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lunes, 7 de mayo de 2007

ANGELES TUTELARES // C.S. LEWIS

ÁNGELES TUTELARES
C. S. Lewis



El Monje, como lo llamaban, se sentó en la silla de campaña, junto a la litera y miró por la ventana las arenas ásperas de Marte, y el cielo negro azulado. No pensaba iniciar el «trabajo» hasta que pasaran otros diez minutos. Desde luego, no lo habían llevado allí para eso. Era el meteorólogo del grupo y su trabajo como tal estaba ya casi terminado; había averiguado cuanto se podía averiguar. No podía hacer nada más, dentro del limitado radio de aquella investigación, hasta que transcurrieran por lo menos veinticinco días. Y la meteorología no había sido el verdadero móvil del viaje. Había elegido pasar tres años en Marte, como el más próximo equivalente moderno de la vida de un eremita en el desierto. Había venido a meditar: a continuar la lenta y perpetua reconstrucción de esa estructura interior que era, a su juicio, la finalidad principal de la existencia. Transcurrieron los diez minutos de reposo. Comenzó con la fórmula acostumbrada: «Dulce y paciente Maestro, enséñame a tener menos necesidad de los hombres y a amarte más.» Y emprendió la tarea. No había tiempo que perder. Sólo tenía por delante seis meses de aquel yermo sin vida, sin sufrimiento, sin pecado. Tres años eran un plazo breve... pero, cuando llegó el grito, se levantó de la silla con la ejercitada prontitud de un marinero.
El botánico de la cabina inmediata respondió al mismo grito con una maldición. En aquel momento había tenido el ojo clavado al microscopio. Era enloquecedor. Interrupciones constantes. En aquel campamento infernal costaba tanto concentrarse como en el centro mismo de Piccadilly. Y su tarea era ya una carrera contra el tiempo. Faltaban seis meses... y apenas había comenzado. La flora de Marte, aquellos organismos diminutos, inverosímilmente tenaces, capaces de sobrevivir en condiciones poco menos que imposibles, eran un festín para toda la vida. No haría caso al grito. Pero en esto sonó el timbre. Llamaban a todos a la sala principal.
La única persona que no hacía nada, por decirlo así, cuando llegó el grito, era el capitán. Para ser más exactos, diremos que trataba, como de costumbre, de no pensar en Clare, y de continuar redactando el diario oficial. Clare seguía interrumpiéndolo desde sesenta y cinco millones de kilómetros de distancia. Era ridículo. «Hubiésemos necesitado todas las manos...» escribió. Manos... sus propias manos. Mirándolas fijamente sintió que acariciaba el cuerpo vivo de Clare, cálido y frío, blando y firme, que se entregaba y resistía. «Cállate, que es algo muy querido», le dijo a la foto sobre el escritorio. Y de vuelta al diario, hasta las palabras fatales: «...me había causado cierta ansiedad». Ansiedad... ¿Qué le pasaría a Clare en aquel momento? ¿Dónde estaría? ¿Qué sería de ella? Podía ocurrir cualquier cosa. Había sido una decisión estúpida. ¿Qué otro recién casado hubiese aceptado esa tarea? Pero había parecido tan razonable... Tres años de horrible separación, pero luego... todo lo mejor de la vida. Le habían prometido un puesto con el que no se hubiera atrevido a soñar unos meses antes. Ya nunca tendría que volver al espacio exterior. Y a la vuelta, habría muchas compensaciones: las conferencias, el libro, probablemente un título. Habría muchos hijos. Sabía que ella los deseaba, y de un modo curioso (como empezaba a comprenderlo) a él le ocurría lo mismo. Pero, cuernos, el diario. Comenzó un nuevo párrafo... Y de pronto llegó el grito.
Era uno de los dos jóvenes técnicos quien había gritado. Habían estado juntos desde la cena. Paterson, de pie en el umbral de la cabina de Dickson, se apoyaba en un pie y luego en otro, moviendo atrás y adelante la puerta, mientras Dickson, sentado en la litera, esperaba a que Paterson se marchara.
- ¿De qué hablas, Paterson? - dijo -. ¿Quién comentó algo de una pelea?
- Como quieras, Bobby - dijo el otro -, pero ya no somos amigos como antes. Tu lo sabes bien. ¡Oh, no soy ciego! Te pedí que me llamaras Clifford. Y tú siempre te muestras frío, indiferente.
- ¡Véte al diablo! - gritó Dickson -. Estoy dispuesto de veras a ser un buen amigo tuyo y de cualquier otro, pero todas esas tonterías... como si fuéramos dos colegialas... francamente, no las soporto. De una vez por todas...
- Oh, mira, mira, mira - dijo Paterson. Fue entonces cuando Dickson gritó, y llegó el capitán y tocó la campana. Veinte segundos después, todos se agrupaban detrás de la ventana principal, Una nave del espacio acababa de posarse suavemente a ciento cincuenta metros del campamento.
- ¡Oh! - exclamó Dickson -. Vienen a relevarnos antes del plazo.
- Maldición - gruñó el botánico -. Ahora que...
Cinco viajeros bajaban de la nave. Los trajes del espacio no ocultaban que uno de ellos era enormemente grueso; no había nada de notable en los otros.
- Abran la compuerta - dijo el capitán.
Las botellas de las reducidas reservas pasaban de mano en mano. El capitán había descubierto que el jefe de los viajeros era un viejo conocido, Ferguson. Dos eran jóvenes de aspecto corriente, agradable, pero, ¿los otros dos?
- No entiendo - dijo el capitán -. ¿Qué significa...? Es decir estamos contentísimos de verlos, desde luego, pero ¿qué es esto?
- ¿Dónde están los otros del grupo? - dijo Ferguson.
- Hemos tenido dos bajas - dijo el capitán -. Sackville y el doctor Burton. Fue algo lamentable. Sackville se empeñó en probar lo que llamamos berro marciano. Se volvió loco furioso, a los dos minutos. Derribó a Burton de un puñetazo y un destino fatal quiso que Burton cayera de mal modo, contra esa mesa; se rompió la nuca. Atamos a Sackville y lo acostamos en una litera, pero murió a las pocas horas.
- ¿No tuvo la precaución de probarlo antes en un cobayo? - preguntó Ferguson.
- Sí - dijo el botánico -. Eso fue lo más terrible. El cobayo sobrevivió, aunque se comportó de un modo muy raro. Sackville concluyó erróneamente que la sustancia era alcohólica. Imaginó haber inventado una nueva bebida. Muerto Burton, además, no quedaba nadie capaz de hacer una buena autopsia de Sackville. El análisis de la planta muestra...
- ¡Ahhh...! - interrumpió un visitante, que aún no había hablado -. No simplifiquemos excesivamente. No creo que la sustancia vegetal sea la verdadera explicación. Hay tensiones y desviaciones. Están todos ustedes, sin darse cuenta, en una condición muy inestable, por razones que no son ningún misterio para un psicólogo experimentado.
El sexo de este personaje no era muy evidente. Tenía el pelo muy corto, la nariz muy larga, los labios presuntuosamente apretados, la barbilla saliente y un aire autoritario. Científicamente hablando, la voz era de mujer. Pero nadie dudó del sexo del viajero más próximo, la persona gorda.
- ¡Oh, querida! - jadeó -. No ahora. No puedo más. Me siento débil y nerviosa. Me pondré a chillar si sigues. ¿No tienes a mano un poco de oporto y limón? ¿No? Bueno, me las arreglaré con otro sorbo de ginebra. Qué estómago el mío.
Quien hablaba era manifiestamente hembra y tal vez ya setentona. Se había teñido el pelo, con resultados poco felices, de color mostaza. Los polvos de arroz que se había echado en la cara apestaban a perfume barato y eran como montículos de nieve en los valles de las arrugas y las papadas múltiples.
- Cállese - rugió Ferguson -. Y ustedes, por favor, no le den de beber. Ni una gota.
- Es un gruñón, como ve - dijo la vieja, suspirando, y mirando tiernamente a Dickson.
- Perdónenme - dijo el capitán -. Pero, ¿quiénes son estas... damas? Y ¿qué significa todo esto?
- Se lo explicaré en seguida - declaró la mujer flaca, carraspeando -. Quienes conocen las tendencias de la opinión mundial sobre los problemas sociales, y psicológicos de la intercomunicación planetaria saben bien que este progreso reclama inevitablemente ajustes ideológicos de largo alcance. Los psicólogos reconocen que la inhibición de las necesidades biológicas más imperiosas, en períodos prolongados, han de tener, probablemente, resultados imprevisibles. Los pioneros de los viajes por el espacio están expuestos a este peligro. Sólo las gentes retrógradas permitirían que unos supuestos principios morales impidieran proteger a estos hombres. Hemos de armarnos de coraje, pues, y reconocer que la inmoralidad, como se la llamó hasta ahora, no es ya contraria a la ética...
- No entiendo nada - interrumpió el Monje.
- Quiere decir - explicó el capitán, que era un buen lingüista - que la llamada fornicación no es ya un acto inmoral.
- Exactamente, mi pequeño - dijo la gorda a Dickson -. Un pobre muchacho necesita de cuando en cuando una mujer. Es muy natural.
- Lo que se precisaba, por consiguiente - continuó la flaca -, era un equipo de mujeres abnegadas, decididas a dar el primer paso. Desde luego, serían despreciadas por gentes ignorantes. Pero algo las consolaría: la idea de cumplir una función indispensable en la historia del progreso humano.
- Quiere decir que vas a tener con quien acostarte, precioso - explicó la gorda a Dickson.
- Me parece muy bien - dijo Dickson con entusiasmo -. Más vale tarde que nunca. Pienso, sin embargo, que no han podido traer muchas chicas en esa nave. ¿Y por qué no están aquí? ¿Vienen en viaje?
- Nuestro llamado - prosiguió la flaca, quien aparentemente no había advertido la interrupción - no tuvo mucho eco, es cierto. El primer contingente de la Organización Femenina de Alta Terapéutica Afrodisíaca (OFATA) no es quizá... bueno, el más idóneo. Muchas excelentes mujeres, universitarias como yo, distinguidas profesoras, se han mostrado curiosamente convencionales. Pero, al menos, se ha comenzado - concluyó animosamente -. Y aquí nos tienen.
Hubo, durante cuarenta segundos, un silencio abrumador. Luego, Dickson, que ya había torcido la cara varias veces, se puso muy colorado; recurrió a un pañuelo, sofocó lo que pareció un estornudo, se incorporó bruscamente y volvió la espalda al grupo, levemente encorvado, sacudiendo los hombros.
Paterson se levantó de un salto y corrió hacia Dickson, pero la gorda, luego de gruñidos y esfuerzos infinitos, también dejó su asiento.
- Déjalo tranquilo - le gritó Paterson -. Los hombres como tú no sirven de nada.
Un momento después, los enormes brazos rodeaban a Dickson, sumergiéndolo en un cálido y tambaleante cariño maternal.
- Vamos, vamos, mi chiquitín - dijo la gorda -. Verás que marchará perfectamente. No llores, mi cielo. Pobre chiquitín. Cálmate. Verás qué bien lo pasarás.
- Creo - dijo el capitán - que el chiquitín no está llorando; está riéndose.
Fue en ese instante cuando el Monje propuso que pasaran a la mesa.

Junto con el último bocado, Dickson - la gorda había conseguido sentársele al lado, y bebía de cuando en cuando de la copa del joven - dijo a los técnicos recién llegados:
- Me gustaría mucho ver la nave de ustedes. ¿Podemos ir?
Era de esperar que los dos hombres, luego de haber pasado tanto tiempo encerrados, y que acababan de sacarse los trajes del espacio, se resistieran a vestírselos de nuevo y a volver a la nave. Tal fue, desde luego, la opinión de la gorda.
- No los molestes, querido - dijo -. Están hartos de ese viejo trasto, lo mismo que yo. No conviene que se agiten ahora, en plena digestión.
Los dos jóvenes, sin embargo, se mostraron muy animosos.
- Claro que sí - dijo el primero -. Yo mismo iba a proponerlo.
- Yo iré también - dijo el otro.
Los tres salieron de la cámara de aire en tiempo record. Cruzaron la arena, subieron por la escala y se quitaron rápidamente los cascos.
- ¿Quién tuvo la idea de echarnos encima ese par de zorras? - dijo Dickson.
- ¿No lo sabe? - dijo el viajero que hablaba con acento popular londinense -. Las gentes de allá abajo pensaban que el tiempo les parecería a ustedes demasiado largo. Qué ingratos.
- Muy gracioso - dijo Dickson -. Pero para nosotros no es cosa de broma.
- Lo mismo digo - replicó el visitante con acento de Oxford -. Las tuvimos pegadas a nosotros, durante ochenta y cinco días. Comenzaron a aplacarse luego del primer mes.
- Dígamelo a mí - comentó el londinense.
Hubo una pausa de disgusto.
- Pero explíquenme - insistió Dickson -, ¿cómo, entre todas las mujeres del mundo, eligieron a estos dos monstruos?
- No pretendería usted la reina de las coristas en el fondo del más allá - dijo el londinense.
- Querido amigo - explicó el otro -, ¿no es todo muy claro? ¿Qué mujer puede venir voluntariamente a este sitio espantoso, a alimentarse con raciones cuarteleras y ofrecer sus encantos a media docena de desconocidos? No las alegres chicas, amigas de la diversión, pues saben que no hay alegría en Marte. Menos la prostituta profesional, mientras encuentre clientela en el barrio más sórdido de Liverpool o Los Ángeles. La que vino ya no tiene esa probabilidad. La otra es una chiflada de la nueva ética.
- Simple, ¿no es cierto? - comentó el londinense.
- Cualquiera pudo haberío previsto, excepto esos necios de arriba - dijo el otro.
- La única esperanza que nos queda es el capitán - dijo Dickson.
- Mire, hermano - dijo el londinense -, si espera que nos llevemos de vuelta a estos esperpentos, olvídelo en seguida. No. Nuestro capitán tendría que vérselas con un motín, si lo intentara. Pero no lo intentará. Ya ha soportado lo suyo. Como nosotros. Ahora, les toca a ustedes.
- Es justo - dijo el otro -. Hemos soportado lo insoportable.
- Bien - dijo Dickson -, dejemos que los jefes libren la batalla. Pero hay cosas que superan todos los límites. Esa maldita pedante...
- Es profesora de una universidad popular.
- Bien - dijo Dickson luego de una larga pausa -, iban a mostrarme la nave. Tal vez eso me distraiga.
La gorda hablaba con el Monje.
- ...y, ¡oh, padre!, usted pensará que es mi mayor pecado. No me retiré cuando hubiera podido hacerlo. Cuando murió mi cuñada... mi hermano quería instalarme en su casa, pues no le faltaba dinero. Pero yo continué, ay de mí, continué.
- ¿Por qué, hija mía? - preguntó el Monje -. ¿Es que le gustaba?
- Nada de eso, padre. Nunca tuve mucha afición al oficio, Pero, mire, padre, yo era atractiva en ese entonces, aunque ahora no pueda imaginárselo... y esos caballeros disfrutaban tanto conmigo...
- Hija - sentenció el Monje -, no está usted muy lejos del Reino. Pero cometió un error. El deseo de dar es meritorio. Pero, si da usted un billete falso, no por eso lo hace bueno.
El capitán había dejado también la mesa, muy rápidamente, pidiéndole a Ferguson que lo acompañara a la cabina. El botánico corrió detrás.
- Un momento, capitán, un momento - dijo, excitado -. Soy un hombre de ciencia. Estoy trabajando ya a toda presión. No he de quejarme de todos esos deberes que interrumpen constantemente mi trabajo. Pero, si piensa usted que perderé todavía más tiempo acompañando a esas horribles mujeres...
- Espere a que le ordene algo que pueda considerarse ultra-vires - dijo el capitán -. La protesta es prematura.
Paterson se quedó con la flaca. De las mujeres sólo le interesaba el aparato auditivo. Le gustaba hacer confidencias a las mujeres; quejarse ante ellas de la inconstancia y la crueldad de los hombres. Lamentablemente, la dama entendía que la conversación sólo tenía dos fines: la terapéutica afrodisíaca o la instrucción psicológica. En realidad, no veía razón alguna para que las dos operaciones no se efectuaran simultáneamente; sólo las personas sin preparación podían concentrarse únicamente en una idea. La diferencia estaba comprometiendo el éxito de la charla. Paterson se impacientaba; la dama se mostraba brillante y tranquila como un témpano.
- Pero como le decía - gruñó Paterson -, me parece indigno que un hombre se muestre amable y...
- Lo que confirma mi tesis. Esas tensiones y desajustes son inevitables en un ambiente anormal. Sí, hay que librar al remedio de esos prejuicios sentimentales o lascivos, igualmente malos, que la era victoriana...
- Pero no se lo he contado aún. Escuche. Hace sólo dos días...
- Un momento. Habría que pensar en el remedio como inyección necesaria. En cuanto pensáramos...
- De acuerdo. La asociación remedio-placer, es una fijación de la adolescencia, y ha, causado mucho mal. Racionalmente...
- Mire, creo que se sale del tema...
- Un momento.
El diálogo continuó.

Habían visto ya la nave. Era una maravilla. Nadie recordó luego quién fue el primero en decir: «Cualquiera puede manejar una nave semejante.»
Ferguson se quedó sentado, fumando calladamente, mientras el capitán leía la carta. Cuando se inició la conversación, el buen humor reinaba en la cabina, y nadie se decidía a encarar seriamente el problema.
- Sin embargo - dijo al fin el capitán -, hay también un aspecto serio. Ante todo, ¡qué impertinencia!
- Recuerde - observó Ferguson - que la situación de ustedes es completamente nueva.
- ¿Nueva? No me haga reír. Somos como los hombres de los balleneros, o los tripulantes de los veleros antiguos, los pioneros del Oeste. La gente siempre sintió hambre cuando no hay comida.
- Amigo, olvida usted la nueva psicología.
- Creo que esas dos horribles mujeres han aprendido ya una psicología todavía más nueva, desde que llegaron. ¿Creen allí realmente que todos los hombres son tan combustibles? ¿Que nos echaremos encima de cualquier mujer?
- Ay, amigo, así es. Dirán que usted y su gente son todos anormales. No quisiera volver trayendo concentrados de hormonas.
- ¿No habría entonces otros voluntarios que quienes pueden o creen poder prescindir de las mujeres?
- No olvide la nueva ética.
- Oh, no me hable de eso. Sólo los enamorados o los monjes han intentado alguna vez mantenerse castos. Una minoría, y lo intentarán en Marte lo mismo que en la Tierra. La mayoría no se negó nunca al placer. Los profesionales no lo ignoran. No hay puesto o guarnición militar sin prostíbulos. ¿Quiénes son los asesores que tuvieron esta idea estúpida?
- Oh. Una banda de mujeres maduras, casi todas con pantalones, aficionadas a todo lo sexual, a todo lo científico, y que quieren sentirse importantes. Esta iniciativa les dio tres placeres a la vez.
- Bien, Ferguson. No pienso quedarme con la veterana ni con la catedrática. Usted...
- No, no. Yo cumplí mi tarea. No estoy dispuesto a llevarme de vuelta ese ganado en pie. Y mis muchachos piensan lo mismo. Habría amotinamiento y crímenes a bordo.
- Pues tiene que hacerlo, porque yo...
En ese instante, llegó de afuera una luz enceguecedora. La cabina se sacudió.
- ¡Mi nave! ¡Mi nave! - gritó Ferguson.
Los dos hombres observaron la arena desierta. La astronave había despegado perfectamente.
- Pero, ¿qué ha sucedido? - preguntó el capitán -. ¿Habrán sido capaces...?
- Amotinamiento, deserción y robo de una nave del gobierno - dijo Ferguson -. Eso es lo que ha sucedido. Mis dos muchachos y su Dickson regresan a la Tierra.
- Demonios, las pasarán mal. Los juzgarán y...
- Ay, es muy cierto. Y creen que el precio es barato. ¿Por qué? Ya lo entenderá antes de dos semanas.
En los ojos del capitán hubo de pronto una luz de esperanza.
- ¿No se habrán llevado a las mujeres? - preguntó. - Un poco de juicio, amigo, un poco de juicio. Y si ya no le queda juicio, abra las orejas.
En el rumor de excitada conversación que llegaba cada vez más claramente de la sala principal, se distinguían unas voces femeninas, intolerables.
Mientras. se preparaba para la meditación de la noche, el Monje pensó que se había concentrado demasiado, quizá, en «necesitar menos» y que por esto mismo tendría que seguir un curso (superior) de amar más. Luego, torció la cara en una sonrisa donde no todo era júbilo. Estaba pensando en la gorda. Un acorde exquisito de cuatro notas. La primera: el horror de lo que ella había hecho y sufrido. La segunda: piedad. La tercera, cómica: la pobre mujer creía que aún despertaba deseos. Y la cuarta: la mujer se ignoraba a sí misma. Auxiliada por la gracia y una apropiada, aunque pobre, dirección espiritual, quizá descubriera en ella misma otro encanto muy distinto, y seguiría así el camino de la luz, uniéndose a la Magdalena.
Pero... un momento. Había todavía una quinta nota en el acorde.
- ¡Oh, Maestro! - murmuró -. Perdóname, aunque quizá te divierta. Pensé que me habías traído a sesenta millones de kilómetros para mí propio bienestar espiritual.


FIN

CENA PARA TRES // MISSPOISSON

CENA PARA TRES
MISSPOISSON



...espero que os guste,
si alguien se escandaliza, que se tape corriendo los ojos y salga de aquí y no vuelva nunca más...


Dejé caer mis bragas al suelo y caminé hacia tí arrastrándolas con el tacón, desgarrando sus encajes con cada paso, desgastando las baldosas con el eco de cada pisada.

Llegué hasta tí perturbada y hambrienta y me paré en seco justo en frente, a observar tu cuerpo desnudo, tiritando sobre esa silla minimalista y te dediqué una caída de ojos repasándote lentamente, cada forma de tu cuerpo, cada perfecto pliegue que formaba tu postura.

Me arrodillé y coloqué mis manos sobre tus rodillas de nácar y deslizando mi cuerpo sobre ellas, acerqué mi boca a tus labios y te besé obscenamente, apretando tus pechos con mis manos, convirtiendo el temblor en convulsión.

Separé mi cara de tu boca y bajé la mirada, abrí tus piernas resbaladizas y me adentré en tu interior con los labios temblorosos, recogiendo tus fluidos afrutados con la lengua y nutriéndome de tu lujuria, con gula, ansiosamente, rozando mis cabellos en tu regazo y erizándote la piel, haciéndote estremecer sabiamente, intuyendo que ningún hombre supo hacértelo mejor que yo, me recoges el pelo y tiras de mí hacia tus pechos, puedo sentir tus latidos alterados y arrítmicos golpeando mis pómulos y aturdiendo mis sentidos.

Sentí como hundías tus uñas en mi cintura, arañándome la vida y convirtiéndome en sumisa, arrodillada con mi cuerpo sobre tí, me percaté de otras manos por mi espalda, que me abrazaban robándome de tu atención, otros labios humedeciendo mis nalgas, introduciéndose dentro de mí, hábilmente, con recelo.

Otro cuerpo me esclavizaba por detrás, sumergiéndose en mi interior con fuerza. Cerré los ojos fuertemente sobre tí y me dejé llevar por aquel vaivén de placer que arrastraba mis caderas, jadeando sobre tu sexo, estimulando tu demencia con mis dedos, inundando mi locura y alimentando mi boca con tu dulce ambrosía.

Deslicé mis dedos entre mis piernas y los humedecí para llevarlos a tu boca y que me los lamieras para que tú también te nutrieras de aquel exquisito fluido blanco que me estaba enloqueciendo.


MISSPOISSON

domingo, 6 de mayo de 2007

INCUBOS Y SUCUBOS

INCUBOS Y SUCUBOS

Los diablos, según una opinión general muy difundida, pueden unirse carnalmente con hombres y mujeres. a los que hacen con estas, se les llama incubos; y a los que como hembras se unen a los hombres, se les denomina sucubos. Muchas de las historias paganas, han contribuido grandemente al nacimiento de milagrosos héroes y reyes por medio de incubos y sucubos. Párrafos, relatos en múltiples obras históricas, nos traen una gran relación, de individuos que bien pudieran ser originados por estos diablos engendradores. Así, se supone que fueron engendrados ROMULO REMO Y OCTAVIO AUGUSTO La patriótica identifica muchas veces a los incubos con los sátiros y faunos, cita, por ejemplo un pasaje de san Agustín que dice: “Y porque dicen frecuentemente muchos que lo experimentaron por si, o lo oyeron de quienes lo experimentaron, y de cuya fe no debe dudarse , afirman haber oído que silvanos y faunos, a quienes el vulgo denomina incubos, han estado muchas veces con mujeres, intentando y consumando coito con ellas” En el libro de Isaías, en el capitulo IV, se puede leer el siguiente párrafo, denunciando a estos extraños seres: “Y vendrá a ser guarida de dragones y pasto de avestruces, y se encontraran allí demonios, Esto es, monstruos como demonios”. San Isodoro, en el libro VIII, ultimo capitulo escribió: “Peludos, que los griegos llaman Panitas, los latinos incubos y los franceses Clusios, demonios que cohabitan inmundamente con las mujeres”. De esos peludos, que han sido mencionados por distintos viajeros como existentes en África, acometían a las mujeres de las expediciones que desembarcaban en las costas, donde ellos Vivian, las violaban, o se las llevaban con ellos. Estos peludos, se presentaban algunas veces como desprovistos de lenguaje articulado, y otras hablando una lengua ininteligible. Sin embargo es preciso distinguir entre los antiguos sátiros, faunos y silvanos, cosa muy distinta de los hombres monteses o salvajes y estos a su vez de los incubos. De los sátiros se cuentan muchas hagiografías, en las que se refiere que fueron bautizados por santos ermitaños. Se dice que san Antonio se le acerco en cierta ocasión un hombre con cuernos y patas de cabra que le dijo: Yo soy mortal, y uno de los moradores del yermo a quien los gentiles, engañados por varios errores, nos reverencian y adoran como faunos, sátiros e incubos. Vengo a ti, en el nombre de mi manada, para que pidas a dios por nosotros. Sabemos que es común a todos, y vino por la salvación del mundo. ¡Ay de ti, Alejandría!- exclamo el santo a oír aquello - ¡ Ay de ti, ciudad ramera, que adoras a los monstruos creados por Dios ! ¿Que podrás decir ahora, pues las bestias alaban y confiesan a Dios?. Según esta y otras historias, se comprueba que los faunos, sátiros o silvanos, eran considerados no como hombres o demonios, sino como monstruos y bestias animales. Los incubos y los sucubos son, en cambio, verdaderos diablos, espíritus, y los demonólogos se han dedicado a sutiles disquisiciones, para desentrañar su oficio y el motivo por el cual lo adoptan. Por lo referente al modo de ejercer su profesión, todos están de acuerdo, que siendo los incubos y los sucubos diablos, y por lo tanto verdaderos espíritus, tienen lo mismo que los Ángeles, cierto cuerpo sutil, por medio del cual, obran sobre la materia del mismo modo que lo hacen los hombres. Muchas opiniones les conceden forma humana, asegurando que los Ángeles a ser arrojados del paraíso, se convirtieron en algo espeso y material. Otros aseguran, que aunque no posean cuerpo, pueden asumir formas visibles, y tangibles. También hay demonólogos que suponen, que los incubos y sucubos toman cuerpos en cadáveres, de hombres y mujeres, introduciéndose en ellos y animándolos. Tal hipótesis es verdaderamente horrible, pues, no solo esta en el profanar a un vivo, sino a un muerto. Ultraje muy propio de un demonio. En lo que si esta todo el mundo de acuerdo es en la existencia de un <>. Misterio que muchos atribuyen a los enredos de Satanás, y que en nuestros tiempos, va acumulando sombras, hasta hacer de el, un hecho de aspecto abominable y peligroso. Hombres insignes, balbucean en torno a este misterio del sexo, y lo hacen de tal forma, Que el leerlos, ofrece una sensación de vértigo, de miedo incontrolado, por el cual se pierde la razón. Dante vio a Satanás con tres cabezas. Y a este respecto, hay muchos que tratan de buscar en las palabras del Génesis, , una especie de misterio, o de verdad, sobre el hecho de que el primer hombre fue hermafrodita. <>. Todo esto, es sin duda profundo, pero no es limpio. Encierra algo misterioso, al que no es fácil acercarse, sin herir la susceptibilidad y el alma, para afín quedar sin haber comprendido nada. El diablo sabe emplear todos estos recovecos, y espejismos para hacer prosélitos a su causa. El diablo es el tipo sonriente, que nos ofrece una caja que contiene las llaves de la vida y de la muerte, del cielo e infierno, del pasado y del porvenir; pero que después resulta que nada tiene adentro. Como el secreto de la Esfinge. El mismo Marejowski agrega en oro párrafo: <<>>. Con esto se descubre la función diabólica de los incubos, <> Y en su defecto con un diablo. Y el de los sucubos <> Y sino con el diablo, para si conseguir ese amor infecundo. Siempre se ha dicho que el diablo aborrece la fecundidad, porque a su vez aborrece la vida. Pero Jesucristo bendijo el amor entre el hombre y la mujer, intitullo el Sacramento de Matrimonio, y estableció la procreación y la educación de los hijos, como uno de sus fines primordiales. Sin embargo, el diablo pretende precisamente lo contrario. Por eso muchos autores aseguran, que los incubos y sucubos no cumplen su oficio por voluptuosidad, sino por malignidad. Una de las creencias mas extendidas, es la de que el Anticristo nacerá de mujer, en trato con un incubo. Opinión verosímil, y que ha sido tratada y discutida en presencia del emperador Segismundo, y resuelva en sentido afirmativo. Una versión legendaria, y muy divulgada, dice que en el centro de la tierra existe un mundo mucho mas grande que el que habitamos, donde hay hombres de gran estatura, y mujeres crueles, que no queriendo amamantar a sus hijos, los arrojan a un monte para que se alimenten de hierbas. El Anticristo nacerá de esta progenie, y saldrá al mundo por el cráter de un volcán situado a orillas del rió Tajo, donde se criara alimentándose de peses, La creencia de los incubos y los sucubos, engendraban hijos, estuvo muy difundida en otros tiempos. El pueblo de los Humos, que aterrorizo a Europa bajo el manto de Atila, se creyó procedente de la unión de incubos de la estepa, con brujas de oriente. Así pues si estas cosas han sido creídas, ¿Cómo extrañarse ante la historia o leyenda, que presenta al los personajes celebres presentados por los diablos? Entre estos personajes de leyenda a quienes el vulgo hace nacer de los incubos, esta el famoso, Merlín a quien Satanás se proponía dar vida, para destruir el mundo, aniquilar la Iglesia, y perder a la cristiandad. La historia d Merlín arranca otra vez del misterio, pero acaso valga, al decir de los estudiosos, como profecía, como mito y símbolo. Es decir que las condiciones del Anticristo pueden darse muchas veces, pero también pudo Dios aplazar o detener el sobrevenir de los acontecimientos. De hecho, es que si Merlín fue engendrado para Anticristo, resulto todo lo contrario, gracias al bautismo y a las enseñanzas de su maestro Blaysen. Por influencia de Merlín, y este fue su pecado, nació el rey Artus en adulterio. Pero he aquí, Que este mal previo un bien. El rey Artus fundo la caballería que procede de la Tabla Redonda y se convirtió en pilar de la cristiandad. Lutero, Bodin , Delancre y otros entendidos, hablan de una especie de ser humano, dicen nacidos de un incubo y un sucubo, al que se le conoce con el nombre de CANBIONS. Se cuenta, que un mendigo llevaba una vez consigo a un CAMBION para excitar la piedad de las gentes. Un caballero, apiadado de el, lo cogio y lo subió a su caballo, e inmediatamente el caballo se plegó bajo el peso del CAMBION.

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