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miércoles, 27 de octubre de 2010

VINUM SABBATI -- Arthur Machen







VINUM SABBATI
Arthur Machen
**
Mi nombre es Leicester; mi padre, el mayor general Wyn Leicester,
distinguido oficial de artillería, sucumbió hace cinco años a una compleja
enfermedad del hígado, adquirida en el letal clima de la india. Un año después,
Francis, mi único hermano, regresó a casa después de una carrera
excepcionalmente brillante en la universidad, y aquí se quedó, resuelto como
un ermitaño a dominar lo que con razón se ha llamado el gran mito del
Derecho. Era un hombre que parecía sentir una total indiferencia hacia todo lo
que se llama placer; aunque era más guapo que la mayoría de los hombres y
hablaba con la alegría y el ingenio de un vagabundo, evitaba la sociedad y se
encerraba en la gran habitación de la parte alta de la casa para convertirse en
abogado. Al principio, estudiaba tenazmente durante diez horas diarias; desde
que el primer rayo de luz aparecía en el este hasta bien avanzada la tarde
permanecía encerrado con sus libros. Sólo dedicaba media hora a comer
apresuradamente conmigo, como si lamentara el tiempo que perdía en ello, y
después salía a dar un corto paseo cuando comenzaba a caer la noche. Yo
pensaba que tanta dedicación sería perjudicial, y traté de apartarlo
suavemente de la austeridad de sus libros de texto, pero su ardor parecía más
bien aumentar que disminuir, y creció el número de horas diarias de estudio.
Hablé seriamente con él, le sugerí que ocasionalmente tomara un descanso,
aunque fuera sólo pasarse una tarde de ocio leyendo una novela fácil; pero él
se rió y dijo que, cuando tenía ganas de distraerse, leía acerca del régimen de
propiedad feudal y se burló de la idea de ir al teatro o de pasar un mes al aire
libre. Confieso que tenía buen aspecto, y no parecía sufrir por su trabajo, pero
sabía que su organismo terminaría por protestar, y no me equivocaba. Una
expresión de ansiedad asomó en sus ojos, se veía débil, hasta que finalmente
confesó que no se encontraba bien de salud. Dijo que se sentía inquieto, con
sensación de vértigo, y que por las noches se despertaba, aterrorizado y
bañado en sudor frío, a causa de unas espantosas pesadillas.
—Me cuidaré —dijo—, así que no te preocupes. Ayer pasé toda la tarde sin
hacer nada, recostado en ese cómodo sillón que tú me regalaste, y
garabateando tonterías en una hoja de papel. No, no; no me cargaré de
trabajo. Me pondré bien en una o dos semanas, ya verás.
Sin embargo, a pesar de sus afirmaciones, me di cuenta que no mejoraba,
sino empeoraba cada día. Entraba en el salón con una expresión de
abatimiento, y se esforzaba en aparentar alegría cuando yo lo observaba. Me
parecía que tales síntomas eran un mal agüero, y a veces, me asustaba la
nerviosa irritación de sus gestos y su extraña y enigmática mirada. Muy en
contra suya, lo convencí de que accediera a dejarse examinar por un médico, y
por fin llamó, de muy mala gana, a nuestro viejo doctor.
El doctor Haberden me animó, después de la consulta.
—No es nada grave —me dijo—. Sin duda lee demasiado, come de prisa y
vuelve a los libros con demasiada precipitación y la consecuencia natural es
que tenga trastornos digestivos y alguna mínima perturbación del sistema
nervioso. Pero creo, señorita Leicester, que podremos curarlo. Ya le he
recetado una medicina que obtendrá buenos resultados. Así que no se
preocupe.
Mi hermano insistió en que un farmacéutico de la colonia le preparara la
receta. Era un establecimiento extraño, pasado de moda, exento de la
estudiada coquetería y el calculado esplendor que alegran tanto los
escaparates y estanterías de las modernas boticas. Pero Francis le tenía mucha
simpatía al anciano farmacéutico y creía a ciegas en la escrupulosa pureza de
sus drogas. La medicina fue enviada a su debido tiempo, y observé que mi
hermano la tomaba regularmente después de la comida y la cena.
Era un polvo blanco de aspecto común, del cual disolvía un poco en un
vaso de agua fría. Yo lo agitaba hasta que se diluía, y desaparecía dejando el
agua limpia e incolora. Al principio, Francis pareció mejorar notablemente; el
cansancio desapareció de su rostro, y se volvió más alegre incluso que cuando
salió de la universidad; hablaba animadamente de reformarse, y reconoció que
había perdido el tiempo.
—He dedicado demasiadas horas al estudio del Derecho —decía riéndose—
; creo que me has salvado justo a tiempo. Bien, de cualquier modo, seré
canciller, pero no debo olvidarme de vivir. Haremos un viaje a París, nos
divertiremos, y nos mantendremos alejados por un tiempo de la Biblioteca
Nacional.
He de confesar que me sentí encantada con el proyecto.
—¿Cuándo nos vamos? —pregunté—. Podríamos salir pasado mañana, si
te parece.
—No, es demasiado pronto. Después de todo, no conozco Londres todavía,
y supongo que un hombre debe comenzar por entregarse a los placeres de su
propio país. Pero saldremos en una o dos semanas, así que practica tu francés.
Por mi parte, de Francia sólo conozco las leyes, y me temo que eso no nos
servirá de nada.
Estábamos terminando de comer. Tomó su medicina con gesto de catador,
como, si fuera un vino de la cava más selecta.
—¿Tiene algún sabor especial? —pregunté.
—No; es como si fuera sólo agua. —Se levantó de la silla y empezó a
pasear de arriba abajo por la habitación, sin decidir qué hacer.
—¿Vamos al salón a tomar café? —le pregunté—. ¿O prefieres fumar?
—No; me parece que voy a dar un paseo. La tarde está muy agradable.
Mira ese crepúsculo: es como una gran ciudad en llamas, como si, entre las
casas oscuras, lloviera sangre. Sí. Voy a salir. Pronto estaré de vuelta, pero me
llevo mi llave. Buenas noches, querida, si es que no te veo más tarde.
La puerta se cerró de golpe tras él, y le vi caminar rápidamente por la
calle, balanceando su bastón, y me sentí agradecida con el doctor Haberden
por esta mejoría.
Creo que mi hermano regresó a casa muy tarde aquella noche, pero a la
mañana siguiente se encontraba de muy buen humor.
—Caminé sin pensar adónde iba —dijo gozando de la frescura del aire, y
vivificado por la multitud cuando me acercaba a los barrios más transitados.
Después, en medio de la gente, me encontré con Orford, un antiguo
compañero de la universidad, y después... bueno, nos fuimos por ahí a
divertirnos. He sentido lo que es ser joven y hombre. He descubierto que tengo
sangre en las venas como los demás. Me he citado con Orford para esta noche;
algunos amigos nos reuniremos en el restaurante. Sí, me divertiré durante una
semana o dos, y todas las noches oiré las campanadas de las doce. Y después
tú y yo haremos nuestro pequeño viaje.
Fue tal el cambio de carácter de mi hermano, que en pocos días se
convirtió en un amante de los placeres, en un indolente asiduo de los barrios
alegres, en un cliente fiel de los restaurantes opulentos y en un excelente
crítico de baile. Engordaba ante mis ojos, y no hablaba ya de París, pues
claramente había encontrado su paraíso en Londres. Yo me alegré, pero no
dejaba de sorprenderme, porque en su alegría encontraba algo que me
desagradaba, aunque no podía definir la sensación. El cambio le sobrevino
poco a poco. Seguía regresando en las frías madrugadas; pero yo ya no le oía
hablar de sus diversiones, y, una mañana, cuando desayunábamos juntos, lo
miré de pronto a los ojos y vi a un extraño frente a mí.
—¡Oh, Francis! —exclamé— ¡Francis, Francis! ¿Qué has hecho?
Y dejando escapar el llanto, no pude decir ni una palabra más. Me retiré
llorando a mi habitación, pues aunque no sabía nada, lo sabía todo, y por un
extraño juego del pensamiento, recordé la noche en que salió por primera vez,
y el cuadro de la puesta de sol que iluminaba el cielo ante mí: las nubes, como
una ciudad en llamas, y la lluvia de sangre. Sin embargo, luché contra esos
pensamientos, y consideré que tal vez, después de todo, no había pasado nada
malo. Por la tarde, a la hora de comer, decidí presionarlo para que fijara el día
de comenzar nuestras vacaciones en París. Estábamos charlando
tranquilamente, y mi hermano acababa de tomar su medicina, que no había
suspendido para nada. iba yo a abordar el tema, cuando las palabras
desaparecieron de mi mente, y me pregunté por un segundo qué peso helado
e intolerable oprimía mi corazón y me sofocaba como si me hubieran
encerrado viva en un ataúd.
Habíamos comido sin encender las velas. La habitación había pasado de la
penumbra a la lobreguez, y las paredes y los rincones se confundían entre
sombras indistintas. Pero desde donde yo estaba sentada podía ver la calle, y
cuando pensaba en lo que iba a decirle a Francis, el cielo comenzó a
enrojecerse y a brillar, como durante aquella noche que tan bien recordaba; y
en el espacio que se abría entre las dos oscuras moles de casas apareció el
horrible resplandor de las llamas: espeluznantes remolinos de nubes
retorcidas, enormes abismos de fuego, masas grises como el vaho que se
desprende de una ciudad humeante y una luz maligna brillando en las alturas
con las lenguas del más ardiente fuego, y en la tierra, como un inmenso lago
de sangre. Volví los ojos a mi hermano; las palabras apenas se formaban en
mis labios, cuando vi su mano sobre la mesa. Entre el pulgar y el índice tenía
una marca, una pequeña mancha del tamaño de una moneda de seis peniques
y el color de un moretón. Sin embargo, por algún sentido indefinible, supe que
no era un golpe. ¡Ah!, si la carne humana pudiera arder en llamas, y si la llama
fuese negra como la noche... sin pensamiento ni palabras, el horror me invadió
al verlo, y en lo más profundo de mi ser comprendí que era un estigma.
Durante algunos interminables segundos, el manchado cielo se oscureció como
si se tratara de la medianoche, y cuando la luz volvió, me encontraba sola en
la silenciosa habitación. Poco después, pude oír cómo salía mi hermano.
A pesar de que ya era tarde, me puse el sombrero y fui a visitar al doctor
Haberden, y en su amplio consultorio, mal iluminado por una vela que el
doctor trajo consigo, con labios trémulos y voz vacilante pese a mi
determinación, le conté todo lo que había sucedido desde el día en que mi
hermano comenzó a tomar la medicina hasta la horrible marca que había
descubierto hacía apenas media hora.
Cuando terminé, el doctor me miró durante un momento con una
expresión de gran compasión en su rostro.
—Mi querida señorita Leicester —dijo— usted se ha angustiado por su
hermano; se preocupa mucho por él, estoy seguro , ¿no es así?
—Sí, me tiene preocupada —dije Desde hace una o dos semanas no he
estado tranquila.
—Muy bien. Ya sabe usted lo complicado que es el cerebro.
—Comprendo lo que quiere usted decir, pero no estoy equivocada. He
visto con mis propios ojos todo lo que acabo de decirle.
—Sí, sí; por supuesto. Pero sus ojos habían estado contemplando ese
extraordinario crepúsculo que tuvimos hoy. Es la única explicación. Mañana lo
comprobará a la luz del día, estoy seguro. Pero recuerde que siempre estoy a
su disposición para prestarle cualquier ayuda que esté a mi alcance. No dude
en acudir a mí o mandarme llamar si se encuentra en un apuro.
Me marché intranquila, completamente confusa, llena de tristeza y temor,
y sin saber que hacer. Cuando nos reunimos mi hermano y yo al día siguiente,
le dirigí una rápida mirada y descubrí, con el corazón oprimido, que llevaba la
mano derecha envuelta en un pañuelo. La mano en la que había visto aquella
mancha de fuego negro.
—¿Qué tienes en la mano, Francis? —le pregunté con firmeza.
—Nada importante. Anoche me corté un dedo y me salió mucha sangre.
Me lo vendé lo mejor que pude.
—Yo te lo curaré bien, si quieres.
—No, gracias, querida, esto bastará. ¿Qué te parece si desayunamos?
Tengo mucha hambre.
Nos sentamos, y yo lo observaba. Comió y bebió muy poco. Le tiraba la
comida al perro cuando creía que yo no miraba. Había una expresión en sus
ojos que nunca le había visto; cruzó por mi mente la idea de que aquella
expresión no era humana. Estaba firmemente convencida de que, por
espantoso e increíble que fuese lo que había visto la noche anterior, no era una
ilusión, ni era ningún engaño de mis sentidos agobiados, y, en el transcurso de
la mañana, fui de nuevo a la casa del médico.
El doctor Haberden movió la cabeza contrariado e incrédulo, y pareció
reflexionar durante unos minutos.
—¿Y dice usted que continúa tomando la medicina? Pero, ¿por qué? Según
tengo entendido, todos los síntomas de que se quejaba desaparecieron hace
tiempo. ¿Por qué sigue tomando ese brebaje, si ya se encuentra bien? Y, a
propósito, ¿dónde encargó que le prepararan la receta? ¿Con Sayce? Nunca
envío a nadie allí; el anciano se está volviendo descuidado. Supongo que no
tendrá usted inconveniente en venir conmigo a su casa; me gustaría hablar
con él.
Fuimos juntos a la tienda. El viejo Sayce conocía al doctor Haberden, y
estaba dispuesto a darle cualquier clase de información.
—Según tengo entendido, usted lleva varias semanas preparando esta
receta mía al señor Leicester —dijo el doctor, entregándole al anciano un
pedazo de papel.
—Sí —dijo—, y ya me queda muy poco. Es una droga muy poco común, y
la he tenido embodegada durante mucho tiempo sin usarla. Si el señor
Leicester continúa el tratamiento, tendré que encargar más.
—Por favor, déjeme ver el preparado —dijo Haberden.
El farmacéutico le dio un frasco. Haberden le quitó el tapón, olió el
contenido y miró con extrañeza al anciano.
—¿De dónde sacó esto? —dijo—. ¿Qué es? Además, señor Sayce, esto no
es lo que yo prescribí. Sí, sí, ya veo que la etiqueta está bien, pero le digo que
ésta no es la medicina correcta.
—La he tenido mucho tiempo —dijo el anciano, aterrado—. Se la compré a
Burbage, como de costumbre. No me la piden con frecuencia, y la he tenido
desde hace algunos años. Como ve usted, ya queda muy poco.
—Sería mejor que me lo diera —dijo Haberden—. Me temo que ha habido
una equivocación.
Nos marchamos de la tienda en silencio; el médico llevaba bajo el brazo el
frasco envuelto en papel.
—Doctor Haberden —dije, cuando ya llevábamos un rato caminando—,
doctor Haberden.
—Sí —dijo él, mirándome sobriamente.
—Quisiera que me dijese qué ha estado tomando mi hermano dos veces al
día durante poco más de un mes.
—Francamente, señorita Leicester, no lo sé. Hablaremos de esto cuando
lleguemos a mi casa.
Continuamos caminando rápidamente sin pronunciar palabra, hasta que
llegamos a su casa. Me pidió que me sentara, y comenzó a pasear de un
extremo al otro de la habitación, con la cara ensombrecida por temores nada
comunes.
—Bueno —dijo al fin—. Todo esto es muy extraño. Es natural que se
sienta alarmada, y debo confesar que estoy muy lejos de sentirme tranquilo.
Dejemos a un lado, se lo ruego, lo que usted me contó anoche y esta mañana,
aunque persiste el hecho de que durante las últimas semanas el señor
Leicester ha estado saturando su organismo con un preparado completamente
desconocido para mí. Como le digo, eso no es lo que yo le receté. No obstante,
está por ver qué contiene realmente este frasco.
Lo desenvolvió, vertió cautelosamente unos pocos granos de polvo blanco
en un pedacito de papel y los examinó con curiosidad.
—Sí —dijo—. Parece sulfato de quinina, como usted dice; forma
escamitas. Pero huélalo.
Me tendió el frasco, y yo me incliné a oler. Era un olor extraño,
empalagoso, etéreo, irresistible, como el de un anestésico fuerte.
—Lo mandaré analizar —dijo Haberden—. Tengo un amigo que se dedica a
la química. Después sabremos qué hacer. No, no; no me diga nada sobre la
otra cuestión. No quiero escucharlo de momento. Siga mi consejo y procure no
pensar más en eso.
Aquella tarde, mi hermano no salió como siempre después de la comida.
—Ya me he divertido lo suficiente —dijo con una risa extraña— y debo
volver a mis viejas costumbres. Un poco de leyes será el descanso adecuado,
tras una dosis tan sobrecargada de placer —sonrió para sí mismo. Poco
después subió a su habitación. Su mano seguía vendada.
El doctor Haberden pasó por casa unos días más tarde.
—No tengo ninguna noticia especial para usted —dijo—. Chambers está
fuera de la ciudad, así que no sé nada que usted no sepa sobre la sustancia.
Pero me gustaría ver al señor Leicester, si está en casa.
—Está en su habitación —dije—. Le diré que está usted aquí.
—No, no; yo subiré. Quiero hablar con él con toda tranquilidad. Me
atrevería a decir que nos hemos alarmado mucho por muy poca cosa. Al fin y
al cabo, sea lo que sea, parece que ese polvo blanco le ha sentado bien.
El doctor subió, y, al pasar por el recibidor, lo oí llamar a la puerta, abrirse
ésta, y cerrarse después. Estuve esperando en el silencio de la casa durante
más de una, hora, y la quietud se volvía cada vez más intensa, mientras las
manecillas del reloj caminaban lentamente. Oí arriba el ruido de una puerta
que se abría vigorosamente, y el médico bajó. Sus pasos cruzaron el recibidor
y se detuvieron ante la puerta. Respiré largamente y con dificultad, vi mi cara,
en un espejo, demasiado pálida, mientras él volvía y se paraba en la puerta.
Había un indecible horror en sus ojos; se sostuvo con una mano en el respaldo
de una silla, su labio inferior temblaba como el de un caballo; tragó saliva y
tartamudeó una serie de sonidos ininteligibles, antes de hablar.
—He visto a ese hombre —comenzó, en un áspero susurro—. Acabo de
pasar una hora con él. ¡Dios mío! ¡Y estoy vivo y entero! Yo que me he
enfrentado toda mi vida con la muerte y conozco las ruinas de nuestra
fortaleza... ¡Pero eso no, Dios mío, eso no! —y se cubrió el rostro con las
manos para apartar de sí alguna horrible visión.
—No me mande llamar otra vez, señorita Leicester —dijo, recobrando un
poco la compostura—. Nada puedo hacer ya por esta casa. Adiós.
Lo vi bajar las escaleras tembloroso, y cruzar la calzada en dirección a su
casa. Me dio la impresión de que había envejecido diez años desde la mañana.
Mi hermano permaneció en su habitación. Me dijo con voz apenas
reconocible que estaba muy ocupado, que le gustaría que le dejara su comida
afuera de la puerta, y que me hiciera cargo de los criados. Desde aquel día, me
pareció que el arbitrario concepto que llamamos tiempo había desaparecido
para mí. Vivía con la continua sensación de horror, llevando a cabo
mecánicamente la rutina de la casa, y hablando sólo lo imprescindible con los
criados. De vez en cuando salía a pasear una hora o dos y luego volvía a casa.
Pero tanto dentro como fuera, mi espíritu se detenía ante la puerta cerrada de
la habitación de arriba, y, temblando, esperaba que se abriera.
He dicho que apenas me daba cuenta del tiempo, pero supongo que
debieron transcurrir un par de semanas, desde la visita del doctor Haberden,
cuando un día, después del paseo, regresaba a casa reconfortada con una
sensación de alivio. El aire era dulce y agradable, y las formas vagas de las
hojas verdes flotaban en la plaza como una nube; el perfume de las flores
hechizaba mis sentidos. me sentía feliz y caminaba con ligereza. Cuando iba a
cruzar la calle para entrar a casa, me detuve un momento a esperar que
pasara un carro y miré por casualidad hacia las ventanas. instantáneamente se
llenaron mis oídos de un fragor tumultuoso de aguas profundas y frias; el
corazón me dio un vuelco y cayó en un pozo sin fondo, y me quedé
sobrecogida de un terror sin forma ni figura. Extendí ciegamente una mano en
la oscuridad para no caer, mientras, las piedras temblaban bajo mis pies,
perdían consistencia y parecían hundirse. En el momento de mirar hacia la
ventana de mi hermano, se abrió la persiana, y algo dotado de vida se asomó
a contemplar el mundo. No, no puedo decir si vi un rostro humano o algo
semejante; era una criatura viviente con dos ojos llameantes que me miraron
desde el centro de algo amorfo representando el símbolo y el testimonio de
todo el mal y la siniestra corrupción. Durante cinco minutos permanecí inmóvil,
sin fuerza, presa de la angustia, la repugnancia y el horror. Al llegar a la
puerta, corrí escaleras arriba, hasta la habitación de mi hermano, y lo llamé.
—¡Francis, Francis! —grité—. Por el amor de Dios, contéstame. ¿Qué es
esa bestia espantosa que tienes en la habitación? ¡Sácala, Francis, arrójala
fuera de aquí!
Oí un ruido como de pies que se arrastraban, lentos y cautelosos, y un
sonido ahogado, como si alguien luchara por decir algo. Después, el sonido de
una voz, rota y apagada, pronunció unas palabras que apenas pude entender.
—Aquí no hay nada —dijo la voz—. Por favor, no me molestes. No me
encuentro bien hoy.
Me volví, horrorizada pero impotente. Me preguntaba por qué me habría
mentido Francis, pues había visto, aunque sólo fuera por un momento, la
aparición aquella, demasiado nítida para equivocarme. Me senté en silencio,
consciente de que había sido algo más, algo que había visto en el primer
instante de terror antes de que aquellos ojos llameantes se fijaran en mí. Y,
súbitamente, lo recordé. Al mirar hacia arriba, las persianas se estaban
cerrando, pero tuve tiempo de ver a aquella criatura, y al evocarla, comprendí
que la imagen no se borraría jamás de mi memoria. No era una mano; no
había dedos que sostuvieran el postigo, sino un muñón negro que la
empujaba. El torpe movimiento de la pata de una bestia se había grabado en
mis sentidos, antes de que aquella oleada de terror me arrojara al abismo. Me
horroricé al recordar esto y pensar que aquella espantosa presencia vivía con
mi hermano. Subí de nuevo y lo llamé desesperadamente, pero no me
contestó. Aquella noche, uno de los criados vino a mi y me contó con cierto
recelo que hacía tres días que colocaba regularmente la comida junto a la
puerta y después la retiraba intacta. La sirvienta había tocado, pero sin
obtener respuesta; sólo oyó los mismos pies arrastrándose que yo había oído.
Pasaron los días, uno tras otro, y siguieron dejándole a mi hermano las
comidas delante de la puerta y retirándolas intactas, y aunque llamé
repetidamente a la puerta, no conseguí jamás que me contestara. La
servidumbre quiso entonces hablar conmigo. Al parecer, estaban tan
alarmados como yo. La cocinera dijo que, cuando mi hermano se encerró por
vez primera en su habitación, ella empezó a oírle salir por la noche, y
deambular por la casa; y una vez, según dijo, oyó abrirse la puerta del
recibidor, y cerrarse después. Pero hacía varias noches que no oía ruido
alguno. Por último, la crisis se desencadenó; fue en la penumbra del atardecer.
El salón donde me encontraba se fue poblando de tinieblas, cuando un alarido
terrible desgarró el silencio y oí unos precipitados pasos escabullirse por la
escalera. Aguardé, y un segundo después irrumpió la doncella en el cuarto y se
quedó delante de mí, pálida y temblorosa.
—¡Oh, señorita Helen! —murmuró—. ¡Por Dios, señorita Helen! ¿Qué ha
pasado? Mire mi mano, señorita, ¡mire esta mano!
La conduje hasta la ventana, y vi una mancha húmeda y negra en su
mano.
—No te comprendo —dije—. ¿Quieres explicarte?
—Estaba arreglando su habitación hace un momento —comenzó—. Estaba
cambiando las sábanas, y de repente me cayó en la mano algo mojado; miré
hacia arriba y vi que era el techo, que estaba negro y goteaba justo encima de
mí.
Primero la miré con severidad y luego me mordí los labios.
—Ven conmigo —dije—. Trae tu vela.
La habitación donde yo dormía estaba debajo de la de mi hermano, y al
entrar sentí que yo temblaba también. Miré el techo; en él había una mancha
negra y húmeda, que goteaba persistente sobre un charco horrible que
empapaba la blanca ropa de mi cama.
Me lancé escaleras arriba y toqué con fuerza la puerta.
—¡Francis, Francis, hermano mío! ¿Qué te ha pasado?
Me puse a escuchar. Hubo un sonido ahogado; luego, un gorgoteo y un
vómito, pero nada más. Llamé más fuerte, pero no contestó.
A pesar de lo que el doctor Haberden había dicho, fui a buscarlo.
Le conté, con los ojos arrasados en lágrimas, lo que había sucedido, y él
me escuchó con una expresión de dureza en el semblante.
—En recuerdo de su padre —dijo finalmente—, iré con usted, aunque nada
puedo hacer por él.
Salimos juntos; las calles estaban oscuras, silenciosas y densas por el
calor y la sequedad de varias semanas. Bajo los faroles de gas, el rostro del
doctor se veía blanco. Cuando llegamos a casa, le temblaban las manos.
No dudamos, sino que subimos directamente. Yo sostenía la lámpara y él
llamó con voz fuerte y decidida:
—Señor Leicester, ¿me oye? Insisto en verlo. Conteste de inmediato.
No hubo respuesta, pero los dos oímos aquel gorgoteo que ya he mencionado.
—Señor Leicester, estoy esperando. Abra la puerta en este instante, o me
veré obligado a echarla abajo —dijo. Y llamó una tercera vez, con una voz que
hizo eco por todo el edificio—: ¡Señor Leicester! Por última vez, le ordeno abrir
la puerta.
—¡Ah! —exclamó, después de unos pesados momentos de silencio—,
estamos perdiendo el tiempo. ¿Sería tan amable de proporcionarme un
atizador o algo parecido?
Corrí a una pequeña habitación donde guardábamos las cosas viejas y
encontré una especie de azadón que me pareció le serviría al doctor.
—Muy bien —dijo—, esto funcionará. ¡Pongo en su conocimiento, señor
Leicester —gritó por el ojo de la cerradura—, que voy a destrozar la puerta!
Luego comenzó a descargar golpes con el azadón, haciendo saltar la
madera en astillas. De pronto, la puerta se abrió con un grito espantoso de una
voz inhumana que, como un rugido monstruoso, brotó inarticuladamente en la
oscuridad.
—Sostenga la lámpara —dijo entonces el doctor. Entramos y miramos
rápidamente por toda la habitación.
—Ahí está —dijo el doctor Haberden, dejando escapar un suspiro—. Mire,
en ese rincón.
Sentí una punzada de horror en el corazón. En el suelo había una masa
oscura y pútrida, hirviendo de corrupción y espantosa podredumbre, ni líquida
ni sólida, que se derretía y se transformaba ante nuestros ojos con un
gorgoteo de burbujas oleaginosas. Y en el centro brillaban dos puntos
llameantes, como dos ojos. Y vi, también, cómo se sacudió aquella masa en
una contorsión temblorosa, y cómo trató de levantarse algo que bien podía ser
un brazo. El doctor avanzó, alzó el azadón y descargó un golpe sobre los dos
puntos brillantes; y golpeó una y otra vez, enfurecido. Finalmente reinó el
silencio.
Un par de semanas más tarde, cuando ya me había recobrado de la
terrible impresión, el doctor Haberden vino a visitarme.
—He traspasado mi consultorio —comenzó—. Mañana emprendo un largo
viaje por mar. No sé si volveré a Inglaterra algún día; es muy probable que
compre un pequeño terreno en California y me quede allí el resto de mi vida.
Le he traído este sobre, que usted podrá abrir y leer cuando se sienta con
fuerza y valor para ello. Contiene el informe del doctor Chambers sobre la
muestra que le remití. Adiós, señorita, adiós.
En cuanto se marchó, abrí el sobre y leí los papeles. No podía esperar.
Aquí está el manuscrito, y, si me lo permiten, les leeré la asombrosa historia
que narra:
"Mi querido Haberden —comenzaba la carta—: Le pido mil perdones por
haberme retrasado en contestar su pregunta sobre la sustancia blanca que me
envió. A decir verdad, he dudado un tiempo sobre qué determinación tomar,
pues hay tanto fanatismo y ortodoxia en las ciencias físicas como en la
teología, y sabía que si yo me decidía a contarle la verdad, podría ofender
prejuicios que alguna vez me fueron caros. No obstante, he decidido ser
sincero con usted, así que, en primer lugar, permítame entrar en una breve
aclaración personal.
"Usted me conoce, Haberden, desde hace muchos años, como un
escrupuloso hombre de ciencia. Usted y yo hemos hablado a menudo de
nuestras profesiones, y hemos discutido el abismo insondable que se abre a los
pies de quienes creen alcanzar la verdad por caminos que se aparten de la vía
ordinaria de la experiencia y la observación de la materia. Recuerdo el desdén
con que me hablaba usted una vez de aquellos científicos que han escarbado
un poco en lo oculto y han insinuado tímidamente que tal vez, después de
todo, no sean los sentidos la frontera eterna e impenetrable de todo
conocimiento, el inmutable límite, más allá del cual ningún ser humano ha
llegado jamás. Nos hemos reído cordialmente, y creo que con razón, de las
tonterías del 'ocultismo' actual, disfrazado bajo nombres diversos:
mesmerismos, espiritualismos, materializaciones, teosofías, y toda la
complicada infinidad de imposturas, con su maquinaria de trucos y conjuros,
que son la verdadera armazón de la magia que se ve por las calles
londinenses. Con todo, a pesar de lo que le he dicho, debo confesarle que no
soy materialista, tomando este término en su acepción más común. Hace
muchos años me convencí —me he convencido a pesar de mi anterior
escepticismo—, de que mi vieja teoría de la limitación es absoluta y totalmente
falsa. Quizá esta confesión no le sorprenda en la misma medida en que le
hubiera sorprendido hace veinte años, pues estoy seguro de que *no habrá
dejado de observar que, desde hace algún tiempo, ciertas hipótesis han sido
superadas por hombres de ciencia que no son nada menos que
trascendentales; y me temo que la mayor parte de los modernos químicos y
biólogos famosos no dudarían en suscribir el díctum de la vieja escolástica,
Omnía exeunt ín mysterium, que significa que toda rama del saber humano, si
nos remontamos a sus orígenes y primeros principios, se desvanece en el
misterio. No tengo por qué agobiarlo ahora con una relación detallada de los
dolorosos pasos que me han conducido a mis conclusiones. Unos cuantos
experimentos de lo más simple me dieron motivo para dudar de mi propio
punto de vista, el tren de pensamiento que surgió en aquellas circunstancias
relativamente paradójicas, me llevó lejos. Mi antigua concepción del universo
se ha venido abajo; estoy en un mundo que me resulta tan extraño y temible
como las interminables olas del océano a los ojos de quien lo contempla por
primera vez desde Darién. Ahora sé que los límites de los sentidos, que
resultaban tan impenetrables que parecían cerrarse en el cielo y hundirse en
unas tinieblas de profundidad inalcanzable no son las barreras tan
inexorablemente herméticas que habíamos pensado, sino velos finísimos y
etéreos que se deshacen ante el investigador y se disipan como la neblina
matinal de los riachuelos. Sé que usted no adoptó jamás una postura
extremadamente materialista; usted no trató de establecer una negación
universal, pues su sentido común lo apartó de tal absurdo. Pero estoy
convencido de que encontrará lo que digo extraño y repugnante a su habitual
forma de pensar. No obstante, Haberden, lo que digo es cierto; y en nuestro
lenguaje común, se trata de la verdad única y científica, probada por la
experiencia. Y el universo es más espléndido y más terrible de lo que
imaginábamos. El universo entero, mi amigo, es un tremendo sacramento, una
fuerza, una energía mística e inefable, velada por la forma exterior de la
materia. Y el hombre, y el sol, y las demás estrellas, la flor, y la yerba, y el
cristal del tubo de ensayo, todos y cada uno, son tanto materiales como
espirituales y están sujetos a una actividad interior.
Probablemente se preguntará usted, Haberden, adónde voy con todo esto;
pero creo que una pequeña reflexión podrá aclararlo. Usted comprenderá que,
desde semejante punto de vista, cambia la concepción entera de todas las
cosas, y lo que nos parecía increíble y absurdo podría ser posible. En resumen,
debemos mirar con otros ojos la leyenda y las creencias, y estar preparados
para aceptar hechos que se habían convertido en fábulas. En verdad, esta
exigencia no es excesiva. Al fin y al cabo, la ciencia moderna admite
hipócritamente muchas cosas. Es cierto que no se trata de creer en la brujería,
pero ha de concederse cierto crédito al hipnotismo; los fantasmas están
pasados de moda, pero aún hay mucho que decir sobre la teoría de la
telepatía. Póngale un nombre griego a una superstición y crea en ella, y será
casi un proverbio.
"Hasta aquí mi aclaración personal. Ahora bien, usted me envió un frasco
tapado y sellado, que contenía una pequeña cantidad de un polvo blanco y
escamoso, y que cierto farmacéutico proporcionó a uno de sus pacientes. No
me sorprende que usted no haya conseguido ningún resultado en sus análisis.
Es una sustancia que hace muchos cientos de años cayó en el olvido y que es
prácticamente desconocida hoy en día. jamás hubiera esperado que me llegara
de una farmacia moderna. Al parecer, no hay ninguna razón para dudar de la
veracidad del farmacéutico. Efectivamente, como dice, pudo comprar en un
almacén las sales que usted prescribió; y es muy posible también que
permanecieran en su estante durante veinte años, o tal vez más. Aquí
comienza a intervenir lo que llamamos azar o casualidad: durante todos estos
años, las sales de esa botella han estado expuestas a ciertas variaciones
periódicas de temperatura; variaciones que probablemente oscilan entre los
cinco y los 30 grados centígrados. Y, por lo que se aprecia, tales alteraciones,,
repetidas año tras año durante periodos irregulares, con distinta intensidad y
duración, han provocado un proceso tan complejo y delicado que no sé si un
moderno aparato científico, manejado con la máxima precisión, podría producir
el mismo resultado. El polvo blanco que usted me ha enviado es algo muy
diferente del medicamento que usted recetó; es el polvo con que se preparaba
el Vino Sabático, el Vínum Sabbati. Sin duda habrá leído usted algo sobre los
aquelarres de las brujas, y se habrá reído de los relatos que hacían temblar a
nuestros mayores: gatos negros, escobas y maldiciones formuladas contra la
vaca de alguna pobre vieja. Desde que descubrí la verdad, he pensado a
menudo que, en general, es una gran suerte que se crea en todas estas
supercherías, pues de este modo se ocultan muchas otras cosas que es
preferible ignorar. No obstante, si se toma la molestia de leer el apéndice a la
monografía de Payne Knight encontrará que el verdadero sabbath era algo
muy diferente, aunque el escritor haya felizmente callado ciertos aspectos que
conocía muy bien. Los secretos del verdadero sabbath datan de tiempos muy
remotos, y sobrevivieron hasta la Edad Media. Son los secretos de una ciencia
maligna que existía muchísimo antes de que los arios entraran en Europa.
Hombres y mujeres, seducidos y sacados de sus hogares con pretextos
diversos, iban a reunirse con ciertos seres especialmente calificados para
asumir con toda justicia el papel de demonios. Estos hombres y estas mujeres
eran conducidos por sus guías a algún paraje solitario y despoblado,
tradicionalmente conocido por los iniciados y desconocido para el resto del
mundo. Quizá a una cueva, en algún monte pelado y barrido por el viento, o a
un recóndito lugar, en algún bosque inmenso. Y allí se celebraba el sabbath.
Allí, a la hora más oscura de la noche, se preparaba el Vinum Sabbati, se
llenaba el cáliz diabólico hasta los bordes y se ofrecía a los neófitos, quienes
participaban de un sacramento infernal; sumentes caficem principis inferorum,
como lo expresa muy bien un autor antiguo. Y de pronto, cada uno de los que
habían bebido se veía atraído por un acompañante (mezcla de hechizo y
tentación ultraterrena) que lo llevaba aparte para proporcionarle goces más
intensos y más vivos que los del ensueño, mediante la consumación de las
nupcias sabáticas. Es difícil escribir sobre estas cosas, principalmente porque
esa forma que atraía con sus encantos no era una alucinación sino, por
espantoso que parezca, el hombre mismo. Debido al poder del vino sabático —
unos pocos granos de polvo blanco disueltos en un vaso de agua—, la morada
de la vida se abría en dos, disolviéndose la humana trinidad, y el gusano que
nunca muere, el que duerme en el interior de todos nosotros, se transformaba
en un ser tangible y externo, y se vestía con el ropaje de la carne. Y entonces,
a la medianoche, se repetía y representaba la caída original, y el ser espantoso
oculto bajo el mito del Árbol del Bien y del Mal era nuevamente engendrado.
Tales eran las nuptiae sabbatí.
"Prefiero no decir más. Usted, Haberden, sabe, tan bien como yo que no
pueden infringirse impunemente las leyes más triviales de la vida, y que un
acto tan terrible como éste, en el que se abría y profanaba el santuario más
íntimo del hombre, era seguido de una venganza feroz. Lo que comenzaba con
la corrupción, terminaba también con la corrupción."
Debajo está lo siguiente, escrito por el doctor Haberden:
"Por desgracia, todo esto es estricta y totalmente cierto. Su hermano me
lo confesó todo la mañana en que estuve con él. Lo primero que me llamó la
atención fue su mano vendada, Y lo obligué a que me la enseñara. Lo que vi
yo, un hombre de ciencia, me puso enfermo de odio. Y la historia que me vi
obligado a escuchar fue infinitamente más espantosa de lo que habría sido
capaz de imaginar. Hasta me sentí tentado a dudar de la Bondad Eterna, que
permite que la naturaleza ofrezca tan abominables posibilidades. Y si no
hubiera visto usted el desenlace con sus propios ojos, le habría pedido que no
diera crédito a nada de todo esto. A mí no me quedan más que unas semanas
de vida, pero usted es joven, y quizá pueda olvidarlo.
Dr. Joseph Haberden.

lunes, 18 de octubre de 2010

ABANDONADO -- GUY DE MAUPASSANT





          ABANDONADO
    

     —Es preciso estar loca para salir al campo a estas horas con un calor insufrible. De dos meses a esta parte, se te ocurren ideas muy extrañas. A la fuerza me haces venir a la orilla del mar, cuando en cuarenta y cinco años que llevamos de matrimonio jamás tuviste semejante fantasía. Sin pedirme parecer, eliges como residencia de verano esta población triste, Fècamp,   y te invade un deseo furioso de hacer ejercicio (¡eso tú, que nunca dabas dos pasos!), al extremo de querer salir al campo a estas horas en el día más caluroso del año. Dile a nuestro amigo Apreval que te acompañe, puesto que se presta amablemente a todos tus caprichos. Yo, por mi parte, me quedo a dormir la siesta.
     La señora Cadour dijo:
     —¿Quiere usted acompañarme, Apreval?
     Este se inclinó, sonriendo con una galantearía de los tiempos pasados. mientras decía:
     —Iré a donde usted vaya.
     —Bueno; idos a coger una insolación—exclamó el señor de Cadour.
     Y se metió en su cuarto del hotel de los Baños para echarse un par de horas en la cama.
     Cuando la respetable señora y su antiguo compañero quedaron solos, se pusieron en marcha. Ella dijo con voz muy baja y apretándole una mano:
     —¡Al fin! ¡Al fin!
     El murmuró:
     —Se ha vuelto usted loca. Estoy convencido en absoluto de que se ha vuelto usted loca. Piense cuánto arriesga. Si ese hombre...
     Ella le interrumpió, sobresaltada:
     —¡Oh, Enrique! No diga usted nunca ese hombre cuando hablemos de él.
     El prosiguió bruscamente:
     —¡Bueno! Si nuestro hijo sospecha cualquier cosa, y receloso descubre la verdad, nos tiene cogidos para siempre. Pudo usted pasar cuarenta años alejada, sin conocerle siquiera, ¿qué antojo es el de hoy?
     Habían seguido la calle que va de la playa al pueblo. Volvieron a la derecha para subir el repecho de Etretat. El camino blanco se inundaba con los abrasadores rayos del sol.
     Andaban despacio, sofocándose, a paso corto. Ella se apoyaba en el brazo de su amigo, mirando hacia adelante, con los ojos fijos, insistentes.
     Preguntó:
     —¿De manera que tampoco usted le ha visto nunca?
     —¡Jamás!
     —Pero ¿es posible?
     —No comencemos nuevamente la eterna discusión. Yo tengo mujer y tengo hijos, como usted tiene un marido; como usted, debo guardarme de murmuraciones.
     Ella no respondió. Pensaba en su juventud lejana, en las cosas que ya pasaron. Todo era triste.
     Se  había casado, como se casan muchas mujeres, a instancias de la familia, con un hombre al que apenas conocen. Su marido era diplomático; vivió con él como viven todas las mujeres de buena sociedad.
     Pero sucedió que un joven, Apreval, casado también, la quiso con un amor profundo, y durante una larga ausencia del señor Cadour, que había ido a las Indias, enviado por el Gobierno, la señora sucumbió.
     ¿Le hubiera sido posible resistir más? ¿Negarse? ¿Pudo resolverse a no ceder, adorándole como le adoraba? ¡No! ¡Ciertamente, no! ¡Era pedirle demasiado! Era demasiado sufrir. ¡La vida es tan miserable y engañosa! ¿Puede uno evitar ciertas asechanzas de la suerte, huir su destino? Siendo mujer, abandonada, sola, sin ternuras que la remedien, sin hijos que la defiendan, ¿se puede, un día y otro día, evitar una pasión que arrastra la existencia? ¿Se puede huir del sol, para encerrarse hasta la muerte en la oscuridad?
     Entonces, después de tanto tiempo, recordaba ella todos los detalles, las caricias, las ansias, las impaciencias aguardándole.¡Qué días tan felices! Los únicos felices. Y ¡qué pronto acabaron!
     Luego se sintió embarazada. ¡Qué angustias!
     —¡Oh! Aquel viaje al Mediodía, un viaje largo, doloroso; los temores incesantes, la vida misteriosa, oculta en la casita solitaria, cerca del mar, en el fondo de un jardín del que nunca se atrevió a salir.
     ¡Cómo recordaba los días eternos que pasó al pie de un naranjo, con los ojos fijos en el fruto redondo y rojo, escondido casi entre verdes hojas! Deseaba salir, acercarse al mar, cuya brisa fecunda recibía por encima de la tapia, cuyo constante vaivén oía sin cesar, cuya superficie azul, brillante al sol, y salpicada por blancas velas, era su encanto. Pero tenía miedo hasta de asomarse a la puerta. Si alguien la hubiese reconocido en aquel estado, con aquella cintura deforme y vergonzosa...
     Y los días de inquietud, los últimos días torturadores; y la espantosa noche del suceso. ¡Cuántas miserias había padecido!
     ¡Qué noche aquella! ¡Cuánto gimió, cuánto gritó! No se borraba de su memoria el rostro pálido de su amante, besándole a cada minuto las manos; la cabeza calva del médico, la cofia blanquísima de la enfermera.
     Y la sacudida violenta de su corazón al oír el débil gemido de la criatura, aquel primer esfuerzo de una voz de hombre.
     Y al día siguiente... ¡Ah! ¡Al día siguiente, único de su vida en que lo tuvo cerca y besó a su hijo! Porque jamás volvieron a verle sus ojos.
     Y desde entonces, ¡qué larga, penosa y vacía existencia, en la cual siempre, siempre flotaba el recuerdo imborrable de aquella criatura! ¡Y jamás volvió a verle, ni una sola vez, a aquel pedazo de sus entrañas, al hijo de sus amores!
     Lo cogieron, lo llevaron, lo escondieron. Ella supo solamente que unos campesinos normandos lo educaban, que vivía como campesino, que se casó, bien casado, y que fue bien establecido por su padre.
     ¡Cuántas veces, durante cuarenta años, ella quiso ir a verle, para besarle! ¡No imaginaba que se habría desarrollado! Le suponía siempre como aquella larva humana que sólo un día cogió en brazos, apretándo1e contra su cuerpo dolorido.
     Cuantas veces dijo a su amante: «No aguardo más, quiero verle, voy a verle», siempre la convencía, la contenía. Ella no sabia reprimirse, callarse, y el otro adivinaría y exploraría, comprometiéndolos.
     —¿Cómo es?—preguntaba la señora.
     —No lo sé. Tampoco le conozco.
     —¿Es posible? ¡Tener un hijo y no conocerle! ¡Rechazarle con temor, ocultarle como una vergüenza!
     Iban camino adelante, fatigados por el calor, ganando poco a poco el inacabable repecho.
     Ella prosiguió:
     —Parece un castigo. Jamás tuve otro. Y a aquél, no verle... No. Era imposible resistir al deseo de verle, que hace tantos años me obsesiona. Los hombres no comprenden eso. Piense usted que no está lejos el día de mi muerte. 
     Y ¿era posible morir sin volverle a ver?
     —¿Cómo pude aguantar tanto tiempo? He pensado en él durante toda mi vida. ¡Qué horrorosa vida, con este pensamiento constante! ¡No he despertado una sola vez, ni una sola vez, sin que mi primer pensamiento no fuese para él, para el hijo mío! ¿Cómo estará? Me siento culpable, culpable de su abandono, de mi cobardía. ¿Se debe temer al mundo en tales casos? Debí dejarlo todo para no dejarle a él; conservarle, cuidarle y educarle. Hubiera sido más dichosa. Y no me atrevíi. ¡Bien lo pagué con mi sufrimiento; ¡ Ah! Esas pobres criaturas abandonadas... ¡cómo deben de odiar a sus madres!
     De pronto se detuvo, ahogada por los sollozos. El valle estaba desierto y mudo bajo la luz abrumadora del sol.
     —Descanse usted un poco; siéntese un rato—dijo Apreval.
     Ella se dejó conducir hasta la cuneta, y, después de sentarse, ocultó el rostro entre las manos. Sus cabellos canosos, formando rizos, caían sobre sus mejillas, mezclándose con su llanto. Lloraba, herida por un dolor profundo.
     El estaba en pie, frente a ella, inquieto, no, sabiendo qué decirle, repetía:
     —Vamos.., valor...
     Ella se levantó de pronto:
     —¡Lo tendré!
     Y secándose los ojos, avanzó nuevamente con su paso inseguro de anciana.
     El camino se hundía, más adelante, bajo un grupo de árboles, que ocultaban algunas casas. Oyeron el choque vibrante y regular de un martillo en un yunque.
     Bien pronto vieron, a su derecha, una carreta parada junto a un cobertizo, y a la sombra dos hombres ocupados en herrar un caballo.
     El señor de Apreval se acercó preguntando:
     —¿La masía de Pedro Benedicto?
     Uno de los hombres respondió:
     Tome usted el camino a la izquierda, y siga derecho; es la tercera pasando el café. Tiene un pino junto a la valla. No es fácil equivocarse.
     Volvieron a la izquierda. Ella estaba más tranquila, pero con las piernas cansadas y el corazón palpitante. A cada paso, murmuraba como un rezo: «¡Dios mío! ¡Dios mío!» Y oprimía su garganta una emoción terrible, haciéndola vacilar como si le hubiesen cortado las corvas.
     El señor de Apreval, nervioso, algo pálido, le dijo bruscamente:
     —Si no sabe usted moderarse, todo se descubrirá en seguida. Trate de contenerse y disimular.
     Ella balbucía:
     —¿Puedo hacer más de lo que hago? ¡Hijo mío! ¡Cuando pienso que voy a ver al hijo mío!
     Avanzaban por una senda, entre los corrales de las masías, a la sombra de una doble fila de hayas.
     Y, de pronto, se hallaron frente a la valla junto a la cual crecía un pino.
     —Aquí es.
     Ella se detuvo y observó.
     La corralada, llena de manzanos, era grande. La casa, pequeña. Se veían también allí la cuadra, el establo, el gallinero. Bajo un cobertizo de pizarra, los carros, las carretas y una tartanita. Cuatro bueyes pastaban a la sombra de los árboles. Las gallinas iban y venían.
     La puerta de la casa estaba abierta. No se veía a nadie; no se ola ningún ruido.
     Entraron. Un perro negro salió de su casita, ladrando con furor.
     Junto a la pared había cuatro colmenas en fila.
     El señor de Apreval gritó:
     —¿Hay alguien?
     Apareció una chiquilla de diez años aproximadamente, vestida con una camisa de algodón y una falda de lana, con las piernas desnudas y sucias, con la expresión tímida y desconfiada. Se paró delante de la puerta como para impedir la entrada, preguntando:
     —¿Qué buscan ustedes?
     —¿Está en casa tu padre?
     —No.
     —¿Adónde ha ido?
     —No lo sé.
     —¿Y tu madre?
     —Con las vacas.
     —¿Vendrá pronto?
     —No lo sé.
     Y bruscamente la señora, como si temiera que se la llevaran de allí a la fuerza sin conseguir su propósito, dijo con voz precipitada:
     —No me voy sin verle.
     —Le aguardaremos, amiga mía. Y vieron que una campesina se acercaba con dos cántaros de hojalata que parecían muy pesados, y que lucían como espejos reflejando el sol.
     Era coja la campesina; llevaba el pecho cruzado por una toquilla de lana oscura, lavada por las lluvias, deslucida por el calor, y tenía el aspecto de una criada pobre y sucia.
     —Ahí viene mi madre—dijo la niña.
     Acercándose la mujer, miraba recelosamente a los forasteros. Luego entró en la casa como si no los hubiera visto.
     Parecía vieja, con el rostro arrugado, amarillento, duro; la cara de pavo de las campesinas.
     El señor de Apreval la llamó.
     —Diga usted, señora, ¿podría usted vendernos dos vasos de leche? 
     La mujer refunfuñó, apareciendo en su puerta después de haberse descargado los cántaros:
     —No vendo leche.
     —Nosotros entramos porque teníamos bastante sed. La señora es anciana y se fatigó. ¿No hay manera de que hallemos algo que beber?
     La campesina, observándola con ojos inquietos y desconfiados, al fin se decidió:
     —Ya que vinieron ustedes aquí, les daré leche.
     Y volvió a entrar en su casa.
     Luego salió la chicuela con dos sillas y las puso a la sombra de un manzano, y la mujer compareció al poco rato con dos tazones de leche, que ofreció a los forasteros.
     Y se quedó cerca, vigilándolos, como si pretendiese adivinar o descubrir sus intenciones.
     —¿Son ustedes de Fécamp? —preguntó la campesina.
     El señor de Apreval respondió:
     —Si; venimos de Fécamp, donde pasamos el verano.
     Y después de un silencio prosiguió:
     —¿Podría usted vendernos pollos todas las semanas?
     Después de algunas vacilaciones, la campesina dijo:
     —Sí podré. ¿Los quieren ustedes tiernecitos?
     —Tiernecitos.
     —¿A cómo los pagan ustedes en el mercado?
     Apreval no lo sabía, y se volvió hacía la señora.
     —¿Cuánto cuestan los pollos en el mercado?
     Ella balbució con los ojos llenos de lágrimas:
     —Cuatro francos, o cuatro cincuenta.
     La campesina miraba de reojo, visiblemente extrañada, y luego preguntó:
     —¿Está enferma esta señora?
      Apreval, viendo que su amiga lloraba, no sabía qué decir.
     —No, no... Es que... ha perdido el reloj en la carretera. Un magnífico reloj, y por eso... lo siente.  Si alguien lo encuentra, nos avisará usted.
     La campesina guardaba silencio; de pronto dijo:
     —¡Miren a mi hombre!
     Los forasteros no le habían visto entrar porque estaban de espaldas al postigo.
     Apreval se inmutó; la señora de Cadour estuvo a punto de caer al suelo desmayada.
     Un hombre apareció tirando de una vaca, encorvado, jadeante.
     Sin saludar a los forasteros decía:
     —Maldito animal, ¡qué penco!
      Y pasó de largo para entrar en el establo.
     El llanto de la señora se había secado repentinamente y estaba confundida, muda,  espantada. «¡Su hijo! ¡Aquél era su hijo»
      Apreval, preocupado por la misma idea, preguntó:
     —¿Es el señor Benedicto?
     La campesina, desconfiada, a la pregunta contestó con otra:
     —¿Quién le ha dicho a usted su nombre?
     Y el caballero prosiguió:
     —El herrador que hay en la carretera.
     Todos callaban, con los ojos fijos en la puerta del establo, que aparecía como una mancha negra en el muro. No se veía nada; se oían ruidos leves de movimientos, de pasos, amortiguados en la paja.
     El hombre apareció al fin, secándose la frente, y se dirigió a la casa con lentitud, con perezoso balanceo.
     Tampoco esta vez atendió a los forasteros, y dijo a su esposa:
     —Tráeme un jarro de sidra, tengo sed.
     Luego entró en el portal, y la campesina fue a la bodega, dejando solos a los parroquianos.  
     La señora Cadour, desconsolada, murmuró:
     —Vámonos, Enrique. Vámonos en seguida.
      El señor de Apreval, sosteniéndola como pudo, la fue llevando para que no se cayera, después de dejar cinco francos sobre una silla.
     Cuando estuvieron en el camino, ella rompió a llorar, sacudida por el dolor, y balbuciendo:
     —¡Ah! ¿Qué hizo usted con aquella criatura?
     El, palideciendo, respondió secamente:
     —Hice lo que pude hacer. Su masía vale ochenta mil francos. Es un dote que no tienen la mayor parte de los hijos de familias acomodadas.
     Y volvieron despacio, sin hablar. Ella seguía llorando; sus lágrimas corrían por su rostro, continuas, interminables.
     Al fin se calmó. Entraban ya en el pueblo.
     El señor Cadour los aguardaba para comer. Se echó a reír al verlos llegar.
     —¡Bravísimo! ¡Perfectamente! Mi testaruda mujer ha cogido una insolación. ¡Cuando yo digo que de un tiempo a esta parte se ha vuelto loca!
     Nada contestaron el uno ni la otra.
     Y cuando el marido preguntó, frotándose las manos:
     —¿Se les hizo, al menos, agradable su caminata?
     El señor de Apreval le respondió:
     —Sí, muy agradable; muy agradable.
     
    

LA COSA EN EL TEJADO -- Robert E. Howard

LA COSA EN EL TEJADO
Robert E. Howard

"Avanzan pesadamente, a través de la noche. con paso de elefante; y yo, lleno de terror, me estremezco, mientras me rebujo en la cama. Despliegan sus colosales alas sobre lo alto de los tejados, que tiemblan bajo el empuje de sus pezuñas mastodónticas" Justin Geoffrey "Visiones de la Antigua Región"
Comenzaré diciendo que me sorprendí cuando Tussmann me telefoneó. No habíamos sido muy amigos: la naturaleza venal de aquel hombre me disgustaba y, tras nuestra áspera controversia de hacía tres años, cuando había intentado desacreditar mi obra Testimonios de la cultura Nahua en el Yucatán, que era el resultado de tres años de cuidadosas investigaciones, nuestras relaciones no eran, ni mucho menos, cordiales. A pesar de todo lo recibí y me sorprendieron sus modales bruscos y apresurados, pero en cierta manera distraídos, como si la antipatía que sentía hacia mí hubiera sido arrinconada por una nueva pasión que ahora lo dominaba. El motivo de su llegada fue aclarado al instante: quería mi ayuda para obtener una copia de la primera edición de los Cultos Sin Nombre de von Junzt, la conocida como Libro Negro... ciertamente no por su color sino por su prohibido contenido. También habría podido pedirme la traducción original griega del Necronomicon: habría sido igualmente inútil. Aunque después de mi llegada del Yucatán hubiera dedicado todo mi tiempo a coleccionar libros, ni siquiera había pasado por mi mente que el volumen editado en Dusseldorf aún pudiera estar en circulación. Algunas palabras sobre este rarísimo texto: su extrema ambigüedad, unida a la excentricidad de la materia tratada, había hecho que fuera considerado desde hacía tiempo como el delirio de un maníaco, y el autor había sido marcado con el sello de la locura. Queda constancia, sin embargo, del hecho de que muchas de sus afirmaciones son incontrovertibles y de qué pasó los cuarenta y cinco años de su vida explorando lugares fatales, informando sobre noticias secretas y abismales. No fueron impresas muchas copias de la primera edición y parece ser que fueron quemadas por sus propios poseedores, después de que von Juntz fuese hallado muerto, estrangulado en circunstancias misteriosas, en su habitación, atrancada y cerrada con candado, una noche de 1846, seis meses después de haber vuelto de un misterioso viaje a Mongolia. Cinco años más tarde, un tipógrafo londinense, un tal Bridewall, reimprimió la obra, de forma abusiva, y publicó una mediocre traducción con fines sensacionalistas llena de errores de transcripción, de traducciones aproximadas y de los frecuentes disparates en que incurren los editores improvisados, con pocos escrúpulos científicos Todo esto desacreditó posteriormente la obra original, y editores y público olvidaron el libro hasta 1969, cuando la Golden Goblin Press de Nueva York hizo otra edición. Se trataba de una versión tan meticulosamente expurgada que faltaba la cuarta parte de la obra original. Pero el libro estaba encuadernado con gusto y enriquecido con las láminas fantásticas y siniestras de Diego Vázquez, un producto exquisito. Inicialmente, esta edición había sido concebida para el gran público, pero el gusto artístico de los editores la había preservado de este fin, ya que los costes de producción habían sido tales que fue necesario ofrecerlo a un precio prohibitivo. Estaba explicando todo esto a Tussmann, cuando me interrumpió bruscamente. afirmando no ser tan ignorante como yo creía. Una copia de la edición Golden Goblin adornaba su propia biblioteca, dijo, y había sido en ella donde encontró el pasaje que había estimulado su interés. Si lograba procurarle una copia de la edición de 1839, me recompensaría abundantemente: y sabiendo, añadió, que habría sido inútil ofrecerme dinero, a cambio de mi trabajo haría una completa retractación da las antiguas acusaciones sobre mis investigaciones en el Yucatán, y me presentaría las más sentidas excusas en las paginas del Scientific News. Admitiré que me sentí verdaderamente aturdido por esta proposición y comprendí que si el asunto era tan urgente para Tussmann debía, ciertamente, ser de la más absoluta importancia. Le respondí que creía haber rechazado suficientemente sus acusaciones a los ojos del mundo y que no deseaba obligarlo a humillarse, pero que haría todo lo que pudiera para procurarle lo que deseaba. Me dio las gracias bruscamente y se apresuró a marcharse, explicando vagamente que en el Libro Negro esperaba encontrar la completa información sobre algo que, evidentemente, había sido expurgado de la edición americana. Me puse a trabajar, escribiendo cartas a amigos, colegas y libreros de todo el mundo y bien pronto descubrí el haberme comprometido a una colosal tarea. Necesite tres meses para que mis esfuerzos fueran coronados por el éxito, pero finalmente gracias a la ayuda del profesor James Clement, de Richmond, Virginia. Pude obtener los que deseaba. Se lo comuniqué a Tussmann, que llegó a Londres en el primer tren. Sus ojos ardían de avidez, mientras miraba el polvoriento y grueso volumen, con cubierta de cuero y cierres de hierro oxidado, y sus dedos temblaban de codicia mientras hojeaban sus páginas amarillentas por el paso del tiempo. Después lanzó un grito y pegó con el puño en la mesa, y entonces supe que había encontrado aquello que había estado buscando. -¡Escuche! —ordenó, y me leyó un fragmento en el que se hablaba de un antiguo templo en ruinas, en la selva de Honduras, donde un extraño dios había sido adorado por una tribu, extinguida antes de la llegada de los españoles. Después Tussmann leyó, en voz alta, acerca de la momia que había sido, en vida, el último gran sacerdote de aquel pueblo desaparecido y que ahora yacía en una cámara tallada en la sólida roca contra la que habían edificado el templo. Alrededor del apergaminado cuello de la momia había una cadena de cobre y sobre la cadena una gran Joya esculpida en forma de sapo. La joya era la llave, continuaba von Juntz, del tesoro del templo, que yacía escondido en un cripta, en profundos rincones bajo el altar. Los ojos de Tussmann se encendieron. -¡Yo he visto aquel templo! He estado frente al altar. He visto la entrada sellada de la cámara en la que los indígenas dicen que reposa la momia del sacerdote. Es un templo curioso, tan diferente de las ruinas indias prehistóricas como lo es de los modernos edificios latinoamericanos. Los indios del contorno insisten en declarar no tener ninguna relación con aquel lugar y afirman que el pueblo que construyó el templo era de una raza distinta de la suya, y que ya estaba allí cuando sus antepasados se instalaron en la región. Yo creo que es la reliquia de una civilización perdida hace muchísimo tiempo y que comenzó a decaer milenios antes de la llegada de !os españoles. »Me habría gustado penetrar en la cámara sellada, pero no tuve tiempo y además me faltaban los útiles necesarios. Tenía prisa en alcanzar la costa, porque me había herido accidentalmente con la pistola, de un tiro en el pié, y llegué casualmente a aquel lugar. »Había decidido volver y echarle otro vistazo, pero les circunstancias me lo impidieron: ¡Mas ahora no dejaré que nada se interponga en mi camino!. Casualmente leí un fragmento, en la edición de la Golden Goblin, de este libro, en el que venía descrito el templo. Pero esto era todo: apenas se mencionaba a la momia. Interesado, me procuré una copia de la edición Bridewall, pero choqué con un muro de disparates que desfiguraban el texto. Por un error sobremanera irritante, el traductor había equivocado hasta la ubicación del Templo del Sapo, como lo llama von Juntz, situándolo en Guatemala en lugar de Honduras. La descripción general es poco correcta, aunque venga mencionada la joya, como incluso el hecho de que se trate de una «llave». Pero, ¿una llave para qué? La edición Bridewall no lo aclara. Comprendí entonces que estaba sobre la pista de un descubrimiento sensacional, a menos que von Juntz no fuera, como sostienen muchos, un loco. Pero está claramente probada su visita a Honduras en el curso de sus viajes, y nadie podría describir tan vivamente el templo como él lo hace en el Libro Negro, sin haberlo visto personalmente. No llego a explicarme cómo hizo para conocer el secreto de la joya, porque los indios que me hablaron de la momia no me dijeron nada de ninguna gema: no me queda más que pensar que von Juntz consiguió, de cualquier manera, entrar en le cripta, porque aquel hombre conocía extraños métodos para enterarse de los más recónditos secretos. »A lo que sé, sólo otro hombre blanco ha visitado el Templo del Sapo, aparte de von Juntz y de mi mismo, el viajero español Juan González, que exploró parcialmente la región en 1793. En sus informes mencionó brevemente un curioso lugar sagrado que difería de la mayor parte de las ruinas indias halladas, y refirió, en términos escépticos, una leyenda difundida entre los indígenas, según la cual, "algo insólito" se escondía bajo el templo. Estoy seguro que se refería al Templo del Sapo. »Mañana partiré a Centroamérica. Quédese con el libro: ya no lo necesito. Este vez iré equipado con lo conveniente, e intentaré encontrar lo que está escondido en aquel templo, aunque sea a costa de demolerlo. ¡No puede ser otra cosa que una enorme cantidad de oro! Los españoles no llegaron a apropiárselo porque cuando llegaron a aquella región el Templo del Sapo estaba abandonado y ellos buscaban indios vivos para poder quitarles el oro, por medio de la tortura, y no momias de razas perdidas. Pero yo obtendré aquel tesoro. Diciendo esto, Tussmann se fue. Yo me senté y abrí el libro por la página que él había dejado de leer y así permanecí hasta medianoche, arrobado por las curiosas revelaciones de von Juntz, increíbles y, a veces, extremadamente vagas. De esta forma aprendí sobre el Templo del Sapo cosas que me inquietaron, a tal punto de inducirme, la mañana siguiente, a intentar avisar e Tussmann, para simplemente descubrir que ya se había marchado. Pasaron muchos meses, después de los cueles recibí una carta suya en la que me invitaba a pasar algunos días con él en su propiedad de Sussex. Me pidió también que llevara conmigo el Libro Negro. Llegué a la hacienda de Tussmann, que estaba bastante apartada, poco después del crepúsculo, Vivía según usos casi feudales, y la gran casa cubierta de hiedra y los prados en torno a la misma estaban rodeados por un alto muro de piedra. Mientras atravesaba el paseo, flanqueado por setos que conducían desde la cancela hasta la casa, noté que, durante la ausencia de su dueño, aquel lugar había permanecido abandonado. La grama crecía lujuriosa entre los árboles, sofocando casi la hierba, y, entre las desordenadas matas detrás del muro, oí lo que parecía el arrastrarse de un caballo o de un buey y percibí claramente el golpear de los cascos sobre la piedra. Un sirviente que me miraba con reserva me acompañó y me encontré con Tussmann. que paseaba de un lado a otro en su estudio, como un león enjaulado. Su fisonomía gigantesca me pareció, de cualquier modo, más flaca, más dura que cuando le había visto la última vez, y su piel estaba bronceada por el sol del trópico. La recia cara estaba surcada por lineas numerosas y profundas, y los ojos ardían más intensamente que antes. Una ira frustrada, reprimida con dificultad, parecía esconderse tras sus modales. —Bien, Tussmann —le saludé—. ¿Qué ha sucedido? ¿Ha encontrado usted el oro? —No he encontrado una onza de oro. —gruñó—. Todo el asunto era un cuento... Bueno, no exactamente todo. He entrado en la cámara sellada y he encontrado la momia. —¿Y la Joya? —exclamé. Extrajo algo del bolsillo y me lo puso en la mano. Observé con curiosidad el objeto que tenía en la mano: era una gran gema, clara y transparente como el cristal, pero con un siniestro color carmesí, esculpida, como había afirmado von Juntz, en forma de sapo. Sentí un involuntario escalofrío: la imagen era particularmente repelente. Centré después mi atención en la cadena de cobre que la sostenía, pesada y extrañamente trabajada. —¿Qué son estos caracteres grabados sobre la cadena? —inquirí con curiosidad. —Lo ignoro —replicó Tussmann—. Había pensado que quizás usted lo sabría, pero encuentro una extraña similitud entre estos signos y ciertos jeroglíficos, parcialmente borrados, de un monolito conocido como la Piedra Negra que se encuentra en las montañas de Hungría. De cualquier modo no he podido descifrarlo. —Cuénteme de su viaje —le invité, y frente a nuestros whiskys con soda. comenzó a hablar, si bien con una extraña repugnancia. —Volví a encontrar el templo sin mucha dificultad, a pesar de que se encuentra en una región solitaria y poco frecuentada. El templo está construido contra una pared de pura roca en un valle desierto y desconocido, tanto en los mapas como para los exploradores. No me arriesgaré a estimar su antigüedad, pero aquel edificio está hecho con una clase especialmente dura de basalto, como no he visto jamás otra igual. y la extrema erosión debida a la intemperie hace pensar en una edad increíble. »Muchas de las columnas que forman la fachada se hallan en ruinas y sus muñones se elevan del basamento consumido por el tiempo, como los dientes partidos de una bruja. Las paredes externas están en ruinas, pero las interiores y les columnas que sostienen lo que queda del techo parecen lo bastante sólidas como para durar otros mil años, así como los muros de la cámara interior. »La cámara principal es una espaciosa pieza circular, cuyo pavimento está compuesto por grandes bloques de piedra. En el centro se encuentra el altar, nada más que un bloque muy grueso, del mismo material, redondo y extrañamente esculpido, Inmediatamente detrás del altar, excavada en la pared de roca que forma el muro posterior de la sala, se encuentra la cámara sellada en donde yace la momia del último sacerdote del templo. »Me introduje en la cripta sin excesiva dificultad y encontré la momia, exactamente como se narra en el Libro Negro. A pesar de que el estado de conservación era verdaderamente notable, fui incapaz de clasificarla. Las facciones apergaminadas y el contorno general del cráneo sugerían una cierta semejanza con poblaciones degradadas y bastardas del Bajo Egipto y estoy seguro de que el sacerdote pertenece a una raza más próxima al tronco caucásico que al amerindio. Pero aparte de esto, no Puedo afirmar nada con seguridad. »No obstante, la joya estaba allí y la cadena pendía del cuello disecado. Fue a partir de este momento que el relato de Tussmann se hizo tan inconexo, que tuve dificultad en seguirle y me pregunté si el sol tropical no habría hecho mella en su mente. Con la ayuda de la joya había abierto una Puerta secreta en el altar: no me reveló ningún particular sobre esta operación y me asaltó el pensamiento de que él mismo no había aprendido totalmente el funcionamiento de la joya-llave. Pero la apertura de la Puerta secreta había tenido un efecto altamente negativo sobre le banda de truhanes que estaban a su servicio. Inmediatamente, habían rehusado seguirlo en la negra abertura que se abría frente a él y que había aparecido como por milagro cuando la gema había tocado el altar. Entonces, Tussmann había entrado sólo, con la pistola y una linterna eléctrica, encontrando una estrecha escalinata de piedra que, aparentemente, se hundía hasta les entrañas de la tierra. La había seguido y finalmente había llegado a un amplio corredor, cuyas amenazadoras tinieblas casi engullían su sutil rayo de luz. Después de haber contado esto. Tussmann llegó, con sorprendente repugnancia al momento en que vió un sapo que había sentido saltar delante de él, apenas más allá del abanico de luz, durante todo el tiempo que había permanecido bajo tierra. Abriéndose camino, atravesó húmedos corredores y escalinatas que eran pozos de densa oscuridad, llegando finalmente ante una pesada puerta, fantásticamente grabada, con el pensamiento de que fuera la cripta en la que los antiguos adoradores habían amontonado el tesoro del templo. Había aplicado la joya, de forma de sapo, contra la puerta, en varios puntos y, finalmente, la puerta se abrió por entero. -¿Y el tesoro? —me entrometí ansiosamente. El rió, como burlándose salvajemente de sí mismo. —No había oro, no había piedras preciosas... nada —dudó— nada que pudiera llevarme. De nuevo, la narración se hizo vaga, pero comprendí que había dejado el templo casi a la carrera, sin hacer posteriores tentativas de encontrar el pretendido tesoro. En un primer momento había pensado llevar la momia consigo, para donarla a un museo, pero cuando salió de esa sima no había conseguido encontrarla y creyó que sus hombres, temiendo encontrarse con tamaño compañero en todo el viaje hacia la costa, la habían escondido supersticiosamente en cualquier pozo o caverna. —Y así —concluyó—. Estoy de nuevo en Inglaterra, no más rico que cuando me fui. —Pero tiene la joya, recuérdelo. Ciertamente es de gran valor. La miró sin satisfacción, también con una especie de feroz y obsesiva avidez. —¿Piensa que es un rubí? —inquirió. Sacudí la cabeza: —No sería capaz de clasificarlo. —Yo tampoco. Pero déjeme ver el libro. Pasó lentamente las pesadas páginas, moviendo los labios mientras leía. A veces, sacudía la cabeza como si algo lo turbara y noté que se detenía largamente en un determinado pasaje. —Este hombre se había sumergido verdaderamente a fondo en los secretos prohibidos —dijo, refiriéndose a von Juntz.—. No me maravillo, en verdad, de que tuviera un destino tan extraño y misterioso. Y debió, de cualquier manera, haber previsto su fin…, porque advierte a los hombres no molestar a lo que duerme. Tussmann pareció perdido en sus pensamientos durante algunos momentos. —¡Salud, oh cosas durmientes! —murmuró—, que parecéis muertas, pero que yacéis en espera del loco que os despierte... Debería haber leído el Libro Negro antes de partir. En ese caso habría cerrado la puerta, cuando abandoné la cripta... Pero tengo le llave y la mantendré a despecho del mismo infierno! Se liberó de sus ensoñaciones e intentó hablar, después se calló de golpe. Desde algún punto del piso superior había llegado un rumor muy extraño. —¿Qué era? —Me miró, yo sacudí la cabeza y él corrió a la puerta y llamó, gritando, a un sirviente. El hombre que entró, pocos instantes después, estaba más bien pálido. —¿Era en el piso de arriba? —rugió Tussmann. —Sí, señor. —¿Y ha escuchado algo? —preguntó Tussmann ásperamente, con tono de amenaza y acusación. —Sí, lo he escuchado —respondió el hombre, con una mirada desconcertada. —¿Qué ha escuchado? —La pregunta era casi un rechinar de dientes. —Bien, señor —El hombre rió para excusarse—-Usted dirá que estoy un poco tocado, presumo, pero para decir la verdad, me ha parecido un caballo que patalease sobre el techo. Un relámpago de locura total vibró en los ojos de Tussmann. —¡Idiota! —gritó—. ¡Váyase, fuera de aquí! —El hombre se retiró, estupefacto, y Tussmann aferró la esplendente joya en forma de sapo. —¡He sido un loco! No he leído bastante... Y habría debido cerrar la puerta, pero ¡por Dios, la llave es mía, y la tendré a despecho de hombres y demonios! Y con estas extrañas palabras, se volvió y corrió al piso superior. Un momento más tarde, la puerta de su habitación se cerró sonoramente y un sirviente que había golpeado tímidamente, no obtuvo más que la emponzoñada orden de retirarse, a lo que siguió la amenaza, expresada con palabras horribles, de que dispararía a cualquiera que intentara penetrar en la estancia. Si no hubiera sido tan tarde, ciertamente habría dejado la casa, porque me parecía que Tussmann había enloquecido. Pero dado que no podía, me retiré a la habitación que me indicaba un doméstico aterrorizado, aunque no me fui a le cama; en su lugar, abrí las páginas del Libro Negro en el pasaje que había atraído la atención de Tussmann. De hecho, era evidente una cosa, a menos que yo hubiera enloquecido totalmente: en el Templo del Sapo se había encontrado con algo imprevisible. Algo innatural había aterrorizado a sus hombres cuando la puerta del altar se había abierto de par en par y cuando, en la cripta subterránea, Tussmann había encontrado lo que no esperaba encontrar. Ahora estaba convencido de que esa cosa lo había seguido desde Centroamérica y que el motivo de esa persecución era la joya, que él llamaba la llave. Buscando una explicación en el texto de von Juntz, releí el pasaje sobre el Templo del Sapo y sobre el extraño pueblo pre-indio que lo había convertido en centro de su culto, así como sobre la inmensa y tentaculada monstruosidad con pezuñas que habían adorado. Tussmann había dicho que no había leído lo suficiente la primera vez que había visto el libro: interrogándome sobre esta frase enigmática, encontré el párrafo o sobre el que se había entretenido largamente, que había sido subrayado con el trazo de una de sus uñas. Me pareció, sin embargo, otra de las muchas ambigüedades de von Juntz, porque simplemente declaraba que el dios de un templo es el tesoro de dicho templo. Después, la horrenda implicación que contenía la alusión se me reveló de improviso y un sudor frío perló mi frente. ¡La Llave del Tesoro! ¡Y el tesoro del templo era el dios del templo! Y ¡Las cosas que duermen pueden despertarse cuando se abre la puerta de su prisión! Contraje los pies, nervioso por aquella insoportable idea, pero en aquel preciso momento, la quietud fue destrozada por el rumor de algo que se quebrantaba, y el grito de muerte de un ser humano explotó en mis oídos. En un segundo, me precipité afuera de la estancia, y mientras corría escaleras arriba oí sonidos que, de entonces a esta parte, me han hecho dudar de mi salud mental. Habiendo llegado a la puerta de la habitación de Tussmann me paré, intentando girar la manilla con manos temblorosas. La puerta estaba cerrada con llave, y mientras permanecía allí delante, indeciso, oí en el interior un agudo croar y después un rumor desagradable de légamo, como si un inmenso cuerpo hecho de gelatina estuviera intentando pasar a través de la ventana. Aquel rumor cesó y juraría haber oído el débil batir de unas alas gigantescas. Después, silencio. Haciendo acopio de todos mis sacudidos nervios, abatí la puerta. Un hedor inmundo e insoportable se difundía a través de una niebla amarilla. Entré, sofocado por la náusea; la habitación estaba destrozada, pero no faltaba nada: excepto la joya carmesí en forma de sapo que Tussmann llamaba la llave; ésta no fue jamás encontrada. Un fango asqueroso e inexplicable ensuciaba el antepecho de la ventana, y en el centro de le habitación yacía Tussmann, con la cabeza hundida y reventada; y sobre los bermejos despojos del cráneo y la cara, resaltaba claramente la impronta de una pezuña enorme.

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