PERTURBACION SOLAR
Arthur C. Clarke
El enorme disco de la vela se hallaba tenso en su aparejo, henchido ya por
el viento que soplaba entre los mundos. Tres minutos después iniciaría su
carrera, aunque ahora John Merton se sentía más relajado, más sosegado que
en cualquier otro momento del pasado año. No importaba lo que ocurriese
cuando el comodoro diera la señal de partida, tanto si Diana lo llevaba a la
victoria, como a la derrota, habría realizado su ambición. Tras una vida
dedicada a diseñar naves para los demás, ahora se disponía a conducir la suya
propia.
—Tenemos dos minutos—dijo la radio de la cabina— Por favor, confirmen
cuando estén listos. Uno por uno respondieron los restantes patrones. Merton
reconoció todas las voces—algunas tensas; otras, tranquilas, pues eran las de
sus amigos y rivales. En los cuatro mundos habitados apenas habían veinte
hombres que pudieran manejar un yate solar. Y allí estaban todos, en la línea
de salida o a bordo de las naves de escolta, en órbita a veintidós mil millas
sobre el Ecuador.
—Número uno, Gossamar. . . ¡listo para partir!
—Número dos, Santa María. . . ¡todo dispuesto!
—Número tres, Sunbeam. . . ¡preparado!
—Número cuatro, Woomera. . . ¡todo en orden!
Merton sonrió al oír aquel eco de los días heroicos de la astronáutica. Pero
era algo que se había convertido en una tradición del espacio y a veces el
hombre necesitaba evocar el recuerdo de quienes le habían precedido en su
marcha a las estrellas.
—Número cinco, Lebedev. . . ¡estamos preparados!
—Número seis, Arachné. . . ¡en orden!
Luego le tocaba a él, el último de la fila. Resultaba raro pensar que las
palabras que pronunciaba desde su cabina iban a ser oídas lo menos por cinco
mil millones de personas.
—Número siete, Diana... ¡listo para zarpar!
—Comprobado, gracias —respondió la voz impersonal desde la lancha del
juez—. Tenemos un minuto.
Merton apenas lo oyó, puesto que estaba efectuando la comprobación final
de la tensión del aparejo. Las agujas de los dinamómetros estaban firmes; la
inmensa vela se hallaba tirante, con su superficie de espejo centelleando al sol.
Merton, que flotaba ingrávido entre el periscopio, tenía la sensación de que
llenaba el firmamento, y en realidad casi lo hacía... pues eran cincuenta
millones de pies cuadrados de vela los que estaban sujetos a su cápsula por
casi cien millas de aparejos. Las lonas de todos los clípers que antaño surcaron
los mares de China, cosidas a una sola vela gigantesca, no podrían
compararse con la que el Diana había desplegado bajo el Sol. Sin embargo,
era poco más consistente que una pompa de jabón porque aquellas dos millas
cuadradas de plástico aluminizado tenían un espesor de solo una millonésima
de pulgada.
—"T" menos diez segundos, en marcha todas las cámaras filmadoras.
A la mente le resultaba difícil imaginar algo tan enorme y delicado a la vez
y más aún el que aquel frágil espejo habría de ser el motor que impulsaría la
nave lejos de la Tierra al captar la luz solar.
—... ¡cinco, cuatro, tres, dos, uno, corten!
Siete cuchillas hendieron los siete tenues cabos que sujetaban 109 yates a
las naves nodrizas que los habían reunido y atendido.
Hasta aquel momento, los yates habían ido contorneando la Tierra en
rígida formación y ahora empezaron a dispersarse a semejanza de las semillas
de polen a merced de la brisa. El vencedor sería el primero que pasara ante la
Luna.
Al parecer, a bordo del Diana nada sucedía. Pero Merton sabía que sí;
aunque su cuerpo no sintiera impulso alguno, el panel instrumental le decía que
estaba acelerando a casi una milésima de gravedad. Aquella cifra habría sido
ridícula para un cohete... pero era la primera vez que un yate solar la había
alcanzado. El diseño del Diana era perfecto, la vasta vela cumplía de acuerdo
con sus cálculos. A aquel paso, dos vueltas a la Tierra le darían la velocidad de
escape... y entonces podría poner rumbo a la Luna, con toda la potencia del
Sol respaldándole.
Toda la potencia del Sol... Sonrió veladamente al recordar sus intentos por
explicar la navegación solar a los oyentes de sus conferencias en la Tierra.
Aquel fue el único medio de conseguir dinero al principio. Podría muy bien
haber sido el diseñador-jefe de la Sociedad Cosmodine, con toda una serie de
logradas aeronaves en su haber, pero su empresa no se había mostrado
precisamente entusiasmada con su idea.
—Tiendan las manos al Sol—decía él—. ¿Qué notan? Calor, desde luego.
Pero también hay presión... aún cuando por ser tan leve no se percaten de ello.
En la superficie de sus manos llega a ser de una millonésima de onza.
"Pero, allá en el espacio, hasta una presión tan pequeña puede ser
importante... ya que actuaría incesantemente, hora tras hora, día tras día. A
diferencia del combustible de un cohete, es libre e ilimitada. La podemos
emplear si lo deseamos; podemos construir veleros que capten la radiación
emanada del Sol.
Al llegar a aquel punto de su disertación sacaba unos cuantos metros
cuadrados de material y lo arrojaba hacia el auditorio. La película plateada
flotaba ondulante como el
humo, para elevarse luego lentamente hacia el techo, empujada por las
corrientes de aire cálido.
—Ya ven cuán ligero es este material —continuaba—. Una milla cuadrada
pesa sólo una tonelada y puede acumular cinco libras de presión de radiación.
De esta forma empezará a moverse... y podremos conseguir que nos
remolque, si sujetamos un aparejo a él.
"Desde luego, su aceleración será pequeña... aproximadamente de una
milésima de "g", lo cual, aunque no parece mucho, veamos lo que supone:
Pues que en el primer segundo nos moveremos aproximadamente un quinto de
pulgada. Como vemos, un caracol robusto podría hacerlo mejor. Pero al cabo
de un minuto habremos cubierto seis pies y marcharemos a algo más de una
milla por hora, lo cual no está nada mal para algo impulsado únicamente por la
luz solar. Al cabo de una hora nos encontraremos a cuarenta millas de nuestro
punto de partida y moviéndonos a una media de ochenta. Como recordarán, en
el espacio no existe fricción, de modo que cuando uno comienza a moverse ya
no se detiene. Quedarán sorprendidos ustedes cuando les diga la velocidad a
la que se mueve nuestra nave velera al final de un día de recorrido. ¡Casi dos
mil millas por hora! Y si parte de una órbita circunterrestre, como desde luego
ha de hacerlo— puede alcanzar la velocidad de escape en un par de días. ¡Y
todo ello sin quemar una sola gota de combustible!
Bueno, lo cierto es que al final convenció a todos, hasta a los de la
Cosmodine. En el transcurso de los veinte últimos años había nacido un nuevo
deporte, llamado "el deporte de los multimillonarios", lo cual era verdad... pero
estaba empezando a rendir en publicidad y televisión. En esta carrera se
jugaban el prestigio cuatro continentes y dos mundos, y tenía la mayor
audiencia conocida en la historia.
La salida del Diana había sido buena; llegó el momento de echar un vistazo
a los contrincantes. El movimiento era suave. No obstante, haber unos
parachoques absorbentes entre la cápsula de mando y el delicado aparejo,
estaba resuelto a no correr riesgo alguno. Merton se colocó ante el periscopio.
Allá estaban sus competidores, semejantes a extrañas flores de plata,
plantadas en los oscuros campos del espacio. El yate más próximo, el Santa
María, se hallaba sólo a cincuenta millas; parecía la cometa de un niño... pero
una cometa de más de una milla de lado. Más lejos, el Lebedev, de la
Universidad de Astrogrado, daba la impresión de una cruz de Malta, al parecer
las velas que formaban los cuatro brazos podían ser inclinadas para fines de
gobierno. En contraste, el Woomera, de la Federación de Australasia, era un
simple paracaídas de cuatro millas de circunferencia. El Arachné, de la
Sociedad General de Astronáutica, semejaba —como indicaba su nombre—
una tela de araña... y había sido construida de acuerdo con el mismo principio,
mediante lanzaderas-robot, trazando espirales desde un punto central. El
Gossamer, de la Corporación Euroespacial, era de diseño idéntico, aunque a
escala ligeramente más reducida. Y el Sunbeam, de la República de Marte, era
un anillo liso, con un boquete de media milla de anchura en el centro, que
giraba lentamente de forma que la fuerza centrifuga le daba rigidez. Merton
estaba completamente seguro de que los coloniales se encontrarían en
dificultades cuando empezaran a dar la vuelta.
Pero esto no ocurriría hasta dentro de otras seis horas, cuando los yates
hubiesen recorrido el primer cuarto de su lenta y majestuosa órbita de
veinticuatro horas. Aquí, al comienzo de la carrera, todos marchaban en línea
recta alejándose del sol... corriendo, por decirlo así, impulsados por el viento
solar. Había que cubrir la etapa mayor antes de que los yates se ladeasen al
otro lado de la Tierra y enfilaran de nuevo rumbo al Sol.
Era el momento de hacer la primera comprobación—se dijo Merton—
cuando no existía ninguna dificultad. A través del periscopio efectuó un
minucioso examen de la vela, concentrándose en los puntos donde se sujetaba
el aparejo. Los cabos de los obenques —estrechas tiras de película plástica—
habrían resultado completamente invisibles de no
estar revestidos de pintura fluorescente. Ahora eran tensas líneas de luz
coloreada, que se desvanecía en cientos de metros en dirección a la
gigantesca vela. Cada cual tenía su
propia cabria no mucho mayor que el carrete de una caña de pescar. Las
pequeñas cabrias giraban continuamente cobrando o amollando cabos,
mientras el piloto automático mantenía la vela en ángulo correcto respecto al
Sol.
Era maravilloso contemplar el juego de la luz solar sobre el gran espejo
flexible. Ondulaba en lentas y majestuosas oscilaciones, enviando a la periferia
múltiples imágenes del Sol mientras navegaba a través de los cielos, hasta que
se desvanecían en los bordes de la vela. En aquella vasta y tenue estructura
eran de esperarse tales pausadas vibraciones; por lo general inofensivas,
aunque Merton las vigilaba cuidadosamente, ya que podía provocar las
catastróficas ondulaciones llamadas culebreos, que podían desgarrar y
destrozar una vela.
Una vez hubo comprobado que todo estaba en orden, movió el periscopio
en torno al firmamento, para comprobar de nuevo la posición de sus rivales.
Era la que esperaba: había empezado el proceso de selección y las
embarcaciones menos buenas quedaban rezagadas. Pero la prueba real
comenzaría cuando pasaran ante la sombra de la Tierra; entonces, la
maniobrabilidad contaría tanto como la velocidad.
Aunque pudiera parecer raro pensar en eso ahora que sólo había
comenzado la carrera, podría ser una buena idea echar una cabezadita. Las
tripulaciones de dos hombres de las otras embarcaciones podían hacerlo por
turno, pero Merton no tenía a nadie para relevarle. Tenía que fiarse de sus
propios recursos físicos... como aquel otro navegante solitario, Eloshua
Slocum, en su pequeño Spra~. El patrón americano circunnavegando la Tierra,
a buen seguro no soñaría siquiera con que dos siglos después otro hombre
navegaría sin ayuda de la Tierra hacia la Luna... inspirado, por lo menos en
parte, en su ejemplo.
Merton sujetó en torno a su cintura y piernas las correas elásticas del
asiento de la cabina y se colocó en la frente los electrodos del inductor de
sueño. Puso el despertador para dentro de tres horas y se relajó.
Suave e hipnóticamente, las pulsaciones electrónicas latieron en los
lóbulos frontales de su cerebro. Abigarradas espirales luminosas se
expandieron bajo sus cerrados párpados, extendiéndose hacia el infinito.
Luego, nada...
El estridente tintineo metálico del timbre de alarma lo arrancó de su dormir
sin sueños; se despabiló al instante y su mirada escudriñó el panel
instrumental. Solo habían pasado dos horas... pero una luz roja fulguraba en el
acelerómetro. El impulso descendía, el Diana iba perdiendo potencia.
Lo primero que pensó Merton fue que algo le había ocurrido a la velaquizás
habían fallado los dispositivos estabilizadores y se había doblado el
aparejo. Comprobó rápidamente los contadores que median la tensión en los
cabos de los obenques. Era raro, en una parte de la vela su anchura era
normal... mientras que en la otra el tirón decrecía lentamente aunque a ojos
vistas.
Adivinando la verdad de pronto, cogió el periscopio, lo enfocó con visión de
gran campo v empezó a escudriñar el borde de la vela. Sí... allá estaba la
avería, y sólo podía tener una causa.
Una sombra inmensa y de recortados bordes había comenzado a
deslizarse a través de la reluciente plata de la vela. La oscuridad iba cayendo
sobre el Diana, como si una nube se cruzara entre el yate y el sol. Y en la
oscuridad, privado de los rayos que lo impulsaban, perdería toda fuerza y
derivaría sin remedio por el espacio. Pero, naturalmente, allí, a más de veinte
mil millas sobre la Tierra, no había ninguna nube. Si se proyectaba alguna
sombra tendría que ser artificial.
Merton hizo una mueca al dirigir el periscopio hacia el Sol, después de
acoplarle los filtros que le permitieron mirar de lleno su fulgurante rostro sin
quedar cegado.
—Maniobra 4-a—murmuró para sí—. Ya veremos quién puede jugar mejor
este juego.
Parecía como si un planeta gigante pasara en aquel momento ante la cara
del sol. Un gran disco negro había mordido profundamente su borde. A veinte
millas a popa, el Gossamer intentaba crear un eclipse artificial... especialmente
destinado al Diana.
La maniobra fue perfectamente legítima en los lejanos tiempos de las
competiciones oceánicas, los patrones intentaban a menudo taparse
mutuamente el viento. Con un poco de suerte se podía dejar en calma chicha a
un rival, con sus velas colgando flácidas... y adelantándosele antes de que
pudiera reparar el daño.
Merton no pensaba en modo alguno dejarse atrapar con tanta facilidad.
Tenía aún bastante tiempo para llevar a cabo una acción evasiva. Las cosas
discurrían muy lentamente cuando se viajaba en un velero solar. Transcurrirían
por lo menos veinte minutos antes de que el Gossamer pudiera deslizarse por
completo ante el Sol y dejarle en la oscuridad.
El minúsculo computador del Diana —del tamaño de una caja de cerillas,
pero equivalente por su eficacia a mil matemáticos humanos— consideró el
problema durante un segundo y seguidamente relampagueó la respuesta.
Tenía que abrir los paneles de mando tres y cuatro, hasta que la vela
adquiriese una inclinación extra de veinte grados; luego, la presión de la
radiación le alejaría de la peligrosa sombra del Gossamer y le devolvería a
plena luz del Sol. Era una lástima interferir en el piloto automático, que había
sido cuidadosamente programado para dar el curso más rápido posible...
después de todo, para eso estaba allí. Aquello era lo que hacía de la regata
solar más deporte que una batalla de computadoras.
Los cabos de mando exteriores del uno al seis ondulaban voluptuosos
como somnolientas serpientes al perder momentáneamente su tensión. A dos
millas, los paneles triangulares empezaron a abrirse con pereza, derramando
luz solar por la vela. Sin embargo, durante largo rato nada pareció suceder.
Resultaba difícil acostumbrarse a aquel mundo de lento movimiento en el que
transcurrirían varios minutos antes de que pudieran hacerse visibles los efectos
de cualquier acción. Merton comprobó poco después que efectivamente la vela
iba inclinándose hacia el Sol... y que la sombra del Gossamer se apartaba, su
cono de oscuridad perdido en la más profunda noche espacial.
Mucho antes de que se desvaneciese la oscuridad y se hiciera visible de
nuevo el disco del Sol, invirtió la inclinación y entonces el Diana recuperó su
rumbo. El nuevo impulso le llevaría fuera del peligro; no convenía exagerarlo, y
si se hacía excesivamente a un lado trastocaría sus cálculos. Era otra regla que
resultaría difícil de aprender por experiencia. En el espacio tan pronto como se
iniciaba un movimiento había que empezar inmediatamente a detenerlo.
Volvió a disponer la alarma para la siguiente emergencia natural o artificialquizás
el Gossamer, o alguno de los otros competidores, intentase de nuevo el
mismo truco. Había llegado entretanto la hora de comer, aún cuando no tenía
mucha hambre. Se gastaba poca energía física en el espacio, y era fácil
olvidarse de la comida. Fácil... y peligroso, porque si se presentaba una
emergencia era posible que se careciera de las reservas físicas necesarias
para afrontarla.
Abrió el primero de los paquetes de alimentos e inspeccionó su contenido
sin entusiasmo. El nombre de la etiqueta "Bocadillos Espaciales" invitaba ya a
dejarlo para otro momento. Y tenía serias dudas sobre la promesa que se leía
abajo: Garantizado el no desmigajamiento. Se decía que las migajas
constituían para los vehículos espaciales un peligro mayor que los meteoritos.
Podían verse arrastradas a los sitios más inverosímiles y provocar
cortocircuitos, bloquear chorros vitales y penetrar en instrumentos que se
suponía debían estar herméticamente cerrados.
Sin embargo, las salchichas de hígado se las zampó bastante bien, así
como el chocolate y el puré de piña. El envase de plástico con el café estaba
calentándose en el hornillo eléctrico cuando el mundo exterior irrumpió en su
soledad. Le llamaba el operador de radio de la lancha del Comodoro.
—¿Doctor Merton? Si dispone usted de tiempo, Jeremy Blair desearia
intercambiar unas cuantas palabras con usted.
Blair era uno de los más acreditados comentaristas de noticias y Merton
había intervenido varias veces en su programa. Podía negarse a ser
entrevistado, desde luego, pero apreciaba a Blair y, como es natural, en aquel
momento no podía esgrimir la excusa de estar demasiado ocupado.
—De acuerdo—respondió.
—Hola, doctor —dijo el comentarista—. Me alegro de que me conceda
unos minutos. Y enhorabuena... por ir usted a la cabeza de la competición.
—Es demasiado pronto para asegurarlo. El juego no ha hecho más que
empezar, como quien dice—respondió cautamente Merton.
—Dígame, doctor... ¿por qué decidió usted tripular solo el Diana? ¿Acaso
porque no se ha hecho nunca antes?
—Bueno, ¿no seria una excelente razón? Pero no ha sido la única. —Hizo
una pausa, escogiendo cuidadosamente las palabras—. Ya sabe usted hasta
qué punto el comportamiento de un yate solar depende de su masa. Un
segundo hombre a bordo, con todo su equipo, significaría otras quinientas
libras. Eso podría suponer fácilmente la diferencia entre ganar o perder.
—¿Está usted completamente seguro de que puede manejar solo al
Diana?
—Razonablemente seguro, gracias a los mandos automáticos que he
diseñado. Mi tarea principal consiste en la supervisión y en tomar decisiones.
—Pero... ¡dos millas cuadradas de vela! ¡No parece posible que un hombre
pueda arreglárselas con todo esto!
Merton rió.
—¿Por qué no? Esas dos millas cuadradas producen un máximo tirón de
sólo diez libras. Puedo hacer más fuerza con mi dedo meñique.
—Bien, gracias doctor. Y buena suerte.
Al terminar su transmisión el comentarista, Merton se sintió algo
avergonzado de sí mismo, pues su respuesta había sido sólo parte de la
verdad y estaba seguro de que Blair
era lo bastante listo como para saberlo.
Había una razón suprema por la que estaba allí solo en el espacio. Durante
casi cuarenta años había trabajado con un equipo de cientos e incluso miles de
hombres, ayudando a diseñar los vehiculos más complejos del mundo. En los
últimos veinte años había dirigido uno de esos equipos y visto volar sus
creaciones hacia los astros. Sufrió fracasos que nunca olvidaria, aún cuando él
no hubiese tenido la culpa. Era famoso con una carrera de éxitos tras de sí. Sin
embargo, nunca había hecho nada por sí mismo; siempre había sido uno de los
miembros de un ejército.
Esta era su auténtica y última oportunidad de conseguir un éxito individual
y no lo quería compartir con nadie. No habría más competiciones de yates
solares por lo menos durante cinco años, pues de momento tocaba a su fin el
período de calma del Sol y comenzaría el ciclo del mal tiempo, con tormentas
de radiación estallando a través del sistema solar. Y para cuando, de nuevo,
estuviera él en disposición de aventurarse, sería demasiado viejo. Si es que no
lo era ya...
Tiró los envases vacíos de los alimentos al dispositivo de desperdicios y
volvió de nuevo al periscopio. Al principio sólo pudo divisar a cinco de los yates
rivales; no había señal alguna del Woomera. Tardó varios minutos en
localizarlo... como un vago fantasma ocultando la luz de las estrellas prendido
en la sombra del Lebedev. Pudo imaginar los frenéticos esfuerzos que estarían
realizando los australianos para zafarse de la sombra, y se preguntó cómo
habrían podido caer en la trampa. Aquello significaba que el Lebedev era
extraordinariamente maniobrable; habría que vigilarlo, aún cuando estuviese
demasiado lejos como para amenazar al Diana por el momento.
Entretanto, la Tierra casi se había desvanecido, hasta convertirse en un
diminuto y brillante arco luminoso que se movía constantemente hacia el Sol.
Opacamente perfilado contra aquel arco se veía el hemisferio nocturno del
planeta, con los puntos fosforescentes de las grandes ciudades acá y allá, a
través de los resquicios que dejaban las nubes. El arco de oscuridad había ya
borrado una inmensa sección de la Vía Láctea; dentro de pocos minutos
iniciaría su intrusión en el Sol.
La luz se iba amortiguando. Un halo crepuscular púrpura —el resplandor de
muchas puestas de sol a miles de millas por debajo—tendiase la vela, al
deslizarse el Diana silenciosamente hacia la sombra de la Tierra. El Sol se
desplomaba por aquel invisible horizonte. Súbitamente cayó la noche.
Merton miró hacia atrás, a lo largo de la órbita que había trazado, ya a un
cuarto de trayecto en torno a la Tierra. Una a una vio titilar las brillantes
estrellas de los otros yates que se habían unido a él en la breve noche.
Transcurriría una hora antes de que el Sol surgiera de aquel enorme escudo
negro, y durante todo ese tiempo los yates quedarían completamente
desvalidos, deslizándose a la deriva, sin energía impulsora.
Encendió el reflector exterior y barrió con su haz la ya oscurecida vela. Los
miles de acres de plástico empezaban a arrugarse y a quedar flácidos; los
cabos de los obenques se estaban aflojando y había que procurar que no se
enredaran, Pero aquello no era nada inesperado, todo marchaba de acuerdo
con lo previsto.
A cincuenta millas a popa, el Arachné y el Santa María no tenían tanta
suerte. Merton supo de sus dificultades cuando sonó la radio en el círculo de
emergencia.
—Número Dos, Número Seis... aquí Control. Marchan en derrota de
colisión. Sus órbitas se interseccionarán en sesenta y cinco minutos.
¿Necesitan ayuda?
Se abrió una larga pausa mientras los dos patrones digerían estas malas
noticias. Merton se preguntó a quién habría que censurar; quizás un yate había
tratado de ensombrecer al otro y no había completado la maniobra antes de
entrar ambos en la oscuridad. Y no había tampoco nada que pudieran hacer;
iban convergiendo, lenta, pero inexorablemente, incapaces de variar el rumbo
ni en una fracción de grado.
Sin embargo... ¡sesenta y cinco minutos! Eso les sacaría de nuevo a la luz
del Sol, al salir de la sombra de la Tierra. Aún tenían una ligera probabilidad, si
es que sus velas podían captar la energía suficiente para evitar la colisión. A
bordo del Arachné y del Santa María sus tripulantes debían estar entregados a
frenéticos cálculos.
El primero en responder fue el Arachné y su contestación fue exactamente
la que Merton había esperado.
—Número Seis llamando a Control. No necesitamos ayuda, gracias.
Resolveremos la situación nosotros mismos.
"Me extraña", pensó Merton. Pero al menos sería interesante presenciarlo.
El primer drama real de la carrera se estaba aproximando... exactamente sobre
la línea de medianoche
de la durmiente Tierra.
Durante la hora siguiente, su propia vela mantuvo a Merton demasiado
ocupado como para preocuparse del Arachné y del Santa María. Resultaba
difícil gobernar bien aquellos cincuenta millones de pies cuadrados de plástico
inmerso en la oscuridad e iluminado sólo por su pequeño reflector y los rayos
de la aún distante Luna. De ahora en adelante y durante casi media órbita en
torno a la Tierra, debía mantener toda aquella inmensa superficie enfocada
hacia el Sol. Durante las próximas doce o catorce horas, la vela sería un
estorbo inútil, porque él se hallaría proa al Sol y sus rayos únicamente podían
impulsarle hacia atrás, a lo largo de su órbita. Era una lástima que no pudiese
plegar completamente la vela hasta estar en condiciones de emplearla de
nuevo. Pero nadie había descubierto todavía una manera práctica de hacerlo.
Allá abajo despuntaba la primera pincelada del alba, a lo largo del borde de
la Tierra. Dentro de diez segundos emergería el Sol de su eclipse y los yates
que iban deslizándose por el impulso adquirido cobrarían nueva vida en cuanto
la ráfaga de radiación alcanzara sus velas. Este seria el momento de crisis para
el Arachné y el Santa María... y, en realidad, para todos.
Merton giró el periscopio hasta detenerse en las dos sombras que
marchaban a la deriva con las estrellas por fondo. Ambas embarcaciones
estaban muy juntas... quizás a una distancia entre sí de menos de tres millas.
Podría, pensó, reequilibrarse la situación.
El alba fulguró como una explosión a lo largo de la Tierra, al levantarse el
sol sobre el Pacífico. Las velas y cabos y obenques brillaron carmesíes
brevemente, para teñirse después de oro y destellar luego con la llamarada de
la pura y blanca luz del día. Las agujas del dinamómetro empezaron a alejarse
de su cero... pero sólo un poco. El Diana permanecía aún casi ingrávido pues,
con la vela apuntando al Sol, su aceleración era ahora sólo de unas
millonésimas de gravedad.
Pero el Arachné y el Santa María trataban de que su vela ejerciera la
máxima fuerza en su desesperado intento de mantenerse separados. Ahora, a
menos de dos millas entre sí, se desplegaban con angustiosa lentitud sus
nubes de plástico al sentir el primer delicado empuje de los rayos del Sol. Casi
todas las pantallas de televisión de la Tierra estarían presenciando aquel
prolongado drama y era imposible predecir, ni siquiera en el último minuto, cuál
iba a ser el desenlace.
Los patrones eran hombres obstinados. Cada uno de ellos podría haber
arriado sus velas y rezagado para dar al otro una oportunidad; pero ninguno de
los dos quería hacerlo. Se hallaba en juego demasiado prestigio, demasiados
millones y demasiadas reputaciones. Y así, silenciosa y suavemente, como
copos de nieve cayendo en una noche invernal, el
Arachné y el Santa María chocaron.
La cometa cuadrada serpenteó casi imperceptiblemente dentro de la tela
de araña circular; las largas tiras de los cabos de los obenques se retorcieron y
enzarzaron con la lentitud de un sueño. Y hasta a bordo del Diana, Merton,
ocupado en su propio aparejo, apenas pudo apartar la vista de aquel silencioso
desastre.
Durante más de diez minutos siguieron emergiendo, en inextricable masa,
las nubes ondulantes y brillantes. Luego se soltaron las cápsulas de la
tripulación y cada una se fue por su lado, separadas por centenares de metros.
Con un destello de cohetes, las lanchas de salvamento se apresuraron a ir a
recogerlas.
"Quedamos cinco", pensó Merton. Sintió pena de aquellos patrones que se
habían eliminado mutuamente. Sólo pocas horas después del comienzo de la
carrera, pero eran jóvenes y ya tendrían otra oportunidad.
En unos minutos los cinco se redujeron a cuatro. Merton había dudado
desde el comienzo de la capacidad viradora del Sunbeam. Ahora se veían
justificadas sus dudas.
El yate marciano había fallado en girar adecuadamente; su giróscopo le
había dado demasiada estabilidad. Su gran anillo de vela se volvía cara al Sol,
en vez de hallarse de canto. Estaba siendo devuelto hacia atrás según su
trayectoria casi a la máxima aceleración.
Era lo más desastroso que podía ocurrirle a un patrón... peor aún que una
colisión; pero sólo podía reprochárselo a sí mismo. Mas nadie sintió mucha
simpatía hacia los fracasados coloniales, cuando desaparecieron lentamente a
popa. Sus declaraciones fueron en exceso jactanciosas antes de la carrera y lo
que les pasaba tenía todo el carácter de unajusticia poética.
Sin embargo, eso no eliminaba del todo al Sunbeam. Con casi media milla
de recorrido aún por cubrir, podía seguir adelante e incluso en el caso de que
hubiesen más bajas, ser el único en acabar la carrera. No seria la primera vez
que ocurriese.
Las siguientes doce horas transcurrieron sin novedad; la Tierra asomaba
su creciente en el firmamento. Había poco que hacer mientras la flota derivaba
en torno a la mitad sin energía de su órbita, pero Merton no encontró el tiempo
ni pesado ni enojoso. Durmió unas cuantas horas, efectuó dos comidas,
escribió su "Diario" de vuelo y fue el protagonista de algunas entrevistas más
por radio. En raras ocasiones hablaba a los otros patrones con los que
intercambiaba saludos y amistosas bromas. Pero la mayor parte del
tiempo se sentía contento de flotar en ingrávido relajamiento, apartado de
las cuitas de la Tierra, más feliz de cuanto lo había sido en muchos años. Era
—tanto como un hombre
podía serlo en el espacio—dueño de su propio destino, gobernaba la nave
en la que había derrochado habilidad, pericia y amor, que había llegado a
convertirse en una parte de su propio ser.
El siguiente accidente se produjo cuando cruzaban la línea entre la Tierra y
el Sol e iniciaban la mitad energética de la órbita. A bordo del Diana, Merton vio
como se ponía rígida la gran vela al ladearse para captar los rayos impelentes.
La aceleración empezó a subir desde las microgravedades, aunque pasarían
aún horas antes de que alcanzara su grado máximo.
Nunca sería alcanzado por el Gossamer. Siempre es crítico el momento en
que la energía vuelve a manifestarse, y aquella nave no pudo sobrepasarlo.
El comentarista Blair puso en guardia a Merton con nuevas noticias.
—¡Hola, Gossamer, está culebreando!
Se precipitó el periscopio, pero no pudo ver nada de particular en el gran
disco circular de la vela del Gossamer. Era difícil distinguirla, pues estaba casi
de canto con respecto a él; y parecía como una tenue elipse; luego pudo ver
que aleteaba en irresistibles oscilaciones. Si la tripulación no lograba dominar
aquellas ondas, la vela se destrozaría.
Pusieron en ello todo su empeño, al cabo de veinte minutos parecían
haberlo logrado. De pronto, en alguna parte del centro de la vela, comenzó a
rasgarse la película de plástico que fue impelida lentamente al exterior a causa
de la presión de la radiación, lo mismo que ocurre con la voluta de humo de
una fogata. Y en el lapso de un cuarto de
hora sólo quedaba el delicado trazado de los espolones radiales que
habían soportado la gran trama. Vióse de nuevo un destello de cohetes, al
trasladarse una lancha a recuperar la cápsula del Gossamer y a su abatida
tripulación.
—Nos estamos quedando solos acá arriba, ¿no es así? —oyóse una voz
en la onda de comunicaciones de embarcación a embarcación.
—Usted no, Dimitri—replicó Merton—. Aún tiene compañía allá al final del
campo. Yo soy el único solitario aquí delante.
No era jactancia. Por entonces, el Diana se hallaba a tres millas por delante
de su inmediato seguidor y su ventaja aumentaría con mayor rapidez todavía
en las horas siguientes.
A bordo del Lebedev, Dimitri Markoff lanzó una risita maliciosa. No parecía
en absoluto ser hombre que se resignara a la derrota.
—Recuerde la fábula de la tortuga y la liebre—respondió el ruso—. En el
próximo cuarto de millón de millas pueden suceder muchas cosas.
Y, en efecto, la primera ocurrió mucho antes que eso, cuando completaban
la primera órbita a la Tierra atravesando de nuevo la línea de salida... aunque a
miles de millas más arriba, gracias a la energía extra que les habían procurado
los rayos solares. Merton se entretuvo fijando la posición de los demás yates y
puso las cifras en la computadora. La respuesta que éste dio para el Woomera
era tan absurda que efectuó inmediatamente una nueva comprobación.
No cabía duda... los australianos estaban adquiriendo una velocidad
fantástica. Tal vez ningún yate solar podía alcanzar tal aceleración, a menos
que...
Una rápida mirada por el periscopio dio la respuesta: el aparejo del
Woomera, reducido a su mínima expresión de masa, había cedido. Era sólo la
vela, que conservaba aún su forma, la que corría desbocada tras él, lo mismo
que un pañuelo arrastrado por el viento. Pero mucho antes de eso los
australianos se habían unido ya a la incrementada tripulación que se
encontraba a bordo de la lancha del comodoro.
Así pues, ahora quedaba campo libre entre el Diana y el Lebedev, puesto
que aunque los marcianos no habían abandonado, se encontraban a mil millas
a popa, y no supondrían ya una seria amenaza si llegara el caso. Era difícil ver
lo que podría hacer el Lebedev para sustituir al Diana en la cabeza de la
carrera. Lo cierto es que durante todo el trayecto de la segunda vuelta—de
nuevo subiendo el eclipse y el largo y lento derivar contra el Sol—Merton sintió
una creciente inquietud.
Conocía a los pilotos y diseñadores rusos. Durante veinte años habían
estado tratando de ganar aquella carrera, y, después de todo, sería justo que lo
lograsen; ¿acaso no había
sido Pyotr Nikolyevich Lebedev el primero en detectar la presión de la luz
del Sol, ya en el mismo comienzo del siglo XX? Sin embargo, no lo habían
conseguido nunca.
Y tampoco dejarían jamás de seguir intentándolo. Dimitri estaba urdiendo
algo... algo que seria espectacular.
A bordo de la lancha oficial, a mil millas detrás de los yates concursantes,
el comodoro Van Stratten miró el radiograma con enojo y consternación. El
mensaje había recorrido más de cien millones de millas, desde la cadena de
observatorios solares que colgaban sobre la ígnea superficie del Sol, y traía las
peores noticias que pudieran imaginarse.
El comodoro —título meramente honorario, ya que en la Tierra era profesor
de Astrofísica en Harvard—casi las había estado esperando. Nunca hasta
entonces se había organizado la carrera en época tan tardía; habían sido
muchas las demoras, se habían arriesgado y ahora podían perderlo todo. Muy
abajo de la superficie del Sol se estaban agrupando enormes fuerzas. En
cualquier momento podía producirse una espantosa explosión que liberaría la
energía de un millón de bombas de hidrógeno. Un invisible globo de fuego, de
muchas veces el tamaño de la Tierra, remontándose a millones de millas por
hora, brotaría del Sol y bombardearía el espacio.
Probablemente la nube de gas electrificado marraría por completo la Tierra.
Sea como fuere llegaría allí en sólo un día. Las astronaves podrían protegerse
de ello gracias a su blindaje y a su poderosa pantalla magnética. Pero los yates
solares, de ligera construcción, con sus tenues cascos, se hallaban indefensos
contra tal amenaza. Habría que sacar de ellos a las tripulaciones y abandonar
la carrera.
John Merton no sabía aún nada de esto cuando dirigía al Diana por
segunda vez en torno a la Tierra. Si todo iba bien, aquel seria el último circuito,
tanto para él como para los rusos. Había trazado una espira de miles de millas
en lo alto, tomando los rayos solares. En esta etapa habían de escapar por
completo de la Tierra... y poner rumbo al exterior,
en el largo trayecto a la Luna. A partir de aquí sería una carrera directa. La
tripulación del Sumbeam había acabado por retirarse agotada, tras haber
luchado valientemente con su vela giroscópica durante más de cien mil millas.
Merton no se sentía cansado; había comido y dormido bien y el Diana se
estaba comportando admirablemente. El piloto automático, tensando el aparejo
como una pequeña y laboriosa araña, mantenía la gran vela orientada al Sol
con más precisión que cualquier patrón humano. Aunque por entonces las dos
millas cuadradas de plástico habían sido acribilladas ya por centenares de
micrometeoritos, los pinchazos del tamaño de la cabeza de un alfiler no habían
conseguido aún que disminuyera su impulso
Pero le preocupaban dos cosas; La primera de ellas, el cabo del obenque
número seis, que no podía ser ya ajustado debidamente. Sin señal previa
alguna, el carrete se había atascado, a pesar de todos los adelantos de
ingeniería astronáutica, los soportes se agarrotaron en el vacío. No podía
lascar ni recoger el cabo, por lo cual habría de limitarse a navegar lo mejor
posible con los demás. Afortunadamente, ya había realizado las maniobras
más difíciles. En adelante, el Diana tendría al sol detrás y navegaría
directamente con el viento solar. Y, como los antiguos marinos dijeron a
menudo, es fácil manejar una embarcación cuando el viento sopla por encima
del hombro.
Su otra preocupación era Lebedev que seguía pisándole los talones a
trescientas millas a popa. El yate ruso había mostrado una extraordinaria
maniobrabilidad, gracias a los cuatro grandes paneles que podían ser
inclinados en torno a la vela central. Todos sus movimientos, al circunvalar la
Tierra, habían sido efectuados con enorme precisión, mas para ganar en
maniobrabilidad, había tenido que sacrificar velocidad. No podían conseguirse
ambas cosas. En el largo y recto recorrido que quedaba, Merton debía
mantener su velocidad. Sin embargo, no podría estar seguro de la victoria
hasta dentro de tres o cuatro días. El Diana pasó como una exhalación ante el
extremo opuesto de la Luna.
Y de pronto, a las cincuenta horas de carrera, a punto de cumplirse ya la
segunda órbita en torno a la Tierra, Markoff soltó su pequeña sorpresa.
—Hola John —dijo despreocupadamente por el circuito de embarcación a
embarcación—. Me gustaría que viese esto. Podría parecerle interesante.
Merton se volvió hacia el periscopio y le dio el máximo aumento. Allá, en el
campo visual, formando un espectáculo de lo más inverosímil contra el fondo
estrellado, se veía la reluciente cruz maltesa de Lebedev, muy pequeña, pero
muy nítida.
Mientras la contemplaba, los cuatro brazos se despegaron del cuadro
central y fueron de
espacio con todos sus espolones y aparejos. Markoff había soltado toda la
masa innecesaria, ahora estaba alcanzando la velocidad de escape y no
necesitaba ya navegar pacientemente en torno a la Tierra, ganando ímpetu de
movimiento a cada circuito. En adelante, el Lebedev sería casi ingobernable...
pero eso no tenía importancia. Todo el velamen había quedado tras él. Era
como si un patrón de yate de los antiguos tiempos arrojara por la borda cuanto
le pareciese inservible, sabedor de que iba viento en popa por un mar en
calma.
—Enhorabuena, Dimitri—radió Merton—. Es un buen arte. Pero no lo
suficiente... no le bastará para darme alcance.
—¡Oh, todavía no he acabado! —respondió el ruso—. Cuentan en mi país
un antiguo relato sobre un trineo perseguido por los lobos. Para salvarse, el
conductor se va desprendiendo, uno tras otro, de todos los pasajeros. ¿Ve
usted la analogía?
Merton lo comprendió muy bien. En su etapa final, Dimitri no necesitaba ya
de un copiloto. En realidad el Lebedev podía ser desmantelado por la acción.
—Alexis no estará muy conforme con ello—replicó Merton—. Además, va
contra las reglas.
—Desde luego, Alexis no está conforme, pero yo soy el capitán. Sólo
tendrá que esperar diez minutos por ahí hasta que el comodoro le recoja. Y en
cuanto a las reglas, no dicen
nada sobre el número de tripulantes... usted debería saberlo.
Merton no respondió. Estaba demasiado ocupado realizando algunos
presurosos cálculos, basados en lo que sabía del diseño del Lebedev. Al
terminar. comprendió que la pelota estaba aún en el alero. El Lebedev le
alcanzaría en el momento en que él esperaba pasar ante la Luna.
Pero el resultado de la carrera empezaba a decidirse ya, a noventa y dos
millones de millas de allí.
En el Observatorio Solar Tres, muy en el interior de la órbita de Mercurio,
los instrumentos automáticos registraron la historia de la llamarada: Cien
millones de millas cuadradas de la superficie del Sol explotaron de súbito
furiosamente; la inmensa llamarada blanquiazul hizo que el resto del disco
palideciera hasta adquirir un opaco fulgor. Fuera de aquel hirviente infierno,
retorciéndose y girando como un ser viviente en los campos magnéticos de su
propia creación, se remontaba el plasma electrificado de la inmensa llamarada.
Delante de ella, moviéndose a la velocidad de la luz marchaba el fogonazo
indicador de los rayos ultravioleta y X. Aquello alcanzaría la Tierra en ocho
minutos, y era relativamente inofensivo. No así los cargados átomos que
seguían detrás, a su pausada velocidad de cuatro millones de millas por hora...
y que, en el lapso de un día, anegarían al Diana y al Lebedev y a su pequeña
flota acompañante con una nube de radiación letal.
El comodoro aplazaba su decisión para el último minuto. Aún cuando el
chorro de plasma había sido rastreado ante la órbita de Venus, existía una
probabilidad de que no diera con la Tierra. Pero cuando estuvo a menos de
cuatro horas y fue captado por la red de radar con base en la Luna, vio que no
había esperanza alguna. Toda navegación solar quedaba ya descartada para
los próximos cinco o seis años, hasta que el Sol se calmara de nuevo.
Un gran suspiro de desilusión se extendió a través del Sistema Solar. El
Diana y el Lebedev se hallaban a medio camino entre la Tierra y la Luna, en un
codo a codo... y ahora nadie podría saber cuál de las dos era la mejor. Los
entusiastas discutirían el resultado durante años; la historia simplemente:
"Carrera suspendida a causa de una tormenta solar".
John Merton, al recibir la orden, sintió una amargura que no había conocido
desde la niñez. A través de los años veía instintivamente el recuerdo de su
décimo cumpleaños. Le habían prometido un modelo exacto, a escala, de la
famosa astronave Morning Star, y durante semanas había estado pensando en
cómo la montaría y dónde la colgaría de su dormitorio. Pero luego, en el último
momento, su padre destruyó sus ilusiones. "Lo siento, John... cuesta
demasiado dinero. Tal vez el año próximo".
Medio siglo después, volvía a ser un chico con el corazón destrozado.
Por un momento pensó en desobedecer la orden. ¿Y si navegando hacía
caso omiso de lo dispuesto? Y si aún abandonado continuara la carrera, podría
efectuar un cruce hasta la Luna que quedaría inscrito en los anales durante
generaciones.
Pero aquello sería peor que una estupidez. Seria un suicidio... una forma
muy desagradable de suicidio. Había visto a hombres morir víctimas de la
radiación, al fallar en el espacio el blindaje magnético de sus naves. No... no
merecía la pena atreverse a tanto.
Lo sintió por Dimitri Markoff tanto como por sí mismo; ambos habían
merecido ganar, y al final la Victoria no sonreiría a ninguno de los dos. Nadie
podía discutir con el Sol en uno de sus momentos de cólera, aún cuando
pudiera cabalgar sobre sus haces al borde del espacio.
Sólo a cincuenta millas a popa aparecía la lancha del comodoro, se
dibujaba junto al Lebedev, dispuesta a sacar a su patrón. Allá fue la vela de
plata, cuando Dimitri—con unos sentimientos que él compartía— cortó el
aparejo. La minúscula cápsula sería llevada de nuevo a la Tierra, para volver a
ser empleada... pero una vela se desplegaba sólo para un viaje.
Podría oprimir el botón de eyección y ahorrar a sus rescatadores unos
cuantos minutos. Pero no lo hizo. Quería permanecer hasta el último momento
a bordo de la pequeña embarcación que tan gran parte había tenido en sus
sueños en su vida. Desplegó la gran vela en ángulos rectos respecto al Sol, lo
cual le dio mayor impulso. Hacía tiempo le habían substraído a la Tierra... y el
Diana seguía aún ganando velocidad.
De pronto, atropellando todas las dudas y vacilaciones, en un impulso
intuitivo, supo lo que debía hacer. Por última vez se inclinó ante el computador
que había navegado con
él durante medio trayecto hacia ]a Luna.
En cuanto hubo terminado, empaquetó el "diario" de vuelo y sus pocos
enseres personales, y torpemente —pues estaba desentrenado y no resultaba
fácil tarea el hacerlo uno mismo— se embutió en el traje espacial de
emergencia. Estaba acabando de cerrar el casco cuando se oyó por radio la
voz del comodoro.
—Estaremos a su lado en cinco minutos. Corte, por favor, su vela para que
no choquemos con ella.
John Merton, primer y último patrón del yate solar Diana, vaciló por un
momento. Por última vez pasó su mirada en torno a la cabina con sus
relucientes instrumentos y sus pulcramente dispuestas palancas de mando,
cerradas ya en su posición final, y luego dijo por el micrófono:
—Estoy abandonando el yate. Dispónganse a recogerme. El Diana puede
cuidar de sí mismo.
No hubo respuesta del comodoro, lo cual agradeció en su interior. El
profesor Van Stratten supuso, sin duda, lo que estaba ocurriendo y comprendió
que deseaba estar solo en aquellos momentos finales.
No se preocupó de vaciar la cámara intermedia, y el chorro de gas, al
escaparse, lo puso en el espacio exterior. El impulso que dio con ello al Diana
era el último presente que le hacía. El yate fue reduciéndose cada vez más en
la distancia con su vela brillando espléndidamente a la luz del Sol, aquella luz
que sería suya durante los siglos. Dos días después pasaría ante la Luna como
una exhalación; pero la Luna, como la Tierra, no podría nunca aprehenderlo.
Sin masa propia que pudiera retardarlo, el yate recorrería dos mil millas por
hora en cada día de vuelo. Y en un mes estaría navegando a una. velocidad
mayor que la de cualquier astronave que el hombre pudiera construir jamás.
Al debilitarse los rayos del Sol con la distancia, su aceleración disminuiría.
Pero, aún en la órbita de Marte, ganaría mil millas diarias. Y mucho antes de
ello, se movería ya demasiado rápidamente como para que ni siquiera el propio
Sol pudiera apresarle. Más veloz que cualquier cometa que jamás cruzara los
espacios estelares, marcharía directamente al infinito.
El centelleo de cohetes a sólo pocas millas atrajo la mirada de Merton. La
lancha estaba acercándose a una aceleración miles de veces mayor que la que
el Diana pudiera nunca alcanzar. Pero aquellos motores sólo podían funcionar
unos minutos, hasta agotar el combustible... mientras que el Diana seguiría
aumentando su velocidad, impulsado por los eternos rayos del Sol, en épocas
venideras.
—Adiós, pequeña nave—dijo John Merton—. ¿Qué ojos te volverán a ver,
y a cuántos miles de años desde ahora?
Por fin, cuando el romo torpedo de la lancha apareció junto a él, sintióse en
paz. No ganaría nunca la carrera a la Luna, pero su yate sería la primera nave
humana que se hiciera
a la vela en el infinito viaje a las estrellas...
domingo, 24 de junio de 2007
PERTURBACION SOLAR // Arthur C. Clarke
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6/24/2007 11:02:00 a. m.
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miércoles, 20 de junio de 2007
RELATOS DE UNA GUERRA NEGRA, Y DE AMOR
Del Origen de Viuh
Perdida en el tiempo una semilla de amor creció nuevamente entre las ruinas de la terrible guerra de los cuatro imperios que pronto fueron dos. Así comienza esta historia de amor y tragedia.
Antes de los hombres y antes de los árboles, sólo los elementos componían al mundo. Logivel, fuerza de luz, dominaba por encima de los demás: Mandeb, fuerza de fuego; Farkatob, fuerza de tierra; Merapil, fuerza de agua; y Jacor, fuerza de vida. Logivel decidiría como se dividiría el mundo: Mandeb dominaría el mundo subterráneo, Merapil los mares, Jacor las llanuras y valles, Farkatob las montañas y lomas, Logivel gobernaría desde los cielos. Esto no agradó a Mandeb ni a Merapil (su hermano), quienes reclamaban un lugar más digno. Logivel decidió mandar al mundo a su hija Amor, para convencer a los hermanos. Pronto ambos hermanos se enamoraron de la hija de Logivel, pero ella no podía elegir a quien amar, su padre decidiría por ella.
Logivel decidió que Merapil debía unirse a Amor, y así juntos fecundarían la especie que dominaría en el mundo. Merapil y Amor crearon a los hombres. Por otra parte Jacor y Farkatob crearon los animales y las plantas; y Logivel creó el sol, las estrellas y la luna. Las cartas ya estaban echadas, el mundo comenzaba a girar.
Mandeb, traicionado por Logivel y su hermano, furioso maldijo el destino de los hombres y prometió a su hermano que recorrería sus tierras para llevarse uno a uno a sus hijos. Desde entonces que el fuego no se puede unir al agua. Mandeb se recluyó en el monte Olvido, debajo de las cavernas de lágrimas, dicen que allí todavía se pueden escuchar los llantos del triste Mandeb.
Merapil y Amor tuvieron muchos hijos, pero su primer descendiente es la única que lleva la marca de su familia en el cuerpo: su nombre era Marina. Mandeb decidió preparar un plan para acabar con lo más preciado de su hermano. Así creo a su único hijo con ayuda de Nemesis, la venganza (hija de Logivel), lo forjó en un río de lava con sus propias manos y lo llamó Moreira. Marina llevaba en su espalda la marca que la distinguía entre sus hermanos: una rosa; Moreira llevaba la marca de su familia en su pecho: los tres fuegos.
Logivel, que conocía los planes de Mandeb, advirtió a Merapil. Este decidió enviar a su hija al bosque para que Moreira nunca la encontrara.
Moreira siempre respetó y obedeció a su padre hasta el día en que este le confesó que lo había creado sólo para matar a la hija de su hermano. Moreira huyó de las cavernas de lágrimas y se mezcló entre los hombres, él no mataría a nadie.
Pronto comenzaron las guerras entre los hijos de Merapil, y Moreira huyó una vez más. Se introdujo al espeso bosque., allí construyó una pequeña cabaña y comenzó la vida pacífica que siempre soñó. Pero no iba a ser tan pacífica. A orillas de un arroyo encontró cierta tarde a dos soldados que molestaban a una hermosa dama, sólo con sus puños logró hacer que los dos soldados huyeran. Y por primera vez el hijo de Mandeb y la hija de Merapil se miraron a los ojos, e inmediatamente se enamoraron.
Así por unos largos días Moreira y Marina encontraron la felicidad de sus corazones sin saber que sus destinos serían trágicos. Caminaron interminables atardeceres a orillas del arroyo, contaron miles de estrellas fugaces y se besaron a la luz de la luna llena. Pero esto pronto se acabaría.
Los dos soldados que Moreira había golpeado contaron a Merapil que creían haber enfrentado al hijo de Mandeb en el bosque. Merapil decidió intervenir y mandó a Moreira un exquisito licor para que supiera que sólo anhelaba la paz, en realidad el licor no era más que veneno para acabar con la vida de Moreira. Pero tan ineludible es el destino que por desgracia Marina bebió primero del mortal licor y murió en brazos de su amado. Moreira había decidido que Marina debía ser la primera en beber el dulce licor.
En su terrible sufrimiento Moreira descubre que Marina era nada más ni nada menos que la hija de Merapil, encontró en su espalda la marca su familia: una rosa. Moreira furioso corrió día y noche hasta llegar al mar, donde vivía Merapil. Carente de armas Moreira enfrentó a Merapil quien lo avasalló en cuestión de segundos. Desde entonces Mandeb siempre lleva consigo una guadaña forjada con los fuegos del infierno por si encuentra a su hijo alguna vez.
La leyenda dice que con cada gran guerra los hijos de Mandeb y Merapil vuelven a la vida y a repetir la historia hasta el final de los tiempos. Un niño con los tres fuegos en el pecho y una niña con una rosa en la espalda nacen al mismo tiempo bajo los ojos de Logivel en una noche llena de estrellas. Así sucedió durante la guerra de los cuatro imperios y volvió a suceder en la gran guerra de París y Helena.
De los hombres
En el comienzo de los tiempos una gran guerra de elementos originó la tierra, a la que los Waron llamaron Viuh y los Sedez llamaron Jonz. Los hijos de Merapil vivieron toda la Segunda Lunar en los mares , pero pronto algunos se acercaron a observar las creaciones de Logivel y vieron cuan maravillosas eran. Un gran grupo de hombres huyeron de los mares y se internaron en los bosques, estos eran los Sedez. Merapil pidió por sus hijos a Logivel, y La Gran Luz los acompañó por varios ciclos hasta que encontraron su nuevo hogar. Entonces algunos conformes vivieron en el bosque el resto de sus vidas, algunos buscaron en una larga migración las frías montañas, mientras que otros se asentaron en las llanuras cálidas de Jonz. El resto de los hombres fieles a su padre Merapil se quedaron a su lado y por su lealtad el Terrible los dotó de enorme sabiduría, estos eran los Waron, señores de los mares.
Las Guerras de los hombres comenzaron después del tercer sol rojo de la Primera Dorada. Después que la morada de los mortales fuera asolada por increíbles bestias, entre ellas la más espectacular y terrible eran los Huanzed. Estas bestias fueron creadas por Jacor quien estaba celoso de los hijos de Merapil que pronto avanzaban sobre sus tierras. Cuentan las leyendas que fue sólo un hombre quien acabó con los Huanzed: Samir Eban, Guerrero de las llanuras. Pero en cuanto las llanuras fueron liberadas, inducido por Mandeb, Eban declaró la guerra a los demás hombres por el dominio de Viuh. Así comenzó la Guerra de los Cuatro Imperios: El Imperio de las Llanuras, los Mahans; El Imperio de los Mares, los Waron; El Imperio de las montañas, los Tiron; y el Imperio de los Bosques, los Lasar.
En toda Viuh se vio derramar la sangre de los hijos de Merapil, furioso el Gran Logivel cerró los ojos por mucho tiempo para no ver los terribles actos de los hombres. En los dos ciclos de oscuridad, cuentan las rocas de Niron, que un fuerte guerrero nació, hijo del mismo Farkatob, destinado a terminar con la Gran Guerra de los Cuatro Imperios: Khyron. La tierra temblaba a sus pasos, en su camino la tierra se agrietaba, en sus puños estaba la fuerza de la montaña. Pronto comenzó a derrotar a los Waron, quienes ganaban hasta ese momento la guerra. Los Waron viajaban por los ríos hasta las tierras de los Sedez y destruían sus ciudades, tenían armaduras de agua y nunca abrían sus ojos. Merapil, triste por la muerte de sus hijos, lloró por varios ciclos para lavar a Viuh de la sangre derramada. Quedaron muy pocos Waron, quienes se refugiaron en los impenetrables mares del este y prometieron a su padre nunca más volver a pelear en una guerra.
Así terminó la primer Gran Guerra, sin vencedores. Viuh quedó dividida en muchos reinos, y nunca más se habló de guerra hasta que Paris llegó a Viuh.
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6/20/2007 02:51:00 p. m.
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jueves, 14 de junio de 2007
CUENTOS INDISCRETOS // HECTOR H. MUNRO (Saki)
CUENTOS INDISCRETOS
Saki
(Hector Hugh Munro)
(1870 - 1916)
Se le conoció indistintamente por su apellido precedido de las dos "Haches" iniciales de sus nombres o por el seudónimo Saki que tomó de los Rubaiyyat de Omar Khayyam. Nació en Akyab, Birmania y perdió a su madre cuando era muy niño. Su padre, un jefe de policía, tuvo que enviarlo a Inglaterra a casa de dos tías solteronas que agregaron su falta de ternura y su obsesiva rutina al rigor de la educación británica de la época. Hizo la escuela primaria en Exmouth y luego una secundaria superior a la corriente en una Grammar School en Bedford.
Se diría que la coincidencia de su graduación en esa escuela, y el retiro de su padre de la policía birmana transformó la suerte del muchacho. En efecto, a su retiro, el padre de Munro resolvió ir en busca de su hijo y encargarse de su educación. Si hasta el momento la disciplina del joven —que ya mostraba amor por las letras y dotes para ellas— habla sido dura y estricta, al lado de su padre encontró la liberación y la orientación hacía una forma de la cultura superior que a muy pocos les es dada. El padre y el hijo se dedicaron a hacer extensos y bien planeados viajes por toda Europa, sus monumentos y sus delicias.
Quizás como muestra de adhesión a la tradición de su padre, H. H. Munro se unió a las fuerzas de la policía de Birmania. Su salud no le permitió continuar más allá del primer año, y desde entonces comenzó a escribir. Ya en sus comienzos en el “Westminster Graphic”, H. H. Munro realiza una curiosa y sabia combinación de la objetividad en la información periodística, y la agudeza de la observación subjetiva que podríamos llamar literaria. Sus notas y apuntes políticas se titulaban con el nombre de la localidad unido al del personaje Alice de Lewis Carroll. A sus contemporáneos, que disfrutaban sin duda de aquella novedad, estas notas les parecían caprichos. Hoy sabemos que el mejor estilo del comentario periodístico —y aún a veces, de la noticia— es el que combina los datos fieles de la realidad objetiva, con esa veracidad Intima que no puede resultar sino de la interpretación humana y de la inferencia intelectual. Ese es el periodismo que anticipa Munro.
Fue corresponsal en Polonia, en los Balcanes y en Francia del “Morning Post” y trabajó para otros periódicos ingleses. Entre informaciones y comentarios, sacaba tiempo para trabajos históricos de más envergadura como El Nacimiento del Imperio Ruso (1900). Pero fue en periódicos como la “Westminster Gazette”, en donde aparecieron sus primeros cuentos, que fueron recogidos —en el año de 1904— en el volumen titulado Reginald, al que siguió Reginald en Rusia.
En adelante, lo predominante en su trabajo sería el cuento corto. A partir de 1910, aparecen las Crónicas de Clovis (1912) y Bestias y Superbestias (1914). Se sabe que Munro dejó un par de novelas, El insoportable Bassington y Cuando vino Guillermo. Sin embargo, esta última es más bien una fantasía político-histórica sobre la eterna rivalidad entre Inglaterra y Alemania que, a veces, se convierte en enemistad bélica.
Durante la Primera Guerra Mundial, Munro rechazó la ayuda política que lo hubiera podido colocar en un lugar burocrático y carente de peligro, y se alistó, a los cuarenta y cuatro años, como soldado raso. Por sus servicios en acción se ganó el grado de sargento. Desde el frente francés, enviaba a su patria los llamados apuntes patrióticos que fueron recogidos más tarde en el volumen titulado El huevo cuadrado y otros esbozos.
Cuenta Graham Greene que Munro murió de un tiro en la cabeza en el que a Beaumont Hamel. Estaba refugiado en un cráter de obús y dicen que se le oyó gritar: “apaguen ese maldito cigarrillo”, Put that bloody cigarrette out. Poco después un francotirador enemigo logró una visión clara y un ángulo. favorable para acertarle al sargento inglés, y le atravesó la cabeza con un certero disparo. El lapso en que transcurre la vida de Munro, 1870-1916, coincide muy exactamente con el periodo en que comienza a gestarse el gran cambio en la prosa anglosajona, tanto narrativa como ensayística. Por los años de su muerte en combate, se publican los primeros versos de poetas como T S. Eliot y Ezra Pound, que revolucionarían la poesía en lengua inglesa. El propio Saki, sobre todo con sus agudos y muchas veces crueles cuentos cortos, revoluciona la narrativa de su tiempo, pero lo hace de modo tan sutil, desde el punto de vista estilístico y tan diestro y creador desde el puramente narrativo, que no tiene que experimentar las dificultades y rechazos que acompañaron el comienzo de las carreras de algunos de sus grandes contemporáneos.
Munro no ensaya ni fórmulas expresivas desconcertantes, ni alteraciones de lo más lineal y claro de la sucesión narrativa. Munro es un revolucionario en la intención y el fondo. Hay quien ye en la crueldad de que hacen gala tranquilamente algunos de sus protagonistas, como Gabriel—Ernesto o El narrador de cuentos, una especie de venganza contra las tiranías de su infancia. Un poco de rigor en la recreación de una sociedad tan despiadada con la niñez como era la de su época y su cultura, no puede descartarse. Pero este rigor no serla explicación suficiente para el salto desmedido que da Munro, desde los argumentos tantas veces pacatos e hipócritas de los narradores naturalistas, hasta las creaciones en que examina la condición humana a la luz de una concepción tan despiadada pero tan objetiva como la de Freud o la de Carlos Marx. Munro bordea ya la literatura del absurdo.
Sin embargo, entendámonos: Saki no es ni freudiano, ni marxista porque los motivos de su profundo y soterrado espíritu revolucionario no son ni científicos, ni políticos. Son, claramente, artísticos, es decir, estéticos y técnicos. Munro es un artista de las palabras que va entretejiendo en ellas, con el sentido de lo que narra, una fibra de ironía que le da, a la vez, su credibilidad y su efecto humorístico, en ocasiones devastador. Si se le puede llamar cruel, por iguales motivos puede llamársele piadoso y comprensivo.
Como verán los que por primera vez lean esta breve selección de cuentos suyos; y como lo saben sus innumerables lectores de muchos años, Saki está de parte de los débiles y de los perseguidos por los automatismos y la prepotencia del orden social. En donde la sociedad se aparta del impulso natural y honrado del hombre, allí está el dedo acusador de Munro. Sin embargo, su fórmula expresiva tiene más el tono de una confidencia detallada y sagaz que el de una acusación. Munro adjetiva y matiza como un delicado maestro y cuenta como si hubiera sido el amigo de toda la vida que nos habla en un rato de expansión.
Gonzalo Mallarino
Santafé de Bogotá, 1998
LA VENTANA ABIERTA
Mi tía bajará dentro de un momento, Sr. Nuttel – dijo una niña de 15 años muy dueña de si-. Mientras tanto le tocará conformarse conmigo.
Framton Nuttel se esforzó por decir algo que halagara apropiadamente a la sobrina presente sin descartar de modo desconsiderado a la tía por venir. Personalmente dudaba más que nunca de que esas visitas formales a una serie de personas completamente extrañas sirvieran mayor cosa para ayudar a la cura de nervios que, según se suponía, estaba siguiendo.
- Yo sé qué va a pasar – le dijo su hermana cuando él se estaba preparando para emigrar a ese retiro rural -; te vas a enterrar allá abajo sin hablar con un ser viviente, y con el atontamiento vas a tener los nervios peor que nunca. Te voy a dar cartas de presentación para todas las personas que conozco allá. Algunas hasta donde me acuerdo, eran muy agradables.
Framton se preguntaba si la Sra. Sappleton, a quien le traía una de las cartas de presentación, entraría en el departamento de las agradables.
- ¿Conoce mucha gente de por aquí? – le preguntó la sobrina cuando le pareció que ya habían tenido suficiente comunicación silenciosa.
- Casi a nadie – dijo Framton – mi hermana estuvo aquí en la parroquia, como sabe, hace unos cuatro años, y me dio cartas de presentación para la gente del lugar. Dijo esto último en un tono evidente de excusa.
- ¿Entonces, prácticamente no sabe nada de mi tía? – continuó la segura jovencita.
- Sólo su nombre y dirección – admitió el visitante. No sabía si la señora Sappleton era casada o viuda. Algo indefinible en la habitación parecía sugerir la idea de que allí viviera un hombre.
- Su gran tragedia ocurrió apenas hace tres años – dijo la niña -, eso fue después de la época en que estaba su hermana.
- ¿Su tragedia? – preguntó Framton; le parecía de algún modo que encontrar tragedias en esa región de descanso estaba fuera de lugar.
- Usted se preguntará, tal vez, por qué mantenemos esa ventana abierta de par en par, en una tarde de octubre – dijo la sobrina, indicando una gran puerta ventana que se abría sobre un prado.
- Hace mucho calor para esta época del año – dijo Framton -; ¿pero esa ventana tiene algo que ver con la tragedia?
- Por esa puertaventana, hace exactamente tres años, salieron el marido y los dos hermanos menores de mi tía, para su sesión de tiro del día. Jamás volvieron. Al cruzar el pantano para ir a su lugar favorito para tirarle a las becadas, a los tres se los tragó un fangal traicionero. Había sido un verano húmedo espantoso y pedazos de terreno que otros años habían sido seguros, se hundían sin saber a qué horas. Sus cuerpos nunca se recobraron. Eso fue lo peor de todo. – aquí la voz de la niña perdió su entonación segura y se quebró de modo muy humano -. La pobre tía piensa que volverán algún día, ellos y el perrito de cacería que se hundió con ellos, y que van a volver a entrar por esa puerta como siempre lo hacen. Por eso es que se deja abierta la puertaventana todas las tardes hasta cuando ya está completamente oscuro. La pobre tía me ha dicho muchas veces cómo salieron, su esposo con su chaqueta impermeable blanca en el brazo, y Ronnie, su hermano menor, cantando “¿Bertie, por qué brincas?” como siempre lo hacía, en broma porque ella decía que la canción le ponía los nervios de punta. ¿Sabe una cosa?, a veces en tardes tranquilas como esta tengo la idea soterrada de que van a entrar por esa puerta ventana...
Terminó con un ligero estremecimiento. Para Framton fue un alivio ver entrar a la tía con un millón de excusas por demorarse tanto en aparecer.
- Espero que Vera lo haya estado entreteniendo – dijo.
- Me ha dicho cosas muy interesantes – dijo Framton.
- Ojalá no le moleste la ventana abierta – dijo la señora Sappleton en tono ligero -, mi marido y mis hermanos ya regresas de su cacería, y siempre entran por allí. Hoy han estado cazando becadas en los pantanos, de modo que me van a volver un asco mis pobres tapetes. Como siempre los hombres, ¿cierto?.
Charló alegremente sobre la cacería y la escasez de aves, y sobre la esperanza de patos en el invierno. A Framton, todo eso la parecía el horror puro. Hizo un esfuerzo desesperado pero no completamente exitoso para llevar la conversación a un tema menos espantoso; se daba cuenta de que la dueña de casa le prestaba apenas un fragmento de su atención, y de que sus ojos constantemente miraban más allá de él hacia la ventana abierta y el prado que estaba detrás. Era una coincidencia verdaderamente desgraciada que él estuviera haciendo su visita en ese trágico aniversario.
- Los médicos están de acuerdo en aconsejarme completo reposo, abstenerme de excitaciones mentales y evitar cualquier clase de ejercicio violento – anunció Framton, quien partía de la base de esa ilusión bastante difundida, según la cual los complementos extraños y las amistades casuales están hambrientas de conocer, hasta el más insignificante detalle, las enfermedades de que uno sufre, sus causas y su manera de curarse -. En materia de dietas no están tan de acuerdo – prosiguió.
- ¿No? – dijo la señora Sappleton, en una voz que fue reemplazada por un bostezo en el último momento. Luego, de pronto, puso evidente atención pero no a lo que estaba diciendo Framton.
- ¡Por fin llegaron! – exclamó -. ¡apenas a tiempo para el té, y no parecen venir embarrados hasta las cejas!.
Framton, un poco trémulo, se volvió hacia la sobrina con una mirada que pretendía llevarle su piadosa comprensión. La niña miraba a través de la ventana abierta con ofuscación y horror en los ojos. Con un escalofrío de miedo innombrable, Framton se dio vuelta en su asiento y miró en la misma dirección.
En la creciente penumbra tres figuras atravesaban el prado hacia la puertaventana, todos llevaban escopetas bajo el brazo, y uno de ellos, además, llevaba una chaqueta blanca colgando de los hombros. Un cansado perro de cacería castaño los seguía pegado a sus talones. Se acercaban a la casa sin hacer ruido, y de pronto una voz ronca y juvenil comenzó a cantar desde la sombra: “Te lo dije Bertie, ¿por qué brincas así?”. Framton agarró desesperadamente su bastón y su sombrero, apenas si notó la puerta del salón, la entrada de gravilla, y la puerta del frente en su retirada a la carrera. Un ciclista que venía por el camino tuvo que estrellarse con seto para evitar atropellarlo.
- Aquí estamos, querida – dijo el que llevaba la chaqueta blanca al entrar por la puertaventana -; había bastante barro, pero la mayor parte está seca.
¿Quién era ese que salió corriendo apenas entramos?
- Un hombre sumamente extraño, un tal señor Nuttel – dijo la señora Sappleton -; no podía hablar sino de sus enfermedades, y salió corriendo sin decir una palabra para despedirse o excusarse cuando ustedes llegaron. Parecía que hubiera visto un fantasma. – Yo creo que fue el perro – dijo la sobrina tranquilamente -; me contó que les tenía terror a los perros. Una vez lo persiguió una manada de perros Parias hasta un cementerio a orillas del Ganges, y tuvo que pasar la noche en una tumba recién abierta con los perros gruñendo y mostrándole los dientes o los hocicos llenos de espuma muy cerca de su cabeza. Lo suficiente para acobardar a cualquiera.
La novela improvisada era la especialidad de la niña.
TOBERMORY
Era una tarde fría y lluviosa de finales de agosto, esa época indefinida en que las perdices todavía se refugian del frío y no hay nada que cazar – a menos que tenga al norte el canal de Bristol, en cuyo caso se puede legalmente galopar detrás de los gordos siervos colorados. La casa de Lady Blemley no limitaba por el norte con el canal de Bristol, por lo cual, esa misma tarde había una numerosa reunión de sus invitados alrededor de la mesa del té. Y a pesar de la escasez de la temporada y de la trivialidad de la ocasión, no había huellas en la reunión de esa fatigada inquietud que indica el temor a la pianola y el anhelo disimulado de jugar al Bridge. La franca y boquiabierta atención de todos los reunidos se dirigía hacia la personalidad hogareña negativa del señor Cornelius Appin. De todos los invitados, era éste el que había llegado a casa de Lady Blemley con la reputación más incierta. Alguien había dicho que era “inteligente” y había sido invitado con la esperanza moderada, por parte de su anfitriona, de que cuando menos alguna parte de esa inteligencia contribuyera al entretenimiento general. Hasta la hora del té, la señora había sido incapaz de descubrir en qué dirección, si había alguna, se manifestaba esa inteligencia. No era ni ingenioso, ni campeón de croquet, no era hipnotizador, ni creador de escenas de teatro aficionado. Tampoco sugería su exterior la clase de hombre a quien las mujeres están dispuestas a perdonarle una amplia medida de deficiencia mental. Se había limitado a ser sólo el señor Appin, y él Cornelius parecía una muestra de obvia fanfarronería bautismal; y ahora afirmaba que había lanzado al mundo un descubrimiento junto al cual la invención de la pólvora, de la imprenta y de la locomoción a vapor eran fruslerías insignificantes. La ciencia había dado pasos asombrosos en muchas direcciones en los últimos años, pero esto parecía hacer parte del dominio de lo milagroso más que de la proeza científica.
- ¿Y usted nos pide realmente que creamos – decía sir Wilfrid -, que ha descubierto un método de instruir a los animales en el arte del habla humana, y que el viejo y querido Tobermory ha resultado ser su primer discípulo exitoso?
- Es un problema en el que he trabajado desde hace diecisiete años – dijo el señor Appin -, pero sólo hace ocho o nueve meses que he sido recompensado con muestras de éxito. Por supuesto, he experimentado con miles de animales, pero sólo recientemente con los gatos, esas maravillosas criaturas que se han asimilado tan perfectamente a nuestra civilización sin perder nada de sus instintos silvestres altamente desarrollados. Aquí y allá, entre los gatos, uno tropieza con un intelecto superior que sobresale, lo mismo que pasa entre los seres humanos, y cuando me hice amigo de Tobermory, hace una semana, vi al momento que estaba en contacto con un “super- gato” de extraordinaria inteligencia. Había avanzado mucho en el camino del éxito en mis experimentos recientes; con Tobermory, como dicen, llegué a la meta.
El señor Appin concluyó su notable declaración en una voz que procuró despojar de cualquier inflexión triunfante. Nadie dijo “basura”, aunque los labios de Clovis se movieron en una contorsión trisilábica que probablemente invocaba esa imagen de la mentira.
- ¿Quiere decir – preguntó la señorita Resker, después de una breve pausa – que usted le ha enseñado a Tobermory a decir y a entender palabras fáciles de una sílaba?.
- Mi querida señorita Resker – dijo el hacedor de milagros, pacientemente – Se les enseña de esa manera fragmentaria a los niños, a los salvajes y a los adultos retrasados; cuando uno ha logrado resolver el problema de llegar a entenderse con un animal de inteligencia altamente desarrollada, no tiene necesidad de esos métodos vacilantes. Tobermory puede hablar nuestra lengua de una manera impecable.
Esta vez Clovis dijo claramente: “¡Más que basura!”. Sir Wilfrid fue más cortés, pero igualmente escéptico. -¿No sería mejor que trajéramos al gato y juzgáramos nosotros mismos? – sugirió Lady Blemley.
Sir Wilfrid fue en busca del animal, y los reunidos se acomodaron en la lánguida expectativa de presenciar una sesión más o menos hábil de ventriloquía aficionada.
Un minuto después, sir Wilfrid estaba de vuelta en el salón con el rostro blanco detrás de la quemadura del sol y los ojos dilatados de excitación.
- ¡Por Dios, es cierto!
- Su agitación era inconfundiblemente genuina, y sus oyentes se le acercaron con la emoción del interés que se despierta.
Dejándose caer en un sillón, continuó sin aliento, “lo encontré dormitando en el salón de fumar y le dije que viniera a tomar el té. Parpadeó mirándome como hace siempre, y yo le dije, “Ven Toby, no nos hagas esperar”, ¡Por Dios, me contestó con la voz más espantosamente natural, que vendría cuando le diera la gana! ¡Por poco me caigo muerto!”.
Appin les había predicado a algunos oyentes absolutamente incrédulos; la declaración de sir Wilfrid, produjo una convicción inmediata. Un coro de exclamaciones exaltadas como para la torre de Babel, se levantó alrededor del científico que gozaba callado del primer fruto de su estupendo descubrimiento.
En medio del clamor, Tobermory entró al salón y avanzó con su paso aterciopelado y su estudiada despreocupación a través del grupo que se sentaba alrededor de la mesa del té.
Un súbito silencio de embarazo y temor cayó sobre los reunidos. En cierto modo, parecía algo vergonzoso dirigirse en términos de igualdad a un gato doméstico de reconocida capacidad dental.
- ¿Quieres un poco de leche, Tobermory? – preguntó Lady Blemley en una voz más bien forzada.
- No me caería mal – fue la respuesta expresada en un tono de tranquila indiferencia. Un estremecimiento de excitación contenida pasó entre los oyentes, y era de perdonarse que Lady Blemley sirviera la leche con la mano un poco temblorosa.
- Me temo que derramé bastante – dijo ella en tono de excusa.
- Después de todo, no es mi leche concentrada – fue el comentario de Tobermory.
Otro silencio cayó sobre el grupo, y luego la señorita Resker, en su mejor estilo de visitadora de distrito, le preguntó si el lenguaje humano había sido difícil de aprender. Tobermory la miró a la cara un momento y luego fijó la vista serenamente en la media distancia. Era obvio que las preguntas aburridas estaban por fuera de su esquema de la vida.
- ¿Qué piensa de la inteligencia humana? – preguntó Mavis Pellington débilmente.
- ¿La inteligencia de quién en particular? – preguntó con frialdad Tobermory.
- Bueno, la mía, por ejemplo – dijo Mavis con una ligera risita.
- Me pone usted en una situación embarazosa – dijo Tobermory cuyo tono y actitud no sugería ni una pizca de embarazo -. Cuando se discutió su inclusión en esta reunión, sir Wilfrid prontestó que usted era la mujer más tonta que él conocía, y dijo que había una gran diferencia entre la hospitalidad y el cuidado de los débiles mentales. Lady Blemley contestó que su falta de cerebro era precisamente la cualidad que le había ganado su invitación, porque usted era la única persona que le venía a la mente que fuera lo bastante idiota para comprarle su auto viejo. Ya sabe, el que llaman “La Envidia de Sísifo”, porque anda muy bien cuesta arriba si uno lo empuja.
Las protestas de Lady Blemley hubieran tenido mayor efecto si no le hubiera sugerido a Mavis, casualmente esa misma mañana, que el automóvil en cuestión, era precisamente lo que ella necesitaba para su casa de Devonshire.
El mayor Barfield se lanzó con todo su peso a efectuar un ataque por el otro costado.
- ¿Qué dices de tus escarceos con esa gata color carey en los establos, ah?
En el momento en que afirmó tal cosa todo el mundo se dio cuenta del desatino.
- Uno no discute usualmente esas cosas en público – dijo Tobermory fríamente -. Después de haber observado por encima su manera de proceder desde que llegó a esta casa, me imagino que no le parecería conveniente que yo cambiara la conversación hacia sus propios asuntitos.
El pánico que sobrevino a continuación no se limitó al mayor.
- ¿Querrías ir a ver si el cocinero ya te tiene lista la cena? – sugirió Lady Blemley apresuradamente, pretendiendo ignorar que faltaban por lo menos dos horas para que fuera la de la cena de Tobermory.
- Gracias – dijo Tobermory -, no la tomo tan encima del té. No quiero morirme de la indigestión. – Los gatos tienen siete vidas, como bien sabes – dijo sir Wilfrid con entusiasmo.
- Es posible – contestó Tobermory -, pero no tenemos sino un solo hígado.
- ¡Adelaida! – dijo la señora Cornett -; ¿vas a animar a ese gato a que salga a chismorrear sobre nosotros en el cuarto de los sirvientes?
- El pánico se había generalizado verdaderamente. Una delgada balaustrada ornamental pasaba en frente de la mayoría de las ventanas de las alcobas en Las Torres, y se recordaba con desaliento que este era el paseo favorito de Tobermory a todas las horas en que pudiera echarles ojo a las palomas y sabe Dios a qué otras cosas además. Si se proponía hacer reminiscencias de la misma manera franca de ese momento el efecto iba a ser más que desconcertante. La señora Cornett, que gastaba mucho tiempo en el tocador, y cuya piel tersa tenía fama de ser puntual pero inconstante, parecía tan desazonada como el mayor. La señorita Scrawen, quien escribía poesía intensamente sensual y llevaba una vida intachable simplemente se mostraba irritada; si uno es metódico y virtuoso en la intimidad, no quiere necesariamente que todo el mundo lo sepa. Bertie Van Tahn, que era tan depravado a los diecisiete que hacía mucho había renunciado a ser peor, se puso de un color de gardenia opaco, pero no cometió el error de salir corriendo del salón como Odo Finsberry, un joven caballero que según se pesaba estaba estudiando para eclesiástico, y que se perturbó posiblemente con la idea de los escándalos que podía oír sobre otras personas. Clovis tuvo la presencia de ánimo de mantener un aspecto controlado; en su interior calculaba cuánto tardaría en conseguir una caja de ratones bonitos en el almacén de moda, como una especie de pago por el silencio.
Incluso en una situación delicada como ésta, Agnes Resker no se resignaba a quedarse atrás.
- ¿Por qué razón se me ocurrió alguna vez venir aquí? – preguntó con tono dramático. Tobermory aceptó inmediatamente la apertura.
- A juzgar por lo que usted le dijo a la señora Cornett en el campo de croquet, ayer, usted venía en busca de comida. Usted describió a l o Belmleys como la gente más aburrida que conocía, pero dijo que eran lo suficientemente inteligentes par tener un cocinero de primera clase; de otro modo les sería muy difícil invitar a alguien que viniera otra vez.
- ¡No hay una palabra de verdad en eso!- que lo diga la señora Cornett – exclamó la desconcertada Agnes.
- La señora Cornet le repitió después lo que usted dijo a Bertie Van Than – continuó Tobermory -, y dijo, “esa mujer es una verdadera practicante de La Marcha del Hambre, iría a cualquier parte por cuatro comidas completas al día”, y Bertie Van Tahn dijo... en ese momento, por misericordia, la crónica se detuvo. Tobermory había alcanzado a ver que el gatazo amarillo de la parroquia se abría paso por entre los arbustos hacia un ala del establo. Como un rayo desapareció con la ventana abierta.
Con la desaparición de su en extremo brillante alumno, Cornelios Appin se encontró acorralado por un huracán de preguntas amargas, vituperantes y ansiosas, y por un ruego aterrador. La responsabilidad por la situación era toda suya y el debía impedir que las cosas se pusieran peor.
¿Podría Tobermory transmitir su peligroso don a otros gatos? Era la primera pregunta que tenía que contestar. Era posible, replicó que pudiera haber iniciado a la gata del establo, su íntima amiga, en sus nuevas habilidades, pero no era probable que sus enseñanzas hubieran ido más allá por el momento.
- Entonces – dijo la señora Cornett -, Tobermory puede ser un gato valioso y un gran consentido, pero estoy segura de que estarás de acuerdo, Adelaida, en que tanto él como la gata del establo deben hacerse desaparecer sin demora
- ¿No creerás que he gozado con el último cuarto de hora, cierto? - dijo amargamente Lady Blemley -. Mi esposo y yo queremos mucho a Tobermory, por lo menos lo queríamos antes que le infundieran esa horrible habilidad; pero ahora, por supuesto, lo único posible es destruirlo tan pronto como se pueda.
- Podemos poner un poco de estrictina en las sobras de pescado que se come a la hora de la cena – dijo sir Wilfrid -, e iré y ahogaré yo mismo a la gata del establo. El cochero estará muy triste de perder su gata, pero le diré que a los dos gatos se les prendió una especie de sarna muy contagiosa y que tememos que se extienda a las perreras.
- ¡Pero mi gran descubrimiento! – exclamó el señor Appin. -; después de todos mis años de investigación y experimentos...
- Puede ir a experimentar entre las vacas de la granja que están bajo un control apropiado – le dijo la señora Cornett -, o con los elefantes de los jardines zoológicos. Se dice que son muy inteligentes, y tienen la ventaja que no merodean alrededor de nuestras alcobas ni se meten debajo de las sillas y cosas así.
Un arcángel que hubiera anunciado en medio de un éxtasis la llegada de la nueva era y luego hubiera notado que tenía que posponerla indefinidamente por coincidir, de manera imperdonable, con la inauguración de las regatas de Henley, y a duras penas, estaría más abatido que Cornelius Appin ante el recibimiento de su maravilloso hallazgo. La opinión pública, sin embargo, estaba en su contra; de hecho, si se hubiera consultado el parecer general en torno a la materia, es probable que una minoría muy fuerte hubiera votado a favor de incluirlo en la dieta de estrictina.
Algunas reservas de tren defectuosas y un deseo nervioso de ver que las cosas se llevaran a término impidieron la inmediata dispersión del grupo, pero la cena de esa noche no fue un éxito social. Sir Wilfrid había pasado un rato bastante difícil con la gata del establo y posteriormente con el cochero. Agnes Resker ostentosamente limitó su comida a un pedazo de tostada, el cual mordió como si se tratara de un enemigo personal; mientras Mavis Pelligton guardaba un vengativo silencio a lo largo de la cena. Lady Blemley mantuvo un flujo de lo que ella esperaba que fuera conversación, pero su atención estaba fija en la entrada. Un plato de sobras de pescado cuidadosamente dosificado estaba listo en el aparador, pero llegaron los postres y Tobermory no apareció ni en el comedor ni en la cocina.
La cena sepulcral fue alegre comparada con la subsiguiente sobremesa en el cuarto de fumar. Comer y beber por lo menos habían servido de distracción y de excusa para el embarazo general. Ni pensar en jugar al bridge con esa tensión de nervios, y después que Odo Finsberry le dio una lúgubre versión de Melisenda en el Bosque a un público helado, la música tácitamente se descartó. A las once toda la servidumbre se fue a la cama, diciendo que, como de costumbre, la ventanita de la despensa se había dejado abierta para el uso privado de Tobermory. Los invitados se leyeron todas las revistas de actualidad, y poco a poco fueron cayendo en la Biblioteca Badminton y en los volúmenes empastados de Punch. Lady Blemley hacía visitas periódicas a las despensa volviendo todas las veces con una expresión de franca depresión que hacía inútil cualquier pregunta.
A las dos de la mañana, Clovis rompió el silencio dominante. “No volverá esta noche. Probablemente está en el periódico local en este momento, dictando el primer capítulo de sus reminiscencias. El libro de Lady como se llame no podrá competir con ellas. Serán el acontecimiento del día.”
Habiendo contribuido a la alegría general, Clovis se fue a la cama. A largos intervalos los demás miembros siguieron su ejemplo. Los sirvientes que traían el té de la mañana hicieron un anuncio uniforme en respuesta a una pregunta uniforme. Tobermory no había vuelto. El desayuno, si fuera posible, fue una reunión más desagradable que la cena, pero antes que terminara la situación se tranquilizó. El cadáver de Tobermory se encontró en el seto del cual lo trajo el jardinero que acababa de encontrarlo. Por los mordiscos que tenía en la garganta y por el pelo amarillo, era evidente que había caído en desigual combate con el gatazo de la parroquia.
A medio día, la mayoría de los invitados se había ido de Las Torres, y después de almuerzo, Lady Blemley había recobrado el ánimo lo suficiente para escribir una carta extremadamente antipática a la parroquia sobre la muerte de su valioso consentido.
Tobermory había sido el único alumno exitoso de Appin, y estaba destinado a no tener sucesor. Unas semanas después, un elefante del Jardín Zoológico de Dresden, que nunca había dado señales de irritabilidad, se soltó y mató a un inglés que aparentemente lo había estado molestando. El apellido de la víctima se mencionó de modo diverso en los periódicos como Appin y Eppelin, pero su nombre de pila fue fielmente citado como Cornelius.
- Si estaba tratando de enseñarle los verbos irregulares alemanes al pobre animal – dijo Clovis, se merecía lo que le pasó.
LOS HUÉSPEDES
El Paisaje que se ve desde nuestras ventanas es verdaderamente encantador –dijo Annabel-; esos huertos de cerezos y esos prados verdes, y el río que serpentea a lo largo del valle, y la torre de la iglesia asomándose entre los olmos, todo eso hace una verdadera pintura. Ha algo, aquí terriblemente soñoliento y lánguido, sin embargo; el estancamiento parece ser la nota dominante. Nunca pasa nada; tiempo de sembrar y de cosechar, una ocasional epidemia de sarampión o una tempestad moderadamente destructiva, y un poco de excitación por las elecciones más o menos una vez cada cinco años, eso es todo lo que tenemos para alterar la monotonía de nuestras existencias. ¿Más bien horrible, no es cierto?
- Por el contrario – dijo Matilda – me parece suave y reposado; pero por supuesto, tú sabes que yo he vivido en países en los que sí pasan cosas, muchísimas al mismo tiempo, cuando uno no está preparado para que pasen todas a la vez.
- Eso, por supuesto, es algo distinto – dijo Annabel.
- No podría olvidar – dijo Matilda -, la vez que el obispo de Bequar nos hizo una visita inesperada; iba a poner la primera piedra de la casa de una misión o algo por el estilo. – Yo pensaba que allá ustedes estaban siempre preparados para que les cayeran huéspedes de emergencia – dijo Annabel.
- Yo estaba totalmente preparada para media docena de obispos – dijo Matilda -; pero lo desconcertante fue descubrir, después de conversar un poco, que éste en particular era un primo lejano mío de una rama de la familia que se había peleado amarga y ofensivamente con la mía por un servicio de postre Crown Derby; ellos se habían quedado con él, y nosotros debíamos tenerlo en virtud de no se qué legado, o más bien, nosotros lo teníamos y ellos debían tenerlo, ya no me acuerdo cuál de las dos cosas; de todos modos, sé que ellos se portaron vergonzosamente. Y ahora me llegaba uno en olor de santidad, como quien dice, y reclamando la tradicional hospitalidad del oriente.
- Era bastante difícil, pero hubieras podido dejar que tu marido lo atendiera la mayor parte del tiempo. – Mi marido estaba a cincuenta millas en el monte, haciendo entrar en razón, o lo que él se imaginaba que era la razón, a la gente de un pueblito que creía que uno de sus jefes era un tigre reencarnado.
- ¿Un tigre, que? – Un tigre reencarnado, ¿has oído hablar de los hombres – lobos que son una mezcla de hombre, lobo y de mono?. Bueno en esos lugares tienen hombres – tigres, o creen que los tienen, y tengo que decir que en ese caso, hasta donde llegaban las pruebas no desvirtuadas, tenían todas las bases para creerlo. Sin embargo, como hemos renunciado a los juicios por hechicería desde hace unos trescientos años, no nos gusta que otra gente mantenga nuestras prácticas desechadas; no parece respetuoso con nuestra posición mental y moral.
- Espero que no tratarás mal al obispo – dijo Annabel.
- Bueno, por supuesto era mi huésped, de modo que tenía que ser exteriormente con él, pero él era lo suficientemente falto de tacto para desenterrar incidentes de la vieja pelea y tratar de demostrar que se podía decir algo en defensa de la forma como se había portado su lado de la familia; incluso si hubiera sido así, lo cual yo no admito ni por un instante, mi casa no era el lugar para decirlo. No discutí la cuestión, pero le di permiso a mi cocinero para ir a visitar a sus ancianos padres a unas noventa millas de distancia. El cocinero de emergencia no era especialista en curries; de hecho no creo que la cocina de cualquier manera o forma fuera uno de sus puntos fuertes. Creo que originalmente había venido como jardinero, pero como nunca pretendimos tener nada que se pudiera considerar jardín, se empleaba como ayudante del pastor de cabras, puesto que en el cual entiendo que era completamente satisfactorio. Cuando el obispo supo que yo le había dado al cocinero un permiso especial e innecesario, se dio cuenta de las interioridades de la maniobra, y de ese momento en adelante escasamente nos hablamos. Si alguna vez has tenido en tu casa un obispo con quien no te hablas, te darás una idea de la situación.
Annabel confesó que nunca había pasado por una experiencia tan inquietante. – Luego – continuó Matilda -, para complicar más las cosas, el Gwadlipichee se desbordó, algo que pasaba a veces cuando las lluvias se prolongaban más de la cuenta y el piso bajo de la casa y todos los edificios exteriores quedaron sumergidos. Nos las arreglamos para soltar los caballos a tiempo, y el mayordomo los llevó nadando a la colina más cercana. Una o dos cabras, el pastor jefe, su esposa y varios de sus niñitos llegaron a refugiarse en la galería. Todo el resto del espacio disponible se llenó de gallinas y pollos mojados y embarrados; uno no sabe realmente cuántas gallinas tiene hasta que se inundan los cuartos de los sirvientes. Desde luego, ya había pasado por algo parecido en las inundaciones anteriores pero nunca había tenido una casa llena de cabras y muchachitos y de gallinas medio ahogadas, con la adición de un obispo con quien apenas me hablaba.
- Debió ser una experiencia dura – comentó Annabel.
- Se iban a presentar más molestias. Yo no iba a permitir que una simple inundación común barriera la memoria de ese servicio de postre Crown Derby, y le hice saber al obispo que su espaciosa alcoba en la que había un escritorio y su pequeño cuarto de baño con suficientes jarras de agua fría, era su parte de la casa y que el espacio estaba bastante congestionado, dadas las circunstancias. Sin embargo, como a las tres de la tarde, cuando se acababa de despertar de su siesta, hizo una súbita incursión en el cuarto que normalmente era el recibo, pero que ahora era comedor, bodega, cuarto de aperos, y otra media docena de cuartos temporales. A juzgar por la bata de mi huésped, éste parecía pensar que también debía servirle como cuarto de vestir. – Me temo que no tiene dónde sentarse – dije fríamente -, la galería está llena de cabras.
- Hay una cabra en mi alcoba – observó con la misma frialdad y más que una sospecha de reproche sardónico.
- No me diga – dije yo -, ¡otra sobreviviente! Yo pensaba que todas las otras cabras habían perecido.
- Esta cabra en particular ha perecido por completo – dijo-, en este momento, la está devorando un leopardo. Por eso salí de la alcoba; a algunos animales les desagrada que los miren cuando están comiendo.
- El leopardo, por supuesto, era muy fácil de explicar; había estado rondando por los corrales de las cabras cuando vino la inundación, y se había trepado por la escalera exterior que llevaba al baño del obispo, trayéndose una cabra por si acaso.
Probablemente el baño le pareció demasiado húmedo y encerrado para su gusto, y transfirió sus operaciones gastronómicas a la alcoba en donde el obispo estaba echando su siesta.
- ¡Qué situación tan aterradora! – exclamó Annabel -; imagínate, tener un leopardo hambriento en la casa, con una inundación rodeándote por todas partes.
- Hambriento en lo más mínimo – dijo Matilda -; estaba lleno de carne de cabra, y tenía toda el agua que quisiera si le daba sed, y probablemente lo único que quería en ese momento era dormir sin que lo molestaran. De todos modos, creo que cualquiera admitirá que tener el único cuarto de huéspedes disponible ocupado por un leopardo es un predicamento embarazoso, además, la galería abarrotada de cabras, niñitos, gallinas mojadas, más un obispo con el cual una apenas hablaba plantado en su único cuarto de estar. No sé cómo pasé esas horas eternas, y, claro está, las comidas no hacían sino empeorar las cosas. El cocinero de emergencia tenía todas las excusas para mandarnos sopa aguada y arroz desbaratado, y como ni el pastor de cabras ni su mujer eran nadadores expertos, no se podía llegar al sótano. Por fortuna, el Gwadlipichee baja tan rápidamente como se desborda y poco antes de la madrugada, el mayordomo vino chapoteando con los caballos a los cuales el agua apenas les pisaba los cascos. Entonces surgió una molestia debida al hecho de que el obispo quería partir antes que lo hiciera el leopardo; y como éste último estaba instalado en medio de los artículos personales de aquel, había una obvia dificultad para alterar el orden de l partida. Le hice notar al obispo que los gustos y los hábitos del leopardo no son los de una nutria, y que éste prefiere naturalmente caminar que chapotear, y que en todo caso una comida compuesta por una cabra entera, regada con el agua de la tina, justificaba cierta cantidad de reposo; si hacía que le dispararan para asustarlo y que huyera, como sugería el obispo, el leopardo lo único que podía hacer sería salir de la alcoba para venir al cuarto de estar ya muy congestionado. Realmente fue un alivio bastante grande cuando ambos se fueron. Ahora, tal vez, entiendas mi aprecio por un lugar campestre en donde no pasan cosas.
CATÁSTROFE DE UN JOVEN TURCO
El ministro de Bellas Artes (a cuyo ministerio se había anexado últimamente la nueva subsección de Ingeniería Electoral) le hizo una visita de trabajo al gran visir. De acuerdo con la etiqueta oriental, discurrieron un rato sobre temas indiferentes. El ministro se detuvo a tiempo para omitir una referencia casual a la Maratón que se había corrido, cuando recordó que el gran visir tenía una abuela persa y podía considerar la alusión a Maratón como una falta de tacto.
A continuación el ministro entró en el tema de su entrevista.
- ¿Bajo la nueva constitución, las mujeres tendrán el voto? – preguntó repentinamente.
- ¿Tener el voto? ¿Las mujeres? – exclamó el visir con cierta estupefacción -. Mi querido pashá, la nueva carta tiene cierto sabor de absurdo así como está; no tratemos de convertirlo en algo completamente ridículo. Las mujeres no tienen alma, ni inteligencia, ¿por qué demonios van a tener el voto?
- Sé que suena absurdo – dijo el ministro -, pero en occidente están considerando esa idea seriamente.
- Entonces deben estar equipados con mayor solemnidad de la que yo les reconocía. Después de una vida de esfuerzos especiales por mantener mi gravedad, escasamente puedo reprimir mi inclinación a sonreír ante tal sugerencia. Mire usted, nuestras mujeres en la mayoría de los casos no saben leer ni escribir. ¿Cómo pueden ejecutar la operación de votar?
- Se les pueden mostrar los nombres de los candidatos y en donde pueden marcar con una cruz.
- Discúlpeme ¿cómo dijo? – lo interrumpió el visir.
- Con una medialuna, quiero decir – se corrigió el ministro-. Sería algo que le gustaría al Partido Turco Juvenil – agregó.
- Bueno – dijo el visir -, si vamos a cambiar las cosas, lleguemos al extremo de una vez. Daré instrucciones para que a las mujeres se les reconozca el voto.
La votación ya llegaba a su fin en la circunscripción de Lakoumistan. El candidato del Partido Turco Juvenil, según se sabía, iba ganando por trescientos o cuatrocientos votos, y estaba ya redactando su discurso, para dar las gracias a los electores. Su victoria era casi un hecho, porque había puesto a funcionar toda la maquinaria electoral de occidente. Había empleado hasta automóviles. Pocos de sus partidarios habían ido a las urnas en esos vehículos, pero gracias a la inteligente manera como los manejaron sus conductores, muchos de sus opositores habían ido a dar a la tumba, a los hospitales locales o se habían abstenido de votar por alguna otra razón. Y luego pasó algo inesperado. El candidato rival, Alí el Escogido, entró en escena con sus esposas y las mujeres de su casa, que llegaban más o menos a seiscientas. Alí no había desperdiciado mucho tiempo en literatura electoral, pero se le había oído afirmar que cada voto que le dieran a su adversario quería decir otro saco arrojado al Bósforo. El juvenil candidato turco, que se había adaptado a la costumbre occidental de una sola esposa y escasamente alguna amante, contempló impotente cómo su adversario llenaba las urnas hasta alcanzar la mayoría triunfante.
- ¡Cristabel Colón! – exclamó invocando de modo algo confuso el nombre de un pionero distinguido -, ¿quién lo hubiera pensado?
- Extraño – murmuró Alí -, que alguien que peroraba de manera tan elocuente acerca de la Balota Secreta, no haya tenido en cuenta el Voto Velado.
Y, de regreso a casa con sus electoras, murmuró para sus barbas esta improvisación sobre una estrofa del poeta herético de Persia:
Alguien rico en metáforas y pareceres
Ama el verbo afilado como un cuchillo;
Y yo que en estos casos soy un chiquillo
Sólo llego a las urnas con mis mujeres.
EL PROGRAMA DE GALA
Era un día auspicioso en el calendario romano; el del nacimiento del popular y talentoso joven emperador Plácidus Supérbus. Todo el mundo en Roma se disponía a celebrar una gran fiesta, el clima era el mejor y, naturalmente el circo imperial estaba colmado. Unos minutos antes de la hora fijada para el comienzo del espectáculo, una sonora fanfarria de trompetas proclamó llegada del César, y el Emperador ocupó su asiento en el Palco Imperial entre las aclamaciones vociferantes de la multitud. Mientras la gritería del público se apagaba se comenzaba a oír un saludo aún más excitante, en la distancia próxima: el rugido furioso e impaciente de las fieras enjauladas en los Bestiarios Imperiales.
- Explícame el programa – le ordenó el emperador al maestro de ceremonias a quien había mandado llamar a su lado. Este eminente funcionario tenía un aspecto preocupado.
- Gracioso César – anunció -, se ha imaginado y preparado el más promisorio y entretenido de los programas para vuestra augusta aprobación. En primer lugar habrá una competencia de carros de un brillo y un interés insólitos; tres cuadrigas que nunca han sido derrotadas competirán por el trofeo de Herculano, junto con la bolsa que vuestra imperial generosidad ha agregado. Las probabilidades de las cuadrigas competidoras son tan parejas como es posible y hay grandes apuestas entre el populacho. Los tracios Negros son tal vez los favoritos.
- Ya sé, ya sé – interrumpió el César quien había oído hablar toda la mañana, hasta el cansancio, del mismo tema -, ¿qué más hay en el programa?
- La segunda parte del programa – dijo el funcionario imperial – consiste en un gran combate de bestias salvajes, escogidos especialmente por su fuerza, su ferocidad y sus habilidades en la lucha. Aparecerán simultáneamente en al arena catorce leones y leonas de Nubia, cinco tigres, seis osos sirios, ocho panteras persas y tres del Norte de África, un buen número de lobos y linces de las selvas teutónicas, y siete gigantescos toros salvajes de la misma región. Habrá también jabalíes de un salvajismo nunca visto, un rinoceronte de la Costa Bárbara, algunos feroces hombres – mono, y una hiena que está rabiosa, según se dice.
- Promete estar bien – dijo el emperador.
- Prometía estar bien, oh César - dijo el funcionario con gran dolor -, prometía estar maravillosamente; pero entre la promesa y su cumplimiento se ha interpuesto una nube.
- ¿Una nube? ¿Qué nube? – preguntó el César frunciendo el ceño.
- Las Sufragistas – explicó el funcionario -; amenazan con interferir con la carrera de cuadrigas.
- ´¡Me gustaría verlas hacerlo! – exclamó el emperador indignado.
- Temo que vuestro imperial deseo se cumpla de un modo desagradable – dijo el maestro de ceremonias -; estamos tomando todas las precauciones posibles y custodiando todas las entradas al circo y a los establos con triple guardia; pero se rumora que al darse la señal para la entrada de las cuadrigas, quinientas mujeres bajarán con cuerdas desde los asientos del público e invadirán toda la pista de carrera. Naturalmente, en esas circunstancias no se puede correr una carrera y el programa se arruinará.
- El día de mi cumpleaños – dijo Plácidus Supérbus -, no se atreverán a hacer algo tan ultrajante.
- Mientras más augusta sea la ocasión, más deseosa están de hacerse propaganda y de hacérsela a su causa – dijo el acosado funcionario -, no tienen escrúpulo ni siquiera en interrumpir con motines las ceremonias de los templos.
- ¿Quiénes son esas Sufragistas? – preguntó el emperador -. Desde cuando volví de mi expedición a Panonia no he oído hablar sino de sus excesos y sus manifestaciones.
- Son una secta política de origen muy reciente, y su objetivo parece ser apoderarse de una gran parte del poder político. Los medios que están empleando para convencernos de su capacidad para ayudar a administrar las leyes consisten en la tolerancia con el salvajismo, y el tumulto, en la destrucción y el desafío a toda autoridad. Ya han dañado algunos de los tesoros públicos más valiosos históricamente, y que nunca podrán reemplazarse.
- ¿Es posible que el sexo al que admiramos y honramos de tal modo pueda producir esas hordas de furias? – preguntó el emperador.
- Se necesita gente de toda clase para formar un sexo – observó el maestro de ceremonias que poseía algún conocimiento mundano -, también – continuó ansiosamente -, se necesita muy poco para echar a perder un programa de gala.
- Tal vez la perturbación que usted prevé no resulte ser más que una amenaza vana- dijo el emperador para consolarlo.
- Pero si cumplen lo que intentan – dijo el funcionario -, el programa se arruinará por completo.
El emperador no dijo nada. Cinco minutos después sonaron las trompetas para anunciar el comienzo del espectáculo. Un murmullo de excitación anticipada recorrió las filas de los espectadores, y las últimas apuestas sobre la gran carrera se intercambian apresuradamente. Las puertas que daban a los establos se abrieron lentamente, y una tropa de asistentes a caballo recorrió la pista para asegurarse de que todo estaba listo para la importante competencia. Otra vez sonaron las trompetas, y entonces, antes que saliera la primera cuadriga, se levantó un tumulto salvaje de gritos, risas, protestas furiosas, y estridentes gritos de desafío. Centenares de mujeres bajaban a la arena con la ayuda de sus cómplices. Un momento después, corrían y bailaban en grupos frenéticos por toda la pista en la que debían competir los carros.
Ninguna cuadriga de caballos adiestrados se le hubiera enfrentado a esa muchedumbre frenética; era evidente que la carrera no se podía realizar de ninguna manera. Alaridos de desilusión y de rabia se levantaban de los espectadores, alaridos de triunfo de las mujeres dueñas de la pista les contestaban como un eco. Los vanos esfuerzos de los guardias del circo por echar fuera a la horda invasora sólo se sumaban a la gritería y a la confusión; tan pronto como sacaban a las Sufragistas de una parte de la pista, éstas invadían otra.
El maestro de ceremonias estaba casi delirante de rabia y mortificación. Plácidus Supérbus, quien permanecía calmado y sereno como de costumbre, le hizo una seña y le dijo unas palabras al oído. Por primera vez en esa tarde, se vio sonreír al atribulado funcionario.
Sonó una trompeta desde el palco imperial; un silencio instantáneo cayó sobre la turba excitada. Tal vez el Emperador, como último recurso, iba a anunciar alguna concesión a favor de las Sufragias.
- Cierren las puertas de los establos – ordenó el maestro de ceremonias -, y abran todas las de los cubiles de las fieras. El deseo imperial es que la segunda parte del programa se realice primero.
Tal como se vio, el maestro de ceremonias no había exagerado en lo mínimo la probable brillantez de esa parte del espectáculo. Los toros salvajes eran realmente salvajes, y la hiena que tenía fama de estar rabiosa hizo honor a su repuación de manera total.
LA LOBA
Leonard Bilsiter era una de esas personas que no han podido encontrar este mundo atractivo o interesante, y que han buscado una compensación en un mundo nunca visto de su propia experiencia o imaginación, o invención. Los niños tienen éxito en esa clase de cosas, pero se contentan con convencerse ellos mismos sin vulgarizar sus creencias tratando de convencer a los demás. Las creencias de Leonard Bilster eran para “unos pocos”, lo que quería decir cualquiera que le pusiera atención.
Sus andanzas en lo desconocido hubieran podido no llevarlo más allá de las perogrulladas corrientes del visionario casero, si un accidente no hubiera reforzado su repertorio de sabiduría misteriosa. En compañía de un amigo que tenía interés en una mina en los Urales, había hecho un viaje a través de la Europa Oriental en el momento en que la gran huelga del ferrocarril ruso pasaba de la amenaza a la realidad; su iniciación lo sorprendió en el viaje de regreso, en algún lugar más allá de Perm, y fue mientras esperaba un par de días conoció a un distribuidor de arneses y artículos de metal, quien provechosamente ahuyentó el tedio de la larga parada iniciando a su compañero de viaje inglés en un sistema fragmentario de folklore que había aprendido de los mercaderes y los nativos Trans-Baikales. A su regreso a casa, Leonard se mostraba muy gárrulo sobre sus experiencias de la huelga rusa, pero opresivamente reticente sobre ciertos oscuros misterios a los que aludía con el título sonoro de Magia Siberiana. La reticencia se desgastó en una semana o dos bajo la influencia de la general y completa falta de curiosidad, y Leonard empezó a hacer alusiones más detalladas a los enormes poderes que esta nueva fuerza esotérica, para usar su propia descripción de ella, le confería a los pocos iniciados que sabían cómo manejarla. Su tía, Cecilia Hoops, que amaba lo sensacional quizá más de lo que amaba lo verdadero, le hacía una propaganda tan clamorosa como cualquiera hubiera pedido, esparciendo un recuento de cómo había convertido un trozo de verdura en una torcaza delante de sus propios ojos. Como manifestación de la posesión de poderes sobrenaturales, en algunos círculos, la historia se desestimaba dado el respeto que se le tenía a la imaginación de la señora Hoops.
Aunque las opiniones se dividieran sobre si Leonard era un hacedor de milagros o un charlatán, lo cierto es que llegó a pasar el fin de semana en casa de Mary Hampton con la fama de ser eminentemente en una u otra de estas dos profesiones, y no estaba dispuesto a rehuir la publicidad que le tocara en suerte.
Las fuerzas esotéricas y los poderes insólitos figuraban abundantemente en toda conversación en la que participaran él o su tía, y sus propias actuaciones, pasadas y posibles eran el tema de misteriosas insinuaciones y enigmáticas confesiones.
- Me gustaría que me convirtiera en un lobo, señor Bilsiter – le dijo la dueña de casa en el almuerzo, al día siguiente a su llegada.
- Mi querida Mary – le replicó el coronel Hampton -, nunca imaginé que tuvieras ansias de un asunto como ese.
- Una loba por supuesto – continuó la señora Hampton -; sería demasiado complicado cambiar de sexo y de especie así de pronto.
- No creo que se deba hacer chistes en esta materia – dijo Leonard.
- No estoy bromeando, le aseguro que hablo completamente en serio. Sólo que no tenemos sino ocho personas que jueguen al bridge, y se nos descompleta una de las mesas. Mañana llegará más gente. Mañana por la noche, después de la cena...
- En nuestro imperfecto conocimiento actual de estas fuerzas ocultas, creo que debemos acercarnos a ellas con humildad y no con burla – observó Leonard, con tal severidad que el tema se abandonó enseguida.
Clovis Sangrail había asistido, en un silencio desacostumbrado, a la discusión sobre las posibilidades de la magia siberiana; después del almuerzo se llevó a lord Pabham al relativo escondite del cuarto de billar y le hizo una pregunta exploratoria.
- ¿Tiene usted algo parecido a una loba en su colección de animales salvajes? ¿Una loba de moderado buen genio?
Lord Pabham lo pensó.
- Está Luisa – dijo -, un espécimen bastante fino de loba de los bosques. La cambié hace un par de años por unos zorros árticos. La mayoría de mis animales se vuelven bastante domésticos antes de que pasen mucho tiempo conmigo; creo que Luisa tiene un temperamento angelical, para lo que son las lobas. ¿Por qué me hace esa pregunta?
- Pensaba si me la podría prestar mañana por la noche – dijo Clovis con la amabilidad intrascendente de alguien que pide prestado un pasa-cuellos o una raqueta de tenis.
- ¿Mañana por la noche?
- Si, los lobos son animales nocturnos, de modo que las horas de la noche no le harán daño – dijo Clovis con el aire de quien ha tomado todo en cuenta -; uno de sus hombres puede traerla de Pabham Park después del atardecer, y con algo de ayuda podemos meterla a escondidas en el invernadero en el mismo momento en que Mary Hampton haga una salida disimulada.
Lord Pabham se quedó mirando a Clovis durante un momento de comprensible extrañeza, luego su rostro se llenó de una red de arrugas de pura risa.
- Ah, ese es el chiste, ¿cierto? Usted va a hacer un poco de magia siberiana por su cuenta. ¿Y la señora Hampton está de acuerdo en ayudarle en la conspiración?
- Mary está comprometida a ayudarme en todo, si usted nos garantiza el buen genio de Luisa.
- Yo respondo por Luisa – dijo lord Pabham.
Al día siguiente los asistentes a la reunión habían aumentado, y el instinto autopublicitario de Bilsiter había crecido debidamente con el estímulo de un público más numeroso.
Durante la cena, esa noche, se extendió largamente sobre el tema de las fuerzas ocultas y los poderes no demostrados, y el flujo de su impresionante elocuencia no había disminuido nada cuando se estaba sirviendo el café en el estudio como preparación para una migración general hacia la sala de juego. Su tía le aseguraba una atención respetuosa a sus declaraciones, pero su alma amante de lo sensacional ansiaba algo más dramático que la mera demostración verbal.
- ¿Por qué no haces algo para convencerlos de tus poderes, Leonard? – le rogó -. Convierte algo en otra cosa. Él puede, si decide hacerlo – le informó a los presentes.
- ¡Ay!, si, hágalo – dijo Mavis Wellington con mucha seriedad, y casi todos los presentes le hicieron eco. Hasta los que no creían que fuera posible estaban dispuestos a divertirse con un poco de prestidigitación de aficionado.
Leonard sentía que algo tangible se esperaba de él.
- ¿Alguno de los presentes tiene – dijo -, una moneda de cobre o algún pequeño objeto sin mayor valor?
- ¿No nos va a hacer desaparecer monedas o algo tan primitivo como eso, verdad?- dijo Clovis despectivamente.
- Me parece muy antipático de su parte no concederme mi petición de convertirme en loba – exclamó Mary Hampton, mientras se dirigía al invernadero para darles a sus guacamayos su regalo usual de sobras del postre.
- Ya le he advertido sobre el peligro de burlarse de estos poderes – dijo Leonard solemnemente.
- No creo que usted pueda hacerlo – dijo Mary con una risa desafiante desde el invernadero -, lo reto a que lo haga si puede. Lo desafío a que me convierta en loba.
Mientras decía esas palabras, se perdió de vista detrás de un macizo de azaleas.
- Señora Hampton – empezó Leonard con mayor solemnidad, pero pudo continuar. Un soplo de aire helado pareció recorrer el salón, y al mismo tiempo los guacamayos estallaron en gritos ensordecedores.
- ¿Qué diablos les pasa a esos malditos pájaros, Mary? – exclamó el coronel Hampton; en el mismo momento, un grito aún más estridente de Mavis Wellington hizo que todos se levantaran de sus asientos. En distintas actitudes de horror incontenible o de defensa instintiva se enfrentaban con la fiera gris de aspecto maligno que los miraba desde un surco de helechos y azaleas.
La señora Hoops fue la primera en recobrarse del caos general de terror y aturdimiento.
- ¡Leonard! – le gritó chillonamente a su sobrino -, ¡conviértela otra vez en la señora Hampton ahora mismo! Puede saltarnos encima en cualquier momento. ¡Conviértela otra vez!
- Yo... yo no se cómo – balbució Leonard, que parecía más asustado y horrorizado que cualquiera.
- ¡Cómo! – gritó el coronel Hampton - ¡Usted se ha tomado la abominable libertad de convertir en loba a mi esposa, y ahora se para tranquilamente y dice que no puede volverla a convertir en ella misma!
Para ser estrictamente justos con Leonard, hay que decir que la tranquilidad no era algo por lo que se distinguiera en ese momento.
- Le aseguro que yo no convertí a la señora Hampton en loba; nada más lejos de mis intenciones. – Protestó.
- ¿Entonces, donde está ella, y cómo vino a dar ese animal al invernadero? – preguntó el coronel.
- Desde luego debemos aceptar su afirmación de que usted no convirtió a la señora Hampton en loba – dijo Clovis cortésmente -, pero estará usted de acuerdo en que las apariencias están en contra suya.
- ¿Vamos a seguir con todas estas recriminaciones con ese animal ahí parado listo a hacernos pedazos? – gimió Mavis indignada.
- Lord Pabham, usted sabe mucho de animales salvajes – sugirió el coronel Hampton.
- Los animales salvajes a que yo estoy acostumbrado – dijo lord Pabham -, vienen con sus credenciales en orden, de distribuidores muy conocidos, o se han criado en mi propio zoológico. Nunca me había encontrado con un animal que sale tranquilamente de un macizo de azaleas, dejando a una anfitriona encantadora y muy querida inexplicablemente desaparecida. Hasta donde uno puede juzgar por las características externas – continuó -, tiene la apariencia de una hembra bien desarrollada del lobo de los bosques de Norteamérica, una variedad de la especie común de Canis lupus.
- Economícese el nombre en latín – gritó Mavis, mientras el animal avanzaba uno o dos pasos por el salón -, ¿no puede atraerla con comida y encerrarla donde no pueda hacer daño?
- Si es realmente la señora Hampton, que acaba de comerse una muy buena cena, no creo que la comida le atraiga mucho – dijo Clovis.
- Leonard – rogó lagrimosamente la señora Hoops -, ¿aunque lo que pasa no sea culpa suya, no puedes usar tus grandes poderes para convertir este animal espantoso en algo que no haga daño, antes que nos muerda a todos, en conejo o algo así?
- No creo que al coronel Hampton le guste que anden cambiando a su esposa en una serie de animales curiosos como si estuviéramos jugando a las máscaras con ella – objetó Clovis.
- Lo prohibo terminantemente – tronó el Coronel.
- A la mayoría de los lobos con los que he tenido que ver les ha gustado el azúcar –dijo lord Pabham – si les parece puedo ensayar con ésta.
Tomó un cubo de azúcar del platillo de su taza de café y se lo tiró a la expectante Luisa, que lo agarró en el aire. Un suspiro de alivio salió del grupo, una loba que comía azúcar cuando por lo menos podía haberse dedicado a hacer pedazos a los guacamayos les había hecho perder parte de sus terrores. El suspiro se convirtió en un murmullo de agradecimiento cuando lord Pabham se llevó el animal fuera del salón con un supuesto regalo de más azúcar. Al momento, hubo una invasión al invernadero que había quedado vacío. No había rastros de la señora Hampton, excepto el plato con la cena de los guacamayos.
- ¡La puerta está cerrada con llave por dentro! – exclamó Clovis, que le había dado la vuelta a la llave sin que nadie lo notara cuando fingía estarla ensayando.
Todos se volvieron hacia Bilsiter.
- Si usted no ha convertido en loba a mi esposa – dijo el coronel Hampton -, ¿quiere hacerme el favor de explicarme a dónde ha ido a parar, puesto que obviamente no podía pasar a través de una puerta cerrada con llave? No voy a obligarlo a explicarme cómo apareció de pronto en el invernadero una loba de los bosques norteamericanos, pero creo que tengo algún derecho de inquirir en qué pasó con la señora Hampton.
Las reiteradas negativas de responsabilidad de Bilsiter fueron recibidas con un murmullo de impaciente rechazo.
- Me niego a quedarme una hora más bajo este techo – declaró la señora Pellington.
- Si nuestra anfitriona ha abandonado realmente la forma humana – dijo la señora Hoops -, ninguna de las señoras del grupo puede quedarse tranquilamente. ¡Yo me niego en absoluto a aceptara como persona de respeto a un lobo!
- Es una loba – dijo Clovis para calmarla.
No se discutió más cuál sería la etiqueta correcta de esas circunstancias poco usuales. La entrada súbita de Mary Hampton le quitó todo interés inmediato a la discusión.
- Alguien me ha hipnotizado – exclamó la señora Hampton enojada -, me encontré a mí misma en la repostería comiendo azúcar de la mano de lord Pabham. Odio que me hipnoticen y el doctor me ha prohibido el azúcar.
Se le explicó la situación hasta donde era posible llamar a tal cosa explicación.
- ¿Entonces usted realmente me convirtió en loba, señor Bilsiter?- exclamó emocionada.
Pero Leonard había quemado el navío en el que hubiera podido embarcarse en un mar de gloria. No pudo sino negar débilmente con la cabeza.
- Fui yo el que se tomó esa liberdad – dijo Clovis -; no sé si saben que por casualidad pasé un par de años en el nordeste de Rusia, y tengo algo más que la relación de un turista con la magia de esa región. A uno no le gusta hablar de estos extraños poderes, pero de tiempo en tiempo, cuando se oyen decir tantas tonterías sobre ellos, se siente tentado de mostrar lo que puede lograr la magia siberiana en manos de alguien que realmente la conoce. Yo caí en esa tentación. ¿Me dan un poco de brandy? El esfuerzo me dejó un poco débil.
Si Leonard Bilsiter, en ese momento, hubiera podido transformar a Clovis en cucaracha y luego parársele encima, hubiera ejecutado las dos operaciones de muy buena gana.
GABRIEL - ERNESTO
Hay un animal salvaje en sus bosques – dijo el artista Cunningham, mientras lo llevaban a la estación. Era la única observación que había hecho durante el trayecto, pero como Van Cheele había hablado sin parar, el silencio de su compañero no había sido notorio.
- Un zorro extraviado o dos y unas cuantas comadrejas de la región. Nada más formidable que eso – dijo Van Cheele. El artista no dijo nada.
- ¿Qué quería decir con animal salvaje? – le dijo Van Cheele más tarde, cuando estaban en el andén.
- Nada. Mi imaginación. Aquí está el tren – dijo Cunningham.
Esa tarde, Van Cheele salió a dar uno de sus frecuentes paseos por su boscosa propiedad. Tenía una garza disecada en su estudio, y sabía los nombres de un gran número de flores salvajes, de modo que su tía tenía tal vez alguna justificación para describirlo como un gran naturalista. En todo caso, era un gran andarín. Tenía la costumbre de tomar nota mental de todo lo que veía durante esos paseos, no tanto para ayudar a la ciencia contemporánea, como para disponer de temas de conversación más tarde. Cuando las campanillas azules comenzaban a florecer, él se encargaba de informar a todo el mundo de ese hecho; la época del año hubiera podido advertir a sus oyentes de la probabilidad de que esto ocurriera, pero por lo menos pensaba que él les estaba siendo absolutamente franco.
Sin embargo, lo que vio Van Cheele esa tarde en particular era algo muy lejano de su experiencia corriente. En una saliente de piedra lisa sobre un pozo profundo en el claro de un bosquecillo de robles, un muchacho de unos dieciséis años estaba echado secándose deliciosamente los miembros bronceados al sol. Tenía el pelo mojado, partido por una zambullida reciente y pegado a la cabeza, y sus ojos castaños claros, tan claros que tenían casi un brillo atigrado, se dirigían a Van Cheele con cierta atención perezosa. Era una aparición inesperada, y Van Cheele se encontró envuelto en el desusado proceso de pensar antes de hablar. ¿Dé dónde en el mundo podía provenir ese muchacho de aspecto salvaje? A la esposa del molinero se le había perdido un chico hacía unos dos meses, se suponía que se lo había llevado la corriente que movía el molino, pero aquel era un bebé y no un muchacho crecido como este.
- ¿Qué estás haciendo ahí? – le preguntó.
- Obviamente, asoleándome – replicó el muchacho.
- ¿Dónde vives?
- Aquí en estos bosques.
- No puedes vivir en los bosques – dijo Van Cheele.
- Son unos bosques muy bonitos – dijo el muchacho con cierto tono condescendiente en la voz.
- ¿Pero dónde duermes de noche?
- No duermo de noche; es cuando estoy más ocupado.
Van Cheele empezó a tener el irritante sentimiento de estar lidiando un problema que lo eludía.
- ¿De qué te alimentas? – preguntó.
- Carne – dijo el muchacho.
Y pronunció la palabra con una lenta delicia, como si estuviera saboreándola.
- ¡Carne! ¿Qué carne?
- Ya que le interesa, conejos, perdices, liebres, aves de corral, corderitos recién nacidos, y niños cuando consigo alguno; en general están encerrados con llave por la noche, cuando yo hago la mayor parte de la cacería. Hace ya dos meses que no pruebo carne de niño.
Haciendo caso omiso de la irritante naturaleza de la última frase, Van Cheele trató de llevar al muchacho al tema de la posible caza furtiva.
- Estás hablando por tu sombrero cuando mencionas lo de alimentarse con liebres (por el aspecto del muchacho no era un símil muy afortunado). Las liebres de nuestras colinas no son fáciles de cazar.
- Por la noche yo cazo en cuatro patas – fue la respuesta más o menos enigmática.
- ¿Supongo que lo que dices es que cazas con un perro? – aventuró Van Cheele.
El muchacho se dio vuelta lentamente sobre la espalda y se rió con una extraña risa baja que tenía algo agradable de broma y algo desagradable de gruñido.
- No creo que ningún perro tuviera muchas ganas de andar conmigo, especialmente por la noche.
Van Cheele empezó a sentir que ese muchacho de ojos y hablar extraño tenía algo pavoroso.
- No puedo permitirle permanecer en estos bosques – declaró en tono autoritario.
- Creo que usted preferiría tenerme aquí y no en su casa – dijo el joven.
La perspectiva de ese animal desnudo y salvaje en la casa ordenada y perfecta de Van Cheele evidentemente era alarmante.
- Si no te vas, tendré que obligarte – dijo Van Cheele.
El muchacho se volvió como un rayo, se sambulló en el pozo, y en un momento ya había recorrido con su cuerpo mojado y brillante la mitad de la distancia de la otra orilla hasta el lugar donde estaba Van Cheele. En una nutria el movimiento no hubiera sido nada especial; en un muchacho, a Van Cheele le pareció suficientemente sobrecogedor. Se resbaló al hacer un movimiento involuntario para retroceder y se encontró casi postrado en la orilla húmeda, con aquellos ojos atigrados no muy lejos de los suyos. Casi instintivamente se llevó la mano a la garganta. El muchacho volvió a reírse, con una risa en la que el gruñido había hecho desaparecer casi toda la alegría, y luego, con otro de sus movimientos asombrosamente rápidos, desapareció corriendo hacia un tupido macizo de hierbas y helechos.
- ¡Qué animal salvaje tan raro! – dijo Van Cheele mientras se ponía de pie. Y luego se acordó de la observación de Cunningham, “hay un animal salvaje en sus bosques”.
De regreso a casa sin prisa, Van Cheele empezó a darle vueltas en la mente a una serie de acontecimientos locales que podían atribuirse a la existencia de este asombroso muchacho salvaje.
Algo había estado haciendo que escaseara los animales silvestres últimamente en aquellos bosques, las gallinas desaparecían de las granjas, las liebres ya casi no se encontraban, y le habían llegado noticias de corderos a los que se habían llevado de sus rebaños en las colinas. ¿Sería posible que ese muchacho salvaje estuviera cazando en la región en compañía de algún perro inteligente? El muchacho había hablado de cazar “en cuatro patas” durante la noche, pero también había insinuado que a ningún perro le gustaría acercársele “especialmente de noche”. Era verdaderamente intrigante. Y luego, mientras Van Cheele repasaba las distintas depredaciones que se habían cometido en el último mes o dos, de pronto se detuvo tanto en su camino como en sus especulaciones. El niño perdido del molino hacía dos meses, la teoría aceptada era que se había caído entre la corriente del molino y ésta se lo había llevado, pero la madre siempre había declarado haber oído un grito en el lado de la casa que daba a la colina, en la dirección contraria a la del arroyo. Era impensable por supuesto, pero él habría preferido que el muchacho no hubiera hecho esa aterradora alusión a haber comido carne de niño hacía dos meses. Cosas tan horribles no debían decirse ni en broma.
Van Cheele, contra su costumbre, no se sentía dispuesto a mostrarse comunicativo sobre su descubrimiento en el bosque. Su posición como consejero de la parroquia y juez de paz se vería comprometida de cierto modo por el hecho de estar albergando en su propiedad a una personalidad de tan dudosa fama; había incluso la posibilidad de que le pasaran una costosa cuenta por el valor de los corderos y las gallinas que se habían perdido. Esa noche a la cena estaba desusadamente callado.
- ¿se te comieron la lengua? – le dijo su tía-. Cualquiera diría que te encontraste con un lobo.
Van Cheele, que no conocía ese viejo dicho, pensó que la observación era bastante tonta; si se hubiera encontrado con un lobo en su propiedad su lengua hubiera estado extraordinariamente ocupada con el tema.
Al día siguiente al desayuno, Van Cheele se daba cuenta de que su desazón por el episodio del día anterior no había desaparecido del todo y resolvió tomar el tren hasta la población vecina, buscar a Cunningham, y enterarse de qué era lo que realmente había visto, obligándole a hablar con insistencia acerca de un animal salvaje en sus bosques. Tomada esa resolución, su alegría habitual volvió en parte, y empezó a musitar una pequeña melodía mientras se dirigía al estudio a fumarse su cigarrillo de costumbre. Al entrar al estudio, la melodía abruptamente dio paso a una invocación piadosa. Graciosamente extendido en la otomana, en una actitud de reposo casi exagerada, estaba el muchacho de los bosques. Estaba más seco que la última vez que lo había visto Van Cheele, pero por otra parte sin ninguna alteración notable de su apariencia.
- ¿Cómo te atreves a venir aquí? – le preguntó Van Cheele furioso.
- Usted me dijo que no podía quedarme en los bosques – dijo el muchacho calmadamente.
- Pero no te dije que vinieras aquí. ¡Supón que te hubiera visto mi tía! Y con la intención de minimizar semejante catástrofe, Van Cheele apresuradamente cubrió todo lo posible a su no bienvenido visitante bajo los pliegues del periódico de la mañana. En ese momento, la tía entró a la habitación.
- Este es un pobre muchacho que ha perdido su camino y perdido la memoria. No sabe quién es ni de dónde viene – explicó Van Cheele desesperadamente, mirando atemorizado a la cara del vagabundo para saber si agregaba a la franqueza inoportuna a sus otras propensiones salvajes.
La señorita Van Cheele estaba enormemente interesada.
- Tal vez tenga alguna marca en la ropa interior – sugirió.
- Parece haber perdido eso también – dijo Van Cheele, dándole tironcitos nerviosos al diario de la mañana para mentenerlo en su lugar.
Un niño desnudo y sin hogar le atraía tanto a la señorita Van Cheele como un gatito perdido o un perrito sin dueño.
- Tenemos que hacer todo lo que podamos por él – decidió, y, en poquísimo tiempo, un mensajero despachado a la parroquia, en donde había un joven paje, había regresado con un juego de ropa y los accesprios necesarios como camisa, cuello, zapatos, etc. Vestido, limpio, y arreglado, el muchacho no había perdido nada de su expresión aterradora, a los ojos de Van Cheele, pero su tía lo encontraba encantador.
- Debemos llamarlo de algún modo mientras averiguamos quién es realmente – dijo ella -. Gabriel – Ernesto, me parece; son nombres apropiados y simpáticos.
Van Cheele estaba de acuerdo, pero en su interior dudaba sobre si se los estarían poniendo a un muchacho apropiado y simpático. Sus recelos no disminuyeron por el hecho de que su manso y viejo perro de cacería se había escapado de la casa apenas llegó el muchacho, y seguía tiritando y ladrando obstinadamente en el otro lado del huerto, mientras que el canario, usualmente tan activo vocalmente como el propio Van Cheele, se había encerrado en su mutismo de píos aterrados. Más que nunca se resolvió a consultar a Cunningham sin pérdida de tiempo.
Mientras él se dirigía a la estación, su tía hacía los arreglos para que Gabriel–Ernesto le ayudara a divertir a los niños de la escuela dominical, esa tarde en el té.
Al principio, Cunningham no estaba dispuesto a mostrarse comunicativo.
- Mi madre murió de una enfermedad cerebral – explicó -, de manera que usted comprenderá por qué me niego a confiarle a nadie cualquier cosa de naturaleza fantástica e imposible que haya visto o pensado que he visto.
- ¿Pero qué fue lo que vio? – insistió Van Cheele.
- Lo que creí ver fue algo tan fuera de lo común, que nadie, en su sano juicio le daría crédito como a algo realmente sucedido. Yo estaba la última tarde que estuve con usted, medio escondido entre los arbustos de la entrada del huerto viendo la puesta del sol. De pronto me di cuenta de la presencia de un muchacho desnudo; pensé que fuera un muchacho que se había estado bañando en algún pozo cercano, y que se había quedado en la falda de la colina también mirando el atardecer. Su actitud sugería de tal modo la de un fauno silvestrede la mitología pagana que inmediatamente se me ocurrió contratarlo como modelo, y lo hubiera llamado un momento después. Pero justo en ese momento el sol dejó de verse, y todos los colores naranja y rosado desaparecieron del paisaje, dejándolo frío y gris. En ese mismo momento, pasó algo asombroso, ¡el muchacho también desapareció!
- Qué, ¿se desvaneció en la nada? - preguntó Van Cheele excitado.
- No; esa es la parte horrible del asunto – contestó el artista -, en la falda de la colina, en donde había estado el muchacho hacía un segundo, estaba un lobo grande, de color negruzco, con los colmillos brillantes y los ojos amarillos crueles. Uno creería...
Pero Van Cheele no se detuvo por algo tan fútil como lo que se creía. Ya estaba corriendo a toda velocidad hacia la estación del tren. Desechó la idea de un telegrama. “Gabriel – Ernesto es un hombre-lobo” era un esfuerzo desesperadamente inadecuado para hablar de lo que pasaba, y su tía lo tomaría por un mensaje en una clave de la cual él no le había dado la contraseña. Su única esperanza era alcanzar a llegar a casa antes de la puesta del sol. El taxi que tomó en el otro extremo del viaje en tren lo llevó con lo que parecía una lentitud exasperante por los caminos rurales, que ya se ponían rosados y malva bajo la luz del sol poniente. Su tía estaba recogiendo algunos bizcochos sin terminar cuando él llegó.
- ¿Dónde está Gabriel-Ernesto? – preguntó casi gritando.
- Está llevando a casa al pequeño de los Toop – dijo la tía -. Se estaba haciendo tan tarde que no me pareció seguro dejarlo ir solo. Qué bonito atardecer, ¿cierto?
Pero Van Cheele aunque consciente del resplandor del cielo al occidente, no se quedó a comentar su belleza. A una velocidad para la cual estaba escasamente dotado corría a lo largo del estrecho sendero que llevaba a casa de los Toop. A un lado corría la rápida corriente que movía el molino, del otro estaba la franja de loma pelada.
Un resplandor mortecino de sol poniente todavía se veía en el horizonte, y tras la próxima vuelta del camino podía estar la pareja dispareja que buscaba. De pronto el color de las cosas desapareció, y la luz gris se posó con un leve temblor sobre el paisaje. Van Cheele oyó un estridente grito de terror, y dejó de correr.
Nunca se volvió a saber nada del pequeño Toop o de Gabriel-Ernesto, pero se encontró la ropa de este último tirada en el camino, de modo que se supuso que el niño había caído al agua y que el muchacho se había desnudado y se había lanzado en un vano intento de salvarlo. Van Cheele y unos trabajadores que andaban por allí cerca en esos momentos testificaron sobre el fuerte grito del niño que habían oído hacia el lugar en donde se encontraron las ropas. La señora Topos, que tenía otros once hijos, se resignó decentemente a su desgracia, pero la señorita Van Cheele hizo un duelo sincero por su muchacho expósito perdido. Por iniciativa suya, se puso una placa en memoria de éste en la iglesia parroquial. A Gabriel-Ernesto, muchacho desconocido, que sacrificó valientemente su vida por la de otro.
Van Cheele complacía a la tía en la mayoría de sus asuntos, pero se rehusó por completo a contribuir con su dinero a una placa en memoria de Gabriel-Ernesto.
EL NARRADOR DE CUENTOS
Era una tarde calurosa y el coche del tren estaba sofocante como correspondía; la próxima parada era Templecombe, a una hora de viaje. Los ocupantes del compartimiento eran una niña pequeña, una más pequeña y un niño pequeño. Una tía de los niños ocupaba el asiento de una esquina, y en el rincón más alejado del otro lado, iba un señor solo que era extraño al grupo, pero las niñas pequeña y el niño se habían adueñado del compartimiento. Tanto la tía como los niños practicaban la conversación de un modo limitado y persistente, que recordaba las atenciones de una mosca casera cuando se niega a desanimarse. La mayoría de las frases de la tía parecían comenzar por “no habas” y casi todo lo que decían los niños empezaba con un “¿por qué?”. El hombre solo no decía nada en voz alta.
- No, Cyril, no – exclamó la tía, cuando el pequeño comenzó a golpear los cojines del asiento produciendo una nube del polvo a cada golpe.
- Ven y mira por la ventana – agregó. El niño se acercó de mala gana a la ventana.
- ¿Por qué están sacando esas ovejas del potrero? – preguntó.
- Me parece que las están llevando a otro potrero donde hay más pasto. – dijo débilmente la tía.
- Pero si hay montones de pasto en ese potrero – protestó el niño -, no hay sino pasto. Tía, hay montones de pasto.
- Tal vez el pasto del otro potrero es mejor – sugirió la tía a la loca.
- ¿Por qué es mejor? – fue la pregunta inmediata e inevitable.
- ¡Mira esas vacas! – exclamó la tía. En casi todos los potreros a lo largo de la vía férrea había vacas y novillos, pero la tía hablaba como si hubiera descubierto una rareza.
- ¿Por qué es mejor el pasto de otro potrero? – insistía Cyril.
El hombre solo comenzó a fruncir el ceño. Era un hombre duro y desconsiderado, decidió la tía en su interior. Ella era completamente incapaz de llegar a ninguna conclusión satisfactoria sobre el pasto del otro potrero.
La niña más chiquita creó una variante cuando comenzó a recitar “por el camino de Mandalay”. No sé sabía sino el primer renglón, pero hacía el máximo uso posible de sus limitados conocimientos. Repetía el renglón una y otra vez en una voz ensoñadora pero resuelta y muy audible; al hombre le parecía como si alguien le hubiera apostado a que no era capaz de decir el renglón en voz alta dos mil veces sin parar. Cualquiera que fuera quien la había apostado parecía estar perdiendo.
- Vengan acá y les cuento un cuento – dijo la tía, cuando el señor la miró a ella dos veces y luego miró la cuerda de la alarma.
Los niños se acercaron a la tía sin ningún interés. Era evidente que, con ellos no gozaba de gran fama como contadora de cuentos. En voz baja y confidencial, interrumpida a intervalos frecuentes por las preguntas petulantes hechas en voz alta por sus oyentes, empezó a contar una poco animada historia, deplorablemente insulsa, sobre una niñita que era buena, y se hacía amiga de todo el mundo por lo buena que era, y al final la gente la salvaba de un toro bravo por que admiraban su carácter moral.
- ¿No la hubieran salvado si no hubiera sido buena? – preguntó la más grande de las niñitas. Era exactamente la pregunta que hubiera querido hacer el hombre.
- Bueno, si – admitió la tía de manera insegura -, pero no creo que hubieran corrido tan rápidamente a ayudarle si no la hubieran querido tanto.
- Es el cuento más estúpido que he oído – dijo la mayor de las niñitas con inmensa convicción.
- No atendí después de la primera parte, era tan estúpido – dijo Cyril.
La niña más pequeña no hizo ningún comentario sobre el cuento, pero hacía rato que había vuelto a repetir en voz baja su renglón favorito.
- No parece usted un éxito como contadora de cuentos – dijo de pronto el hombre desde su rincón.
La tía saltó inmediatamente a defenderse del ataque inesperado.
- Es un asunto muy complicado contar cuentos que los niños puedan entender y apreciar al mismo tiempo – dijo secamente.
- No estoy de acuerdo con usted – dijo el señor.
- Tal vez le gustaría contarles un cuento – fue la réplica de la tía.
- Cuéntenos un cuento – le pidió la mayor de las niñas.
- Había una vez – empezó el señor -, una niñita llamada Bertha, que era extraordinariamente buena.
El interés de los niños, despierto durante unos instantes empezó a decaer al momento; todos los cuentos se parecían horriblemente, sin importar quien los contara.
- Hacía todo lo que le decían, siempre decía la verdad, mantenía su ropa limpia, se comía las galletas como si fueran torta de bodas, se aprendía las lecciones a la perfección, y era de muy buenos modales.
- ¿Era bonita? – preguntó la mayor de las niñas.
- No tan bonita como ustedes – dijo el señor -, pero espantosamente buena.
Hubo una ondulante reacción a favor del cuento, la palabra espantoso en conexión con la bondad era una novedad que se ensalzaba a sí misma.
Parecía introducir un tono de verdad que estaba ausente de los cuentos de la tía sobre la vida infantil.
- Era tan buena – continuó el señor -, que se ganó varias medallas de bondad, que siempre llevaba pegadas al vestido con alfileres. Tenía una medalla de obediencia, otra de puntualidad, y una tercera de buena conducta. Eran grandes medallas de metal y tintineaban una contra otra cuando ella caminaba. Ningún otro niño en la ciudad donde vivía tenía tantas medallas, de modo que todo el mundo sabía que ella debía ser una niña superbuena.
- Espantosamente buena – repitió Cyril.
- Todo el mundo hablaba de su bondad, y el príncipe del país llegó a saber de ella, y dijo que como era tan buena tenía permiso para ir una vez a la semana a pasear por el parque real, que quedaba en las afueras de la ciudad. Era un bello parque y a ningún niño se le permitía entrar, de modo que era un gran honor para Bertha que la dejaran visitarlo.
- ¿Había ovejas en el parque? – preguntó Cyril.
- No - dijo el señor -, no había ovejas.
- ¿Por qué no había ovejas? – fue la pregunta siguiente a es respuesta.
La tía se permitió una sonrisa, que hubiera podido describirse como una mueca de burla.
- No había ovejas en el parque – dijo el señor -, porque la madre del príncipe había soñado que a su hijo lo mataría o una oveja o un reloj le cayera encima. Por esa razón el príncipe nunca tuvo ni ovejas en el parque ni relojes en su palacio.
- ¿Al príncipe lo mató una oveja o un reloj? – preguntó Cyril.
- Sigue vivo, de modo que no sabemos si el sueño se cumplirá – dijo el señor con tono despreocupado-, de todas maneras, no había ovejas en el parque pero sí montones de cerditos corriendo por todas partes.
- ¿De qué color eran?
- Negros con las caras blancas, blancos con manchas negras, negros del todo, grises con parches blancos, y algunos completamente blancos.
El narrador hizo una pausa para dejar que la idea completa del parque y sus tesoros entrara en la imaginación de los niños; luego continuó:
- Bertha se puso bastante triste por no encontrar flores en el parque. Les había prometido a sus tías, con lágrimas en los ojos, que no cortaría ni una sola de las flores del bondadoso príncipe, y pensaba cumplir su promesa, de modo que, por supuesto, no encontrar flores que cortar la hacía sentirse tonta.
- ¿Por qué no había flores?
- Porque los cerdos se las habían comido todas – dijo el señor con prontitud -. Los jardineros le habían dicho al príncipe que no podía tener flores y cerdos juntos, así que decidió tener cerdos y no flores.
Hubo un murmullo de aprobación ante la excelente decisión del príncipe, mucha gente hubiera decidido lo contrario.
- El parque tenía muchas otras cosas deliciosas. Había estanques con peces dorados, azules y verdes, y árboles con loros preciosos que decían cosas inteligentes apenas se les hablaba, y pájaros cantores que se sabían todas las tonadas populares de moda. Bertha se paseaba de un lado a otro y gozaba inmensamente y pensaba: “Si yo no fuera tan extraordinariamente buena, no me hubieran dejado venir a este bello parque y gozar de todo lo que hay en él” y sus tres medallas tintineaban y le ayudaban a recordar lo maravillosamente buena que era. Justo en ese momento, un enorme lobo entró a merodear en el parque a ver si podía agarrar un cerdito gordo para comérselo en la cena.
- ¿De qué color era? – preguntaron los niños, mientras su interés aumentaba por momentos.
- De color barro por completo, con la lengua negra y unos ojos grises claros que brillaban con ferocidad indecible. Lo primero que vio en el parque fue a Bertha; su delantal estaba tan inmaculadamente blanco y limpio que se podía notar a gran distancia. Bertha vio que el lobo se dirigía hacia ella, y empezó a desear que nunca la hubieran dejado entrar al parque. Corrió lo más rápido que pudo, y el lobo se le vino detrás a grandes saltos. Logró llegar a un macizo de arbustos de mirto y se escondió en la parte más espesa. El lobo olfateaba entre las ramas, con la negra lengua afuera del hocico y los ojos grises claros brillantes de rabia. Bertha estaba espantosamente aterrada, y decía para sí misma: “si no hubiera sido tan extraordinariamente buena ahora estaría a salvo en el pueblo”. Sin embargo, el aroma del mirto era tan fuerte que el lobo no podía olfatear a Bertha en su escondite, y los arbustos eran tan espesos que hubiera podido buscar mucho tiempo sin encontrarla, de modo que pensó que sería mejor irse a cazar más bien un cerdito. Bertha temblaba fuertemente con el susto de tener al lobo olfateando tan cerca, y al temblar, la medalla de obediencia golpeaba contra las de buena conducta y puntualidad. El lobo ya se marchaba cuando oyó el ruido de las medallas que tintineaban y se detuvo a escuchar; sonaron otra vez en un arbusto muy cercano. Se lanzó entre los arbustos, con un resplandor de ferocidad y de triunfo en los ojos grises claros, y arrastró a Bertha y la devoró hasta el último trocito. Todo lo que quedó de ella fueron los zapatos, pedazos de ropa, y las tres medallas ganadas por su bondad.
- ¿Alguno de los cerditos murió?
- No, todos se salvaron.
- El cuento empezó mal – dijo la menor de las niñas -, pero tiene un final muy bonito.
- Es el cuento más bonito que he oído en mi vida – dijo la mayor de las niñas, con inmensa decisión.
- Es el único cuento bonito que yo he oído en mi vida – dijo Cyril.
- ¡Es un cuento muy poco apropiado para niños pequeños! Usted ha socavado los efectos de años de enseñanza cuidadosa.
- De cualquier modo – dijo el señor, recogiendo sus pertenencias para bajarse del vagón – los tuve quietos diez minutos, que fue más de lo que usted pudo hacer.
“¡Infeliz mujer! – observó para sí mismo mientras recorría el andén de la estación de Templecombe -; durante los próximos seis meses o algo así, esos niñitos la acosarían en público para que les cuente un cuento poco apropiado.”
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6/14/2007 04:10:00 a. m.
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Etiquetas: cuentos, relatos indiscretos
