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jueves, 10 de abril de 2008

GUY DE MAUPASSANT -- RELATO BREBE -- EL HORLA


GUY DE MAUPASSANT
EL HORLA


8 de mayo

*
¡Qué hermoso día! He pasado toda la mañana tendido sobre la hierba, delante de mi casa,
bajo el enorme plátano que la cubre, la resguarda y le da sombra. Adoro esta región, y me
gusta vivir aquí porque he echado raíces aquí, esas raíces profundas y delicadas que unen al
hombre con la tierra donde nacieron y murieron sus abuelos, esas raíces que lo unen a lo
que se piensa y a lo que se come, a las costumbres como a los alimentos, a los modismos
regionales, a la forma de hablar de sus habitantes, a los perfumes de la tierra, de las aldeas y
del aire mismo. Adoro la casa donde he crecido. Desde mis ventanas veo el Sena que corre
detrás del camino, a lo largo de mi jardín, casi dentro de mi casa, el grande y ancho Sena,
cubierto de barcos, en el tramo entre Ruán y El Havre. A lo lejos y a la izquierda, está
Ruán, la vasta ciudad de techos azules, con sus numerosas y agudas torres góticas,
delicadas o macizas, dominadas por la flecha de hierro de su catedral, y pobladas de
campanas que tañen en el aire azul de las mañanas hermosas enviándome su suave y lejano
murmullo de hierro, su canto de bronce que me llega con mayor o menor intensidad según
que la brisa aumente o disminuya. ¡Qué hermosa mañana!
A eso de las once pasó frente a mi ventana un largo convoy de navíos arrastrados por un
remolcador grande como una mosca, que jadeaba de fatiga lanzando por su chimenea un
humo espeso. Después, pasaron dos goletas inglesas, cuyas rojas banderas flameaban sobre
el fondo del cielo, y un soberbio bergantín brasileño, blanco y admirablemente limpio y
reluciente. Saludé su paso sin saber por qué, pues sentí placer al contemplarlo.
11 de mayo
Tengo algo de fiebre desde hace algunos días. Me siento dolorido o más bien triste. ¿De
dónde vienen esas misteriosas influencias que trasforman nuestro bienestar en desaliento y
nuestra confianza en angustia? Diríase qué el aire, el aire invisible, está poblado de lo
desconocido, de poderes cuya misteriosa proximidad experimentamos. ¿Por qué al
despertarme siento una gran alegría y ganas de cantar, y luego, sorpresivamente, después de
dar un corto paseo por la costa, regreso desolado como si me esperase una desgracia en mi
casa? ¿Tal vez una ráfaga fría al rozarme la piel me ha alterado los nervios y ensombrecido
el alma? ¿Acaso la forma de las nubes o el color tan variable del día o de las cosas me ha
perturbado el pensamiento al pasar por mis ojos? ¿Quién puede saberlo? Todo lo que nos
rodea, lo que vemos sin mirar, lo que rozamos inconscientemente, lo que tocamos sin
palpar y lo que encontramos sin reparar en ello, tiene efectos rápidos, sorprendentes e
inexplicables sobre nosotros, sobre nuestros órganos y, por consiguiente, sobre nuestros
pensamientos y nuestro corazón. ¡Cuán profundo es el misterio de lo Invisible! No
podemos explorarlo con nuestros mediocres sentidos, con nuestros ojos que no pueden
percibir lo muy grande ni lo muy pequeño, lo muy próximo ni lo muy lejano, los habitantes
de una estrella ni los de una gota de agua. . . con nuestros oídos que nos engañan,
trasformando las vibraciones del aire en ondas sonoras, como si fueran hadas que
convierten milagrosamente en sonido ese movimiento, y que mediante esa metamorfosis
hacen surgir la música que trasforma en canto la muda agitación de la naturaleza... con
nuestro olfato, más débil que el del perro... con nuestro sentido del gusto, que apenas puede
distinguir la edad de un vino. ¡Cuántas cosas descubriríamos a nuestro alrededor si
tuviéramos otros órganos que realizaran para nosotros otros milagros!

16 de mayo

Decididamente, estoy enfermo. ¡Y pensar que estaba tan bien el mes pasado! Tengo fiebre,
una fiebre atroz, o, mejor dicho, una nerviosidad febril que afecta por igual el alma y el
cuerpo. Tengo continuamente la angustiosa sensación de un peligro que me amenaza, la
aprensión de una desgracia inminente o de la muerte que se aproxima, el presentimiento
suscitado por el comienzo de un mal aún desconocido que germina en la carne y en la
sangre.

18 de mayo

Acabo de consultar al médico pues ya no podía dormir. Me ha encontrado el pulso
acelerado, los ojos inflamados y los nervios alterados, pero ningún síntoma alarmante.
Debo darme duchas y tomar bromuro de potasio.

25 de Mayo


¡No siento ninguna mejoría! Mi estado es realmente extraño. Cuando se aproxima la
noche, me invade una inexplicable inquietud, como si la noche ocultase una terrible
amenaza para mí. Ceno rápidamente y luego trato de leer, pero no comprendo las palabras y
apenas distingo las letras. Camino entonces de un extremo a otro de la sala sintiendo la
opresión de un temor confuso e irresistible, el temor de dormir y el temor de la cama. A las
diez subo a la habitación. En cuanto entro, doy dos vueltas a la llave y corro los cerrojos;
tengo miedo. . . ¿de qué?. . . Hasta ahora nunca sentía temor por nada. . . abro mis armarios,
miro debajo de la cama; escucho... escucho... ¿qué?... ¿Acaso puede sorprender que un
malestar, un trastorno de la circulación, y tal vez una ligera congestión, una pequeña
perturbación del funcionamiento tan imperfecto y delicado de nuestra máquina viviente,
convierta en un melancólico al más alegre de los hombres y en un cobarde al más valiente?


Luego me acuesto y espero el sueño como si esperase al verdugo. Espero su llegada con
espanto; mi corazón late intensamente y mis piernas se estremecen; todo mi cuerpo tiembla
en medio del calor de la cama hasta el momento en que caigo bruscamente en el sueño
como si me ahogara en un abismo de agua estancada. Ya no siento llegar como antes a ese
sueño pérfido, oculto cerca de mi, que me acecha, se apodera de mi cabeza, me cierra los
ojos y me aniquila. Duermo durante dos o tres horas, y luego no es un sueño sino una
pesadilla lo que se apodera de mí. Sé perfectamente que estoy acostado y que duermo. . . lo
comprendo y lo sé. . . y siento también que alguien se aproxima, me mira, me toca, sube
sobre la cama, se arrodilla sobre mi pecho y tomando mi cuello entre sus manos aprieta y
aprieta... con todas sus fuerzas para estrangularme. Trato de defenderme, impedido por esa
impotencia atroz que nos paraliza en los sueños: quiero gritar y no puedo; trato de moverme
y no puedo; con angustiosos esfuerzos y jadeante, trato de liberarme, de rechazar ese ser
que me aplasta y me asfixia, ¡pero no puedo! Y de pronto, me despierto enloquecido y
cubierto de sudor. Enciendo una bujía. Estoy solo.


Después de esa crisis, que se repite todas las noches, duermo por fin tranquilamente hasta
el amanecer.


2 de junio


Mi estado se ha agravado. ¿Qué es lo que tengo? El bromuro y las duchas no me producen
ningún efecto. Para fatigarme más, a pesar de que ya me sentía cansado, fui a dar un paseo
por el bosque de Roumare. En un principio, me pareció que el aire suave, ligero y fresco,
lleno de aromas de hierbas y hojas vertía una sangre nueva en mis venas y nuevas energías
en mi corazón. Caminé por una gran avenida de caza y después por una estrecha alameda,
entre dos filas de árboles desmesuradamente altos que formaban un techo verde y espeso,
casi negro, entre el cielo y yo. De pronto sentí un estremecimiento, no de frío sino un
extraño temblor angustioso. Apresuré el paso, inquieto por hallarme solo en ese bosque,
atemorizado sin razón por el profundo silencio. De improviso, me pareció que me seguían,
que alguien marchaba detrás de mí, muy cerca, muy cerca, casi pisándome los talones. Me
volví hacia atrás con brusquedad. Estaba solo. Únicamente vi detrás de mí el resto y amplio
sendero, vacío, alto, pavorosamente vacío; y del otro lado se extendía también hasta
perderse de vista de modo igualmente solitario y atemorizante.


Cerré los ojos, ¿por qué? Y me puse a girar sobre un pie como un trompo. Estuve a punto
de caer; abrí los ojos: los árboles bailaban, la tierra flotaba, tuve que sentarme. Después ya
no supe por dónde había llegado hasta allí. ¡Qué extraño! Ya no recordaba nada. Tomé
hacia la derecha, y llegué a la avenida que me había llevado al centro del bosque.


3 de junio


He pasado una noche horrible. Voy a irme de aquí por algunas semanas. Un viaje breve sin
duda me tranquilizará.


2 de julio


Regreso restablecido. El viaje ha sido delicioso. Visité el monte Saint-Michel que no
conocía. ¡Qué hermosa visión se tiene al llegar a Avranches, como llegué yo al caer la
tarde! La ciudad se halla sobre una colina. Cuando me llevaron al jardín botánico, situado
en un extremo de la población, no pude evitar un grito de admiración. Una extensa bahía se
extendía ante mis ojos hasta el horizonte, entre dos costas lejanas que se esfumaban en
medio de la bruma, y en el centro de esa inmensa bahía, bajo un dorado cielo despejado, se
elevaba un monte extraño, sombrío y puntiagudo en las arenas de la playa. El sol acababa
de ocultarse, y en el horizonte aún rojizo se recortaba el perfil de ese fantástico acantilado
que lleva en su cima un fantástico monumento.


Al amanecer me dirigí hacia allí. El mar estaba bajo como la tarde anterior y a medida que
me acercaba veía elevarse gradualmente a la sorprendente abadía. Luego de varias horas de
marcha, llegué al enorme bloque de piedra en cuya cima se halla la pequeña población
dominada por la gran iglesia. Después de subir por la calle estrecha y empinada, penetré en
la más admirable morada gótica construida por Dios en la tierra, vasta como una ciudad,
con numerosos recintos de techo bajo, como aplastados por bóvedas y galerías superiores
sostenidas por frágiles columnas. Entré en esa gigantesca joya de granito, ligera como un
encaje, cubierta de torres, de esbeltos torreones, a los cuales se sube por intrincadas
escaleras, que destacan en el cielo azul del día y negro de la noche sus extrañas cúpulas
erizadas de quimeras, diablos, animales fantásticos y flores monstruosas, unidas entre sí por
finos arcos labrados.


Cuando llegué a la cumbre, dije al monje que me acompañaba:
-¡Qué bien se debe estar aquí, padre!


-Es un lugar muy ventoso, señor-me respondió. Y nos pusimos a conversar mientras
mirábamos subir el mar, que avanzaba sobre la playa y parecía cubrirla con una coraza de
acero.


El monje me refirió historias, todas las viejas historias del lugar, leyendas, muchas
leyendas. Una de ellas me impresionó mucho. Los nacidos en el monte aseguran que de
noche se oyen voces en la playa y después se perciben los balidos de dos cabras, una de voz
fuerte y la otra de voz débil. Los incrédulos afirman que son los graznidos de las aves
marinas que se asemejan a balidos o a quejas humanas, pero los pescadores rezagados juran
haber encontrado merodeando por las dunas, entre dos mareas y alrededor de la pequeña
población tan alejada del mundo, a un viejo pastor cuya cabeza nunca pudieron ver por
llevarla cubierta con su capa, y delante de él marchan un macho cabrío con rostro de
hombre y una cabra con rostro de mujer; ambos tienen largos cabellos blancos y hablan sin
cesar: discuten en una lengua desconocida, interrumpiéndose de pronto para balar con todas
sus fuerzas.


-¿Cree usted en eso?-pregunté al monje.


-No sé-me contestó.


Yo proseguí:

-Si existieran en la tierra otros seres diferentes de nosotros, los conoceríamos desde hace
mucho tiempo; ¿cómo es posible que no los hayamos visto usted ni yo?


-¿Acaso vemos-me respondió-la cienmilésima parte de lo que existe? Observe por ejemplo
el viento, que es la fuerza más poderosa de la naturaleza; el viento, que derriba hombres y
edificios, que arranca de cuajo los árboles y levanta montañas de agua en el mar, que
destruye los acantilados y que arroja contra ellos a las grandes naves, el viento que mata,
silba, gime y ruge, ¿acaso lo ha visto alguna vez? ¿Acaso lo puede ver? Y sin embargo
existe.


Ante este sencillo razonamiento opté por callarme. Este hombre podía ser un sabio o tal vez
un tonto. No podía afirmarlo con certeza, pero me llamé a silencio. Con mucha frecuencia
había pensado en lo que me dijo.


3 de julio


Dormí mal; evidentemente, hay una influencia febril, pues mi cochero sufre del mismo mal
que yo. Ayer, al regresar, observé su extraña palidez. Le pregunté:
-¿Qué tiene, Jean?


-Ya no puedo descansar; mis noches desgastan mis días. Desde la partida del señor parece
que padezco una especie de hechizo.


Los demás criados están bien, pero temo que me vuelvan las crisis.


4 de julio


Decididamente, las crisis vuelven a empezar. Vuelvo a tener las mismas pesadillas.
Anoche sentí que alguien se inclinaba sobre mí y con su boca sobre la mía, bebía mi vida.
Sí, la bebía con la misma avidez que una sanguijuela. Luego se incorporó saciado, y yo me
desperté tan extenuado y aniquilado, que apenas podía moverme. Si eso se prolonga
durante algunos días volveré a ausentarme.


5 de julio


¿He perdido la razón? Lo que pasó, lo que vi anoche, ¡es tan extraño que cuando pienso en
ello pierdo la cabeza!


Había cerrado la puerta con llave, como todas las noches, y luego sentí sed, bebí medio
vaso de agua y observé distraídamente que la botella estaba llena. Me acosté en seguida y
caí en uno de mis espantosos sueños del cual pude salir cerca de dos horas después con una
sacudida más horrible aún. Imagínense ustedes un hombre que es asesinado mientras
duerme, que despierta con un cuchillo clavado en el pecho, jadeante y cubierto de sangre,
que no puede respirar y que muere sin comprender lo que ha sucedido.


Después de recobrar la razón, sentí nuevamente sed; encendí una bujía y me dirigí hacia la
mesa donde había dejado la botella. La levanté inclinándola sobre el vaso, pero no había
una gota de agua. Estaba vacía, ¡completamente vacía! Al principio no comprendí nada,


pero de pronto sentí una emoción tan atroz que tuve que sentarme o, mejor dicho, me
desplomé sobre una silla. Luego me incorporé de un salto para mirar a mi alrededor.
Después volví a sentarme delante del cristal trasparente, lleno de asombro y terror. Lo
observaba con la mirada fija, tratando de imaginarme lo que había pasado. Mis manos
temblaban. ¿Quién se había bebido el agua? Yo, yo sin duda. ¿Quién podía haber sido sino
yo? Entonces... yo era sonámbulo, y vivía sin saberlo esa doble vida misteriosa que nos
hace pensar que hay en nosotros dos seres, o que a veces un ser extraño, desconocido e
invisible ánima, mientras dormimos, nuestro cuerpo cautivo que le obedece como a
nosotros y más que a nosotros.


¡Ah! ¿Quién podrá comprender mi abominable angustia? ¿Quién podrá comprender la
emoción de un hombre mentalmente sano, perfectamente despierto y en uso de razón al
contemplar espantado una botella que se ha vaciado mientras dormía? Y así permanecí
hasta el amanecer sin atreverme a volver a la cama.


6 de julio


Pierdo la razón. ¡Anoche también bebieron el agua de la botella, o tal vez la bebí yo!


10 de julio


Acabo de hacer sorprendentes comprobaciones. ¡Decididamente estoy loco! Y sin
embargo... El 6 de julio, antes de acostarme puse sobre la mesa vino, leche, agua, pan y
fresas. Han bebido -o he bebido-toda el agua y un poco de leche. No han tocado el vino, ni
el pan ni las fresas. El 7 de julio he repetido la prueba con idénticos resultados. El 8 de julio
suprimí el agua y la leche, y no han tocado nada. Por último, el 9 de julio puse sobre la
mesa solamente el agua y la leche, teniendo especial cuidado de envolver las botellas con
lienzos de muselina blanca y de atar los tapones. Luego me froté con grafito los labios, la
barba y las manos y me acosté.


Un sueño irresistible se apoderó de mí, seguido poco después por el atroz despertar. No me
había movido; ni siquiera mis sábanas estaban manchadas. Corrí hacia la mesa. Los lienzos
que envolvían las botellas seguían limpios e inmaculados. Desaté los tapones, palpitante de
emoción . ¡ Se habían bebido toda el agua y toda la leche! ¡Ah! ¡Dios mío!...


Partiré inmediatamente hacia París.


12 de julio


París. Estos últimos días había perdido la cabeza. Tal vez he sido juguete de mi enervada
imaginación, salvo que yo sea realmente sonámbulo o que haya sufrido una de esas
influencias comprobadas, pero hasta ahora inexplicables, que se llaman sugestiones. De
todos modos, mi extravío rayaba en la demencia, y han bastado veinticuatro horas en París
para recobrar la cordura. Ayer, después de paseos y visitas, que me han renovado y
vivificado el alma, terminé el día en el Théatre-Francais. Representábase una pieza de
Alejandro Dumas hijo. Este autor vivaz y pujante ha terminado de curarme. Es evidente que
la soledad resulta peligrosa para las mentes que piensan demasiado. Necesitamos ver a
nuestro alrededor a hombres que piensen y hablen. Cuando permanecemos solos durante
mucho tiempo, poblamos de fantasmas el vacío.


Regresé muy contento al hotel, caminando por el centro. Al codearme con la multitud,
pensé, no sin ironía, en mis terrores y suposiciones de la semana pasada, pues creí, sí, creí
que un ser invisible vivía bajo mi techo. Cuán débil es nuestra razón y cuán rápidamente se
extravía cuando nos estremece un hecho incomprensible.


En lugar de concluir con estas simples palabras : "Yo no comprendo porque no puedo
explicarme las causas", nos imaginamos en seguida impresionantes misterios y poderes
sobrenaturales.


14 de julio


Fiesta de la República. He paseado por las calles. Los cohetes y banderas me divirtieron
como a un niño. Sin embargo, me parece una tontería ponerse contento un día determinado
por decreto del gobierno. El pueblo es un rebaño de imbéciles, a veces tonto y paciente, y
otras, feroz y rebelde. Se le dice: "Diviértete". Y se divierte. Se le dice: "Ve a combatir con
tu vecino". Y va a combatir. Se le dice: "Vota por el emperador". Y vota por el emperador.
Después: "Vota por la República". Y vota por la República.


Los que lo dirigen son igualmente tontos, pero en lugar de obedecer a hombres se atienen a
principios, que por lo mismo que son principios sólo pueden ser necios, estériles y falsos,
es decir, ideas consideradas ciertas e inmutables, tan luego en este mundo donde nada es
seguro y donde la luz y el sonido son ilusorios.


16 de julio


Ayer he visto cosas que me preocuparon mucho. Cené en casa de mi prima, la señora
Sablé, casada con el jefe del regimiento 76 de cazadores de Limoges. Conocí allí a dos
señoras jóvenes, casada una de ellas con el doctor Parent que se dedica intensamente al
estudio de las enfermedades nerviosas y de los fenómenos extraordinarios que hoy dan
origen a las experiencias sobre hipnotismo y sugestión.


Nos refirió detalladamente los prodigiosos resultados obtenidos por los sabios ingleses y
por los médicos de la escuela de Nancy. Los hechos que expuso me parecieron tan extraños
que manifesté mi incredulidad.


-Estamos a punto de descubrir uno de los más importantes secretos de la naturaleza-decía
el doctor Parent-, es decir, uno de sus más importantes secretos aquí en la tierra, puesto que
hay evidentemente otros secretos importantes en las estrellas. Desde que el hombre piensa,
desde que aprendió a expresar y a escribir su pensamiento, se siente tocado por un misterio
impenetrable para sus sentidos groseros e imperfectos, y trata de suplir la impotencia de
dichos sentidos mediante el esfuerzo de su inteligencia. Cuando la inteligencia permanecía
aún en un estado rudimentario, la obsesión de los fenómenos invisibles adquiría formas
comúnmente terroríficas. De ahí las creencias populares en lo sobrenatural. Las leyendas de
las almas en pena, las hadas, los gnomos y los aparecidos; me atrevería a mencionar incluso
la leyenda de Dios, pues nuestras concepciones del artífice creador de cualquier religión
son las invenciones más mediocres, estúpidas e inaceptables que pueden salir de la mente
atemorizada de los hombres. Nada es más cierto que este pensamiento de Voltaire: "Dios ha
hecho al hombre a su imagen y semejanza pero el hombre también ha procedido así con él".


Pero desde hace algo más de un siglo, parece percibirse algo nuevo. Mesmer y algunos
otros nos señalan un nuevo camino y, efectivamente, sobre todo desde hace cuatro o cinco
años, se han obtenido sorprendentes resultados.


Mi prima, también muy incrédula, sonreía. El doctor Parent le dijo:
-¿Quiere que la hipnotice, señora?
-Sí; me parece bien.


Ella se sentó en un sillón y él comenzó a mirarla fijamente. De improviso, me dominó la
turbación, mi corazón latía con fuerza y sentía una opresión en la garganta. Veía cerrarse
pesadamente los ojos de la señora Sablé, y su boca se crispaba y parecía jadear. Al cabo de
diez minutos dormía.
-Póngase detrás de ella-me dijo el médico.


Obedecí su indicación, y él colocó en las manos de mi prima una tarjeta de visita al tiempo
que le decía: "Esto es un espejo; ¿qué ve en él?"
-Veo a mi primo-respondió.


-¿Qué hace?
-Se atusa el bigote. -¿Y ahora?
--Saca una fotografía del bolsillo.


-¿Quién aparece en la fotografía?
-Él, mi primo.
¡Era cierto! Esa misma tarde me habían entregado esa fotografía en el hotel.


-¿Cómo aparece en ese retrato?
-Se halla de pie, con el sombrero en la mano.


Evidentemente, veía en esa tarjeta de cartulina lo que hubiera visto en un espejo.
Las damas decían espantadas: "¡Basta! ¡Basta, por favor!" Pero el médico ordenó: "Usted
se levantará mañana a las ocho; luego irá a ver a su primo al hotel donde se aloja, y le
pedirá que le preste los cinco mil francos que le pide su esposo y que le reclamará cuando
regrese de su próximo viaje". Luego la despertó.


Mientras regresaba al hotel pensé en esa curiosa sesión y me asaltaron dudas, no sobre la
insospechable, la total buena fe de mi prima a quien conocía desde la infancia como a una
hermana, sino sobre la seriedad del médico. ¿No escondería en su mano un espejo que
mostraba a la joven dormida, al mismo tiempo que la tarjeta? Los prestidigitadores
profesionales hacen cosas semejantes.


No bien regresé me acosté. Pero a las ocho y media de la mañana me despertó mi mucamo
y me dijo:
-La señora Sablé quiere hablar inmediatamente con el señor.


Me vestí de prisa y la hice pasar. Sentóse muy turbada y me dijo sin levantar la mirada ni
quitarse el velo:
-Querido primo, tengo que pedirle un gran favor.
-¿De qué se trata, prima?


-Me cuesta mucho decirlo, pero no tengo más remedio. Necesito urgentemente cinco mil
francos.


-Pero cómo, ¿tan luego usted?
-Sí, yo, o mejor dicho mi esposo, que me ha encargado conseguirlos.


Me quedé tan asombrado que apenas podía balbucear mis respuestas. Pensaba que ella y el
doctor Parent se estaba burlando de mí, y que eso podía ser una mera farsa preparada de
antemano y representada a la perfección. Pero todas mis dudas se disiparon cuando la
observé con atención. Temblaba de angustia. Evidentemente esta gestión le resultaba muy
penosa y advertí que apenas podía reprimir el llanto.


Sabía que era muy rica y le dije:
-¿Cómo es posible que su esposo no disponga de cinco mil francos? -Reflexioné-. ¿Está
segura de que le ha encargado pedírmelos a mí?


Vaciló durante algunos segundos como si le costara mucho recordar, y luego respondió:
-Sí... sí... estoy segura.
-¿Le ha escrito?


Vaciló otra vez y volvió a pensar. Advertí el penoso esfuerzo de su mente. No sabía. Sólo
recordaba que debía pedirme ese préstamo para su esposo. Por consiguiente, se decidió a
mentir.


-Sí, me escribió.
-¿Cuándo? Ayer no me dijo nada.
-Recibí su carta esta mañana.


-¿Puede enseñármela?
-No, no... contenía cosas íntimas... demasiado personales... y la he... la he quemado.
-Así que su marido tiene deudas.


Vaciló una vez más y luego murmuró:
-No lo sé.


Bruscamente le dije:
-Pero en este momento, querida prima, no dispongo de cinco mil francos.
Dio una especie de grito de desesperación:
-¡Ay! ¡Por favor! Se lo ruego! Trate de conseguirlos . . .


Exaltada, unía sus manos como si se tratara de un ruego. Su voz cambió de tono; lloraba
murmurando cosas ininteligibles, molesta y dominada por la orden irresistible que había
recibido.


-¡Ay! Le suplico... si supiera cómo sufro... los necesito para hoy. Sentí piedad por ella.
-Los tendrá de cualquier manera. Se lo prometo.


-¡Oh! ¡Gracias, gracias! ¡Qué bondadoso es usted !


-¿Recuerda lo que pasó anoche en su casa?-le pregunté entonces.
-Sí.
-¿Recuerda que el doctor Parent la hipnotizó?
- Sí..
-Pues bien, fue él quien le ordenó venir esta mañana a pedirme cinco mil francos, y en este
momento usted obedece a su sugestión.


Reflexionó durante algunos instantes y luego respondió:
-Pero es mi esposo quien me los pide -durante una hora traté infructuosamente de
convencerla. Cuando se fue, corrí a casa del doctor Parent. Me dijo:
-¿Se ha convencido ahora?
-Sí, no hay más remedio que creer.
-Vamos a ver a su prima.


Cuando llegamos dormitaba en un sofá, rendida por el cansancio. El médico le tomó el
pulso, la miró durante algún tiempo con una mano extendida hacia sus ojos que la joven
cerró debido al influjo irresistible del poder magnético.
Cuando se durmió, el doctor Parent le dijo:
-¡Su esposo no necesita los cinco mil francos! Por lo tanto, usted debe olvidar que ha
rogado a su primo para que se los preste, y si le habla de eso, usted no comprenderá. Luego
le despertó. Entonces saqué mi billetera.


-Aquí tiene, querida prima. Lo que me pidió esta mañana .
Se mostró tan sorprendida que no me atreví a insistir. Traté, sin embargo, de refrescar su
memoria, pero negó todo enfáticamente, creyendo que me burlaba, y poco faltó para que se
enojase.
Acabo de regresar. La experiencia me ha impresionado tanto que no he podido almorzar.


19 de julio


Muchas personas a quienes he referido esta aventura se han reído de mí. Ya no sé qué
pensar. El sabio dijo: "Quizá".


21 de julio


Cené en Bougival y después estuve en el baile de los remeros. Decididamente, todo
depende del lugar y del medio. Creer en lo sobrenatural en la isla de la Grenouillère sería el
colmo del desatino... pero ¿no es así en la cima del monte Saint-Michel, y en la India?
Sufrimos la influencia de lo que nos rodea. Regresaré a casa la semana próxima.


30 de julio


Ayer he regresado a casa. Todo está bien.


2 de agosto


No hay novedades. Hace un tiempo espléndido. Paso los días mirando correr el Sena.


4 de agosto


Hay problemas entre mis criados. Aseguran que alguien rompe los vasos en los armarios
por la noche. El mucamo acusa a la cocinera y ésta a la lavandera quien a su vez acusa a los
dos primeros. ¿Quién es el culpable? El tiempo lo dirá.


6 de agosto


Esta vez no estoy loco. Lo he visto... ¡lo he visto! Ya no tengo la menor duda. . . ¡lo he
visto! Aún siento frío hasta en las uñas. . . el miedo me penetra hasta la médula... ¡Lo he
visto!...


A las dos de la tarde me paseaba a pleno sol por mi rosedal; caminaba por el sendero de
rosales de otoño que comienzan a florecer. Me detuve a observar un hermoso ejemplar de
géant des batailles, que tenía tres flores magníficas, y vi entonces con toda claridad cerca de
mí que el tallo de una de las rosas se doblaba como movido por una mano invisible: ¡luego,
vi que se quebraba como si la misma mano lo cortase! Luego la flor se elevó, siguiendo la
curva que habría descrito un brazo al llevarla hacia una boca y permaneció suspendida en el
aire trasparente, muy sola e inmóvil, como una pavorosa mancha a tres pasos de mí.


Azorado, me arrojé sobre ella para tomarla. Pero no pude hacerlo: había desaparecido. Sentí
entonces rabia contra mí mismo, pues no es posible que una persona razonable tenga
semejantes alucinaciones . Pero, ¿tratábase realmente de una alucinación? Volví hacia el
rosal para buscar el tallo cortado e inmediatamente lo encontré, recién cortado, entre las dos
rosas que permanecían en la rama. Regresé entonces a casa con la mente alterada; en
efecto, ahora estoy convencido, seguro como de la alternancia de los días y las noches, de
que existe cerca de mí un ser invisible, que se alimenta de leche y agua, que puede tocar las
cosas, tomarlas y cambiarlas de lugar; dotado, por consiguiente, de un cuerpo material
aunque imperceptible para nuestros sentidos, y que habita en mi casa como yo...


7 de agosto


Dormí tranquilamente. Se ha bebido el agua de la botella pero no perturbó mi sueño. Me
pregunto si estoy loco. Cuando a veces me paseo a pleno sol, a lo largo de la costa, he
dudado de mi razón; no son ya dudas inciertas como las que he tenido hasta ahora, sino
dudas precisas, absolutas. He visto locos. He conocido algunos que seguían siendo
inteligentes, lúcidos y sagaces en todas las cosas de la vida menos en un punto. Hablaban
de todo con claridad, facilidad y profundidad, pero de pronto su pensamiento chocaba
contra el escollo de la locura y se hacía pedazos, volaba en fragmentos y se hundía en ese
océano siniestro y furioso, lleno de olas fragorosas, brumosas y borrascosas que se llama
"demencia ".


Ciertamente, estaría convencido de mi locura, si no tuviera perfecta conciencia de mi
estado, al examinarlo con toda lucidez. En suma, yo sólo sería un alucinado que razona. Se
habría producido en mi mente uno de esos trastornos que hoy tratan de estudiar y precisar
los fisiólogos modernos, y dicho trastorno habría provocado en mí una profunda ruptura en
lo referente al orden y a la lógica de las ideas. Fenómenos semejantes se producen en el
sueño, que nos muestra las fantasmagorías más inverosímiles sin que ello nos sorprenda,
porque mientras duerme el aparato verificador, el sentido del control, la facultad
imaginativa vigila y trabaja. ¿Acaso ha dejado de funcionar en mí una de las imperceptibles
teclas del teclado cerebral? Hay hombres que a raíz de accidentes pierden la memoria de los
nombres propios, de las cifras o solamente de las fechas. Hoy se ha comprobado la
localización de todas las partes del pensamiento. No puede sorprender entonces que en este
momento se haya disminuido mi facultad de controlar la irrealidad de ciertas alucinaciones.
Pensaba en todo ello mientras caminaba por la orilla del río. El sol iluminaba el agua, sus
rayos embellecían la tierra y llenaban mis ojos de amor por la vida, por las golondrinas
cuya agilidad constituye para mí un motivo de alegría, por las hierbas de la orilla cuyo
estremecimiento es un placer para mis oídos. Sin embargo, paulatinamente me invadía un
malestar inexplicable. Me parecía que una fuerza desconocida me detenía, me paralizaba,
impidiéndome avanzar, y que trataba de hacerme volver atrás. Sentí ese doloroso deseo de
volver que nos oprime cuando hemos dejado en nuestra casa a un enfermo querido y
presentimos una agravación del mal.


Regresé entonces, a pesar mío, convencido de que encontraría en casa una mala noticia, una
carta o un telegrama. Nada de eso había, y me quedé más sorprendido e inquieto aún que si
hubiese tenido una nueva visión fantástica.


8 de agosto


Pasé una noche horrible. Él no ha aparecido más, pero lo siento cerca de mí. Me espía, me
mira, se introduce en mí y me domina. Así me resulta más temible, pues al ocultarse de este
modo parece manifestar su presencia invisible y constante mediante fenómenos
sobrenaturales. Sin embargo he podido dormir.


9 de agosto


Nada ha sucedido. pero tengo miedo.


10 de agosto


Nada: ¿qué sucederá mañana?


11 de agosto


Nada, siempre nada; no puedo quedarme aquí con este miedo y estos pensamientos que
dominan mi mente; me voy.


12 de agosto, 10 de la noche


Durante todo el día he tratado de partir, pero no he podido. He intentado realizar ese acto
tan fácil y sencillo-salir, subir en mi coche para dirigirme a Ruán-y no he podido. ¿Por qué?


13 de agosto


Cuando nos atacan ciertas enfermedades nuestros mecanismos físicos parecen fallar.
Sentimos que nos faltan las energías y que todos nuestros músculos se relajan; los huesos
parecen tan blandos como la carne y la carne tan líquida como el agua. Todo eso repercute
en mi espíritu de manera extraña y desoladora. Carezco de fuerzas y de valor; no puedo
dominarme y ni siquiera puedo hacer intervenir mi voluntad. Ya no tengo iniciativa; pero
alguien lo hace por mí, y yo obedezco.


14 de agosto


¡Estoy perdido! ¡Alguien domina mi alma y la dirige! Alguien ordena todos mis actos, mis
movimientos y mis pensamientos. Ya no soy nada en mí; no soy más que un espectador
prisionero y aterrorizado por todas las cosas que realizo. Quiero salir y no puedo. Él no
quiere y tengo que quedarme, azorado y tembloroso, en el sillón donde me obliga a
sentarme. Sólo deseo levantarme, incorporarme para sentirme todavía dueño de mí. ¡Pero
no puedo! Estoy clavado en mi asiento, y mi sillón se adhiere al suelo de tal modo que no
habría fuerza capaz de movernos.
De pronto, siento la irresistible necesidad de ir al huerto a cortar fresas y comerlas. Y voy.
Corto fresas y las como. ¡Oh Dios mío! ¡Dios mío! ¿Será acaso un Dios? Si lo es,
¡salvadme! ¡Libradme! ¡Socorredme! ¡Perdón! ¡Piedad! ¡Misericordia! ¡Salvadme! ¡Oh,
qué sufrimiento! ¡Qué suplicio! ¡Qué horror!


15 de agosto


Evidentemente, así estaba poseída y dominada mi prima cuando fue a pedirme cinco mil
francos. Obedecía a un poder extraño que había penetrado en ella como otra alma, como un
alma parásita y dominadora. ¿Es acaso el fin del mundo? Pero, ¿quién es el ser invisible
que me domina? ¿Quién es ese desconocido, ese merodeador de una raza sobrenatural?
Por consiguiente, ¡los invisibles existen! ¿Pero cómo es posible que aún no se hayan
manifestado desde el origen del mundo en una forma tan evidente como se manifiestan en
mí? Nunca leí nada que se asemejara a lo que ha sucedido en mi casa. Si pudiera
abandonarla, irme, huir y no regresar más, me salvaría, pero no puedo.


16 de agosto


Hoy pude escaparme durante dos horas, como un preso que encuentra casualmente abierta
la puerta de su calabozo. De pronto, sentí que yo estaba libre y que él se hallaba lejos.
Ordené uncir los caballos rápidamente y me dirigí a Ruán. Qué alegría poder decirle a un
hombre que obedece: "¡Vamos a Ruán!"
Hice detener la marcha frente a la biblioteca donde solicité en préstamo el gran tratado del
doctor Hermann Herestauss sobre los habitantes desconocidos del mundo antiguo y
moderno.
Después, cuando me disponía a subir a mi coche, quise decir: "¡A la estación!" -no dije,
grité-con una voz tan fuerte que llamó la atención de los transeúntes: "A casa", y caí
pesadamente, loco de angustia, en el asiento. Él me había encontrado y volvía a
posesionarse de mí.


17 de agosto


¡Ah! ¡Qué noche! ¡Qué noche! Y sin embargo me parece que debería alegrarme. Leí hasta
la una de la madrugada. Hermann Herestauss, doctor en filosofía y en teogonía, ha escrito
la historia y las manifestaciones de todos los seres invisibles que merodean alrededor del
hombre o han sido soñados por él. Describe sus orígenes, sus dominios y sus poderes. Pero
ninguno de ellos se parece al que me domina. Se diría que el hombre, desde que pudo
pensar, presintió y temió la presencia de un ser nuevo más fuerte que él -su sucesor en el
mundo-y que como no pudo prever la naturaleza de este amo, creó, en medio de su terror,
todo ese mundo fantástico de seres ocultos y de fantasmas misteriosos surgidos del miedo.
Después de leer hasta la una de la madrugada, me senté junto a mi ventana abierta para
refrescarme la cabeza y el pensamiento con la apacible brisa de la noche.


Era una noche hermosa y tibia, que en otra ocasión me hubiera gustado mucho. No había
luna. Las estrellas brillaban en las profundidades del cielo con estremecedores destellos.
¿Quién vive en aquellos mundos? ¿Qué formas, qué seres vivientes, animales o plantas,
existirán allí? Los seres pensantes de esos universos, ¿serán más sabios y más poderosos
que nosotros? ¿Conocerán lo que nosotros ignoramos? Tal vez cualquiera de estos días uno
de ellos atravesará el espacio y llegará a la tierra para conquistarla, así como antiguamente
los normandos sometían a los pueblos más débiles. Somos tan indefensos, inermes,
ignorantes y pequeños, sobre este trozo de lodo que gira disuelto en una gota de agua.


Pensando en eso, me adormecí en medio del fresco viento de la noche. Pero después de
dormir unos cuarenta minutos, abrí los ojos sin hacer un movimiento, despertado por no sé
qué emoción confusa y extraña. En un principio no vi nada, pero de pronto me pareció que
una de las páginas del libro que había dejado abierto sobre la mesa acababa de darse vuelta
sola. No entraba ninguna corriente de aire por la ventana. Esperé, sorprendido. Al cabo de
cuatro minutos, vi, sí, vi con mis propios ojos, que una nueva página se levantaba y caía
sobre la otra, como movida por un dedo. Mi sillón estaba vacío, aparentemente estaba
vacío, pero comprendí que él estaba leyendo allí, sentado en mi lugar. ¡Con un furioso
salto, un salto de fiera irritada que se rebela contra el domador, atravesé la habitación para
atraparlo, estrangularlo y matarlo! Pero antes de que llegara, el sillón cayó delante de mí
como si él hubiera huido. . . la mesa osciló, la lámpara rodó por el suelo y se apagó, y la
ventana se cerró como si un malhechor sorprendido hubiese escapado por la oscuridad,
tomando con ambas manos los batientes. Había escapado; había sentido miedo, ¡miedo de
mí!


Entonces, mañana. . . pasado mañana o cualquiera de estos... podré tenerlo bajo mis puños
y aplastarlo contra el suelo. ¿Acaso a veces los perros no muerden y degüellan a sus amos?


18 de agosto


He pensado durante todo el día. ¡Oh!, sí, voy a obedecerle, seguiré sus impulsos, cumpliré
sus deseos, seré humilde, sumiso y cobarde. Él es más fuerte. Hasta que llegue el
momento...


19 de agosto


¡Ya sé. . . ya sé todo! Acabo de leer lo que sigue en la Revista del Mundo Científico: "Nos
llega una noticia muy curiosa de Río de Janeiro. Una epidemia de locura, comparable a las
demencias contagiosas que asolaron a los pueblos europeos en la Edad Media, se ha
producido en el Estado de San Pablo. Los habitantes despavoridos abandonan sus casas y
huyen de los pueblos, dejan sus cultivos, creyéndose poseídos y dominados, como un
rebaño humano, por seres invisibles aunque tangibles, por especies de vampiros que se
alimentan de sus vidas mientras los habitantes duermen, y que además beben agua y leche
sin apetecerles aparentemente ningún otro alimento.


"El profesor don Pedro Henríquez, en compañía de varios médicos eminentes, ha partido
para el Estado de San Pablo, a fin de estudiar sobre el terreno el origen y las
manifestaciones de esta sorprendente locura, y poder aconsejar al Emperador las medidas
que juzgue convenientes para apaciguar a los delirantes pobladores."


¡Ah! ¡Ahora recuerdo el hermoso bergantín brasileño que pasó frente a mis ventanas
remontando el Sena, el 8 de mayo último! Me pareció tan hermoso, blanco y alegre. Allí
estaba él que venía de lejos, ¡del lugar de donde es originaria su raza! ¡Y me vio! Vio
también mi blanca vivienda, y saltó del navío a la costa. ¡Oh Dios mío!


Ahora ya lo sé y lo presiento: el reinado del hombre ha terminado. Ha venido aquél que
inspiró los primeros terrores de los pueblos primitivos. Aquél que exorcizaban los
sacerdotes inquietos y que invocaban los brujos en las noches oscuras, aunque sin verlo
todavía. Aquél a quien los presentimientos de los transitorios dueños del mundo
adjudicaban formas monstruosas o graciosas de gnomos, espíritus, genios, hadas y duendes.
Después de las groseras concepciones del espanto primitivo, hombres más perspicaces han
presentido con mayor claridad. Mesmer lo sospechaba, y hace ya diez años que los médicos
han descubierto la naturaleza de su poder de manera precisa, antes de que él mismo pudiera
ejercerlo. Han jugado con el arma del nuevo Señor, con una facultad misteriosa sobre el
alma humana. La han denominado magnetismo, hipnotismo, sugestión. . . ¡qué sé yo! ¡Los
he visto divertirse como niños imprudentes con este terrible poder! ¡Desgraciados de
nosotros! ¡Desgraciado del hombre! Ha llegado el... el... ¿cómo se llama?. . . el . . . parece
qué me gritara su nombre y no lo oyese. . . el. . . sí. . . grita. . . Escucho... ¿cómo?... repite...
el... Horla... He oído. . . el Horla. . . es él. . . ¡el Horla. . . ha llegado! . . .


¡Ah! El buitre se ha comido la paloma, el lobo ha devorado el cordero; el león ha devorado
el búfalo de agudos cuernos: el hombre ha dado muerte al león con la flecha, el puñal y la
pólvora, pero el Horla hará con el hombre lo que nosotros hemos hecho con el caballo y el
buey: lo convertirá en su cosa, su servidor y su alimento, por el solo poder de su voluntad.


¡Desgraciados de nosotros! No obstante, a veces el animal se rebela y mata a quien lo
domestica... yo también quiero... yo podría hacer lo mismo... pero primero hay que
conocerlo, tocarlo y verlo. Los sabios afirman que los ojos de los animales no distinguen
las mismas cosas que los nuestros. . . Y mis ojos no pueden distinguir al recién llegado que
me oprime. ¿Por qué? ¡Oh! Recuerdo ahora las palabras del monje del monte Saint-Michel:
"¿Acaso vemos la cienmilésima parte de lo que existe? Observe, por ejemplo, el viento que
es la fuerza más poderosa de la naturaleza, el viento que derriba hombres y edificios, que
arranca de cuajo los árboles, y levanta montañas de agua en el mar, que destruye los

acantilados y arroja contra ellos a las grandes naves; el viento, que silba, gime y ruge.


¿Acaso lo ha visto usted alguna vez? ¿Acaso puede verlo? ¡Y sin embargo existe!"


Y yo seguía pensando: mis ojos son tan débiles e imperfectos que ni siquiera distinguen los
cuerpos sólidos cuando son trasparentes como el vidrio. . . Si un espejo sin azogue obstruye
mi camino chocaré contra él como el pájaro que penetra en una habitación y se rompe la
cabeza contra los vidrios. Por lo demás, mil cosas nos engañan y desorientan. No puede
extrañar entonces que el hombre no sepa percibir un cuerpo nuevo que atraviesa la luz.


¡Un ser nuevo! ¿Por qué no? ¡No podía dejar de venir! ¿ Por qué nosotros íbamos a ser los
últimos? Nosotros no los distinguimos pero tampoco nos distinguían los seres creados antes
que nosotros. Ello se explica porque su naturaleza es más perfecta, más elaborada y mejor
terminada que la nuestra, tan endeble y torpemente concebida, trabada por órganos siempre
fatigados, siempre forzados como mecanismos demasiado complejos, que vive como una
planta o como un animal, nutriéndose penosamente de aire, hierba y carne, máquina animal
acosada por las enfermedades, las deformaciones y las putrefacciones; que respira con
dificultad, imperfecta, primitiva y extraña, ingeniosamente mal hecha, obra grosera y
delicada, bosquejo del ser que podría convertirse en inteligente y poderoso. Existen muchas
especies en este mundo, desde la ostra al hombre. ¿Por qué no podría aparecer una más,
después de cumplirse el período que separa las sucesivas apariciones de las diversas
especies? ¿Por qué no puede aparecer una más? ¿Por qué no pueden surgir también nuevas
especies de árboles de flores gigantescas y resplandecientes que perfumen regiones enteras?


¿Por qué no pueden aparecer otros elementos que no sean el fuego, el aire, la tierra y el
agua? ¡Sólo son cuatro, nada más que cuatro, esos padres que alimentan a los seres! ¡Qué
lástima! ¿Por qué no serán cuarenta, cuatrocientos o cuatro mil? ¡Todo es pobre, mezquino,
miserable! ¡Todo se ha dado con avaricia, se ha inventado secamente y se ha hecho con
torpeza! ¡Ah! ¡Cuánta gracia hay en el elefante y el hipopótamo! ¡Qué elegante es el
camello!


Se podrá decir que la mariposa es una flor que vuela. Yo sueño con una que sería tan
grande como cien universos, con alas cuya forma, belleza, color y movimiento ni siquiera
puedo describir. Pero lo veo. . . va de estrella a estrella, refrescándolas y perfumándolas con
el soplo armonioso y ligero de su vuelo. . . Y los pueblos que allí habitan la miran pasar,
extasiados y maravillados . . .


¿Qué es lo que tengo? Es el Horla que me hechiza, que me hace pensar esas locuras. Está
en mí, se convierte en mi alma. ¡Lo mataré!


19 de agosto


Lo mataré. ¡Lo he visto! Anoche yo estaba sentado a la mesa y simulé escribir con gran
atención. Sabía perfectamente que vendría a rondar a mi alrededor, muy cerca, tan cerca
que tal vez podría tocarlo y asirlo. ¡Y entonces!... Entonces tendría la fuerza de los
desesperados; dispondría de mis manos, mis rodillas, mi pecho, mi frente y mis dientes para
estrangularlo, aplastarlo, morderlo y despedazarlo.


Yo acechaba con todos mis sentidos sobreexcitados. Había encendido las dos lámparas y
las ocho bujías de la chimenea, como si fuese posible distinguirlo con esa luz. Frente a mí
está mi cama, una vieja cama de roble, a la derecha la chimenea; a la izquierda la puerta
cerrada cuidadosamente, después de dejarla abierta durante largo rato a fin de atraerlo;
detrás de mí un gran armario con espejos que todos los días me servía para afeitarme y
vestirme y donde acostumbraba mirarme de pies a cabeza cuando pasaba frente a él.


Como dije antes, simulaba escribir para engañarlo, pues él también me espiaba. De pronto,
sentí, sentí, tuve la certeza de que leía por encima de mi hombro, de que estaba allí
rozándome la oreja. Me levanté con las manos extendidas, girando con tal rapidez que
estuve a punto de caer. Pues bien... se veía como si fuera pleno día, ¡y sin embargo no me
vi en el espejo!... ¡Estaba vacío, claro, profundo y resplandeciente de luz! ¡Mi imagen no
aparecía y yo estaba frente a él! Veía aquel vidrio totalmente límpido de arriba abajo. Y lo
miraba con ojos extraviados; no me atrevía a avanzar, y ya no tuve valor para hacer un
movimiento más. Sentía que él estaba allí, pero que se me escaparía otra vez, con su cuerpo
imperceptible que me impedía reflejarme en el espejo. ¡Cuánto miedo sentí! De pronto, mi
imagen volvió a reflejarse pero como si estuviese envuelta en la bruma, como si la
observase a través de una capa de agua. Me parecía que esa agua se deslizaba lentamente de
izquierda a derecha y que paulatinamente mi imagen adquiría mayor nitidez. Era como el
final de un eclipse. Lo que la ocultaba no parecía tener contornos precisos; era una especie
de trasparencia opaca, que poco a poco se aclaraba. Por último, pude distinguirme
completamente como todos los días.


¡Lo había visto! Conservo el espanto que aún me hace estremecer.
20 de agosto
¿Cómo podré matarlo si está fuera de mi alcance? ¿Envenenándolo? Pero él me verá
mezclar el veneno en el agua y tal vez nuestros venenos no tienen ningún efecto sobre un
cuerpo imperceptible. No... no... decididamente no. Pero entonces... ¿qué haré entonces?


21 de agosto


He llamado a un cerrajero de Ruán y le he encargado persianas metálicas como las que
tienen algunas residencias particulares de París, en la planta baja, para evitar los robos. Me
haré además una puerta similar. Me debe haber tomado por un cobarde, pero no importa...


10 de septiembre


Ruán, Hotel Continental. Ha sucedido.. . ha sucedido... pero, ¿habrá muerto? Lo que vi me
ha trastornado.


Ayer, después que el cerrajero colocó la persiana y la puerta de hierro, dejé todo abierto
hasta medianoche a pesar de que comenzaba a hacer frío. De improviso, sentí que estaba
aquí y me invadió la alegría, una enorme alegría. Me levanté lentamente y caminé en
cualquier dirección durante algún tiempo para que no sospechase nada. Luego me quité los
botines y me puse distraídamente unas pantuflas. Cerré después la persiana metálica y
regresé con paso tranquilo hasta la puerta, cerrándola también con dos vueltas de llave.
Regresé entonces hacia la ventana, la cerré con un candado y guardé la llave en el bolsillo.


De pronto, comprendí que se agitaba a mi alrededor, que él también sentía miedo, y que me
ordenaba que le abriera. Estuve a punto de ceder, pero no lo hice. Me acerqué a la puerta y
la entreabrí lo suficiente como para poder pasar retrocediendo, y como soy muy alto mi
cabeza llegaba hasta el dintel. Estaba seguro de que no había podido escapar y allí lo
acorralé solo, completamente solo. ¡Qué alegría! ¡Había caído en mi poder! Entonces
descendí corriendo a la planta baja; tomé las dos lámparas que se hallaban en la sala situada
debajo de mi habitación, y, con el aceite que contenían rocié la alfombra, los muebles, todo.


Luego les prendí fuego, y me puse a salvo después de cerrar bien, con dos vueltas de llave,
la puerta de entrada.


Me escondí en el fondo de mi jardín tras un macizo de laureles. ¡Qué larga me pareció la
espera! Reinaba la más completa oscuridad, gran quietud y silencio; no soplaba la menor
brisa, no había una sola estrella, nada más que montañas de nubes que aunque no se veían
hacían sentir su gran peso sobre mi alma.


Miraba mi casa y esperaba. ¡Qué larga era la espera! Creía que el fuego ya se había
extinguido por sí solo o que él lo había extinguido. Hasta que vi que una de las ventanas se
hacía astillas debido a la presión del incendio, y una gran llamarada roja y amarilla, larga,
flexible y acariciante, ascendió por la pared blanca hasta rebasar el techo. Una luz se reflejó
en los árboles, en las ramas y en las hojas, y también un estremecimiento, ¡un
estremecimiento de pánico! Los pájaros se despertaban; un perro comenzó a ladrar; parecía
que iba a amanecer. De inmediato, estallaron otras ventanas, y pude ver que toda la planta
baja de mi casa ya no era más que un espantoso brasero. Pero se oyó un grito en medio de
la noche, un grito de mujer horrible, sobreagudo y desgarrador, al tiempo que se abrían las
ventanas de dos buhardillas. ¡Me había olvidado de los criados! ¡Vi sus rostros
enloquecidos y sus brazos que se agitaban!...


Despavorido, eché a correr hacia el pueblo gritando: "¡Socorro! ¡Socorro! ¡Fuego! ¡Fuego!"
Encontré gente que ya acudía al lugar y regresé con ellos para ver.


La casa ya sólo era una hoguera horrible y magnífica, una gigantesca hoguera que
iluminaba la tierra, una hoguera donde ardían los hombres, y él también. Él, mi prisionero,
el nuevo Ser, el nuevo amo, ¡el Horla!


De pronto el techo entero se derrumbó entre las paredes y un volcán de llamas ascendió
hasta el cielo. Veía esa masa de fuego por todas las ventanas abiertas hacia ese enorme
horno, y pensaba que él estaría allí, muerto en ese horno... ¿Muerto? ¿Será posible? ¿Acaso
su cuerpo, que la luz atravesaba, podía destruirse por los mismos medios que destruyen
nuestros cuerpos? ¿Y si no hubiera muerto? Tal vez sólo el tiempo puede dominar al Ser
Invisible y Temido. ¿Para qué ese cuerpo trasparente, ese cuerpo invisible, ese cuerpo de
Espíritu, si también está expuesto a los males, las heridas, las enfermedades y la
destrucción prematura?


¿La destrucción prematura? ¡Todo el temor de la humanidad procede de ella! Después del
hombre, el Horla. Después de aquél que puede morir todos los días, a cualquier hora, en
cualquier minuto, en cualquier accidente, ha llegado aquél que morirá solamente un día
determinado en una hora y en un minuto determinado, al llegar al límite de su vida.
No... no... no hay duda, no hay duda... no ha muerto. . . entonces tendré que suicidarme. . .

miércoles, 2 de abril de 2008

AIRE FRÍO -- H. P. LOVECRAFT

AIRE FRÍO
H. P. Lovecraft

Me pides que explique por qué siento miedo de la corriente de aire frío; por qué
tiemblo más que otros cuando entro en un cuarto frío, y parezco asqueado y
repelido cuando el escalofrío del atardecer avanza a través de un suave día otoñal.
Están aquellos que dicen que reacciono al frío como otros lo hacen al mal olor, y
soy el último en negar esta impresión. Lo que haré está relacionado con el más
horrible hecho con que nunca me encontré, y dejo a tu juicio si ésta es o no una
explicación congruente de mi peculiaridad.
Es un error imaginar que ese horror está inseparablemente asociado a la oscuridad,
el silencio, y la soledad. Me encontré en el resplandor de media tarde, en el
estrépito de la metrópolis, y en medio de un destartalado y vulgar albergue con una
patrona prosaica y dos hombres fornidos a mi lado. En la primavera de 1923 había
adquirido un almacén de trabajo lúgubre e desaprovechado en la ciudad de Nueva
York; y siendo incapaz de pagar un alquiler nada considerable, comencé a caminar
a la deriva desde una pensión barata a otra en busca de una habitación que me
permitiera combinar las cualidades de una higiene decente, mobiliario tolerable, y
un muy razonable precio. Pronto entendí que sólo tenía una elección entre varias,
pero después de un tiempo encontré una casa en la Calle Decimocuarta Oeste que
me asqueaba mucho menos que las demás que había probado.
El sitio era una histórica mansión de piedra arenisca, aparentemente fechada a
finales de los cuarenta, y acondicionada con carpintería y mármol que manchaba y
mancillaba el esplendor descendiendo de altos niveles de opulento buen gusto. En
las habitaciones, grandes y altas, y decoradas con un papel imposible y
ridículamente adornadas con cornisas de escayola, se consumía un deprimente
moho y un asomo de oscuro arte culinario; pero los suelos estaban limpios, la
lencería tolerablemente bien, y el agua caliente no demasiado frecuentemente fría o
desconectada, así que llegué a considerarlo, al menos, un sitio soportable para
hibernar hasta que uno pudiera realmente vivir de nuevo. La casera, una desaliñada,
casi barbuda mujer española llamada Herrero, no me molestaba con chismes o con
críticas de la última lámpara eléctrica achicharrada en mi habitación del tercer piso
frente al vestíbulo; y mis compañeros inquilinos eran tan silenciosos y poco
comunicativos como uno pudiera desear, siendo mayoritariamente hispanos de
grado tosco y crudo. Solamente el estrépito de los coches en la calle de debajo
resultaban una seria molestia.
Llevaba allí cerca de tres semanas cuando ocurrió el primer incidente extraño. Un
anochecer, sobre las ocho, oí una salpicadura sobre el suelo y me alertó de que
había estado sintiendo el olor acre del amoniaco durante algún tiempo. Mirando
alrededor, vi que el techo estaba húmedo y goteante; aparentemente la mojadura
procedía de una esquina sobre el lado de la calle. Ansioso por detener el asunto en
su origen, corrí al sótano a decírselo a la casera; y me aseguró que el problema sería
rápidamente solucionado.
El Doctor Muñoz, lloriqueó mientras se apresuraba escaleras arriba delante de mí,
tiene arriba sus productos químicos. Está demasiado enfermo para medicarse -
cada vez está más enfermo - pero no quiere ayuda de nadie. Es muy extraña su
enfermedad - todo el día toma baños apestosos, y no puede reanimarse o entrar en
calor. Se hace sus propias faenas - su pequeña habitación está llena de botellas y
máquinas, y no ejerce como médico. Pero una vez fue bueno - mi padre en
Barcelona oyó hablar de él - y tan sólo le curó el brazo al fontanero que se hizo
daño hace poco. Nunca sale, solamente al tejado, y mi hijo Esteban le trae comida
y ropa limpia, y medicinas y productos químicos. ¡Dios mío, el amoniaco que usa
para mantenerse frío!
La Sra. Herrero desapareció escaleras arriba hacia el cuarto piso, y volví a mi
habitación. El amoniaco cesó de gotear, y mientras limpiaba lo que se había
manchado y abría la ventana para airear, oí los pesados pasos de la casera sobre mí.
Nunca había oído al Dr. Muñoz, excepto por ciertos sonidos como de un
mecanismo a gasolina; puesto que sus pasos eran silenciosos y suaves. Me pregunté
por un momento cuál podría ser la extraña aflicción de este hombre, y si su
obstinado rechazo a una ayuda externa no era el resultado de una excentricidad más
bien infundada. Hay, reflexioné trivialmente, un infinito patetismo en la situación
de una persona eminente venida a menos en este mundo.
Nunca hubiera conocido al Dr. Muñoz de no haber sido por el infarto que
súbitamente me dio una mañana que estaba sentado en mi habitación escribiendo.
Lo médicos me habían avisado del peligro de esos ataques, y sabía que no había
tiempo que perder; así, recordando que la casera me había dicho sobre la ayuda del
operario lesionado, me arrastré escaleras arriba y llamé débilmente a la puerta
encima de la mía. Mi golpe fue contestado en un inglés correcto por una voz
inquisitiva a cierta distancia, preguntando mi nombre y profesión; y cuando dichas
cosas fueron contestadas, vino y abrió la puerta contigua a la que yo había llamado.
Una ráfaga de aire frío me saludó; y sin embargo el día era uno de los más calurosos
del presente Junio, temblé mientras atravesaba el umbral entrando en un gran
aposento el cual me sorprendió por la decoración de buen gusto en este nido de
mugre y de aspecto raído. Un sofá cama ahora cumpliendo su función diurna de
sofá, y los muebles de caoba, fastuosas colgaduras, antiguos cuadros, y librerías
repletas revelaban el estudio de un gentilhombre más que un dormitorio de pensión.
Ahora vi que el vestíbulo de la habitación sobre la mía - la "pequeña habitación" de
botellas y máquinas que la Sra. Herrero había mencionado - era simplemente el
laboratorio del doctor; y de esta manera, su dormitorio permanecía en la espaciosa
habitación contigua, cuya cómoda alcoba y gran baño adyacente le permitían
camuflar el tocador y los evidentemente útiles aparatos. El Dr. Muñoz, sin duda
alguna, era un hombre de edad, cultura y distinción.
La figura frente a mí era pequeña pero exquisitamente proporcionada, y vestía un
atavío formal de corte y hechura perfecto. Una cara larga avezada, aunque sin
expresión altiva, estaba adornada por una pequeña barba gris, y unos anticuados
espejuelos protegían su ojos oscuros y penetrantes, una nariz aquilina que daba un
toque árabe a una fisonomía por otra parte Celta. Un abundante y bien cortado
cabello, que anunciaba puntuales visitas al peluquero, estaba airosamente dividido
encima de la alta frente; y el retrato completo denotaba un golpe de inteligencia y
linaje y crianza superior.
A pesar de todo, tan pronto como vi al Dr. Muñoz en esa ráfaga de aire frío, sentí
una repugnancia que no se podía justificar con su aspecto. Únicamente su pálido
semblante y frialdad de trato podían haber ofrecido una base física para este
sentimiento, incluso estas cosas habrían sido excusables considerando la conocida
invalidez del hombre. Podría, también, haber sido el frío singular que me alienaba;
de tal modo el frío era anormal en un día tan caluroso, y lo anormal siempre
despierta la aversión, desconfianza y miedo.
Pero la repugnancia pronto se convirtió en admiración, a causa de la insólita
habilidad del médico que de inmediato se manifiestó, a pesar del frío y el estado
tembloroso de sus manos pálidas. Entendió claramente mis necesidades de una
mirada, y las atendió con destreza magistral; al mismo tiempo que me reconfortaba
con una voz de fina modulación, si bien curiosamente cavernosa y hueca que era el
más amargo enemigo del alma, y había hundido su fortuna y perdido todos sus
amigos en una vida consagrada a extravagantes experimentos para su desconcierto y
extirpación. Algo de fanático benevolente parecía residir en él, y divagaba apenas
mientras sondeaba mi pecho y mezclaba un trago de drogas adecuadas que traía del
pequeño laboratorio. Evidentemente me encontraba en compañía de un hombre de
buena cuna, una novedad excepcional en este ambiente sórdido, y se animaba en un
inusual discurso como si recuerdos de días mejores surgieran de él.
Su voz, siendo extraña, era, al menos, apaciguadora; y no podía entender como
respiraba a través de las enrolladas frases locuaces. Buscaba distraer mis
pensamientos de mi ataque hablando de sus teorías y experimentos; y recuerdo su
consuelo cuidadoso sobre mi corazón débil insistiendo en que la voluntad y la
sabiduría hacen fuerte a un órgano para vivir, podía a través de una mejora
científica de esas cualidades, una clase de brío nervioso a pesar de los daños más
graves, defectos, incluso la falta de energía en órganos específicos. Podía algún día,
dijo medio en broma, enseñarme a vivir - o al menos a poseer algún tipo de
existencia consciente - ¡sin tener corazón en absoluto!. Por su parte, estaba afligido
con unas enfermedades complicadas que requerían una muy acertada conducta que
incluía un frío constante. Cualquier subida de la temperatura señalada podría, si se
prolongaba, afectarle fatalmente; y la frialdad de su habitación - alrededor de 55 ó
56 grados Fahrenheit - era mantenida por un sistema de absorción de amoníaco frío,
y el motor de gasolina de esa bomba, que yo había oído a menudo en mi habitación.
Aliviado de mi ataque en un tiempo asombrosamente corto, abandoné el frío lugar
como discípulo y devoto del superdotado recluso. Después de eso le pagaba con
frecuentes visitas; escuchando mientras me contaba investigaciones secretas y los
más o menos terribles resultados, y temblaba un poco cuando examinaba los
singulares y curiosamente antiguos volúmenes de sus estantes. Finalmente fui,
puedo añadir, curado del todo de mi afección por sus hábiles servicios. Parecía no
desdeñar los conjuros de los medievalistas, dado que creía que esas fórmulas
enigmáticas contenían raros estímulos psicológicos que, concebiblemente, podían
tener efectos sobre la esencia de un sistema nervioso del cuál partían los pulsos
orgánicos. Había conocido por su influencia al ancia no Dr. Torres de Valencia,
quién había compartido sus primeros experimentos y le había orientado a través de
las grandes afecciones de dieciocho años atrás, de dónde procedían sus desarreglos
presentes. No hacía mucho el venerable practicante había salvado a su colega de
sucumbir al hosco enemigo contra el que había luchado. Quizás la tensión había
sido demasiado grande; el Dr. Muñoz lo hacía susurrando claro, aunque no con
detalle - que los métodos de curación habían sido de lo más extraordinarios, aunque
envolvía escenas y procesos no bienvenidos por los galenos ancianos y
conservadores.
Según pasaban las semanas, observé con pena que mi nuevo amigo iba, lenta pero
inequívocamente, perdiendo el control, como la Sra. Herrero había insinuado. El
aspecto lívido de su semblante era intenso, su voz a menudo era hueca y poco clara,
su movimiento muscular tenía menos coordinación, y su mente y determinación
menos elástica y ambiciosa. A pesar de este triste cambio no parecía ignorante, y
poco a poco su expresión y conversación emplearon una ironía atroz que me
restituyó algo de la sutil repulsión que originalmente había sentido.
Desarrolló extraños caprichos, adquiriendo una afición por las especias exóticas y el
incienso Egipcio hasta que su habitación olía como la cámara de un faraón
sepultado en el Valle de los Reyes. Al mismo tiempo incrementó su demanda de
aire frío, y con mi ayuda amplió la conducción de amoníaco de su habitación y
modificó la bomba y la alimentación de su máquina refrigerante hasta poder
mantener la temperatura por debajo de 34 ó 40 grados, y finalmente incluso en 28
grados; el baño y el laboratorio, por supuesto, eran los menos fríos, a fin de que el
agua no se congelase, y ese proceso químico no lo podría impedir. El vecino de al
lado se quejaba del aire gélido de la puerta contigua, así que le ayudé a
acondicionar unas pesadas cortinas para obviar el problema. Una especie de
creciente temor, de forma estrafalaria y mórbida, parecía poseerle. Hablaba
incesantemente de la muerte, pero reía huecamente cuando cosas tales como
entierro o funeral eran sugeridas gentilmente.
Con todo, llegaba a ser un compañero desconcertante e incluso atroz; a pesar de
eso, en mi agradecimiento por su curación no podía abandonarle a los extraños que
le rodeaban, y me aseguraba de quitar el polvo a su habitación y atender sus
necesidades diarias, embutido en un abrigo amplio que me compré especialmente
para tal fin. Asimismo hice muchas de sus compras, y me quedé boquiabierto de
confusión ante algunos de los productos químicos que pidió de farmacéuticos y
casas suministradoras de laboratorios.
Una creciente e inexplicable atmósfera de pánico parecía elevarse alrededor de su
apartamento. La casa entera, como había dicho, tenía un olor rancio; pero el aroma
en su habitación era peor - a pesar de las especias y el incienso, y los acres
productos químicos de los baños, ahora incesantes, que él insistía en tomar sin
ayuda. Percibí que debía estar relacionado con su dolencia, y me estremecía cuando
reflexioné sobre que dolencia podía ser. La Sra. Herrero se apartaba cuando se
encontraba con él, y me lo dejaba sin reservas a mí; incluso no autorizaba a su hijo
Esteban a continuar haciendo los recados para él. Cuándo sugería otros médicos, el
paciente se encolerizaba de tal manera que parecía no atreverse a alcanzar.
Evidentemente temía los efectos físicos de una emoción violenta, aún cuando su
determinación y fuerza motriz aumentaban más que decrecía, y rehusaba ser
confinado en su cama. La dejadez de los primeros días de su enfermedad dio paso a
un brioso retorno a su objetivo, así que parecía arrojar un reto al demonio de la
muerte como si le agarrase un antiguo enemigo. El hábito del almuerzo,
curiosamente siempre de etiqueta, lo abandonó virtualmente; y sólo un poder
mental parecía preservarlo de un derrumbamiento total.
Adquirió el hábito de escribir largos documentos de determinada naturaleza, los
cuáles sellaba y rellenaba cuidadosamente con requerimientos que, después de su
muerte, transmitió a ciertas personas que nombró - en su mayor parte de las Indias
Orientales, incluyendo a un celebrado médico francés que en estos momentos
supongo muerto, y sobre el cuál se había murmurado las cosas más inconcebibles.
Por casualidad, quemé todos esos escritos sin entregar y cerrados. Su aspecto y voz
llegaron a ser absolutamente aterradores, y su presencia apenas soportable. Un día
de septiembre con un solo vistazo, indujo un ataque epiléptico a un hombre que
había venido a reparar su lámpara eléctrica del escritorio; un ataque para el cuál
recetó eficazmente mientras se mantenía oculto a la vista. Ese hombre, por extraño
que parezca, había pasado por los horrores de la Gran Guerra sin haber sufrido
ningún temor.
Después, a mediados de octubre, el horror de los horrores llegó con pasmosa
brusquedad. Una noche sobre las once la bomba de la máquina refrigeradora se
rompió, de esta forma durante tres horas fue imposible la aplicación refrigerante de
amoníaco. El Dr. Muñoz me avisó aporreando el suelo, y trabajé desesperadamente
para reparar el daño mientras mi patrón maldecía en tono inánime, rechinando
cavernosamente más allá de cualquier descripción. Mis esfuerzos aficionados, no
obstante, confirmaron el daño; y cuando hube traído un mecánico de un garaje
nocturno cercano, nos enteramos de que nada se podría hacer hasta la mañana
siguiente, cuando se obtuviese un nuevo pistón. El moribundo ermitaño estaba
furioso y alarmado, hinchado hasta proporciones grotescas, parecía que se iba a
hacer pedazos lo que quedaba de su endeble constitución, y de vez en cuando un
espasmo le causaba chasquidos de las manos a los ojos y corría al baño. Buscaba a
tientas el camino con la cara vendada ajustadamente, y nunca vi sus ojos de nuevo.
La frialdad del aposento era ahora sensiblemente menor, y sobre las 5 de la mañana
el doctor se retiró al baño, ordenándome mantenerle surtido de todo el hielo que
pudiese obtener de las tiendas nocturnas y cafeterías. Cuando volvía de mis viajes, a
veces desalentadores, y situaba mi botín ante la puerta cerrada del baño, dentro
podía oír un chapoteo inquieto, y una espesa voz croaba la orden de "¡Más, más!".
Lentamente rompió un caluroso día, y las tiendas abrieron una a una. Pedí a Esteban
que me ayudase a traer el hielo mientras yo conseguía el pistón de la bomba, o
conseguía el pistón mientras yo continuaba con el hielo; pero aleccionado por su
madre, se negó totalmente.
Finalmente, contraté a un desaseado vagabundo que encontré en la esquina de la
Octava Avenida para cuidar al enfermo abasteciéndolo de hielo de una pequeña
tienda donde le presenté, y me empleé diligentemente en la tarea de encontrar un
pistón de bomba y contratar a un operario competente para instalarlo. La tarea
parecía interminable, y me enfurecía tanto o más violentamente que el ermitaño
cuando vi pasar las horas en un suspiro, dando vueltas a vanas llamadas telefónicas,
y en búsquedas frenéticas de sitio en sitio, aquí y allá en metro y en coche. Sobre el
mediodía encontré una casa de suministros adecuada en el centro, y a la 1:30,
aproximadamente, llegué a mi albergue con la parafernalia necesaria y dos
mecánicos robustos e inteligentes. Había hecho todo lo que había podido, y
esperaba llegar a tiempo.
Un terror negro, sin embargo, me había precedido. La casa estaba en una agitación
completa, y por encima de una cháchara de voces aterrorizadas oí a un hombre rezar
en tono intenso. Había algo diabólico en el aire, y los inquilinos juraban sobre las
cuentas de sus rosarios como percibieron el olor de debajo de la puerta cerrada del
doctor. El vago que había contratado, parece, había escapado chillando y
enloquecido no mucho después de su segunda entrega de hielo; quizás como
resultado de una excesiva curiosidad. No podía, naturalmente, haber cerrado la
puerta tras de sí; a pesar de eso, ahora estaba cerrada, probablemente desde dentro.
No había ruido dentro a excepción de algún tipo de innombrable, lento y abundante
goteo.
En pocas palabras me asesoré con la Sra. Herrero y el trabajador a pesar de que un
temor corroía mi alma, aconsejé romper la puerta; pero la casera encontró una
forma de dar la vuelta a la llave desde fuera con algún trozo de alambre.
Previamente habíamos abierto las puertas de todas las habitaciones de ese pasillo, y
abrimos todas las ventanas al máximo. Ahora, con las narices protegidas por
pañuelos, invadimos temerosamente la odiada habitación del sur que resplandecía
con el caluroso sol de primera hora de la tarde.
Una especie de oscuro, rastro baboso se dirigía desde la abierta puerta del baño a la
puerta del pasillo, y de allí al escritorio, donde se había acumulado un terrorífico
charquito. Algo había garabateado allí a lápiz con mano terrible y cegata, sobre un
trozo de papel embadurnado como si fuera con garras que hubieran trazado las
últimas palabras apresuradas. Luego el rastro se dirigía al sofá y desaparecía.
Lo que estaba, o había estado, sobre el sofá era algo que no me atrevo decir. Pero lo
que temblorosamente me desconcertó estaba sobre el papel pegajoso y manchado
antes de sacar una cerilla y reducirlo a cenizas; lo que me produjo tanto terror, a mí,
a la patrona y a los dos mecánicos que huyeron frenéticamente de ese lugar infernal
a la comisaría de policía más cercana. Las palabras nauseabundas parecían casi
increíbles en ese soleado día, con el traqueteo de coches y camiones ascendiendo
clamorosamente por la abarrotada Calle Decimocuarta, no obstante confieso que en
ese momento las creía. Tanto las creo que, honestamente, ahora no lo sé. Hay cosas
acerca de las cuáles es mejor no especular, y todo lo que puedo decir es que odio el
olor del amoníaco, y que aumenta mi desfallecimiento frente a una extraordinaria
corriente de aire frío.
El final, decía el repugnante garabato, ya está aquí. No hay más hielo - el hombre
echó un vistazo y salió corriendo. Más calor cada minuto, y los tejidos no pueden
durar. Imagino que sabes - lo que dije sobre la voluntad y los nervios y lo de
conservar el cuerpo después de que los órganos dejasen de funcionar. Era una buena
teoría, pero no podría mantenerla indefinidamente. Había un deterioro gradual que
no había previsto. El Dr. Torres lo sabía, pero la conmoción lo mató. No pudo
soportar lo que tenía que hacer - tenía que meterme en un lugar extraño y oscuro,
cuando prestase atención a mi carta y consiguió mantenerme vivo. Pero los órganos
no volvieron a funcionar de nuevo. Tenía que haberse hecho a mi manera -
conservación - pues como se puede ver, fallecí hace dieciocho años.

lunes, 31 de marzo de 2008

ENIGMATICO GRIMORIO DE SANTO TOMAS DE AQUINO

EL ENIGMATICO GRIMORIO DE SANTO TOMAS
DE AQUINO
TRATADO DE TOMÁS DE AQUINO EN EL ARTE DE ALQUIMIA DADO
A SU COMPAÑERO FRAY REGINALDO

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I
Vencido de tus continuos ruegos, hermano queridísimo, te propongo describir en
ocho capítulos, de las partes que contiene, un breve tratado de nuestro arte, con ciertas
reglas, leves operaciones eficaces y tinturas muy verdaderas contenidas en él, y quiérote
rogar tres cosas: Lo primero, que no cuides mucho de las palabras de los modernos
filósofos y de los antiguos que hablan en esta ciencia, porque el arte de la alquimia
tiene su asiento y fundamento en la capacidad del entendimiento y en la demostración
de la experiencia.
Los filósofos, pues, queriendo encubrir la verdad de la ciencia, hablaron casi todas
las cosas en lenguaje figurado. Lo segundo: que no quieras apreciar multitud de
cosas, ni las composiciones de diversas especies, porque la naturaleza nunca produce
sino su semejante: porque así como del caballo y la pollina se engendra el mulo con
producción imperfecta, es como algunos imitadores de la ciencia producen de muchas
cosas cierta multiplicidad. Lo tercero, que no seas hablador, ni bachiller, más antes
bien, pon guarda en tu boca, y así como hijo de los sabios, no arrojarás las piedras
preciosas a los puercos.
Teniendo paz con Dios y teniendo tu fin ordenado en tu obra, siempre la llevaras
fijada en tu mente. Cree por cierto, que si tuvieras delante de los ojos las dichas reglas,
que me dio Alberto Magno, no tendrías necesidad de buscar el favor de los Reyes y de
los Grandes, sino antes bien, los reyes y los señores te darían toda honra.
Porque todo aquél que es reconocido en este arte sirviendo a los reyes y a los
Prelados, no sólo puede ayudar a los antedichos, sino tambien con buen orden a lodos
los necesitados, y lo que recibió de la gracia, jamás debe darlo a alguno con interés.
Estén pues signadas y selladas seguramente en el secreto de tu corazón las reglas
antedichas. porque en el libro y tratado que escribí antes de éste, hablé filosóficamente
para los del vulgo, mas a tí, hijo de gran secreto, escribo más claramente, confiado en
tu especial cuidado en el hablar.
II DE LA OPERACION
Porque según Avicena en una epístola al Rey Assa: Nosotros buscamos una
substancia verdadera y hacerla fija, compuesta de muchas, y que puesta sobre el fuego
lo soporte sin quemarse. Que será penetrante, generativa, que teñirá el mercurio y
otros cuerpos con una tintura verdaderisima y con el peso debido. La nobleza de esta
tintura excede al universo dichoso del mundo. Porque una cosa nuestra hace ser tres
cosas. Las tres, dos; las dos, finalmente, son una. Finalmente, así como conviene que
sea una substanciacomo dice Avicena, así también conviene tener paciencia, espera e
instrumentos.
Paciencia, porque según Pedro, la presura y el arrebatamiento vienen del Diablo.
Por eso quien no tiene paciencia aparte su mano de la operaclon. La espera tambien
es necesaria para toda acción natural, que sigue nuestro arte, ya que tiene su modo y
tiempo determinado. Los instrumentos, pues, también son necesarios, empero no muchos
como parecerá en lo siguiente, porque nuestra obra se perfecciona en una cosa,
con un vaso, en una operación según Hermes y por un camino. Esta medicina, ciertamente,
aunque es agregada de muchas cosas, con todo eso, es una sola materia que
no necesita de alguna otra hazaña, si no es del fermento blanco o rubio, por lo cual es
pura, natural, nunca puesta en alguna otra obra, y de la cual, en el régimen de la obra,
aparecerán diversos colores según los tiempos.
También conviene en los primeros días levantarse de mañana y ver si la viña floreció.
En los siguientes días se verá el corvino transmutado en la soledad del ciego, y
multiplicados colores, en todos los cuales se ha de esperar el color blanco, llegado el
cual esperemos sin error alguno a Nuestro Rey, elixir o polvo simple sin tacto, piedra
que tiene tantos nombres cuantas son las cosas en el mundo. Mas para explicarme en
breve nuestra materia o magnesia es nuestro argento único mineral, la orina de los muchachos
de doce años debidamente preparada, que viene luego de la vena y nunca fue
en ninguna obra grande que escribí para los vulgares; nuestra tierra de España, o antimonio.
Con todo eso, no notes aquí el argento vivo común, del que usan algunos multiplicadores
y sofistas, del cual si algo se hace se llama solamente multiplicación, y con
todo eso tiñe un poco respecto del Magisterio. Aunque causara largos gastos y si agradare
trabajar con él, en él hallarás la verdad, mas requiere larga digestión. Sigue pues
al Santo Alberto Magno, mi Maestro, y trabaja con argento vivo mineral y el mismo es
de nuestra obra perfectivo por la combustión, salvificativo y efecto por la fusión, porque
cuando se fija es tintura de blancura o de rubio, de una compostura abundantísima, de
un esplendor resplandeciente y no se aparta de lo mezclado, porque es amigable a los
metales y un medio de juntar las tinturas, porque se mezcla con ellos entrando en lo
profundo y penetrando naturalmente, porque se junta conellos.
III DE LA COMPOSICION DEL MERCURIO, Y DE SU PREPARACION
Aunque nuestra obra se perfecciona de nuestro solo mercurio, a pesar de eso
necesita de fermento rojo o blanco, pues se mezcla más fácilmente con el sol y con la
luna, y se hace una sola cosa con él, siendo así que estos dos cuerpos participan más
de su naturaleza, luego son más perfectos que los demás.
La razón es porque los cuerpos son de tanta mayor perfección cuanto más contienen
de Mercurio. El sol, pues, y la luna, teniendo más de él, se conmezclan para la
rubio y para lo blanco, se fijan estando en el fuego, porque el mismo mercurio solo es el
que perfecciona la obra y en él hallamos todas las cosas de que necesitamos para la
Obra, al cual no se debe juntar cosa extraña. El Sol y la Luna no son extraños a él,
porque los mismos se vuelven en su primera naturaleza al principio de la obra, esto es
el mercurio, porque de él tomaron su origen.
Algunos, pues, porfían haciendo la obra con el solo Mercurio o con la magnesia
simple, lavándola en vinagre fuerte, cociéndolo en aceite, sublimando, asando, calcinando,
destilando la quintaesencia, sacando, con los elementos y otras infinitas martirizaciones,
atormentando al mismo Mercurio, y creyendo con sus operaciones que de
ellas han de hallar alguna cosa grande. Finalmente muy poco logro hallan.
Mas créeme, hijo, que todo nuestro Magisterio está y consiste en sólo el régimen
del fuego con la capacidad de la industria. Porque nosotros nada obramos, mas la virtud
del fuego bien regido con poco trabajo hace nuestra piedra, y con pocos gastos.
Juzga que cuando nuestra piedra fuese una vez suelta en su primera naturaleza, es a
saber, en la primera agua, o leche de virgen, o cola del dragón, entonces la misma piedra
ella se calcina, sublima, destila, reduce, lava, congela, y por la virtud del fuego proporcionado,
a sí misma se perfecciona en un solo vaso, sin operación manual de otro.
Conoce pues hijo, cómo los Filósofos hablaron figuradamente de las operaciones
manuales, pues para que estés seguro de la purgación de nuestro Mercurio, te enseñaré
que con una verdadera operación nuestro mercurio común es preparado levísimamente.
Recibe pues, Mercurio mineral o tierra hispánica, antimonium nostrum, o tierra
negra oculosa, todas las cuales cosas son una misma, no inferiores de su género, el
cual no se haya puesto antes en obra alguna, cinco libras y veinte a lo más, y haz que
pase por un paño de lino espeso tres veces. Después haz que pase por el cuero de
liebre.
Ultimamente haz que pase por un paño de lino espeso, y ésta es la verdadera
lavadura. Y atiende: si alguna cosa queda en el cuerpo de su grosura, o algún espesor
de porquería. o hediondez. entonces ese mismo mercurio no vale para nuestra obra.
Pero si nada aparece, bueno te es. Advierte que con este mercurio, sin añadirle ninguna
cosa, pueden hacerse la una y la otra obra.
IV DEL MODO DE AMALGAMAR
Puesto que nuestra obra puede completarse a partir de sólo el Mercurio sin añadir
ningún producto extraño, se deduce que se describa muy brevemente el modo de
componer la amalgama. Pero en cambio, algunos entienden mal a los filósofos porque
creen que a partir del solo mercurio, sin ninguna hermana como semejante, se puede
terminar la obra.
Yo sin embargo, te digo con seguridad, que cuando trabajes con el mercurio, no
añadas nada extraño a él, y sepas que el oro, y la plata, no son extraños al mercurio;
más aún, participan de su naturaleza de una manera más cercana que cualquier otro
cuerpo. Por lo cual, reducidos a su primera naturaleza, se llaman hermanos semejantes
al mercurio por su composición y por su fijación simultánea. Si esto lo entiendes con
claridad, emanará leche de la virgen, y si trabajas con el mercurio no añadiéndole ninguna
cosa extraña, conseguirás lo que deseas.
V DE LA COMPOSICION DEL SOL Y DEL MERCURIO
Recibe del sol común depurado, esto es, en el fuego calentado, porque es fermento
de la rubedez, dos onzas, y quiébralas en pedazos pequeños con la tenaza,
añadelo a catorce onzas de mercurio, y haz humear al mercurio en la teja y desata mi
sol y muévelo con una vara de palo, hasta que el sol se desate bien y se mezcle; entonces
échalo todo en agua clara y en una escudilla de vidrio, o de piedra, y lava muchas
veces, limpiando y mudando por tanto tiempo, hasta que la negrura toda se aparte
del agua.
Entonces si quieres advertir, la voz de la tortolilla se oye en nuestra tierra, la cual
limpia, haz que la amalgama o composición pase por el cuero, bien ligado por arriba,
exprimiendo toda la amalgama, sin dos onzas, y quedarán en el cuero catorce, y aquellas
catorce onzas son las cosas aptas para nuestra operación. Atiende que deben ser
ni más ni menos que dos onzas de toda la materia que queden en el cuero. Si fuesen
más, disminúyela. Y estas dos onzas exprimidas, que se llaman leche de la virgen,
guárdalas para la segunda operación. Póngase pues la materia desde el cuero en el
vidrio, y los vidrios en el hornillo arriba descripto, y encendida debajo una lámpara, de
manera que esté contínuamenteardiendo de noche y de día, que nunca se apague, y la
llama derechamente dé en lo una vez encerrado, con todo eso no toque la olla, y se
extienda semejantemente a todas las partes del hornillo, bien negras.
Mas si después de un mes o dos quisieses mirar, verás flores vivas y colores
principales, como negro, blanco, citrino y rubio, entonces, sin alguna operación de tus
manos, con el régimen del fuego sólo, lo manifiesto será abscondido y lo abscondido se
hará manifiesto. Por lo cual nuestra materia a sí misma se lleva al perfecto elixir volviéndose
en polvo sutilísimo, que se llama tierra muerta, o hombre muerto en el sepulcro,
o magnesia árida, porque el espíritu en él esta ocultado en el sepulcro, y del ánima
casi se apartó. Permítela pues estar entonces, desde el principio hasta veintiséis semanas,
y entonces lo grueso está hecho grácil, lo leve ponderoso, lo áspero suave, y lo
dulce amargo, por la conversión de las naturalezas, cumplidas ocultamente por virtud
del fuego. Cuando vieres pues tus polvos enjugados: et si proban, et expensas desideras
tingent. Después enseñaré una, o dos partes, porque una parte de nuestra obra
solamente teñirá siete de mercurio bien purgado.
VI DE LA AMALGAMACION DE LO BLANCO
Del mismo modo se procede para lo blanco, esto es, luna, esto es, fermento de
la blancura; cuando mezclares con siete partes de Mercurio purgado, en el mismo procederás
como hiciste el rubio. Porque en toda obra blanca nada entra sino blanco, y en
toda obra rubia, nada sino rubio debe entrar: porque de la misma agua nuestra se hace
lo rubio y lo blanco, empero añadiendo distinto fermento, y pasado el tiempo antedicho
puede teñir blanco sobre mercurio, como para rubio hiciste.
Empero nota que el argento foliado en esta materia, es más útil que el argento
en masa, porque tiene en sí mixtura de algunas heces de mercurio y se debe amalgamar
con mercurio frío y no caliente. De otra suerte gravísimamente yerran algunos
obrando esto, disolviendo la amalgama en agua fuerte para purgarla, y si quieren mirar
la naturaleza de la composición del agua fuerte, la misma por esto se destruye más.
Algunos tambien quieren obrar con sol o luna mineral, según las reglas de este libro, y
yerran diciendo que el sol no tienen humedad y es cálido de manifiesto, y por eso muy
bueno. Antes bien, se saca la quintaesencia con el ingenio sutil del fuego en el vaso de
circulación que se llama pelícano. Mas el sol mineral y la luna tienen en sí mezclada
tanta suciedad de hez, que la purificación de ellos, potente al nuestro, no sería obra de
mujeres y juego de niños, mas antes bien trabajos muy fuertes de varón anciano, desatando,
calcinando, insistiendo a otras operaciones del arte grande.
VII DE LAS OPERACIONES SEGUNDA Y TERCERA
Acabada esta primera obra, procedamos a la segunda práctica. Luego que se
hizo el cuerpo de nuestra primera obra con la cola del Dragón, esto es, la leche de la
virgen, añadidas siete partes de mercurio nuevo sobre la materia que queda, según el
peso de los polvos, Mercurio digo purificado y limpiado, haz pasar por el cuero y retén
siete partes del todo; lava y ponlo en el vidrio y en el hornillo, como hiciste en la primera
obra, controlando por todo el tiempo, o estando cerca hasta que hayas visto hechos los
polvos otra vez, los cuales por segunda vez toma o saca, y si quieres tiñe, y estos polvos
son mucho mas sutiles quelos primeros, porque están más digeridos, porque una
parte tiñe cuarenta y nueve en elixir.
Entonces, procede a la tercera práctica, como hiciste en la primera y segunda
operación, y pon sobre el peso de los polvos de la segunda obra, siete partes de mercurio
purgado, y pon en el cuerpo, de manera que las siete partes queden en el todo
como antes. Y por segunda vez cuece, y haz polvos, los cuales de verdad son polvos
sutilísimos, de los cuales una onza tiñe siete veces cuarenta y nueve, que son trescientos
cuarenta y tres y esto sobre mercurio. La razón es porque cuanto más se digiere
nuestra medicina, tanto más sutil se hace y cuanto más sutil fuere, tanto más penetrable,
y cuanto más penetrable tanto más profundo tiñe. Por fin, de esto se entienda, que
si no tienes argento vivo mineral, seguramente podrás trabajar con mercurio común,
porque aunque no valga tanto como éste, con todo eso da largas expensas.
VIII DEL MODO DE OBRAR EN LA MATERIA O MERCURIO
Más cuando quieras teñir mercurio, toma la teja de plateros de oro, y úntala un
poco por dentro con sebo, y pónlo en ella, según la proporción de la medicina, sobre
fuego lentísimo y cuando el Mercurio comenzare a humear, echa dentro de tu medicina
encerrada en cera limpia, o en papel, y ten carbón encendido fuerte y preparado para
esto, y pon sobre la boca de la teja. Y da fuerte fuego, y cuando todo se hubiera liquidado,
échalo según las reglas, untada con sebo, y tendrás sol o luna finísima, según la
adición del fermento.
Mas si quieres multiplicar tu medicina en el estiércol del caballo. haz esto como
boca a boca te enseñé, como sabes, lo cual no te escribo porque sería pecado revelar
este secreto a hombres seglares que buscan esta ciencia mas por vanidad que por el
debido fin y honra de Dios, al cual sea la honra y gloria en los siglos de los siglos.
Amén. Mas aquella obra que escribí para los vulgares con estilo bastante físico, vi trabajarla
una vez para siempre al Santo Alberto, de Antimonio y de tierra española a tí
conocida.
Mas porque es de más logro y tiempo, y para no caer en la indebida expensión,
ojalá te procure el obrar más ligero, aquella breve obra que escribí, en la cual ningún
error hay, con las expensas moderadas, levedad de la obra, brevedad de tiempo, y el
fin verdaderamente deseado. De lo cual tú y todos los tuyos percibiréis sin falsedad. No
quieras pues, queridísimo, ocuparte con mayor obra, porque por la salud y oficio de la
predicación de Cristo, y logrando el tiempo, desees más atender a las riquezas espirituales
que ansiar por los logros temporales

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