-

.

SEARCH GOOGLE

..

-

Mostrando entradas con la etiqueta espiritus vampiros. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta espiritus vampiros. Mostrar todas las entradas

domingo, 7 de diciembre de 2008

VAMPIROS

VAMPIROS



Vampiros

El artículo que a continuación transcribo está tomado del Dictionaire Infernal, editado en París en 1865.
El Dictionaire es un libro hermoso, con muchos grabados y artículos, que hablan de demonios, magia y
otros menesteres sobrenaturales. Me interesó la sección sobre vampiros por tratarse de una recopilación
de creencias anteriores a la masificación y consiguiente homogeneización del mito. Por ser incapaz de
leer francés tuve que esperar pacientemente hasta que alguien de buena voluntad, que resultó ser don
Mayén Gajardo (a quien agradezco sinceramente), se dio el trabajo de hacer una traducción. Ésta se hizo
en tiempo real, leyendo y grabando, así que el resultado es un texto comprensible, pero no muy depurado.
Espero poder presentarlo en poco tiempo en un españl algo mejor. Mientras tanto, pongo el texto aquí a
disposición de los interesados.
Ojo para quienes estudien en la Universidad Austral, en la bella ciudad de Valdivia: el Dictionaire está
disponible en el área de referencia; es uno de los libros de la biblioteca del gran Luis Oyarzún, donada a
la UACH en forma póstuma.
--------------------------------------------------------------------------------
Lo más notable en las historias de vampiros, es que han compartido con los filósofos -esos otros
demonios- el honor de asombrar y confundir al siglo XVIII; han horrorizado la Lorena, la Prusia, la
Silesia, Polonia, Austria, Rusia, la Bohemia, y todo el norte de Europa. Cada siglo, es cierto, ha tenido sus
modas; cada país, como lo observa el señor Calmet, ha tenido sus prevenciones y sus enfermedades. Pero
los vampiros no han aparecido con todo su esplendor en los siglos bárbaros y en los pueblos salvajes: se
han mostrado en el siglo de Diderot y Voltaire, en la Europa que se decía ya civilizada.
Se ha dado el nombre de upiers oupires, y más generalmente de vampiros en Occidente, de bruculaques
(vroucolacas) en Moreé, y de katahanés en Ceilán, a los hombres muertos y enterrados que después de
muchos años, o al menos después de muchos días, volvían en cuerpo y alma, hablaban, caminaban,
infestaban las aldeas, maltrataban a hombres y a los animales, y sobre todo, chupaban la sangre de sus
prójimos, los agotaban y les producían la muerte {esta es la definición que da el R.P. Calmet}. No era
posible librarse de sus visitas peligrosas y de sus infestaciones mas que cuando se les exhumaba, se les
empalaba, se les cortaba la cabeza, se les arrancaba el corazón o se les quemaba.
Los que morían chupados se transformaban habitualmente en vampiros a su vez. Los diarios públicos de
Francia y de Holanda hablan, en 1693 y 1694, de vampiros que aparecían en Polonia, y sobre todo en
Rusia. Se ve en el Mercure Galant de esos años que era una opinión muy común en los pueblos que los
vampiros aparecían después del mediodía y hasta la medianoche; que chupaban la sangre de los hombres
y de los animales vivos con tanta avidez que a menudo esa sangre les salía por la boca, por las narices, y
por las orejas, y algunas veces, lo que es aún más duro, sus cadáveres nadaban en la sangre en el fondo de
sus ataúdes.
Se decía que estos vampiros, como tenían continuamente gran apetito, comían también la ropa que se
encontraba alrededor de ellos. Se agrega que, saliendo de sus tumbas, se iban en la noche a abrazar
violentamente a sus parientes o a sus amigos, y que chupaban la sangre apretándoles la garganta, para
impedirles que gritaran. Los que eran chupados se debilitaban de tal modo que morían casi de inmediato.
Las persecuciones no se dirigían a una persona solamente: se extendían también de un vampiro hasta el
último de la familia o de la aldea, a menos que se interrumpiera el curso cortando la cabeza o perforando
el corazón de un vampiro, cuando se encontraba el cadáver blando, flexible, pero fresco, aunque muerto
hacía mucho tiempo. Como salía de sus cuerpos una gran cantidad de sangre, algunos la mezclaban con
harina para hacer pan: ellos pretendían que comiendo ese pan se podían proteger de atentados del
vampiro.
He aquí algunas historias de vampiros:
El señor de Vassimont, enviado a Moravia por el duque de Lorraine, Leopoldo I, aseguraba, dice Calmet,
que este tipo de espectro aparecía frecuentemente y por largo tiempo donde los moravos, y que era muy
común en esa zona que hombres muertos se presentasen en las reuniones después de muchas semanas, se
sentasen en la mesa sin decir nada a sus conocidos, e hiciesen un signo con la cabeza a alguno de los
asistentes, el cual moría infaltablemente algunos días después.
Un viejo cura confirma este hecho al señor de Vassimont, y cita incluso muchos ejemplos que habían
pasado, según él decía, delante de sus ojos.
Los obispos y los curas de la zona habían consultado a Roma sobre estas confusas materias, pero la Santa
Sede no dio respuesta, pues consideraba todo esto como visiones. Por de pronto se aconsejaba desenterrar
los cuerpos de los que se transformaban, quemarlos o consumirlos de alguna otra manera, y fue por este
medio que se libraron de estos vampiros, que día a día se hicieron menos frecuentes. De todas maneras
estas apareciones dieron lugar a una pequeña obra compuesta por Ferdinando de Schertz, e impresa en
Olmutz en 1706 bajo el título de Magia Posthuma. El autor cuenta que en cierta aldea una mujer, estando
muerta y con todos los sacramentos, fue enterrada en el cementerio de manera normal. Claramente no se
trataba de una persona excomulgada, pero tal vez sí una sacrílega. Cuatro días más tarde los habitantes de
la aldea oyeron un gran ruido y vieron un espectro que se presentaba bajo la forma de un perro. Después,
bajo la forma de un hombre, no a una persona solamente, sino a muchas. Este espectro apretaba la
garganta de las personas a las cuales se dirigía, les apretaba el estómago hasta sofocarlas, les quebraba
casi todo el cuerpo y los reducía a una debilidad extrema, de modo que se les veía pálidos, flacos y
extenuados. Los animales mismos no estaban tampoco al abrigo de su maldad: amarraba las vacas una a
otra por la cola, cansaba a los caballos y atormentaba de tal manera al rebaño, de cualquier forma, que no
se escuchaban más que mugidos y gritos de dolor. Estas calamidades duraron varios días, y no se
terminaron más que quemando el cuerpo de la mujer vampiro.
El autor de la Magia Posthuma cuenta otra anécdota más singular aún. Un pastor de la aldea de Blow,
cerca del pueblo de Kadam, en Bohemia, apareció poco tiempo después de su muerte con los síntomas
que anuncian el vampirismo. El fantasma llamaba por su nombre a ciertas personas, que morían
infaltablemente dentro de ocho días. Atormentaba a sus antiguos vecinos, y causaba tanto temos, que los
paisanos de Blow desenterraron su cuerpo y lo fijaron en la tierra con una estaca con la cual le
atravesaron el corazón. este espectro, que hablaba aún cuando estaba muerto, y que no debería haberlo
hecho en tal situación, se burlaba sin embargo de los que le hacían sufrir tal tratamiento.
"Ustedes son muy graciosos", les decía, abriendo su gran boca de vampiro, "al darme un bastón para
defenderme contra los perros". No se puso atención a lo que él pudiese decir, y se le dejó. La noche
siguiente quebró la estaca, se levantó, asustó a muchas personas y ahogó a más de los que había ahogado
hasta el momento. Se lo entregaron al verdugo, quien lo puso sobre una carreta para transportarlo fuera de
la aldea y quemarlo. El cadáver movía los pies y las manos, daba vuelta los ojos ardientes, y chillaba
como un furioso. Cuando lo atravesaron de nuevo con una estaca lanzó grandes gritos y expulsó sangre
muy roja; pero cuando estuvo bien quemado, no se mostró más...
También en el siglo XVIII se hablaba contra los resucitados de este tipo; y en muchos lugares, cuando se
les desenterraba, se les encontraba perfectamente frescos y sonrosados, con los miembros flexibles y
manipulables, sin verde y sin pudrición, pero no sin una gran hediondez.
El autor que nosotros hemos citado asegura que en su tiempo se veían a menudo vampiros en las
montañas de Silesia y de Moravia. Aparecían en pleno día, así como en la mitad de la noche, y uno se
daba cuenta de que las cosas que les habían pertenecido se movían y cambiaban de lugar sin que persona
alguna pareciera tocarlas. El único remedio contra estas apariciones era cortar la cabeza y quemar el
cuerpo del vampiro.
Hacia el año 1725 un soldado que estaba de guardia donde un paisano en las fronteras de Hungría vio
entrar, en un momento de la comida, un desconocido que se sentó a la mesa cerca del jefe de la casa. este
se asustó mucho, así como el resto de la concurrencia. El soldado no sabía que pensar, y temía ser
indiscreto haciendo preguntas, pues ignoraba de que se trataba. Pero cuando el dueño de casa murió al día
siguiente, trató de conocer al sujeto que había producido este accidente, y puso a toda la casa en acción.
Se le dijo que el desconocido que él había visto entrar y sentarse a la mesa, para gran temor de la familia,
era el padre del dueño de la casa, que estaba muerto y enterrado desde hacía diez años, y que al venir así,
a sentarse cerca de su hijo, había traído la muerte. El soldado contó estas cosas en su regimiento, y se
encomendó a los oficiales que dieran cuenta al conde de Cabréras, capitán de infantería, para hacer un
informe de este hecho. Cabréras se dirigió al lugar con otros oficiales, un cirujano y un auditor,
escucharon las exposiciones de toda la gente de la casa, quienes atestiguaron que el resucitado no era otro
que el padre del dueño de casa, y que todo lo que el soldado había dicho era exacto, lo que fue
confirmado también por gran parte de los habitantes de la aldea. En consecuencia,se hizo desenterrar el
cuerpo de este espectro. Su sangre era fluída, y su carne tan fresca como la de un hombre que acaba de
morir. Se le cortó la cabeza, después de lo cual se le volvió a su tumba. Luego de otras informaciones, se
exhumó a un hombre que había muerto hacía treinta años, y que había regresado tres veces a su casa, a la
hora de la comida, y que había chupado del cuello, la primera vez, a su propio hermano, la segunda, a uno
de sus hijos, y la tercera, a un valet de la casa. Los tres habían muerto casi en el lugar. Cuando este viejo
vampiro fue desenterrado se le encontró, como al primero, con la sangre fluída y el cuerpo fresco. Se le
colocó un gran clavo en la cabeza, y en seguida se le volvió a su tumba. El conde de Cabréras hizo
quemar a un tercer vampiro que estaba enterrado hacía dieciseis años, y que había chupado la sangre y
causado la muerte a dos de sus hijos. Después de todo esto, la región se tranquilizó.
Se ha visto, de todo lo anterior, que generalmente, cuando se exhuma a los vampiros, sus cuerpos parecen
rosados, flexibles, bien conservados. Sin embargo, a pesar de todos estos indicios de vampirismo, no se
actuaba contra ellos sin informes judiciales. Se citaba y se escuchaba a los testigos, se examinaban las
razones de los demandantes, se consideraban con atención los cadáveres, y si todo anunciaba a un
vampiro, se les entregaba al verdugo, quien los quemaba. A veces acontecía que estos espectros aparecían
hasta tres y cuatro días después de su ejecución, aún cuando sus cuerpos habían sido reducidos a cenizas.
A menudo se difería el entierro por seis o siete semanas a ciertas personas sospechosas. Cuando ellos no
se podrían, y sus miembros se mantenían flexibles y su sangre fluía, entonces se les quemaba. Se
aseguraba que los trajes de estos difuntos se movían y cambiaban de lugar sin que ninguna persona los
tocara. El autor de la Magia Posthuma cuenta que se veía en Olmutz, a fines del siglo XVII, a uno de
estos vampiros, que, no habiendo sido enterrado, lanzaba piedras a los vecinos y molestaba terriblemente
a los habitantes.
Calmet informa, como una circunstancia particular, que en las aldeas que están infestadas de vampirismo,
si uno va al cementerio o visita las fosas, se encuentra que tienen dos o tres o muchos hoyos del grosor
del dedo. Si uno escarba entonces en estas fosas, siempre encuentra un cuerpo flexible y rosado. Si se
corta la cabeza de este cadáver, sale sangre fluída de sus venas y de sus arterias, fresca y abundante. Los
sabios benedictinos se preguntan enseguida acaso estos hoyos que aparecen en la tierra que cubre los
vampiros pueden constribuir a conservar una especie de vía de respiración, de vegetación, que hace más
creíble su retorno entre los vivos; ellos piensan con razón que esta idea, fundada por lo demás en los
hechos, no es ni probable ni digna de atención.
El mismo escritor cita, además, sobre los vampiros de Hungría, una carta de M. de l'Isle de Saint-Michel,
quien vivió mucho tiempo en los países infestados, y que debían saber algo. He aquí cómo M. de l'Isle se
explica a propósito de esto:
"Si una persona que se encuentra atacada de languidez, pierde el apetito, enflaquece a ojos vista, y al cabo
de ocho o diez días, algunas veces una quincena, muere sin fiebre y sin nungún otro síntoma de
enfermedad, más que su enflaquecimiento y su sequedad, se dice en Hungría que es un vampiro lo que se
ha adherido a esta persona, y le chupa la sangre. Aquellos que son atacados por esta melancolía negra, la
mayoría de las veces, teniendo el espíritu confundido, creen ver un espectro blanco que les sigue por
todas partes, como la sombra lo hace con el cuerpo.
"Cuando nosotros estábamos en invierno donde los Valaques, dos caballeros de la compañía de la cual yo
era corneta murieron de esta enfermedad, y muchos otros, que habían sido atacados, habrían
probablemente muerto de lo mismo si un caporal de nuestra compañía no hubiese curado sus
imaginaciones al ejecutar el remedio que la gente de la región empleaba para esto: aunque muy singular,
yo no lo he leído nunca. He aquí:
"Se escoge un joven, se le hace montar en pelo sobre un potro, absolutamente negro; se lleva al joven y al
caballo al cementerio; ellos se pasean sobre todas las fosas. Aquella sobre la cual el animal rehusa pasar,
a pesar de los golpes de espuela que se le dan, se considera que está encerrando a un vampiro. Se abre
esta fosa, y se encuentra un cadáver tan bello y tan fresco como si fuera un hombre tranquilamente
dormido. Se corta, de un golpe de hacha, el cuello de este cadáver; sale sangre abundantemente, de la más
bella y de la más roja, o al menos se cree verla así. Una vez hecho esto, se vuelve a colocar el vampiro en
su fosa, se la llena, y se puede asegurar que desde ese momento la enfermedad cesa, y todos aquellos que
habían sido atacados recobran sus fuerzas, poco a poco, como la gente que escapa de una larga
enfermedad agotadora..."
Los griegos llaman a sus vampiros brucolaques; ellos están convencidos de que la mayor parte de los
espectros de excomunión son vampiros, que no se pueden podrir en sus tumbas, que ellos aparecen tanto
de día como de noche, y que es muy peligroso encontrarse con ellos.
León Allatius, que escribía en el siglo XVII, entra en este tema con grandes detalles. Él asegura que en la
isla de Chio los habitantes no contestan más que cuando se les llama dos veces, porque están convencidos
de que los brucolaques no los pueden llamar más que una sola vez; aún más, ellos creen que cuando un
brucolaque llama a una persona viva, si esta persona responde, el espectro desaparece, pero el que ha
respondido muere al cabo de algunos días. Se cuenta lo mismo sobre los vampiros de Bohemia y
Moravia.
Para prevenir la fuensta influencia de los brucolaques, los griegos desentierran el cuerpo del espectro y lo
queman, después de haber recitado oraciones. entonces el cuerpo, reducido a cenizas, no aparece más.
Ricaut, que viaja por el Levante en el siglo XVII, agrega que el temos a los brucolaques es general entre
los turcos, así como entre los griegos. Él cuenta un hecho, recibido de un caloyer, el que asegura que la
cosa es cierta bajo juramento.
Un hombre, habiendo muerto excomulgado, por una falta que había cometido en la Moreé, fue enterrado
sin ceremonia en un lugar apartado, y no en tierra santa. Los habitantes fueron bien pronto asustados por
apariciones horribles que atribuyeron a este desgraciado. Se abrió su tumba, al cabo de algunos años, y se
encontró su cuerpo inflado, pero sano y bien dispuesto. Sus venas estaban repletas de sangre que él había
chupado. Se reconoció en él a un brucolaque. Después de que se discutió qué es lo que se podía hacer, los
caloyeres propusieron desmembrar el cuerpo, reducirlo a pedazos, y hacerlo hervir en vino, ya que esa es
la costumbre que ellos tienen desde tiempos muy antiguos respecto de los brucolaques. Sin embargo, los
parientes lograron, a fuerza de ruegos, que se diferiera la ejecución; el cuerpo fue puesto en la iglesia,
donde se le dedicaban todos los días oraciones por su descanso. Una mañana que el caloyer hacía el
servicio divino, se escuchó de golpe una especie de detonación en el ataud. Lo abrieron, y se encontró el
cuerpo disuelto, como debe ser aquel de un muerto enterrado desde hace diez años. Se tomó nota del
momento en que se produjo el ruido, y era precisamente la hora en que la absolución acordada por el
patriarca había sido firmada...
Los griegos y los turcos imaginan que los cadáveres de los brucolaques comen durante la noche, se
pasean, hacen la digestión de lo que han comido, y se alimentan realmente. Ellos cuentan que al
desenterrar estos vampiros los encuentran de color rosado, y que las venas están hinchadas por la cantidad
de sangre que ellos han chupado; que cuando se abre su cuerpo, salen chorros de sangre tan fresca como
la de un hombre con temperamento sanguíneo. Esta opinión popular se ha extendido en forma tan general,
que todo el mundo cuenta historias relacionadas.
La costumbre de quemar los cuerpos de los vampiros es muy antigua en gran parte de otros países.
Guillermo de Neubrige, que vivío en el siglo XII, cuenta {vease Guillermo Neubrig, Rerum anglicarum,
libro V, cap. XXII} que en su época se vio en Inglaterra, en el territorio de Buckingham, un espectro que
aparecía en cuerpo y alma, y que asustaba a su mujer y a sus parientes. Uno no podía defenderse de su
amenaza mas que haciendo gran ruido cuando se acercaba. Él se mostraba incluso en pleno día, a ciertas
personas. El cura de Lincoln pidió al respecto su consejo, y él le dijo que situaciones similares se habían
producido en Inglaterra, y que el único remedio que él conocía para este mal era quemar el cuerpo del
espectro. Al cura no le pareció bueno este consejo, por ser muy cruel. Él escribió una cédula de
absolución, la que fue puesta sobre el cuerpo del difunto, el que se encontraba tan fresco como el día de
su enterramiento, y desde entonces el fantasma no se mostró más. El mismo autor agrega que las
apariciones de este tipo eran muy frecuentes en Inglaterra.
En cuanto a la opinión extendida en el Levante respecto a que los espectros se alimentan, está muy
difundida durante siglos en otras regiones. Hace mucho tiempo que los alemanes están persuadidos que
los muertos mastican como los chanchos en sus tumbas, y que es fácil escucharlos gruñir al masticar lo
que ellos devoran. Phillipe Rherius, en el siglo XVII, y Michel Raufft, a principios del siglo XVIII, han
publicado tratados sobre los muertos que comen en sus sepulcros {De masticatione mortuorum in
tumulis}.
Después de haber hablado del convencimiento que tienen los alemanes, en el sentido de que hay muertos
que se comen su ropa, y todo lo que está a su alcance, incluso su propia carne, estos escritores hacen notar
que en algunas partes de Alemania, para impedir que los muertos mastiquen, se les pone en su ataud un
terrón bajo el mentón, que además se les llena la boca con un pedazo de plata, y que otros les aprietan
fuertemente la garganta con un pañuelo. Ellos citan a muertos que se han devorado a sí mismos en sus
sepulcros.
Es de asombrarse de ver sabios encontrar algo prodigioso en estos hechos tan naturales. Durante la noche
que siguió a los funerales del conde Henri de Salm, se escuchó en la iglesia de la abadía de Haute-Seille,
donde él había sido enterrado, gritos sordos, que los alemanes habrían sin duda tomado por el gruñido de
una persona que mastica, y al día siguiente, al abrir la tumba del conde, se le encontró muerto pero dado
vuelta, con la cara hacia abajo, siendo que él había sido inhumado de espaldas: se le había enterrado vivo.
Se debe atribuir a una causa similar la historia contaba por Raufft de una mujer de Bohemia, que en 1345
comió en su fosa la mitad de su mortaja sepulcral.
En el último siglo, un pobre hombre que había sido inhumado precipitadamente en el cementerio, se
escuchó durante la noche ruido en su tumba. Fue abierta al día siguiente, y se encontró que se había
comido la carne de sus brazos. Este hombre, que había bebido aguardiente con exceso, había sido
enterrado vivo.
Una señorita de de Ausburgo cayó en tal letargo que se la creyó muerta. Su cuerpo fue puesto en una fosa
profunda, sin cubrirla de tierra. Pronto se escuchó un ruido en la tumba, pero no se le prestó atención. Dos
o tres años después, alguien de la misma familia murió, se abrió la tumba y se encontró el cuerpo de la
señorita cerca de la piedra que cerraba la entrada: ella había en vano tratado de mover esa piedra, y no
tenía dedos en la mano derecha, pues los había devorado de desesperación.
Tournefort cuenta, en el tomo I de su Viaje al Levante, la forma en que el vio exhumar a un brucolaque de
la isla de Mycone, en la cual él se encontraba en 1701.
"Era un campesino de naturaleza triste y peleador, circunstancia que hay que hacer notar en sujetos
similares. Fue muerto en el campo, no se sabe por quien ni como. Dos días después de haber sido
inhumado en una capilla de la villa, corrió la noticia de que se le veía en la noche pasearse a grandes
pasos, y que iba a las casas a dar vuelta los muebles, apagar las lámparas, abrazar a la gente por detrás y
hacer mil travesuras. Al principio se reían, pero el asunto se tornó serio cuando la gente más honesta
comenzó a quejarse. Los papas griegos estaban de acuerdo con este hecho y sin duda que ellos tendrían
algunas razones para ello. Sin embargo, el espectro continuaba la misma vida. Se decidió al fin, en una
asamblea de príncipes de la villa, curas y religiosos, que se esperaría, según no sé qué ceremonial antiguo,
los nueve días posteriores al enterramiento. Al día décimo se dio la misa en la capilla en donde estaba el
cuerpo, a fin de expulsar al demonio que se creía que estaba allí. Una vez que se dio la misa, se desenterró
el cuerpo y se consideró necesario quitarle el corazón, lo que sacó aplausos a toda la asamblea. El cuerpo
olía tan mal que se vieron obligados a quemar incienso; pero este, confundido con el mal olor, no hizo
más que aumentarlo y comenzó a recalentar el cerebro de esa pobre gente. Su imaginación se llenó de
visiones. Dicen que salía un espeso humo de este cuerpo; nosotros nos atreveríamos a asegurar, dice
Tournefort, que era el del incienso. No se escuchaban gritos más que Vroucolacas en la capilla y en la
plaza. El ruido se expandió en las calles como por por mugidos, y ese nombre parecía hecho para
aterrorizar a todos. Muchos asistentes aseguraban que la sangre estaba aún roja; otros juraban que él
estaba aún vivo; se concluía por lo tanto que el muerto cometía la equivocación de no estar muerto, o,
para decirlo mejor, de de haber sido reanimado por el diablo. Esta es precisamente la idea que se tiene de
un brucolaque o vroucolaque. Las personas que lo habían enterrado expresaron que ellos se habían dado
cuenta de que no estaba rígido, cuando se le transportaba del campo a la iglesia para enterrarlo, y que en
consecuencia era un verdadero brucolaque. Ese es el refrán. En fin, todos estuvieron de acuerdo en
quemar el corazón del muerto, el que después de esta ejecución no fue mas dócil que antes. Aún se le
acusaba de golpear a la gente en la noche, y de vaciar las pipas y las botellas. Era un muerto muy
alterado. Yo creo, agrega Tournefort, que él no respetó más que la casa del cónsul en la cual nosotros nos
alejábamos. Pero todo el mundo tenía la imaginación desbocada, era una verdadera enfermedad del
cerebro, tan peligrosa como la manía y la rabia. Se veía a familias enteras abandonar sus casas, llevando
sus colchonetas a la plaza para dormir allí. Los más juiciosos se retiraron al campo. Los ciudadanos un
poco celosos por el bien público aseguraron que había faltado lo más esencial de la ceremonia: era
necesario, decían ellos, celebrar una misa después de haber quitado el corazón del difunto. Ellos
pretendían que con esta pretensión se sorprendería al diablo, y sin duda no tendría la audacia de volver.
Al haber comenzado con la misa él había tenido tiempo de entrar después de haberse escapado. Sin
embargo, se hicieron procesiones en toda la aldea durante tres días y tres noches. Se le pidió a los papas
que ayunaran, se determinó hacer guardia durante la noche, y se detuvo a algunos vagabundos que sin
duda tenían parte en todo este desorden. Pero se les dejó libres muy temprano, y dos días después, para
reponerse del ayuno que habían hecho en prisión ellos recomenzaron a vaciar las pipas de vino de
aquellos que habían abandonado su casa durante la noche. Por lo tanto fue necesario volver a las
plegarias.
"Una mañana en que se recitaban estas oraciones, después de haber puesto cantidades de espadas
desnudas sobre la fosa del cadáver, al cual se le desenterraba tres o cuatro veces por día, siguiendo el
capricho del primero que llegaba, un albano que se encontraba en Mycone dijo en tono doctoral que era
ridículo utilizar en casos similares las espadas de los cristianos. ">No ven ustedes, pobre gente, que la
guarnición de las espadas, al formar una cruz con las empuñaduras, impide al diablo salir de este cuerpo?
>Por qué no se sirven ustedes mejor de los sables de los turcos?" El consejo no sirvió de nada: el
brucolaque era intratable, y no se sabía a qué santo encomendarse, hasta que se resolvió, de una voz
unánime, quemar el cuerpo entero. Después de esto ellos desafiaban al diablo a alojarse allí. Se preparó
por lo tanto una pira al extremo de la isla de Saint-Georges, y los restos del cuerpo fueron consumidos el
1. de enero de 1701. A partir de entonces no se escuchó más hablar del brucolaque: se contentaron con
decir que el diablo había sido atrapado esta vez, y se hicieron cantos para ponerlo en ridículo.
"En todo el archipiélago, dijo Tournefort, estamos bien persuadidos que no es más que de los griegos del
rito griego de los cuales el diablo reanima los cadáveres. Los habitantes de la isla de Santonine conocen
muy bien este tipo de espectros. Los de Mycone, después de que sus visiones fueron desvanecidas, temían
igualmente las persecuciones de los turcos, y aquellas del cura de Tine. Ningún cura quería quedarse en
Saint-Georges cuando se quemó el cuerpo, por temor a que el obispo exigiera una suma de dinero por
haber hecho desenterrar y quemar un muerto sin su permiso. Para los turcos es seguro que en la primera
visita ellos lograron hacer pagar a la comunidad de Mycone la sangre de este pobre vuelto a la vida que
fue la abominación y el horror de su región."
Se publicó, en 1773, una pequeña obra titulada Pensamiento filosófico y cristiano sobre los vampiros, por
Juan Cristóbal Herenberg. El autor habla, a la pasada, de un espectro que se le apareció a él mismo en
pleno mediodía: él afirma que los vampiros no hacen morir a los vivos y que todo lo que se dice no debe
ser atribuído más que a la confusión de la imaginación de los enfermos. Él prueba, por diversas
experiencias, que la imaginación es capaz de causar grandes desórdenes en el cuerpo y en el estado de
ánimo. Hace notar que en Eslavonia se empala a los asesinos, y que se perfora el corazón de los culpables
con una estaca que se les entierra en el pecho. Si se ha empleado el mismo castigo contra los vampiros, es
porque se les supone autores de las muertes de aquellos a los que se dice que les chupan la sangre.
Cristóbal Herenberg da algunos ejemplos de este suplicio ejercido contra los vampiros, algunos desde el
año 1337, otros en el año 1347, etc.; habla de la opinión de aquellos que creen que los muertos mascan en
sus tumbas, opinión que el trata de probar por la antig"uedad de las citas de Tertullien, al comienzo de su
libro de la Resurrección, y de San Agustín en el libro VIII de la Ciudad de Dios.
En cuanto a esos cadáveres que se han encontrado, él dice, llenos de una sangre fluída, y en los cuales la
barba, los cabellos y las uñas se han renovado, con un poco de preocupación se pueden rebatir los tres
cuartos de estos prodigios; y aún hay que ser muy benevolente para admitir una parte. Todos aquellos que
razonan conocen bien cómo el vulgo es crédulo, y aún como ciertas historias hacen crecer las cosas, que
parecen extraordinarias. Sin embargo, no es imposible explicar físicamente la causa. Se sabe que hay
ciertos terrenos que son adecuados para conservar los cuerpos en todo su frescor: las razones han sido tan
explicadas que no es necesario detenerse en ello.
Se muestra aún en Toulouse, en una iglesia, una bodega donde los cuerpos permanecen tan perfectamente
enteros, que se han encontrado en 1789 que habían algunos de cerca de dos siglos, y que parecían vivos.
Los habían ordenado de pie contra las murallas, y llevaban aún los vestidos con los cuales se les había
enterrado.
Lo que hay de más singular es que los cuerpos que se ponen del otro lado de esta misma bodega se
transforman dos o tres días después en la comida de los gusanos. En cuanto al crecimiento de las uñas, de
los cabellos y de la barba, eso se nota muy a menudo en muchos cadáveres. Mientras queda humedad en
los cuerpos no es sorprendente que durante cierto tiempo se vea algún aumento en partes que no exigen la
afluencia de jugos vitales. En cuanto al grito que los vampiros hacen escuchar cuando se les entierra la
estaca en el corazón, nada es más natural. El aire que se encuentra encerrado en el cadáver, y que se hace
salir con violencia, produce necesariamente este ruido al pasar por la garganta: a menudo aún los cuerpos
muertos producen estos sonidos sin que se les toque.
He aquí una anécdota que puede explicar algunas de las características del vampirismo, que no
pretendemos negar o explicar. El lector sacará las consecuencias que de ello deriven naturalmente. Esta
anécdota ha sido informada en muchos diarios ingleses, y particularmente en el Sun del 22 de mayo de
1802.
A comienzos de abril del mismo año, el llamado Alexander Anderson se dirigía de Elgin a Glasgow,
sufrió una cierta enfermedad, y entró en una hacienda que se encontraba en la ruta, para descansar un
poco. Ya sea por haber estado ebrio, sea por no querer ser inoportuno, se fue a acostar en una casucha
donde se cubrió de paja, de manera de pasar inadvertido. Desgraciadamente, después de que él se hubo
dormido, la gente de la hacienda tuvo ocasión de agregar una gran cantidad de paja a aquella de la cual el
hombre se había servido, y no fue más que tras cinco semanas que se le descubrió en esta singular
situación. Su cuerpo no era más que un esqueleto horrible y descarnado. Su espíritu estaba tan confundido
y enajenado que no daba ningún signo de comprensión: ya no podía hacer uso de sus pies. La paja que
había rodeado su cuerpo estaba reducida a polvo, y aquella que estaba cerca de su cabeza parecía haber
sido masticada. Cuando se le retiró de esta especie de tumba, tenía las mejillas prácticamente apagadas,
aún cuando sus latidos eran muy rápidos, la piel estaba húmeda y fría, los ojos inmóviles y muy abiertos,
y la mirada asombrada. Después de que se le hizo tragar un poco de vino recobró suficientemente el uso
de sus facultades físicas e intelectuales para decirle a una de las personas que le interrogaban que la
última circunstancia que recordaba era aquella en la cual había sentido que se le lanzaba paja sobre el
cuerpo, pero parecía que después de aquello no tuvo más conocimiento de su situación. Se supuso que él
había permanecido permanentemente en un estado de delirio, ocasionado por la escasez de aire y por el
olor de la paja, durante las cinco semanas que él había pasado así, si no sin respirar, al menos respirando
difícilmente y sin tomar más alimento que el poco de sustancia que pudo extraer de la paja que le rodeaba
y que él tuvo el instinto de masticar.
"Este hombre tal vez viva aún. Si su resurrección hubiera tenido lugar en poblaciones infectadas por la
idea del vampirismo, tomando en cuenta sus grandes ojos, su aire despistado, y todas las circunstancias de
su situación, lo habrían quemado antes de darle tiempo de volver en sí; y sería un vampiro más."

miércoles, 18 de junio de 2008

LOS “ESPÍRITUS” VAMPIROS -- ESCRITOS EXOTERICOS

LOS “ESPÍRITUS” VAMPIROS

_
Cada una de las cosas organizadas de este mundo, tanto del visible como del
invisible, tiene un elemento apropiado para sí misma. El pez vive en el agua; la
planta consume el ácido carbónico, el cual, por el contrario, es mortal para el
animal y el hombre. Algunos seres están organizados para vivir en las capas más
enrarecidas del aire; otros en las más densas. La vida, para unos, pende de la luz del sol,
mientras que para otros precisa de la obscuridad. De este modo la sabia economía de la
Naturaleza adapta siempre alguna forma viva a cada una de las condiciones existentes.
Estas analogías permiten inferir que en toda la Naturaleza no existe punto alguno
inhabitado, y que además cada cosa viviente cuenta con cuantas condiciones se precisan
para su vida. Ahora bien; admitiendo que en el universo existe una parte invisible, la
disposición inmutable de la Naturaleza autoriza la conclusión de que semejante parte
está ocupada, ni más ni menos que la parte visible, y desde el momento en que existen
espíritus, fuerza es aceptar la existencia de una gran diversidad de los mismos, dentro
de su mundo respectivo.
Decir que todos los espíritus son iguales entre sí, o que están adaptados a un mismo
medio ambiente, o, en fin, que poseen poderes idénticos, o que obedecen a las mismas
afinidades y atracciones, sería tan absurdo como pensar que todos los animales son
anfibios, o que todos los hombres pueden nutrirse con la misma clase de alimentos.
Razonable es, pues, el suponer que los espíritus más groseros están sumergidos en los
más profundos abismos de la atmósfera espiritual, es decir, de lo más cercano a nuestra
tierra, mientras que las naturalezas más puras, están muchísimo mas lejos del terrestre
ambiente… Suponer lo contrario y pensar que cualquiera de estos girados de espíritus
pueden ocupar el sitio ni las condiciones de los otros, equivaldría como a esperar que en
ley de hidráulica dos líquidos de diferentes densidades pueden cambiar el grado que le
corresponde en el aerómetro de Baumé.
Görres relata (Mystiques, III, 63) una conversación que él tuvo con algunos hindúes de
la costa de Malabar. Habiéndoles preguntado si entre ellos se presentaban espíritus o
apariciones respondieron: “–Sí; pero son malos espíritus. Los buenos se aparecen
poquísimas veces. Los malos espíritus aquellos son generalmente los de los suicidas y
personas asesinadas, es decir, de las que han muerto de un modo violento, quienes
revolotean en torno nuestro y se nos aparecen como fantasmas, engañando a las gentes
de cortos alcances y tentando a las demás personas de mil maneras diferentes,
siéndoles la noche especialmente favorable para ello.”
Porfirio (De Sacrificiis, capitulo de El verdadero culto) nos presenta sobre esto algunos
hechos repugnantes cuya verdad está comprobada por la experiencia de todos los
estudiantes de magia. “El alma de las gentes perversas –dice –tiene, aun después de la
muerte, cierto apego a su cuerpo y una afinidad hacia él proporcionada a la violencia
con que se quebrantó su unión. Por eso nosotros, cuando desarrollamos ciertas
facultades, podemos ve r a muchos espíritus cernerse, poseídos de desesperación, en
torno de sus restos terrenales y hasta buscar anhelantes los. pútridos despojos de otros
cuerpos, y, sobré todo, la sangre recientemente derramada, la que, por un momento,
parece comunicarles algunas de las facultades de la vida.” Si algún espiritista pone en
duda las palabras del gran teurgo, no tiene más que ensayar en sus sesiones de
materialización los efectos de una poca de sangre humana fresca. ”Los dioses y los
ángeles se nos aparecen –dice Jámblico –en medio de paz y de Armonía, y los demonios
malos, revolviéndolo todo sin orden ni concierto… En cuanto a las almas ordinarias, es
muy raro el que podamos percibirlas.”
El alma, en efecto, nace en este mundo abandonando el otro mundo, en el cual ha
existido antes de encarnar en la Tierra… Ella parece luego morir cuando se separa de su
cuerpo, en el cual como en frágil barca ha cruzado por esta vida… Pero esta muerte no
aniquila el alma, sino que la transforma tan sólo, ora en un ser protector de esos que los
romanos conocían y reverenciaban con tal nombre y con el de manes, penates y lares,
ora, si ha sido perverso, en una larva, un lemur, un espíritu errante, terror de los
malvados… Cuando por razón de vicios, crímenes y pasiones animales un espíritu
desencarnado ha caído en la octava esfera: el Hades alegórico pagano o el gehnna de la
Biblia, que es la región más próxima a nuestra Tierra, puede arrepentirse con el
vislumbre de razón y de conciencia que aún conserva… Un ardiente deseo de resarcirse
de sus sufrimientos; un ferviente anhelo de retorno, pueden conducirle de nuevo hacia
la atmósfera terrestre, donde quedará errante y sufriendo más o menos en su triste
soledad. Sus instintos le impulsarán a buscar con avidez el contacto de los vivos…
Tales espíritus son los invisibles, pero demasiado palpables vampiros magnéticos; los
demonios subjetivos tan bien conocidos por las monjas y frailes extáticos de la Edad
Media y por los “brujos” a quienes tanta celebridad dió el Martillo de Hechiceros;
verdaderos clarividentes sensitivos según sus propias confesiones. Son los demonios
sanguinarios de Porfirio; las larvas y lemures de los antiguos; los abominables
instrumentos de sugestión que condujeron a tantas desgraciadas y débiles víctimas al
tormento y al patíbulo. Orígenes sostiene que cuantos demonios obsesionaban a los
energúmenos del Nuevo Testamento eran “espíritus” humanos… Moisés sabía
perfectamente quiénes eran estos desgraciados y no ignoraba las tremendas
consecuencias a que estaban expuestas las personas que cedían a tales influencias
demoníacas, por cuyo motivo promulgó sus terribles decretos contra tales “brujos”.
Jesús, en cambio, lleno de justicia y de divino amor hacia la Humanidad, se limitaba a curarlos en lugar de matarlos. Más tarde, andando los tiempos, nuestro clero, el
pretendido modelo de virtudes cristianas, siguió la ley de Moisés, prescindiendo de
Aquel a quien llamaban “su Dios Vivo”, y quemaron por millares a los pretendidos
hechiceros,… ¡Hechicero! ¡Fatídico nombre que llevaba aparejada antaño la muerte más
ignominiosa y que hoy día, levanta, en cambio, una tempestad de sarcasmos y de
ridículo!…
La historia de los sortilegios de Salem, tal como los encontramos registrados en las
obras de Cotton, Mather, Calef, Upham y otros, son un trágico capítulo de la historia de
Norteamérica, que jamás ha sido descrito de acuerdo con la verdad de los hechos.
En el pueblo de Salem Vitcheraft, cuatro o cinco muchachas se sintieron convertidas
en médiums espontáneas, como hoy diríamos, por haber convivido con una negra india
del Oeste norteamericano, quien era muy ducha en las operaciones de magia negra
conocidas por rito de Obeah. Las indicadas muchachas se empezaron a sentir como
maltratadas por alfilerazos, pellizcos y mordiscos en diferentes partes de su cuerpo,
debidos a invisibles espectros que no las dejaban un momento de reposo. La célebre
Narración de Deodat Lawson (Londres, 1704), consigna que “aquellos espíritus,
obsesores de las muchachas, las maltrataban por el conocido método hechiceril del
emboutement, o sea de las figurillas de cera, trapos, etcétera, representando a las
víctimas, y sobre las que clavaban los alfileres, daban los pellizcos, etc., que luego, por
telepatía, experimentaban las infelices jovenzuelas”. Mr. Upham nos refiere que Abigail
Hobles, una de estas muchachas, reconoció que había hecho pacto con el diablo, “el cual
se le aparecía bajo la forma de un mancebo, y le mandaba que atormentase a las
doncellas a quienes conocía, llevándole imágenes de madera que más o menos se les
pareciesen y espinas para clavarlas en dichas imágenes, lo cual hacía ella al pie de la
letra, con estas últimas, recibiendo entonces aquellas muchachas idéntico dolor al que
experimentarían si las propias espinas se clavasen en sus carnes”.
Todos estos lamentables hechos históricos cuya validez ha sido comprobada por el
irrecusable testimonio de los Tribunales que entendieron en la causa, confirma la
doctrina de Paracelso, siendo por demás sorprendente que un sabio tan sesudo como
Upham, haya podido acumular en las mil páginas de sus dos volúmenes, semejante
masa de evidencia legal para demostrar la intervención en aquellos hechos de almas
ligadas aun a la Tierra y de los maliciosos espíritus de la Naturaleza, sin sospechar la
verdad ocultista que se halla detrás de estas tragedias, ya que hace algunos siglos que
Lucrecio ponía en boca del viejo Ennius estas frases de perfecto ocultismo, que dicen:
Bis duo sunt homínis: mane, caro, spíritus, umbra;
Quator ista loci bis duo suscipiant:
Terra tegil carnem; lumulam circanivolat umbra,
Orcus habet manes.
Respecto de esta clase de hechos, por increíbles que hoy parezcan a nuestro
escepticismo, no debemos preguntarnos, imparciales, cuál de los autores antiguos
menciona hechos de índole tan aparentemente sobrenatural, sino más bien, quién de
ellos es el que no los menciona. En la Odisea de Homero (v. 82) hallamos a Ulises
evocando el espíritu de su amigo el adivino Tiresias, mediante la ceremonia de la “fiesta
de la sangre”. El héroe de Troya desenvaina su espada, ahuyentando con ella a los
millares de sedientos fantasmas atraídos por el cruento sacrificio, y su mismo amigo
Tiresias no se atreve a acercarse al hoyo sangriento, mientras que Ulises blande el arma
homicida… Al troyano Eneas, en la Eneida de Virgilio (libro VI, v. 260), al tratar de
descender al reino de las sombras, la Sibila que le guía a sus umbrales, le ordena que
desenvaine su espada y se abra paso a través de la compacta muchedumbre de las
fugaces sombras que le obstruyen sedientas su camino:
Taque invade víam, vaginâque eripe ferrum.
Glanvil, en su Sadducismus Triumphatus, da una reseña maravillosa de la aparición del
“tamborilero de Tedworth”, acaecida en 1661, y en la cual el scin–lecca, o duplicado del
brujo tamborilero, se asustaba grandemente a la vista de una espada. Psellus, en su obra
De Daemon, hace una larga narración acerca del terrible estado en que se vio sumida. su
cuñada por la posesión de un daimon elementario, y de cómo fue curada aquella por el
conjurador Anaphalangis, quien comenzó amenazando con la espada desenvainada al
invisible obsesor de aquel cuerpo, hasta lograr que le desalojase. Psellus expone luego
el catecismo de la demonología en estos o parecidos términos:
“¿Deseáis saber si los cuerpos invisibles de los espíritus pueden ser heridos con una
espada u otra arma cualquiera? Pues sabed que si, que pueden serio. Un objeto duro
arrojado contra ellos les causará el correspondiente dolor como si aun viviesen aquí
abajo; porque, aunque sus cuerpos no estén ya formados de las substancias resistentes
que los nuestros, no por ello dejan de ser sensibles, porque en los seres dotados de
sensibilidad no son únicamente sus nervios los que tienen la facultad de sentir, sino que
también la tiene el espíritu que reside en ellos… Sin auxilio de organismo físico alguno,
el espíritu ve, oye y siente cualquier contacto… Si le dividís en dos, sentirá el mismo
dolor que experimentaría cualquier hombre vivo, porque su cuerpo actual no deja de ser
materia, aunque de naturaleza tan sutil que generalmente es invisible para nuestros
ojos.
… Sin embargo, hay una cosa que distingue al cuerpo del vivo del muerto, y es que
cuando se seccionan los miembros de una persona viva no pueden volver a reunirse las
dos porciones fácilmente, mientras que el tenue cuerpo etéreo de un demonio se
reintegra inmediatamente después que se le, ha cercenado por completo, a la manera
como el agua o el aire se unen después que les ha atravesado un cuerpo sólido
cualquiera. Mas, a pesar de ello, cada rasguño o herida inferida es causa de dolores para
aquel demonio, razón por la cual todos ellos temen la punta de la espada o los demás
instrumentos de defensa.
Bodin, el más sabio demonólogo de su siglo, sostiene la misma opinión tan repetida
así mismo por el Porfirio y Jámblico, siguiendo a Platón y a Plutarco, como saben
además muy bien todos los teurgistas. En la Demonología de aquel sabio se nos cuenta:
Recuerdo que en 1557 un demonio elemental de los llamados relampagueantes, cayó
con el rayo en casa del zapatero Pondot, y al punto empezaron a llover piedras en toda
la habitación, con las cuales pudo llenar un arcón el ama de la casa, cerrando enseguida
herméticamente las ventanas, lo que no impidió, sin embargo, el que las piedras
siguiesen cayendo, aunque sin dañar a ninguno de los allí presentes. El magistrado
Latomí vino a informarse, pero no bien entró cuando el espíritu le arrebató su
sombrero. Seis días iban así transcurridos cuando el consejero M. J. Morgues llegó
también a buscarme para esclarecer tal misterio. Cuando entramos en la casa ya alguien
había aconsejado al dueño de la misma que se encomendase a Dios de todo corazón y
blandiese con energía por todo el ámbito del aposento su espada desenvainada. Desde
aquel momento cesaron como por encanto aquellos fenómenos que durante una
semana les habían tenido tan molestos.”
Los libros de hechicería de la Edad Media están llenos de narraciones análogas, pero
los más antiguos filósofos no sólo mencionan relatos análogos, sino que puntualmente
los describen y analizan.
Proclo figura en primera línea en punto a semejantes maravillas. Pasma
verdaderamente la colección de hechos que presenta, corroborados por testigos, entre
ellos algunos famosos filósofos. Al recordar muchos casos de su tiempo en los que a no
pocos cadáveres se los había encontrado con diferentes posiciones en sus tumbas, lo
atribuye a que eran larvas o vampiros, “como los casos –añade –referidos por los
antiguos respecto de Aristio, Epiménides y Hermodoro”, o como los otros cinco de la
Historia de Clearco, el discípulo de Aristóteles. Para acabar, cita el caso de Filonea. Esta
hija del Demostrator, añade, casada contra su voluntad con un tal Krotero, murió poco
después, pero a los seis meses de muerta volvió a la vida, como dice Proclo, a causa de
su antiguo amor por el joven Macates, a quien visitó durante muchas noches sucesivas
hasta que ella, o mejor dicho el vampiro que hacía sus veces, murió de rabia. Su cuerpo
muerto, después de su segundo fallecimiento, fue visto por toda la ciudad en la casa de
su padre, mientras que su sepultura se encontró vacía. Semejante suceso está
confirmado por las Epístolas de Hiparco y por las de Arriedo a Filipo, según relata
Catalina Crowe en su Nighi–Side of Nature, pág. 335. Demócrito en sus escritos
referentes al Hades, diserta, en fin, ampliamente sobre las posibilidades de que algunos
muertos retornen a la vida.
Para hacerse cargo de la timidez, frivolidad y prejuicios con los que se suelen juzgar
estos y otros mil hechos del pasado, no hay sino hojear la obra del Dr. Figuier, Historia
de lo maravilloso en los tiempos modernos. La obra apoyada en testimonios tan valiosos
como el del célebre Dr. Calmeil, director del asilo de lunáticos de Charentón, se ocupa
documentadísimamente de los profetas de Cevennes; los camisardos, los jansenistas, el
diácono Paris y cien otras epidemias de neurosis consignadas en la historia de los
últimos siglos y que sólo podemos ligeramente mencionar, máxime habiendo sido
descriptos por cuantos autores modernos se han ocupado de estos problemas.
Los asombrosos fenómenos de los convulsionarios de Cevennes se presentaron como
una verdadera epidemia a fines de 1700. Las medidas inhumanas adoptadas por los
católicos franceses para extirpar aquel espíritu de profecía que había asaltado a una
población entera, son sucesos históricos sobre los que no tenemos por qué insistir. El
mero hecho de que un puñado de hombres, mujeres y niños, que apenas sumaban dos
mil personas, resistiesen durante años enteros a los 60.000 soldados del rey, es ya por sí
solo un prodigio. Todas las maravillas acaecidas a aquéllos, están registradas en los
procesos que hoy se conservan en los Archivos de Francia. Existe entre éstos el informe
oficial que el feroz abate Chayla, prior de Lava¡ elevó a Roma, y en el cual se lamenta de
que el espíritu maligno fuese tan poderoso que no bastase exorcismo ni tortura
inquisitorial alguna que alcanzase a desalojarle de los cevenneses. Añade el abate que él
mismo puso las manos de esta gente sobre carbones encendidos; que envolvió a varios
otros en algodón impregnado en aceite y les prendió fuego, sin conseguir en uno y otro
caso que se chamuscasen ni que se formase una sola ampolla en su epidermis; que se
dispararon tiros sobre ellos a quemarropa, encontrándose luego aplastadas las bajas
entre la ropa y la piel, sin producirles el menor rasguño, etc.…, etc.…
“A fines del siglo XVII –dice el Dr. Figuier después de relatar todo esto –una anciana
importó en Cevennes aquel espíritu de profecía, que bien pronto se comunicó a
diversos jóvenes de ambos sexos, acabando el contagio por ser general. Hombres,
mujeres, tiernos niños se habían constituido en torrentes de la más extraña inspiración,
expresándose, no en patois ordinario, sino en el más correcto francés, lengua tan poco
conocida en la región en aquel tiempo. Hasta los niños de pecho profetizaban. Ocho mil
profetas –continúa –se esparcieron por el país y la mitad de las facultades de Medicina
de Francia, entre ellas la de Montpeller, se apresuraron a constituirse en Cevennes,
declarándose maravilladas y confundidas al escuchar a gentes sin cultura literaria alguna
disertar eruditamente de cosas de las que jamás supieron una palabra, y hasta se
expresaban con igual lucidez ¡meros niños de teta!, durando horas y horas los tales
discursos… Aquello –añade el comentador –no fue sino una momentánea exaltación de
las facultades intelectuales, fenómenos que pueden observarse en muchas afecciones
del cerebro”… ¡Exaltación momentánea, que dura muchas horas, en cerebros de niños
de pecho, hablando en correcto francés antes de que hayan podido aprender ni una sola
palabra de su patois: ¡Oh milagro de la fisiología! Prodigio debía ser tu nombre, exclama
el católico Des Mousseaux al comentar la obra de Figuier en la suya acerca de “Las
costumbres y prácticas de los demonios”.
Vengamos ahora a los no menos célebres prodigios de los jansenistas, según el Dr.
Figuier, con gran copia de datos históricos, nos cuenta.
El diácono Paris era un jansenista que murió en 1727. Inmediatamente después de su
muerte comenzaron a ocurrir junto a su tumba los más sorprendentes fenómenos. El
cementerio rebosaba de gente desde la madrugada hasta la noche, y los jesuítas,
exasperados al ver que los herejes verificaban las curas más maravillosas y todo género
de prodigios, acudieron a las autoridades, obteniendo de ellas la orden de que se
cerrase la entrada a la tumba del célebre diácono. Pero a pesar de todos los obstáculos,
las maravillas continuaron durante unos veinte años. El obispo Douglas, que fue a París con este exclusivo objeto, visitó el sepulcro y pudo comprobar que los milagros continuaban como el primer día entre los convulsionarios, cosa que, forzosamente, se
achacó, como siempre, al diablo. El propio Hume, en sus Ensayos filosóficos, añade:
“Jamás seguramente se habrán atribuido a una sola persona tantos milagros corno los
que últimamente se han dado como acaecidos junto a la tumba del diácono Paris.
Doquiera se veían enfermos que habían sanado, sordos que habían oído y ciegos que
habían recobrado la vista por la virtud del sepulcro santo. Pero lo más extraordinario
del caso es que muchos de dichos milagros acaecieron en el sitio mismo de la tumba,
ante jueces de indiscutible seriedad y rectitud, en una época ilustrada, hechos que ni los
propios jesuítas, a pesar de ser gentes de ordinario instruidas; de contar con el apoyo de
las autoridades civiles, y de ser decididos enemigos de las opiniones en cuyo favor se
dice que fueron obrados los milagros, han sido capaces tú de negarlos, ni de refutarlos,
ni de descubrir su verdadera causa. Tal es la verdad que arroja el testimonio histórico
acerca de semejantes sucesos.”
El Dr. Middleton, en su Investigación libre, obra que escribió acerca de dichos
fenómenos a los diez y nueve años de haber comenzado y cuando ya estaban en franca
decadencia, declara que la evidencia de tales milagros es tan plena e indiscutible por lo
menos como la de las maravillas que de los apóstoles se refieren. En efecto, dichos
fenómenos, cuya autenticidad está probada por tantos millares de testigos, ante
magistrados y a despecho del clero católico entonces omnipotente, deben ser
colocados entre los más sorprendentes que registran la Historia. Carré de Montgeron,
miembro del Parlamento, que se hizo famoso por sus relaciones con los jansenistas, los
enumera cuidadosamente en los cuatro gruesos volúmenes en cuarto dedicados al rey,
bajo el título de La Vérité des miraeles operés par l´intercession de M. de Paris,
demontrée contre l'Archevêque de Sens. Por sus irrespetuosidades hacia el clero romano
fue encerrado en la Bastilla; pero era tal el cúmulo de testimonios personales y oficiales
aducidos para probar cada uno de los casos, que la obra fue aceptada.
“Una de las –convulsionarias –dice Figuier –apoyada por sus lomos en la punta de
aguda estaca, se mantenía doblada en forma de arco con la mayor impasibilidad. El
placer mayor que podía darse a esta criatura era recibir en tal posición y sobre su
estómago el golpe de un pedrusco de cincuenta libras suspendido de una polea.
Montgeron y muchos otros testigos añaden que, no sólo no mostraba magulladuras la
muchacha, sino que pedía a voz en grito que golpeasen aún más fuerte.
Juana Maulet, otra joven de veinte años, apoyada su espalda contra la pared, recibía
sobre su epigastrio centenares de golpes dados por un forzudo gañán con un martillo
de treinta libras sobre un taladro de hierro apoyado así sobre la boca del estómago de
la débil paciente. Pudiera creerse –añade Montgeron al relatarlo –que el taladro debería
hundirse en las entrañas de ésta, pero, al contrario, ella gritaba, con la cara radiante de
felicidad: “¡Oh qué delicia, y cuánto placer me causa este golpeteo ¡Valor, hermano, y golpead con doble fuerza, si podéis!…”
La relación oficial de tales maravillas, que es mucho más completa que la de Figuier,
añade otros detalles, tales como el de aquellos que serenamente se ponían a describir
sucesos distantes, luego infaliblemente comprobados; el de mantenerse en el aire
muchos de estos convulsionarios merced a una fuerza invisible y sin que todos los
esfuerzos reunidos de los miembros de la Comisión eran impotentes para obligarles a
que bajasen. Se vieron ancianas trepando con agilidad de gatos monteses por muros
verticales hasta de treinta pies de altura.
El Dr. Calmeil, director del Asilo de locos de Charentón, dió acerca de estos y otros
fenómenos análogos la acostumbrada explicación que de ellos dan los médicos: “el
meteorismo o plenitud de gases en el tubo digestivo; el estado espasmódico del útero
de las mujeres; la turgencia de las envolturas carnosas de las capas musculares que
protegen y cubren el abdomen, etc.; añadiendo que la asombrosa resistencia ofrecida
por el cuerpo de los convulsionarios era debida al histerismo o a la epilepsia, fuerza que
tiene algunos puntos de contacto con los cambios de sensibilidad que se producen por
el miedo, la cólera, en una palabra, cualquiera otra pasión de ánimo llevada hasta el
paroxismo. Para el terrible crítico católico Des Mousseaux, en su obra citada, replica
lleno de indignación ante ésta y otras opiniones semejantes de nuestra ciencia médica:
“¿Estaba el ilustrado médico completamente despierto cuando formuló tales
teorías?… Si él o el Dr. Figuier quisiesen mantener seriamente sus categóricas
afirmaciones podríamos decirles: “¿Nos permitiríais una vez, por vía de experimento,
insultaros tan duramente que estallaseis en justa indignación contra nosotros al oír de
nuestros labios, por ejemplo que falseáis la ciencia y estafáis a vuestro público, y,
aprovechando tal momento, repitiésemos con vosotros los experimentos de Cevennes,
dándoos un saludable masaje con estacas o garrotes, seguros de que otra cosa no
resultarían estos terribles golpes, dado el estado de insensibilidad a que seguramente
os llevaría vuestra cólera?”
Inútil es el añadir que el reto de Des Mousseaux ha quedado, por siempre, sin
respuesta.
Volvamos a los hechos de vampirismo.
Verdaderas o falsas, existen entre los orientales “supersticiones” de una naturaleza tal
como jamás pudieron soñar un Edgard Poe o un Hoffmann, y estas creencias se hallan
infiltradas en la misma sangre de las naciones que las dieron vida. Cuidadosamente
expurgadas de toda exageración, se verá que encierran una creencia universal en
aquellas almas astrales, inquietas y errabundas conocidas con los nombres de gulas o
vampiros. Un obispo armenio del siglo V, llamado Yeznik, cita algunos ejemplos de esta
clase en el libro I, párrafos 20 y 30, de una obra manuscrita que se conservaba hace unos
treinta años en la biblioteca del monasterio de Etchmeadzine, en la Armenia rusa. Entre
otras existe una tradición que data de los tiempos del paganismo y, según la cual,
siempre que un héroe cuya vida es todavía necesaria en la tierra, cae en el campo de
batalla, los aralez, o sean los antiguos dioses populares del país, quienes poseen la
facultad de poder volver a la vida a los que han muerto en el combate, lamen las
sangrientas heridas de la víctima, y soplan sobre ellos hasta que les han comunicado una vida nueva y vigorosa, después de lo cual, el guerrero se levanta; desaparecen todas sus heridas y vuelve a ocupar su puesto en la batalla. Pero el espíritu inmortal del héroe
vuela muy lejos, entretanto, y vive el resto de sus días en un templo abandonado y
lejano.
Tan luego, por otra parte, corno un adepto era iniciado en el último y más solemne
misterio de la transmisión de la vida, el séptimo y temible rito de la gran operación
sacerdotal que constituye la más elevada teurgia, ya no pertenece más a este mundo. Su
alma era ya libre desde aquel momento, y los siete pecados mortales, en acecho siempre
hasta entonces para devorar su corazón al tiempo en que su alma libertada por la
muerte cruzase las siete escaleras y los siete portales, ya no podían dañarle ni en muerte
ni en vida, por cuanto había pasado ya las siete dobles pruebas y los doce trabajos de la
hora final. El Sumo Hierofante era quien únicamente sabía cómo llevar a cabo esta
solemne operación de infundir su propio aliento vital y su propia alma astral en el
adepto escogido por él para sucederle, y quien de esta suerte quedaba así dotado de
una doble vida12.
La Epístola V a los Hebreos trata del sacrificio de sangre. “En donde existe un
testamento –dice –necesariamente debe mediar la muerte del testador… Sin el
derramamiento de sangre no hay remisión alguna…” La sangre produce fantasmas, y
sus emanaciones proporcionan a ciertos espíritus los materiales necesarios para formar
sus apariciones transitorias. “La sangre –dice Eliphas Levi es la primera encarnación del
fluido universal, la luz vital materializada. Su producción es la más maravillosa de todas
las maravillas de la Naturaleza; vive, porque se transforma perpetuamente, siendo el
efectivo Proteo universal. La sangre procede de principios en los cuales antes no existía
nada análogo, y que se convierte en carne, huesos, cabellos, sudor, lágrimas… La
sustancia universal, con su doble movimiento, es el gran arcano del Ser, la sangre es a su vez el gran arcano de la vida.
“La sangre, dice el hindú Ramatsariar, contiene todos los secretos de la existencia;
ningún ser viviente puede existir sin ella. El comer sangre es profanar la obra del
Creador.” Por ello Moisés, siguiendo la universal tradición prohíbe hacerlo.
Paracelso escribe que con los vapores de la sangre puede uno evocar cualquier espíritu
que desee ver, puesto que con sus emanaciones se formará una apariencia, un cuerpo
visible –pero esto es perfecta hechicería o necromancia. –Los hierofantes de Baal se
inferían profundas incisiones en su cuerpo y con su propia sangre producían apariciones
objetivas y tangibles. Los secuaces de cierta secta persa, muchos de los cuales se ven en
las cercanías de los establecimientos rusos de Temerchan–Shoura y Derbent, tienen sus
misterios religiosos, durante los cuales forman un gran círculo y giran en frenética
danza. Estando arruinados sus templos, verifican sus ritos en edificios retirados y
cerrados a toda vista desde el exterior, edificios con una gruesa capa de arena como
pavimento. Todos van vestidos con flotantes vestiduras blancas y las cabezas desnudas
y afeitadas. Armados de cuchillos y excitados por la macabra danza, pronto llegan a un
grado tal de excitación furiosa que comienzan a herirse a sí propios y a los otros hasta
que no pueden más y el pavimento queda empapado en sangre. Antes de que semejante
“Misterio” termine, cada hombre tiene un compañero con quien danza. Algunas veces
los espectrales bailarines tienen cabellos en sus cráneos lo cual se diferencian de los
naturales de sus inconscientes cabezas. Como hemos prometido solemnemente el no
divulgar los demás detalles de esta terrible ceremonia que sólo hemos presenciado una
vez, debemos abandonar este punto, añadiendo que durante el tiempo en que
estuvimos en Petrovsk, del Cáucaso, presenciamos otro misterio semejante.
Antiguamente las hechiceras de Tesalia añadían algunas veces a la sangre del célebre
cordero negro, la de un niño, para mejor evocar las sombras. A los sacerdotes se les
enseñaba el arte de evocar los espíritus de los muertos, así como los de los elementos,
pero su manera de proceder no era ciertamente las de aquellas terribles hechiceras.
Entre los yakuts de Siberia, en los mismos confines del lago Bai kal y junto al río
Vitema, existe otra tribu que practica la hechicería tal y como la ejercían las famosas
brujas de la Tesalia. Sus creencias religiosas son una mezcla extraña de superstición y de
filosofía… Según ellas las almas de los muertos se convierten en “sombras” condenadas
a vagar sobre la tierra hasta que se verifique cierto cambio, ora favorable, ora adverso,
que ellos explican, por supuesto. Las sombras luminosas o sean las de los buenos, se
convierten en los guardianes o protectores de aquellos a quienes han amado en la
tierra. Las sombras obscuras, siempre procuran, por el contrario, causar daño a cuantos
en vida conocieron, incitándoles al crimen y demás malas acciones perjudicando así por
todos los medios a los mortales… Durante los sacrificios de sangre, que siempre se
verifican de noche, los yakuts evocan las sombras obscuras o malvadas para saber de
ellas el modo cómo han de contener su malignidad. La sangre les es necesaria para esta,
porque sin sus vapores, no podrían aquéllas hacerse visibles, y aun serían, creen, más
peligrosas, pues que la extraerían de las personas vivientes por medio de la
transpiración. En cuanto a las sombras buenas o luminosas, ellas no precisan ser
evocadas así, porque les desagrada, y porque cuando quieren, pueden hacer sentir, sin
necesidad de nada, su presencia.
La evocación por medio de la sangre se practica también, aunque con diferente objeto,
en distintos puntos de Bulgaria y de Moldavia, especialmente en los distritos vecinos a los musulmanes. La tiranía y esclavitud horribles a que han estado sujetos estos desgraciados cristianos durante siglos les ha hecho mil veces más impresionables y más supersticiosos. El día 7 de Mayo de cada año, los habitantes de Bulgaria y Moldavia
Valaca celebran “la fiesta de los muertos”. En efecto, después de puesto el sol, multitud
de hombres y mujeres, llevando sendos cirios en las manos, acuden a los cementerios y
oran sobre las tumbas de sus difuntos.
Esta antigua y solemne ceremonia, llamada Trizna, es una reminiscencia general de los
primitivos ritos cristianos; pero era más solemne todavía mientras duró la esclavitud
musulmana… Entre los habitantes de las ciudades la ceremonia es ya meramente
rituaria; pero entre algunos campesinos el rito toma proporciones de toda una
evocación teúrgica. La víspera del día de la Ascensión, las mujeres búlgaras encienden
una porción de lámparas y cirios; junto a las tumbas colocan crisoles sobre trípodes, y el
incienso perfuma la atmósfera en un grandísimo radio alrededor. Desde que anochece
hasta un poco antes de la media noche, y en memoria del muerto, se convida a comer a
los amigos y a un cierto número de mendigos, obsequiándoles además con vino y raki o
aguardiente, y se distribuye dinero a los pobres. En cuanto ha terminado la fiesta, se
acercan los convidados a la tumba, y llamando al difunto por su nombre, le dan las
gracias por las bondades de que han sido objeto. Cuando ya todos, incluso los parientes
más cercanos, se han ido marchando, una mujer, generalmente la de más edad, se queda
sola con el muerto, y se asegura que procede entonces a la ceremonia de la evocación.
Prosternada de hinojos, y después de fervientes súplicas al muerto una y mil veces
repetidas para que se presente, la mujer se extrae un número mayor o menor de gotas
de sangre del lado izquierdo de su pecho y las deja caer lentamente sobre la tumba.
Esto da fuerza al invisible espíritu del muerto que vaga en derredor del sepulcro,
permitiéndole, por algunos instantes, el asumir forma visible y dar sus instrucciones
adecuadas a la cristiana teurgista o bien bendiciéndola simplemente y desapareciendo
hasta el año próximo. Tan firmemente está arraigada semejante creencia, que, con
motivo de una dificultad de familia, hemos oído a una mujer moldava proponer a su
hermano el demorar toda decisión acerca del asunto debatido hasta que en la noche de
la Ascensión pudiese el padre resolver la dificultad, cosa a la que el hermano accedió
como si su padre se hallase en la habitación contigua.
Que en la Naturaleza existen secretos terribles, bien puede creerlo el que, como
nosotros, ha sido testigo del caso del zuachar ruso, caso en el que no pudo el hechicero
morir hasta que comunicase a otro la palabra, lo cual rara vez dejan de hacerlo por su
parte los hierofantes de la Magia Blanca.
Los hindúes creen tan firmemente como los servíos y húngaros en los vampiros. “El
hecho de un espectro que reaparece para chupar la sangre humana, dice el Dr. Pierart
famoso mesmerizador, en un artículo sabio de la Revue Spiritualiste, volumen IV, no es tan inexplicable como parece, y menos para los espiritistas, quienes admiten los
fenómenos llamados de bicorporeidad o duplicación del alma. Esas manos espectrales
que hemos estrechado, esos miembros materializados que tan palpablemente hemos
visto en las sesiones mediumnímicas, son una prueba evidente acerca de cuántas y
cuántas cosas son posibles, bajo condiciones favorables, para esos espectros de lo astral
evocados por ellas.”
Al así expresarse el respetable médico, no hace sino reproducir la teoría cabalista
acerca de los shandim, o sea de la categoría más inferior de todos los seres espirituales.
Al referirnos Maimónides en su obra Abodah Sarah que las gentes de su tiempo se veían
obligadas a mantener íntimas relaciones con sus difuntos, describen las fiestas de
sangre que en tales casos se celebraban. Cavaban al efecto un hoyo en el suelo en el
cual vertían sangre fresca y, colocando encima del mismo una mesa, evocaban a los
espíritus, quienes presurosos acudían, contestando a todas sus preguntas. No obstante
de ello, Pierart, con toda su doctrina teurgista acerca del vampirismo, se muestra
indignadísimo contra la superstición del clero al ordenar que se atraviese con una estaca
el corazón de todo cadáver sobre quien hayan recaído sospechas de vampirismo.
En tanto que la forma astral del muerto no esté completamente desprendida del
cuerpo, existe, en efecto, cierta trabazón en virtud de la cual, mediante la atracción
magnética, puede obligarse a aquella forma a que retorne y se posesione de nuevo del
cuerpo. Acontece en ocasiones que la forma astral no se ha desprendido de éste más
que a medias, por decirlo así, cuando el cuerpo es enterrado por presentar todas las
apariencias de una muerte efectiva. En semejantes horribles casos, el alma astral,
aterrada, retorna violentamente a su envoltura de carne, y entonces la desdichada
víctima, o bien acaba de morir realmente tras el paroxismo de las atroces angustias de
la sofocación, o bien, si durante su existencia terrestre, ha sido groseramente material,
se convierte en un vampiro…
En este segundo caso, empieza para el mísero cataléptico, así enterrado en vida, una
existencia verdaderamente bicorpórea, en la que el cuerpo que yace aprisionado en la
tumba es sostenido con la sangre o fluidos vitales que sus cuerpos astrales
fantasmáticos roban aquí y allá a los vivos, porque, es sabido, que esta última forma
etérea puede ir donde le plazca y, en tanto que el lazo que la mantiene unida al cuerpo
no se rompa, vagar en forma ya visible ya invisible, alimentándose arteramente de sus
humanas víctimas. A juzgar por todas las apariencias, semejante espíritu logra
seguidamente el transmitir, mediante una disposición misteriosa e invisible que acaso
llegue a ser explicada algún día, el producto de su succiones fluidicas al cuerpo material
que yace inerte en el fondo de la tumba, contribuyendo así a perpetuar en cierto modo
aquel su estado de catalepsia,
Brierre de Boismont cita algunos casos por el estilo, completamente auténticos, que
ha tenido a bien calificar de “alucinaciones”. “Una reciente investigación ha demostrado
–dice un periódico francés –que en 1871 dos cadáveres fueron sometidos al infame
tratamiento de la superstición popular, por instigación del clero… ¡Oh ciega
preocupación!, “pero el Dr. Pierart, citado por el escritor católico Des Monsseaux quien
resueltamente admite el vampirismo, exclama: “–¿Ciega superstición, decís? Sí, tan
ciega como gustéis, pero, ¿de dónde provienen tales preocupaciones? ¿Por qué se han
perpetuado ellas a través de todas las épocas y en tantísimos países? Después de la
infinidad de casos de vampirismos como se han visto, ¿debemos decir nosotros que hoy
ya no sucede tal cosa y que los casos que de ello se relatan jamás tuvieron sólido
fundamento? De la nada, nada se hace. Cada creencia, cada costumbre, procede de los
hechos y causas que le han dado origen. Si nunca se hubiese visto aparecer en el seno de
las familias de ciertos países, seres revestidos de las ordinarias apariencias, de los
muertos yendo a chupar la sangre de una o varias personas y si de esto no hubiese
resultado la muerte por extenuación de la víctima, nadie hubiese ido jamás a
desenterrar los cadáveres a los cementerios, ni jamás hubiésemos presenciado nosotros
el hecho increíble de haberse encontrado personas enterradas varios años antes, con el
cuerpo blando y flexible, los ojos abiertos, la tez sonrosada, con la boca y narices llenas
de sangre y manando sangre a torrentes en el acto de ser decapitada”.
Uno de los más importantes ejemplos de vampirismo figura en las cartas reservadas
del filósofo, marqués d'Argens, y en la Revue Britanique de Marzo de 1837, el viajero
inglés Pashley describe algunos casos de que tuvo noticia en la isla de Candía. El Dr.
Jobard, sabio belga, anticatólico y antiespiritista, da testimonio de otros casos análogos
en su obra acerca de Les Hauts Phenomenes de la Magie, pág. 199.
“No quiero examinar, dice el obispo de Avrauches Huet (Huetiana, página 81), si los
casos de vampirismo que se relatan diariamente son verdaderos o meros frutos de un
error popular, mas es lo cierto que han sido atestiguados por tantos autores
competentes y fidedignos y por un número tan considerable de testigos de vista, que
nadie debe decidirse en esta cuestión sin contar con una gran dosis de prudencia.”
Aquel buen señor de Des Mousseaux, que tanto se ha molestado recogiendo
materiales para su teoría demonológica, nos sale con algunos ejemplos sensacionales
para demostrar que todos estos casos se deben a la intervención del diablo, el cual toma
las formas fantasmáticas de los muertos para revestirse de ellas y vagar por las noches
chupando la sangre de las gentes, explicación que a nosotros nos parecería excelente si
no pudiésemos arreglarnos con otras mejores sin traer a la escena a personaje tan
siniestro. Si de una vez para siempre queremos creer en el retorno de los espíritus,
tenemos una multitud de perversos sensualistas, miserables y criminales de todas
clases, especialmente suicidas, capaces de rivalizar en malicia con el mismísimo diablo
en sus mejores días, que ya es bastante por sí solo el vernos actualmente obligados a
creer en lo que vemos y sabemos que es un hecho, o sea en los espíritus, sin necesidad de
añadir a nuestro panteón de espectros a un diablo a quien nadie ha visto nunca.
Sin embargo, en lo que al vampirismo se refiere, hay particularidades interesantísimas
que recoger, desde el momento en que la creencia en tal fenómeno ha existido desde
las épocas más remotas en todos los países. Las naciones eslavas, los griegos, válacos y
servios, dudarían primero de la existencia de sus enemigos los turcos que del hecho
relativo a la existencia de los vampiros. Los brucolak o vurdalak, como son
denominados estos últimos, son huéspedes sobrado familiares en el hogar eslavo para
que se dude de ellos. Escritores del mayor talento, hombres tan integérrimos como
llenos de perspicacia, se han ocupado del asunto creyendo en él por supuesto.… ¿De
dónde proviene esta máxima creencia a través de los tiempos; esa identidad de detalles
y analogías en las descripciones de aquel singular fenómeno, que encontramos en el
testimonio jurado de pueblos extraños los unos a los otros y que discrepan, sin
embargo, por completo respecto a otras varias supersticiones?
“Hay –dice Dom Calmet, escéptico monje benedictino del siglo XIX, en su artículo
Apparitions (vol. II, pág. 47 de la obra antes citada) –dos procedimientos distintos para
destruir la creencia de estos pretendidos espectros… El primero consiste en explicar los
prodigios del vampirismo por medio de meras causas físicas: el segundo en negar
completamente la verdad de tales relatos, cosa que consideramos lo más seguro y más
prudente”.
El primer procedimiento de explicar, en efecto, el vampirismo por medio de causas
físicas, aunque ocultas, es el adoptado por la escuela de Mesmerismo de Pierart, y, no
son ciertamente los espiritistas quiénes más derecho puedan tener de rechazar lo
plausible de esta explicación. El segundo plan, sin embargo, es el adoptado por los
hombres de ciencia y por los escépticos. Según advierte Des Mousseaux, no hay camino
que menos filosofía requiera que este procedimiento expedito de la negación rotunda
de lo que se ignora.
“Cierto día –añade Dom Calmet –empezó a aparecerse inopinadamente a los
habitantes de una aldea, cerca de Kodom, el espectro de un pastor, y, a consecuencia del
susto, o bien por otra causa cualquiera, todos murieron antes de una semana.
Exasperados los demás campesinos ante aquello, fueron en busca del cadáver del pastor
y le desenterraron, clavándole con una gran estaca en el suelo. Otra vez se apareció, sin
embargo su espectro aquella. misma noche, sumiendo a la población en terrores casi
apocalípticos y matando por sofocación a varios habitantes, en vista de lo cual, las
autoridades locales entregaron el cuerpo del pastor al verdugo, el cual le quemó en un
campo vecino. El cadáver –añade Des Mousseaux al comentar el hecho –aullaba como
un loco, pateando y resistiéndose como si estuviese vivo, arrojando rojas oleadas de
sangre por la herida de la estaca, y las apariciones de su espectro no cesaron hasta que
el cuerpo todo no quedó reducido a cenizas.
“En más de una ocasión –continúa Dom Calmet –varios agentes de la justicia visitaron
los lugares que, según públicos rumores, eran frecuentados por espectros. Los cadáveres
de éstos fueron al punto exhumados y siempre se observó sano y sonrosado el cuerpo
de todos los sospechosos de vampirismo. Se observaba también que los objetos
familiares de las casas antaño habitadas por ellos en vida, se movían extrañamente sin
que nadie los tocase. Por un celo muy natural, las autoridades se negaban generalmente
a la cremación o a la decapitación, sin cumplir antes los procedimientos legales: se
citaban, pues, testigos, y sus declaraciones eran oídas y atentamente meditadas. Luego
se pasaba al examen de los cadáveres desenterrados, y si presentaban, por su parte, las
inequívocas señales dichas de su vampirismo, eran entregados al verdugo.
“La dificultad principal, empero, de todo esto –termina Dom Calmet –consiste en
saber el cómo y cuándo estos vampiros pueden abandonar sus tumbas y, luego de
realizar sus proezas, tornar a entrar en ellas, sin que parezca que la tierra haya sido removida lo más mínimo, habiéndosele visto por los testigos con sus habituales
vestidos, comiendo y vagando en fin, de un lado a otro, cual si estuviesen vivos… Y si
todo ello no es sino pura fantasía por parte de quienes se vieron favorecidos por
semejantes visitas, ¿por qué, indefectiblemente se encuentran luego en sus respectivas
sepulturas los cadáveres de tales espectros, frescos y flexibles, llenos de sangre, y sin
ofrecer en su cuerpo señales de descomposición alguna?
¿Cómo explicar el que al día siguiente de la noche en que repetidos espectros
aterrorizaron con su aparición a los vecinos, sus pies resultaban sucios, y cubiertos de
barro, cosa que no se observaba en modo alguno con los demás cadáveres del mismo
cementerio? ¿Por qué, una vez quemados los cuerpos de los vampiros, nunca tornan a
aparecer sus espectros y por qué, en fin, han ocurrido casos semejantes con tanta
frecuencia en este país, haciendo imposible el desterrar de él tamañas supersticiones?”.
Existe, a no dudarlo, un estado de semimuerte, fenómeno de naturaleza desconocida y
desechado, por tanto, como superstición por la fisiología y la psicología de nuestra
época. En semejante estado, el cuerpo está virtualmente muerto, y en los casos de
aquellas personas en los que la materia haya predominado sobre el espíritu, sin que una
perversión absoluta, sin embargo, haya destruido “el hilo de oro” que une al alma
humana con su Supremo Espíritu, una vez que el cuerpo físico yace abandonado a sí
mismo, el alma astral se irá desprendiendo de él por medio de esfuerzos graduales,
separándose completamente de aquél al romper el eslabón último de los corpóreos
vínculos. A partir de este momento, una polarización magnética repelerá violentamente
al hombre etéreo, de la masa orgánica de su cuerpo, ya en franca descomposición, y
toda la dificultad consiste, primero, en que nosotros nos imaginamos que el momento
de tal separación entre los dos cuerpos es aquel en que el hombre es declarado muerto
por la ciencia, y no después, y segundo, en la incredulidad dominante acerca de la
existencia, sea del alma, sea del espíritu, mantenida injustamente por esa misma ciencia.
Pierart trata de demostrar en su trabajo que son siempre peligrosos los
enterramientos prematuros, aun cuando ofrezca señales indudables de putrefacción.
“Los infelices muertos catalépticos –dice –enterrados como muertos efectivos en
lugares secos y frescos en donde el cuerpo no puede ser destruido por causas locales, su
espíritu, (es decir, su cuerpo astral), revistiéndose de un cuerpo fluidico (o etéreo) se ve
impelido a abandonar su tumba y a ejecutar, a expensas de los seres vivientes, los actos
peculiares de su vida física, los de nutrición muy especialmente, y cuyos elementos
gracias a un misterioso lazo existente entre el cuerpo y el alma, lazo que la ciencia
espiritualista explicará algún día, son transmitidos al cuerpo material que yace en la
sepultura, ayudándole de este modo a conservar su mísera existencia. Semejantes
espíritus, vagando en sus cuerpos efímeros, han sido vistos con frecuencia alejándose o
retornando a los cementerios, y se ha sabido que, cayendo sobre vivos, les han chupado la sangre, vampirizándoles. Ulteriores investigaciones judiciales, luego, han venido a demostrar que, a consecuencia de tamaña monstruosidad, sobrevenía una
extraordinaria hemación o desangre de las víctimas, quienes por ello, más de una vez
habían sucumbido.”
Así, pues, al tenor del piadoso consejo de Dom Calmet, o debemos persistir en negar
los hechos, o bien, si es que hemos de aceptar los testimonios humanos y legales, muy
dignos de respeto, aceptar la única explicación posible dada por Glanvil al decir en el
volumen II, pág. 70 de su Sadducismus Triumphalus, que “las almas de los difuntos se
encarnan en vehículos aéreos o etéreos, como está plenamente comprobado por
hombres tan eminentes como el Dr. More, al evidenciar que semejante doctrina fue
siempre la de los Santos Padres y los más antiguos filósofos…”
Antes de abandonar el repulsivo tema del vampirismo, y sin otra garantía que la de
habérnoslo comunicado varios testigos fidedignos, queremos citar un caso más para
que pueda servir de ejemplo:
A principios de este siglo, acaeció en Rusia uno de los más horribles casos de
vampirismo que la Historia registra. El gobernador de la provincia de Tch*** era un
hombre de unos sesenta años, y de un carácter celoso, malicioso y cruel. Investido de
una autoridad despótica, la ejercía sin contemplación alguna, llevado siempre del
primer impulso de sus brutales instintos. Se había enamorado el gobernador de una
linda muchacha, hija de un oficial subordinado suyo, y, a pesar de que la doncella estaba
prometida a un joven que la amaba extraordinariamente, el tirano obligó al padre de la
muchacha a que la desposase con él y no con el joven. Presa de la mayor desesperación,
la pobre víctima llegó a ser la esposa del viejo, quien bien pronto se mostró lleno de
celos, llegando hasta golpearla y encerrarla semanas enteras en su domicilio sin dejarla
hablar con nadie más que en su presencia. Por último, el odioso gobernador cayó
enfermo cierto día y murió; pero al sentir ya próximo su inevitable fin, hizo jurar a su
esposa que no se volvería a casar, conminándola, con las más horribles imprecaciones,
de que en el caso de que faltase a su juramento, llegaría hasta salir del sepulcro, y la
mataría.
El tirano fue enterrado en el cementerio de la ciudad que cae al otro lado del río, y su
libertada viuda, de allí a poco, venciendo sus escrúpulos por su juramento, dió de nuevo
oídos a las instancias de su antiguo novio, y quedaron comprometidos ambos para
casarse en plazo breve.
La noche misma de la acostumbrada fiesta esponsalicia, cuando ya se había retirado
todo el mundo, se alborotó la antigua casa con unos angustiosos gritos de horror y
lamentos que salían de la cámara de la novia. Se forzaron al punto las puertas y se vio
con sorpresa que la infeliz mujer yacía desmayada en su lecho, al par que se percibía el
ruido como de un carruaje saliendo del patio. El cuerpo de la joven estaba lleno de
cardenales debidos, al parecer, a fuertes pellizcos recibidos, y en su cuello se veía una
como ligerísima punzada de la que brotaban gotitas de sangre. Todo el mundo quedó
pronto pasmado de. horror al volver en sí la viuda y narrar aterrorizada que su difunto
marido, el gobernador, había entrado súbitamente y sin saber cómo en la cerrada
habitación, exactamente como en vida, con la diferencia de presentar en su semblante
una horrible palidez cadavérica, y la había golpeado y pellizcado cruelmente, después
de haberle echado en cara su inconstancia.
Inútil es añadir que nadie dió crédito a semejante relato, pero a la mañana siguiente el
centinela apostado en el otro extremo del puente por el que cruza el río, refirió que,
momentos antes de la media noche, un carruaje arrastrado por seis caballos, pasó con
velocidad vertiginosa por el puente, en dirección de la ciudad y sin hacer el menor caso
de las voces de ¡alto!, que se le dieron.
El nuevo gobernador, que no creía en la historia de semejante aparición, tornó la
precaución, sin embargo, de doblar los centinelas de la otra parte del puente, a pesar de
lo cual, el suceso se repetía noche tras noche con desesperante regularidad. Los
soldados custodios de la barrera del pontazgo, declaraban unánimes que, a pesar de
todos sus cuidados y de los esfuerzos hechos para detenerle, el fantástico carruaje
pasaba velozmente por delante sin que fuesen ellos capaces de impedirlo. Todas las
noches también se oía en el patio de la casa el mismo ruido, prolongado y sordo, del
coche consabido; los vigilantes, juntamente con los criados y la familia de la viuda.
quedaban sumidos al punto en un profundo sueño, y todas las mañanas resultaba, en
fin, la pobre víctima, magullada, ensangrentada y desfallecida.
No hay que decir la consternación que tamaño suceso producía ya en toda la ciudad.
Los médicos no acertaban a explicar aquel caso; los sacerdotes se constituían en el
palacio de la viuda para en él pasar la noche en oración, mas al acercarse el instante de
la media noche todos caían presa de un letargo invencible. El mismo arzobispo llegó de
la capital y practicó en persona la ceremonia del exorcismo, pero a la mañana siguiente
se halló a la viuda en estado más deplorable que nunca y ya próxima a morir.
Para calmar, en fin, al horrorizado vecindario, el gobernador se vio obligado a adoptar
las medidas más severas. Situó a cincuenta cosacos a lo largo del puente con orden
terminante de detener a todo trance al carruaje–fantasma. Sonaron, sin embargo, las
doce campanadas de la media noche y se vio venir veloz el coche por el camino del
cementerio. El oficial de guardia y un sacerdote, crucifijo en mano, se plantaron delante
de la barrera del pontazgo, gritando a la vez:
–En el nombre de Dios y en el del Czar, ¿quién viene aquí? –A lo que, una cabeza harto
conocida por todos, apareció por la ventanilla del coche, y una voz, que no lo era menos,
contestó con energía:
–¡El Consejero secreto de Estado y Gobernador C!… –y en el mismo instante, el
sacerdote, el oficial y los cincuenta soldados fueron lanzados violentamente a un lado,
cual sacudidos por una conmoción eléctrica, al par que el fantástico y lujoso tren
cruzaba veloz sin que nadie pudiese detenerle.
El arzobispo, entonces, y como último recurso, apeló al procedimiento sancionado por
el tiempo, o sea el de desenterrar el cuerpo y clavarlo en tierra por medio de una aguda
estaca de roble que le atravesase el corazón, cosa que fue puntualmente ejecutada con
gran pompa religiosa y en presencia de todo el pueblo. Los narradores del maravilloso
hecho me aseguraron que el cuerpo del gobernador se halló, en efecto, repleto de
sangre y con las mejillas y los labios rojos. En el momento de clavarte la estaca exhaló
un gemido, mientras que un gran chorro de sangre brotó con ímpetu a bastante altura
El arzobispo pronunció luego el exorcismo acostumbrado, y, desde entonces, no se oyó
hablar más del vampiro ni de su fantástico carruaje.
Hasta qué punto las circunstancias del caso hayan podido ser exageradas por la
tradición, no podemos decirlo, pero nosotros lo sabemos hace años por un testigo
ocular, y aun hoy día existen aún familias en Rusia cuyos ancianos miembros recuerdan
fielmente el espantoso suceso.

¿QUIERES SALIR AQUI? , ENLAZAME

-