanco del cuento de Alicia debía de
haberse sentido como ella ahora. Las sombras del pasillo eran cercenadas por
haces de luz que salían de las entreabiertas puertas que había a ambos lados.
Nora miró dentro de una de las habitaciones. Surgió una música. El sonido
parecía provenir de un antiguo órgano. Sin embargo, parecía que sonaba por sí
solo, algo como un himno, aunque disonante, desagradable.
Un eco de voces salía de la siguiente puerta. Nora entró.
—Entre —dijo alguien—. La hemos estado esperando.
Un hombre vestido con un traje muy negro le pasó la mano sobre el brazo. En
su blanco y polvoriento rostro destacaban unos dientes negros y estrechos. Su
mano era pegajosa sobre la piel de Nora.
—Adelante —repitió.
Mirando por encima del hombre, vio unos paneles al fondo. En el centro
colgaba una lámpara, derramando una luz vacilante sobre un compacto grupo
de personas. Ellos también llevaban trajes negros, muy ajustados a sus
cuerpos delgados. Sus rostros parecían de arcilla blanca. Sus ojos eran
pequeños y como de abalorios. Hablaban a través de labios rojos, muy finos;
ininteligiblemente.
En el suelo, bajo la lámpara, había tres cuerpos tumbados, fácilmente
reconocibles. Un trozo de vestido estampado. El corpachón de Jeff. Los rizos
de Willie, el cabello blanco de Sam. Todos estaban inmóviles.
—Entre —la invitaban unos coros de voces.
Todas las manos se elevaron hacia ella, señalándola.
Nora dio un alarido y se volvió violentamente.
Salir corriendo. Huir, tenía que huir de aquella habitación, a algún lugar fuera
de allí. Una puerta se elevaba al final del pasillo. Escapar, era todo lo que podía
pensar. Se ahogaba, y trataba de boquear aire frenéticamente. Ante la puerta,
arañó el pomo. Empujó la hoja con violencia, y ésta se abrió.
Llenó sus pulmones de aire fresco. De alguna manera, casi milagrosamente,
había conseguido salir. ¿Adonde ir? No importaba. Tenía que alejarse de aquel
lugar.
Corrió a través de la oscura noche, tropezando con las gruesas raíces de los
árboles, desgarrándose las medias. Ante ella un profundo terraplén.
Desesperada buscó otro camino. Seguía corriendo. Las piedras le herían sus
pies desnudos, golpeándole dolorosamente en los tobillos. Un pájaro nocturno
cantó; su canto le resultó agradablemente confortable. Lo estaba consiguiendo.
Se alejaba de aquella casa.
Un amplio espacio de campo abierto se extendió ante ella. Una magnífica casa
se elevaba orgullosa entre grandes pinos a modo de centinelas. Tropezó y
cayó de rodillas. Se levantó de nuevo, y alcanzó la puerta de la casa,
golpeándola con sus puños.
—¿Qué pasa, Nora?
Allí estaba Steve Thomas, abriéndole la puerta. Steve tenía un aspecto
impecable. Su pelo rizado estaba cuidadosamente peinado, y una sonrisa le
iluminaba el rostro.
—Por el amor de Dios, ¿dónde has estado? ¿Y dónde están los otros?
Ella se dejó caer entre sus brazos. Él la apretó contra sí, tratando de contener
sus temblores.
—¿Dónde están? —preguntó de nuevo.
—No lo sé —respondió—. Los vi en el suelo, allí en tu fiesta.
—¿De qué estás hablando?
—Allá, en aquella casa enorme —dijo, tratando de contener sus sollozos—, un
poco más allá...
—¡Por Dios, Nora! Allí no ha habido una casa desde hace años. —Steve la
apretó más contra sí—. Has estado imaginando cosas. No hay ninguna casa.
Ardió, mucho antes de que yo me mudase aquí...
—¿In... incendiada?
—Me contaron una historia increíble. Había un grupo de gente ida, que
practicaban cierto tipo de sacrificios humanos. Una noche, en medio de una
celebración, cayó un rayo y la casa ardió hasta los cimientos, con todos dentro.
—Pero...
—Nora. Allí no hay nada. Nunca lo hubo.
Nora se forzó a mirar.
Allí no había nada. Nunca lo hubo.
A la espera
Ramsey Campbell
Ramsey Campbell ka aparecido en todas y cada una de las doce antologías
publicadas por DAW con el título The Year's Best Horror Stories —y por dos
veces en tres de ellas—, y con tres editores distintos. Sin embargo, esto no
debería sorprender a los lectores habituales del género, pues Campbell es, sin
lugar a dudas, uno de los mejores escritores de terror que ha dado la literatura.
Nacido en Liverpool en enero de 1946, Campbell escribió su primer libro a la
edad de 16 años, The Inhabitant of the Lake & Less Welcome Tenants (El
habitante del lago y los menos bienvenidos inquilinos), publicado en 1964 por
August Derleth, de Arkham House; de hecho, Campbell es otro de los
escritores que debe su introducción a la ayuda de Derleth. Sus primeros
trabajos fueron una poco corriente imitación de H. P. Lovecraft. Pronto
Campbell dejó de seguir esta influencia, y dos décadas después se ha
convertido en especialista de las narraciones breves, novelista y editor de sus
propios y muy personales escritos, de estilo tenso y corrosivo.
Entre sus obras más recientes se halla una colección de sus propias historias,
Dark Companions (Oscuros compañeros), una antología de relatos tenebrosos
para lectores jóvenes, The Gruesome Book (El libro horripilante), una novela,
Incarnate (Encarnado), una reedición revisada de una importante novela, The
Face That Must Die (El rostro que debe morir), y una novela bajo seudónimo,
Night of the Claw (La noche de la garra), firmada como Jay Ramsey. Suele vivir
en Merseyside —quizá huyendo de los horrores que evoca asiduamente
Liverpool—, y en la actualidad está trabajando en una nueva novela, For the
Rest of Their Lives (Durante el resto de su vida), junto con una colección de
sus primeros relatos lovecraftianos, The Revelations of Glaaki (Las
revelaciones de Glaaki). El próximo proyecto de Campbell consiste en «una
novela sobrenatural de terror, provisionalmente titulada Blind Dark (Ciega
oscuridad)».
Cincuenta años después, volvió. Había estado en el colegio y en la
Universidad; tras un año de buscar empleo sin ningún resultado, empezó a
escribir una novela: rápidamente destacó como uno de los mejores libros que
se había escrito hablando de la infancia; nunca dejó de reeditarse. Antes de
que lo llamasen de Hollywood para que escribiese el guión cinematográfico de
su novela, había estado casado y se había divorciado; tuvo un asuntillo con
una actriz, antes de que el novio de ella le enviase una limusina, con dos
fornidos individuos monosilábicos embutidos en unos impecables trajes grises,
y que se aseguraron de su partida hacia Inglaterra, después de que hubo
entregado el original de su adaptación al Gremio de Escritores. Escribió un par
de libros más, que fueron recibidos con expectación, y cuyas ventas resultaron
moderadamente interesantes; pasó una noche en la habitación de un hotel con
dos mellizas adolescentes. Pero nada de todo ello consiguió incrementar el
bagaje de sus recuerdos; nada permanecía, excepto, cada vez más
intensamente revivido, aquel día en el bosque cincuenta años atrás.
Había algunos coches aparcados en el camino forestal; ninguno en los
aparcamientos al lado de la ruta. Paró junto al poste indicador del sendero, y se
quedó sentado dentro del vehículo. Era la primera vez que tomaba en
consideración una carretera: nunca había observado lo mucho que se retorcía;
parecía una enorme manguera semienterrada en la tierra, con su superficie
desnuda como los árboles a su alrededor. No había ningún coche al alcance de
los ojos. El viento helado entraba por la ventanilla del coche, haciéndole
temblar de frío. Se forzó a salir, el oro se hundió pesadamente en los bolsillos
de su grueso abrigo, y se adentró por el sendero de cantos rodados.
Quedó empapado en unos instantes. Un pájaro pasó volando ruidosamente;
luego, el silencio. Las ramas de los árboles relucían bajo el pálido cielo,
panzudo de nubes. Tenues gotas de lluvia titilaban sobre la yerba que
bordeaba el sendero. Un camión roncó en la lejanía. Cuando se dio la vuelta,
ya no pudo ver su coche.
El sendero culebreaba una y otra vez. Los lingotes ahondaban en sus bolsillos,
golpeándole las caderas. No pensaba que el oro pudiera pesar tanto, o, pensó
retorcidamente, que fuese tan difícil de conseguir.
Le dolían los pies y las piernas. Hollywood y sus «noches» le parecía tan lejano
como las estrellas. Rayos de sol derramaban su luz, cual haces blanquinosos,
por entre la brillante enramada, desmenuzando su luminosidad en minúsculos
arcos iris al incidir sobre las gotitas de lluvia; y relucían sobre el fango de unas
pistas que asemejaban senderos entre los árboles. Pero ¿cómo podía seguir
caminando sin perder el equilibrio entre tanto fango? Se dedicó a observar los
alrededores en busca de alguna señal.
Sin darse cuenta se hallaba en las profundidades del bosque. Si pasaba algún
coche por la carretera, el sonido de sus motores quedaba lejos de su oído. Por
todas partes se veían pistas que conducían a oscuras e impenetrables masas
de vegetación. Agotado, andaba buscando un lugar donde sentarse, y casi se
le pasó por alto aquel árbol que parecía un arco.
Cuando sólo tenía diez años debía ser mucho más parecido a un arco;
recordaba cómo se escondió en el agujero curvo de su tronco. Por unos
instantes, tuvo la impresión de que tal reconocimiento iba a ser demasiado para
su corazón. Se detuvo, y con un crujido de sus huesos se introdujo,
agachándose, en el agujero.
El tacto del suelo, bajo sus manos, era viscoso, olía a musgo y madera en
descomposición. Los lingotes giraron dentro de sus bolsillos golpeando la
corteza del árbol. No podía incorporarse ni tampoco darse la vuelta. Tampoco
se había girado entonces. Se quedó escondido con el rostro acariciando la
húmeda oscuridad leñosa y oyendo a sus padres, caminando por el sendero. Él
no deseó nada entonces, se repetía con firmeza; él sólo se había querido hacer
a la idea de estar solo en el bosque, con el mero propósito de convertir la
excursión en una aventura, aunque sólo fuese por unos instantes.
Y ahora, mientras se esforzaba en salir del agujero, podía oír a sus padres
llamándole.
—Ian, no te rezagues —gritó su padre, con tanto ímpetu que alguien contestó
desde algún extremo del bosque:
—¿Hola?
Su madre lo hizo con más suavidad.
—No queremos que te pierdas...
Era a mediados del verano. El sol caía a plomo sobre el sendero; por mucho
que se curvase la senda, podía seguir oliendo cómo los cantos rodados se
cocían. Las masas de vegetación brillaban con tal intensidad que, dondequiera
que creciesen árboles, parecían una única e incandescente umbría verdosa. Le
dolían los pies, entonces y ahora.
—¿Todavía no podemos merendar? —preguntó, alcanzando a sus padres en
una corta carrera y deslizándose sobre las suelas de los zapatos—. ¿Puedo
tomar un refresco?
—Todos estamos sedientos, no eres el único —dijo su padre, frunciendo el
ceño en señal de aviso: nada de posturas respondonas.
Una gota de sudor brillaba sobre su hirsuto bigote.
—No voy a sacar las cosas hasta que lleguemos al merendero. Tu madre
quiere sentarse.
La madre de Ian hizo ondear la falda de su vestido veraniego, a través del cual
se podía distinguir el encaje que perfilaba su ropa interior, para refrescarse un
poco.
—Si necesitas un descanso, por mí nos podemos sentar en la yerba —dijo ella.
—Bueno, bueno, ¡pero creéis que hemos estado andando todo el día! —dijo su
padre, en lo cual Ian estaba de acuerdo—. Descanso y bebidas cuando
lleguemos a las mesas. Yo nunca pedí un descanso cuando tenía su edad, y
de haberlo hecho sabía muy bien lo que recibiría.
—Son sus vacaciones escolares —dijo ella, con un hilo de voz negándose a
salir por su garganta reseca—. Ahora no estás enseñando.
—Siempre estoy enseñando, no lo olvides.
Ian no estuvo seguro de a cuál de los dos iba dirigido el último comentario,
especialmente cuando su madre dijo, con la respiración entrecortada:
—Desearía que pudiese crecer con normalidad, desearía...
Él los tomó a ambos de las manos y avanzó unos centenares de metros. ¿Fue
en ese momento que se preocupó, o fue la tensión que pasaba del uno al otro
lo que sintió? Sólo recordaba que anduvieron apresuradamente hasta que su
padre se detuvo exclamando:
—Aguarda, compañero. Busquemos una sombra para tu madre.
Ian se salió del sendero que parecía girar indefinidamente en la dirección
equivocada. Su padre estaba señalando hacia los árboles.
—Las mesas deberían estar por aquí —dijo.
—No me digas que nos hemos perdido por culpa mía —protestó la madre de
Ian.
Su padre zarandeó la mochila con brusquedad, echándole una mirada de reojo
por encima del hombro.
—Un poco de sombra no me iría nada mal —dijo.
—Si quieres te puedo ayudar a llevar algo. Ya sabes que yo preparé la
merienda...
Su padre se dio la vuelta ante ese comentario y se introdujo en el sendero
entre los árboles, sus shorts ondeando al viento; el negro vello de sus piernas
relució alcanzado por un rayo de sol justo al borde de la sombra. Así que Ian se
hubo introducido bajo los árboles siguiendo a su madre, se apercibió de que
había estado oyendo el sonido de la corriente.
Ahora podía oírlo de nuevo. El sendero de cantos rodados que debía regresar
hacia su punto de partida, volvía, una vez más, a torcer en la dirección opuesta;
no indefinidamente, pero sí hasta donde la vista alcanzaba. Allí, a la izquierda,
estaba el sendero que su padre tomase. Se lo veía oscuro, frío y traicionero.
Permaneció a la escucha mientras el viento y los árboles se acallaban. No se
oía nada en el bosque, ni pájaros ni pisadas. Tuvo que inspirar profundamente
para aclarar su mente, antes de introducirse entre los árboles.
—Mientras oigamos la corriente, no nos podemos extraviar —dijo su padre,
como si tal cosa fuese obvia.
El sendero que habían tomado fue siguiendo el sonido de la corriente, hasta
que el de los cantos rodados se perdió de vista y entonces, se bifurcó en un
conglomerado de pistas: todas ellas tenían la suficiente apariencia de caminos
como para crear confusión. Ian notó la inquietud de su madre cuando se
empezaron a separar de la corriente, entre una arbolada que difuminaba
cualquier conato de sendero.
—¿No es el merendero? —dijo él de repente.
Empezó a correr alocadamente, derribando matas y arbustos. La débil luz bajo
la hojarasca empezó a palidecer. Cuando llegaron al claro en el bosque,
comprobaron que la elevada silueta no era una mesa.
—¡Ten cuidado, Ian! —gritó su madre.
Podía oír de nuevo su voz, elevándose por encima de sus jadeos. Estaba
seguro de que se trataba del mismo claro. A pesar de la desnudez de los
árboles, el lugar seguía siendo umbrío. Salió al espacio abierto bajo un pedazo
de cielo azul. Le temblaba todo el cuerpo violentamente, a pesar de que el
lugar se asemejaba a cualquier otro: una depresión del terreno llena de hojas
secas y de piedra de forma irregular; algo bullía inquieto en su interior y,
entonces, lo vio..., aquella palabra grabada en una de las piedras:
ALIMÉNTAME.
Ya era suficiente. Excesivo. Las otras palabras deberían estar en las piedras
que habían sido usadas para tapar el agujero. Buscó con apremio en sus
bolsillos y tiró los lingotes junto a la palabra; luego, entornó sus ojos y formuló
un deseo, los mantuvo cerrados tanto tiempo como le fue posible, hasta que
tuvo que echar un vistazo a los árboles. Parecían aún más delgados de lo que
él recordaba: ¿cómo podían proteger el secreto? Bajó la vista, esperando, casi
deseando la posibilidad de formular un segundo deseo. Los lingotes seguían a
la vista.
Había hecho todo lo posible. Quizás no debería haber tenido que imaginarse
una confirmación, no mientras permaneciese vivo. Una rama crujió, una entre
miles; la única que había producido un sonido. Echó una rápida y violenta
mirada a su alrededor, hacia el camino por el que había venido, mientras aún
recordaba cuál era. No debía apresurarse. No debía pensar hasta que hubiese
alcanzado el sendero de cantos rodados.
Sin saber por qué motivo, al llegar al extremo del claro, se volvió a mirar; no
había oído nada. Pestañeó. Lanzó un suspiro ahogado y se agarró a un tronco
que hacía dos veces el grosor de su palma. Se quedó con la vista fija en el
lugar hasta que le escocieron los ojos. Podía ver las piedras, la palabra
rodeada de musgo e, incluso, las gotas de humedad que brillaban a su
alrededor. Pero el oro había desaparecido.
Se apoyó en el tronco, cogiéndolo con ambas manos. Así que era cierto: todo
lo que había estado tratando de ignorar considerándolo una pesadilla, una
interpretación infantil de lo que él había estado alimentando como un
acontecimiento real, al final había resultado ser absolutamente cierto. Se
esforzó en no pensar, esperando que le fuese posible retirarse; luchó por tratar
de no preguntarse qué había allí bajo las hojas, sumergido en la oscuridad.
Era un pozo. Antes de que su madre le cogiera del brazo para evitar que
cayese, ya se había dado cuenta. Leyó las palabras que estaban grabadas en
las piedras desmenuzadas que hubieran conformado la periferia del brocal:
ALIMÉNTAME UN DESEO.
—Debió poner «aliméntame y piensa un deseo» —dijo su madre, aunque Ian
pensó que no había espacio para tantas letras—. Se supone que debes tirar
algunas monedas.
Acogido entre sus brazos se apoyó sobre el brocal. Alguien debía de haber
formulado un deseo con anterioridad; se veían los resplandores de algunas
monedas allá en lo hondo, de donde provenía un fuerte olor a humedad y
podredumbre; demasiado alejado para que el sol que pugnaba entre la
arboleda llegase a alcanzarlo. Su madre lo bajó al suelo y sacó su monedero
del bolso.
—Toma —dijo, alcanzándole una moneda—. Piensa un deseo y no lo digas.
—Te lo reembolsaré cuando volvamos al coche —dijo su padre uniéndoseles,
cuando Ian se abocó sobre el pozo. Esa vez no pudo ver los resplandores
circulares. Su madre lo sujetó por los hombros mientras él alargaba la mano y
dejaba caer la moneda. Luego cerró los ojos de inmediato.
No quiso nada para sí, excepto que sus padres dejaran de pelearse. Pero no
supo cómo exteriorizar su deseo, para que tal cosa sucediese. Pensó que
podía desear que se cumplieran los deseos más ansiados por ellos dos; sin
embargo, ¿eso haría un par de deseos? Trató de rectificar sus ideas a la busca
de algún otro deseo, para a continuación pensar cuál le podía ser de más
utilidad. Y entonces se dio cuenta que quizás el deseo había sido formulado
mientras pensaba. Abrió los ojos, como si ese gesto pudiese ayudarle, y creyó
ver la moneda todavía descendiendo junto con el brotar de la idea que le
sugería que de abalanzarse tras ella, todavía estaría a tiempo de recuperarla.
Su madre tiró de él, y la moneda desapareció. Pudo oír un sonido hueco, como
el de una burbuja al salir a la superficie en un charco de agua o fango.
—Sigamos caminando; debemos estar cerca —dijo su padre, tomando del
brazo a su madre, y mirando ceñudamente a Ian—. Ya te advertí que no te
retrasaras. No me colmes la paciencia, te prevengo.
Ian corrió tras ellos, antes de tener tiempo de ratificar si las piedras estaban tan
sueltas como parecían, o si podían ser emplazadas en un orden diferente.
Ahora, mientras se apartaba del claro donde los lingotes habían desaparecido,
no estaba seguro; no quería estarlo.
De repente se aterró ante la idea de haberse perdido, y tener que vagar por el
bosque invernal hasta hallar el sendero que recorriese aquel día lejano con sus
padres, y que lo podía llevar a su lugar de partida antes de que el corto día se
oscureciese. No se pudo sacudir el terror del cuerpo ni incluso cuando llegó al
sendero de cantos rodados; no, hasta que estuvo dentro de su coche, aferrado
al volante que sus manos iban sacudiendo, sentado y rezando por recuperar su
autodominio para poder conducir y alejarse del bosque, antes de que cayese la
noche.
No quería pensar si el oro había hecho que se cumpliese su deseo. No lo
podría saber hasta que muriese y, quizás, ni siquiera entonces.
Su padre nunca miró atrás, ni siquiera cuando la pista que estaba siguiendo se
bifurcó poco después de que abandonasen el claro en el bosque. Se decidió
por el de la izquierda, que era más ancho. Continuó ensanchándose hasta que
la madre de Ian empezó a otear, tratando de ver más allá de los árboles;
deseando ver algo o a alguien.
—Sigue firme —le dijo a Ian con energía, y a su padre—: Tengo frío.
—Debemos estar cerca de la corriente, es todo lo que sé —dijo su padre, como
si pudiese verla a través de la compacta arboleda, tan tupida que parecía, al
avanzar, que alguien fuese de árbol en árbol al mismo tiempo.
Cuando Ian se volvió, ya no pudo ver dónde se había ensanchado el sendero.
No quería que su madre se diese cuenta, eso sólo la haría estar más nerviosa
y provocaría otro altercado verbal. Superó con dificultad una mata de zarzas y
corrió tras ellos.
—¿Dónde estabas? —preguntó su padre—. Bien, permanece aquí.
El cambio en el tono de su voz hizo que Ian mirase ante ellos. Casi habían
alcanzado otro claro, pero esa no era suficiente razón para que la voz de su
padre sonase como si hubiesen recorrido todo aquel camino
intencionadamente; en el claro no había nada más que algunos montones de
leña seca. Avanzó unos pasos para proteger sus ojos del resplandor solar, y
vio que su apreciación anterior había sido equívoca. En el claro se hallaban
varias mesas y bancos, cual un merendero; de la leña no había ni rastro.
Ian gritó; su padre lo había alcanzado silenciosamente, y le estaba
comprimiendo el hombro con sus dedos.
—Te dije que permanecieras donde estabas.
Su madre retrocedió y, tomándole de una mano, le acompañó hasta una de las
mesas.
—No le permitiré que vuelva a hacerlo —murmuró—. Puede tratar así a sus
alumnos en la escuela pero no dejaré que se comporte de esa manera contigo.
Ian no estaba muy convencido de sus posibilidades para enmendar las
maneras de su padre. En especial cuando él dejó caer con estruendo la
mochila sobre la mesa y tomó asiento ante ella, cruzándose de brazos. Se
avecinaba un altercado. Ian optó por alejarse para ver qué había más allá del
claro.
Había otro merendero. Pudo ver a una familia sentada a una mesa en la
lejanía: un chico y una chica con sus padres, pensó. Quizá podría jugar con
ellos más tarde. Se estaba preguntando por qué aquella mesa tenía una
apariencia más de merendero que la suya, cuando su padre le gritó:
—Regresa aquí y toma asiento. Ya has incordiado bastante con tu sed.
Ian se aproximó con lentitud a la mesa, pues la discusión ya había empezado;
con ella el claro pareció empequeñecerse.
—¿No estarás esperando a que te sirva? —estaba diciendo su madre.
—¿Acaso no hice yo el transporte? —replicó su padre.
Ambos se quedaron contemplando la mochila, hasta que su madre optó por
alcanzarla, y liberando las correas, extrajo de su interior los vasos y la
limonada.
Ella bebió su refresco a sorbitos mientras su padre apuraba su vaso de cuatro
tragos acompañados de profundos suspiros. Ian se bebió el suyo sin parar y
medio atragantado jadeó.
—¿Puedo beber otro vaso, por favor?
Su madre repartió el resto de la bebida entre los tres vasos y alcanzando de
nuevo la mochila, miró dentro de ella.
—Me temo que esa es toda la bebida que nos queda —dijo, como si le costase
creerse a sí misma.
—¿Quieres volverme loco? —dijo su padre elevando sus hombros
ostentosamente—. ¿Se puede saber qué demonios he estado yo cargando?
Ella empezó a sacar los recipientes con la comida, el pollo frío y la ensaladilla
de remolacha.
Ian se dio cuenta entonces de la peculiaridad de aquella mesa, en contraste
con el otro merendero. Estaba demasiado limpia para ser una mesa expuesta a
la intemperie, parecía una...
Su madre estaba indagando dentro de la mochila..
—Tendremos que comer con los dedos —dijo ella—. Olvidé los platos y los
cubiertos.
—¿Qué crees que somos, salvajes? —Su padre miró con fiereza a los
alrededores, como si alguien pudiera observarlo comiendo de esa manera—.
¿Cómo quieres que comamos la ensaladilla con los dedos? No he oído tal
absurdo en mi vida.
—Estoy sorprendida, no puse nada de lo necesario —gritó ella—. Tú haces que
me distraiga.
Ian pensó que parecía la mesa de un café y levantó la vista cuando notó que
alguien se aproximaba. Al menos así sus padres dejarían de discutir; nunca lo
hacían delante de extraños. Por un momento, y hasta que parpadeó
apartándose de la claridad, tuvo la impresión de que los ojos de los dos
personajes eran completamente circulares.
Los dos hombres se dirigieron directamente hacia la mesa. Iban vestidos de
negro, de los pies a la cabeza. Al principio pensó que podían ser policías, que
venían a decirles que allí no se podían sentar, y entonces estuvo a punto de
echarse a reír al constatar el significado de sus uniformes negros. Su padre
también se había dado cuenta.
—Ya hemos traído nuestras cosas —dijo abruptamente.
El primero de los camareros se encogió de hombros sonriendo. Los labios en
su pálido rostro eran casi blancos, y muy anchos. Hizo un gesto señalando la
mesa y el otro camarero se alejó, para volver casi de inmediato con platos y
cubiertos. Venía de donde estaba el pozo, por un lugar de espesa enramada y
en una dirección que provocaba que el sol deslumbrase a Ian.
El camarero que se había encogido de hombros abrió los contenedores de la
comida y la sirvió en los platos. Ian vislumbró unos dibujos pintados en la
porcelana, pero los platos fueron colmados con rapidez y le fue imposible
constatar los detalles.
—Esto está mucho mejor —dijo su padre.
Su madre permaneció callada.
Cuando Ian se incorporó para alcanzar una pata de pollo, su padre le golpeó la
mano.
—Tienes tenedor y cuchillo. Úsalos.
—Oh, ¿de verdad? —preguntó irónicamente la madre de Ian.
—Sí —respondió el padre, como si estuviese hablando a un niño de la escuela.
Se quedó mirándole con fijeza, hasta que él bajó la vista hacia la comida que
blandía su tenedor. No podían discutir delante de extraños, pero las disputas
silenciosas eran aún peor. lan permaneció sentado, trinchando su pata de
pollo. El cuchillo atravesó con facilidad la carne y arañó el hueso.
—Está demasiado afilado para él —dijo su madre—. ¿Tienen otro cuchillo?
El camarero sacudió la cabeza y mostró las palmas de las manos. Éstas eran
muy finas y pálidas.
—Entonces ten cuidado, Ian —dijo ella ansiosamente.
Su padre inclinó la cabeza hacia atrás, apurando los últimos restos de su
limonada. De nuevo apareció el otro camarero. Ian no se había dado cuenta de
su partida, ni podía saber dónde había ido. Pero regresó con una botella de
vino ya descorchada, con la cual llenó el vaso de su padre sin que nadie se lo
indicase y sin preguntar siquiera al interesado.
—De acuerdo, ya que está abierta —dijo el padre de Ian, dando la impresión de
estar dispuesto para objetar el precio.
El camarero llenó el vaso de su madre y se lo acercó.
—A él no le ponga mucho —dijo ella.
—Ni tampoco a ella —dijo su padre, tomando un sorbo y dando su conformidad
con un gesto—, pues tiene que conducir.
Ian tomó un trago para distraerse. El vino era atrayente: sabía seco y espeso.
Pero no pudo tragarlo. Se volvió al lado opuesto de su padre y lo escupió sobre
la hierba, viendo que ambos camareros tenían sus pies desnudos.
—Pequeño salvaje —dijo su padre en voz baja y llena de odio.
—Déjalo tranquilo. No le deberían haber servido nada.
Incrementando la confusión de Ian, los dos camareros asintieron con sus
cabezas. Sus pies eran finos como ramas, y parecían estar unidos al suelo;
podían ser yerba y tierra apretujadas entre los largos nudillos de sus dedos. No
quería permanecer por más tiempo cerca de ellos ni junto a sus padres, cuyos
denuestos caían sobre él cual truenos.
—Quiero ir a un auténtico merendero —se quejó—. Quiero poder comer como
solía hacerlo.
—Ve, pero no te pierdas —dijo su madre, apenas unos instantes antes de que
su padre la interrumpiese.
—Permanece donde estás y compórtate como es debido.
Su madre se dirigió a los camareros.
—¿No les importa que estire un poco las piernas, verdad?
Ellos sonrieron y mostraron otra vez las palmas de sus manos.
—Muévete de esta mesa antes de que te lo digan —dijo su padre—, y veremos
que tal te sienta la correa cuando lleguemos a casa.
Podía levantarse, su madre lo había dicho. Se tragó la ensaladilla, ya que no le
era posible comer fuera de la mesa, y se quedó contemplando el fragmento del
dibujo que había descubierto en el plato.
—No le pondrás un dedo encima —murmuró su madre.
Su padre tomó un bocado de ensaladilla, que le enrojeció los labios, y golpeó la
mesa con el vaso. Su brazo desnudo quedó próximo a un cuchillo bajo la
claridad solar. Tanto la hoja como el vello de su brazo relucieron.
—No has hecho más que conseguirle una propina con la correa, si no hace lo
que le tengo dicho.
—Mami dijo que podía —replicó Ian, cogiendo la pata de pollo de su plato e
incorporándose.
Su padre trató de atraparlo, pero la bebida debía de haberlo adormecido, pues
quedó tendido sobre la mesa sacudiendo su cabeza.
—Ven aquí —dijo con voz pastosa, mientras Ian se alejaba fuera de su
alcance, después de haber tenido tiempo de echar una última mirada al dibujo
en el plato. Parecía algo que quisiese escapar al tiempo de ser descubierto. No
quena permanecer cerca de aquello, ni cerca de sus padres, ni tampoco cerca
de esos camareros con sus sonrisas silenciosas. Quizás los camareros no
hablasen su mismo idioma. Al tiempo que corría hacia donde se hallaban los
otros niños, le dio un bocado a la pata de pollo. Ellos se habían levantado de la
lejana mesa y estaban jugando con una pelota de trapo.
Por un momento miró tras de sí. Cada uno de los camareros se hallaba tras
uno de sus padres (¿esperando que les pagasen, o para limpiar la mesa?).
Debían de ser muy pacientes para que sus pies se hubiesen adherido al suelo
de tal manera. Su padre se sostenía la barbilla en el cuenco de ambas manos,
mientras la madre de lan lo contemplaba fijamente desde el otro extremo de la
mesa, que ahora le parecía extrañamente desvencijada: mucho más parecida a
un montón de leña seca.
Ian llegó corriendo al claro donde estaban los niños.
—¿Puedo jugar con vosotros?
La niña dio un grito de sorpresa.
—¿De dónde has salido tú? —le preguntó al chico.
—Pues de allí.
Ian se volvió señalando con la mano, y vio que no podía situar a sus padres. Al
principio se quiso tomar a broma la forma en que había sorprendido a los niños,
pero de repente se sintió solo y abandonado, aunque también temeroso de su
padre y de su madre. Se volvió de espaldas cuando los niños lo contemplaron
con insistencia, y luego salió corriendo.
El nombre del chico era Neville; su hermana se llamaba Annette. Sus padres
eran las personas más encantadoras que nunca hubiese conocido..., aunque
su deseo no había sido para ellos, se dijo a sí mismo con firmeza cuando hubo
puesto en marcha el coche, una vez tranquilizado; no sabía cuál había sido su
deseo junto al pozo.
Seguramente su madre se había embriagado. Ella y su padre debieron de
extraviarse, y regresaron al coche estacionado en la carretera del bosque para
pedir ayuda en la búsqueda de Ian. Pero su madre perdió el dominio del
vehículo apenas empezó a conducir. ¡Si al menos el coche con sus ocupantes
dentro no hubiese ardido tan rápidamente! Ian no se habría visto forzado a
desear con el oro que lo que creyó haber visto no hubiese sucedido nunca: los
árboles separándose ante él mientras corría, mostrándole una última visión de
su madre escudriñando el plato, cada vez con más rapidez, contemplando el
dibujo que había descubierto y poniéndose en pie, una mano tapándole la boca
mientras con la otra sacudía a su padre, sacudía sus hombros
desesperadamente para despertarlo, mientras las delgadas figuras abrían sus
enormes fauces y las cerraban sobre ellos.
Elle est trois (la mort)
Tanith Lee
Tanith Lee se ha convertido en uno de los autores de fantasía más populares
entre los surgidos en los últimos diez años. Nacida en la zona norte de Londres
en septiembre de 1947, estuvo en la escuela secundaria y luego desempeñó
esa gran variedad de empleos que parecen formar parte del aprendizaje de un
escritor: bibliotecario, dependienta, camarera. «Tras estos y algunos otros
desastres subsidiarios», en palabras de Lee, acudió durante un año a una
escuela de arte, a los veinticinco años. Su primer libro, The Dragón Hoard (El
tesoro del dragón), fue publicado en 1971, y a él siguieron varios libros más
para niños y jóvenes. En 1975 DAW Books publicó The Birthgrave (Tumba de
nacimiento), con el que Lee captó la atención de los lectores estadounidenses
y que le permitió la posibilidad de dedicarse a escribir exclusivamente.
Hasta el momento ha publicado veintiún libros de ciencia ficción para adultos,
nueve para jóvenes y ocho narraciones breves, además de cuatro obras de
teatro para la BBC radiofónica y dos guiones televisivos para Blake's Seven.
Lee, que sigue viviendo en Londres. tiene como proyecto más reciente la
conclusión de una novela histórica, «una extensa y sanguinolenta obra acerca
de la Revolución francesa». El siguiente relato supone una buena muestra de
la facilidad de Lee para recrear atmósferas históricas.
Al otro lado del río, el reloj de Notre Dame aux Luminères marcaba las siete.
Cuan profundo el río, y cuan oscuro, y cuantos huesos yacían bajo su
superficie que las campanadas del gran reloj dorado de la torre gótica no
conseguían despertar. Sumergidos allí, todos aquellos que se tiraron desde los
puentes, desde los embarcaderos de la ciudad: los muertos de hambre, los
enfermos y los drogados, los desesperados y los dementes.
Armand miró las aguas negras como la noche, miró en busca de aquellos... Y
allí, una mano pálida emergió del oscuro caudal, una mata de pelo empapado
pasó bajo el pretil. Una chica se había tirado al río, ¿debía él rescatarla? ¿Era
moralmente correcto que él la rescatase de cualquiera que fuese el horror que
la había abocado a aquello?
El hombre joven, un poeta, cruzó el puente corriendo y se acodó en el otro
pretil. Esa vez hubo ayuda. Un globo de luz en el extremo más alejado del
puente cogió a la suicida cuando emergió de nuevo. El poeta, Armand, lo
observó con alivio y extraña desazón. Aquello en el agua no era más que una
ristra de harapos y basura entrelazados por la corriente.
Enderezándose, Armand se caló el capote. Era primavera, pero la primavera
era fría en la ciudad. No había excitación en sus piedras, ni en su sangre. Echó
una ojeada, con su acostumbrado abatimiento, a las torres de la catedral sobre
el lejano cauce del río, a las viviendas junto a los márgenes cercanos donde,
de regreso, se había asomado. Arriba estaban las estrellas, y aquí y allí luces
macilentas. Pequeños puntos de luz entre tanta oscuridad.
No había comido en dos días, pero había conseguido suficiente dinero para
hacerse con una botella de vino barato en el café de la Rué Mort. Y para las
otras cosas, las compras... ¿Fue ayer?
Había estado paseando toda la tarde, hasta que su propósito se esfumó con el
ocaso. Cual copos del día hundiéndose en el río. Notre Dame aux Luminères
elevaba sus torres ante él, como si se elevara desde las mismas aguas, un
edificio salido de una fábula. Compuesto cual caballero, entró bajo la cúpula de
incienso y sombras. De pie bajo las etéreas burbujas multicolores que eran
derramadas en el suelo por las vidrieras emplomadas, prendió una vela.
(Mi nombre es Armand Valier. Me presento, pues creo que ya no te acuerdas
de mí. Señor. ¿Y por qué deberías acordarte? ¿Por qué enciendo una vela?
Por un trabajo fenecido, una poesía muerta. Murió en mis manos. La quemé.)
Cuando la noche hubo difuminado las luces de los ventanales, Armand salió y
empezó a cruzar el puente.
Caminaba lentamente, perdido no en sus pensamientos, sino en un país que se
asemejaba débilmente al puente, al río, a los oscuros bancos —uno que se
alejaba, otro que se aproximaba, ambos igual de irreales—, un país nutrido de
los hechos y la atmósfera que le rodeaban, aunque los negara. A medio camino
sobre el puente, el joven se apoyó en el frío pretil, balanceando su negra
cabeza. (¿Dónde estoy, entonces, si no aquí? ¿Es éste un lugar que rememoro
de un sueño? ¿Habré cruzado alguna barrera en el tiempo y en el espacio? ¿Y
será este mundo como el que acabo de abandonar, engañado por unos
instantes como si hubiese traspasado la superficie de un espejo?)
La impresión de cambio, de extrañeza, se tomó tan aguda que una sensación
galvánica recorrió sus nervios. En ese instante, sin ninguna alteración
aparente, miró por encima del pretil y observó a la chica muerta en el agua;
aquella que un momento después, desde el otro parapeto, se convirtió en un
cúmulo de objetos flotantes. Eso convenció a Armand, el poeta, de que, sólo
cruzando el puente de uno a otro parapeto, él había traspasado los contornos
de la realidad. Hada mucho frío. Temblando dentro de la poco apropiada capa,
empezó a aproximarse con vivacidad hacia el pálido globo de la lámpara que
bailoteaba allí, junto a su poco confortable banco que le servía de hogar.
La niebla se estaba elevando del río, debilitando la pobre luz misteriosa como
un telón de gasa. Mientras Armand se aproximaba con rapidez, le vino el
impulso de que debía cruzar una vez más hasta el otro pretil, dejando allí, tal y
como estaba, la misteriosa lámpara, en otro mundo parcialmente distinto,
donde los harapos se convertían en muchachas ahogadas.
En el presente, obedeció aquel impulso; era suficientemente sencillo
acomodarse sobre la simple diagonal. Se apercibió, inexplicablemente, de que
su corazón —aunque podía ser sólo la falta de alimento y el cansancio— le
batía con urgencia. Acercóse aún más, contemplando con fijeza el nebuloso
ambiente que rodeaba la lámpara.
Hasta que, de repente, una figura cobró forma bajo la lámpara en el extremo
del puente.
Armand lo constató, continuando su marcha, aunque con mucha mayor
lentitud. Oía sus pasos resonando agudos sobre el pavimento, por encima de
los susurros remotos de la ciudad. Y, más alto aún, el jadeo de su propia
respiración. Ahora podía incluso ver con claridad que la figura era la de una
mujer.
Estaba envuelta en una capa de terciopelo negro. Era una prenda como la que
usaban los ricos y los aficionados a la ópera. Pero la arropaba por sí misma,
como si ella misma estuviese viva, una criatura orgánica arropándola cual
pétalos de orquídea negra. Detrás de su cabeza se elevaba un pétalo, una
capucha como la cabeza erguida de una cobra enmarcando un rostro
difuminado por la niebla. Se formó la impresión de sus rasgos. Eran
aristocráticos y muy rígidos, quizá pobres de expresión. Excepto los ojos, que
eran remarcados por unas largas e inclinadas cejas negras, y que mostraban
un indescifrable azul en el párpado superior, el cual no estaba pintado ni
sombreado, pero que sugería las traslúcidas alas de unos insectos cual iris,
estampadas allí... Su boca era extremadamente generosa, aunque suave, y
parecía dispuesta a sonreír. Aunque aquello debía tratarse, al igual que lo
demás, de un espejismo de la niebla. Pero ahora toda la cabeza giró. Tras el
camafeo, una melena nocturna orlaba la capa como gotas diamantinas que
refulgían cual chispas. Una mano enguantada horadaba la capa cual cuchillo.
El guante era de un curioso malva azulado, perlado y fosforescente,
insustancial como la primera llamarada del gas. La mano enguantada realizó el
inequívoco movimiento de correr una cortina.
Comprensión tras comprensión se apoderaron de él... Armand aceleró de
nuevo el paso, reincrementando sus palpitaciones, pero ya era demasiado
tarde. La aparición se había desvanecido.
Alcanzando la lámpara, la elevó, tratando de penetrar el oscuro manto
nocturno. No lo consiguió. Incluso llegó a llamarla una vez:
—Mademoiselle Fantôme...
Su voz repercutió con un eco lejano en la noche.
No estuvo buscando por mucho tiempo. La náusea del hambre se le hizo
presente, impeliéndole a buscar, no comida, sino vino, calor, compañía
humana.
Se apartó diez pasos de la lámpara y miró tras de sí: sólo la niebla, la
irrevelante mancha de luz, la oscuridad vaciándose sobre las aguas.
El café Vule en la Rué Mort estaba repleto, una caverna estentórea, sus
paredes cubiertas de negras telarañas oscilantes, las mesas repletas de cartas,
papeles, dados y vino tinto. Los bebedores, sentados con laxitud, hablaban, se
insultaban, bajo una iluminación fría y mezquina.
En unos de los crepúsculos luminosos, Etiens Corbeau-Marc, medio cegado
por su melena y por el resplandor de una vela, bosquejaba algo del lugar. Los
trazos del carboncillo eran concisos y penetrantes, con una ligera distorsión
que tendía a añadir, más que a disminuir, realidad.
(Un día, tales bosquejos se venderían por cientos de dólares americanos,
aunque por aquel entonces Corbeau-Marc estaría cómodamente aposentado
bajo tierra.)
—Recibo tu sombra en el papel, Armand, y sin agrado. Por favor, siéntate o
lárgate. Simplemente sal de mi luz.
—Mi sombra y la sombra de una botella de vino. ¿Alguna mejora?
—Oh. ¿Somos ricos esta noche?
—Oh. Somos pobres. Pero podemos beber. Y aquí llega la botella.
—Pero bueno, toma asiento, mi generoso amigo. ¿Ves a esa mujer? Tiene el
rostro de un caballo alado. ¿Crees que aceptará pasar a mi habitación?
—¿Por qué no? Todas las demás mariposas lo han hecho.
Armand vertió el vino en dos vasos lóbregos y bebió de uno con avidez de
sediento, cerrando los ojos. Pareció esperar unos instantes, como si la
inspiración no le llegara. Cuando habló, su voz sonó lejana y melancólica.
—Vi a una mujer junto al río, esta noche, a la cual deberías dibujar, Etiens.
—Dale mi dirección, previniéndola de que no le puedo pagar.
—Pienso... —Armand comprimió sus labios, hallada la palabra, pero tomó el
vaso y bebió de nuevo—... que querría que se le pagara con sangre.
—Un vampiro... Excelente.
Etiens dejó su bosquejo y bebió.
—Armand, eres irritante. ¿Piensas trabajar o no? ¿Acaso me estás contando
un sueño que tuviste? ¿Cuándo comiste por última vez?
—Ayer, creo. O el día anterior... ¿Soñar? Ya no sueño, ni dormido ni despierto.
Armand apoyó sus brazos sobre la mesa y acomodó su cabeza entre ellos. Dijo
algo inaudible.
—No te oigo. Has interrumpido mi trabajo, así que al menos podrías darme
conversación.
—Decía que he consumado mi último desastre esta mañana. Un instante antes
del mediodía. El reloj dio las campanadas poco después, y entonces salí a
pasear por el río. Cuando regresé, había anochecido. Había una lámpara
encendida al final del puente, y allí se hallaba una mujer envuelta en terciopelo
negro y guantes fosforescentes, con el rostro de la virgen madre de Monsieur.
—¿Cómo? Ah, te refieres al Diablo. ¿Le hablaste?
—No.
—¿Temiste una desilusión? Sin duda fuiste juicioso. Probablemente fuera
alguna prostituta sin fortuna.
Armand rellenó su vaso por rutina. Parecía como si para él fuera igual que
beber agua. Sólo un ligero temblor en sus gestos conllevaba la idea de que era
vino.
—Es extraño. Al principio me sorprendió. Pero entonces... tuve la impresión de
haberla visto una o dos veces con anterioridad. Se desvaneció, Etiens. Como
una llama al consumirse.
—Quizá fuera una bruma...
—No entre la niebla...
—Esta noche compraré queso y embutido —dijo Etiens—. Me sentaré severo
ante ti, hasta que lo acabes.
—La comida me enferma —dijo Armand.
—Por supuesto que te enferma. Tu estómago ha olvidado lo que es comida.
Comes cada diez días, y tu cuerpo grita: «¡Socorro! ¿Qué es esta sustancia
extraña? Estoy siendo envenenado».
—La mujer —dijo Armand—. Sé quién puede ser.
Etiens Corbeau-Marc consiguió otro recorte de papel y empezó a dibujar de
nuevo. Esta vez no era nada del Café Vule. Armand se contorsionó
abruptamente, angustiado.
Una pilluela apareció sobre el papel, escueta como un lápiz, su pelo rubio
flotaba, parecido al de Etiens, quizás algo más rubio. Sus ojos se convirtieron
en blancas estrías sobre la cuartilla, la de papel de estraza, cuando él los rasgó
delicadamente con la uña de su meñique, como si quisiera cegarla, o encubrir
sus verdaderos ojos.
—¿Quién es ésta?
—Querido Armand, tengo un vago recuerdo. Un retazo de mi infancia. Por
alguna razón, ahora me ha venido a la memoria.
—Algún día, estos bosquejos valdrán montones de francos, cajas llenas de
dólares. Cuando tú estés salvaguardadamente muerto, Etiens, en una fosa
común.
Armand elevó su cabeza, aunque la de Etiens permaneció sobre su dibujo, y
halló entre ambos, rojiza cabellera en la rojiza penumbra, cual crepúsculo de
marzo, el ocasional tercer miembro de aquella mesa en el Café Vule.
—Pajarillo —dijo Etiens—, dulce France, estás ante mi luz. Mueve la vela,
muévete tú, o mueve la tierra, pero hazlo con prontitud.
—La tierra se ha desplazado —dijo France, sentándose ante la mesa y
sirviéndose un vaso de vino.
Ya había estado bebiendo y sus amplios párpados superiores estaban
parcialmente abatidos cual blancos velos.
—Vaya, vaya, estoy aquí para refugiarme, nada de terremotos. Ya tuve
suficiente en mi habitación.
—¿En qué problema te has metido ahora, ángel caído? ¿No será que
Jeannette por fin ha entrado en razón y te ha abandonado?
—Jeannette hace un mes que se fue. Se estaba convirtiendo en una esposa,
en una madre... Come esto, siéntate aquí, quédate en casa. Todo enmendado,
el hábitat horriblemente limpio y mostrando las desafortunadas características
de su necedad, y ragoút. Todo lo que me sabía cocinar era ragoût. Y dos vasos
de vino, ni uno más. Y lágrimas. ¿Con quién has estado? ¿Dónde has ido?
Dime que me amas. ¿Por qué no me amas? Y mi piano... Oh Dios, Dios, Dios.
¿Sabes qué llegó a hacer?
—Bien, ¿qué? —exclamó Etiens.
—Armand, no estás escuchándome.
—Sí, te escucho.
—Mi piano... Trajo un hombre para que lo tasara.
Etiens palmeó la mesa con su mano. Armand soltó un altisonante gruñido de
asombro.
—Bueno, supongo que te proporcionaría algún dinero.
—Palabras textuales. «Nunca lo tocas», me dijo. «¿Dónde están los conciertos,
los preludios...? Sólo haces música en la cama con otras mujeres. Mientras,
nos morimos de hambre.»
France bebió del vino, esta vez directamente de la botella. Se quedó
observándoles.
—Tiré sus ropas por la ventana y sus malditas flores en tiestos. Estuve a punto
de tirarla a ella también, pero huyó gritando.
—Pobre niña —dijo Etiens—. Pero entonces estaba loca para vivir contigo.
Usas las mujeres como si fuesen harapos.
—Tengo otro harapo ahora.
Armand recuperó la botella: el vino había desaparecido. Volvió a cerrar los
ojos. Las profundas ojeras sobre sus mejillas le hacían parecer un niño
exhausto.
—Esta última parecía entender —dijo France—, y tenía algo de dinero. Pero va
hoy y me dice: «No estoy celosa de tus mujeres, tengo celos de la música que
tienes en la cabeza. Estoy celosa de la Dama Negra, el piano. Te sientas y lo
acaricias, pero estás cansado de mí». Lo cual es cierto. Es sombría. La he
echado.
—¿Defenestrada? —dijo Etiens—. Espero que no.
—No, no, por Dios. ¿Quién tiene dinero para más vino?
—Pan y vino —dijo Etiens.
—¿Eres rico hoy? —preguntó France.
—Alguien me compró un dibujo. Oh, una venta modesta. Algunos francos.
France se dirigió a Armand.
—Bebida, comida. Despierta. ¡Alégrate! Baila sobre la mesa.
—¿Alegrarme? ¿Cuando no puedo escribir más?
—Vaya porquería.
—No puedo, de verdad.
—Ni yo puedo escribir una nota —dijo France—. Jeannette y sus lamentos me
lo impidieron. Y Clairisse, con sus locuras. Surge una melodía... es la melodía
de otro hombre. El desarrollo se desvanece, cae, expira. ¿Pero puedes verme?
Mira. Continúo. Ya regresará.
—El vino solía ayudarme —murmuró Armand—. Antes de aquello... Me parece
imposible cuando lo recuerdo... Simplemente estar solo, pasear hacia algún
lugar..., cualquier parte. Las visiones florecían, como suspiros. Me era casi
imposible contener las ideas, casi imposible controlarme para no empezar a
gritar en la calle de puro éxtasis. Y ahora, nada. El vacío. Necesito algo más
que bebida, o soledad. Necesito algo, un ácido cauterizante, para liberar lo que
llevo dentro. Está ahí. Puedo sentirlo, aleteando en el interior de mi mente
como un pájaro en una caja. Dios mío, ¿qué será de mí?
—Tranquilízate —gruñó France—. Me estás turbando. Estás empezando a
parecerte a Jeannette.
Llegó el vino, el pan y el queso.
Etiens apartó sus bosquejos. El de aquella extraña muchacha cayó al suelo
bajo la mesa, donde algunos pies, ignorantemente, lo estrujaron.
El mismo grupo se había convertido en uno de los dibujos de Etiens.
Teatralmente difuminados por luces y sombras, empapados de la luminosidad
amarillenta de la vela campeando sobre una botella de vino, los tres jóvenes
desmenuzaban salvajemente el pan.
Cuan semejantes eran entre sí de una manera incoordinada, más
extraordinaria. Ninguna similitud de los cuerpos; aunque en cierta manera eran
semejantes: escuálidos en sus raídas prendas, que en France eran además
chillonas, al igual que su pelo, y con sus rostros demacrados y desesperados;
en ellos, también confluían tres aspectos de un todo unitario. Pobreza, hambre,
tenacidad, desesperación, y posiblemente genialidad. ¿Pero quién, a esa hora,
podía estar seguro de ello? El Artista, el Compositor, el Poeta. Rubio, pelirrojo,
negro, cual piezas de ajedrez de un juego a tres manos.
—¿Dónde está tu bosquejo?—preguntó France de repente.
Se pusieron a buscarlo, el ojo blanquecino y picaruelo... Alguna bota lo había
pisoteado sobre el suelo. France soltó un juramento. Armand propuso poner
patas arriba el abarrotado café.
—No importa —los apaciguó Etiens—. Estoy contento de que se haya ido. No
era como yo lo quise. O aún más, demasiado como yo lo quería.
—Me había traído a la memoria aquel viejo verso —dijo France, bebiendo de la
segunda botella—. Y no sé por qué. Pero ¿os acordáis a cuál me refiero? Una
clase de adivinanza. Un círculo y tres figuras, tenías que unificarlas al final pero
permanecer fuera del juego. ¿Cómo era? Elle est trois —Soit! Soit! Soit!
Armand lo observó:
—Mais La Voleuse, La Séductrice...
—Eso es —gritó France. Un cerco pálido surgió sobre sus blancos pómulos—.
La Séductrice et Madame Tueuse...
—Ne cherchez pas —finalizó Etiens.
France se elevó, elegante y violento, elevando la botella, ahora él solo. Se
deslizó por el café, esporádicamente colapsado, mientras aquí y allí alguna
mujer reía con sorna, o alguna voz se le unía.
Elle est trois.
Soit! Soit! Soit!
Mais La Voleuse,
La Séductrice
Et Madame Tueuse
Ne cherchez pas!
Ne cherchez pas!
France se abatió sobre su silla de nuevo. Y le pasó amorosamente la botella
vacía a Armand.
—¿Qué demonios significa?
Etiens, que no estaba borracho, dijo tristemente:
—Significa muerte.
Elle est trois... Ella es tres.
¡Bien! (Uno.) ¡Bien! (Dos.) ¡Bien! (Tres.)
Pero la Ladrona...
La Ladrona.
La lluvia primaveral, fría como el hielo, caía espesa sobre las calles y Etiens iba
andando hacia su morada. Su bella melena se le aplastaba sobre los ojos; sus
zapatos rebosaban agua. Era media noche, el reloj de la Catedral desgranaba
sus tañidos, un lobo aullaba al otro lado del río. Nuestra Señora de las Luces,
con las velas consumiéndose y muriendo en sus pétreas entrañas.
Lo de la venta del dibujo había sido una patraña. Pero había creído oportuno
colaborar con la comida. ¿Acaso importaba? Etiens consideró la belleza de las
palabras tras las que se ocultaba la dama que tenía aterrorizado a Armand, las
sonatas abortadas por los apetitos y la falta de sentimientos en France. Pero,
aun así, Armand había tenido sus visiones en el puente. France tocaba el
aporreado piano y las notas flotaban en el aire.
(Y yo, puedo crear pinturas en hojas de papel y lienzos: pinturas buenas o
malas, pero incesantes, correspondientes, nutritivas. Vida. Vida.)
Sí, pero aún recordaba La Voleuse.
¿Cuántos años tenía entonces? Seis o siete. Probablemente siete. Había
estado enfermo; esa era una experiencia, aunque vivida, curiosamente
desperdigada en su memoria —una fiebre infantil—. Un grotesco desinterés en
todo lo concerniente a su persona y una desconcertante falta de comprensión
ante sí mismo y en lo que debía ser. Luego había unos retazos monocromos;
sombras perfiladas por una luz, una luz excesivamente brillante para nacer;
murmullos de voces, y su madre alimentando una irritabilidad que, en medio de
su penuria, abandono y desesperanzamiento, le provocaba el tener casi que
amamantar a una criatura enfermiza. Estaba, por alguna razón, recuperando el
incidente más definitorio de todo ello: el de tener que serle dada el agua a
cucharillas porque su debilidad le impedía incorporar la cabeza. Por supuesto,
no había tenido miedo. La propia absorción de la infancia, su ciega confianza,
obviaban todos los temores. No había tomado conciencia de la muerte, aunque
ésta, de alguna manera, debía haber estado aleteando sobre él, con los
hedores del ajo y la madera podrida. La muerte aquella vez quizá lo visitó una
noche en la forma de una enorme polilla parduzca, observándolo en su
inconsciencia con sus ojos resplandecientes.
Más allá de las pequeñas ventanas de la buhardilla, en los traseros de la casa
había un detalle inusual, una balconada cuya balaustrada de hierro forjado
semejaba una tela de araña. Un par de macetas rotas con geranios muertos
colgaban en la penumbra atadas a la baranda. La suciedad, marchitos tejados,
y diminutos retazos de claridad solar, y, cinco pisos más abajo, se contemplaba
un patio de guijarros de una cruda e incomprensible falta de belleza.
Su primera toma de contacto con otros niños llegó, un día, desde ese
mugriento balcón al otro lado de la ventana.
¿Quién es ella? ¿Cómo se introducía? Se sentaba en el marco de luz lunar que
a veces bañaba el suelo entre su cama y la ventana. La estufa estaba
encendida, pero ahora se había apagado. Detrás de un biombo cruzado en
medio de la habitación la madre y el padre roncaban u observaban.
La niña se sentaba sin pestañear en la mancha de luz, observándolo.
La vio unos instantes. Luego se durmió de nuevo.
Por la mañana se había ido y cuando habló de ella le comentaron que había
estado soñando.
El ático solía también estar impregnado del aroma de la sopa de berzas, que
Etiens recordaba con una ligera aversión, dado que como niño de siete años no
le ofendía.
El adulto seguía bajo la lluvia y cruzó una plaza. Pensaba en la Voleuse, la
Ladrona.
La había vuelto a ver muchas veces después de aquello.
Al principio permanecía cerca de la ventana, carente de expresividad. Luego se
tomó más familiar y empezó a cobrar emotividad. De repente le sonrió, y él se
hizo un retrato de sus rasgos. Su tez era morena, su cabello un despojo
blancuzco. Sus ropas también estaban descoloridas y eran harapientas, pero
de una manera más concisa cual si unos agujeros hubiesen sido
premeditadamente cortados sobre ellas, en vez de ser rasgaduras o desgastes
por el uso continuo de las prendas. De alguna forma era como una diminuta y
escandalosa versión de Pierrette y, en efecto, empezó a hacer payasadas. Se
paseó por la buhardilla ruidosamente, balanceándose sobre las manos,
haciendo volteretas, dando saltos mortales, todo ello con una facilidad inusitada
tal, que él tuvo que contener su risa tapándose el rostro con un extremo de la
sábana. Sólo cuando se aproximó, pudo percibir la blancura de sus ojos,
exceptuando dos diminutas manchas oscuras en las pupilas. Su mirada lo
aterrorizó por unos instantes, haciéndole recordar la de un perro ciego en la
Rué Dantine. Pero, dada la evidencia de que ella podía ver a la perfección, su
terror se esfumó.
Luego de estar actuando un largo tiempo para él, ella se rió silenciosamente y
saliendo con premura, directamente a través de la ventana, desapareció. Eso
no parecía peculiar. Pudo asumir, si es que había algo esencial que asumir,
que ella tenía una cuerda, y que usándola se había descolgado del balcón. Era
tan ágil que, incluso en sus pensamientos de adulto, le pareció medianamente
factible.
El niño convaleciente estaba disgustado. Habría deseado unirse a sus juegos.
¿Iba ella a regresar?
Cual si quisiera exasperarlo, se dejó caer por allí algunas noches. Se hallaba él
en ese período de la convalecencia en el que todo se le estaba volviendo
tremendamente aburrido; estaba todavía demasiado debilitado como para
poder entretenerse jugando, pero mentalmente inquieto, ansiaba divertirse.
Esa noche sus padres lo habían dejado solo, pues ya estaba lo suficientemente
recuperado como para valerse por sí mismo. Se habían ido a una boda. Habría
dulces y licores. Su madre le había prometido traerle una caja llena de
pastelillos, pero él estaba empezando a dudar de su promesa.
Se había adormecido cuando oyó las campanadas del reloj al otro lado del no:
las nueve en punto. La estufa estaba apagada y hacía tanto frío como oscura
estaba la habitación. El Etiens niño se aprestó para acurrucarse más
profundamente entre las mantas, y fue entonces cuando vio a la otra niña, la
pálida Pierrette, entrar por la ventana. Y por primera vez se dio cuenta que
ahora, al igual que en las ocasiones anteriores, la ventana había estado,
estaba, cerrada.
Quería preguntarle el significado de aquello, pero ella se lo anticipó, bailando
ante él con sus peculiares harapos. Estaba tan sorprendido, tan cautivado, que
permaneció callado. La gratificación fue inmediata. Ella empezó a realizar
malabarismos increíbles. De un gran salto, dio un mortal hacia atrás,
acompañado de un ¡hoop!, luego haciendo la vertical, se balanceó sobre sus
manos: casi sobre las extremidades de sus dedos. Volviendo a ponerse de pie
saltó —sus saltos eran como los de un gato—, para ir a aterrizar encima de la
mesa. Giró sobre sí misma hasta llegar al extremo, se desplazó al respaldo de
una silla y caminó por él. Saltó de nuevo, y se detuvo a descansar sobre la
punta de un pie, permaneciendo inmóvil cual estatua en un pedestal, sus
brazos extendidos grácilmente. Desde esa posición, ingrávida y en total
equilibrio, haciendo señas, le ofreció la segunda sorpresa.
No se lo podía creer, le estaba invitando para que se uniese a la diversión.
Estuvo seguro de que ella le mostraría sus trucos. Los realizaba con tal
facilidad que, aun en el tiempo, preveía no obstante la certeza de que bajo sus
indicaciones —cosa que a él solo y trabajando en un rincón, le sería
imposible—, con su mera aprobación, le sería dable el aprenderlos.
Así que salió de la cama, poniéndose en pie, su amiga le sonrió
arrebatadoramente. Luego, cuando empezó a aproximársele, descompuso su
inmovilidad y volvió a desvanecerse a través de la ventana.
Tuvo un desvanecimiento. Ahora, en el preciso instante en que había decidido
tomarle confianza. ¿Iba ella a romper el hechizo?
Para entonces se dio cuenta que se había quedado en el balcón, al otro lado
del sucio cristal. Su blancura contrastaba, cual una lámpara, contra el oscuro
cielo invernal y la ringlera de oscuros tejados, que iban geométricamente
disminuyendo en la perspectiva que enmarcaba el desconchado marco de la
ventana. Y de nuevo, ella lo llamó haciéndole señas.
Se las apañó para abrir la ventana y salió tras ella. El frío lo sacudió como una
mano, la mano de su padre furioso. Pierrette le sonrió silenciosamente, brincó y
de repente apareció encima del pasamanos de la baranda. Riendo sin ningún
sonido, ella empezó a correr de uno a otro lado del breve perfil metálico y, a
pesar del frío, él permaneció en trance. Sobre su cabello cual estropajo
metálico, las estrellas titilaban con gélido resplandor. Parecían adornar su pelo
atrapadas por él y, dos de ellas, tornáronse sus ojos.
Al final del balcón, donde colgaba una olvidada prenda de ropa, ella se detuvo.
Con su mano alzada le mostró lo que quería que hiciese.
Salta, salta, sígueme a lo largo de la balaustrada. Eso era lo que su mano, su
cara —tensa y oscilando—, las chispas de sus ojos, la postura de su cuerpo, le
incitaban a hacer. Incluso sus harapos oscilaban ante él, indicándole,
mostrándole cuan sencillo era.
Dudaba. No por preocupación, exactamente, sino de asombro. Como si de un
sueño milagroso se tratara, nunca se le había ocurrido anteriormente pensar
cuan sencillo podía resultar un acto de esas características. Por supuesto que
era sencillo, simple.
Como para acabar de decidirlo, ella recorrió de nuevo la balaustrada. El
pasamanos debía tener una pulgada de ancho y allá donde se curvaba, aún
menos. Sus pies se deslizaban sobre ella con seguridad, y él supo que, fuera lo
que fuera lo que ella hiciese, él estaría, en aquel momento, capacitado para
hacerlo.
Aun así, tomó precauciones al encaramarse encima de los tiestos y de ahí a la
baranda, cuidando, no de no precipitarse cinco pisos más abajo, sino de no
caer de espaldas en el balcón.
Con la misma delicadeza se irguió sobre el metal y sus pies lo abrazaron. Su
desnudez fue quemada por aquella helada frialdad que le hirió las plantas, pero
eso no le preocupó. Pierrette estaba en éxtasis. Aplaudió, deslumbrante.
Vamos, haz como yo.
Oyó, muy lejano, un jadeo ahogado en la habitación tras él. En un principio no
le preocupó, pero luego se dio cuenta, con sorpresa, que estaba perdiendo el
equilibrio.
Miró a Pierrette esperando que le indicase lo que debía hacer, pero Pierrette se
estaba riendo, riendo de él. ¿Podía ser que no se diese cuenta de lo que le
sucedía?
Siguió un largo, un largo e inexplicable segundo mientras caía de la
balaustrada sobre sus pies, y todo el mundo le bailaba alrededor.
Instantáneamente, todo él se derrumbó. Sus manos dieron en el suelo, pero
eso no fue un acto reflejo. De hecho, todavía no había tomado conciencia de lo
ocurrido.
Incluso las estrellas cayeron con él, y con ellas se esfumó Pierrette.
En su lugar un estallido de terror, una conclusión espantosa. Atontado, se halló
a sí mismo en medio de una tormenta de golpes y gritos.
Su padre, excesivamente borracho para razonar —de razonar habría entendido
que le era imposible alcanzar a tiempo al niño en su caída—, se abalanzó hacia
la ventana quedando semiinclinado sobre el vacío, y tiró de su hijo hacia atrás.
A continuación, ambos quedaron tendidos sobre el balcón entre una conmoción
de macetas.
El penetrante vaho etílico que desprendía el aliento de su padre y los aullidos
de su madre, entonces ya relajada, desmoronaron al muchacho, que empezó a
llorar.
—No deberíamos haberlo dejado solo. Nunca, nunca. Estaba caminando en
sueños...
Etiens vio, entre sus lágrimas, que ella se había olvidado de traerle los
pasteles. Se atrevió a echar una ojeada al balcón, para constatar que la pálida
criatura había desaparecido.
Se fue para siempre. Nunca más la vio. ¿Pero qué —podía preguntarse, y de
hecho lo hacía de vez en cuando— fue aquello, esa aparición? ¿Algún
desvarío provocado por la fiebre? ¿Algún espíritu que habitaba en el ático,
quizá un niño que había muerto allí en circunstancias similares, y ansioso de
ver otro evento como el sufrido por él? ¿O una conjuración del Diablo, de
Monsieur le Prince?
La estrofa se lo había dicho. El verso, aparentemente, lo conocía. Sabía de
Lady Muerte, en sus tres aspectos —Elle est trois. Soit! Soit! Soit! Mais La
Voleuse—. Sí, qué otra cosa había sido Pierrette si no una ladrona, vestida
como uno de ellos además, o disfrazada, caracterizando a uno. Un ladrón de
vida que le hubiese robado la existencia con alguno de sus trucos.
Etiens, girando por una esquina, se escuchó a sí mismo recitando el verso una
vez más, en voz alta. A cada estrofa la lluvia le entraba en la boca.
Ella era tres ¡Bien! ¡Bien! ¡Bien! Así la Ladrona, la Seductora, y Madame
Carnicera. Ne cherchez pas.
—No los busques —dijo de nuevo. ¿Por qué nunca le había contado a Armand
su macabra historia?—. Una vez, cuando tenía siete años...
Armand, aunque desvirtuándola, podría usar la idea. Incluso él mismo, el pintor,
¿por qué no había, hasta entonces, tenido el coraje para detallar la terrorífica
muchacha con ojos de nieve? Sólo un boceto, esa misma noche, y aun así
había desaparecido.
Etiens se orientó, elevando su cabeza ante la tumultuosa cortina de lluvia. Juró,
aunque ritualmente. Había tomado un camino equivocado y se había dirigido,
en vez de a su morada, al lóbrego barrio de escaleras y tiendas sombrías en el
que vivía France con su piano y con cualquier mujer lo suficientemente loca
como para soportar su parasitismo. Mirando ante él, Etiens observó un callejón,
y a lo largo de su calzada de anchos escalones, el derruido almacén sobre el
cual se había instalado el compositor. Habían luces resplandecientes allí arriba.
(¿Por qué estoy aquí? ¿Qué hago aquí? No entiendo qué razón me ha hecho
venir aquí. ¿Acaso pretendo visitarle a estas horas de la noche? Puede ser que
ni siquiera se encuentre allí. En verdad, dejó el café antes que yo. Lo más
probable es que esté bebiendo en alguna parte, o con alguna mujer que no sea
la que está ahí arriba ahora, lamentándose por su desinterés.)
Desde el alma de la lluvia y de la noche, circunstancialmente del derruido
almacén que apuntaba el hábitat de France, una mujer empezó a llorar
frenéticamente.
Habiendo dejado el café antes que los otros, France no había retornado de
inmediato a su habitación sobre el callejón. Estuvo tomándose un par de copas
con una mujer que conocía, la trapera viuda, que vivía detrás del mercado.
Manteniendo un romance ficticio, con la pretensión de desear acostarse con
ella —era una mujer plana e inapetecible—, France había conseguido
bastantes cosas a cambio de nada, incluyendo una selección de
espectaculares corbatas.
Unos minutos antes de la medianoche, de cualquier forma antes de que el reloj
dorado de Notre Dame aux Luminères diese las doce, empezó a ascender los
escalones de piedra dirigiéndose hacia la habitación que Jeannette tratase, de
una manera enfermiza y desesperada, de conservar. Estaba muy borracho. En
una neblina alcohólica que, francamente, no le permitía ver más allá de su
propia nebulosa. Así que, cuando halló la puerta abierta, no se preocupó
mucho. Seguramente, disgustado como había estado, la había dejado así él
mismo. De todas formas, nadie se iba a hacer rico robándole. Excepto el piano,
demasiado largo y pesado para interesar a un ladrón normal. ¿Qué poseía?
Nada.
El piano. Su «Negro Mistress».
Una sonrisa burlona le brotó de su interior. Exacto. Su Dama Negra. Su frío
corpachón dispuesto a entregarle sólo la música de otros.
No se detuvo para encender una lámpara. Cerrando de un portazo se dirigió,
tanteando su camino, al otro extremo de la habitación. Allí depositó sus manos
sobre el teclado, a ciegas. La disonancia le chirrió en los oídos,
contusionándole el mismísimo cerebro, y le soltó una retahíla de improperios. A
ella, ¿por qué no? ¿Por qué no? Era ésa la única hembra cuya identidad le era
ignota e incortejable, y no le era posible abandonarle, al igual que había hecho
con legiones de mujeres, incluida la sumisa Jeannette, que se le adhería como
un desdichado reptil. Hasta aquella puta de Clairisse, quien le entendió tan bien
que trató de utilizar su conocimiento para dominarlo. A ella también le mostró la
puerta, y la cruzó llorando y amenazándole. Pero allí, solitario, permanecía su
único demonio, sobre sus cuatro piernas, mostrando sus descoloridos dientes
en una mofa animaloide.
France se sentó ante él, cual un furioso penitente en medio de la oscuridad.
Había tan sólo un ligero resplandor, colándose en la pieza desde una ventana
iluminada al otro lado del callejón, suficiente para hallar su camino sobre las
teclas. Así que una pieza del temperamental Monsieur Beethoven sena
adecuada para la ocasión.
Cuando las notas se elevaron, pensó con malicia en los vecinos despertándose
aquí y allí, y gruñó divertido.
—¡Despierten, despierten, mes enfants! Es el fin del mundo.
Luego, a mitad de la pieza, se cansó y lo dejó.
Miró de soslayo al teclado. Sus manos se depositaron sobre las teclas y una
cascada de notas pasó por su cabeza. Se incorporó prestando atención a la
melodía, ávido de seguir el insistente impulso, pero algo lo distrajo, algo ante lo
cual tuvo que echar un vistazo, confundido, y que le hizo perder el hilo de la
melodía harmónica; al tratar de conservarlo e intentar darle un sentido a lo que
estaba viendo, falló ambos objetivos.
La inapropiada iluminación que entrando por la ventana había clareado una
parte del piano, una tenue claridad que él mismo había, esporádicamente,
ocultado con el movimiento de su cuerpo, ahora, una vez modificada su postura
interferente, se dividía sobre el piano curiosamente en dos campos de
oscuridad.
Era una oscuridad singular, abstracta, como una jiba incongruente que
lentamente —informe en un principio— fue engrandeciéndose...
France se giró y se puso en pie inquieto, derribando la silla al hacerlo.
Había algo allí, al otro lado de la habitación; una oscuridad más oscura que la
oscuridad. Y la ventana abierta tras de sí aún la oscurecía más. Siguió
levantándose; tuvo la peculiar sensación de la masa creciendo en el horno.
—¿Quién es? —preguntó France.
Las posibilidades surgieron jocosas y desagradables. En lugar de aproximarse
para encarar al intruso, se aprestó para pelear. Consideró que quizás
Jeannette había regresado para congratularse de nuevo con él, o podía ser que
algún acreedor estuviese allí agazapado a la espera.
La figura que había alcanzado su tamaño natural y ahora permanecía en
éxtasis, ¿qué era? Se vio un tenue resplandor, una luz de una vivienda
reflejándose sobre la empañada ventana.
France tomó una cerilla y la encendió salvajemente.
La llama estalló como la detonación de una bomba, voló por el aire, una hojita
luminosa, y desapareció. France se quedó mudo. Había visto algo que le
resultó inconcebible y su terror le dejó paralizado. No obstante, empezó a
retroceder, tratando de alcanzar la puerta.
No llegó a alcanzarla.
El grito había finalizado casi tan pronto como empezó, pero, aun así, se
abrieron las ventanas y desde ellas había gente observando. Al fondo del
callejón se podía ver un vehículo, semidifuminado entre la lluvia. A los pies de
la escalera que conducía a la habitación de France se hallaban dos policías,
que no permitieron que Etiens entrase. Una pequeña multitud se había
congregado. Algunos eran vecinos de la misma finca, e intentaban echar un
vistazo al piso superior. De entre el grupo, Etiens pudo oír un sonido
desagradable y quejumbroso; luego los individuos fueron retirándose.
Mientras permanecía allí, con las tripas revueltas de aprensión y malestar,
Etiens pudo ver el pálido rostro de una mujer joven. Rígida, en una postura
maniática y artificiosa, era escoltada por dos policías bajo la lluvia. Al día
siguiente podría leer en los periódicos que era Clairisse Gabrol, la primera
mujer de un empobrecido compositor que había cesado de pasarle para su
despecho sus presentes monetarios y que, consecuentemente, lo había
asesinado. El tipo de arma usado era una incógnita. En la penumbra de la
escalera Etiens no pudo darse cuenta de los desgarros que había en sus
vestidos y abrigo. Poco después descendieron el cuerpo desde el primer piso
camino al depósito. A pesar de estar cubierto, Etiens no pudo menos que
constatar la enorme cantidad de sangre. En el portal, uno de los policías que
había estado en el piso superior se arqueó y vomitó convulsivamente dentro de
un cubo.
La escena de la habitación fue más tarde descrita como una carnicería. Etiens
leyó esa frase con frialdad.
Et Madame Tueuse
La vecina, cuyo grito había alertado a Etiens, fue la primera en entrar en la
habitación de France y llamar a la policía. El enfermizo recital de piano la había
despertado, y se quedó ante la puerta del pianista, reuniendo fuerzas para
llamar y enfrentarse con él, cuando una sucesión de inidentificables, extraños y
alarmantes ruidos la paralizaron en lugar de hacerle ir en busca de ayuda. No
le fue posible dar una explicación de por qué tuvo la convicción de que allí
estaba ocurriendo algo diabólico. Fue su memoria retentiva pero inconsciente
la que le había informado. La analogía con una carnicería no había sido
gratuita, y ella, que visitaba con asiduidad dichos establecimientos, reconoció,
inequívocamente, el familiar e inconfundible sonido que obviamente nada
representaba en la vivienda de un hombre entrada la noche.
Sólo había una incógnita. France no había gritado, ni siquiera cuando el
cuchillo de carnicero, que Clairisse había premeditadamente robado unas
horas antes, le seccionó su mano izquierda a la altura de la muñeca y la
derecha a medio camino entre los nudillos y la muñeca. Probablemente se
habría quedado contemplando sus manos de pianista, allí en la oscuridad,
anonadado ante una pérdida tan repentina y absoluta. Pero entonces, el
cuchillo le separó el cuello, eficientemente, cual una gillotina, y todas sus
preocupaciones concluyeron.
Así que había sido Clairisse únicamente, una de las muchas absurdas y
estúpidas mujeres que habían amado o pensaron que amaban, y sufrieron por
ello. Una, no obstante, fue distinta, y quiso que France sufriese también. Sólo
Clairisse, entonces, quien con la colosal fuerza de su locura había
descuartizado a su amante a pedazos y los había esparcido por la habitación.
Sólo Clairisse, quien había sido por unos minutos Madame Tueuse, la
Carnicera.
Pero no fue a ella a quien vislumbró France con el resplandor del fósforo. No
había sido Clairisse quien France vio posada ante él.
Era muy alta, al menos hacía pensar en los dos metros. En la mejor tradición
de su profesión, una tradición adoptada más por los militares que por la rama
civil de su fraternidad, vestía de naranja. Salpicada por sangre fresca, justo tras
el acontecimiento, podía volver a parecer inmaculada. Daba la impresión de
que hubiese bañado su toga de largas mangas en sangre, antes de empezar.
Su cabeza, también cubierta de un extraño tocado, daba la impresión de ser,
con sus dobles alas extendidas, la de una monja perteneciente a una extraña
comunidad. Encuadrada por ese marco, su cara parecía arrugada, blanquecina
y oculta. Genuinamente oculta, pues los párpados estaban firmemente
cerrados, cerrados de una manera que daba la impresión de que, por alguna
razón, sería imposible elevarlos. Las manos también estaban pálidas; debieron
resaltar la sangre al ser salpicadas. Eran sensitivas, de largos y finos dedos de
artista. Por el instrumental que le colgaba de la cintura, se adivinaba que sus
métodos no debían ser siempre tan rústicos como en esa ocasión. Había varios
cuchillos de diferentes tamaños; algunas dagas; un puñal; incluso una solitaria,
aunque de considerable tamaño, aguja de punto; una navaja de afeitar; tijeras;
un trozo de vidrio; un alfiler de sombrero y algunos objetos más, no todos
fácilmente reconocibles. Todo se veía cuidado y abrillantado. Mantenido, listo
para ser usado.
Vio cómo se le acercaba, pero sólo fue una sombra. Tras la llama del fósforo
quedó poca luz en la habitación. Tras el primer tajo, los ojos de la mujer se
abrieron en toda su amplitud. Cada uno de ellos era un vacío transparente,
configurado como un cuenco diminuto; y como un cuenco, cada ojo se fue
llenando de un rojo puro y resplandeciente.
Y de alguna manera, a pesar de la deficiente iluminación, él vio, vio...
Hasta que todo desapareció de su vista.
Cuando el reloj de Notre Dame aux Luminères dio las campanadas, dando
comienzo a un nuevo día en medio de la oscuridad, Armand se despertó de un
sueño intranquilo. La habitación, la suya propia, estaba más velada que
iluminada por el débil resplandor de una lámpara. La cama, una añeja tabla de
matadero sobre la que se había echado, ahora lo repetía, le forzaba a sentarse
y le predisponía a incorporarse. Sobre la mesa, ningún manuscrito que le
llamara la atención. Había, no obstante, algo.
Armand echó un vistazo. Sus ojos se abrieron desmesuradamente, como si
nunca antes hubiese visto tales adornos, aunque él mismo los hubiese
comprado y acumulado el día anterior o cualquier otro.
Por lo tanto era estúpido que lo contemplase ahora con tal sorpresa. Y en
efecto, la disposición tenía su atractivo, algo que Etiens hubiese gustado pintar.
Los utensilios eran bellos por sí mismos.
La preparación no era muy compleja. Para conseguir su objetivo le sería
necesario muy poco tiempo.
Armand se acercó a la ventana y la abrió de par en par ante la oscura y lluviosa
noche. En la lluvia, toda la ciudad parecía que estuviese sumergida bajo el río.
(Entonces, somos nosotros los inundados, los extraviados, los que todavía
mesuramos nuestros esquemas, nuestros rezos, como si ahora eso tuviese
importancia.)
Al otro lado de la ciudad, el sanguinolento cuerpo que había pertenecido a
France estaba siendo conducido hacia la morgue. Armand desconocía esto, y
aquello, cuando minutos antes, pasmado y calado hasta los huesos, Etiens
había pasado por debajo de la débilmente iluminada ventana del estudio del
poeta, y dándose cuenta de su total incapacidad para llamar a la puerta de
Armand, se alejó de nuevo.
El poeta contempló la oscuridad exterior. Tejados y chimeneas se perfilaban
contra el cielo. Aquí y allí un resplandor evidenciaba, como la claridad de una
visión, la vigilia de otras personas; pero sus motivos quedaban encubiertos.
Armand no supo de la muerte de France ni de la pálida muchacha de Etiens.
En posesión de estos acontecimientos, recopilándolos bajo su propia
perspectiva, bajo su propio conocimiento de adonde la noche lo había llevado
cual barco fantasma, el poeta podía haber representado esta historia de
manera distinta. Habría, por ejemplo, prestado meticulosa atención a la causa,
cual romántico matemático, por la cual tales elementos se habían configurado
uniformes, envueltos por las horas que el gran reloj había ido proclamando a
campanazos desde las siete de la tarde hasta las cercanas tres de la
madrugada. ¿Cómo habría podido ser? Una señal, posiblemente con la
enfermedad como trasfondo, que habría dado a Etiens, durante su infancia, la
primera imagen de la muerte: los blancos ojos de Pierrette, y que una vez
pasada a France por ignorancia o dejadez, habría sugerido en éste la segunda
conformación, la monstruosa monja con su hábito de sangre. Mientras,
Armand, haciendo un retrato del destrozado cuerpo de France, podría,
ingeniosa o desesperadamente, llegar al aspecto definitivo de la llamativa
tríada.
Pero Armand, un temperamento zarandeado por los acontecimientos, y no por
sus mensajes, no había dado a la estructura aparentemente fortuita —aunque
inmensamente terrible— la suficiente información como para poder saber lo
que estaba ocurriendo.
¿Y qué se podría decir? Meramente quizá, que la mayoría de los niños, en
algún momento, se comportan con peligrosa carencia de cordura, pero que el
motivo es que no lo saben hacer mejor. Y que aquella Pierrette era una
analogía de lo que Etiens se habría imaginado en su sueño enfebrecido, con un
charco de luz lunar caído a través de la sucia ventana. Y luego, que France
habría sufrido una alucinación provocada por la borrachera de terror —
suponiendo que hubiese llegado a ver aquello que se ha descrito; no hay
ninguna prueba de ello—. Quizá sólo vio a Clairesse, con el cuchillo robado
entre las manos. Era un asesinato grotesco, un crimen pasional. Eso era
suficiente. En cuanto a Armand, el poeta, habría percibido una sombra entre la
neblina al final del puente, una sombra de malnutrición, de tormento interno, y
de falta de autoconfianza. Y por unos instantes tuvo la posibilidad de verla de
nuevo, al igual que en esas circunstancias hubiese podido ver cualquier cosa:
torrentes llenos de joyas que fluían, inextinguibles, profundos, terribles, y
poblando los contornos de su propio naufragio.
La Mort, La Voleuse, La Tueuse. El truco, el arma violenta. Luego el tercer
significado de la destrucción, la seductora muerte que visita a los poetas en su
irresistible y despreocupado silencio, con los pétalos de las flores azules o de
las alas azules de insectos empastadas sobre los párpados. Y observad
vuestras carnes, también, que unidas a la mía, jamás decaerán. Y será verdad,
pues las carnes de Armand, transformadas en papel escrito a través de las
palabras, permanecerán mientras el hombre sepa leer.
Pensado lo cual se separó de la ventana. Preparó cuidadosamente el opio que
difuminaría la barrera metálica que ya no le podría abocar nunca más hacia los
pensamientos de soledad o de vino. Cuando la droga empezó a cobrar vida
dentro del vaso, por unos instantes vio una muchacha ahogada flotando ahí. Su
pelo se contorneaba con el humo... Mucho más lejos, en otro universo, el reloj
de Notre Dame aux Luminères sonó por dos veces.
Tras unos instantes, abrió la puerta y miró el pasillo exterior. Allí, en el vacío de
la oscuridad, la percibió; y apartó, dándole la bienvenida a su habitación con
irónica cortesía, sus huesos.
Ella era aún más bella. Ahora la pudo observar con detenimiento, mejor que
cuando la viera al final del puente.
La piel era tan suave que a través de ella pudo presentir su tibieza y ternura
radiando con suavidad floreciente. Sus ojos estaban misteriosamente
sombreados, y cuando deslizó su capa pudo contemplar las frías flores
azuladas sobre su pecho y el ceñido corpiño en el que La Danse Macabre
había sido representada en un bordado de seda negra.
Ella se detuvo ante él con una sonrisa, y él, su mano moviéndose con vida
propia, como poseído, empezó a escribir.
La Séductrice era su muerte. La droga lo consumiría en un año, tras haber
destruido su cerebro, su sistema nervioso y su médula. Pero su espíritu
permanecería tras él, en las palabras que había empezado a hallar. La vida no
nos ha sido dada para vivir ignorándola, pero tampoco es vida el vivir
exclusivamente por amor a la vida. A eso que grita con fuerza en nuestro
interior debe serle permitido exteriorizarse. O así se lo parecía a él,
lejanamente, mientras las marinas del opio lo envolvían y las cavernas de
estrellas, junto con ciudades de torres cristalinas, se elevaban más allá de los
cielos.
Ella es tres: Ladrona, Carnicera, Seductora. No trates de buscarla más allá.
Ella está muy cerca de tí, en las hojas secas volando, en las nubes cruzando
ante la luna, en ese dulce sonido tras tu oreja, en el aroma de la tierra, en el
susurro de un vestido. Si tiene que ser tuya, ella vendrá a ti.
Al otro lado del río, el reloj sonó de nuevo.
Un, deux, trois.
El videojuego
Susan Casper
Susan Casper escribe: «Soy nativa de Filadelfia, donde suelo residir con mi hijo
adolescente, Christopher, y dos gatos. Estuve en la Temple University, en la
especialidad de Patología del Habla —aunque no me gradué—, y luego realicé
toda esa serie de empleos que se supone han de hacer los futuros escritores.
Ahora trabajo como asistenta social para el Pennsylvania County Board of
Assistance».
Casper asistió a su primera convención sobre ciencia ficción en 1970, y desde
entonces la mayor parte de sus amigos íntimos son escritores. Tras haber
contenido sus deseos de escribir durante años, Casper cedió a la tentación en
1982. El videojuego refleja su entusiasmo por los juegos electrónicos, y es su
primera historia publicada. Pronto aparecerán otras en Whispers, Shadows 7,
Imago y The Magazine of Fantasy and Science Fiction.
Tan pronto como hubo traspasado la arcada, supo adonde se estaba
dirigiendo. Se desplazó a través de los grupos de niños enfaenados, de las
voces de trompeta de las computadoras, de los flashes de luz y de los
vibrantes timbres. Cruzó delante del lugar donde se acumulaban algunas
anticuadas máquinas de millón, todas vacías; sus reclamos, cual agujeros
mecánicos obsoletos, trataban de acaparar la atención de los transeúntes.
La máquina que andaba buscando se hallaba al fondo, en un rincón débilmente
iluminado, y él suspiró como muestra de alivio al comprobar que no estaba
siendo usada. Su silenciosa pantalla fija estaba emplazada en un armazón
amarillo, sobre una hilera de palancas y botones. A un lado, por debajo de la
ranura de las monedas, tenía el chillón dibujo púrpura de una mujer vestida a la
moda victoriana. Un gran ornamentado sombrero se apoyaba, ligeramente
sesgado, en lo alto de su cabeza. Su amplia mata de pelo caía artísticamente a
ambos lados. Estaba gritando, sus ojos muy abiertos, y con el dorso de la
mano semicubriendo su preciosa boca. Tras ella, representada en un blanco
suave, se veía la mera sugestión de una figura al acecho.
Dejó su maletín en el suelo, junto a la máquina. Con dedos inquietos buscó una
moneda en sus bolsillos y la introdujo en la ranura. La pantalla se iluminó. Un
hombre de apariencia siniestra, cual cazador al acecho, ostentaba enarbolado
un cuchillo. Se deslizó entre bloques de edificios y desapareció. Los dibujos
eran excelentes y extremadamente realistas. La pantalla se llenó con bloques
de letras azules, dando las instrucciones sobre un fondo azul celeste. Las
escudriñó someramente, ansioso de que el juego empezase.
Presionó un botón y la imagen cambió, convirtiéndose en un grupo de
escuálidas calles estrechas con edificios lúgubres alineándose en sus
contornos. Una figura solitaria, la suya, se paró en el centro cuadrado de la
pantalla. Una mujer con vestido Victoriano denominada Polly avanzó hacia él.
Presionó la palanca hacia delante, y su hombre empezó a moverse. Recordaba
que el hombre debía despojarse de su gorra; de no hacerlo, la mujer no iría con
él. Ambos unidos alcanzaron el primer escalón y él dejó cuidadosamente que
ella superase la primera intersección. Ols Montague Street era una trampa para
principiantes, y hacía mucho que él no picaba. La primera lo debía llevar a
Buck's Row.
Un bobby estaba separando, en un extremo, a dos vociferantes y harapientas
mujeres. Tenía que actuar con cuidado ahí, pues le costaría algunos puntos si
era descalificado. Consiguió conducir a la pareja dentro del callejón apropiado,
dándose cuenta con satisfacción de que se hallaba desierto.
Los latidos de su corazón se tornaron más altos cuando empezó a maniobrar
su figura junto a la de la mujer, y a ellos se unió el sonido de una agitada y
laboriosa respiración. Esta parte del juego estaba cronometrada, y debería
jugar contra reloj. Se sacó un cuchillo del interior de su abrigo. Tapándole la
boca a Polly, le rebanó el cuello de oreja a oreja. Líneas de un brillante color
rojo palpitaron a través de la pantalla, pero sin tocarlo. Bien. No había sido
señalado por la sangre. Ahora venía lo difícil. La depositó en el suelo y empezó
a sacarle las entrañas, cortándole el abdomen y abriéndolo a la altura del
diafragma, siempre con un ojo en el reloj. Finalizó con veinte segundos de
adelanto y movió su hombro triunfalmente, antes de que lo alcanzase el bobby
que se estaba acercando con lentitud. Una vez que hubo hallado la fuente
pública para lavarse, ya había completado una vuelta.
De nuevo su figura se hallaba en el centro de la pantalla. Ahora la figura que se
aproximaba era Dark Annie, y él la acompañó hasta Hanbury Street. Pero esta
vez se olvidó de taparle la boca y ella gritó, lanzando un alarido terrorífico.
Inmediatamente la pantalla empezó a llenarse de agudos resplandores rojizos
que se unieron al hiriente silbido de los pitos de la policía. Dos bobbies se
materializaron a ambos lados de la figura, y la sujetaron fuertemente por los
brazos. La cuerda de un ahorcado centelleó en la pantalla, mientras los
altavoces emitían una ronca marcha fúnebre. La pantalla se oscureció.
Se quedó contemplando fijamente la burlona pantalla, temblando, sintiéndose
sacudido y enfermo, acusándose con amargura. ¡Un auténtico error de
principiante! Había estado demasiado ansioso. Con rabia, introdujo otra
moneda en la ranura.
Esta vez, avanzó muy cuidadosamente hasta alcanzar a Kate, acumulando
puntos de bonificación y sin cometer ningún error fatal. Empezó a sudar; tenía
la boca seca, le dolían las mandíbulas comprimidas por la tensión. En esa
oportunidad era realmente difícil superar al cronómetro, y se concentró
intensamente. Tenía que seccionar los párpados, eso era esencial, pero el
sacar los intestinos y colgárselos del hombro derecho no era muy difícil. Ahora,
extraer un riñón ya era otra cosa. Al final el reloj fue más rápido que él, y tuvo
que alejarse sin el riñón, lo cual le costó una buena cantidad de puntos. Era
casi suficiente para lanzarlo en los brazos de un bobby mientras alcanzaba los
callejones que lo apartarían de Mitre Square. Los obstáculos se tomaban más
complejos conforme iba cubriendo y completando las vueltas. Pero a partir de
ese punto era cuando empezaban a ser particularmente delicados, con el
cronómetro recortando el tiempo, los enjambres de curiosos, los periodistas y
los Comités de Vigilancia... Sin contar con la presencia, redoblada en número,
de la policía, le iba a ser casi imposible alcanzar por primera vez las calles
adecuadas y que le trasladarían hasta BlackMary...
Una voz gritó: «último juego», y poco después su hombre fue de nuevo
atrapado. Golpeó la máquina frustrado; luego se ajustó el traje y la corbata y
tomó su maletín. Echó un vistazo a su Rollaflex. Diez para las cinco: todavía
era pronto.
Una vez fuera, en la cálida temperatura del atardecer, empezó a pensar en el
juego para planificar su estrategia cara al próximo día. Con sólo cuidar de los
tipos gritones de los portales y los escasamente disfrazados anzuelos de las
esquinas, lo podía lograr. Luces chillonas brotaban de los cines pomo, librerías
para adultos y hoteles equívocos pasaban ante sus ojos como imágenes de
video. Sus dedos presionaban botones imaginarios y palancas, mientras se
deslizaba a través de la muchedumbre.
Torció por un callejón oscuro y se introdujo en su oscuridad. Luego se apoyó
sobre los húmedos y fríos ladrillos. Ajustó la clave en el dial de su maletín y lo
abrió.
La máquina: había pensado en ella durante todo el día en el trabajo, había
pensado casi cada segundo en ella, mientras aguardaba inquieto que fueran
las cinco en punto, pero había consumido otra oportunidad, y todavía no había
conseguido vencerla. Rebuscó entre sus papeles dentro del maletín, y extrajo
un enorme y pesado cuchillo.
Esa noche practicaría un poco, y al día siguiente podría vencer a la máquina.
El flash
Scott Bradfield
El flash apareció por primera vez. en Interzone, una revista británica de ciencia
ficción que ha supuesto una revitalización de la narrativa new wave de los años
sesenta. Scott Bradfield, no obstante, es californiano, y presumiblemente
demasiado joven como para haber leído en la época de New Worids e Impulse,
todo lo cual prueba que el tener nuevas ideas y conceptos de escritura no está
necesariamente circunscrito a ciertos clichés o tendencias literarias.
Bradfield dice de sí mismo: «En lo concerniente a mi biografía, no le dará
mucho que pensar a nadie. Tengo 28 años, y soy graduado por la UC Irvine.
Cuando estaba en la escuela superior vendí algunos relatos, la mayoría de
ellos terribles. Luego desistí de escribir por algún tiempo, mas continué leyendo
y estudiando el género, y en los últimos años he vuelto a escribir y publicar».
Interzone y Twilight Zone Magazine han publicado sus relatos más recientes, y
Bradfield tendrá en breve otros editores para su obra.
El cerco del nido de las termitas había sido inspirado a Rudy McDermott por la
curiosa acepción «atricción», descubierta por él mismo en el libro que le habían
regalado por su cumpleaños Estábamos en la Guerra de los Cien Años.
Con una pala, hizo un foso alrededor del roble infestado y lo llenó con el
Pennzoil saqueado de la fuera borda del Padre. Las termitas, atareadas dentro
de sus moldeados apartamentos, no se dieron, en un principio, por enteradas, y
Rudy se largó a casa para almorzar. Regresó media hora después y halló que
los insectos habían construido un puente por encima del foso acumulando
cadáveres ahogados, agitándose en el cieno en una especie de consciente
frenesí. Rudy rascó una cerilla y prendió el carburante, inflamando el foso. El
cerco de fuego llameó violento, quemándole las pestañas. Los insectos fritos
olían como palomitas de maíz quemadas. Un humo negruzco y pegajoso se
elevó en el nítido cielo de la montaña; las llamas lamían la chamuscada tierra.
Rudy rellenó la fosa y se acostó en la cálida ladera de la colina, contemplando
la agonía de los insectos reptando y correteando en círculos por el carbonizado
lodo. Luego les estuvo tirando piedras mientras acarreaban los carbonizados
cuerpos de sus hermanas, conformando tumbas. Rudy volvió a prender el foso
y se fue a casa para tomarse un helado y tener una breve charla con el Padre.
El Padre estaba fuera bajo la extendida sombrilla, sentado junto a la Madre.
—«¡Bushwah!» —gruñó lanzando el periódico sobre la baranda.
Algunas hojas sueltas se deslizaron de la superficie y volaron perezosas como
peces raya.
—¿Qué es esto que he leído? ¡Mis donativos, deducibles de impuestos, dados
por motivos religiosos, son usados para proveer de defensa antiaérea al
ejército guerrillero Hermana María Teresa de Uruguay! ¿Y para qué está
luchando la Hermana Mana? ¡Subversivos, eso es lo que son! ¿Y a quién odian
con mayor intensidad los subversivos? ¡A los hombres de éxito como vo, eso
es!
—Por Dios —gruñó la Madre tendida en bikini sobre su tumbona, morena y
reluciente de aceite como una ensalada ya pasada—. Si hay algo en lo que
suenas estúpido es cuando hablas de política.
El Padre cabeceó y su rostro se sonrojó. Una vena negruzca palpitó violenta
sobre su frente. Se sirvió otro Margarita sobre los cubitos de hielo, y lo
espolvoreó con sal.
—Termitas, ¿eh? —dijo el Padre algo después, jugando ahora con su caña de
pescar. Lanzó la línea y ésta empezó a estirarse desde un carrete que se
hallaba sobre la mesa, hasta que cayó al suelo, y Rudy echó un rápido vistazo
a su helado que ya goteaba por el cucurucho—. Mi viejo amigo Bob Probosky y
yo sabemos todo lo que hay que saber sobre las termitas. Al menos yo sí lo sé,
sí señor.
»Cuando tenía su edad despachurré un termitero, eso es lo que hice. Bob se
comportó como un gallina, asustado de que las termitas pudiesen picarle. Yo
no, aunque me encaramé a él y desmenucé ese termitero con mis manos
desnudas. Y las introduje en un cubilete para cebo. Atraían a las truchas cual
una goma magnética. Sí señor, ¡eso hacían! Por supuesto que me picaron.
Pero yo sabía lo que tenía que hacer y lo hice. Y mantengo el recuerdo. Este
mundo es una jungla, muchacho. Sólo sobreviven los listos. Si quieres
conseguirte un lugar en el mundo, debes actuar con rapidez. Tienes que ser
listo si quieres llegar a ser un hombre de éxito como tu Padre...
—Por Dios —exclamó la Madre, alcanzando sus gafas de sol—. Si hay algo en
lo que resultas todavía más estúpido que cuando hablas de política, es cuando
rememoras tus aventuras infantiles.
Utilizando una maza de forja, Rudy volvió al termitero y empezó a destruirlo,
haciendo saltar pedazos de madera podrida. La termita reina era enorme. Rudy
se espantó. Grave y brillante, era tan larga y ancha como el antebrazo del
Padre. La convulsionante cobertura de la reina se ajustaba cómodamente en el
interior del tronco cual la pulpa de una nuez gigantesca. ¿Tomarla y arrancarla
de un tirón? Necesitaría un cubo. Rudy improvisó, utilizó de nuevo la maza.
Pulpa y cieno le salpicaron los brazos y la cara. El hedor era insoportable, y
lamió el agrio sabor sobre sus labios. Salió corriendo, tropezando con matas y
arbustos. Grupos de árboles se elevaban a su alrededor conformando
sombras. Los pájaros gorjeaban en las hojas. Rudy se esforzó en no temblar,
espoleado por el coraje nostálgico del Padre. Volvió solemnemente al derruido
nido. Las termitas se alejaban de su despanzurrado reino, acarreando pedazos
de su carne. Rudy aflojó la tapa de su pote de conservas vacío, y una vez
abierto cerró los ojos. Se aproximó sin mirar al termitero y el pote hizo un
sonido áspero. Volvió a cerrar el pote y lo lanzó sobre la suave colina, donde
cayó con un sonido seco. Las manos de Rudy estaban pegajosas y las refregó
contra el suelo. La tierra estaba reseca y se desmenuzó en láminas. Rudy tiró
parte de la hojarasca que lo rodeaba sobre el nido, y empezó a cortar más
hierba con su cuchillo de monte. Tropezó con algo metálico, y el cuchillo vibró
en su mano. Apartó la hojarasca con cuidado. El metal relució. Poco a poco fue
clareando un trozo del negro metal de un arma. El negro era asombrosamente
brillante, como la superficie de un globo ocular. Y en su mente presintió una
gran pesadez en aquel objeto una vez lo hubo tocado. Cual déja vu, abstracto
pero firme. Pacientemente fue descubriendo toda la superficie. Sesenta
centímetros de largo, tubular, negra y pulida, sin ninguna señal o marca que
alterase su uniformidad, similar a la cáscara de un huevo. Lo golpeó con la
punta de su cuchillo, y ésta se quebró. Sus dedos tentaron una y otra vez la
pulimentada superficie, como si en ella se concentrase la enigmática esencia
del universo. Apretó sus dientes. Sobre él, la luna era tamizada por vagas
nubes y Rudy aventuró:
—¿Qué será?
—Por supuesto que le echaremos un vistazo —afirmó el Padre—. Algún día;
pronto, algún día. Pero no hoy, no en este preciso instante. Justo ahora hay
algunos peces que pescar, algunas cervezas que beber, y Mami para discutir
neciamente con ella.
Aquella tarde la Madre se acercó con el coche a Tahoe y regresó a la hora de
la cena. Llevaba el pelo sujeto en lo alto, sobre su rojiza y austera cara, y venía
acompañada de una ruidosa pareja de extraños. El hombre era del mercado de
abastos, la mujer del club del libro del mes. La mujer sonrió viciosamente a
Rudy. Y el hombre dijo:
—Ha, ha, ha, ¿qué es eso, jovenzuelo? ¿Una termita, cómo de grande? Ya vi
esa película. Jon Agar salva el mundo, ¿no es cierto?
La imagen de la estatua sumergida se infiltró en los sueños de Rudy. Tenía
profundos sueños negros sin rostros, un efluvio de arenisca que llenaba su
mente como metal fundido, al igual que si su entidad y la de la estatua
estuviesen siendo invertidas. Los sueños cobijaban a Rudy. En la oscuridad se
sentía arropado, seguro; su cuerpo era una vasija, firme e inmutable, como
algo cocido en un horno, como el corazón de un planeta, al igual que el fino
polvillo negro que halló en el interior del pote al día siguiente. El polvillo
dinámico resonó silbante, cuando lo hizo girar en el pote de vidrio, agudo,
fantástico, celestial, como la percusiva música de las esferas.
La primera persona a la que Rudy permitió contemplar la estatua se la llevó,
apartándola de él. Un joven perito había estado merodeando por los bosques
durante varios días, desafeitado, refunfuñando, arañándose, transportando con
él un pequeño e intrincado telescopio y una pizarra. El que coincidiese con
Rudy, fue totalmente casual. Estaba empezando a aprender que el entusiasmo
de un niño es inversamente proporcional a la escala de valores de los adultos.
—¡Hey, señor! ¿Quiere ver algo único? ¡Hey, señor! Está justo aquí. Quizá lo
extravió alguien. ¡Hey, señor! Puede incluso ser un recuerdo.
—De acuerdo —accedió el joven finalmente—. Muéstrame esa singularidad.
Pero luego, prométeme que te irás a tu casa, ¿de acuerdo? ¿Harás eso por
mí? ¿Lo prometes? Mmmmmmmm. Muy interesante... —El perito acarició la
estatua con suavidad, como si estuviese tocando hierro al rojo.
Cautelosamente, depositó su palma plana sobre la pulida superficie, silbando
lentamente a través de sus dientes—. Tan pesado... —dijo.
Y comprimió sus mandíbulas.
Con la atención del perito, el sancionado entusiasmo de Rudy estalló
libremente. Empezó a palabrear inconteniblemente acerca de su
descubrimiento: las malditas termitas, el Pennzoil, las nostálgicas carnadas del
Padre, el nuevo estilo de la Madre, la grávida reina, los sueños posesivos y el
fino polvo negro.
El perito gruñó, rascándose su grasosa cabeza, garabateó algo en su pizarra y
se acercó a la cabaña de pesca.
—¡Hey, señor!... ¿Puedo venir? —preguntó Rudy sin ser rechazado.
Rudy presionó su cara contra la ventana de la cabaña, expulsando su aliento
sobre ella e imaginándose que era un pez en una pecera.
—¿Andy? —dijo el perito—. Soy Steve. Sí, las conexiones son terribles. Estoy
en Caple's Lake... ¿Cómo? Dunnigan, Steve Dunnigan. No, no tengo ninguna
hermana. Estuvimos juntos en un seminario del doctor Tennyson, ¿recuerdas?
Bien, bien..., olvídalo. He encontrado algo a lo que te gustaría echar un
vistazo...
—Toma —dijo Dunnigan, golpeando el cristal de la cabaña tras de sí—.
Consíguete unas entradas para el béisbol.
Rudy aceptó encantado la moneda, la deslizó en su bolsillo y, con uno de los
billetes que sacó de su cartera de genuina piel de becerro, fue a comprarse un
bocadillo de jamón. Se sentó en la escalera y empezó a masticar mientras
observaba a Dunnigan trasladando bolsas y equipo desde su cabaña a un
abollado Toyota rojo. Cuando Dunnigan arrancó, el embrague del coche
percutió como una batidora.
Rudy se fue a casa para comer. Se zampó presurosamente dos bistecs, una
patata, pasó del brocoli, tres rebanadas de pastel caliente de cerezas y una
barra helada de Snicker. Una vez arriba, en su habitación, se sintió empachado
y se quedó contemplando su televisor portátil tapado por el cobertor. Pronto se
quedó dormido y, captado de nuevo por sus sueños, se despertó con un sudor
frío. Su estómago, hinchado, rugía. Se fue escalera abajo y se consiguió un par
de bombones helados. Volvió a la cama y continuó soñando. Le parecía como
si su mente estuviese siendo alimentada a través de una estrecha ranura.
Huevos para desayunar, cuatro o cinco salteados. La Madre estaba satisfecha,
y le ofrecía más alentadoramente: «¿Otro bocadillo? ¿Más galletas? ¿Quieres
más leche, Rudy? Come, come. María y las otras niñas siempre están
hablando de lo delgados que tienes los brazos...».
El Padre dice: «¡así me gusta, muchacho! Fortalece tus músculos... Venga...
No querrás parecer toda tu vida un espantapájaros raquítico. Tienes que ser
enseñado. Tienes que aprender a cuidar de ti mismo en este mundo en el que
vives, muchacho. ¿Acaso crees que yo no fui entrenado, eh? Vamos; ponme a
prueba. Golpéame el estómago. Adelante, golpéame. Más fuerte. ¡Más fuerte,
así! Muéstrame tu musculatura, muchacho. ¡Yo he aplastado mosquitos más
fuertes que eso!».
Dunnigan regresó al día siguiente con un hombre circunspecto y con perilla. Se
arrodillaron junto a la estatua enterrada, consultaron calculadoras portátiles, y
se alejaron en un jeep. Dunnigan regresó al día siguiente con más equipo, más
hombres, y más jeeps. Rudy visitaba el campamento a diario, y vio grúas
elevándose como castillos, martillos neumáticos perforando, hombres fornidos
con fuertes músculos herniándose en coro, carretillas esparcidas por doquier.
Los helicópteros batían con sus palas la casa frente al lago y su superficie, y
antenas de la emisora CB tomaron posición en los puntos elevados de la
montaña. Pero el objeto permanecía escondido. No aparecería. Era hermético,
heroico e invulnerable, pensó Rudy. Igual que Superman.
El Padre y la Madre sí que aparecieron con notable rapidez, empaquetaron casi
a Rudy con el resto de sus pertenencias y se retiraron al relativamente pacífico
santuario de su mansión en San Francisco, donde Rudy empezó a consultar
los periódicos con regularidad. Las primeras noticias aparecieron en la
contraportada del Chronicle, entre anuncios de lencería y de clínicas para
perder peso con rapidez y seguridad. El suelto incluía el nombre de Rudy, de
Dunnigan, la fecha y el lugar de la localización, y comentaba las dificultades
encontradas. Una mera semilla periodística que pronto dio, perseverante, sus
frutos. Echó raíces y avanzó hasta la segunda página como «¿Vida Enterrada
en un Objeto Extraño?». Hasta que floreció por fin en los titulares de primera
página:
VIDA ENTERRADA EN UN OBJETO EXTRAÑO
Un Niño Descubre un Tesoro Cósmico
El Padre y la Madre empezaron presentando a Rudy entre sus amigos como
«el pequeño arqueólogo de la familia» antes de mandarlo a la cama cuando
descubrieron otro reportero infiltrado en la fiesta. El teléfono sonaba sin parar, y
la Madre consiguió que les cambiasen el número. Periodistas y fotógrafos
poblaban el porche; algunos lunáticos se colgaban de las rejas exteriores. En
las calles resonaban los tambores. Los altavoces proclamaban la soberanía del
reino de Jesús. The Flying Saucer Gazette acusó a Rudy de conspirar con
proteínas vegetales muy sensitivas de Betelgeuse. Los satanistas se dejaban
caer los atardeceres para tomar café, y pintaban con sangre de cordero los
parterres, las aceras y los lujosos Mercedes convertibles. Un barullo de
panfletos Dianéticos llegaba cotidianamente con el presuroso cartero.
Periodismo rojo completaba la histeria sobre el tópico. Estatua Cósmica
Predice Terremotos. Jeanne Dixon se Comunica Telepáticamente con la
Estatua en Esperanto. Dádiva Cósmica para los Problemas del Acné. Rudy
charló encantado con lunáticos y periodistas hasta que la tolerancia paterna fue
«sobreexprimida», declaró el Padre a la prensa.
—Todo lo que les puedo decir —la Madre les gritó un día. haciendo entrar a
Rudy— es que él encontró el objeto, lo dejó allí, y luego se vino directo a casa.
Avergonzado, Rudy no obtuvo permiso para posar en las cubiertas de Jack and
Jill Monthly e Isaac Asimov's Science Fiction Magazine. Por el resto del verano,
Rudy fue relegado —confinado— en su habitación y sometido al único
consuelo de los entretenimientos del video.
Dunnigan, siguiendo con el «tesoro cósmico», fue reclamado por UC Regents
Berkeley. Empezó a aparecer con frecuencia en programas de actualidad y en
el Tonight Show, Staving Johnny Carson.
—Frankly, Johnny, estamos desconcertados —aceptó—. No podemos penetrar
el objeto, pero las ondas ultrasónicas han detectado proteínas, minerales,
encimas rudimentarias; todos materiales intrínsecos en el génesis de la vida.
Tal como os dije en la cena, el caparazón de la estatua es tan denso que sus
moléculas están virtualmente ensambladas juntas. Lo concebimos hace
billones de años; quizá sea la biproducción —o así lo asumen las últimas
teorías— de alguna explosión titánica, una fuerza devastadora que, incluso en
nuestra era nuclear, nos es absolutamente desconocida.
En este punto, Dunnigan regaló a la inconcienciable audiencia una sabia y
aséptica sonrisa, al igual que un Premio Nobel recién laureado ante una beldad
universitaria, y Johnny sugirió que deberían jugar en breve un partido de tenis.
Rudy apagó la televisión. Era ya tarde. No podía dormir. La resurrección de la
escuela primaria aleteaba por encima del desvanecido verano como una
formidable hipoteca.
Se despertó al día siguiente en una casa vacía. Papi en Río, Mami en la cama.
El desayuno, preparado por la doncella, estaba dentro de una bolsa doble
encima de la mesa de la cocina. Rudy abrió las páginas del Chronicle's y
devoró una bolsa entera de Rice Ruffus. El interés del público por la estatua
había decaído, y ahora se centraba en las escaramuzas renovadas en el Medio
Oriente. Rudy fue al baño, vomitó angustiado, se cepilló los dientes, se
consiguió del congelador una barra helada de Snicker, y se la fue comiendo
mientras iba en busca del autobús. El Padre había ganado el debate del año
sobre la educación de Rudy:
—Irá a una escuela pública, nada de cursiladas, tal como yo fui.
En la esquina de la calle, Kent Crapps y Marty Femester se estaban pasando
un cigarrillo mal liado, con inexperiencia: se estaba abriendo por el extremo de
la pega. Rudy se sentó en el bordillo y empezó a comerse su merienda.
—¡Hey! Pero si es el niño rico.
—¡Hey!, Crapps. ¿No es ése el pobrecito niño rico?
—Si que lo es —dijo Crapps—. Da la impresión de ser dos niños ricos, si te
digo la verdad. ¡Hey niño gordo! Mejor dejas de comer de esa manera. ¡Parece
que estés a punto de explotar!
Rudy se sentó rígidamente así que oyó que se aproximaban. La colilla cayó
sobre su rodilla y se desmenuzó con chisporroteos.
—Hey, quizás el niño gordo tenga hambre. ¿Tú qué piensas, Crapps? ¿Crees
que querrá un malvavisco? Allá en el canalón hay un malvavisco. Es un poco
asqueroso, pero quizás el niño gordo esté hambriento de verdad.
Rudy se encogió, anticipándose al habitual ridículo.
—¡Hey, niño gordo! Mira lo que te hemos conseguido para comer...
Así que aquella mano llena se estrujó contra la boca de Rudy, algo extraño
surgió repentinamente en su mente. Algo, como una sensación de alerta, de
prudencia; algo incomprensible.
Marty seguía apretando con fuerza. Pero Rudy pensó: «Su brazo no tiene tanta
fuerza como pretende. Esta vez te vas a tragar esta porquería.»
A una discreta distancia Kent Crapps atisbaba arriba y abajo, cuidando de que
no apareciese ningún policía.
Rudy ni siquiera estaba enfadado. Simplemente quería que se diesen cuenta
de que a partir de ese momento, él podía defenderse a sí mismo. Ahora tenía
nuevas responsabilidades; con el descubrimiento de la estatua había adquirido
una cierta integridad. El peso de aquella estatua enterrada le llenaba la parte
más profunda de su mente. «Nada puede herirte», le confirmaba la profunda
voz resonando en la inmensidad de unos sueños familiares que giraban en él,
pacientes e inalterables, impenetrables y eternos.
—La gente joven tiene responsabilidades, y no me importa quién empezó; no
puedes continuar comportándote como un estúpido. Espero que te des cuenta
de que esto lo digo por tu bien —dijo el director.
Su agitación se calmó.
El secretario cerró la puerta de la oficina.
Rudy ni se quejó ni se lamentó. Se sentía completamente seguro de sí mismo,
mientras seguía escuchando la profunda y monótona voz que surgía de las
profundidades de su ser.
Cuando entró de nuevo en el aula, se encontró con muchas miradas y
cuchicheos.
Se comió un muy completo almuerzo en la cafetería, y se consiguió algunas
golosinas para comérselas luego, en clase, cuando se aburriese.
Aquella escuela era todo excitación.
—Ja, ja, ja —se rieron todos, rodeándolo en el patio del colegio.
Rudy atrapó casualmente a uno de ellos —un apocado y jadeante asmático— y
le retorció los brazos contra su propia espalda. Obligó al asmático a confesar
detalladamente los crímenes sexuales de su madre, de su padre, de su perro.
Todos se rieron; incluso el asmático se tuvo que reír forzadamente.
—Eres como una marabunta, Rudy. Eres..., eres el tipo más divertido que
conozco. Deberías hacerte cómico.
Rudy nunca pensó en amedrentar a nadie. Simplemente había querido divertir
a sus amigos. Para él la popularidad era como una obligación social, como el
votar.
Cuando sonó la campana, la tímida órbita de muchachos se dispersó dispuesta
para asistir a clase y Rudy, dueño de sí mismo, caminó lentamente tras ellos.
Trece años, ochenta kilos de peso, y nunca nadie más le iba a decir lo que
tenía que hacer. Ni siquiera sus padres.
—¡Rudy! ¡Rudy, detente! ¿Me oyes, hombrecito? Suelta a tu madre, ¡ahora
mismo! —bramó su padre enérgicamente.
«Maldición», pensó Rudy, soltando el perfumado y rojizo brazo de su madre.
«Maldito, si alguien intenta mandarme a la Academia Militar», y tiró el diploma
escolar a la basura. «No soy un fracaso. Tendré éxito. Yo también soy
inteligente, y conseguiré mi lugar en el mundo. Esperad.»
El Padre y la Madre se fueron a la Riviera, y dejaron a Rudy bajo los cuidados
de una titubeante niñera.
«Estoy feliz de ser yo mismo, tal y como dicen en los programas televisivos.»
Se sentó ante la mesa de la cocina y fue avanzando entre un tropel de
bocadillos calientes de queso.
Rudy salió de la escuela a los dieciséis años. Y el Padre le alquiló un
apartamento de dos habitaciones en el Financial District, para partir en breve
con su Madre hacia Río donde, se rumoreaba, habían desarrollado una
afortunada asociación con dos rubias mujeres que la Madre había conocido en
Toronto el año anterior. Rudy, entre tanto, comía.
Montañas de tostadas, paisajes de mermelada y confitura, hectáreas de
galletas y pasteles, helados y golosinas. Arrugados envoltorios de cereales
poblaban el suelo de su apartamento.
Unas perspectivas ignotas le rodeaban; Rudy gustaba de vagabundear por el
vecindario contemplando los altos edificios de oficinas. Visitó la Taco Heaven,
Mrs. Mary's Candy House, Happy Jack's Ice Cream Palace, para retornar a
casa masticando pasteles de manzana, pinchos de ternera, hamburguesas
extraespeciales.
Se apretujaba entre multitudes de delgadas y atractivas secretarias, sin nunca
mirar por dos veces sus finas camisas, altos tacones, pintadas uñas. El deseo
nunca lo alteraba; su libido permanecía dormida, inocente. El médico de
cabecera sugirió un tratamiento hormonal suplementario. Molesto, Rudy rehusó
la idea. El no estaba enfermo. Él estaba absolutamente sano. Su vida tenía un
propósito, una determinación coherente: comía, dormía y esperaba.
Steve Dunnigan se presentó ante la puerta de Rudy una tarde de verano. Rudy
no estaba seguro del año. Las estaciones se le asemejaban meses. Rudy
apartó su masa de la entrada y Dunnigan se introdujo en el abarrotado
apartamento. Steve llevaba una ajada camiseta de Grateful Dead, téjanos
descoloridos y zapatillas de deporte algo depauperadas.
—¡Vaya, cómo has crecido! —dijo.
Rudy se sentó sobre una bolsa de plástico llena de garbanzos tostados, la
bolsa estalló bajo el peso y los garbanzos salieron despedidos por toda la
pieza. Rudy se quedó con aspecto embobado contemplando a la silla bajo él, y
escuchó la familiar voz de Dunnigan a través de su embotado cerebro.
—He venido para prevenirte —dijo Dunnigan.
Rudy gruñó. Dunnigan sacudió su cabeza y copos de caspa cayeron al suelo.
—¿Has oído hablar de MIL, Rudy?.
—No —cloqueó Rudy, acariciándose la nuez de Adán.
—Mecanismo Innato de Liberación. Prácticas genéticas, codificación experta
sobre el DNA. Instintivo, auténtico. Más instantáneo, mecánico, debe ser
computado por una clave de comportamiento, ¿entiendes?
»La madre de los pájaros realiza una danza, y con ello estimula el programa
migratorio de los pichones. Luego, éstos parten hacia Tehachapi, Capistrano,
Guam.
Rudy alcanzó una bolsa chafada de galletitas saladas y se llenó la boca con
ellas.
—El código táctil, Rudy.
Rudy mantuvo abierta la bolsa, extrayendo más pasta amarillenta mezclada
con papel encerado.
—Hace algunos años, postgraduados de la UC Research se pusieron en
contacto con la estatua. Hoy en día esos estudiantes están retirados, son
antisociales, irrespetuosos con la autoridad, obesos, y bajo estricto control en la
UC Medical. El veredicto es catastrófico... Rudy, ¿me estás escuchando?
Rudy tomó el teléfono y marcó el número de Pollos Asados. Tres pechugas,
pensó, y una libra de col ácida. Comunicaban.
—Las estatuas son contenedores, Rudy, que distribuyen ingredientes
esenciales de vida a través del Universo. Pero las moléculas de los
contenedores deben ser fundidas, los contenedores destrozados. Piensa
simplemente en una reacción nuclear. Un solo átomo es partido, y la
devastación que produce es bien conocida. ¿De cuántos trillones de átomos
está compuesto tu cuerpo, Rudy?
Rudy colgó el teléfono. Su cabeza se apoyó contra la pared. Unos últimos
garbanzos rodaron del exhausto sobre.
—Evolución cósmica. Piensa en eso, Rudy. La vida está fraguada entre
calamidades, catástrofes, aniquilaciones. El último propósito de la vida, mera
perseverancia. ¿Y la ley de la evolución? Sobrevivencia del más hábil...
—Padre —dijo Rudy.
Hipnotizado, se quedó mirando el techo.
—¡Rudy, despierta!
Rudy empezó a enderezarse.
—¿Pollos Asados? —preguntó.
—¿Te gustaría volver a ver la estatua, Rudy? ¿Eh, te gustaría?
«Sí», pensó Rudy. «Sí, sí». Se elevó con energía sobre sus pies. Los
garbanzos tostados crujieron bajo su peso.
—Hay comida en mi coche. ¿Tienes hambre, Rudy? Venga, vamos...
Dunnigan acompañó a Rudy hasta la puerta de su camioneta, la abrió, y le
ayudó a entrar.
Rudy se encaramó adentro, atraído por el aroma de unas pizzas. Tres cajas
grandes rezumaban aceite. Abrió la que estaba sobre las otras. La pizza
todavía estaba caliente y el queso olía bien, fundido sobre la pasta. Separó las
raciones y las fue introduciendo, una a una, en su boca. La puerta de la
camioneta se cerró de golpe. Rudy masticaba champiñones, mozzarella,
anchoas saladas.
El motor del vehículo eruptó, y su sonido se unió al de las tripas de Rudy.
La camioneta empezó a moverse.
—Todo irá bien, Rudy. Te sacarán una pequeña porción de tu cerebro no
mayor que una salchicha. Serás feliz, entonces. Le caerás bien a la gente; te
agradarán ellos. Empezarás un régimen de adelgazamiento, una dieta. Con el
dinero que tú tienes, las chicas harán cola ante tu puerta. No volverás a estar
solo nunca más. Serás como todo el mundo.
—Pero yo no soy como todo el mundo —dijo Rudy reafirmándose y poniendo
sus manos sobre su estómago.
Algo se revolvió en su interior, su estómago se contrajo. Trató de contenerse.
El Padre se enfadaría. El Padre odiaba que Rudy vomitase en el coche, y bajó
las ventanillas automáticas.
—Aguarda y verás, Rudy. Podemos conseguir el apoyo de la universidad
cuando les informe del caso. Deja que yo me encargue. ¿Sabes que me
echaron? Yo conocía a Johnny Carson y a su mujer personalmente. ¿Pero
ahora dónde queda mi trabajo de doctorado? Toda la noche repartiendo pizzas
a los jonkies, a las fiestas de los estudiantes, a los pervertidos. Pero esta vez
exigiré mi parte...
El dolor aumentó en el estómago de Rudy. Gritó.
—¿Qué es eso? Contrólate. No quiero que termines como los otros en el UC
Medical. Brazos sujetos y toracina. Muy cómodo. Y sobre todo, Rudy, yo quiero
tu comodidad. La nevera de nuestro motel está llena de pasteles, cocas,
bizcochos, y rebosa alimentos de alma blanca: mayonesa y pan francés.
Rudy devolvió la última porción de pizza a la caja. Había perdido el apetito.
—¿Hice mención de la televisión en color?
Rudy yacía sobre su asiento, sujetándose la barriga con ambas manos.
Cuando el dolor se tomó insoportable, la voz profunda se interpuso. «La vida es
luz. La vida es calamidad, catástrofe, aniquilación. Tú eres vida, Rudy. Aniquila.
Aniquila las televisiones en color, los dulces, el UC Medical, el IRC, el Financial
District, la Academia Militar, el asmático hogareño, el aburrido director, Johnny
Carson, la Hermana María Teresa, Uruguay, el Padre y la Madre, los
malvaviscos.»
—¿Me verán en Río? —barruntó Rudy.
«Antes de que sientan el impacto de tu prestigio cósmico», le respondió la voz.
Rudy evacuó incontroladamente. Su colon se había aflojado.
¿Estarán orgullosos? ¿Qué pensaran cuando me vean?
¿Qué piensan las termitas cuando la maza cae sobre su nido? La vida es luz.
Cada uno de los músculos de Rudy se contrajo abruptamente. Y luego, justo
antes del flash, Rudy tuvo conciencia de que por fin había alcanzado su
cumbre en el mundo.
El hombre con piernas
Al Sarrantonio
Nacido en Nueva York el 25 de mayo de 1952, Al Sarrantonio se graduó en
Filología Inglesa por el Manhattan College en Riverdale el año 1974, y durante
ese mismo verano asistió a los talleres del Clarión Science Fiction Writers. Tras
tomar la decisión de ser fiel a sus ilusiones, trabajó como ordenanza en una
biblioteca durante algunos años, y luego pasó seis editando ciencia ficción,
relatos breves y novelas de horror en Doubleday. Hasta que últimamente se ha
dedicado a escribir relatos, trabajando tan sólo como escritor. Ha publicado sus
trabajos en Heavy Metal, Weirdbook, Twilight Zones Magazine, Fantasy Book,
Whispers, Analog, Amazing, y otros; asimismo, ha visto su obra incluida en
algunas antologías, como Shadows, Fears, Terrors, Ghosts y Death. Su última
novela de terror, The Worms (Los gusanos), será publicada por Doubleday
próximamente. Y en la actualidad está completando su tercera novela,
Totentanz. Antiguo habitual del Bronx neoyorquino, Sarrantonio tiene fijada en
la actualidad su residencia en Putnam Valley, Nueva York, donde lleva la vida
de un gentleman.
—No te creo.
—Pues debes.
—No.
—Lo harás —insistió Nellie—. La prueba será un viaje en autobús.
—Yo tengo la lista de precios —dijo Willie. Sus ojos relucían—, y pagaré
nuestro viaje, pues no te creo, y haré que digas que no está allí.
—Está.
—Demuéstralo.
—Sólo hay una manera.
—Una manera —canturreó Willie—. Una manera —repitió, haciendo rodar las
palabras por su lengua, sobre sus labios, y lanzándolas por último a la
atmósfera.
Los ojos de Nellie estaban ensombrecidos en contraste con los suyos jóvenes.
—Lo demostraré —dijo ella, con frialdad.
—Lo harás —coreó Willie.
Después de que Willie fuese al baño (él siempre tenía que ir al baño), salieron
de la casa. Se pusieron gruesos abrigos de invierno, espesas manoplas y
negras botas brillantes, y se escurrieron de la casa por la puerta trasera,
sigilosamente. La madre debía de estar en la parte delantera, junto a la cálida
luz del televisor, contemplando sus soporíferas óperas.
—Tenemos dos horas —dijo Willie, en un tono que en realidad no daba a
entender de cuánto tiempo disponían.
—Nos sobra tiempo —añadió Nellie.
El autobús del sábado llegaba tarde. Se detuvieron ante la segunda parada
para que ni la madre ni ninguna de sus amigas los pudiesen reconocer. Willie
palpó con sus dedos el monedero dentro de su bolsillo, corrió la cremallera que
liberaba el dinero, y la volvió a cerrar. Pateó el suelo debido al frío. Nellie
permanecía rígida, su anorak de un azul vivo le daba las dimensiones de un
hombre de las nieves. Sus ojos estaban semiocultos por el gorro, que se había
calado hasta las orejas, y evitaba la mirada de Willie.
—Él no está allí —dijo Willie en un tono de voz lento e irritante.
—Sí que está —le replicó Nellie entre sus dientes, que le castañeteaban
violentamente.
—Todo fue un sueño.
—Lo vi ayer, cuando pasamos con el autobús escolar —le contestó Nellie con
rudeza—. Lo vi con tanta claridad como tus labios. Él estaba allí, parado en el
porche de su casa, y me vio cuando el autobús pasó por delante.
—Lo soñaste.
—No.
—Nunca encontrarás la casa.
—La grabé en mi mente.
—¡Bah! —dijo.
Ella se volvió para golpearle, pero él evitó con agilidad su acometida, haciendo
que todavía se enfureciese más.
—No existe —dijo él, sacudiendo su mano ante ella en un gesto de negación.
Ella tomó un puñado de nieve y se lo tiró a él con rabia.
—Ya lo verás todo enterito.
Permanecieron callados sobre la nieve, esperando el autobús, golpeándose los
cuerpos para ahuyentar el frío. La temperatura había descendido. La luz relucía
brillante sobre la nieve. De no haber estado tan habituados a ella, el resplandor
les hubiese dañado los ojos.
—No te creo —dijo Willie.
En aquel momento llegó el autobús.
Subieron resoplando, y Willie sacó su monedero, depositando el dinero sobre la
palma de su mano. Tenía lo justo. Por unos instantes, retuvo una moneda,
esperando que fuese suficiente, y luego la depositó en la bandeja, sonriendo al
conductor. Éste no le devolvió la sonrisa. Se desplazaron hasta el centro del
vehículo, eligiendo dos asientos en el lado que Nellie dijo que era el adecuado.
—¿Y por qué no en el otro lado? De todas maneras, tampoco vamos a ver la
casa.
—Siéntate —dijo Nellie.
El autobús era cálido. Se distrajeron contemplando las formas de la nieve en el
exterior. Willie observó las casas conforme iban pasando. Parecían sueños
envueltos en la niebla. Lo que más le atraía eran los conos de agua helada que
pendían de los alerones de los tejados. Algunos colgaban de tal manera que
casi tocaban a sus simétricos que se elevaban desde el suelo.
—Brrr —gruñó Nellie, contemplando la misma escena a través del círculo que
había abierto en el entelado cristal de la ventanilla.
—Es precioso —dijo Willie, volviéndose hacia ella.
—Brrr —dijo ella de nuevo, provocándolo—. Eres demasiado joven para
entender lo que el frío significa.
Él se encogió de hombros y se volvió, admirando el multicolor resplandor del
hielo sobre un grupo de casas. En su mente, todo el mundo se convirtió en una
bola de nieve.
—Ahí está —gritó Nellie de repente, dándole una enérgica sacudida—. Eso es.
Willie siguió con su mirada el dedo de ella, allá donde éste le indicaba a través
del espacio abierto en el vaho que empañaba la ventanilla.
—Sigo sin creérmelo —dijo, pero su voz era un susurro y sabía que estaba
mintiendo.
Allí había una casa distinta de las otras; se elevaba solitaria, con un espacio
abierto a ambos lados. Aunque rodeada de bloques de viviendas, se
vislumbraba con singularidad. Parecía una casa encantada; sus ventanas
conformaban un rostro, y la entrada, amplia de extremo a extremo, era la boca.
La casa permanecía enigmática y solitaria y, allí, cubierta de nieve, daba una
sensación de respeto, cual si fuera una gran araña blanca.
—Haré que me creas —dijo Nellie.
Estaba tratando de alcanzar el tirador que daba la señal de parada al autobús,
cuando la mano de Willie tomó la suya. Él quería detenerla. Deseaba
permanecer allí, dentro del cálido autobús, contemplando el mundo exterior
hasta que éste cumpliese todo su itinerario y lo dejase de nuevo ante la puerta
de su hogar. Luego haría rápidamente un castillo con la nieve y entraría a
tiempo de cenar.
—Te creo, vamos a casa —dijo.
Nellie se plantó ante él, sonriendo.
—Ya te dije que era verdad.
—Tú eres mayor que yo —dijo Willie por toda respuesta.
—Ya lo sé —dijo ella, tirando de la cuerda y empezando a caminar hacia la
salida, así que el autobús hubo parado en una parada que había junto a la
curva.
Él se ajustó las manoplas, que se había quitado para vaciar sus bolsillos y le
habían quedado prendidas de su abrigo invernal, sujetas por unos cordoncillos,
y corrió tras ella cuando su cabeza ya se perdía de vista entre los escalones de
la salida.
Permanecieron plantados, solos, en la parada, mientras el autobús se alejaba.
La tarde empezaba a declinar y estaba todo sumido en el más absoluto
silencio. En aquellos momentos, el mero sonido de las cadenas que para la
nieve llevaban ajustadas a sus ruedas los vehículos habría perturbado al
universo, y en lo hondo de su corazón, ambos sabían que tal coche no pasaría
por allí. Hasta los hilos telefónicos permanecían inmóviles; la brisa que los
había estado sacudiendo durante el día también se había apaciguado.
—Vamos —dijo Nellie, avanzando sobre la nieve de la calle.
Willie se desplazó inquieto tras ella.
Cruzaron la calle cogidos de la mano, y sólo entonces, cuando llegaron al lado
opuesto de la curva frente a la casa, el mundo empezó a girar de nuevo.
Un coche con cadenas sobre sus neumáticos cruzó ante ellos.
—Ya te dije que te creía —dijo Willie, tratando de tomar una vez más su mano.
Ella no le correspondió.
—Pero no sé si me creo a mí misma —dijo ella.
Ascendieron los escalones del porche, los cuales crujieron suavemente, incluso
bajo el níveo manto. Alguien había tirado sal sobre los peldaños
intencionadamente, y sus botas se aferraban tan bien que Willie pensó en unas
manos emergiendo de la madera y anclando allí sus botas, escalón a escalón.
Una vez alcanzado el peldaño superior, Nellie señaló.
—Fue aquí donde lo vi —dijo—, Justo al lado de esta ventana junto a la puerta.
—Yo... no sé —dijo Willie.
Ella se elevó para alcanzar el timbre, pero esa vez las manos de Willie
alcanzaron las de ella y las mantuvieron sujetas.
—Por favor.
Ella volvió los ojos hacia él, y su mirada le dijo: «Dime por qué, sólo una razón
por la cual debería detenerme».
—Porque no quiero saber —dijo Willie conteniendo un sollozo.
—Tú no quieres saber —dijo ella—, pero yo sí quiero.
Su mano se liberó de la presión de las suyas y presionó el timbre con firmeza.
En alguna parte, muy al interior de la casa, sonó una armonía musical.
Luego silencio.
Nellie pulsó el timbre de nuevo; esta vez por más tiempo, manteniendo su
manopla sobre él.
Dong. Dong. Dong. Dong.
Ahora, desde el interior, les llegó el sonido de unos pasos.
Al principio dudosos, pasos de alguien inseguro, y a continuación firmes y
resueltos.
Tardaron bastante en llegar hasta la puerta, pero Nellie y Willie aguardaron.
Dong. Dong.
Nellie apartó su mano del timbre.
La puerta, una estrecha apertura en la boca de la araña —de la casa-araña—,
se abrió.
Alguien se quedó mirándolos fijamente y dijo:
—¿Sí?
Nellie dio un paso atrás, con los ojos muy abiertos.
—Pa... —empezó a decir.
—...dre —concluyó Willie, con la boca completamente abierta.
Ante ellos se alzaba un hombre con su negro pelo enmarañado y una
expresión infantil en su ancho rostro. Su boca esbozaba una media sonrisa,
como predispuesta a decir algo. Un tenue aroma a tabaco emanaba de su
camisa de franela y de él mismo. Llevaba tirantes.
—Disculpadme, ¿de qué se trata? —dijo, con un aire de pasmo cruzando sus
facciones.
—Yo..., usted... —empezó a decir Willie.
—Padre —dijo Nellie simplemente desde el suelo.
Las cejas del hombre se contrajeron, pero no perdieron su sonrisa.
—Lo que ella quiere decir es que pensó que usted era nuestro padre —dijo
Willie.
Y tomó a su hermana de la mano empezando a descender los escalones del
porche.
Nellie clavó sus pies en la nieve.
—No —gritó—, yo tengo razón. —Y volviéndose hacia el hombre en la puerta
le dijo—: Usted es nuestro padre.
—¿Eh?... Sí, puede ser.
El hombre los observó de arriba abajo, deteniendo su vista sobre las botas de
goma de los muchachos.
—¿Puede ser? —dijo Nellie balbuceando.
Luego se quedó con los brazos colgándole a ambos costados, hasta que tomó
conciencia de que eran sus manos, y sin saber qué hacer con ellas, las
introdujo en sus bolsillos.
—Mamá nos dijo que habías muerto —le espetó Willie inconscientemente.
El hombre pareció meditar, y luego abrió las puertas de par en par.
—Entrad y protegeos del frío —dijo.
Nellie empezó a adelantarse, pero Willie no se movió.
—No creí que pudieses ser tú —dijo casi para sí mismo.
—Entrad —dijo el hombre con suavidad.
Tras ellos quedó el tenue chasquido de la puerta al cerrarse, y luego la tibieza
de la casa los embargó. Casi hacía demasiado calor allí dentro.
—Vamos a la sala —dijo él, avanzando ante ellos.
Fue entonces cuando Willie se dio cuenta de su cojera. Se movía con rigidez,
al igual que un hombre sobre unos zancos. Y aunque la expresión de su cara
no parecía alterarse, Willie podía intuir el esfuerzo tras su inexpresividad: un
gruñido que acompañaba a cada uno de sus pasos.
—Sentaos —les indicó el hombre.
Tomaron asiento en un enorme sofá verde que los engulló a medias envueltos
en mullidos cojines.
—Quitaos los abrigos.
El hombre se sentó en una silla de rígido respaldo, arrastrándola hasta el
extremo de la pieza, ante ellos. Le costó bastante esfuerzo acomodarse en ella.
A la derecha de los niños ardía un fuego, una gran fogata; la habitación estaba
a oscuras, pero debido al resplandor ambarino del fuego y al reflejo que la
nieve aportaba desde el exterior a través de los amplios ventanales, en la
habitación reinaba una confortable y cálida claridad.
Ninguno de los dos se movió para quitarse los abrigos.
—Tenemos que regresar pronto con el autobús —se explicó Nellie, sin apartar
su mirada del hombre—. Ella nos dijo que habías muerto.
—¿Eso hizo? —dijo el hombre, buscando su mirada y sosteniéndola—. Qué
interesante.
La sonrisa suavizó su rostro, haciéndole parecer más niño aún.
—¿Fuiste herido en un choque de trenes? —dijo Willie cuidadosamente—,
¿esa es la razón de tu cojera?
Los ojos del hombre se posaron en el suelo, antes de elevarse y encontrarse
con los suyos.
—No —dijo simplemente.
Sus ojos se posaron en las piernas de Willie, antes de volver a mirar a Nellie.
—Él era muy pequeño para acordarse —dijo ella—. Pero yo lo recuerdo todo
muy bien. Dijeron que moriste cuando el tren en el que viajabas se saltó una
señal y chocó con los vagones de cola de otro convoy. Ellos dijeron que
perdiste ambas piernas...
—¿Es lo que dijeron?
—Sí.
—Entonces, creo que estaban equivocados.
—Padre —musitó Nellie, como acostumbrándose a la palabra.
El hombre, por toda respuesta, asintió lentamente con la cabeza.
—¿Cuánto tiempo te has estado escondiendo? —preguntó Willie.
Empezaba a sentirse incómodo en aquel sofá, y se semidesabrochó el anorak.
—No podemos quedarnos más —interrumpió Nellie—, no, al menos esta vez.
El hombre sonrió.
—¿Cuánto tiempo escondiéndote? —insistió Willie.
El hombre inspiró profundamente y reflexionó.
—Veamos —dijo—. Debió de ser... —Contó con sus dedos—. Cinco años.
Cuando lo hubo dicho, sus manos se depositaron con suavidad sobre sus
piernas.
—¿Por qué? —preguntó Nellie—. ¿Por qué tuviste que esconderte?
—Tuve que irme. —Se sujetó las piernas de repente, como si se fuese a
incorporar—. ¿Qué tal si os hago un poco de chocolate? Todavía debéis de
tener frió. Luego podemos continuar charlando.
—En realidad nos tendríamos que ir en seguida.
—Por favor... —La súplica en su voz era temblorosa; había brotado imprevista.
—De acuerdo —dijo Nellie con rapidez—. Lo que pasa es que todavía... no te
conocemos lo suficiente.
—Eso es cierto.
Se elevó con gestos forzados, y suspiró cuando por fin consiguió ponerse en
pie, ayudándose del respaldo de la silla.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Nellie.
—Sí —dijo él. Sus ojos no se apartaron de los pies de ella, y se estiró como lo
hubiese hecho un tipo duro—. Volveré en unos instantes.
Desapareció en la parte trasera de la casa y ellos permanecieron unos
instantes siguiéndole con la vista.
—¿Me crees ahora? —dijo Nellie.
—Es igual que el retrato que hay en el dormitorio de mamá —admitió Willie,
huraño—. Pero no me gusta.
—A mí sí —dijo ella con énfasis—. Lo que le pasa es que hace demasiado
tiempo que no nos ve.
Willie se levantó.
—No me gusta la forma que tiene de caminar.
—¿Adonde vas?
—Al baño —respondió Willie en un susurro.
—Espera hasta que él regrese.
—Si en efecto es papá, puedo ir al baño ahora.
—Tiene que serlo.
Willie se alejó, sacudiendo su cabeza.
Pronto se extravió. Siguiendo el camino que tomase el hombre, saliendo por la
misma puerta, apareció en un corredor que parecía formar parte de un
laberinto. Era completamente distinto al resto de la casa. Los azulejos del
suelo, blancos y verdes, estaban destrozados y de las paredes colgaban
desconchadas capas de pintura. El primer corredor desembocaba en otro, y en
otro, y éste en otro más. Willie se vio pronto rodeado de pasadizos que se
bifurcaban ante él en una oscuridad cada vez más creciente; diminutas
bombillas sobre su cabeza despedían macilentos haces de luz.
Willie avanzó con suavidad, tanteando las paredes, hasta que un sonido
percutiendo al fondo de uno de los corredores hizo que se adentrase en él.
Un sonido agudo, un canto, y tras él el sonido del metal chocando entre sí.
Willie se detuvo ante una puerta, la entreabrió y echó un vistazo. Se veían unos
escalones descendiendo entre la oscuridad hacia una zona que se adivinaba
mejor iluminada.
Allá abajo, alguien estaba canturreando.
Una voz dichosa, aunque de una tonalidad similar al gemido de un gato cuando
alguien le pisa la cola inesperadamente.
Los metales dejaron de chocar entre sí.
El canto se detuvo.
Se oyó un gruñido y el sonido de algo al ser golpeado y cerrado, luego un
susurro de ropas, y poco después, pasos.
Diminutos pasos de danza, más gruñidos, y de repente, fuertes pisadas.
Alguien subía por la escalera.
Willie retrocedió y se quedó encogido en la oscuridad.
Tras una larga espera, durante la cual Willie contó veinte pasos, la puerta se
abrió ante él, y vio ante sí al hombre que era su padre. Su camisa de franela
estaba desabrochada y Willie pudo ver finas correas y hebillas cruzadas sobre
su piel.
El hombre avanzó al interior de la casa.
Willie contó hasta cincuenta y luego emergió de entre las sombras.
Conteniendo su respiración, abrió la puerta de la bodega y observó hacia
abajo. La luz seguía encendida. Descendió dos peldaños y atisbo, estirando su
cuello. De la bodega no subía ningún sonido.
Bajó hasta abajo.
Suspiró.
Aunque sabía que no se hallaba allí, la llamó involuntariamente:
—Nellie...
En todas las paredes de la habitación, en todas y cada una de las paredes de
la pieza, se veían, colgando en racimos, agrupadas, apiladas sobre cajas,
apoyadas en las esquinas, piernas...
...piernas.
Las había a cientos, quizá mil pares de piernas. De todas las tallas y tamaños.
Cada una de ellas estaba apropiadamente vestida, con medias o calcetines,
zapatillas o zapatos, botas o babuchas. Willie pudo casi imaginarse el resto de
la gente que debería estar unida a esas extremidades: banqueros y aprendices;
chicos de reparto y mensajeros; vendedores, ejecutivos... Había un par de
gruesas piernas que parecían de un carnicero, y algunos pares estilizados que
debían ser de bailarines; de un conductor de autobuses, o de un deportista.
Todas ellas tenían tirantes en la parte superior, un marco de cuero, una
almohadilla y unas hebillas.
Había un par de piernas para cada personaje que uno pudiese imaginar.
—Oh, Nellie —suspiró Willie, deseando que su hermana estuviese allí, para
sujetarle fuertemente la mano.
Aparte de las piernas, el único objeto que había en la habitación era una
pequeña mesa en el rincón más alejado y, sobre ella, un potente fluorescente
iluminaba con crudeza los instrumentos de tortura que se encontraban sobre
ella.
Sierras, cuchillos y navajas; brillantes sierras dispuestas para hacer su trabajo.
—Oh, Nellie, Nellie —suspiró Willie de nuevo.
Un ruido le llegó desde la parte alta.
Una luz se encendió en la escalera.
Fuertes pisadas.
Conteniendo la respiración, Willie se volvió.
Un rostro le contemplaba, mirándolo de arriba abajo.
—¡Nellie!
—¡Shhh!
Ella volvió a desaparecer en lo alto de la escalera. Willie oyó el ruido de la
puerta al ser cerrada y luego ella volvió a estar junto a él. Willie empezó a
empujarla, mostrándole los centenares de piernas colgando de las paredes.
—Nellie, él...
—Él me lo contó todo —dijo ella interrumpiéndole.
—¿Dónde está él? —preguntó Willie.
—Arriba. —Sus ojos se contrajeron—. Le conté que el conductor del autobús
es el novio de mamá y que si no nos veía en la parada, vendría a por nosotros.
Evidentemente y porque no tenía por qué no hacerlo, me creyó.
—¿Qué vamos a hacer? —dijo Willie lleno de temor.
—El quiere que nos quedemos —contestó Nellie.
—¡No!
—Él no es malo, Willie. La mayoría de estas piernas son de gente que ya había
muerto cuando él las consiguió.
—Pero...
—Si nos quedamos, dice que será nuestro padre la mayor parte del tiempo. Y
yo quiero que él lo sea.
—Pero Nellie...
—Lo necesito, Willie. Al igual que él necesita ser la gente cuyas piernas va
usando.
—¡Quiero irme a casa! ¡Él no me gusta!
Temblando, Willie se aferró a su hermana, abrazándola junto a su pecho.
En su espalda, sobre la blusa y bajo el anorak, Willie notó correas y hebillas.
—¡Tú! —gritó, apartándola con energía.
—Sí —contestó Nellie con frialdad.
Willie se dio cuenta entonces de con cuanta lentitud y rigidez se movía ella.
—¡Nellie! —sollozó Willie.
—En esta habitación puedo ser cualquier cosa —dijo Nellie, volviéndose con
rigidez y señalando las paredes con el dedo—. Puedo ser el hombre que
reparte flores, o la mujer que da clases de piano. Una mañana puedo ser el
cartero, o el cobrador de seguros. Maestra, sacerdote, o dentista. Puedo ser —
dijo agitando una sierra de acero azulado en el aire— una niña o un niño
pequeño.
Willie se lanzó escalera arriba pero tropezó y cayó de rodillas sobre los
primeros escalones. Reptando sobre los peldaños, logró alcanzar la puerta
superior.
No pudo abrirla.
Nellie subió lentamente tras él. En su rostro había una sonrisa que la auténtica
Nellie nunca antes había tenido; una sonrisa de vieja, nada parecida a la que
mostrase cuando, haciéndose la hermana mayor, trató de convencerle.
Cuando ella se hallaba a dos pasos de él, Willie le dio un puntapié en las
piernas.
—¡Nooo! —gritó ella, cayendo de espaldas.
Como en un sueño, el cuerpo de Nellie se partió en dos. La parte inferior, dos
apéndices rodeados de correas y hebillas, golpeó insonoramente los peldaños
hasta quedar inmóvil al fondo de la escalera.
La parte superior se transformó en algo distinto. Ya no era Nellie. Ya no era
algo humano: cartero, sacerdote, o dentista, sino que se tornó en una
blancuzca y chillona criatura, una forma encogida que rodó escaleras abajo
cual un insecto albino sobre dos manos deformadas.
—¡Noooooo! —gimió, desplazándose más allá de las dos piernas al fondo de la
escalera en dirección a la parte interior de la habitación.
Willie empujó desesperado la puerta de la bodega, y de repente, con un quejido
apagado, ésta se abrió. Una vez más estaba en el laberinto. Mosaicos
verdiblancos salían despedidos, mientras sus pies trataban de avanzar. Giró
una y otra vez hasta acabar frente a la puerta de la bodega. Desde el interior le
llegó un alarido gimiente que le hizo temblar hasta los huesos. Lo intentó de
nuevo: tanteando las paredes, trató de hallar la salida.
Sin saber cómo, apareció en la sala. El mismo fuego ardía en el hogar; los
mismos muebles de madera de olivo le rodeaban.
Cruzó la sala corriendo en busca de la salida. Ahí estaba, junto a la puerta, el
gran ventanal; tras él el muro exterior, donde le esperaban fuertes nevadas, la
televisión, la cena, su madre.
Milagrosamente, cuando miró afuera vio junto a la parada detenido el autobús,
esperando.
Su mano estaba sobre el pomo de la puerta.
Tiró para abrirla.
Un pie presionó la hoja para mantenerla cerrada.
Una voz, una voz ahogada, como la de alguien que ha tenido que correr con
rapidez, la voz de alguien que él podía haber conocido, dijo:
—Acompáñame, ¿quieres?

FIN

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