-

.

SEARCH GOOGLE

..

-

Mostrando entradas con la etiqueta Bola de sebo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Bola de sebo. Mostrar todas las entradas

jueves, 31 de julio de 2008

BOLA DE SEBO -- GUY DE MAUPASSANT -- HISTORIA BURGESA

BOLA DE SEBO
GUY DE MAUPASSANT
_
UNA HISTORIA DE PROSTITUCION Y BURGUESIA
_
Durante muchos días consecutivos pasaron por la ciudad restos del ejercito derrotado. Más que tropas regulares, parecían hordas en dispersión. Los soldados llevaban las barbas crecidas y sucias, los uniformes hechos jirones, y llegaban con apariencia de cansancio, sin bandera, sin disciplina. Todos parecían abrumados y derrengados, incapaces de concebir una idea o de tomar una resolución; andaban sólo por costumbre y caían muertos de fatiga en cuanto se paraban. Los más eran movilizados, hombres pacíficos, muchos de los cuales no hicieron otra cosa en el mundo que disfrutar de sus rentas, y los abrumaba el peso del fusil; otros eran jóvenes voluntarios, impresionables, prontos al terror y al entusiasmo, dispuestos fácilmente a huir o acometer; y mezclados con ellos, iban algunos veteranos aguerridos, restos de una división destrozada en un terrible combate; artilleros de uniforme oscuro, alineados con reclutas de varias procedencias, entre los cuales aparecía el brillante casco de algún dragón, tardo en el andar, que seguía difícilmente la marcha ligera de los infantes.
Compañías de franco—tiradores, bautizados con epítetos heroicos: Los Vengadores de la Derrota, Los Ciudadanos de la Tumba, Los Compañeros de la Muerte, aparecían a su vez con aspecto de facinerosos, capitaneados por antiguos almacenistas de paños o de cereales, convertidos en jefes gracias a su dinero —cuando no al tamaño de las guías de sus bigotes—, cargados de armas, de abrigos y de galones, que hablaban con voz campanuda, proyectaban planes de campaña y pretendían ser los únicos cimientos, en el único sostén de la Francia agonizante, cuyo peso moral gravitaba por entero sobre sus hombros de fanfarrones, a la vez que se mostraban temerosos de sus mismos soldados, gentes del bronce, muchos de ellos valientes, y también forajidos y truhanes.
Se dijo por entonces que los prusianos iban a entrar en Rúan.
La Guardia Nacional, que desde dos meses atrás practicaba con gran lujo de precauciones prudentes reconocimientos en los bosques vecinos, fusilando a veces a sus propios centinelas y aprestándose al combate cuando un gazapillo hacía crujir la hojarasca, se retiró a sus hogares. Las armas, los uniformes, todos los mortíferos arreos que hasta entonces derramaron el terror sobre las carreteras nacionales, en tres leguas a la redonda, desaparecieron de repente.
Los últimos soldados franceses acababan de atravesar el Sena buscando el camino de Port—Audemer por Saint—Sever y Bourg—Achard, y su general iba tras ellos entre dos de sus ayudantes, a pie, desalentado porque no podía intentar nada con los jirones de un ejercito deshecho y enloquecido por el terrible desastre de un pueblo acostumbrado a vencer y al presente vencido, sin gloria ni desquite, a pesar de su bravura legendaria.
Una calma profunda, una terrible y silenciosa inquietud, abrumaron a la población. Muchos burgueses acomodados, entumecidos por el comercio, esperaban ansiosamente a los invasores, con el temor de que juzgasen armas de combate un asador y un cuchillo de cocina.
La vida se paralizó, se cerraron las tiendas, las calles enmudecieron. De tarde en tarde un transeúnte, acobardado por aquel mortal silencio, al deslizarse rápidamente, rozaba el revoque de las fachadas.
La zozobra, la incertidumbre, hicieron al fin desear que llegase, de una vez, el invasor.
En la tarde del día que siguió a la marcha de las tropas francesas, aparecieron algunos ulanos, sin que nadie se diese cuenta de cómo ni por donde, y atravesaron al galope la ciudad. Luego, una masa negra se presentó por Santa Catalina, en tanto que otras dos oleadas de alemanes llegaban por los caminos de Darnetal y de Boisguillaume. Las vanguardias de los tres cuerpos se reunieron a una hora fija en la plaza del Ayuntamiento y por todas las calles próximas afluyó el ejercito victorioso, desplegando sus batallones, que hacían resonar en el empedrado el compás de su paso rítmico y recio.
Las voces del mando, chilladas guturalmente, repercutían a lo largo de los edificios, que parecían muertos y abandonados, mientras que detrás de los postigos entornados algunos ojos inquietos observaban a los invasores, dueños de la ciudad y de vidas y haciendas por derecho de conquista. Los habitantes, a oscuras en sus viviendas, sentían la desesperación que producen los cataclismos, los grandes trastornos asoladores de la tierra, contra los cuales toda precaución y toda energía son estériles. La misma sensación se reproduce cada vez que se altera el orden establecido, cada vez que deja de existir la seguridad personal, y todo lo que protegen las leyes de los hombres o de la naturaleza se pone a merced de una brutalidad inconsciente y feroz. Un terremoto aplastando entre los escombros de las casas a todo el vecindario; un río desbordado que arrastra los cadáveres de los campesinos ahogados, junto a los de sus bueyes y las vigas de sus viviendas, o un ejercito victorioso que acuchilla a los que se defienden, hace a los demás prisioneros, saquea en nombre de las armas vencedores y ofrenda sus preces a un dios, al compás de los cañonazos, son otros tantos azotes horribles que destruyen toda creencia en la eterna justicia, toda la confianza que nos han enseñado a tener en la protección del cielo y en el juicio humano.
Se acercaba a cada puerta un grupo de alemanes y se alojaban en todas las casas. Después del triunfo, la ocupación. Se veían obligados los vencidos a mostrarse atentos con los vencedores.
Al cabo de algunos días, y disipado ya el temor del principio, se restableció la calma. En muchas casas un oficial prusiano compartía la mesa de una familia. Algunos, por cortesía o por tener sentimientos delicados, compadecían a los franceses y manifestaban que les repugnó verse obligados a tomar parte activa en la guerra. Se les agradecían esas demostraciones de aprecio, pensando, además, que alguna vez sería necesaria su protección. Con adulaciones, acaso evitarían el trastorno y el gasto de más alojamientos. ¿ A qué hubiera conducido herir a los poderosos, de quiénes dependían? Fuera más temerario que patriótico. Y la temeridad no es un defecto de los actuales burgueses de Rúan, como lo había sido en aquellos tiempos de heroicas defensas, que glorificaron y dieron lustre a la ciudad. Se razonaba —escudándose para ello en la caballerosidad francesa— que no podía juzgarse un desdoro extremar dentro de casa las atenciones, mientras en público se manifestase cada cual poco deferente con el soldado extranjero. En la calle, como si no se conocieran; pero en casa era muy distinto, y de tal modo le trataban que retenían todas las noches al alemán de tertulia junto al hogar, en familia.
La ciudad recobraba poco a poco su plácido aspecto exterior. Los franceses no salían con frecuencia, pero los soldados prusianos transitaban por las calles a todas horas. Al fin y al cabo, los oficiales de húsares azules que arrastraban con arrogancia sus chafarotes por las aceras no demostraban a los humildes ciudadanos mayor desprecio del que les habían manifestado el año anterior los oficiales de cazadores franceses que frecuentaban los mismos cafés.
Había, sin embargo, un algo especial en el ambiente; algo sutil y desconocido; una atmósfera extraña e intolerable, como una peste difundida: la peste de la invasión. Esa peste saturaba las viviendas, las plazas públicas, trocaba el sabor de los alimentos, produciendo la impresión sentida cuando se viaja lejos, muy lejos del propio país, entre bárbaras y amenazadoras tribus.
Los vencedores exigían dinero, mucho dinero. Los habitantes pagaban sin chistar: eran ricos. Pero cuanto más opulento es el negociante normando, más le hace sufrir verse obligado a sacrificar una parte, por pequeña que sea, de su fortuna, poniéndola en manos de otro.
A pesar de la sumisión aparente, a dos o tres leguas de la ciudad, siguiendo el curso del río, hacia Croisset, Dieppedalle o Biessart, los marineros y los pescadores con frecuencia sacaban del agua el cadáver de algún alemán, abotagado, muerto de una cuchillada, o de un garrotazo, con la cabeza aplastada por una piedra o lanzado al agua de un empujón desde lo alto de un puente. El fango del río amortajaba esas oscuras venganzas, salvajes y legítimas represalias, desconocidos heroísmos, ataques mudos, más peligrosos que las batallas campales y sin estruendo glorioso.
Porque los odios que inspira el invasor arman siempre los brazos de algunos intrépidos, resignados a morir por una idea.
Pero como los vencedores, a pesar de haber sometido la ciudad al rigor de su disciplina inflexible, no habían cometido ninguna de las brutalidades que les atribuían y afirmaban su fama de crueles en el curso de su marcha triunfal, se rehicieron los ánimos de los vencidos y la conveniencia del negocio reinó de nuevo entre los comerciantes de la región. Algunos tenían planteados asuntos de importancia en El Havre, ocupado todavía por el ejército francés, y se propusieron hacer una intentona para llegar a ese puerto, yendo en coche a Dieppe, en donde podrían embarcar.
Apoyados en la influencia de algunos oficiales alemanes, a los que trataban amistosamente, obtuvieron del general un salvoconducto para el viaje.
Así, pues, se había prevenido una espaciosa diligencia de cuatro caballos para diez personas, previamente inscritas en el establecimiento de un alquilador de coches; y se fijó la salida para un martes, muy temprano, con objeto de evitar la curiosidad y aglomeración de transeúntes.
Días antes, las heladas habían endurecido ya la tierra, y el lunes, a eso de las tres, densos nubarrones empujados por un viento norte descargaron una tremenda nevada que duró toda la tarde y toda la noche.
A eso de las cuatro y media de la madrugada, los viajeros se reunieron en el patio de la Posada Normanda, en cuyo lugar debían tomar la diligencia.
Llegaban muertos de sueño; y tiritaban de frío, arrebujados en sus mantas de viaje. Apenas se distinguían en la oscuridad, y la superposición de pesados abrigos daba el aspecto, a todas aquellas personas, de sacerdotes barrigudos, vestidos con sus largas sotanas. Dos de los viajeros se reconocieron; otro los abordó y hablaron.
—Voy con mi mujer —dijo uno.
—Yo también.
—Y yo.
El primero añadió:
—No pensamos volver a Rúan, y si los prusianos se acercan a El Havre, nos embarcaremos para Inglaterra.
Los tres eran de naturaleza semejante, y sin duda, por eso tenían aspiraciones idénticas.
Aún estaba el coche sin enganchar. Un farolito, llevado por un mozo de cuadra, de cuando en cuando aparecía en una puerta oscura, para desaparecer inmediatamente por otra. Los caballos herían con los cascos el suelo, produciendo un ruido amortiguado por la paja de sus camas, y se oía una voz de hombre, dirigiéndose a las bestias, a intervalos razonable o blasfemadora. Un ligero rumor de cascabeles anunciaba el manejo de los arneses, cuyo rumor se convirtió bien pronto en un tintineo claro y continuo, regulado por los movimientos de una bestia; cesaba de pronto, y volvía a producirse con una brusca sacudida, acompañado por el ruido seco de las herraduras al chocar en las piedras.
Se cerró de golpe la puerta. Cesó todo ruido. Los burgueses, helados, ya no hablaban; permanecían inmóviles y rígidos.
Una espesa cortina de copos blancos se desplegaba continuamente, abrillantada y temblorosa; cubría la tierra, sumergiéndolo todo en una espuma helada; y sólo se oía en el profundo silencio de la ciudad el roce vago, inexplicable, tenue, de la nieve al caer, sensación más que ruido, entrecruzamiento de átomos ligeros que parecen llenar el espacio, cubrir el mundo.
El hombre reapareció, con su linterna, tirando de un ronzal sujeto al morro de un rocín que le seguía de mala gana. Lo arrimó a la lanza, enganchó los tiros, dio varias vueltas en torno, asegurando los arneses; todo lo hacía con una sola mano, sin dejar el farol que llevaba en la otra. Cuando iba de nuevo al establo para sacar la segunda bestia, reparó en los inmóviles viajeros, blanqueados ya por la nieve, y les dijo:
—¿Por qué no suben al coche y estarán resguardados al menos?
Sin duda no se les había ocurrido, y ante aquella invitación se precipitaron a ocupar sus asientos. Los tres maridos instalaron a sus mujeres en la parte anterior y subieron; enseguida, otras formas borrosas y arropadas, fueron instalándose como podían sin hablar ni una palabra.
En el suelo del carruaje había una buena porción de paja, en la cual se hundían los pies. Las señoras que habían entrado primero llevaban caloríferos de cobre con un carbón químico, y mientras los preparaban, charlaron a media voz; cambiaban impresiones acerca del buen resultado de aquellos aparatos y repetían cosas que de puro sabidas debieron tener olvidadas.
Por fin, una vez enganchados en la diligencia seis rocines en vez de cuatro, porque las dificultades aumentaban con el mal tiempo, una voz desde el pescante preguntó:
—¿Han subido ya todos?
Otra contesto desde dentro:
—Sí; no falta ninguno.
Y el coche se puso en marcha.
Avanzaba lentamente, lentamente, a paso corto. Las ruedas se hundían en la nieve, la caja entera crujía con sordos rechinamientos; los animales resbalaban, resollaban, humeaban; y el gigantesco látigo del mayoral restallaba sin reposo, volteaba en todos sentidos, arrollándose y desarrollándose como una delgada culebra, y azotando bruscamente la grupa de algún caballo, que se agarraba entonces mejor, gracias a un esfuerzo mayor.
La claridad aumentaba imperceptiblemente. Aquellos ligeros copos que un viajero culto, natural de Ruán precisamente, había comparado a una lluvia de algodón, luego dejaron de caer. Un resplandor amarillento se filtraba entre los nubarrones pesados y oscuros, bajo cuya sombra resaltaba más la resplandeciente blancura del campo, donde aparecía, ya una hilera de árboles cubiertos de blanquísima escarcha, ya una choza con una caperuza de nieve.
A la triste claridad de aurora lívida los viajeros empezaron a mirarse curiosamente.
Ocupando los mejores asientos de la parte anterior, dormitaban, uno frente a otro, el señor y la señora Loiseau, almacenistas de vinos en la calle de Grand Port.
Antiguo dependiente de un vinatero, hizo fortuna continuando por su cuenta el negocio que había sido la ruina de su principal. Vendiendo barato un vino malísimo a los taberneros rurales, adquirió fama de pícaro redomado, y era un verdadero normando rebosante de astucia y jovialidad.
Tanto como sus bribonadas, se comentaban también sus agudezas, no siempre ocultas, y sus bromas de todo género; nadie podía referirse a él sin añadir como un estribillo necesario: “Ese Loiseau es insustituible”.
De poca estatura, realzaba con una barriga hinchada como un globo la pequeñez de su cuerpo, al que servía de remate una faz arrebolada entre dos patillas canosas.
Alta, robusta, decidida, con mucha entereza en la voz y seguridad en sus juicios, su mujer era el orden, el cálculo aritmético de los negocios de la casa, mientras que Loiseau atraía con su actividad bulliciosa.
Junto a ellos iban sentados en la diligencia, muy dignos, como vástagos de una casta elegida, el señor Carré-Lamadon y su esposa. Era el señor Carré-Lamadon un hombre acaudalado, enriquecido en la industria algodonera, dueño de tres fábricas, caballero de la Legión de Honor y diputado provincial. Se mantuvo siempre contrario al Imperio, y capitaneaba un grupo de oposición tolerante, sin más objeto que hacerse valer sus condescendencias cerca del Gobierno, al cual había combatido siempre “con armas corteses”, que así calificaba el mismo su política. La señora Carré-Lamadon, mucho más joven que su marido, era el consuelo de los militares distinguidos, mozos y arrogantes, que iban de guarnición a Ruán.
Sentada frente a su esposo, junto a la señora de Loiseau, menuda, bonita, envuelta en su abrigo de pieles, contemplaba con ojos lastimosos el lamentable interior de la diligencia.
Inmediatamente a ellos se hallaban instalados el conde y la condesa Hubert de Breville, descendientes de uno de los más nobles y antiguos linajes de Normandía. El conde, viejo aristócrata, de gallardo continente, hacía lo posible para exagerar, con los artificios de su tocado, su naturaleza semejante con el rey Enrique IV, el cual, según una leyenda gloriosa de la familia, gozó, dándole fruto de bendición, a una señora de Breville, cuyo marido fue, por esta honra singular, nombrado conde y gobernador de provincia.
Colega del señor Carré-Lamadon en la Diputación provincial representaba en el departamento al partido orleanista. Su enlace con la hija de un humilde consignatario de Nantes fue incomprensible, y continuaba pareciendo misterioso. Pero como la condesa lució desde un principio aristocráticas maneras, recibiendo en su casa con una distinción que se hizo proverbial, y hasta dio que decir sobre si estuvo en relaciones amorosas con un hijo de Luis Felipe, agasajáronla mucho las damas de más noble alcurnia; sus reuniones fueron las más brillantes y encopetadas, las únicas donde se conservaron tradiciones de rancia etiqueta, y en las cuales era difícil ser admitido.
Las posesiones de los Brevilles producían —al decir de las gentes— unos quinientos mil francos de renta.
Por una casualidad imprevista, las señoras de aquellos tres caballeros acaudalados, representantes de la sociedad serena y fuerte, personas distinguidas y sensatas, se hallaban juntas a un mismo lado, cuyos otros dos asientos ocupaban dos monjas, que sin cesar hacían correr entre sus dedos las cuentas de los rosarios, desgranando padrenuestros y avemarías. Una era vieja, con el rostro descarnado, carcomido por la viruela, como si hubiera recibido en plena faz una perdigonada. La otra, muy endeble, inclinaba sobre su pecho de tísica una cabeza primorosa y febril, consumida por la fe devoradora de los mártires y de los iluminados.
Frente a las monjas, un hombre y una mujer atraían todas las miradas.
El hombre, muy conocido en todas partes, era Cornudet, fiero demócrata y terror de las gentes respetables. Hacía veinte años que salpicaba su barba rubia con la cerveza de todos los cafés populares. Había derrochado en francachelas una regular fortuna que le dejó su padre, antiguo confitero, y aguardaba con impaciencia el triunfo de la República, para obtener al fin el puesto merecido por los innumerables tragos que le impusieron sus ideas revolucionarias. El día 4 de septiembre, al caer el gobierno, a causa de un error —o de una broma dispuesta intencionadamente—, se creyó nombrado prefecto; pero al ir a tomar posesión del cargo, las ordenanzas de la Prefectura, únicos empleados que allí quedaban, se negaron a reconocer su autoridad, y eso le contrarió hasta el punto de renunciar para siempre a sus ambiciones políticas. Buenazo, inofensivo y servicial, había organizado la defensa con un ardor incomparable, haciendo abrir zanjas en las llanuras, talando las arboledas próximas, poniendo cepos en todos los caminos; y al aproximarse los invasores, orgulloso de su obra, se retiró mas que a paso hacia la ciudad. Luego, sin duda, supuso que su presencia sería más provechosa en El Havre, necesitado tal vez de nuevos atrincheramientos.
La mujer que iba a su lado era una de las que se llaman galantes, famosa por su abultamiento prematuro, que le valió el sobrenombre de Bola de Sebo, de menos que mediana estatura, mantecosa, con las manos abotagadas y los dedos estrangulados en las falanges —como rosarios de salchichas gordas y enanas—, con una piel suave y lustrosa, con un pecho enorme, rebosante, de tal modo complacía su frescura, que muchos la deseaban porque les parecía su carne apetitosa. Su rostro era como una manzanita colorada, como un capullo de amapola en el momento de reventar; eran sus ojos negros, magníficos, velados por grandes pestañas, y su boca provocativa, pequeña, húmeda, palpitante de besos, con unos dientecitos apretados, resplandecientes de blancura.
Poseía también —a juicio de algunos— ciertas cualidades muy estimadas.
En cuanto la reconocieron las señoras que iban en la diligencia, comenzaron a murmurar; y las frases “vergüenza pública”, “mujer prostituida”, fueron pronunciadas con tal descaro, que la hicieron levantar la cabeza. Fijó en sus compañeros de viaje una mirada, tan provocadora y arrogante, que impuso de pronto silencio; y todos bajaron la vista excepto Loiseau, en cuyos ojos asomaba más deseo reprimido que disgusto exaltado.
Pronto la conversación se rehizo entre las tres damas, cuya recíproca simpatía se aumentaba por instantes con la presencia de la moza, convirtiéndose casi en intimidad. Se creían obligadas a estrecharse, a protegerse, a reunir su honradez de mujeres legales contra la vendedora de amor, contra la desvergonzada que ofrecía sus atractivos a cambio de algún dinero; porque el amor legal acostumbra ponerse muy hosco y malhumorado en presencia de un semejante libre.
También los tres hombres, agrupados por sus instintos conservadores en oposición a las ideas de Cornudet, hablaban de intereses con alardes fatuos y desdeñosos, ofensivos para los pobres. El conde Hubert hacía relación de las pérdidas que le ocasionaban los prusianos, las que sumarían las reses robadas y las cosechas abandonadas, con altivez de señorón diez veces millonario, en cuya fortuna tantos desastres no lograban hacer mella. El señor Carré-Lamadon, precavido industrial, se había curado en salud, enviando a Inglaterra seiscientos mil francos, una bicoca de que podía disponer en cualquier instante. Y Loiseau dejaba ya vendido a la Intendencia del ejercito francés todo el vino de sus bodegas, de manera que le debía el Estado una suma de importancia, que haría efectiva en El Havre.
Se miraban los tres con benevolencia y agrado; aun cuando su calidad era muy distinta, los hermanaba el dinero, porque pertenecían los tres a la francmasonería de los pudientes que hacen sonar el oro al meter las manos en los bolsillos del pantalón.
El coche avanzaba tan lentamente que a las diez de la mañana no había recorrido aún cuatro leguas. Se habían apeado varias veces los hombres para subir, haciendo ejercicio, algunos repechos. Comenzaron a intranquilizarse, porque salieron con la idea de almorzar en Totes, y no era ya posible que llegaran hasta el anochecer. Miraban a lo lejos con ansia de adivinar una posada en la carretera, cuando el coche se atascó en la nieve y estuvieron dos horas detenidos.
Al aumentar el hambre, perturbaba las inteligencias; nadie podía socorrerlos, porque la temida invasión de los prusianos y el paso del ejército francés habían hecho imposibles todas las industrias.
Los caballeros corrían en busca de provisiones de cortijo en cortijo, acercándose a todos los que veían próximos a la carretera; pero no pudieron conseguir ni un pedazo de pan, absolutamente nada, porque los campesinos, desconfiados y ladinos, ocultaban sus provisiones, temeroso de que al pasar el ejército francés, falto de víveres, cogiera cuanto encontrara.
Era poco más de la una cuando Loiseau anunció que sentía un gran vacío en el estómago. A todos los demás les ocurría otro tanto, y la invencible necesidad, manifestándose a cada instante con más fuerza, hizo languidecer horriblemente las conversaciones, imponiendo, al fin, un silencio absoluto.
De cuando en cuando alguien bostezaba; otro le seguía inmediatamente, y todos, cada uno conforme a su calidad, a su carácter, a su educación, abrían la boca, ostensible o disimuladamente, cubriendo con la mano las fauces ansiosas, que despedían un aliento de angustia.
Bola de Sebo se inclinó varias veces como si buscase alguna cosa debajo de sus faldas. Vacilaba un momento, contemplando a sus compañeros de viaje; luego, se erguía tranquilamente. Los rostros palidecían y se crispaban por instantes. Loiseau aseguraba que pagaría mil francos por un jamoncito. Su esposa dio un respingo en señal de protesta, pero al punto se calmó: para la señora era un martirio la sola idea de un derroche, y no comprendía que ni en broma se dijeran semejantes atrocidades.
—La verdad es que me siento desmayado —advirtió el conde—. ¿Cómo es posible que no se me ocurriera traer provisiones?
Todos reflexionaban de un modo análogo.
Cornudet llevaba un frasquito de ron. Lo ofreció y rehusaron secamente. Pero Loiseau, menos aparatoso, se decidió a beber unas gotas, y al devolver el frasquito, agradeció el obsequio con estas palabras:
—Al fin y al cabo, caliente el estómago y distrae un poco el hambre.
Se reanimó y propuso alegremente que, ante la necesidad apremiante, debían, como los náufragos de la vieja canción, comerse al más gordo. Esta broma, en que se aludía muy directamente a Bola de Sebo, pareció de mal gusto a los viajeros bien educados. Nadie la tomó en cuenta, y solamente Cornudet sonreía. Las dos monjas acabaron de mascullar oraciones, y con las manos hundidas en sus anchas mangas, permanecían inmóviles, bajaban los ojos obstinadamente y sin duda ofrecían al Cielo el sufrimiento que les enviaba.
Por fin, a las tres de la tarde, mientras la diligencia atravesaba llanuras interminables y solitarias, lejos de todo poblado, Bola de Sebo se inclinó, resueltamente, para sacar de debajo del asiento una cesta.
Tomó primero, un plato de fina loza; luego, un vasito de plata, y después, una fiambrera donde había dos pollos asados, ya en trozos, y cubiertos de gelatina; aún dejó en la cesta otros manjares y golosinas, todo ello apetitoso y envuelto cuidadosamente: pasteles, queso, frutas, las provisiones dispuestas para un viaje de tres días, con objeto de no comer en las posadas. Cuatro botellas asomaban el cuello entre los paquetes.
Bola de Sebo tomó un ala de pollo y se puso a comerla, con mucha pulcritud, sobre medio panecillo de los que llaman regencias en Normandía.
El perfume de las viandas estimulaba el apetito de los otros y agravaba la situación, produciéndoles abundante saliva y contrayendo sus mandíbulas dolorosamente. Rayó en ferocidad el desprecio que a las viajeras inspiraba la moza; la hubieran asesinado, la hubieran arrojado por una ventanilla con su cubierto, su vaso de plata y su cesta y sus provisiones.
Pero Loiseau devoraba con los ojos la fiambrera de los pollos. Y dijo:
—La señora fue más precavida que nosotros. Hay gentes que no descuidan jamás ningún detalle.
Bola de Sebo hizo un ofrecimiento amable:
—¿Usted gusta? ¿Le apetece algo, caballero? Es penoso pasar todo un día sin comer.
Loiseau hizo una reverencia de hombre agradecido:
—Francamente, acepto; el hambre obliga mucho. La guerra es la guerra. ¿No es cierto, señora?
Y lanzando en torno una mirada, prosiguió:
—En momentos difíciles como el presente, consuela encontrar almas generosas.
Llevaba en el bolsillo un periódico y lo extendió sobre sus muslos para no mancharse los pantalones, y con la punta de un cortaplumas pingó una pata de pollo, muy lustrosa, recubierta de gelatina. Le dio un bocado, y comenzó a comer tan complacido que aumentó con su alegría la desventura de los demás, que no pudieron reprimir un suspiro angustioso.
Con palabras cariñosas y humildes, Bola de Sebo propuso a las monjitas que tomaran algún alimento. Las dos aceptaron sin hacerse de rogar y, con los ojos bajos, se pusieron a comer deprisa, después de pronunciar a media voz una frase de cortesía. Tampoco se mostró esquivo Cornudet a las insinuaciones de la moza, y con ella y las monjitas, tendiendo un periódico sobre las rodillas de los cuatro, formaron, en la parte posterior del coche, una especie de mesa donde servirse.
Las mandíbulas trabajaban sin descanso; se abrían y cerraban las bocas hambrientas y feroces. Loiseau, en un rinconcito, se despachaba muy a su gusto, queriendo convencer a su esposa para que se decidiera a imitarle. Se resistía la señora; pero, al fin, víctima de un estremecimiento doloroso como un calambre, accedió. Entonces el marido, con floreos retóricos, le pidió permiso a “su encantadora compañera de viaje” para servir a la dama una tajadita.
Bola de Sebo se apresuró a decir:
—Cuanto usted guste.
Y sonriéndole con amabilidad, le alargó la fiambrera.
Al destaparse la primera botella de Burdeos, se presentó un conflicto. Sólo había un vaso, el vaso de plata. Se lo iban pasando el uno al otro, después de restregar el borde con una servilleta. Cornudet, por galantería, sin duda, quiso aplicar sus labios donde los había puesto la moza.
Envueltos por la satisfacción ajena, y sumidos en la propia necesidad, ahogados por las emanaciones provocadoras y excitantes de la comida, el conde y la condesa de Breville y el señor y la señora de Carré—Lamadón padecieron el suplicio espantoso que ha inmortalizado el nombre de Tántalo. De pronto, la monísima esposa del fabricante lanzó un suspiro que atrajo todas las miradas; su rostro estaba pálido, compitiendo en blancura con la nieve que sin cesar caía; se cerraron sus ojos, y su cuerpo languideció: se desmayó. Muy emocionado el marido imploraba un socorro que los demás, aturdidos a su vez, no sabían cómo procurarle,hasta que la mayor de las monjitas, apoyando la cabeza de la señora sobre su hombro, aplicó a sus labios el vaso de plata lleno de vino. La enferma se repuso; abrió los ojos, volvieron sus mejillas a colorearse y dijo, sonriente, que se hallaba mejor que nunca; pero lo dijo con la voz desfallecida. Entonces la monjita, insistiendo para que agotara el burdeos que había en el vaso, advirtió:
—Es hambre, señora; es hambre lo que tiene usted.
Bola de Sebo, desconcertada, ruborosa, dirigiéndose a los cuatro viajeros que no comían, balbució:
—Yo les ofrecería con mucho gusto...
Más se interrumpió, temerosa de ofender con sus palabras la susceptibilidad exquisita de aquellas nobles personas; Loiseau completó la invitación a su manera, librando del apuro a todos:
—¡Eh! ¡Caracoles! Hay que amoldarse a las circunstancias. ¿No somos hermanos todos los hombres, hijos de Adán, criaturas de Dios? Basta de cumplidos, y a remediarse caritativamente. Acaso no encontremos ni un refugio para dormir esta noche. Al paso que vamos, ya será mañana muy entrado el día cuando lleguemos a Totes.
Los cuatro dudaban, silenciosos, no queriendo asumir ninguno la responsabilidad que sobre un “sí” pesaría.
El conde transigió, por fin, y dijo a la tímida moza, dando a sus palabras un tono solemne:
—Aceptamos, agradecidos, su mucha cortesía.
Lo difícil era el primer envite. Una vez pasado el Rubicón, todo fue como un guante. Vaciaron la cesta. Comieron, además de los pollos, una terrina de foie-gras, una empanada, un pedazo de lengua, frutas, dulces, pepinillos y cebollitas en vinagre.
Imposible devorar las viandas y no mostrarse atentos. Era inevitable una conversación general en que la moza pudiese intervenir; al principio les violentaba un poco, pero Bola de Sebo, muy discreta, los condujo insensiblemente a una confianza que hizo desvanecer todas las prevenciones. Las señoras de Breville y de Carré-Lamadon, que tenían un trato muy exquisito, se mostraron afectuosas y delicadas. Principalmente la condesa lució esa dulzura suave de gran señora que a todo puede arriesgarse, porque no hay en el mundo miseria que lograra manchar el rancio lustre de su alcurnia. Estuvo deliciosa. En cambio, la señora Loiseau, que tenía un alma de gendarme, no quiso doblegarse: hablaba poco y comía mucho.
Trataron de la guerra, naturalmente. Adujeron infamias de los prusianos y heroicidades realizadas por los franceses; todas aquellas personas que huían del peligro alababan el valor.
Arrastrada por las historias que unos y otros referían, la moza contó, emocionada y humilde, los motivos que la obligaban a marcharse de Ruán:
—Al principio creí que me sería fácil permanecer en la ciudad vencida, ocupada por el enemigo. Había en mi casa muchas provisiones y supuse más cómodo mantener a unos cuantos alemanes que abandonar mi patria. Pero cuando los vi, no pude contenerme; su presencia me alteró; me descompuse y lloré de vergüenza todo el día. ¡Oh! ¡Quisiera ser hombre para vengarme! Débil mujer, con lagrimas en los ojos los veía pasar, veía sus corpachones de cerdo y sus puntiagudos cascos, y mi criada tuvo que sujetarme para que no les tirase a la cabeza los tiestos de los balcones. Después fueron alojados, y al ver en mi casa, junto a mí, aquella gentuza, ya no pude contenerme y me arrojé al cuello de uno para estrangularlo. ¡No son más duros que los otros, no! ¡Se hundían bien mis dedos en su garganta! Y le hubiera matado si entre todos no me lo quitan. Ignoro cómo salí, cómo pude salvarme. Unos vecinos me ocultaron, y, al fin, me dijeron que podía irme a El Havre... Así vengo.
La felicitaron; aquel patriotismo que ninguno de los viajeros fue capaza de sentir agigantaba, sin embargo, la figura de la moza, y Cornudet sonreía, con una sonrisa complaciente y protectora de apóstol; así oye un sacerdote a un penitente alabar a Dios; porque los revolucionarios barbudos monopolizan el patriotismo como los clérigos monopolizan la religión. Luego habló doctrinalmente, con énfasis aprendido en las proclamas que a diario pone alguno en cada esquina, y remató su discurso con un párrafo magistral.
Bola de Sebo se exaltó, y le contradijo; no, no pensaba como él; era bonapartista, y su indignación arrebolaba su rostro cuando balbucía:
—¡Yo hubiera querido veros a todos en su lugar! ¡A ver qué hubiera hecho! ¡Vosotros tenéis la culpa! ¡El emperador es vuestra víctima! Con un gobierno de gandules, como vosotros, ¡daría gusto vivir! ¡Pobre Francia!
Cornudet, impasible, sonreía desdeñosamente; pero el asunto tomaba ya un cariz alarmante cuando el conde intervino, esforzándose por calmar a la moza exasperada. Lo consiguió a duras penas y proclamó, en frases corteses, que son respetables todas las opiniones.
Entre tanto, la condesa y la esposa del industrial, que profesaban a la República el odio implacable de las gentes distinguidas y reverenciaban con instinto femenil a todos lo gobiernos altivos y despóticos, involuntariamente se sentían atraídas hacia la prostituta, cuyas opiniones eran semejantes a las más prudentes y encopetadas.
Se había vaciado la cesta. Repartida entre diez personas, aún pareció escasez su abundancia, y casi todos lamentaron prudentemente que no hubiera más. La conversación proseguía, menos animada desde que no hubo nada que engullir.
Cerraba la noche. La oscuridad era cada vez más densa, y el frío, punzante, penetraba y estremecía el cuerpo de Bola de Sebo, a pesar de su gordura. La señora condesa de Breville le ofreció su rejilla, cuyo carbón químico había sido renovado ya varias veces, y la moza se lo agradeció mucho, porque tenía los pies helados. las señoras Carré-Lamadon y Loiseau corrieron las suyas hasta los pies de las monjas.
El mayoral había encendido los faroles, que alumbraban con vivo resplandor las ancas de los jamelgos, y a uno y otro lado, la nieve del camino, que parecía desarrollarse bajo los reflejos temblorosos.
En el interior del coche nada se veía; pero de pronto se pudo notar un manoteo entre Bola de Sebo y Cornudet. Loiseau, que disfrutaba de una vista penetrante, creyó advertir que el hombre barbudo apartaba rápidamente la cabeza apara evitar el castigo de un puño cerrado y certero.
En el camino aparecieron unos puntos luminosos. Llegaban a Totes, por fin. Después de catorce horas de viaje, la diligencia se detuvo frente a la posada del Comercio.
Abrieron la portezuela y algo terrible hizo estremecer a los viajeros: eran los tropezones de la vaina de un sable cencerreando contra las losas. Al punto se oyeron unas palabras dichas por un alemán.
La diligencia se había parado y nadie se apeaba, como si temieran que los acuchillasen al salir. Se acercó a la portezuela el mayoral con un farol en la mano y, alzando el farol, alumbró súbitamente las dos hileras de rostros pálidos, cuyas bocas abiertas y cuyos ojos turbios denotaban sorpresa y espanto. Junto al mayoral, recibiendo también el chorro de luz, aparecía un oficial prusiano, joven, excesivamente delgado y rubio, con el uniforme ajustado como un corsé, ladeada la gorra de plato, que le daba el aspecto de un recadero de fonda inglesa. Muy largas y tiesas las guías del bigote —que disminuían indefinidamente hasta rematar en un solo pelo rubio, tan delgado, que no era fácil ver dónde terminaba—, parecían tener las mejillas tirantes con su peso, violentando también las cisuras de la boca.
En francés—alsaciano indicó a los viajeros que se apearan.
Las dos monjitas, humildemente, obedecieron las primeras con una santa docilidad propia de las personas acostumbradas a la sumisión. Luego, el conde y la condesa; en seguida, el fabricante y su esposa. Loiseau hizo pasar delante a su cara mitad, y al poner los pies en tierra, dijo al oficial:
—Buenas noches, caballero.
El prusiano, insolente como todos los poderosos, no se dignó contestar.
Bola de Sebo y Cornudet, aun cuando se hallaban más próximos a la portezuela que todos los demás, se apearon los últimos, erguidos y altaneros en presencia del enemigo. La moza trataba de contenerse y mostrarse tranquila; el revolucionario se resobaba la barba rubicunda con mano inquieta y algo temblona. Los dos querían mostrarse dignos, imaginando que representaba cada cual a su patria en situaciones tan desagradables; y de un modo semejante, fustigados por la frivolidad acomodaticia de sus compañeros, la moza estuvo más altiva que las mujeres honradas, y el otro, decidido a dar ejemplo reflejaba en su actitud la misión de indómita resistencia que ya lució al abrir zanjas, talar bosques y minar campos.
Entraron en la espaciosas cocina de la posada, y el prusiano, después de pedir el salvoconducto firmado por el general en jefe, donde constaban los nombres de todos los viajeros y se detallaba su profesión y estado, los examinó detenidamente, comparando las personas con las referencias escritas.
Luego dijo, en tono brusco:
—Está bien.
Y se retiró.
Respiraron todos. Aún tenían hambre, y pidieron de cenar. Tardarían media hora en poder sentarse a la mesa, y mientras las criadas hacían los preparativos, los viajeros curioseaban las habitaciones que les destinaban. Abrían sus puertas a un largo pasillo, al extremo del cual una mampara de cristales esmerilados lucía un expresivo número.
Iban a sentarse a la mesa, cuando se presentó el posadero. Era un antiguo chalán, asmático y obeso, que padecía constantes ahogos, con resoplidos, ronqueras y estertores. De su padre había heredado el nombre de Follenvie.
Al entrar hizo esta pregunta:
—¿La señorita Isabel Rousset?
Bola de Sebo, sobresaltándose, dijo:
—¿Qué ocurre?
—Señorita, el oficial prusiano quiere hablar con usted ahora mismo.
—¿Para qué?
—Lo ignoro, pero quiere hablarle.
—Es posible. Yo, en cambio, no quiero hablar con él.
Hubo un momento de preocupación; todos pretendían adivinar el motivo de aquella orden. El conde se acercó a la moza:
—Señorita, es necesario reprimir ciertos ímpetus. Una intemperancia por parte de usted podría originar trastornos graves. No se debe nunca resistir a quien puede aplastarnos. La entrevista no revestirá importancia y, sin duda, tiene por objeto aclarar algún error deslizado en el documento.
Los demás se adhirieron a una opinión tan razonable; instaron, suplicaron, sermonearon y, al fin, la convencieron, porque todos temían las complicaciones que pudieran sobrevenir. La moza dijo:
—Lo hago solamente por complacer a ustedes.
La condesa le estrechó la mano al decir:
—Agradecemos el sacrificio.
Bola de Sebo salió, y aguardaron a servir la comida para cuando volviese.
Todos hubieran preferido ser los llamados, temerosos de que la moza irascible cometiera una indiscreción, y cada cual preparaba en su magín varias insulseces para el caso de comparecer.
Pero a los cinco minutos la moza reapareció, encendida, exasperada, balbuciendo:
—¡Miserable! ¡Ah miserable!
Todos quisieron averiguar lo sucedido; pero ella no respondía a las preguntas y se limitaba a repetir:
—Es un asunto mío, sólo mío, y a nadie le importa.
Como la moza se negó rotundamente a dar explicaciones, reinó el silencio en torno de la sopera humeante. Cenaron bien y alegremente, a pesar de los malos augurios. Como era muy aceptable la sidra, el matrimonio Loiseau y las monjas la tomaron, para economizar. Los otros pidieron vino, excepto Cornudet, que pidió cerveza. Tenía una manera especial de descorchar la botella, de hacer espuma, de contemplarla, inclinando el vaso, y de alzarlo para observar al trasluz su transparencia. Cuando bebía, sus barbazas —del color de su brebaje predilecto— se estremecían de placer; guiñaba los ojos para no perder su vaso de vista y sorbía con tanta solemnidad como si aquélla fuese la única misión de su vida. Se diría que parangonaba en su espíritu, hermanándolas, confundiéndolas en una, sus dos grandes pasiones: la cerveza y la Revolución, y seguramente no le fuera posible paladear aquélla sin pensar en ésta.
El posadero y su mujer comían al otro extremo de la mesa. El señor Follenvie, resoplando como una locomotora desportillada, tenía demasiado estertor para poder hablar mientras comía, pero ella no callaba ni un solo instante. Refería todas sus impresiones desde que vio a los prusianos por vez primera, lo que hacían, lo que decían los invasores, maldiciéndolos y odiándolos porque le costaba dinero mantenerlos, y también orgullosa de que la oyese una dama de tanto fuste.
Luego bajaba la voz para comunicar apreciaciones comprometidas; y su marido, interrumpiéndola de cuando en cuando aconsejaba:
—Más prudente fuera que te callases.
Pero ella, sin hacer caso, proseguía:
—Sí, señora; esos hombres no hacen más que atracarse de cerdo y de patatas, de patatas y de cerdo. Y no crea usted que son pulcros. ¡Oh, nada pulcros! Todo lo ensucian, y donde les apura... lo sueltan, con perdón sea dicho. Hacen el ejercicio durante algunas horas, todos los días y anda por arriba y anda por abajo, y vuelve a la derecha y vuelve a la izquierda. ¡Si labrasen los campos o trabajasen en las carreteras de su país! Pero no, señora; esos militares no sirven para nada. El pobre tiene que alimentarlos mientras aprenden a destruir. Yo soy una vieja sin estudios; a mí no me han educado, es cierto; pero al ver que se fatigan y se revientan en ese ir y venir mañana y tarde, me digo: Habiendo tantas gentes que trabajan para ser útiles a los demás, ¿por qué otros procuran, a fuerza de tanto sacrificio, ser perjudiciales? ¿No es una lástima que se maten los hombres, ya sean prusianos o ingleses, o poloneses o franceses? Vengarse de uno que nos hizo daños es punible, y el juez lo condena; pero si degüellan a nuestros hijos, como reses llevadas al matadero, no es punible, no se castiga; se dan condecoraciones al que destruye más. ¿No es cierto? Nada sé, nada me han enseñado; tal vez por mi falta de instrucción ignoro ciertas cosas, y me parecen injusticias.
Cornudet dijo campanudamente:
—La guerra es una salvajada cuando se hace contra un pueblo tranquilo: es una obligación cuando sirve para defender la patria.
La vieja murmuró:
—Sí, defenderse ya es otra cosa. Pero ¿no deberíamos antes ahorcar a todos los reyes que tienen la culpa?
Los ojos de Cornudet se abrillantaron:
—¡Magnífico, ciudadana!
El señor Carré-Lamadon reflexionaba. Sí, era fanático por la gloria y el heroísmo de los famosos capitanes; pero el sentido práctico de aquella vieja le hacía calcular el provecho que reportarían al mundo todos los brazos que se adiestran en el manejo de las armas, todas las energías infecundas, consagradas a preparar y sostener las guerra, cuando se aplicasen a industrias que necesitan siglos de actividad.
Loiseau se levantó y, acercándose al fondista, le habló en voz baja. Oyéndole, Follenvie reía, tosía, escupía; su enorme vientre rebotaba gozoso con las guasas del forastero; y le compró seis barriles de burdeos para la primavera, cuando se hubiesen retirado los invasores.
Acabada la cena, como era mucho el cansancio que sentían, se fueron todos a sus habitaciones.
Pero Loiseau, observador minucioso y sagaz, cuando su mujer se hubo acostado, aplicó los ojos y el oído alternativamente al agujero de la cerradura para descubrir lo que llamaba “misterios de pasillo”.
Al cabo de una hora, aproximadamente, vio pasar a Bola de Sebo, más apetitosa que nunca, rebosando en su peinador de casimir con bandas blancas. Se alumbraba con una palmatoria y se dirigía a la mampara de cristales esmerilados, en donde lucía un expresivo número. Y cuando la moza se retiraba, minutos después, Cornudet abría su puerta y la seguía en calzoncillos.
Hablaron, y después Bola de Sebo defendía enérgicamente la entrada de su alcoba. Loiseau, a pesar de sus esfuerzos, no pudo comprender lo que decían; pero, al fin, como levantaron la voz, cogió al vuelo algunas palabras. Cornudet, obstinado, resuelto, decía:
—¿Por qué no quieres? ¿Qué te importa?
Ella, con indignada y arrogante apostura, le respondió:
—Amigo mío, hay circunstancias que obligan mucho; no siempre se puede hacer todo, y, además, aquí sería una vergüenza.
Sin duda, Cornudet no comprendió, y como se obstinase, insistiendo en sus pretensiones, la moza, más arrogante aún y en voz más recia, le dijo:
—¿No lo comprende?... ¿Cuándo hay prusianos en la casa, tal vez pared por medio?
Y calló. Ese pudor patriótico de cantinera que no permite libertades frente al enemigo debió de reanimar la desfallecida fortaleza del revolucionario, quien, después de besarla para despedirse afectuosamente, se retiró a paso de lobo hasta su alcoba.
Loiseau, bastante alterado, abandonó su observatorio, hizo unas cabriolas y, al meterse de nuevo en la cama, despertó a su antigua y correosa compañera, la besó y le dijo al oído:
—¿Me quieres mucho, vida mía?
Reinó el silencio en toda la casa. Y al poco rato se alzó, resonando en todas partes, un ronquido, que bien pudiera salir de la cueva o del desván; un ronquido alarmante, monstruoso, acompasado, interminable, con estremecimientos de caldera en ebullición. El señor Follenvie dormía.
Como habían convenido en proseguir el viaje a las ocho de la mañana, todos bajaron temprano a la cocina; pero la diligencia, enfundada por la nieve, permanecía en el patio, solitaria, sin caballos y sin mayoral. En vano buscaron a éste por los desvanes y las cuadras. No encontrándole dentro de la posada, salieron a buscarle y se hallaron de pronto en la plaza, frente a la iglesia, entre pequeñas casas de un solo piso, donde se veían soldados alemanes. Uno mondaba patatas; otro, muy barbudo y grandón, acariciaba a una criaturita de pecho que lloraba, y la mecía sobre sus rodillas para que se calmase o se durmiese, y las campesinas, cuyos maridos y cuyos hijos estaban “en las tropas de la guerra”, indicaban por signos a los vencedores, obedientes, los trabajos que debían hacer: cortar leña, encender lumbre, moler café. Uno lavaba la ropa de su patrona, pobre vieja impedida.
El conde, sorprendido, interrogó al sacristán, que salía del presbiterio. El acartonado murciélago le respondió:
—¡Ah! Esos no son dañinos; creo que no son prusiano; vienen de más lejos, ignoro de qué país; y todos han dejado en su pueblo un hogar, una mujer, unos hijos; la guerra no los divierte. Juraría que también sus familias lloran mucho, que también se perdieron sus cosechas por falta de brazos; que allí como aquí, amenaza una espantosa miseria a los vencedores como a los vencidos. Después de todo, en este pueblo no podemos quejarnos, porque no maltratan a nadie y nos ayudan trabajando como si estuviesen en su casa. Ya ve usted, caballero: entre los pobres hay siempre caridad... Son los ricos los que hacen las guerras crueles.
Cornudet, indignado por la recíproca y cordial condescendencia establecida entre vencedores y vencidos, volvió a la posada, porque prefería encerrarse aislado en su habitación a ver tales oprobios. Loiseau tuvo, como siempre, una grase oportuna y graciosa: “Repueblan”; y el señor Carré-Lamadon pronunció una solemne frase: “Restituyen”.
Pero no encontraban al mayoral. Después de muchas indagaciones, lo descubrieron sentado tranquilamente, con el ordenanza del oficial prusiano, en una taberna.
El conde le interrogó:
—¿No le habían mandado enganchar a las ocho?
—Sí; pero después me dieron otra orden.
—¿Cuál?
—No enganchar.
—¿Quién?
—El comandante prusiano.
—¿Por qué motivo?
—Lo ignoro. Pregúnteselo. Yo no soy curioso. Me prohíben enganchar y no engancho. Ni más ni menos.
—Pero ¿le ha dado esa orden el mismo comandante?
—No; el posadero, en su nombre.
—¿Cuándo?
—Anoche, al retirarme.
Los tres caballeros volvieron a la posada bastante intranquilos.
Preguntaron por Follenvie, y la criada les dijo que no se levantaba el señor hasta muy tarde, porque apenas le dejaba dormir el asma; tenía terminantemente prohibido que le llamasen antes de las diez, como no fuera en caso de incendio.
Quisieron ver al oficial, pero tampoco era posible, aun cuando se hospedaba en la casa, porque únicamente Follenvie podía tratar con él de asuntos civiles.
Mientras los mandos aguardaban en la cocina, las mujeres volvieron a sus habitaciones para ocuparse de las minucias de su tocado.
Cornudet se instaló bajo la saliente campana del hogar, donde ardía un buen leño; mandó que le acercaran un veladorcito de hierro y que le sirvieran un jarro de cerveza; sacó la pipa, que gozaba entre los demócratas casi tanta consideración como el personaje que chupaba en ella —una pipa que parecía servir a la patria tanto como Cornudet—, y se puso a fumar entre sorbo y sorbo, chupada tras chupada.
Era una hermosa pipa de espuma, primorosamente “culotada”, tan negra como los dientes que la oprimían, pero brillante, perfumada, con una curvatura favorable a la mano, de una forma tan discreta, que parecía una facción más de su dueño.
Y Cornudet, inmóvil, tan pronto fijaba los ojos en las llamas del hogar como en la espuma del jarro; depuse de cada sorbo acariciaba satisfecho con su mano flaca su cabellera sucia, cruzando vellones de humo blanco en las marañas de sus bigotes macilentos.
Loiseau, con el pretexto de salir a estira las piernas, recorrió el pueblo para negociar sus vinos en todos los comercios. El conde y el industrial discurrían acerca de cuestiones políticas y profetizaban el porvenir de Francia. Según el uno, todo lo remediaría el advenimiento de los Orleáns; el otro solamente confiaba en un redentor ignorado, un héroe que pareciera cuando todo agonizase; un Duguesclin, una Juana de Arco y ¿por qué no un invencible Napoleón I? ¡Ah! ¡Si el príncipe imperial no fuese demasiado joven! Oyéndolos, Cornudet sonreía como quien ya conoce los misterios del futuro: y su pipa embalsamaba el ambiente.
A las diez bajó Follenvie. Le hicieron varias preguntas apremiantes: pero él sólo pudo contestar:
—El comandante me dijo: “Señor Follenvie, no permita usted que mañana enganchen la diligencia. Esos viajeros no saldrán de aquí hasta que yo lo disponga”.
Entonces resolvieron entrevistarse con el oficial prusiano. El conde le hizo pasar una tarjeta, en la cual escribió Carré-Lamadon su nombre y sus títulos.
El prusiano les hizo decir que los recibiría cuando hubiese almorzado. Faltaba una hora.
Ellos y ellas comieron, a pesar de su inquietud. Bola de Sebo estaba febril y extraordinariamente desconcertada.
Acababan de tomar el café cuando les avisó el ordenanza.
Loiseau se agregó a la comisión; intentaron arrastrar a Cornudet, pero éste dijo que no entraba en sus cálculos pactar con los enemigos. Y volvió a instalarse cerca del fuego, ante otro jarro de cerveza.
Los tres caballeros entraron en la mejor habitación de la casa, donde los recibió el oficial, tendido en un sillón, con los pies encima de la chimenea, fumando en una larga pipa de loza y envuelto en una espléndida bata, recogida tal vez en la residencia campestre de algún ricacho de gustos chocarreros. No se levantó, ni saludó, ni los miró siquiera. ¡Magnífico ejemplar de la soberbia desfachatez acostumbrada entre los militares victoriosos!
Luego dijo:
—¿Qué desean ustedes?
El conde tomó la palabra:
—Deseamos continuar nuestro viaje, caballero.
—No.
—¿Sería usted lo bastante bondadoso para comunicarnos la causa de tan imprevista detención?
—Mi voluntad.
—Me atrevo a recordarle, respetuosamente, que traemos un salvoconducto, firmado por el general en jefe, que nos permite llegar a Dieppe. Y supongo que nada justifica tales rigores.
—Nada más que mi voluntad. Pueden ustedes retirarse.
Hicieron una reverencia y se retiraron.
La tarde fue desastrosa: no sabían cómo explicar el capricho del prusiano y les preocupaban las ocurrencias más inverosímiles. Todos en la cocina se torturaban imaginando cuál pudiera ser el motivo de su detención. ¿Los conservarían como rehenes? ¿Por qué? ¿Los llevarían prisioneros? ¿Pedirían por su libertad un rescate de importancia? El pánico los enloqueció. Los más ricos se amilanaban con ese pensamiento; se creían ya obligados, para salvar la vida en aquel trance, a derramar tesoros entre las manos de un militar insolente. Se derretían la sesera inventando embustes verosímiles, fingimientos engañosos, que salvaran su dinero del peligro en que lo veían, haciéndolos aparecer como infelices arruinados. Loiseau, disimuladamente, guardó en el bolsillo la pesada cadena de oro de su reloj. Al oscurecer aumentaron sus aprensiones. Encendieron el quinqué, y, como aún faltaban dos horas para la comida, resolvieron jugar a la treinta y una. Cornudet, hasta el propio Cornudet, apagó su pipa y, cortésmente se acercó a la mesa.
Bola de Sebo hizo treinta y una. El interés del juego ahuyentaba los temores.
Cornudet pudo advertir que la señora y el señor Loiseau, de común acuerdo, hacían trampas.
Cuando iban a servir la comida, Follenvie apareció y dijo:
—El oficial prusiano pregunta si la señorita Isabel Rousset se ha decidido ya.
Bola de Sebo, en pie, al principio descolorida, luego arrebatada, sintió un impulso de cólera tan grande, que de pronto no le fue posible hablar. Después dijo:
—Contéstele a ese canalla, sucio y repugnante, que nunca me decidiré a eso. ¡Nunca, nunca, nunca!
El posadero se retiró. Todos rodearon a Bola de Sebo, solicitada, interrogada por todos para revelar el misterio de aquel recado. Se negó al principio, hasta que reventó, exasperada:
—¿Qué quiere?... ¿Qué quiere?... ¿Qué quiere? ¡Nada! ¡Estar conmigo!
La indignación instantánea no tuvo límites. Se alzó un clamor de protesta contra semejante iniquidad. Cornudet rompió un vaso, al dejarlo, violentamente sobre la mesa. Se emocionaban todos, como si a todos alcanzara el sacrificio exigido a la moza. El conde manifestó que los invasores inspiraban más repugnancia que terror, portándose como los antiguos bárbaros. Las mujeres prodigaban a Bola de Sebo una piedad noble y cariñosa. Las monjas callaban, con los ojos bajos.
Cuando la efervescencia hubo pasado comieron. Se habló poco. Meditaban.
Se retiraron pronto las señoras, y los caballeros organizaron una partida de encarte, invitando a Follenvie con el propósito de sondearle con habilidad en averiguación de los recursos más convenientes para vencer la obstinada insistencia del prusiano. Pero Follenvie sólo pensaba en sus descartes, ajeno a cuanto le decían y sin contestar a las preguntas, limitándose a repetir:
—Al juego, al juego, señores.
Fijaba tan profundamente su atención en los naipes, que hasta se olvidaba de escupir y respiraba con un estertor angustioso. Producían sus pulmones todos los registros del asma, desde los más graves y profundos a los chillidos roncos y destemplados, que lanzan los polluelos cuando aprenden a cacarear.
No quiso retirarse cuando su mujer muerta de sueño, bajó en su busca, y la vieja se volvió sola, porque tenía por costumbre levantarse con el sol, mientras su marido, de natural trasnochador, estaba siempre dispuesto a no acostarse hasta el alba.
Cuando se convencieron de que no era posible arrancarle ni media palabra, le dejaron para irse cada cual a su alcoba. Tampoco fueron perezosos para levantarse al otro día, con la esperanza que les hizo concebir su deseo cada vez mayor de continuar libremente su viaje. Pero los caballos descansaban en los pesebres; el mayoral no comparecía. Se entretuvieron dando paseos en torno de la diligencia.
Desayunaron silenciosos, indiferentes ante Bola de Sebo. Las reflexiones de la noche habían modificado sus juicios; ya casi odiaban a la moza por no haberse decidido a buscar en secreto al prusiano, preparando un alegre despertar, una sorpresa muy agradable a sus compañeros. ¿Había nada más justo? ¿Quién lo hubiera sabido? Pudo salvar las apariencias, dando a entender al oficial prusiano que cedía para no perjudicar a tan ilustres personajes. ¿Qué importancia pudo tener su complacencia, para una moza como Bola de Sebo?
Reflexionaban así todos, pero ninguno declaraba su opinión.
Al mediodía, para distraer el aburrimiento, propuso el conde que diesen un paseo por las afueras. Se abrigaron bien y salieron; sólo Cornudet prefirió quedarse junto a la lumbre, y las dos monjitas pasaban las horas en la iglesia o en casa del párroco.
El frío, cada vez más intenso, les pellizcaba las orejas y las narices; los pies les dolían al andar; cada paso era un martirio. Y al descubrir la campiña les pareció tan horrorosamente lúgubre su extensa blancura, que todos a la vez retrocedieron con el corazón oprimido y el alma helada.
Las cuatro señoras iban delante y las seguían a corta distancia los tres caballeros.
Loiseau, muy seguro de que los otros pensaban como él, preguntó si aquella mala pécora no daba señales de acceder, para evitarles que se prolongara indefinidamente su detención. El conde, siempre cortés, dijo que no podía exigírsele a una mujer sacrificio tan humillante cuando ella no se lanzaba por impulso propio.
El señor Carré-Lamadon hizo notar que si los franceses, como estaba proyectado, tomaran de nuevo la ofensiva por Dieppe, la batalla probablemente se desarrollaría en Totes. Puso a los otros dos en cuidado semejante ocurrencia.
—¿Y si huyéramos a pie? —dijo Loiseau.
—¿Cómo es posible, pisando nieve y con las señoras? —exclamó el conde—. Además, nos perseguirían y luego nos juzgarían como prisioneros de guerra.
—Es cierto; no hay escape.
Y callaron.
Las señoras hablaban de vestidos; pero en su ligera conversación flotaba una inquietud que les hacía opinar de opuesto modo.
Cuando apenas le recordaban, apareció el oficial prusiano en el extremo de la calle. Sobre la nieve que cerraba el horizonte perfilaba su talle oprimido y separaba las rodillas al andar, con ese movimiento propio de los militares que procuran salvar del barro las botas primorosamente charoladas.
Se inclinó al pasar junto a las damas y miró despreciativo a los caballeros, los cuales tuvieron suficiente coraje para no descubrirse, aun cuando Loiseau echase mano al sombrero.
La moza se ruborizó hasta las orejas y las tres señoras casadas padecieron la humillación de que las viera el prusiano en la calle con la mujer a la cual trataba él tan groseramente.
Y hablaron de su empaque, de su rostro. la señora Carré-Lamadon, que por haber sido amiga de muchos oficiales podía opinar con fundamento, juzgó al prusiano aceptable, y hasta se dolió de que no fuera francés, muy segura de que seduciría con el uniforme de húsar a no pocas mujeres.
Ya en casa, no se habló más del asunto. Se cruzaron algunas acritudes con motivos insignificantes. la cena, silenciosa, terminó pronto, y, cada uno fue a su alcoba con ánimo de buscar en el sueño un recurso contra el hastío.
Bajaron por la mañana con los rostros fatigados; se mostraron irascibles; y las damas apenas dirigieron la palabra a Bola de Sebo.
La campana de la iglesia tocó a gloria. La muchacha recordó al pronto su casi olvidada maternidad (pues tenía una criatura en casa de unos labradores de Yvetot). El anunciado bautizo la enterneció y quiso asistir a la ceremonia.
Ya libres de su presencia, y reunidos los demás, se agruparon, comprendiendo que tenían algo que decirse, algo que acordar. Se le ocurrió a Loiseau proponer al comandante que se quedara con la moza y dejase a los otros proseguir tranquilamente su viaje.
Follenvie fue con la embajada y volvió al punto, porque, sin oírle siquiera, el oficial repitió que ninguno se iría mientras él no quedara complacido.
Entonces, el carácter populachero de la señora Loiseau la hizo estallar:
—No podemos envejecer aquí. ¿No es el oficio de la moza complacer a todos los hombres? ¿Cómo se permite rechazar a uno? ¡Si la conoceremos! En Ruán lo arrebaña todo; hasta los cocheros tienen que ver con ella. Sí, señora, el cochero de la Prefectura. Lo sé de buena tinta; como que toman vino de casa. Y hoy, que podría sacarnos de un apuro sin la menor violencia, ¡hoy hace dengues, la muy zorra! En mi opinión, ese prusiano es un hombre muy correcto. Ha vivido sin trato de mujeres muchos días; hubiera preferido, seguramente, a cualquiera de nosotras; pero se contenta, para no abusar de nadie, con la que pertenece a todo el mundo. Respeta el matrimonio y la virtud, ¡cuando es el amo, el señor! Le bastaría decir: “Esta quiero”, y obligar a viva fuerza, entre soldados, a la elegida.
Se estremecieron las damas. Los ojos de la señora Carré-Lamadon brillaron; sus mejillas palidecieron, como si ya se viese violada por el prusiano.
Los hombres discutían aparte y llegaron a un acuerdo.
Al principio, Loiseau, furibundo, quería entregar a la miserable atada de pies y manos. Pero el conde, fruto de tres abuelos diplomáticos, prefería tratar el asunto hábilmente, y propuso:
—Tratemos de convencerla.
Se unieron a las damas. La discusión se generalizó. Todos opinaban en voz baja, con mesura. Principalmente las señoras proponían el asunto con rebuscamiento de frases ocultas y rodeos encantadores, para no proferir palabras vulgares.
Alguien que de pronto las hubiera oído, sin duda no sospecharía el argumento de la conversación; de tal modo se cubrían con flores las torpezas audaces. Pero como el baño de pudor que defiende a las damas distinguidas en sociedad es muy tenue, aquella brutal aventura las divertía y esponjaba, sintiéndose a gusto, en su elemento, regocijándose en un lance de amor, con la sensualidad propia de un cocinero goloso que prepara una cena exquisita sin poder probarla siquiera.
Se alegraron, porque la historia les hacía mucha gracia. El conde se permitió alusiones bastante atrevidas —pero decorosamente apuntadas— que hicieron sonreír. Loiseau estuvo menos correcto, y sus audacias no lastimaron los oídos pulcros de sus oyentes. La idea, expresada brutalmente por su mujer, persistía en los razonamientos de todos: “¿No es el oficio de la moza complacer a los hombres? ¿Cómo se permite rechazar a uno?” La delicada señora Carré-Lamadon imaginaba tal vez que, puesta en tan duro trance, rechazaría menos al prusiano que a otro cualquiera.
Prepararon el bloqueo, lo que tenía que decir cada uno y las maniobras correspondientes, quedó en regla el plan de ataque, los amaños y astucias que debieran abrir al enemigo la ciudadela viviente.
Cornudet no entraba en la discusión, completamente ajeno al asunto.
Estaban todos tan preocupados, que no sintieron llegar a Bola de Sebo, pero el conde, advertido al punto, hizo una señal que los demás comprendieron.
Callaron, y la sorpresa prolongó aquel silencio, no permitiéndoles de pronto hablar. La condesa, más versada en disimulos y tretas de salón, dirigió a la moza esta pregunta:
—¿Estuvo muy bien el bautizo?
Bola de Sebo, emocionada, les dio cuenta de todo, y acabó con esta frase:
—Algunas veces consuela mucho rezar.
Hasta la hora del almuerzo se limitaron a mostrarse amables con ella, para inspirarle confianza y docilidad a sus consejos.
Ya en la mesa, emprendieron la conquista. Primero, una conversación superficial acerca del sacrificio. Se citaron ejemplos: Judit y Holofernes; y, sin venir al caso, Lucrecia y Sextus, Cleopatra, esclavizando con los placeres de su leche a todos los generales enemigos. Y apareció una historia fantaseada por aquellos millonarios ignorantes, conforme a la cual iban a Capua las matronas romanas para adormecer entre sus brazos amorosos al fiero Aníbal, a sus lugartenientes y a sus falanges de mercenarios. Citaron a todas las mujeres que han detenido a los conquistadores ofreciendo sus encantos para dominarlos con un arma poderosa e irresistible; que vencieron con sus caricias heroicas a monstruos repulsivos y odiados, que sacrificaron su castidad a la venganza o a la sublime abnegación.
Discretamente se mencionó a la inglesa linajuda que se mando inocular una horrible y contagiosa podredumbre para transmitírsela con fingido amor a Bonaparte, quien se libró milagrosamente gracias a una flojera repentina en el momento fatal.
Y todo se decía con delicadeza y moderación, ofreciéndose de cuando en cuando en entusiástico elogio que provocase la curiosidad heroica.
De todos aquellos rasgos ejemplares pudiera deducirse que la misión de la mujer en la tierra se reducía solamente a sacrificar su cuerpo, abandonándolo de continuo entre la soldadesca lujuriosa.
Las dos monjitas no atendieron, y es posible que ni se dieran cuenta de lo que decían los otros, ensimismadas en más intimas reflexiones.
Bola de Sebo no despegaba los labios. La dejaron reflexionar toda la tarde.
Cuando iban a sentarse a la mesa para comer apareció Follenvie para repetir la frase de la víspera.
Bola de Sebo respondió ásperamente:
—Nunca me decidiré a eso. ¡Nunca, nunca!
Durante la comida, los aliados tuvieron poca suerte. Loiseau dijo tres impertinencias. Se devanaban los sesos para descubrir nuevas heroicidades —y sin que saltase al paso ninguna—, cuando la condesa, tal vez sin premeditarlo, sintiendo una irresistible comezón de rendir a la Iglesia un homenaje, se dirigió a una de las monjas —la más respetable por su edad— y le rogó que refiriese algunos actos heroicos de la historia de los santos que habían cometido excesos criminales para humanos ojos y apetecidos por la Divina Piedad, que los juzgaba conforme a la intención, sabedora de que se ofrecían a la gloria de Dios o a la salud y provecho del prójimo. Era un argumento contundente. La condesa lo comprendió, y fuese por una tácita condescendencia natural en todos los que visten hábitos religiosos, o sencillamente por una casualidad afortunada, lo cierto es que la monja contribuyó al triunfo de los aliados con un formidable refuerzo. La habían juzgado tímida, y se mostró arrogante, violenta, elocuente. No tropezaba en incertidumbres casuísticas; era su doctrina como una barra de acero; su fe no vacilaba jamás, y no enturbiaba su conciencia ningún escrúpulo. Le parecía sencillo el sacrificio de Abraham; también ella hubiese matado a su padre y a su madre por obedecer un mandato divino; y, en su concepto, nada podía desagradar al Señor cuando las intenciones eran laudables. Aprovechando la condesa tan favorable argumentación de su improvisada cómplice, la condujo a parafrasear un edificante axioma “el fin justifica los medios”, con esta pregunta:
—¿Supone usted, hermana, que Dios acepta cualquier camino y perdona siempre, cuando la intención es honrada?
—¿Quién lo duda, señora? Un acto punible puede, con frecuencia, ser meritorio por la intención que lo inspire.
Y continuaron así, discurriendo acerca de las decisiones recónditas que atribuían a Dios, porque le suponían interesado en sucesos que, a la verdad, no deben importarle mucho.
La conversación, así encarrilada por la condesa, tomó un giro hábil y discreto. Cada frase de la monja contribuía poderosamente a vencer la resistencia de la cortesana. Luego, apartándose del asunto ya de sobra repetido, la monja hizo mención de varias fundaciones de su Orden; habló de la superiora, de sí misma, de la hermana San Sulpicio, su acompañante. iban llamadas a El Havre para asistir a cientos de soldados variolosos. Detalló las miserias de tan cruel enfermedad, lamentándose de que, mientras inútilmente las retenía el capricho de un oficial prusiano, algunos franceses podían morir en el hospital, faltos de auxilio. Su especialidad fue siempre asistir al soldado; estuvo en Crimea, en Italia, en Austria, y al referir azares de la guerra, se mostraba de pronto como una hermana de la Caridad belicosa y entusiasta, sólo nacida para recoger heridos en lo más recio del combate; una especie de sor María Rataplán, cuyo rostro desencarnado y descolorido era la imagen de las devastaciones de la guerra.
Cuando hubo terminado, el silencio de todos afirmó la oportunidad de sus palabras.
Después de cenar se fue cada cual a su alcoba, y al día siguiente no se reunieron hasta la hora del almuerzo.
La condesa propuso, mientras almorzaban, que debieran ir de paseo por la tarde. Y el conde, que llevaba del brazo a la moza en aquella excursión, se quedó rezagado...
Todo estaba convenido.
En tono paternal, franco y un poquito displicente, propio de un “hombre serio” que se dirige a un pobre ser, la llamó niña, con dulzura, desde su elevada posición social y su honradez indiscutible, y sin preámbulos se metió de lleno en el asunto.
—¿Prefiere vernos aquí víctimas del enemigo y expuestos a sus violencias, a las represalias que seguirían indudablemente a una derrota? ¿Lo prefiere usted a doblegarse a una... liberalidad muchas veces por usted consentida?
La moza callaba.
El conde insistía, razonable y atento, sin dejar de ser “el señor conde”, muy galante, con afabilidad, hasta con ternura si la frase lo exigía. Exaltó la importancia del servicio y el “imborrable agradecimiento”. Después comenzó a tutearla de pronto, alegremente:
—No seas tirana; permite al infeliz que se vanaglorie de haber gozado a una criatura como no debe haberla en su país.
La moza sin despegar los labios, fue a reunirse con el grupo de señoras.
Ya en casa, se retiró a su cuarto, sin comparecer ni a la hora de la comida. La esperaban con inquietud. ¿Qué decidiría?
Al presentarse Follenvie, dijo que la señorita Isabel se hallaba indispuesta, que no la esperasen. Todos aguzaron el oído. El conde se acercó al posadero y le preguntó en voz baja:
—¿Ya está?
—Sí.
Por decoro no preguntó más; hizo una mueca de satisfacción dedicada a sus acompañantes, que respiraron satisfechos, y se reflejó una retozona sonrisa en los rostros.
Loiseau no pudo contenerse:
—¡Caramba! Convido a champaña para celebrarlo.
Y se le amargaron a la señora Loiseau aquellas alegrías cuando apareció Follenvie con cuatro botellas.
Se mostraban a cuál más comunicativo y bullicioso; rebosaba en sus almas un goce fecundo. El conde advirtió que la señora Carré-Lamadon era muy apetecible, y el industrial tuvo frases insinuantes para la condesa. La conversación chisporroteaba, graciosa, vivaracha, jovial.
De pronto, Loiseau, con los ojos muy abiertos y los brazos en alto, aulló:
—¡Silencio!
Todos callaron, estremecidos.
—¡Chist! —y arqueaba mucho las cejas para imponer atención.
Al poco rato dijo con suma naturalidad:
—Tranquilícense. Todo va como una seda.
Pasado el susto, le rieron la gracia.
Luego repitió la broma:
—¡Chist!...
Y cada quince minutos insistía. Como si hablara con alguien del piso alto, daba consejos de doble sentido, producto de su ingenio de comisionista. Ponía de pronto la cara larga, y suspiraba al decir:
—¡Pobrecita!
O mascullaba una frase rabiosa:
—¡Prusiano asqueroso!
Cuando estaban distraídos, gritaba:
—¡No más! ¡No más!
Y como si reflexionase, añadía entre dientes:
—¡Con tal que volvamos a verla y no la haga morir, el miserable!
A pesar de ser aquellas bromas de gusto deplorable, divertían a los que las toleraban y a nadie indignaron, porque la indignación, como todo, es relativa y conforme al medio en que se produce. Y allí respiraban un aire infestado por todo género de malicias impúdicas.
Al fin, hasta las damas hacían alusiones ingeniosas y discretas. Se había bebido mucho, y los ojos encandilados chisporroteaban. El conde, que hasta en sus abandonos conservaba su respetable apariencia, tuvo una graciosa oportunidad comparando su goce al que pueden sentir los exploradores polares, bloqueados por el hielo, cuando ven abrirse un camino hacia el Sur.
Loiseau, alborotado, se levantó a brindar.
—¡Por nuestro rescate!
En pie, aclamaban todos, y hasta las monjitas, cediendo a la general alegría, humedecían sus labios en aquel vino espumosos que no habían probado jamás. Les pareció algo así como limonada gaseosa, pero más fino.
Loiseau advertía:
—¡Qué lástima! Si hubiera un piano podríamos bailar un rigodón.
Cornudet, que no había dicho ni media palabra, hizo un gesto desapacible. Parecía sumergido en pensamientos graves y de cuando en cuando se estiraba las barbas con violencia, como si quisiera alargarlas más aún.
Hacia medianoche, al despedirse, Loiseau, que se tambaleaba, le dio un manotazo en la barriga, tartamudeando:
—¿No está usted satisfecho? ¿No se le ocurre decir nada?
Cornudet, erguido el rostro y encarado con todos, como si quisiera retarlos con una mirada terrible, respondió.
—Sí, por cierto. Se me ocurre decir a ustedes que han fraguado una bellaquería.
Se levantó y fue repitiendo:
—¡Una bellaquería!
Era como un jarro de agua. Loiseau se quedó confundido; pero se repuso con rapidez, soltó la carcajada y exclamó:
—Están verdes; para usted... están verdes.
Como no le comprendían, explicó los “misterios del pasillo”. Entonces rieron desaforadamente; parecían locos de júbilo. El conde y el señor Carré-Lamadon lloraban de tanto reír. ¡Qué historia! ¡Era increíble!
—Pero ¿está usted seguro?
—¡Tan seguro! Como que lo vi.
—¿Y ella se negaba...?
—Por la proximidad...vergonzosa del prusiano.
—¿Es cierto?
—¡Certísimo! Pudiera jurarlo.
El conde se ahogaba de risa; el industrial tuvo que sujetarse con las manos el vientre, para no estallar.
Loiseau insistía:
—Y ahora comprenderán ustedes que no le divierta lo que pasa esta noche.
Reían sin fuerzas ya, fatigados, aturdidos.
Acabó la tertulia. “Felices noches”
La señora Loiseau que tenía el carácter como una ortiga, hizo notar a su marido, cuando se acostaban, que la señora Carré-Lamadon, “la muy fantasmona”, río de mala gana, porque pensando en lo de arriba se le pusieron los dientes largos.
—El uniforme las vuelve locas. Francés o prusiano, ¿qué más da? ¡Mientras haya galones! ¡Dios mío! ¡Es una lástima; como está el mundo!
Y durante la noche resonaron continuamente, a lo largo del oscuro pasillo, estremecimientos, rumores tenues apenas perceptibles, roces de pies desnudos, alientos entrecortados y crujir de faldas. Ninguno durmió, y por debajo de todas las puertas asomaron, casi hasta el amanecer, pálidos reflejos de las bujías.
El champaña suele producir tales consecuencias, y según dicen, da un sueño intranquilo.


Por la mañana, un claro sol de invierno hacía brillar la nieve deslumbradora.
La diligencia, ya enganchada, revivía para proseguir el viaje, mientras las palomas de blanco plumaje y ojos rosados, con las pupilas muy negras, picoteaban el estiércol, erguidas y oscilantes entre las patas de los caballos.
El mayoral, con su zamarra de piel, subido en el pescante, llenaba su pipa; los viajeros, ufanos, veían cómo les empaquetaban las provisiones para el resto del viaje.
Sólo faltaba Bola de Sebo, y al fin compareció.
Se presentó algo inquieta y avergonzada; cuando se detuvo para saludar a sus compañeros, se hubiera dicho que ninguno la veía, que ninguna reparaba en ella. El conde ofreció el brazo a su mujer para alejarla de un contacto impuro.
La moza quedó aturdida; pero, sacando fuerzas de flaqueza, dirigió a la esposa del industrial un saludo humildemente pronunciado. La otra se limitó a una leve inclinación de cabeza, imperceptible casi, a la que siguió una mirada muy altiva, como de virtud que se rebela para rechazar una humillación que no perdona. Todos parecían violentados y despreciativos a la vez, como si la moza llevara una infección purulenta que pudiera comunicárseles.
Fueron acomodándose ya en la diligencia, y la moza entró después de todos para ocupar su asiento.
Como si no la conocieran. Pero la señora Loiseau la miraba de reojo, sobresaltada, y dijo a su marido:
—Menos mal que no estoy a su lado.
El coche arrancó. Proseguían el viaje.
Al principio nadie hablaba. Bola de Sebo no se atrevió a levantar los ojos. Se sentía a la vez indignada contra sus compañeros, arrepentida por haber cedido a sus peticiones y manchada por las caricias del prusiano, a cuyos brazos la empujaron todos hipócritamente.
Pronto la condesa, dirigiéndose a la señora Carré-Lamadon, puso fin al silencio angustioso:
—¿Conoce usted a la señora de Etrelles?
—¡Vaya! Es amiga mía.
—¡Qué mujer tan agradable!
—Sí; es encantadora, excepcional. Todo lo hace bien: toca el piano, canta, dibuja, pinta... Una maravilla.
El industrial hablaba con el conde, y confundidas con el estrepitoso crujir de cristales, hierros y maderas, se oían algunas de sus palabras: “...Cupón... Vencimiento... Prima... Plazo...”


Loiseau, que había escamoteado los naipes de la posada, engrasados por tres años de servicio sobre mesas nada limpias, comenzó a jugar al bésigue con su mujer.
Las monjitas, agarradas al grueso rosario pendiente de su cintura, hicieron la señal de la cruz, y de pronto sus labios, cada vez más presurosos, en un suave murmullo, parecían haberse lanzado a una carrera de oremus; de cuando en cuando besaban una medallita, se persignaban de nuevo y proseguían su especie de gruñir continuo y rápido.
Cornudet, inmóvil, reflexionaba.


Después de tres horas de camino, Loiseau, recogiendo las cartas, dijo:
—Hay gazuza.
Y su mujer alcanzó un paquete atado con un bramante, del cual sacó un trozo de carne asada. Lo partió en lonchas finas, con pulso firme, y ella y su marido comenzaron a comer tranquilamente.
—Un ejemplo digno de ser imitado —advirtió la condesa.
Y comenzó a desenvolver las provisiones preparadas para los dos matrimonios. Venían metidas en un cacharro de los que tienen para pomo en la tapadera una cabeza de liebre, indicando su contenido: un suculento pastelón de liebre, cuya carne sabrosa, hecha picadillo, estaba cruzada por collares de fina manteca y otras agradables añadiduras. Un buen pedazo de queso, liado en un papel de periódico, lucía la palabra “Sucesos” en una de sus caras.
Las monjitas comieron una longaniza que olía mucho a especias, y Cornudet, sumergiendo ambas manos en los bolsillo de su gabán, sacó del uno cuatro huevos duros y del otro un panecillo. Mondó uno de los huevos, dejando caer en el suelo el cascarón y las partículas de yema sobre sus barbas.
Bola de Sebo, en el azoramiento de su triste despertar, no había dispuesto ni pedido merienda, y exasperada, iracunda, veía cómo sus compañeros mascaban plácidamente. Al principio la crispó un arranque tumultuoso de cólera, y estuvo a punto de arrojar sobre aquellas gentes un chorro de injurias que se le venían a los labios; pero tanto era su desconsuelo, que su congoja no le permitió hablar.
Ninguno la miró ni se preocupó de su presencia; se sentía la infeliz sumergida en el desprecio de la turba honrada que la obligó a sacrificarse, y después la rechazó, como un objeto inservible y asqueroso. No pudo menos de recordar su hermosa cesta de provisiones devoradas por aquellas gentes; los dos pollos bañados en su propia gelatina, los pasteles y la fruta, y las cuatro botellas de burdeos. Pero sus furores cedieron de pronto, como una cuerda tirante que se rompe, y sintió pujos de llanto. Hizo esfuerzos terribles para vencerse; se irguió, tragó sus lágrimas como los niños, pero asomaron al fin a sus ojos y rodaron por sus mejillas. Una tras otra, cayeron lentamente, como las gotas de agua que se filtran a través de una piedra; y rebotaban en la curva oscilante de su pecho. Mirando a todos resuelta y valiente, pálido y rígido el rostro, se mantuvo erguida, con la esperanza de que no la vieran llorar.
Pero advertida la condesa, hizo al conde una señal. Se encogió de hombros el caballero, como si quisiera decir: “No es mía la culpa.”
La señora Loiseau, con una sonrisita maliciosa y triunfante, susurró:
—Se avergüenza y llora.
Las monjitas reanudaron su rezo después de enrollar en un papelucho el sobrante de longaniza.
Y entonces Cornudet —que digería los cuatro huevos duros— estiró sus largas piernas bajo el asiento frontero, se reclinó, cruzó los brazos, y sonriente, como un hombre que acierta con una broma pesada, comenzó a canturrear La Marsellesa.
En todos los rostros pudo advertirse que no era el himno revolucionario del gusto de los viajeros. Nerviosos, desconcertados, intranquilos, se removían, manoteaban; ya solamente les faltó aullar como los perros al oír un organillo.
Y el demócrata, en vez de callarse, amenizó el bromazo añadiendo a la música su letra:



Patrio amor que a los hombres encanta,
conduce nuestros brazos vengadores;
libertad, libertad sacrosanta,
combate por tus fieles defensores.

Avanzaba mucho la diligencia sobre la nieve ya endurecida, y hasta Dieppe, durante las eternas horas de aquel viaje, sobre los baches del camino, bajo el cielo pálido y triste del anochecer, en la oscuridad lóbrega del coche, proseguía con una obstinación rabiosa el canturreo vengativo y monótono, obligando a sus irascibles oyentes a rimar sus crispaciones con la medida y los compases del odioso cántico.
Y la moza lloraba sin cesar; a veces, un sollozo, que no podía contener, se mezclaba con las notas del himno entre las tinieblas de la noche.

miércoles, 18 de julio de 2007

BOLA DE SEBO // GUY DE MAUPASSANT

BOLA DE SEBO
Guy de Maupassant





Durante varios días los restos del ejército derrotado habían cruzado la ciudad. No era
tropa: eran hordas desbandadas. Los hombres tenían la barba larga y sucia, uniformes en
harapos, y avanzaban con paso blando, sin bandera, sin regimiento. Todos parecían
abrumados, extenuados, incapaces de un pensamiento o de una resolución. Caminaban
únicamente por costumbre y caían de fatiga en cuanto se detenían. Sobre todo, los
movilizados, gente pacífica, rentistas tranquilos, se doblaban bajo el peso del fusil; pequeños
voluntarios alertas, fáciles para el espanto y rápidos para el entusiasmo, prontos al ataque
como a la huida. Luego, en medio de ellos, algunos pantalones rojos, despojos de una
división diezmada en una gran batalla, artilleros sombríos alineados con esos infantes
diversos; y a veces, el casco brillante de un dragón de pie lerdo que seguía con dificultad la
marcha más liviana de los infantes.
Legiones de francotiradores con apodos heroicos: "los Vengadores de la Derrota",
"los Ciudadanos de la Tumba", "los Compartidores de la muerte", pasaban a su vez con
aspecto de bandidos.
Sus jefes, antiguos comerciantes en telas o en granos, ex vendedores de sebo o de
jabón, guerreros de circunstancias, ascendidos a oficiales por su peso o por el tamaño de sus
bigotes, cubiertos de armas, de franela y de galones, hablaban con voz retumbante, discutían
planes de campaña, y pretendían sostener, solos, la Francia agonizante sobre sus hombros de
fanfarrones, pero temían a veces a sus propios soldados, gente de horca y cuchillo, temerarios
hasta la exageración, saqueadores y libertinos.
Los prusianos iban a entrar en Rouen, se decía.
La guardia nacional, que desde hacía dos meses efectuaba reconocimientos muy
prudentes en los bosques vecinos, fusilando a veces a sus propios centinelas, y preparándose
al combate cuando un conejito se movía entre las malezas, ya había regresado a sus hogares.
Sus armas, sus uniformes, todo el equipo mortífero con el cual aterrorizaban otrora a tres
leguas a la redonda los límites de las rutas nacionales, había desaparecido súbitamente.
Los últimos soldados franceses acababan, en fin, de cruzar el Sena para llegar a Pont-
Audemer por Saint-Sever y Bourg-Achard; y caminando a la zaga, el general desesperado,
que no podía intentar nada con esos pingajos informes, desesperado él también ante la gran
catástrofe de un pueblo acostumbrado a vencer y desastrosamente vencido a pesar de su valor
legendario, se iba a pie entre dos oficiales de orden.
Luego, una paz profunda, una espera aterrada y silenciosa había caído sobre la ciudad.
Muchos burgueses barrigones, embotados por el comercio, esperaban ansiosamente a los
vencedores, temblando de que sus asadores o sus grandes cuchillos de cocina fueran
considerados como armas.
La vida parecía detenida; las tiendas estaban cerradas; la calle silenciosa. A veces un
habitante, intimidado por ese silencio, se deslizaba rápidamente a lo largo de las paredes.
La angustia de la espera hacía desear la llegada del enemigo.

En la tarde del día que siguió a la partida de las tropas francesas, algunos fulanos
salidos no se sabe de dónde atravesaron rápidamente la ciudad. Luego, un poco más tarde,
una masa negra bajó de la barranca Santa Catalina, mientras otros dos ríos invasores
aparecían por las rutas de Darnetal y de Boisguillaume. Justo en el mismo momento las
avanzadas de tres cuerpos se unieron en la plaza de la Municipalidad, y por todas las calles
cercanas llegaba el ejército alemán, desparramando sus batallones, que hacían sonar el
empedrado bajo su paso rítmico y duro.
Ordenes gritadas por una voz desconocida y gutural subían a lo largo de las casas, que
parecían muertas y desiertas, mientras, tras los postigos cerrados, los ojos espiaban a esos
hombres victoriosos, dueños de la ciudad, de las fortunas y de las vidas por el "derecho de
guerra". Los habitantes, en sus cuartos ensombrecidos, sentían el enloquecimiento que dan
los cataclismos, los grandes trastornos mortíferos de la tierra, contra los cuales resultan
inútiles toda fuerza y toda sabiduría. Pues la misma sensación vuelve a aparecer cada vez que
el orden establecido de las cosas es subvertido, que todo lo que protegían las leyes de los
hombres o de la naturaleza se encuentra a la merced de una brutalidad inconsciente y feroz.
El temblor de tierra que aplasta a un pueblo entero bajo las casas derrumbadas; el río
desbordado que mezcla a los campesinos ahogados con los cadáveres de bueyes y las vigas
arrancadas a los techos, o el ejército victorioso que asesina a los que se defienden, lleva
prisioneros a los otros, saquea en nombre de la espada y da gracias a Dios al son del cañón,
son otras tantas plagas espantosas que desconciertan toda creencia en la justicia eterna, toda
la confianza que nos ha sido enseñada en la protección del cielo y en la razón de los hombres.
Pero a cada puerta golpeaban pequeños destacamentos y luego desaparecían en las
casas. Era la ocupación después de la invasión. Empezaba para los vencidos el deber de
mostrarse amables con los vencedores.
Luego de algún tiempo, una vez desaparecido el primer terror, una nueva paz se
estableció. En muchas familias el oficial prusiano comía a la mesa. A veces era bien educado
y por cortesía compadecía a Francia; decía su repugnancia en tomar parte en esa guerra. Le
quedaban agradecidos por ese sentimiento; además, un día u otro podían necesitar su protección.
Quizás halagándolo podrían alimentar a algunos hombres menos. ;Y por qué herir a
alguien de quien se depende completamente? Obrar así no sería coraje, sino temeridad. Y la
temeridad ya no es un defecto de los burgueses de Rouen, como en los tiempos de las
defensas heroicas, cuando se hizo ilustre la ciudad. Se decía, por fin, razón suprema, sacada
de la urbanidad francesa, que era permitido ser cortés en el interior, con tal de no mostrar
familiaridades en público con el soldado extranjero. Afuera ya no se conocían, pero en la casa
se conversaba con gusto, y el alemán permanecía mucho tiempo, cada noche, calentándose en
el hogar común.
La ciudad poco a poco recobraba su aspecto habitual. Los franceses todavía no salían,
pero los soldados prusianos hormigueaban en las calles. Por otra parte, los oficiales de los
húsares azules, que arrastraban con arrogancia sus grandes instrumentos mortíferos sobre el
empedrado, no parecían tener mucho más desprecio por los simples ciudadanos que los
oficiales de cazadores que el año anterior bebían en los mismos cafés. No obstante, había
algo en el aire, algo sutil y desconocido, una intolerable atmósfera extraña, como un olor
desparramado, el olor de la invasión. Llenaba las viviendas y las plazas públicas, cambiaba el
gusto de los alimentos, daba la impresión de estar de viaje, muy lejos, entre tribus bárbaras y
peligrosas.
Los vencedores exigían dinero; bastante dinero y los habitantes pagaban siempre. Por
lo demás eran ricos. Pero cuanto más opulento es un comerciante normando, más sufre por
cualquier sacrificio, por cualquier partícula de su fortuna que ve pasar a manos de otros.
Sin embargo, a dos o tres leguas de la ciudad, siguiendo el curso del arroyo hacia
Croisset, Dieppedalle o Biessart, los marineros y los pescadores sacaban a menudo del fondo
del agua el cadáver de algún alemán, hinchado en su uniforme, muerto de una puñalada o de
un golpe, la cabeza aplastada por una piedra o arrojado al agua de un empujón desde lo alto
de un puente. El fango del río amortajaba estas oscuras venganzas, salvajes y legítimas,
heroísmos desconocidos, ataques mudos, más peligrosos que las batallas en pleno día y sin la
resonancia de la gloria.
Pues el odio por el extranjero arma siempre a algunos intrépidos dispuestos a morir
por una idea. En fin, como los invasores, aunque avasallaban la ciudad con su inflexible
disciplina, no habían cometido ninguno de los horrores que la fama les hacía cometer a lo
largo de su marcha triunfal, la gente empezó a animarse, y la necesidad del negocio trabajó de
nuevo el magín de los comerciantes del país. Algunos tenían importantes intereses comprometidos
en El Havre, entonces ocupado por el ejército francés, y resolvieron tratar de llegar a
ese puerto yendo por tierra a Dieppe, en donde se embarcarían.
Emplearon la influencia de los oficiales alemanes con los cuales se habían relacionado
y obtuvieron del general en jefe la autorización para partir. Por lo tanto, habiendo reservado
una gran diligencia de cuatro caballos para el viaje, e inscrito en la cochería diez personas, se
resolvió partir un martes por la mañana antes del alba para evitar cualquier aglomeración.
A las cuatro de la mañana los viajeros se reunieron en el patio del hotel de
Normandía, donde tomarían el coche.
Estaban aún adormilados y tiritaban de frío bajo sus mantas. Se distinguían mal en la
oscuridad; y las pesadas ropas de invierno hacían que todos esos cuerpos se pareciesen a
curas obesos con largas sotanas. Pero dos hombres se reconocieron; un tercero se acercó;
conversaron:
-Llevo a mi mujer.
-Y yo también.
El primero agregó:
-No volveremos a Rouen, y si los prusianos se acercan a El Havre, pasaremos a
Inglaterra.
Todos tenían los mismos proyectos, pues compartían ideas semejantes.
Sin embargo, no enganchaban el coche. Una pequeña linterna, llevada por un mozo de
establo, salía de tanto en tanto de una puerta oscura para desaparecer inmediatamente en otra.
Cascos de caballos golpeaban la tierra, amortiguados por el estiércol de las pajazas, y se oía
en el fondo del edificio una voz de hombre que hablaba a los animales y profería insultos. Un
ligero murmullo de cascabeles anunció que movían los arneses; ese murmullo fue pronto un
estremecimiento claro y continuo, ritmado por el movimiento del animal, deteniéndose a
veces, volviendo a empezar en una brusca sacudida que acompañaba el ruido sordo de una
herradura que golpeaba el suelo.
La puerta se cerró súbitamente. Cesó todo ruido. Los burgueses, helados, habían
callado; permanecían inmóviles y rígidos.
Una cortina ininterrumpida de copos blancos reverberaba sin cesar, descendiendo
hasta la tierra; velaba las formas, empolvaba las cosas de una espuma de hielo; y sólo se oía
en el gran silencio de la gran ciudad apacible y amortajada bajo el invierno ese susurro vago,
innombrable y flotante de la nieve que cae; más bien sensación que ruido, enlazamiento de
átomos ligeros que parecían llenar el espacio, cubrir el mundo.
El hombre reapareció con su linterna, llevando en el extremo de una cuerda a un
caballo triste que no parecía seguirlo con gusto. Lo colocó contra la lanza, lo ató a los tiros,
dio muchas veces vuelta a su alrededor para asegurar los arneses, pues únicamente podía
utilizar una mano, por llevar la luz en la otra. Cuando iba en busca del segundo animal advirtió
a todos esos pasajeros inmóviles, ya blancos de nieve:
-¿Por qué no suben al coche? Por lo menos estarán al abrigo.
No habían pensado en ello, sin duda, y se apresuraron. Los tres hombres instalaron a
sus mujeres en el fondo y subieron luego; después las otras formas indecisas y veladas
tomaron a su vez os últimos lugares sin cambiar una palabra.
El piso estaba cubierto de paja, en la cual se hundieron los pies. Las damas del fondo,
que habían traído pequeños braseros de cobre con un carbón químico, encendieron esos
aparatos, y durante algún tiempo, en voz baja, enumeraron las ventanas, repitiéndose cosas
que sabían desde hacía tiempo.
Cuando la diligencia estuvo uncida con seis caballos en lugar de cuatro, a causa del
tiro más penoso, una voz preguntó desde fuera:
-¿Ha subido todo el mundo?
Una voz respondió desde adentro:
-Sí.
Partieron.
El coche avanzaba lentamente, lentamente. Las ruedas se hundían en la nieve; el cofre
entero gemía con sordos crujidos, y el látigo gigantesco del cochero chasqueaba sin descanso,
revoloteaba por todos lados, enrollándose y desenrollándose como una serpiente delgada, y
pegando bruscamente alguna grupa rolliza que se alargaba entonces bajo un esfuerzo más
violento.
Pero el día crecía imperceptiblemente. Esos copos livianos, que un viajero ruenés de
pura sangre había comparado con una lluvia de algodón, ya no caían. Un resplandor sucio se
filtraba a través de grandes nubes oscuras y pesadas que hacían más brillante la blancura del
campo en donde aparecían, tan pronto una hilera de grandes árboles vestidos de escarcha, tan
pronto un rancho con una capucha de nieve.
En el coche, la gente se miraba curiosamente bajo la triste claridad de esa aurora.
Completamente al fondo dormitaban en los mejores asientos el señor y la señora
Loiseau, comerciantes en vino al por mayor de la calle Grand-Pont.
Antiguo dependiente de un patrón arruinado en los negocios, Loiseau había comprado
el fondo del comercio y había hecho fortuna. Vendía muy barato muy malos vinos a los
vendedores minoristas del campo, y era considerado entre sus relaciones y sus amigos como
un pillo astuto, un verdadero normando lleno de picardías y de jovialidad.
Su reputación de tramposo estaba tan bien establecida, que una noche en la prefectura
el señor Tournel, autor de fábulas y de canciones, espíritu fino y mordaz, una gloria local,
propuso a las señoras, que veía un poco soñolientas, jugar un partido de Loiseau vole. El
chiste voló a través de los salones del prefecto; luego, introduciéndose en los de la ciudad,
hizo reír durante un mes todas las mandíbulas de la provincia.
Loiseau era célebre, además, por sus bromas de toda naturaleza, sus bromas buenas o
malas; y nadie podía hablar de él sin agregar inmediatamente: "Es impagable este Loiseau...".
De estatura exigua, presentaba un vientre como una pelota, dominado por un rostro
rijozo entre dos patillas canosas.
Su mujer, grande, fuerte, resuelta, tenía la voz alta y la decisión rápida; era el orden y
la aritmética de la casa de comercio, que él animaba con su alegre actividad.
Al lado de ellos se encontraba, más digno, pues pertenecía a una casta superior, el
señor Carré Lamadon, hombre considerable, comerciante en algodón, propietario de tres
hilanderías, oficial de la Legión de Honor y miembro del Consejo General. Durante todo el
imperio había permanecido como jefe de la benevolente oposición únicamente para hacerse
pagar más caro su unión a la causa que combatía con armas corteses, según su propia expresión.
La señora Carré-Lamadon, mucho más joven que su marido, era el consuelo de los
oficiales de buena familia enviados a Rouen en guarnición.
Junto a su marido parecía muy pequeña, muy graciosa, muy bonita, apelotonada,
acurrucada en sus pieles, y miraba con ojos desolados el interior lamentable del coche.
Sus vecinos, el conde y la condesa Huberto de Breville, llevaban uno de los nombres
más antiguos y más nobles de Normandía. El conde, viejo gentilhombre de gran apariencia,
se esforzaba en acentuar por los artificios de su toilette su parecido natural con el rey Enrique
IV, que, según una leyenda gloriosa para la familia, había dejado encinta a una señora de
Breville, cuyo marido, por ese hecho, había sido conde y gobernador de provincia.
Colega del señor Carré-Lamadon en el Consejo General, el conde Huberto
representaba el partido orleanista en el departamento. La historia de su casamiento con la hija
de un pequeño armador de Nantes había permanecido siempre misteriosa. Pero como la
condesa tenía gran apariencia, recibía mejor que nadie, y hasta pasaba por haber sido amada
por uno de los hijos de Luis Felipe, toda la nobleza la agasajaba y su salón seguía siendo el
primero del país, el único en donde se conservaba la vieja galantería y cuya entrada era
difícil.
La fortuna de los Breville, toda en bienes raíces, alcanzaba, se decía, a unas quinientas
mil libras de renta.
Esas seis personas formaban el fondo del coche, el lado de la sociedad rentista, serena
y fuerte, de la gente honrada, autorizada, que tiene religión y principios.
Por un extraño azar, todas las mujeres estaban en el mismo banco; y la condesa tenía
además por vecinas a dos hermanitas que desgranaban largos rosarios, murmurando Pater y
Ave. Una era vieja y tenía el rostro comido por la viruela, como si hubiera recibido una
descarga de metralla en plena cara. La otra, muy endeble, tenía un rostro lindo y enfermizo
sobre un pecho de tísica carcomida por esa fe devoradora que hace mártires e iluminados.
Frente a las dos religiosas, un hombre y una mujer atraían todas las miradas.
El hombre, muy conocido, era Cornudet, el demócrata, el terror de las personas
respetables. Desde hacía veinte años mojaba su gran barba roja en los bocks de todos los
cafés democráticos. Habíase comido con sus hermanos y amigos una fortuna bastante
abultada que le venía de su padre, ex confitero, y esperaba impacientemente la República
para obtener, por fin, el lugar merecido por tantas consumiciones revolucionarias. El cuatro
de septiembre, a consecuencia de una broma, quizá, se había creído nombrado prefecto, pero
cuando quiso entrar en funciones, los escribientes, únicos dueños del lugar, rehusaron
reconocerlo, lo que lo obligó a retirarse. Muy buen muchacho, por otra parte, inofensivo y
servicial, se había ocupado con un fervor incomparable de organizar la defensa. Había hecho
cavar agujeros en las praderas, voltear todos los árboles jóvenes de los bosques vecinos,
sembrar trampas en todas las rutas, y al acercarse el enemigo, satisfecho de sus preparativos,
se había replegado rápidamente hacia la ciudad. Ahora pensaba ser más útil en El Havre,
donde iban a ser necesarios nuevos destacamentos.
La mujer, una de esas llamadas galantes, era célebre por su precoz gordura, que le
había valido el sobrenombre de Bola de Sebo. Baja, redonda por todas partes, gorda a
reventar, con dedos hinchados, estrangulados en las falanges, semejantes a rosarios de
pequeñas salchichas, de piel brillante y tensa, un pecho enorme que resaltaba bajo el vestido,
era todavía apetitosa y buscada, pues su frescura era agradable a la vista. Su rostro era una
manzana roja, un pimpollo de peonía pronto a brotar; y en todo eso se abrían, arriba, dos ojos
negros. magníficos, sombreados por grandes pestañas espesas que ponían una sombra dentro
de ellos. Abajo, una boca encantadora, angosta, húmeda para el beso, adornada por dientes
brillantes y menudos.
Poseía, además, según se decía, cualidades inapreciables.
En cuanto fue reconocida, corrieron susurros entre las mujeres honradas, y las
palabras "prostituta", "vergüenza pública", fueron susurradas tan alto que ella alzó la cabeza.
Entonces paseó sobre sus vecinos una mirada tan provocativa y osada, que inmediatamente
reinó un gran silencio y todo el mundo bajó los ojos, a excepción de Loiseau, que espiaba con
aire socarrón.
Pero pronto se reanudó la conversación entre las tres señoras súbitamente amigas, casi
íntimas, por la presencia de esa mujer. Tenían que hacer, les parecía, como un haz con sus
dignidades de esposas frente a esa vendida sin vergüenza, pues el amor legal siempre mira de
arriba a su libre colega.
También los tres hombres, que el aspecto de Cornudet acercaba a un instinto
conservador, hablaban de dinero con un cierto tono desdeñoso para los pobres. El conde
Huberto decía los destrozos que le habían causado los prusianos, las pérdidas que resultarían
del ganado robado y de las cosechas perdidas, con una seguridad de gran señor diez veces
millonario a quien esos estragos molestarían apenas un año. El señor Carre-Lamadon, muy
golpeado en la industria algodonera, había tenido cuidado de mandar seiscientos mil francos a
Inglaterra, una pequeña reserva para cualquier ocasión. En cuanto a Loiseau, se había
arreglado para vender a la intendencia francesa todos los vinos comunes que le quedaban en
la bodega, de manera que el Estado le debía una suma formidable que pensaba cobrar en El
Havre.
Y los tres se lanzaban miradas rápidas y amistosas. Aunque de distinta condición, se
sentían hermanos por el dinero; de la masonería de los que poseen, de los que hacen sonar el
oro poniendo la mano en el bolsillo del pantalón.
El coche iba tan lentamente que a las diez de la mañana no habían andado cuatro
leguas. Los hombres bajaron tres veces para subir las cuestas a pie. Empezaban a inquietarse,
pues pensaban almorzar en Tótes y ya estaban perdiendo la esperanza de llegar antes de la
noche. Todos acechaban para descubrir un mesón en el camino, cuando la diligencia se
empantanó en un amontonamiento de nieve y hubo que perder dos horas para sacarla.
El apetito crecía, turbaba los ánimos; y ningún boliche, ninguna venta de vino
aparecía. La cercanía de los prusianos y el paso de las tropas francesas hambrientas habían
asustado a los comerciantes.
Los señores corrieron a buscar provisiones a las chacras de la vera del camino, pero
no encontraron ni siquiera pan, pues el campesino, desconfiado, escondía sus reservas por
temor a ser saqueado por los soldados, que al no tener nada que ponerse bajo el diente
tomaban por la fuerza lo que descubrían.
Hacia la una del día Loiseau anunció que decididamente sentía un, fuerte vacío en el
estómago. Desde hacía tiempo todo el mundo sufría como él; y a medida que aumentaba el
violento deseo de comer, morían las conversaciones.
De cuando en cuando, alguno bostezaba; otro lo imitaba casi en seguida. Y cada uno
por turno, según su carácter, su educación y su posición social, abría la boca con estruendo o
modestamente, poniendo una mano ante la entrada abierta, de la cual salía como un vapor.
Bola de Sebo, en diversas ocasiones, se había inclinado como si buscara algo bajo sus
faldas. Titubeaba un minuto, miraba a sus vecinos; luego se enderezaba tranquilamente. Los
rostros estaban pálidos y crispados. Loiseau afirmó que pagaría mil francos por un jamón. Su
mujer hizo un ademán como para protestar; luego se calmó. Siempre sufría cuando oía hablar
de dinero despilfarrado y ni siquiera comprendía las bromas a ese respecto.
-La verdad es que no me siento bien -dijo el conde-. ¿Cómo no pensé en traer
provisiones?
Cada cual se hacía el mismo reproche.
Sin embargo, Cornudet tenía una botella llena de ron. Ofreció; rechazaron fríamente.
Sólo Loiseau aceptó dos gotas, y cuando devolvió la botella agradeció:
-Es bueno; calienta y engaña el apetito.
El alcohol lo puso de buen humor y propuso que se hiciera como en el pequeño navío
de la canción: comer al más gordo de los viajeros. Esta alusión indirecta a Bola de Sebo
chocó a la gente bien educada. Nadie contestó; sólo Cornudet esbozó una sonrisa. Las dos
hermanitas habían dejado de desgranar sus rosarios, y las manos sumergidas en sus grandes
mangas, permanecían inmóviles, los ojos bajos obstinadamente, ofreciendo sin duda al cielo
el sufrimiento que les mandaba.
Por fin, a las tres, cuando se encontraban en medio de un valle interminable, sin un
solo pueblo a la vista, Bola de Sebo, agachándose rápidamente, sacó de abajo del asiento una
gran canasta cubierta por una servilleta blanca.
Sacó primeramente un plato pequeño de porcelana y un fino vaso de plata; luego una
vasija, en la cual dos pollos enteros, cortados, se conservaban bajo la gelatina; además, se
veían en la canasta muchas otras cosas apetecibles: pasteles, frutas, golosinas; provisiones
preparadas para un viaje de tres días a fin de no tener que probar la comida de las posadas.
Cuatro cuellos de botellas pasaban entre los paquetes de alimentos. Tomó un ala de pollo y
delicadamente se puso a comerla con uno de esos pancitos que en Normandía se llaman
"Regencia".
Todas las miradas convergían en ella. Luego el olor se desparramó, ensanchando las
narices, llenando las bocas de una saliva abundante, con una contracción dolorosa de las
mandíbulas junto a las orejas. El desprecio de las señoras por esa mujer se volvía feroz;
sentían como ganas de matarla o de tirarla del coche en la nieve, a ella, su vaso, su canasto y
sus provisiones.
Pero Loiseau devoraba con los ojos la cazuela de pollo. Dijo:
-Me alegro; la señora ha sido más precavida que nosotros. Hay personas que piensan
siempre en todo.
Ella alzó la cabeza hacia él:
-¿Desea un bocado el señor? Es duro ayunar desde la mañana.
El saludó:
-Francamente, no digo que no; ya no puedo más. Hay que hacer de la necesidad
virtud; ¿no es verdad, señora?
Y echando una mirada circular, agregó:
-En momentos como éste uno se alegra de encontrar gente servicial.
Tenía un diario que extendió para no manchar su pantalón, y con la punta de un
cuchillo que llevaba en el bolsillo sacó un muslo barnizado de gelatina, lo cortó con los
dientes, y luego lo masticó con una satisfacción tan evidente que hubo en el coche un gran
suspiro de angustia.
Pero Bola de Sebo, con voz humilde y dulce, propuso a las dos hermanitas que
compartieran su colación. Las dos aceptaron instantáneamente, y sin alzar los ojos se
pusieron a comer muy rápido después de haber balbuceado las gracias. Cornudet tampoco
rechazó los ofrecimientos de su vecina y formaron con las religiosas una sola mesa, desplegando
diarios sobre las rodillas.
Las bocas se abrían y se cerraban sin cesar; tragaban, masticaban, engullían
ferozmente. Loiseau, en su rincón, trabajaba firme, y en voz baja convencía a, su mujer que
lo imitara. Ella resistió largo rato; luego, después de una crispación que le recorrió las
entrañas, cedió. Entonces su marido, redondeando la frase, pidió a su "encantadora compañera"
que le permitiera ofrecer un pedacito a la señora Loiseau.
Ella dijo:
-Pero sí, sin duda, señor.
Y con una sonrisa amable, tendió la cazuela.
Un malestar se produjo cuando descorcharon la primera botella de bordeaux: había
sólo un vaso. Se lo fueron pasando después de haberlo limpiado. únicamente Cornudet, por
galantería, sin duda, posó sus labios en el lugar todavía húmedo por los labios de su vecina.
Entonces, rodeados de gente que comía, sofocados por las emanaciones de los
alimentos, el conde y la condesa de Breville, así como el señor y la señora de Carré-
Lamadon, sufrieron ese suplicio odioso que ha conservado el nombre de Tántalo. De pronto,
la joven esposa del manufacturero lanzó un suspiro que hizo volver las cabezas; estaba blanca
como la nieve de afuera; sus ojos se cerraron, su frente cayó: había perdido el conocimiento.
Su marido, enloquecido, imploraba el socorro de todo el mundo. Todos perdían la cabeza,
cuando la mayor de las dos hermanitas, sosteniendo la cabeza de la enferma, deslizó entre sus
labios el vaso de Bola de Sebo y le hizo tragar algunas gotas de vino. La linda señora se
movió, abrió los ojos, sonrió y declaró con una voz moribunda que ahora se sentía muy bien.
Pero a fin de que esto no se repitiese, la monja la obligó a beber un gran vaso de bordeaux, y
agregó:
-Es el hambre, nada más.
Entonces Bola de Sebo, roja y avergonzada, balbuceó, mirando a los cuatro viajeros
que habían permanecido en ayunas:
-¡Dios mío, si me atreviera a ofrecerles a estos señores y a estas señoras!...
Calló, temiendo un ultraje. Loiseau tomó la palabra:
-Bueno, caramba, en casos semejantes todo el mundo es hermano y debe ayudarse.
Vamos, señoras mías, nada de ceremonias; acepten, ¡qué diablos! ¿Sabemos siquiera si
encontraremos una casa para pasar la noche? De la manera como vamos no estaremos en
Tôtes antes de mañana a mediodía.
Titubeaban; nadie se atrevía a asumir la responsbilidad del "sí".
Pero el conde resolvió la situación. Se volvió hacia la muchacha gorda, intimidada, y
tomando su gran aire de gentilhombre le dijo:
-Aceptamos con gratitud, señora.
Sólo el primer paso costaba. Una vez pasado el Rubicón se entregaron resueltamente.
El canasto fue vaciado. Contenía, además, un pâté de foie. gran,
un pastel de liebre, un pedazo de lengua ahumada, peras de Crassane, un Pont-l´'Evéque,
acaramelados, y una taza llena de pepinos y de cebollas en vinagre. Bola de Sebo, como todas
las mujeres, adoraba lo crudo.
No era posible comer las provisiones de esa muchacha sin hablarle. Por lo tanto se
conversó, primeramente con reservas; luego, como ella se mantenía en su lugar, se
abandonaron un poco más. Las señoras de Breville y de Carré-Lamadon, que tenían mucho
mundo, fueron amables con delicadeza. La condesa, sobre todo, mostró esa amable condescendencia
de las señoras muy nobles que no pueden ser ensuciadas por ningún contacto, y
fue encantadora. Pero la fuerte señora Loiseau, que tenía un alma de sargento, permaneció
hosca hablando poco y comiendo mucho.
Se habló de la guerra, naturalmente. Contaron hechos horribles de los prusianos,
rasgos de coraje de los franceses; y todas esas personas que huían rindieron homenaje al valor
de los demás. Las historias personales empezaron pronto, y Bola de Sebo contó con
verdadera emoción, can ese calor en la palabra que tienen a veces las rameras para expresar
sus arrebatos naturales, cómo había salido de Rouen.
-Primeramente creía que podría quedarme –decía-. Tenía mi casa llena de provisiones
y prefería alimentar a algunos soldados a expatriarme no sé dónde. Pero cuando vi a esos
prusianos, fue
más fuerte que yo. Me hicieron hervir la sangre de rabia; y lloré de vergüenza durante todo el
día. ¡Ah, si yo fuera hombre, verían! Miraba desde mi ventana a esos grandes puercos con sus
cascos en punta, y mi criada me sujetaba las manos para impedirme que les arrojara los
muebles encima. Luego vinieron algunos para hospedarse en casa; entonces salté sobre el
primero. ¡No son más difíciles de estrangular que otros! Y habría muerto a ése si no me
hubieran arrancado por el cabello. Después de eso fue preciso esconderme. En fin, cuando
encontré una oportunidad me fui y aquí estoy.
La felicitaron mucho. Crecía en la estima de sus compañeros, que no se habían
mostrado tan valientes; y Cornudet, escuchándola, conservaba una sonrisa aprobadora y
benevolente de apóstol; así escucha un sacerdote a un devoto alabar a Dios, pues los
demócratas de barba larga tienen el monopolio del patriotismo, así como los hombres de
sotana tienen el de la religión. Habló a su vez en tono doctrinario, con el énfasis aprendido en
las proclamas que pegaban todos los días en las paredes, y acabó con un trozo de elocuencia
en el cual zarandeaba magistralmente a ese "crápula de Badinguet".
Pero Bola de Sebo se enojó porque era bonapartista. Se ponía más roja que una
guinda, y tartamudeaba de indignación:
-Hubiera querido verlos en su lugar a ustedes. Sí, cómo no. ¡Ustedes lo han
traicionado a ese hombre! No nos quedaría más que salir de Francia si estuviéramos
gobernados por pícaros como ustedes.
Cornudet, impasible, conservaba una sonrisa desdeñosa y superior; pero se presentía
que iban a llegar a insultarse, cuando el conde se interpuso y calmó, no sin trabajo, a la mujer
exasperada, proclamando, con autoridad, que todas las opiniones sinceras son respetables. No
obstante, la condesa y la manufacturera, que tenían en el alma el odio irracional de la gente
bien por la República y esa ternura instintiva que alimentan todas las mujeres por los
gobiernos de galones y despóticos, se sentían a pesar de ellas, atraídas por esa prostituta llena
de dignidad, cuyos sentimientos se parecían tanto a los propios.
La canasta estaba vacía. Entre diez la habían vaciado sin dificultad, lamentando que
no fuera más grande. La conversación continuó algún tiempo, un poco enfriada, no obstante,
desde que habían terminado de comer.
La noche caía; poco a poco la oscuridad se hizo profunda, y el frío, más sensible
durante las digestiones, hacía estremecer a Bola de Sebo a pesar de su grasa. Entonces la
señora de Breville le propuso su braserito, cuyo carbón había sido renovado varias veces
desde la mañana, y la otra aceptó en seguida porque tenía los pies helados. Las señoras de
Carré Lamadon y de Loiseau dieron los suyos a las religiosas.
El cochero había encendido los faroles. Éstos iluminaban con un vivo resplandor una
nube de bruma sobre las grupas sudorosas de los caballos, y a ambos lados de la ruta de nieve
parecía desenrollarse bajo el movible reflejo de las luces.
En el coche ya no se distinguía nada; pero de pronto hubo un movimiento entre Bola
de Sebo y Cornudet; y Loiseau, cuyos ojos hurgaban las sombras, creyó ver al hombre de
larga barba apartarse vivamente como si hubiera recibido algún buen golpe dado sin ruido.
Pequeñas puntas luminosas aparecieron adelante, en el camino. Era Tótes. Habían
andado once horas, lo cual, con las dos horas de descanso dadas en cuatro etapas a los
caballos para comer avena y resollar, sumaban catorce horas. Entraron en el hurgo y se
detuvieron ante la Bolsa de Comercio.
La puerta se abrió. Un ruido muy conocido hizo estremecer a todos los viajeros: eran
los choques de una vaina de espada contra el suelo. En seguida la voz de un alemán gritó
alguna cosa.
Aunque la diligencia estaba inmóvil, nadie se apeaba, como si temieran ser asesinados
a la salida. Entonces el conductor apareció llevando en la mano una de las linternas, que
iluminó súbitamente hasta el fondo del coche las dos hileras de cabezas aterradas, cuyas
bocas estaban abiertas y los ojos muy abiertos de sorpresa y de espanto.
Junto al cochero se hallaba, en plena luz un oficial alemán, un gran muchacho
excesivamente delgado y rubio, apretado en su uniforme como una mujer en un corsé y
llevando ladeada su gorra chata y lustrosa que lo hacía parecerse al mensajero de un hotel
inglés. Su desmesurado bigote de largos pelos lacios, adelgazándose indefinidamente de cada
lado y terminado por un solo hilo rubio tan delgado que no se veía el fin, parecía pesar sobre
las comisuras de su boca, y estirando la mejilla imprimía a los labios una arruga en descenso.
En un francés con acento invitó a los viajeros a que salieran, diciendo en tono seco:
-¿Quieren "pajar", señores y señoras?
Las dos hermanitas fueron las primeras en obedecer con una docilidad de santas mujeres
acostumbradas a todas las sumisiones. El conde y la condesa aparecieron después, seguidos
por el manufacturero y su mujer; luego Loiseau, empujando ante él a su gran mitad. Éste,
apeándose, dijo al oficial: "Buenos días, señor", por un sentimiento de prudencia más que por
cortesía. El otro, insolente como las personas omnipotentes, lo miró sin contestar.
Bola de Sebo y Cornudet, aunque estaban cerca de la puerta, fueron los últimos en
bajar, graves y altivos ante el enemigo. La muchacha gorda trataba de dominarse y de estar
serena; el demócrata atormentaba con una mano crispada y un poco temblorosa su larga barba
rojiza. Querían conservar la dignidad, comprendiendo que en esos encuentros cada uno
representa un poco a su país; e igualmente sublevados por la flexibilidad de sus compañeros,
ella intentaba mostrarse más altanera que sus vecinas, las mujeres honradas, en tanto él,
sintiendo que debía dar el ejemplo, continuaba con su actitud la misión de resistencia
empezada en los baches de los caminos.
Entraron en la vasta cocina de la posada, y el alemán, habiéndose hecho presentar la
autorización de partida firmada por el general en jefe y en donde estaban mencionados los
nombres, la filiación y la profesión de cada viajero, examinó largamente a todo ese mundo,
comparando a las personas con los informes escritos.
Luego dijo bruscamente:
-Están bien. -Y desapareció.
Entonces respiraron. Todavía tenían hambre; encargaron la comida. Era necesaria una
media hora para prepararla, y mientras dos sirvientas se ocupaban de ella, fueron a visitar las
habitaciones. Daban todas a un largo corredor que terminaba en una puerta con cristales
marcada con un número sugestivo.
Por fin iban a sentarse a la mesa cuando apareció el patrón de la posada. Era un
antiguo vendedor de caballos, un gordo asmático que tenía siempre silbidos, ronqueras,
cantos de flemas en la laringe. Su padre le había transmitido el nombre de Follenvie.
Preguntó:
-¿La señorita Elisabeth Rousset?
Bola de Sebo se estremeció; se volvió:
-Soy yo.
-Señorita, el oficial prusiano quiere hablarle inmediatamente.
-¿A mí?
-Sí, si usted es la señorita Elisabeth Rousset.
Ella se turbó; reflexionó un segundo; luego declaró abiertamente:
-Es posible, pero no iré.
Hubo una agitación a su alrededor. Cada cual discutía, buscaba la causa de esa orden.
El conde se acercó:
-Hace mal, señora, pues su rechazo puede traer considerables dificultades, no
solamente para usted, sino para todos sus compañeros. Nunca hay que oponerse a los más
fuertes. Seguramente, este paso no puede entrañar ningún peligro; sin duda, es para alguna
formalidad olvidada.
Todo el mundo se unió a él; le rogaron, la instaron, la sermonearon, y terminaron por
convencerla, pues todos temían las complicaciones que podrían resultar de un capricho. Al
fin ella dijo:
-Es por ustedes que lo hago, ¡seguro!
La condesa le tomó la mano:
-Y se lo agradecemos.
Salió. La esperaron para sentarse a la mesa. Cada cual se desolaba de no haber sido
requerido en lugar de esa muchacha violenta e irascible, y preparaba mentalmente bajezas
para el caso de ser llamado a su vez.
Pero al cabo de diez minutos ella reapareció, resoplando, roja como si fuera a estallar,
exasperada. Balbuceó:
-¡Oh, el canalla, el canalla!
Todos la rodearon para saber, pero ella no dijo nada; y como el conde insistía,
respondió con una gran dignidad:
-No, esto no les incumbe, no puedo hablar. Entonces se sentaron alrededor de una
gran sopera de la cual salía un aroma de repollo. A pesar de ese alerta, la comida fue alegre.
Era buena la sidra que el matrimonio Loiseau y las hermanitas tomaron por economía. Los
demás pidieron vino; Cornudet reclamó cerveza. Tenía una manera particular de destapar las
botellas, de hacer espumar el líquido, de considerarlo inclinando el vaso, que luego levantaba
entre la lámpara y sus ojos para apreciar bien el color. Cuando bebía, su gran barba, que había
tomado el tono de su amado brebaje, parecía estremecerse de ternura; sus ojos bizqueaban
para no perder de vista su chop y parecía llenar la única función para la cual había nacido.
Parecía que establecía en su espíritu un acercamiento, y como una afinidad entre las dos
grandes pasiones que ocupaban toda su vida: el Pale Ale y la Revolución, y seguramente no
podía saborear el uno sin pensar en la otra.
El señor y la señora Follenvie comían en un extremo de la mesa. El hombre, jadeando
como una locomotora gastada, tenía demasiado tiraje en el pecho para poder hablar mientras
comía; pero la mujer no callaba nunca. Contó todas sus impresiones de la llegada de los
prusianos, lo que hacían, lo que decían, aborreciéndolos, primeramente porque le costaban
dinero, y además porque tenía dos hijos en el ejército. Se dirigía siempre a la condesa halagada
de conversar con una señora de su calidad.
Luego bajaba la voz para decir las cosas delicadas, y su marido, de tiempo en tiempo,
la interrumpía:
-Harías mejor en callarte, señora Follenvie. Pero ella no lo tomaba en cuenta y
continuaba:
-Sí, señora, esta gente no hace sino comer papas y cerdo. No hay que creer que son
limpios. ¡Ah, no! Se ensucian por todos lados, perdone la palabra. Y si los viera hacer
ejercicios durante horas y días... Están allí todos en un campo; y marcha adelante y marcha
atrás, y vuelta para aquí y vuelta para allí. ¡Si cultivaran la tierra, al menos, o si trabajaran en
los caminos de su país!... Pero, no señora, ¡estos militares no son provechosos para nadie! El
pobre pueblo los alimenta para que aprendan a asesinar. Yo no soy sino una pobre mujer, una
vieja sin educación, es verdad, pero al ver que se estropean el carácter en patear de la mañana
a la noche, me digo: "¡Cuando hay personas que hacen tantos descubrimientos para ser útiles,
es necesario que otros se den tanto trabajo para ser nocivos! Verdaderamente, ¿no es una
abominación matar gente, sean prusianos, o bien ingleses, o bien polacos o franceses?" Si uno
se venga de alguien que lo ha perjudicado está mal, puesto que lo condenan; pero cuando
exterminan a nuestros muchachos como presas de caza, con fusiles, está bien, puesto que dan
condecoraciones al que destruye más. No, créame usted, ¡nunca comprenderé esto!
Cornudet alzó la voz:
-La guerra es un acto de barbarie cuando se ataca a un vecino apacible; es un deber
sagrado cuando se defiende a la patria.
La vieja bajó la cabeza:
-Sí, cuando uno se defiende es otra cosa, pero no sería mejor matar a todos los reyes
que hacen eso por placer?
La mirada de Cornudet se inflamó.
-¡Bravo, ciudadana! -dijo.
El señor Carré-Lamadon reflexionaba profundamente. Aunque era un fanático de los
ilustres capitanes, el sentido común de esa campesina le hacía pensar en la opulencia que
traerían a un país tantos brazos desocupados, y por consiguiente ruinosos; tantas fuerzas que
se mantienen improductivas, si se emplearan en los grandes trabajos industriales que haría
falta siglos para terminar.
El señor Loiseau, levantóse y fue a hablar en voz baja con el posadero. El gordo reía,
tosía, escupía; su enorme abdomen saltaba de alegría al oír las bromas de su vecino y le
compró seis toneles de bordeaux para la primavera cuando los prusianos ya se hubiesen ido.
En cuanto hubieron terminado de comer, como estaban rendidos de cansancio, se
acostaron. Sin embargo, Loiseau, que había observado las cosas, mandó a su mujer a la cama,
y luego pegó, ora una oreja, ora un ojo, al agujero de la cerradura para tratar de descubrir lo
que él llamaba "el misterio del corredor".
Al cabo de una hora, más o menos, oyó un crujido, miró rápidamente y vio a Bola de
Sebo, que parecía más gorda todavía bajo su batón de casimir azul ribeteado de puntillas
blancas. Llevaba un candelero en la mano y se dirigía hacia el gran número al fondo del
corredor. Pero una puerta, al lado, se entreabrió, y cuando ella volvió al cabo de algunos
minutos, Cornudet, en camiseta, la seguía. Hablaban en voz baja; luego se detuvieron, Bola
de Sebo parecía defender la entrada de su cuarto con energía. Loiseau, desgraciadamente, no
oía las palabras, pero al fin, como alzaban la voz, pudo atrapar algunas. Cornudet insistía con
vivacidad. Decía:
-Vamos, no sea tonta; ;qué le importa?
Ella parecía indignada, y contestó:
-No, hijo; hay momentos en que esas cosas no se hacen; y además, aquí sería una
vergüenza.
Él no comprendía, sin duda, y preguntó por qué. Entonces ella se enojó, alzando aún
más el tono:
-¿Por qué? ¿No comprende por qué? ¿Cuándo hay prusianos en la casa, en el cuarto
de al lado, quizá?
Él se calló. Ese pudor patriótico de ramera que no se dejaba acariciar cerca del
enemigo; debió de despertar en su corazón la dignidad desfalleciente, pues después de
haberla besado, volvió a su cuarto de puntillas.
Loiseau, muy encendido, se alejó de la cerradura, hizo una cabriola en su cuarto; se
puso su madrás, alzó la sábana bajo la cual yacía el duro esqueleto de su compañera, a quien
despertó con un beso, y murmuró:
-¿Me quieres, querida?
Entonces toda la casa quedó silenciosa. Pero pronto se alzó en algún lado, en una
dirección indeterminada que podía ser lo mismo la bodega que el altillo, un ronquido
poderoso, monótono, regular, un ruido sordo y prolongado con temblores de caldera con
presión. El señor Follenvie dormía.
Como había quedado decidido que saldrían al día siguiente a las ocho, todo el mundo
se juntó en la cocina; pero el coche, cuya capota tenía un estrato de nieve, se erguía solitario
en medio del patio, sin caballos y sin conductor. Buscaron en vano a este último en las
caballerizas, en los forrajes, en las cocheras. Entonces todos los hombres resolvieron hacer
una batida por el pueblo y salieron. Se encontraron en la plaza con la iglesia al fondo, y de
ambos lados, casas bajas donde se veían soldados prusianos. El primero que vieron pelaba
papas. El segundo, más lejos, lavaba el negocio de un peluquero. Otro barbudo hasta los ojos,
besaba a un chiquilín que lloraba y lo acunaba sobre sus rodillas para tratar de calmarlo; y las
fornidas campesinas, cuyos hombres estaban en "el ejército de la guerra", indicaban por
señales a sus obedientes vencedores el trabajo que debían comenzar: cortar madera, preparar
la sopa, moler el café; uno de ellos lavaba la ropa de la dueña de casa, una vieja inválida.
El conde, asombrado, interrogó al bedel, que salía del presbiterio. El viejo guardián de
la iglesia le contestó:
-¡Ah, éstos no son malos, no son prusianos!, según se dice. Son de más lejos; no sé
bien de dónde, y todos han dejado una mujer y chicos en su país; no les divierte la guerra,
¡vaya! Estoy seguro de que allá también se llora por los hombres; y esto traerá una linda
miseria allá como entre nosotros. Aquí no somos muy desgraciados por el momento, porque
no nos hacen ningún mal y trabajan como si estuvieran en sus casas. ¿Comprende, señor?
Entre los pobres hay que ayudarse... Son los poderosos quienes hacen la guerra.
Cornudet, indignado por el entendimiento cordial establecido entre los vencedores y
los vencidos, se retiró, prefiriendo encerrarse en la posada. Loiseau dijo una palabra chistosa:
"Repueblan". El señor Carré-Lamadon dijo una palabra grave: "Re-paran". Pero no
encontraban al cochero. Por fin, lo descubrieron en el café del pueblo, sentado fraternalmente
a una mesa con el ordenanza del oficial. El conde le interpeló:
-¿No le habían dado orden de enganchar para las ocho?
-Ah, sí, claro, pero me dieron otra después.
-¿Cuál?
-La de no enganchar.
-¿Quién le ha dado esa orden?
-El comandante prusiano.
-¿Por qué?
-No sé nada. Vaya a preguntárselo. Me prohíben enganchar, yo no engancho. Ya está.
-¿Él mismo le ha dicho eso?
-No, señor, es el hotelero que me ha dado la orden de su parte.
-¿Cuándo?
-Anoche, cuando iba a acostarme.
Los tres hombres volvieron muy inquietos. Mandaron llamar al señor Follenvie,
pero la sirvienta contestó que el señor, a causa de su asma, no se levantaba nunca antes de las
diez. Había prohibido formalmente que se le despertara más temprano, excepto en caso de
incendio.
Quisieron ver al oficial, pero eso era absolutamente imposible, aunque vivía en la
posada. Solamente el señor Follenvie estaba autorizado a hablarle para los asuntos civiles.
Entonces esperaron. Las mujeres subieron a sus cuartos y se ocuparon en futilezas.
Cornudet se instaló junto a la alta chimenea de la cocina, donde ardía un gran fuego.
Se hizo traer allí una de las mesillas del café, una copa, y sacó su pipa, que gozaba entre los
demócratas de una consideración casi igual a la suya, como si sirviera a la patria, sirviendo a
Carnudet. Era una espléndida pipa de espuma admirablemente curada, tan negra como los
dientes de su dueño, pero perfumada, curva, reluciente, acostumbrada a su mano y complemento
de su fisonomía. Permaneció inmóvil, los ojos fijos tan pronto en la llama del
hogar, tan pronto en la espuma que coronaba su chop; y cada vez que había bebido pasaba
con un aire satisfecho sus largos dedos flacos por sus largos cabellos grasientos mientras
chupaba sus bigotes ribeteados de espuma.
Loiseau, bajo el pretexto de estirar las piernas, fue a colocar sus vinos entre los
compradores del país. El conde y el manufacturero se pusieron a hablar de política. Preveían
el porvenir de Francia. El uno creía en los Orleáns; el otro en un salvador
desconocido, un héroe que se revelaría cuando todo pareciera desesperado: ¿un du Guesclín,
una Juana de Arco, quizá? ¿U otro Napoleón I? ¡Ah, si el príncipe imperial no fuera tan
joven!... Cornudet, escuchándolo, sonreía como hombre que sabe la palabra del destino. Su
pipa perfumaba la cocina.
Al dar las diez, el señor Follenvie apareció. Lo interrogaron bien pronto; pero sólo
pudo repetir dos o tres veces, sin una variante, estas palabras:
-El oficial me dijo así: "Señor Follenvie, usted prohibirá que enganchen mañana el
coche de esos viajeros. No quiero que salgan sin mi orden. ¿Oye? Esto basta".
Entonces quisieron ver al oficial. El conde le mandó su tarjeta en la cual el señor
Carré-Lamadon agregó su nombre y todos sus títulos. El prusiano mandó contestar que
aceptaría hablar con esos dos hombres luego de haber almorzado, es decir, alrededor de la
una.
Las señoras reaparecieron y comieron un poco a pesar de la inquietud. Bola de Sebo
parecía enferma y visiblemente turbada.
Acababan de tomar el café cuando el ordenanza vino a buscar a los señores.
Loiseau se unió a los dos primeros; pero como intentaban arrastrar a Cornudet para
dar más solemnidad a la entrevista, éste declaró altivamente que esperaba no tener nunca
cuestiones con los alemanes. Y volvió a su chimenea pidiendo otra cerveza.
Los tres hombres subieron y fueron introducidos en la más hermosa habitación de la
posada, donde los recibió el oficial, tendido en un diván, fumando en una larga pipa de
porcelana y envuelto en una bata llameante, escamoteada sin duda en la vivienda abandonada
de algún burgués de mal gusto. No se levantó, no los saludó ni siquiera los miró. Era una
magnífica muestra de la grosería natural del militar victorioso.
Por fin, al cabo de algunos instantes, dijo:
-¿Qué "quierren"?
El conde tomó la palabra:
-Deseamos partir, señor.
-No.
-¿Osaré preguntarle la causa de esa negativa?
-Porque no "quierro".
-Le haré observar respetuosamente, señor, que su general en jefe nos ha otorgado
permiso de partida para llegar a Dieppe; y pienso que nada hemos hecho para merecer sus
rigores.
-No "quierro"... Esto es todo... Pueden “pajar".
Los tres se retiraron, después de haberse inclinado. La tarde fue lamentable. No
comprendían el capricho del alemán; y las ideas más extrañas turbaban las cabezas. Todo el
mundo estaba en la cocina y se discutía sin cesar, imaginando cosas inverosímiles. Tal vez
querían guardarlos como rehenes-pero ¿con qué fin?- o llevarlos prisioneros. ¿O más bien
pedirles un rescate considerable? Al pensar en esto, fueron presa de pánico. Los más ricos
eran los más aterrados; ya se veían obligados para rescatar sus vidas a volcar bolsas llenas de
oro entre las manos de ese soldado insolente. Se devanaban los sesos para descubrir mentiras
aceptables, disimular sus riquezas, hacerse pasar por pobres, por muy pobres. Loiseau sacó la
cadena de su reloj y la escondió en su bolsillo. La noche que caía aumentó las aprensiones.
La lámpara fue encendida, y como aún quedaban dos horas antes de comer, la señora Loiseau
propuso una partida de treinta y uno. Sería una distracción. Aceptaron. Hasta Cornudet, que
había apagado su pipa por cortesía, tomó parte en ella.
El conde mezcló las barajas. Dio. Bola de Sebo tenía treinta y uno de un golpe; y
pronto el interés del partido aplacó el temor que llenaba los espíritus. Pero Cornudet se dio
cuenta de que el matrimonio Loiseau se entendía para hacer trampa.
Cuando iban a sentarse a la mesa, el señor Follenvie apareció; y con su voz cascada
pronunció:
-El oficial prusiano manda preguntar a la señorita Elisabeth Rousset si aún no ha
cambiado de opinión.
Bola de Sebo permaneció de pie, muy pálida. Luego, volviéndose súbitamente
escarlata, tuvo tal ahogo de rabia que ya no podía hablar. Por fin estalló:
-¡Le dirá a ese crápula, a ese cochino, a esa carroña de prusiano, que nunca querré!
¿Entiende bien?, ¡jamás, jamás, jamás!
El macizo posadero salió. Entonces Bola de Sebo fue rodeada, interrogada, solicitada
por todo el mundo para que revelara el misterio de su visita. Ella se resistió al principio: pero
pronto la exasperación venció:
-¡Lo que quiere?... ¿Lo que quiere? ¡Quiere acostarse conmigo! -gritó.
A nadie le chocó esa palabra, a tal punto fue la indignación. Cornudet rompió su chop
al colocarlo violentamente sobre la mesa. Era un clamor de reprobación contra ese soldado
innoble, un soplo de ira, una unión de todos para la resistencia, como si le hubieran pedido a
cada uno una parte del sacrificio exigido de ella. El conde declaró con asco que esas gentes se
conducían a la manera de los antiguos bárbaros. Las mujeres, sobre todo, demostraron a Bola
de Sebo una conmiseración enérgica y acariciadora. Las hermanitas, que sólo aparecían para
las comidas, habían bajado la cabeza y no decían nada.
No obstante, cuando se aplacó el primer furor, comieron; pero hablaban poco;
pensaban.
Las señoras se retiraron temprano; y los hombres, fumando, organizaron un écarté al
cual fue convidado el señor Follenvie, pues tenían la intención de interrogarlo hábilmente
sobre los medios que emplear para vencer la resistencia del oficial.
Pero sólo pensaba en sus cartas, sin escuchar nada, sin contestar nada; y repetía sin cesar: "Al
juego, señores, al juego". Su atención estaba tan tensa que se olvidaba de escupir, lo que le
ponía a veces notas de órgano en el pecho. Sus pulmones silbantes daban toda la gama del
asma, desde las notas graves y profundas hasta los ronquidos agudos de los jóvenes gallos
que intentan cantar.
Hasta rehusó subir cuando su mujer, que se caía de sueño, vino a buscarlo. Entonces
ella se fue sola, pues era de "la mañana", siempre levantada antes que el sol, mientras su
hombre era de "la noche", siempre listo a pasar la noche con amigos. Él le gritó:
-¡Coloca mi caldo de gallina sobre el fuego! Y volvió a su partida.
Cuando se dieron cuenta de que no podrían sacarle nada, declararon que era hora de
irse y cada cual se fue a su cama.
Se levantaron también bastante temprano al día siguiente con una esperanza
indeterminada, un deseo más grande de irse, un terror del día que habría que pasar en esa
horrible posada.
¡Ay!, los caballos permanecían en la caballeriza, el cochero continuaba invisible.
Fueron, por desocupación, a dar vueltas alrededor del coche.
El almuerzo fue muy triste; se había producido como un enfriamiento con respecto a
Bola de Sebo, pues la noche, que trae consejo, había modificado
un poco los juicios. Estaban casi resentidos ahora con esa muchacha, por no haber ido a
buscar secretamente al prusiano a fin de prepararles al despertar una buena sorpresa a sus
compañeros. ¿Hay algo más sencillo? Por otra parte, ¿quién lo hubiera sabido? Hubiera
podido salvar las apariencias haciendo decir al oficial que se apiadaba de ellos. ¡Para ella eso
tenía tan poca importancia!
Pero nadie confesaba todavía esos pensamientos.
A la tarde, como se morían de aburrimiento, el conde propuso dar un paseo por los
alrededores del pueblo. Cada cual se abrigó con cuidado, y la pequeña compañía partió, a
excepción de Cornudet, que prefería permanecer junto al fuego, y de las hermanitas, que
pasaban sus días en la iglesia o en casa del cura.
El frío, cada vez más intenso, lastimaba cruelmente la nariz y las orejas; los pies se
ponían tan dolorosos que cada paso era un sufrimiento; y cuando el campo se abrió ante ellos
les pareció tan atrozmente lúgubre bajo esa blancura ilimitada que todo el mundo regresó
rápidamente con el alma helada y un nudo en el corazón.
Las cuatro mujeres caminaban delante, los tres hombres seguían un poco atrás.
Loiseau, que comprendía la situación, preguntó de pronto si esa "loca" los haría
permanecer por mucho tiempo todavía en un lugar semejante. El conde, siempre cortés, dijo
que no se podía exigir de una mujer un sacrificio tan penoso y que debía nacer de ella. El
señor Carré-Lamadon hizo notar que si los franceses hacían, como se decía, un regreso
ofensivo por Dieppe, el encuentro sólo podía tener lugar en Tótes. Esta reflexión preocupó a
los otros.
-¿Si nos escapamos a pie? -dijo Loiseau.
El conde se encogió de hombros.
-Ni pensarlo. ¿Con esta nieve? ¡Con nuestras mujeres? Además, seríamos
inmediatamente perseguidos, alcanzados en diez minutos y traídos prisioneros a la merced de
los soldados.
Era verdad: callaron.
Las señoras hablaban de vestidos; pero un cierto estiramiento parecía desunirlas.
De pronto, al extremo de la calle, apareció el oficial. Sobre la nieve que cerraba el
horizonte perfilaba su gran talle de avispa en uniforme, y caminaba, las rodillas separadas,
con ese movimiento particular de los militares que se esfuerzan por no ensuciar sus botas
cuidadosamente lustradas.
Se inclinó al pasar junto a las señoras, y miró desdeñosamente a los hombres, que
tuvieron, por otra parte, la dignidad de no descubrirse, aunque Loiseau esbozó un ademán
para retirar su sombrero.
Bola de Sebo se había puesto roja hasta las orejas; y las tres mujeres casadas sentían
una gran humillación al ser vistas por ese soldado en compañía de esa mujer a quien había
tratado tan libremente.
Entonces se habló de él, de su aspecto, de su rostro. La señora Carré-Lamadon, que
había conocido a muchos oficiales y que los juzgaba como experta, no lo encontraba nada
mal; hasta sentía que no fuera francés, porque sería un lindo húsar por quien todas las
mujeres estarían locas.
Una vez de vuelta ya no supieron qué hacer. Hasta cambiaron palabras agrias a
propósito de cosas insignificantes. La comida, silenciosa, duró poco, y cada cual subió a
acostarse, esperando dormir para matar el tiempo.
Al día siguiente bajaron con el rostro cansado y el corazón exasperado. Las mujeres
hablaban apenas con Bola de Sebo.
Una campana repiqueteó. Era para un bautismo. La muchacha tenía un chico, que
vivía con unos campesinos de Yvetot. No lo veía sino una vez al año y nunca pensaba en él;
pero la idea de que iban a bautizar le llenó el corazón de una ternura súbita por el suyo, y
quiso absolutamente asistir a la ceremonia.
En cuanto hubo salido, todo el mundo se miró; luego acercaron las sillas porque
sentían que por fin había que decidir algo. Loiseau tuvo una inspiración: su opinión era
proponer al oficial que guardara solamente a Bola de Sebo y dejara partir a los demás. El
señor Follenvie volvió a encargarse del mandado, pero bajó casi en seguida. El alemán, que
conocía la naturaleza humana, lo había echado del cuarto. Pretendía retener a todo el mundo
mientras su deseo no fuera satisfecho.
Entonces el temperamento vulgar de la señora Loiseau estalló:
-¡Sin embargo, no vamos a morirnos aquí de vejez! ¡Puesto que es el oficio de esa
ramera hacer eso con todos los hombres, considero que no tiene derecho a rechazar a uno y
no a otro!... ¡Hay que ver! ¡Ha tomado todo lo que ha encontrado en Rouen, hasta los
cocheros! ¡Sí, señora, el cochero de la prefectura! Bien lo sé; compra vino en casa. Y hoy,
que se trata de sacarnos de apuros, se hace la remilgada, ¡esa mocosa!... Yo creo que hace
muy bien el oficial. A lo mejor hace tiempo que se siente privado; y aquí somos tres que él
hubiera preferido, sin duda. Pero no, se contenta con la de todo el mundo. Respeta a las
mujeres casadas. Pero piensen, pues, que es el amo. Le bastaba decir: "Quiero", y podía
tomarnos a la fuerza con sus soldados.
Las dos mujeres tuvieron un pequeño estremecimiento. Los ojos de la bonita señora
Carré Lamadon brillaban, y estaba un poco pálida como si ya se sintiera tomada a la fuerza
por el oficial.
Los hombres, que discutían un poco apartados, se acercaron. Loiseau, furibundo,
quería entregar a esa miserable atada de pies y manos al enemigo. Pero el conde,
descendiente de tres generaciones de embajadores y dotado de un físico de diplomático, era
partidario de la habilidad.
-Habría que convencerla -dijo.
Entonces conspiraron.
Las mujeres se acercaron, bajaron el tono de las voces y la discusión se hizo general;
cada cual daba su opinión. Por otra parte, era muy correcto. Las señoras, sobre todo,
encontraban delicadezas de giros, sutilezas de expresión encantadoras, para decir las cosas
más escabrosas. Eran tan observadas las precauciones de lenguaje, que un extraño no hubiera
comprendido nada. Pero la ligera capa de pudor con la cual está barnizada toda mujer de
mundo cubre sólo la superficie, y ellas se encendían en esa aventura pícara, se divertían
locamente en el fondo, sintiéndose en su elemento, manoseando el amor con la sensualidad
de un cocinero goloso que prepara la comida de otro.
Al fin la historia les pareció tan graciosa, que la alegría volvió sola. El conde encontró
bromas un poco subidas, pero tan bien dichas, que hacían sonreír. A su vez Loiseau largó
algunas picardías más crudas, pero nadie se sintió herido; y el pensamiento, brutalmente
expresado por su mujer, dominaba todos los espíritu. "Puesto que es el oficio de esa mujer,
¿porqué va a rechazar a éste y no a otro.'" La gentil señora Carré-Lamadon parecía pensar que
en su lugar ella rechazaría menos a este que a otro. Prepararon largamente el bloqueo como
para una fortaleza defendida. Cada cual eligió el papel que representaría, los argumentos en
los cuales se apoyaría, las maniobras que tendría que ejecutar. Se dispuso el plan de los
ataques, los ardides a emplear, y las sorpresas del asalto, para forzar a esa ciudadela viviente
a recibir al enemigo en la plaza.
Cornudet, no obstante, permanecía apartado, completamente ajeno a ese asunto.
Una atención tan profunda tendía los espíritus, que no oyeron entrar a Bola de Sebo.
Pero el conde sopló un ligero "chut", que hizo alzarse todos los ojos. Ella estaba allí. Callaron
bruscamente, y una cierta incomodidad impidió al principio hablarle. La condesa, más ágil
que los demás en las duplicidades de los salones, la interrogó:
-Era divertido ese bautismo'
La muchacha, todavía conmovida, contó todo, las caras, y las actitudes, y hasta el
aspecto de la iglesia. Agregó:
-Es bueno rezar a veces.
Sin embargo, hasta la hora del almuerzo las señoras se contentaron con ser amables
con ella para aumentar su confianza, y su docilidad para aceptar consejos.
En cuanto estuvieron en la mesa comenzaron las aproximaciones. Primeramente fue
una conversación vaga sobre la abnegación. Citaron ejemplos antiguos: Judit y Holofernes;
luego, sin razón alguna, Lucrecia con Sixto; Cleopatra haciendo pasar por su lecho a todos
los generales enemigos y reduciéndolos a servilismos de esclavos. Entonces se desarrolló una
historia fantástica nacida de la imaginación de esos millonarios ignorantes, en que las
ciudadanas de Roma iban a Capua a adormecer a Aníbal entre sus brazos, y con él a sus
tenientes y a las falanges de sus mercenarios. Citaron a todas las mujeres que han detenido a
los conquistadores, que han hecho de su cuerpo un campo de batalla, un medio de dominar,
un arma; que han vencido a seres horribles y detestados con sus caricias heroicas y han
sacrificado su castidad a la venganza y a la abnegación.
Hasta se habló en términos velados de esa inglesa de gran familia que se había dejado
inocular una horrible y contagiosa enfermedad para transmitirla a Bonaparte, salvado
milagrosamente por una debilidad súbita, en la hora de la cita fatal.
Y todo esto fue contado de una manera correcta y moderada, en donde estallaba a
veces un entusiasmo forzado apto para excitar la emulación. Al fin, habría podido creerse que
el único papel de la mujer sobre la tierra era un perpetuo sacrificio de su persona, un
abandono continuo a los apetitos de las soldadescas.
Las dos hermanitas no parecían oír, perdidas en pensamientos profundos. Bola de
Sebo no decía nada.
Durante toda la tarde la dejaron reflexionar. Pero en lugar de llamarla "señora", como
habían hecho hasta entonces, le decían simplemente "señorita", sin que nadie supiera muy
bien por qué, como si hubieran querido hacerla bajar un escalón en la estima que había
escalado, hacerle sentir su vergonzosa situación.
En el momento en que sirvieron la sopa, el señor Follenvie reapareció repitiendo su
frase de la víspera:
-El oficial prusiano manda preguntar a la señorita Elizabeth Rousset si todavía no ha
cambiado de opinión.
Bola de Sebo respondió secamente:
-No, señor.
Pero en la comida la coalición se debilitó. Loiseau dijo tres frases desgraciadas. Cada
uno se rompía la cabeza por descubrir nuevos ejemplos, y nadie encontraba nada cuando la
condesa, sin premeditación, quizá, experimentando una vaga necesidad de rendir homenaje a
la religión, interrogó a la mayor de las hermanitas sobre los grandes hechos de la vida de los
santos. Muchos habían cometido actos que serían crímenes a nuestros ojos; pero la Iglesia
absuelve sin dificultad esos pecados cuando son cometidos por la gloria de Dios o para el
bien del prójimo. Era un argumento poderoso; la condesa aprovechó. Entonces, sea por una
de esas comprensiones tácitas, de esas complacencias veladas en las que se destacan los que
llevan ropas eclesiásticas, sea simplemente por el efecto de una feliz ininteligencia, de una
auxiliadora tontería, la vieja religiosa aportó un formidable apoyo a la conspiración. La creían
tímida: se mostró osada, verbosa, violenta. Ella no estaba turbada por los titubeos de la
casuística; su doctrina parecía una barra de hierro; su fe nunca dudaba; su conciencia no tenía
escrúpulos. Le parecía muy simple el sacrificio de Abrahán, pues ella hubiera dado muerte
inmediatamente a su padre y madre por una orden venida de lo alto; y nada a su entender
podía disgustar a Dios cuando la intención era loable. La condesa, aprovechando la autoridad
sagrada de su inesperada cómplice, le hizo hacer como una paráfrasis edificante de este
axioma de moral: "El fin justifica los medios".
La interrogaba:
-Entonces, hermana, ¿usted piensa que Dios acepta todos los caminos y perdona el
hecho cuando el motivo es puro?
-¿Quién podría dudarlo, señora? Una acción condenable en sí se vuelve a menudo
meritoria por el pensamiento que la inspira.
Y continuaban así desenredando las voluntades de Dios, previendo sus decisiones,
haciéndolo interesarse por cosas que verdaderamente no tenían nada que ver con Él.
Todo esto era velado, hábil, discreto. Pero cada palabra de la santa mujer con cofia
abría una brecha en la resistencia indignada de la cortesana. Luego la conversación se desvió
un poco y la mujer de rosarios colgantes habló de las casas de su Orden, de su superiora, de sí
misma, y de su encantadora vecina, la querida hermana San Nicéforo. Habían sido llamadas a
El Havre para cuidar, en los hospitales, a centenares de soldados atacados de viruela.
Describió a esos miserables, detalló la enfermedad. Y mientras ellas estaban detenidas en su
ruta por el capricho de ese prusiano, un gran número de franceses podía morir, cuando quizá
hubieran podido salvarlos. Era su especialidad cuidar militares; había estado en Crimea, en
Italia, en Austria, y contando sus campañas, se reveló de pronto como una de esas religiosas
de armas llevar que parecen hechas para seguir los campamentos, recoger los heridos en los
remolinos de las batallas y, mejor que un jefe, domar con una palabra a los soldados
indisciplinados; una verdadera hermana "Rataplán", cuyo rostro devastado, cribado de
agujeros sinnúmeros, parecía una imagen de los estragos de la guerra.
Nadie dijo nada después de ella, a tal punto parecía excelente el efecto causado.
Cuando terminaron de comer subieron a sus cuartos para no bajar hasta el día siguiente
bastante entrada la mañana. El almuerzo fue tranquilo. Daban a la semilla, sembrada la
víspera, tiempo para germinar y dar sus frutos.
La condesa propuso dar un paseo por la tarde. Entonces el conde, como estaba
convencido, tomó del brazo a Bola de Sebo y se quedó atrás con ella.
Le habló con ese tono familiar, paternal, un poco desdeñoso que los hombres serios
emplean con las rameras; la llamaba "mi hija querida", la trataba desde lo alto de su posición
social, de su honorabilidad indiscutida. Entró inmediatamente en lo vivo del asunto:
-Entonces, ¿prefiere dejarnos aquí, expuestos, así como usted, a todas las violencias
que resultarían de una derrota de las tropas prusianas, antes que consentir en una de esas
complacencias que ha tenido tan a menudo en su vida?
Bola de Sebo no contestó nada.
Trató de convencerla por la dulzura, por
-¿Y sabes, querida? Se podrá jactar de el razonamiento, por los sentimientos. Supo
permanecer el "señor conde" mostrándose asimismo galante cuando fue preciso, piropeador,
amable, en fin. Exaltó el servicio que ella les haría, habló de la gratitud de ellos. Luego,
pronto, tuteándola alegremente: haber probado una linda muchacha como no encontrará
muchas en su país.
Bola de Sebo no contestó y se unió al resto del grupo.
En cuanto estuvo de regreso subió a su cuarto y no volvió a aparecer. La inquietud era
extrema. ¿Qué iba a hacer? Si se resistía, ¡qué complicación!
La hora de la comida sonó; la esperaron en vano. Entonces el señor Follenvie entró
anunciando que la señorita Rousset se sentía indispuesta y que podían sentarse a la mesa.
Todo el mundo paró la oreja. El conde se acercó al hotelero, y en voz baja:
-¿Ya está?
-Sí.
Por corrección no dijo nada a sus compañeros, pero les hizo solamente una ligera
señal con la cabeza. En seguida un gran suspiro de alivio salió de todos los pechos, una viva
alegría apareció en los rostros. Loiseau gritó:
-¡Caramba, pago champaña si lo hay en el establecimiento!
Y la señora Loiseau sintió una angustia cuando el patrón volvió con cuatro botellas en
las manos. Todos se habían vuelto súbitamente comunicativos
y ruidosos; una alegría chispeante llenaba los corazones. El conde pareció notar que la señora
Carré Lamadon era encantadora; el manufacturero dijo piropos a la condesa. La conversación
fue viva, jovial, llena de rasgos de ingenio.
De pronto, Loiseau, la faz ansiosa y alzando los brazos, gritó:
-¡Silencio!
Todo el mundo calló, sorprendido, casi asustado ya. Entonces tendió la oreja haciendo
"chist" con las dos manos, alzó los ojos hacia el cielo raso, escuchó de nuevo, y agregó con
su voz natural:
-Tranquilícense, todo va bien.
No se atrevían a comprender, pero pronto corrió una sonrisa.
Al cabo de un cuarto de hora hizo la misma broma y la repitió a menudo durante la
velada; y fingía interpelar a alguien en el piso de arriba dándole consejos de doble sentido,
con su ingenio de viajante de comercio. A ratos tomaba un aire triste para suspirar: "¡Pobre
muchacha!", o bien murmuraba entre dientes con aire rabioso: "¡Prusiano sinvergüenza!" A
veces, cuando ya nadie pensaba en eso, lanzaba con una voz vibrante varios: "¡Basta, basta!"
Y agregaba como hablándose a sí mismo: "Con tal que volvamos a verla... ¡que no la mate el
miserable!
Aunque esas bromas eran de un gusto deplorable, divertían y no herían a nadie, pues
la indignación, como el resto, depende de los ambientes, y la atmósfera que poco a poco se
había creado alrededor de ellos estaba cargada de pensamientos maliciosos.
En el postre, hasta las mujeres hicieron alusiones espirituales y discretas. Las miradas
brillaban; habían bebido mucho. El conde, que conservaba aún en sus desvíos su gran
apariencia de gravedad, encontró una comparación muy apreciada sobre los inviernos en el
Polo y la alegría de los náufragos que ven abrirse una ruta hacia el Sur.
Loiseau, lanzado, se levantó con un vaso de champaña en la mano:
-¡Bebo por nuestra liberación!
Todo el mundo se puso de pie; lo aclamaban. Hasta las hermanitas, solicitadas por las
señoras, consintieron en mojar sus labios en ese vino espumoso que nunca habían probado.
Declararon que se parecía a la limonada gaseosa, pero que, sin embargo, era más fino.
Loiseau resumió la situación:
-Es una lástima no tener piano porque hubiéramos podido bailar una cuadrilla.
Cornudet no había dicho una palabra; no había hecho un gesto; hasta parecía sumido
en pensamientos muy graves; y tiraba a veces con ademán furioso su gran barba como si
quisiera alargarla aún más. Por fin, a eso de medianoche, cuando iban a separarse, Loiseau,
que tambaleaba, le golpeó de pronto el estómago y le dijo farfullando:
-Esta noche usted no está para bromas. ¿No dice nada ciudadano?
Pero Cornudet alzó bruscamente la cabeza y recorrió al grupo con una mirada
brillante y terrible.
-¡Les digo a todos que acaban de cometer una infamia!
Se levantó, llegó a la puerta, repitió una vez
más:
-¡Una infamia!
Y desapareció.
Primeramente esto produjo una sensación de frío. Loiseau, sorprendido, se quedaba
como tonto;
pero recobró su aplomo y de golpe se echó a reír, repitiendo:
-Están verdes, mi viejo, están verdes...
Como nadie comprendía, contó los "misterios del corredor". Entonces hubo una
repetición de alegría formidable. Las señoras se divertían como locas. El conde y el señor
Carré-Lamadon lloraban a fuerza de reír. No podían creer.
-¿Cómo? ¿Está seguro? ¿Quería...?
-Les digo que lo he visto.
-¿Y ella se negó... ?
-Porque el prusiano estaba en el cuarto de al
lado.
-¡No es posible!
-Lo juro.
El conde se ahogaba. El industrial se comprimía el estómago con las dos manos,
Loiseau continuaba:
-Y ustedes comprenden, esta noche no le parece chistosa, pero ni un poquito.
Y los tres volvían a empezar, enfermos, jadeantes.
Después de eso se separaron. Pero la señora Loiseau, que tenía naturaleza de ortiga,
hizo notar a su marido en el momento en que se acostaba que "esa mala pécora", la pequeña
Carré-Lamadon, se había reído sin ganas, durante toda la noche.
-¿Sabes? A las mujeres, cuando les gusta el uniforme, que sea francés o prusiano les
es igual, te aseguro. ¡Si no es vergonzoso, señor Dios!...
Y durante toda la noche en la obscuridad del corredor corrieron como
estremecimientos, ruidos leves, apenas sensibles, semejantes a soplos, rozamientos de pies
desnudos, crujidos imperceptibles.
Y seguramente no se durmieron hasta muy tarde, pues hilos de luz se filtraron durante
mucho tiempo por debajo de las puertas. El champaña causa esos efectos; según dicen, turba
el sueño.
Al día siguiente un claro sol de invierno hacía brillar la nieve. La diligencia,
enganchada por fin, esperaba ante la puerta, mientras un ejército de palomas blancas,
engalladas en sus espesas plumas, con ojos rosa manchados en el centro por un punto negro,
se paseaban gravemente entre las patas de los seis caballos y se buscaban la vida en la bosta
humeante que desparramaban.
El cochero, envuelto en su piel de carnero, encendía una pipa en el pescante, y todos
los viajeros, radiantes, hacían empaquetar rápidamente provisiones para el resto del viaje.
Sólo esperaban a Bola de Sebo. Apareció. Parecía un poco turbada, avergonzada; y
se adelantó tímidamente hacia sus compañeros, quienes, todos con un mismo movimiento, le
volvieron la espalda como si no hubieran reparado en ella. El conde tomó con dignidad el
brazo de su mujer y la alejó de ese contacto impuro.
La fornida muchacha se detuvo, estupefacta. Entonces, empleando todo su coraje,
abordó a la mujer del manufacturero con un "buenos días, señora", humildemente
murmurado. La otra hizo con la cabeza un pequeño saludo impertinente que iba acompañado
de una mirada de virtud ultrajada. Todo el mundo parecía ocupado y se mantenía lejos de ella
como si hubiera traído una infección en sus faldas. Luego se precipitaron hacia el coche,
donde ella llegó sola, la última, y tomó en silencio el lugar que había ocupado durante la
primera parte de la ruta.
Parecían no verla, no conocerla. Pero la señora Loiseau, considerándola de lejos con
indignación, dijo a media voz a su marido:
-Felizmente, no estoy al lado de ella.
El pesado carruaje se movió y reanudaron el viaje.
Al principio nadie habló, Bola de Sebo no se atrevía a alzar los ojos. Se sentía al
mismo tiempo indignada contra todos sus vecinos y humillada por haber cedido, mancillada
por los besos de ese prusiano entre cuyos brazos la habían arrojado hipócritamente.
Pero la condesa, volviéndose hacia la señora Carré-Lamadon, rompió de pronto ese
penoso silencio:
-¿Usted conoce, según creo, a la señora de Etrelles?
-Sí, es una de mis amigas.
-¡Qué mujer encantadora!
-¡Maravillosa! Una verdadera naturaleza de élite; muy instruida, por otra parte, y
artista hasta la punta de los dedos. Canta espléndidamente y dibuja que es una perfección.
El manufacturero conversaba con el conde, y en medio del estruendo de los vidrios
surgía a veces una palabra: "Cupones, vencimientos, prima, a término".
Loiseau, que había substraído el viejo juego de cartas de la posada, grasiento por
cinco años de roce sobre las mesas mal secadas, empezó una partida de báciga con su mujer.
Las hermanitas tomaron de sus cinturas el largo rosario que colgaba, hicieron a un
tiempo la señal de la cruz y, pronto, sus labios empezaron a moverse rápidamente,
apresurándose cada vez más, precipitando su vago murmullo como para una carrera de
oremus: y de cuando en cuando besaban una medalla, se persignaban de nuevo y reanudaban
su rápido y continuo susurro.
Cornudet soñaba, inmóvil.
Al cabo de tres horas de viaje, Loiseau recogió sus cartas:
-Tengo apetito -dijo.
Entonces su mujer alcanzó un paquete bien atado del cual hizo salir un pedazo de
ternera fría. Lo cortó limpiamente en rebanadas delgadas y firmes, y ambos se pusieron a
comer.
-Si hiciéramos otro tanto... -dijo la condesa.
El conde accedió y ella desenvolvió las provisiones preparadas para las dos parejas.
Era, en uno de esos potes alargados cuya tapa lleva una liebre de porcelana para indicar que
una liebre en pasta yace ahí abajo, un fiambre suculento, en el cual blancas lagunas de
panceta atraviesan la carne morena de la presa, mezclada con otras carnes picadas. Un hermoso
pedazo de gruyére, envuelto en un diario, conservaba impreso: "Información general",
sobre su pasta untuosa.
Las dos hermanitas desenvolvieron un salchichón que olía a ajo: y Cornudet
hundiendo las dos manos en los amplios bolsillos de su sobretodo, sacó de uno cuatro huevos
duros y del otro un pedazo de pan. Desprendió la cáscara, la tiró bajo sus pies, en la paja, y se
puso a morder los huevos, haciendo caer sobre su vasta barba partículas de amarillo claro que
allí adentro parecían estrellas.
Bola de Sebo, en la prisa y en el azoramiento de su despertar, no había podido pensar
en nada; y miraba exasperada, sofocada de rabia, a toda esa gente que comía plácidamente.
Una ira tumultuosa la crispó al principio y abrió la boca para gritarles la verdad con un
borbotón de injurias que le subía a los labios; pero la exasperación la ahogaba tanto que no
podía hablar.
Nadie la miraba ni pensaba en ella. Se sentía ahogada en el desprecio de esos honestos
canallas que la habían sacrificado primeramente, rechazado luego, como una cosa sucia e
inútil. Entonces pensó en su gran cesta llena de cosas buenas que ellos habían devorado
golosamente; en sus dos pollos brillantes de gelatina; en sus pasteles, en sus peras, en cuatro
botellas de bordeaux; su dolor cayó de pronto como una cuerda demasiado tensa que se
rompe, y se sintió a punto de llorar. Hizo esfuerzos terribles, se contrajo, tragó sus sollozos
como los chicos, pero el llanto subía, brillaba en el borde de sus párpados, y pronto dos
grandes lágrimas, desprendiéndose de sus ojos, rodaron lentamente sobre sus mejillas. Otras
las siguieron más rápidas, fluyendo como gotas de agua que se filtran de una roca, y caían
regularmente sobre la curva rolliza de su pecho. Ella permanecía erguida, la mirada fija, la
faz rígida y pálida, con la esperanza de que no la vieran.
Pero la condesa lo advirtió y enteró con una seña a su marido. Él se encogió de
hombros, como para decir: "¿Qué quieres? No es culpa mía". La señora Loiseau tuvo una risa
muda de triunfo y murmuró:
-Llora su vergüenza.
Las dos hermanitas habían vuelto a rezar después de haber envuelto en el papel el resto del
salchichón.
Entonces Cornudet, que digería sus huevos, extendió sus largas piernas bajo el asiento
de enfrente, se echó hacia atrás, cruzó los brazos, sonrió como un hombre que acaba de
inventar una buena broma y se puso a silbar la Marsellesa.
Todos los rostros se ensombrecieron. Seguramente, el canto popular no gustaba a sus
vecinos. Se sintieron molestos, irritados y parecían listos a aullar como perros que oyen un
organito. Él se dio cuenta y ya no se detuvo. A veces hasta tarareaba las palabras:
Amour sacré de la patrie,
Conduis, soutiens, nos tiras vangeurs;
Liberté, liberté chérie,
Combats avec tes défenseurs.
Huían más rápido, pues la nieve estaba más dura; y hasta Dieppe, durante las largas y
tristes horas del viaje, entre el traqueteo del camino en la noche que caía, luego en la
oscuridad profunda del coche, continuó con una obstinación feroz su silbido vengador y
monótono, obligando a los espíritus cansados y exasperados a seguir el canto de un extremo
al otro, a recordar cada palabra que aplicaban a cada nota.
Y Bola de Sebo lloraba siempre. Y a veces un sollozo que no había podido retener
pasaba entre dos estrofas, en las tinieblas.

¿QUIERES SALIR AQUI? , ENLAZAME

-